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Misericordia bendita

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Evangelio según San Mateo 5,1-12.
Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él.
Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron“.

Homilía del Padre Paul Voisin CR, Superior General de la Congregación de la Resurrección:

En Abril de 1986, dos hombres canosos se saludan afectuosamente en el Aeropuerto Internacional de Tokio. Ambos tenían lágrimas en los ojos. Uno era Estadounidense (Eli Ponich) y el otro Japonés (Skira Ishibashi). La última vez que los dos hombres se vieron fue cuarenta años antes, como enemigos en una cueva de Okinawa. En aquel momento, el Estadounidense, sargento, llevaba en brazos a un niño Japonés de cinco años. El niño había recibido un disparo en ambas piernas. El otro hombre era uno de los dos francotiradores japoneses escondidos en un rincón oscuro de la misma cueva. De repente, saltaron de su escondite, apuntaron con sus rifles al americano y se prepararon para disparar. Él no podía hacer nada. Se limitó a poner al niño de cinco años en el suelo, sacó su cantimplora y empezó a lavarle las heridas. Pensó que si tenía que morir, qué mejor manera de hacerlo que realizando un acto de misericordia. Los dos francotiradores observaron asombrados y bajaron lentamente sus fusiles. Minutos después, el estadounidense hizo algo que el otro nunca olvidó. Cogió al niño en brazos, se levantó, se inclinó en señal de gratitud ante los dos japoneses y se lo llevó al hospital de campaña americano. A través de una carta a un periódico de Tokio, los dos hombres se unieron.*
Esta historia me vino a la mente al reflexionar sobre el evangelio de este fin de semana (Mateo 5:1-12a). En realidad, con las Bienaventuranzas hay “combustible” suficiente para nueve homilías. Pero, como muestra mi relato, la virtud de la misericordia fue la que más me atrajo, quizá por nuestro reciente “Año de la Misericordia“. “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos serán misericordiados“. Cada uno de los hombres de mi historia mostró misericordia, la misericordia del soldado estadounidense hacia el niño japonés herido, y la misericordia de los francotiradores japoneses hacia el estadounidense. De hecho, ¡la misericordia “engendra” misericordia!
Las Bienaventuranzas son como una hoja de ruta hacia la santidad. Jesús nos anima a mostrar estas cualidades, que dan testimonio de que le seguimos. Él vivió estas virtudes, y con su gracia están a nuestro alcance. Estoy seguro de que, para cada uno de nosotros, una Bienaventuranza capta nuestra atención más que otra. Quizá sea una virtud que ya “dominamos”, o quizá sea una virtud con la que luchamos.
En nuestra Primera Lectura del Libro del Profeta Sofonías (2:3, 3:12-13) nos llama a ser el pueblo de Dios. Así debemos ser: humildes y obedientes. La verdadera humildad consiste en reconocer que Dios es la fuente de todo lo que tenemos y somos. Esto nos lleva a la obediencia a Dios, reconociendo que Él tiene un plan para nosotros, y hacer su voluntad no sólo puede traer su reino, sino que nos trae felicidad y santidad.
