Beata María Agustina de Jesús Rivas López

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Por José Antonio Benito.
Alfonso TAPIA: AGUCHITA. La muerte no se improvisa. El Amor es nuestra vocación. Beata María Agustina de Jesús Rivas López (1920-1990). Sociedad de San Pablo, Lima 2022, pp.295.
El autor, egresado de la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima, vicario general de San Ramón, no olvida que es burgalés y matemático pero manifiesta que es peruano de derecho y de hecho, teólogo, historiador y, sobre todo, pastor. Ha bebido de las fuentes más seguras como son las actas del proceso de beatificación y los archivos de la congregación; ha leído todo lo publicado especialmente la obra de Luis Mujica, ha conversado con las personas que la trataron y, sobre todo, ha meditado y orado esta obra que desborda vida en todas sus páginas. Vaya, por tanto, de entrada mi felicitación y gratitud por haber logrado precisión, hondura y gracia en la redacción. Sin duda que será el libro-regalo como preparación y celebración de la gozosa beatificación el 7 de mayo del 2022.
Comienza con la presentación del arzobispo de Ayacucho, Monseñor Salvador Piñeiro, quien resalta que la nueva Beata es «hija de nuestros Andes ayacuchanos (Coracora), quien con su sencillez mostró siempre la misericordia y generosidad de Dios al estilo del Buen Pastor, especialmente a la oveja abandonada» (p.5).
La estructura de la obra es muy clara: Contexto, vida familiar, trayectoria vocacional, espiritualidad, fruto apostólico. Arranca con la «introducción» y un bello texto de guión de película: «Una bala estalló en el cerebro de la Hermana Aguchita un 27 de septiembre de 1990, pero fue el amor el que estalló en su corazón: el amor acumulado y vivido durante sus 70 años de vida; amor recibido y entregado con las manos y el corazón abierto» (p.7).
El primer capítulo lo dedica al contexto histórico y eclesial del Perú partiendo de la ciudad de Coracora, donde nació, pasando por el Vicariato Apostólico de San Ramón y el contexto particular de La Florida donde sirvió los últimos años hasta su martirio. Revisa después la situación general en Perú, especialmente y en referencia a los acontecimientos históricos de la segunda mitad del siglo XX.
El segundo capítulo da cuenta del ambiente familiar, sus primeros pasos en la vida de su Coracora natal, primeros estudios, su adolescencia y juventud (1920-1940). Los abuelos maternos de Aguchita –Blas López Ruiz de Castro y Florencia Rojas Meza- eran emigrantes de España, de mediados del siglo XIX; tuvieron 4 hijos, una de ellos fue Modesta López, la madre de Aguchita. Parece que al anunciar a sus padres que quería casarse con Dámaso Rivas, indígena, la amenazaron con desheredarla. Sin embargo, prevaleció el amor, se casaron, la desheredaron, pero fue un matrimonio fecundo, once hijos en veintidós años. Como señala en argot deportivo el autor de la obra: «La alineación de este selecto equipo es la siguiente: Damaso Delfin César (1922), Priscila Justina (1924), Carlos Vidal (1926), Jorge Adalberto (1929), Secundina Isidora (1931), Alejandrina (1933), Luz Beatriz (1935), Rómulo Isaías (1937), María Antonieta (1939) y Maximiliano Alfonso (1942). Hubo también una hermana anterior, Elisa Florinda Rivas Navarrete, hija de Don Dámaso, nacida en 1917, y de quien no sabemos más» p.42.
El capítulo tercero tiene sabor a florecilla franciscana: «De cómo Antonia pasó a ser Agustina, y de oveja a pastora (1940-1949)». Al hilo de su trayectoria vocacional, se da cuenta de la historia, carisma y espiritualidad de la congregación de las Hermanas del Buen Pastor con la que Aguchita se identifica totalmente: La ternura y el amor misericordioso. La justicia evangélica entendida como signo del amor de Dios. La tolerancia y el respeto. La acogida y la no discriminación. La opción por la vida y la ecología.
El capítulo cuatro «servicio que se multiplica» agiganta la figura menudita de Aguchita que tanto nos recuerda a Madre Teresa de Calcuta.Se nos brinda el panorama de las «Casas de la Congregación del Buen Pastor en Lima donde vivió», para pasar a relatarnos con singular gracia «de cómo ser empresaria, educadora y madre, sin dejar de ser religiosa»; «aventuras y apostolados en La Parada» (realmente imperdible); «entre los pucheros también anda el Señor» sobre su habilidad y servicialidad culinarias, «aprendiendo para la vida y para enseñar a vivir» en el que se nos da cuenta de su formación permanente en bordados, enfermería, cocina, todo lo que mejoraría la calidad de su misión; «maestra y madre» especialmente con las alumnas más difíciles en la Escuela Nuestra Señora de la Caridad o en el Reina de la Paz o en la Comunidad del Noviciado; Escuela de Madres para la vida, dedicada a fortalecer a las mamás en el desempeño de cada día; contemplativa entre las contemplativas, deliciosas vivencias de sus cinco años (1970-75) vividos en apoyo de sus hermanas del barrio de Salamanca.