En nuestra Segunda Lectura de la Primera Carta de Pablo a los Corintios (1,26-31), San Pablo nos dice que, como Sofonías, Dios tiene un plan para su pueblo. Nos recuerda que hemos llegado a ser lo que somos gracias a la gracia de Dios. Esa fue la experiencia de san Pablo y, si reflexionamos, veremos que también es la nuestra. Debemos tener un orgullo cristiano equilibrado, no “enseñoreándonos” de los demás, sino utilizando bien nuestro tiempo, talentos y tesoros, y dando crédito a Dios que actúa en nosotros. Esto nos lleva a “jactarnos del Señor”, y a dar testimonio de sus gracias y bendiciones.
A veces utilizamos indistintamente las palabras “misericordia” y “perdón”. Sin embargo, después de investigar un poco, descubrí que la misericordia es mucho más que el perdón. La misericordia es un don que Dios concede gratuitamente por amor, y supera la contrición del pecador. Podemos incluso llegar a decir que la misericordia es una sorpresa, debido a la indignidad de la persona. Vemos esta misericordia revelada en el padre del Hijo Pródigo. El hijo llegó a pedir volver a la casa como criado, pero el padre no quiso oír nada: era su hijo y había vuelto a la vida. El padre fue misericordioso, fue más allá del perdón. Por eso el Papa Francisco nos invitó, durante el reciente “Año de la Misericordia”, a “ser misericordiosos como el Padre es misericordioso”. Así como Dios ha sido misericordioso con nosotros, nosotros debemos ser misericordiosos con los demás. Es como si el cociente del perdón fuera 2+2+4, mientras que la misericordia proclama 2+2=5. No tiene sentido, no es lógico, pero -gracias a Dios- ése es el amor y la misericordia que Dios tiene con nosotros.
Estamos llamados a traducir esta misericordia en nuestra vida cotidiana. Hemos de ir más allá del perdón, aceptando la contrición y la disculpa del otro, para llegar a la misericordia, sorprendiéndolo por nuestra disposición y afecto al reconciliarnos con él. Desgraciadamente, a veces, en nuestra condición humana, podemos ser tacaños en el perdón, guardar rencor y no soltar. Nuestra misericordia les asegurará el nuevo amor y comprensión que existe entre nosotros. ¿No es eso lo que todos queremos y esperamos? Podemos “devolver el favor” mostrando misericordia a los demás. Tal vez podamos pensar en ocasiones en las que se nos ha mostrado misericordia, y el perdón y la aceptación de alguien fueron más allá de lo que imaginábamos, y eso fue un puro regalo. ¡Qué alivio son esos momentos! A menudo no se olvidan fácilmente, porque pueden “surgir de la nada” y cogernos por sorpresa, quizá porque nos sentimos indignos del amor y el perdón del otro. El amor y la misericordia de Dios no tienen límites, y nos los ofrece cuando ve que nuestros corazones y nuestras mentes se vuelven hacia Él con humildad y contrición.
En la obra de Shakespeare El Mercader de Venecia se dice: “La misericordia es doblemente bendita: bendice a quien la da y a quien la recibe”. ¡Qué verdad! Así como damos esa nueva vida a otro por nuestra comprensión y reconciliación, también nos liberamos del rencor y la negatividad, para ser bendecidos por Dios al compartir su don incondicional de misericordia.
Esta semana los invito a mirar estas Bienaventuranzas, y a reflexionar sobre vuestra propia experiencia de dar y recibir misericordia, y a tomarla como algo que hay que celebrar, como el encuentro entre los soldados Americanos y Japoneses mucho después de que hubiera terminado la Segunda Guerra Mundial.
*Este relato introductorio está tomado de Homilías dominicales ilustradas, Año A, Serie II, de Mark Link, S.J. Tabor Publishing, Allen Texas. Página 55.

Cristo luz del mundo

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Evangelio según San Mateo 4,12-23.
Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea.
Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: ¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones!
El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz.
A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca“.
Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores.
Entonces les dijo: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres“.
Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron.
Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó.
Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron.
Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente.

Homilía del Padre Paul Voisin CR, Superior General de la Congregación de la Resurrección:

El fundador de la Congregación de la Resurrección, Bogdan Jański, nació el 26 de Marzo de 1807 en Polonia. Aunque fue bautizado como Católico, no llevó una vida espiritual particular durante muchos años. Le preocupaba mucho la época en que vivía y quería trabajar por el desarrollo de una sociedad justa. Así, estudió Economía en la Universidad de Varsovia, y destacó tanto entre sus compañeros que recibió una beca para estudiar Economía en Londres, Inglaterra, con luminarias como John Stuart Mill. Creía que mediante la reforma económica y la orientación se podría lograr una nueva sociedad. Sin embargo, pronto se desilusionó con la economía y llegó a la conclusión de que ésta no era la respuesta. Los Simonistas eran un grupo de reformistas con grandes ideales y la visión de un nuevo mundo basado en la justicia social. Sin embargo, al cabo de un tiempo también se desilusionó con ellos y se dio cuenta de que tampoco tenían la respuesta.
A través de una serie de encuentros fortuitos con destacados intelectuales Católicos Franceses, empezó a redescubrir su herencia Católica. Durante dos años profundizó y desarrolló su fe Católica y experimentó una profunda conversión. Ahora descubría que Jesús era la respuesta a su deseo de construir la sociedad, que sólo Jesús podía “resucitar” a la sociedad.
Pensé en Bogdan Jański y en la historia de su vida mientras leía el Evangelio (Mateo 4, 12-23). En primer lugar, en relación con la oscuridad y la luz, y en segundo lugar, en relación con la “llamada“.
La oscuridad y la luz son temas significativos en el arte, la música y la literatura, incluida la Sagrada Escritura. En la primera lectura del profeta Isaías (8:23-93), Dios revela a través del profeta que “el pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz“. Esa luz es Jesús. Jesús se hace eco de estas palabras en el Evangelio, cuando proclama el Reino de Dios a la gente. Al pensar en Bogdan Janski en relación con la oscuridad y la luz, pensé: cuando intentaba trabajar para mejorar la sociedad, pero sin Dios, algo le faltaba. Sólo dependía de la voluntad humana y de las buenas intenciones. Era como si siguiera en la oscuridad. Sin embargo, cuando aceptó a Jesucristo en su vida de una manera nueva, esa luz le hizo comprender cómo la gracia y el poder de Dios podían actuar y transformar esa voluntad humana y esas buenas intenciones en algo grande, ¡algo grande para Dios! Había sido iluminado por Cristo y caminaba en la luz. De repente, se vio a sí mismo, al mundo y a los demás bajo una luz diferente, y encontró esperanza en esa vida con Dios.
También reflexioné sobre el tema de la “llamada” o “vocación“, tan evidente en la segunda parte del Evangelio, en la que Jesús llama a Simón Pedro y Andrés, y a Santiago y Juan. No sabemos nada de su relación con Jesús, si habían oído hablar de él. Era el comienzo de su ministerio, y hasta entonces había hecho muy poco para llamar la atención, salvo su bautismo en el Jordán por Juan el Bautista. Los llamó, y ellos respondieron inmediatamente, dejando sus barcas y sus redes y a sus colaboradores y le siguieron aquel día. ¿Qué vieron en Jesús, en sus palabras y en sus ojos? Sus sencillas palabras “Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres” tocaron sus corazones tan profundamente que hicieron lo que les pedía. Sabemos que siguieron ganándose la vida pescando, pero a partir de ese momento toda su actividad giró en torno a Jesús, su predicación y sus actos milagrosos.
De la misma manera Jesús nos dice “Te quiero” (“I want you”), como el famoso cartel del Tío Sam de la Primera Guerra Mundial que se ha utilizado durante generaciones como instrumento de reclutamiento para las Fuerzas Armadas Americanas. Jesús viene hoy a nosotros y nos dice “Te quiero”. Ya hemos oído antes su llamada, pero hoy nos la dirige de nuevo, para que la oigamos de una manera nueva y respondamos de una manera nueva. En nuestro camino de discípulos nos llama a seguirle. Quiere convertirse también en el centro de nuestras vidas, como lo fue para Pedro y Andrés, y Santiago y Juan, y los muchos otros que le seguirían. Esto no sucede por arte de magia, sino por un acto de nuestra voluntad, por nuestras buenas intenciones – ¡unidos a Dios en Cristo! No podemos responder solos. No podemos cumplir solos nuestra misión de discípulos. Jesús nos llama y nos sostendrá mientras le seguimos, mientras dejamos nuestras propias barcas y nos convertimos -con él- en “pescadores de hombres”.
Al responder a esta llamada de Dios, nos convertimos en luz para los demás. En casa, en la escuela y en el trabajo, nos convertimos en luz en un mundo en tinieblas para dar testimonio del amor y la verdad, de la paz y la justicia, de la reconciliación y la alegría. Así es como “resucitamos” a la sociedad, construyendo ese mundo nuevo con Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. Entonces nuestro testimonio de vida servirá de invitación a otros para que sigan a Jesús. Puede que nunca nos digamos unos a otros “ÉL te quiere”, pero nuestras palabras y acciones apuntarán a una fuente de vida y gracia más allá de nosotros, que viene de Dios y nos lleva a Dios.
Recemos hoy para que, como Bogdan Jański, trabajemos por la resurrección de la sociedad respondiendo a la llamada del Señor y compartiendo la luz de Cristo entre nosotros y con el mundo.