El capítulo quinto «buceando en el interior» es como el santa sanctórum del libro. Si en La Parada y en sus apostolados nos recuerda a Madre Teresa de Calcuta, en este apartado vemos mucho de Santa Teresita, por su vivencia de la infancia espiritual, en la confianza y abandono en Dios. Sin esta dimensión, Aguchita sería una activista social -excelente- pero reducida a una voluntaria social. Aquí se revela la clave de su caridad y santidad. Primeramente, se nos acerca a comprender su vida religiosa y los cuatro votos: pobreza, castidad, obediencia y el cuarto voto del celo por la salvación de las personas. Sigue después el valor y el sentido del sufrimiento con el sentido oblativo de la vida, como ofrenda de amor a Dios que empieza por las acciones y sacrificios más pequeños de cada día. Conmueven siempre su humildad, sencillez, alegría y caridad; «profundizamos un poco en su amor a Dios y a los demás, amor que ahonda y que se desborda» p. 123. De modo personal me ha impactado la familiar intimidad de su devoción por san José y el maternal amor por los sacerdotes, potenciado por el hecho de que su hermano César lo fuese.
Los capítulos sexto y séptimo nos describen los momentos centrales de su entrega: «Floreciendo en La Florida 1988-1990», «Fruto maduro» (27 setiembre). El autor ha sintetizado los diferentes testimonios para brindarnos un relato estremecedor como podemos comprobar: «Una vez que todos se fueron, ellos se quedaron ahí. Comenzaron a disparar, primero al señor Juan Pérez por la espalda, pero ese disparo también le dio a su hijo Lucho, quien abriendo sus brazos se desplomó. Las dos hermanas se abrazaron y también a ellas les dispararon; una cayó por un lado y la otra por el otro lado en un banco; luego siguieron con Roberto Pizarro y con la Hermana Agustina. La Hermana, desde el momento en que estuvo en la fila, se puso en posición de mirar al cielo, llegando a ponerse negra del puro calor del sol. La Hermana -en todo momento- oraba por todos. Así acabó su vida y la de todos los pobladores que murieron en ese día trágico. Los terroristas le decían ‘Que te salve tu Dios’ y le dispararon en la cabeza. Ella, antes de ser asesinada, rezaba a Dios para que protegiera a todos los del pueblo, para que no les hicieran ningún daño. No hubo resistencia de parte de Aguchita, aceptó la voluntad de Dios, se iba a arrodillar y cae desmayada; allí viene una mujer de color negro y le da tres balazos» p.247.
El último capítulo «El grano que cae en tierra y muere da mucho fruto» respira esperanza y tiene sabor a triunfo. Porque «la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos». Lo resalta el autor en la introducción a este capítulo 8: «Desde las primeras manifestaciones y condolencias, pero especialmente en el ambiente eucarístico, aparecieron dos palabras unidas: Martirio y resurrección. El martirio para el creyente no es algo que termina, sino que se multiplica, pues la palabra martirio significa testimonio. La muerte de Aguchita y de los miles de peruanos inocentes que murieron injustamente se convierte en testimonio de paz y libertad. Ya no son muertes absurdas, sino que han tomado un sentido de reivindicación por la justicia y la paz, por un Perú más justo y más fraterno» p.261.
Se constata por los testimonios directos de conversiones o de acercamiento a la Iglesia por intercesión de Aguchita. Dentro y fuera del Perú han surgido diversas obras e iniciativas inspiradas en Aguchita o que llevan su nombre. Una buena muestra de su fruto son numerosos comunicados, cartas y notas de prensa recibidos a la muerte de Aguchita que en el libro se reseñan. De igual manera, hay que ponderar las celebraciones con motivo de su aniversario, cada 27 de septiembre, que han ido creciendo en número y calidad, tanto por las oraciones, peregrinaciones, publicaciones y hasta canciones como las entrañables del Grupo Siembra «Sigo viviendo».
Culmina la obra con la vibrante homilía de Monseñor Gerardo Zerdin con motivo del regreso de los restos mortales de Aguchita a La Florida, el 27 de septiembre del 2020. Convertida en oración le pide a Aguchita que ayude al Perú «para que desaparezcan las flores del mal y florezcan las flores del bien. Amén» (p.282).
Como adenda una útil cronología desde el 22 de agosto de 1919, matrimonio de los padres de Aguchita, hasta el 7 de mayo del 2022, beatificación. Le sigue la bibliografía con los títulos citados y una selecta galería con las fotos más representativas.

Puntuación: 5 / Votos: 15

Un pensamiento en “Beata María Agustina de Jesús Rivas López

  1. Luis Alberto Bellido

    Bueno gracias por esta información.El hecho de que está beata haya entregado su vida a seres humanos equivocados nos muestra como no llevan razón porque matan y quedan vivos. Por que pasados los 34 años AGUCHITA murió; sin embargo vive como muchos otros que se ven obligados a dejar la vida terrenal contra su voluntad para luego volver como parte de la GLORIA DE JESUCRISTO PARA UN MUNDO MEJOR. FELICITEMOS PERUANOS, AYACUCHANOS Y PARINACOCHANOS HA LLEGADO A NUESTRA HISTORIA AL PARECER UNA SANTA,YA VEREMOS. Desde Madrid un saludo para todos.

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