Cardenal Walter Kasper advierte que el “Camino Sinodal” alemán podría autodestruirse

Por Anian Christoph Wimmer– ACI Prensa.
El Cardenal Walter Kasper, un influyente teólogo considerado como muy cercano al Papa Francisco, ha advertido que el “Camino Sinodal” alemán está en peligro de autodestruirse si no atiende a las crecientes objeciones de obispos de diversas partes del mundo.
El Cardenal dijo además que los organizadores del Camino Sinodal estaban usando un “truco perezoso”, que en efecto constituía un “golpe de estado” que podría resultar en una renuncia colectiva, informó CNA Deutsch, agencia en alemán del Grupo ACI.
El Cardenal de 89 años es Presidente Emérito del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, y fue obispo de Rottenburg-Stuttgart, al suroeste de Alemania.
El Purpurado habló en una jornada de estudio virtual el domingo 19 de junio, en el marco de la iniciativa “Nuevo Comienzo” (Neuer Anfang), un movimiento de reforma crítico del “Camino Sinodal”.
El Cardenal Kasper advirtió que la Iglesia Católica no es una sustancia que puede ser “remodelada y remodelada para adaptarse a la situación”.
En abril del 2022, más de 100 cardenales y obispos de diversas partes del mundo publicaron una “carta abierta fraternal” a los obispos de Alemania, advirtiendo que los cambios radicales en la enseñanza de la Iglesia que promueve el Camino Sinodal pueden conducir a un nuevo cisma que surja de Alemania.
Una carta abierta de los obispos nórdicos expresó alarma sobre el proceso sinodal, y una fuerte carta del presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Polonia motivó serias preocupaciones.
Esas preocupaciones, dijo el Cardenal Kasper en su discurso, “serán repetidas y reafirmadas y, si no les prestamos atención, romperán el cuello del Camino Sinodal”.
Para el Purpurado, “el pecado original del Camino Sinodal” fue que no se basó en la carta que el Papa Francisco envió a la Iglesia Católica en Alemania, con su “propuesta de ser guiada por el Evangelio y la misión básica de la evangelización”.
En vez de eso, el proceso alemán, iniciado por el Cardenal Reinhard Marx, Arzobispo de Munich y Freising, “tomó su propio camino con criterios en parte diferentes”, dijo el Cardenal Kasper.
En junio de 2019, el Papa Francisco envió una carta de 19 páginas a los católicos alemanes, alentándoles a enfocarse en la evangelización frente a una “creciente erosión y decaimiento de la fe”.
El presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, Monseñor Georg Bätzing, ha rechazado repetidamente todas las muestras de preocupación sobre el Camino Sinodal, y en su lugar expresó su decepción sobre el Papa Francisco en mayo de 2022.
En una entrevista, el Papa Francisco reiteró que le dijo al líder de los obispos católicos de Alemania que el país ya tenía “una muy buena iglesia evangélica” y que “no necesitamos dos”.
“El problema surge cuando el camino sinodal proviene de las élites intelectuales, teológicas, y está muy influenciado por las presiones externas”, dijo el Santo Padre en esa entrevista.
Monseñor Bätzing, que también sirve como presidente del “Camino Sinodal”, es además firmante de la “Declaración de Frankfurt”. Esta petición exige que los obispos alemanes declaren su compromiso de implementar las resoluciones aprobadas por el proceso.
El Cardenal Kasper criticó esta presión de “compromiso”, diciendo que era “un truco y, además, un truco perezoso”.
“Solo imagina a un servidor civil que se permite a sí mismo ser nombrado, luego renuncia al ejercicio de sus obligaciones legales”, dijo el Cardenal.
“Él seguramente se enfrentaría a procedimientos en virtud de la ley del servicio civil. En última instancia, tal autocompromiso equivaldría a una renuncia colectiva de los obispos. Constitucionalmente, todo el asunto solo podría llamarse un golpe de estado, es decir, un intento de golpe de estado”.
La Iglesia Católica, subrayó el Cardenal Kasper, nunca puede ser gobernada sinodalmente: “Los sínodos no pueden ser hechos permanentes institucionalmente”.
En vez de eso, dijo, un sínodo constituye “una interrupción extraordinaria” a los procedimientos ordinarios”.
El “Camino Sinodal” se describe a sí mismo como un proceso que reúne a los obispos de Alemania y a determinados laicos para debatir y aprobar resoluciones sobre la forma en la que se ejerce el poder en la Iglesia, sobre la moralidad sexual, el sacerdocio y el papel de la mujer.
Los participantes han votado a favor de borradores que piden la ordenación sacerdotal de mujeres, bendiciones a parejas homosexuales y cambios en la enseñanza de la Iglesia sobre actos homosexuales, causando acusaciones de herejía y temores de un cisma.
El Cardenal Kasper ha expresado repetidamente su preocupación sobre el evento de varios años, pero el presidente de la conferencia episcopal, Monseñor Georg Bätzing, lo ha defendido.
Al finalizar su mensaje, el Cardenal Kasper advirtió que uno no puede “reinventar la Iglesia”, sino que se debe contribuir a renovarla en el Espíritu Santo: “renovación no es innovación. No significa solo intentar algo nuevo e inventar una nueva Iglesia”.
En vez de eso, dijo el Purpurado, una verdadera reforma se trata de “dejar que el Espíritu de Dios nos haga nuevos y nos dé un nuevo corazón”.
Fuente: Traducido y adaptado por David Ramos. Publicado originalmente en CNA Deutsch.

Cordero Hijo de Dios

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Evangelio según San Juan 1,29-34.
Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo.
Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel“.
Y Juan dio este testimonio: “He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo’.
Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios“.

Homilía del Padre Paul Voisin CR, Superior General de la Congregación de la Resurrección:

Cada año hay un desfile de galas de premios en el mundo del espectáculo: los Globos de Oro, los People’s Choice, los Oscar, los Tonys y los Emmy. Todos los nominados esperan que se pronuncie su nombre y que sean ellos quienes suban las escaleras para recibir el codiciado trofeo. Sin embargo, cuando se dice “Y el ganador es…” también hay otros cuatro o cinco que se consuelan con la idea de que “sólo estar nominado es un honor“.
Pensé en honores y en “ganar” cuando leí por primera vez el evangelio de hoy (Juan 1:29-34). Juan el Bautista anuncia que él no es ‘el elegido’ cuando dice: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo“. Muestra su humildad al saber quién es en el plan de Dios, que él no es el Mesías, el tan esperado. Sólo es “la voz en el desierto” que dice: “Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas“. Juan estaba preparado para ser “el segundo”, y no sólo para resignarse a ello, sino para abrazarlo con todo su corazón. Tenía una misión, un propósito, y estaba comprometido a cumplir su parte en el misterio de la historia de la salvación. Buscó, por encima de todo, la voluntad de Dios, y cumplió fielmente su papel, lo que le valió un lugar elevado en el reino de Dios.
Juan proclama quién es Jesús. Es aquel de quien “vio al Espíritu descender del cielo como una paloma y permanecer sobre él“. Juan reconoció que él bautizaría con agua, pero que Jesús “bautizaría con el Espíritu Santo“, y lo proclamó “Hijo de Dios“. También reveló, de forma bastante significativa, que Jesús estaba por delante de él “porque existía antes que él“. Esto es importante en nuestra teología de la persona de Jesús, que la Segunda Persona de la Trinidad existió en el tiempo antes de la aparición de Juan el Bautista. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo viven unidos desde siempre y desde el principio de los tiempos. Este misterio es fundamental para comprender quién es Jesús. También Jesús nos muestra su humildad, al nacer como nosotros en el mundo y compartir nuestra condición humana en todo menos en el pecado.
Nuestra Primera Lectura del Libro del Profeta Isaías (49:3, 5-6) habla tan bellamente de la gracia de Dios sobre sus elegidos. Dios expresa cómo hemos sido formados y bendecidos, y que -como sus “siervos“- estamos facultados para hacer su voluntad en relación con su pueblo elegido. Estas palabras trajeron consuelo y esperanza a cada profeta, a cada rey, a Juan el Bautista y a Jesús, su ungido. Se nos dice que al seguir la enseñanza y la voluntad de Dios somos “luz de las naciones“, que debemos recibir y compartir la luz de Cristo, y seguir llevando la luz de Cristo “hasta los confines de la tierra”.
Nuestro Salmo (40:2, 3, 7-8, 8-9, 10) refleja esa voluntad de ser esa “luz”, de tener esa influencia y de cumplir el plan de salvación de Dios a través de cada uno de nosotros.
En la Segunda Lectura, las primeras palabras de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios (1,1-3) nos aseguran quiénes somos, que hemos sido “santificados en Cristo Jesús” y hechos “santos” porque pertenecemos a Jesucristo por nuestro Bautismo, y por nuestro fiel discipulado.
Así como Juan el Bautista sabía quién era en el plan de salvación, hoy Dios nos llama a descubrir de nuevo y abrazar quiénes somos en el plan de salvación. Como Juan, no somos “el Cordero de Dios”, pero estamos llamados a cumplir nuestra parte en el plan de Dios que se desarrolla en nuestras vidas, y en las vidas de las personas en nuestra vida. Compartimos la vida de Dios a través de nuestro Bautismo. Somos agraciados, bendecidos y dotados por Dios para contribuir a la edificación de la Iglesia y del Reino de Dios. Nuestra misión no es sólo nuestra propia santificación, sino ser esa “voz”, como Juan, que señala a Jesús a los demás. Como Juan indicó “He aquí el Cordero de Dios”, nosotros, en nuestra vida cotidiana -en casa, en el trabajo, en la escuela y entre nuestros amigos- estamos llamados a ayudar a los demás a reconocer la presencia de Jesús. Creo que la forma más eficaz de hacerlo no es citando las Escrituras o el Catecismo de la Iglesia Católica, sino compartiendo nuestra vida con Dios: por qué rezamos, por qué acudimos a la Eucaristía, por qué perdonamos y pedimos perdón, y por qué servimos. Cuando estamos con alguien que sufre la pérdida de un ser querido, podemos dar testimonio de nuestra propia experiencia de cómo la paz llegó a nosotros con el conocimiento y la experiencia de recoger los pedazos después de la pérdida de un ser querido. Cuando estamos con alguien que está confundido y parece sin dirección, podemos compartir con él cómo nos abrimos a nuestra misión que Dios nos llevó a descubrir. Cuando estamos con alguien “empeñado en ganar”, podemos ayudar a alguien a darse cuenta de que tiene un gran valor y que a los ojos de Dios es un ganador. Cuando nos encontramos con alguien que está cayendo en malos hábitos, podemos compartir cómo reformamos nuestras vidas y encontramos abundante gracia de Dios para hacerlo.
Una y otra vez se nos presentan oportunidades de ayudar a otros a reconocer la presencia de Jesús, si tan sólo estamos alerta y conscientes, y estamos dispuestos a arriesgarnos lo suficiente para decir a otros “He aquí el Cordero de Dios”. Del mismo modo que Juan encontró satisfacción y alegría en proclamar a Jesús, e incluso en la entrega de su vida en cumplimiento de su misión, nosotros encontraremos satisfacción y alegría en el cumplimiento de nuestra misión como seguidores de Jesús. A los ojos del mundo puede que no seamos el “ganador” llamado a recibir el trofeo, pero a los ojos de Dios somos un “ganador” –preciosos, amados, salvados, llamados y enviados- no sólo a compartir la vida de Jesucristo, sino a compartirla con los demás. Nuestra humildad al aceptar quiénes somos en el plan de Dios, y hacerlo fielmente, nos traerá mayor gracia y bendición aquí y ahora, satisfacción y alegría por un ‘trabajo bien hecho’, y vida eterna en el mundo venidero.

Bautismo del Señor 2023

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Evangelio según San Mateo 3,13-17.
Entonces Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él.
Juan se resistía, diciéndole: “Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!“.
Pero Jesús le respondió: “Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo“. Y Juan se lo permitió.
Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él.
Y se oyó una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección“.

Homilía del Padre Paul Voisin CR, Superior General de la Congregación de la Resurrección:

Hace muchos años (en la Parroquia San Miguel en La Paz, Bolivia) trabajé en equipo para nuestro Curso de Preparación Matrimonial. Una de las preguntas importantes sobre las que queríamos que las parejas reflexionaran era: “¿Cuál es la diferencia entre un matrimonio civil y un matrimonio sacramental? ”. De los siete sacramentos, el matrimonio es el único sacramento que tiene una expresión civil. Todos los demás son puramente celebraciones de fe. Sin embargo, pronto descubrimos que había una pregunta más básica sobre la que reflexionar, “¿Qué diferencia ha marcado el sacramento del bautismo en mi vida?” Esto trajo un largo silencio, y poco a poco surgieron algunas respuestas. No es fácil articular la propia fe, y aún más ante un grupo de extraños. Algunas parejas ni siquiera habían abordado una pregunta así por su cuenta, poco menos la comparten con otras.
Pensé en esa experiencia cuando leí el evangelio de hoy (Mateo 3:13-17) en esta fiesta del Bautismo del Señor. Aquí somos testigos del Bautismo de Jesús en el río Jordán por Juan el Bautista. No es cualquier Bautismo, sino el del Hijo de Dios, quien se convertiría en la fuente de gracia para todos los que fueran bautizados. El Padre se manifestó en el Bautismo diciendo: “Este es mi Hijo amado, con quien estoy bien complacido“. Esto marcó este evento y este hombre como algo sobrenatural. Dios no sólo estaba declarando que Jesús era su Hijo, sino que él era amado por él. A partir de este momento –su Bautismo– la vida de Jesús cambió, comenzando su ministerio y compartiendo la misión del Padre con los que le rodean, en particular con sus discípulos.
En la primera lectura del libro del Profeta Isaías (42:1-4, 6-7) la profecía apunta a la persona de Jesús. Él es el “siervo a quien sostengo, el elegido con quien me complace, sobre quien he puesto mi espíritu“. Está puesto delante de nosotros como un “pacto del pueblo, una luz para las naciones“. Los que somos bautizados en Jesucristo compartimos esa vida y espíritu, en ese pacto y luz.
La segunda lectura de los Hechos de los Apóstoles (10:34-38) refleja la fe de la primera comunidad cristiana de que Jesús estaba entre ellos, y que compartían en su vida y poder a través de su bautismo.
En esta fiesta del Bautismo del Señor siempre lo veo como una oportunidad para reflexionar sobre lo que este Sacramento significa para nosotros como comunidad de fe, y que diferencia debe tener el Sacramento del Bautism en nuestra vida.
El sacramento del bautismo es el primero de los siete sacramentos. A través de ella entramos en la vida con Dios, y Dios entra en nuestra vida de una manera especial. Nos convertimos en sus hijos Recordando los ritos bautismales, estamos “firmados” con la cruz de Jesús, somos limpiados con las aguas del Bautismo -dándonos vida nueva y abundante en Cristo- somos ungidos con Aceite Santo (Crisma) como señal de nuestra consagración a Dios. Estamos hechos y pertenecemos a él. La prenda blanca simboliza la pureza de nuestra nueva vida en Cristo, y la vela encendida representa la luz de Cristo iluminándonos.
Sin embargo, reconocemos que el bautismo no es sólo un momento en el tiempo -lo que sucede en la fuente bautismal- sino que se trata del día a día de vivir nuestra vida en Cristo. Al igual que las parejas en el curso, tenemos que articular lo que significa para nosotros nuestro Bautismo y cómo lo vivimos.
Creo que hay cuatro señales de esa vida bautismal que podemos identificar: cuatro señales que he articulado para ti en otras ocasiones. La primera de las señales es que reconocemos una fe. Reconocemos a alguien y algo más allá de nosotros mismos y de nuestro mundo material. Aspiramos a creer cada vez más en las realidades divinas que Dios nos ha revelado. No somos el ser-todo y el final-todo, no es “todo acerca de nosotros“. Estamos en una relación con Dios: revelados como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Todos y cada uno de los domingos, cuando rezamos el Credo Niceno, no sólo profesamos esa fe, sino que espero que la profesemos con más coraje y convicción cada semana, porque hemos vivido una semana más experimentando la vida de Dios dentro de nosotros.
Una segunda señal de nuestro bautismo es el amor. Este es un amor inspirado por el amor de Dios por nosotros, manifestado en la cruz de Jesucristo. Dios amó tanto al mundo que envió a su Hijo único, y por amor ese Hijo murió por nuestros pecados. Este es un amor incondicional y misericordioso. Este es el amor que sana y salva. Esto no es un amor basado en “me gusta” o “devolver el favor”. ¡Este es un regalo gratis! Nuestro amor -en casa, en el trabajo y en la escuela- debería ser un amor que marque la diferencia, que haga que la gente sienta la presencia de Dios, que les insta a la reconciliación y la paz, que saque lo mejor de los demás.
Una tercera señal es el servicio. La fe y el amor no pueden seguir siendo ejercicios intelectuales, sino que deben traducirse en la forma en que vivimos con los demás. Si reconocemos cuánto hemos recibido, somos llamados, como buenos discípulos y buenos administradores, para compartir nuestro tiempo, talentos y tesoros con otros. No podemos profesar ser seguidores de Jesús y simplemente tener buenas intenciones. Deberíamos ser los primeros -en el trabajo, en casa y en la escuela- en distinguirnos por “estar allí” para los demás en compasión.
Una cuarta señal de nuestra vida en Cristo diariamente es la oración. Sin comunicación una relación no puede crecer y desarrollarse, por lo que sin oración nuestra vida espiritual permanece estancada e improductiva. Nuestra oración representa no sólo nuestra necesidad de Dios, sino nuestra confianza en su respuesta a nuestras oraciones, cualquiera que sea que sea. Nuestra oración individual llega a su punto más alto cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía en comunidad en el Día del Señor.
No es fácil responder a la pregunta, “¿Qué diferencia hace el Sacramento del Bautismo en tu vida? ”, pero tal vez algo de lo que he compartido nos ayude a articular cómo debemos mostrar todos los días que somos bautizados en Cristo: por nuestra fe, nuestro amor, nuestro servicio y nuestra oración. Estas son actitudes y actividades en respuesta a ese mismo Padre celestial que hoy nos dice: “Eres mi hijo amado, con quien estoy bien complacido”.

Epifanía del Señor 2023

Evangelio según San Mateo 2,1-12.
Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo”.
Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén.
Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías.
“En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito por el Profeta:
Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel”.
Herodes mandó llamar secretamente a los magos y después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles: “Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje”.
Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño.
Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra.
Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino.

Homilía del Padre Paul Voisin CR, Superior General de la Congregación de la Resurrección:

Un dicho que he utilizado algunas veces en homilías, y que ha llegado a significar mucho para mí, es “lo que busques determinará lo que encuentres”. Esto significa para mí que todos tomamos decisiones sobre lo que es importante para nosotros, y normalmente recibimos el fruto de esa búsqueda. Así, si busco riqueza, me dedicaré a actividades que me reporten un gran éxito financiero. Si quiero un cuerpo más sano y esbelto, me dedicaré a actividades que garanticen mi salud y mi forma física. Si quiero amistades sinceras, me representaré a mí mismo y me comunicaré de un modo que propicie esa calidad de amistad. Al mismo tiempo, si quiero una vida espiritual más profunda, un caminar más cerca de Jesús, entonces me dedicaré a actividades que me lleven a esa vida nueva y renovada en Cristo.
Pensé en esto cuando leí por primera vez el evangelio de hoy (Mateo 2, 1-12). En esta fiesta de la Epifanía celebramos la llegada de los tres Reyes Magos, y lo que ello significa. La palabra “Magos” procede del griego “magoi”, traducido del persa, que significa un grupo selecto de sacerdotes. Nuestra palabra “magia” procede de la misma raíz. Así pues, eran hombres espirituales en un mundo pagano. Algunos los han clasificado como astrólogos, y otros, a lo largo de la historia, como reyes. La asociación con la astrología se debe a que descubrieron la estrella que anunciaba el nacimiento del Salvador del mundo. Salieron de su tierra y siguieron la estrella, que les llevó a Belén y al niño Jesús.
Es evidente que, al seguir aquella estrella, buscaban algo más allá de sí mismos, alguien o algo que fuera lo bastante importante en la historia del mundo como para ser anunciado por una estrella. Fuera lo que fuese lo que estaba ocurriendo, querían formar parte de ello. Y así, se pusieron en camino y siguieron a la estrella. De hecho, “lo que buscaron determinó lo que encontraron”. Encontraron a Jesús. El homenaje que le rindieron es significativo en términos de revelación, porque eran paganos. El Antiguo Testamento profetizaba que vendría un Mesías, pero para el pueblo elegido, los israelitas. Ahora, con la venida de los Magos y su homenaje a Jesús, se rompe esa línea de pensamiento y se introduce la verdad de que Dios envió a su hijo para todos los pueblos.
En la Primera Lectura, del Libro del Profeta Isaías (60,1-6), se anuncia la venida del Mesías. Él es la luz que disipa las tinieblas. Como está escrito en otro lugar del Libro de Isaías (9,1), “el pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz”. Buscaban la luz, y la encontraron revelada en Jesús, nacido en Belén.
En nuestra Segunda Lectura de la Carta de San Pablo a los Efesios (3,2-3a.5-6), Pablo proclama también que ha encontrado lo que buscaba. Después de su conversión, proclamó esta verdad, y animó y guió a otros a encontrar lo que buscaban. Él, como Apóstol de los gentiles, se dedicó a predicar a Jesucristo a los paganos, personas que hasta entonces no creían en un solo Dios (como los judíos), sino que creían en una multitud de dioses relacionados con la naturaleza. Aceptó la verdad de Cristo y la revelación de Dios, y estaba decidido a compartir este “hallazgo” con cuantas personas estuvieran dispuestas a escucharle.
Nuestro reto hoy, en esta Fiesta, es preguntarnos “¿Qué estoy buscando?”. “¿Qué espero encontrar?”. Ese es el meollo de todo, porque, en verdad, muchas personas no buscan a Cristo ni una vida espiritual. Aunque tengan una Partida de Bautismo y fotos de su Primera Comunión, no buscan sinceramente a Jesús allí donde se le puede encontrar. Lo mantienen a distancia, sólo lo invocan cuando lo deciden, y no tienen realmente la intención de vivir una vida que refleje su fe en Jesús. Jesús nos llama a todos a una vida cada vez más profunda y sincera con Él, y nosotros -con nuestra presencia hoy aquí- estamos demostrando que no sólo buscamos a alguien o algo, sino que lo hemos encontrado en Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.
Y entonces, si buscamos a Jesús, ¿dónde lo encontramos? Una vez más, vengo a compartir con vosotros cuatro realidades que nos acercan a Jesús, que dan testimonio de que hemos encontrado lo que buscábamos. Son: la oración, la Palabra de Dios, los Sacramentos y la participación en la vida de la Comunidad. En esta Eucaristía unimos las cuatro, lo que muestra la importancia y la supremacía de este acto de culto que se encuentra en la Liturgia de la Palabra y en la Liturgia de la Eucaristía.
En su libro Los Cuatro Signos de un Católico Dinámico, Matthew Kelly identifica la oración, el estudio, la generosidad y la evangelización como elementos centrales de nuestra vida en Cristo. Muchos Católicos se sienten incómodos con la palabra “evangelización”. De hecho, no es fácil evangelizar a los demás. En relación con las lecturas de hoy, he pensado que la base de nuestra evangelización debería ser compartir que hemos seguido la estrella y hemos encontrado a Jesús, como hicieron los Magos. Nuestro testimonio de vida, y nuestras palabras de testimonio ayudan mucho a los demás a, en primer lugar, identificar “¿Qué estoy buscando?”, y después a preguntarse “¿Cómo voy a conseguirlo?”. Si lo que la gente busca es a Jesús, podemos ayudarles a descubrir cómo llegar hasta allí, cómo seguir la estrella y encontrar a Jesucristo bajo ella. Cuando compartimos con los demás por qué rezamos, qué significa la Palabra de Dios en nuestras vidas, cómo nos alimentamos de los Sacramentos (especialmente de la Eucaristía), y por qué participar en la vida de la Comunidad significa algo para nosotros… ¡entonces estamos evangelizando! Entonces les estamos invitando, una vez más, a seguir la estrella y encontrar a Jesús.
Al celebrar esta Fiesta de la Epifanía, renovemos nuestro deseo de seguir la estrella y profundizar nuestra vida con Jesús, y de compartir la luz de Cristo con los demás.

1959

Ordenaciones sacerdotales de Emilio Kouri Hanna, Fernando Chang Valverde, Gustavo Gutierrez Merino y Jorge Alvarez Calderón el 6 de enero de 1959 por el Cardenal Juan Landázuri Ricketts, en la Capilla del Seminario ‘Santo Toribio‘.
El Padre Emilio Kouri fue nombrado Canciller de la Arquidiócesis de Lima y falleció en un accidente aéreo (1970), en tanto el Padre Fernando Chang fundó el Movimiento Sacerdotal Mariano en Perú (Diócesis del Callao). Gustavo Gutierrez asesoró la Unión Nacional de Estudiantes Católicos y el Movimiento de Profesionales Católicos, es profesor emérito de la PUCP e ingresó a la Orden de los Predicadores (dominicos). Jorge Alvarez fue asesor del Movimiento de Trabajadores Cristianos y dirigente de ONIS.

Proclamamos tu Resurrección

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Evangelio según San Lucas 2,16-21.
Los pastores fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre.
Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores.
Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.
Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido.
Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se le puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Angel antes de su concepción.

Homilía del Padre Paul Voisin CR, Superior General de la Congregación de la Resurrección:

Hay una famosa escultura de Auguste Rodin llamada ‘El Pensador‘. Estoy seguro de que todos hemos visto fotos de ella. El hombre está sentado con la cabeza descansando en su mano, profundamente en su pensamiento. No tenemos ni idea de lo que estaba pensando. Estoy seguro de que todos hemos tenido momentos en los que nos sentamos y pensamos cuando estábamos profundos en pensamientos, casi alejados de nuestro entorno. Incluso podemos mirar mientras nos sentamos inmersos en el pensamiento.
Pensé en esta escultura cuando leí en el evangelio (Lucas 2:16-21) que “María guardaba todas estas cosas, reflexionando sobre ellas en su corazón”. La lectura nos dice que los pastores vinieron a María, José y el niño Jesús en Belén y le dijeron a María y José sobre la aparición del ángel y lo que el ángel les había dicho. Así como los pastores quedaron asombrados, también María y José, al oír de esta gloriosa manifestación del nacimiento del Mesías. Cuando se fueron, puedo imaginar que María estaba profundamente pensada, reflexionando sobre todo lo que le había sucedido desde la visita del ángel Gabriel. ¿Qué sería de este niño? ¿Cómo manifestaría Dios su divina voluntad a través de su hijo? ¿Cómo sería recibido por la gente? ¿Completaría su misión? Como cualquier madre preguntaría: ¿estaría feliz, sano y seguro?
Mary, sin embargo, era algo más que solo una pensadora. Ella era una hacedora. Ella fue una participante activa en el desarrollo del plan de Dios. Mientras que algunas personas podrían permanecer en el modo de pensar y reflexionar, Mary estaba conmovida por la gracia para actuar.
Recuerdo que cuando eramos niños en la escuela teníamos un cuaderno de idiomas que se llamaba ‘Pensar y hacer’. Hubo una lectura, preguntas para la reflexión, y luego preguntas para responder. Uno se suponía lógicamente que ‘pensar’ y luego ‘hacer. “Hacer” sin pensar podría tener efectos desastrosos, encontrarse perdido y “fuera de marca” en relación a la información solicitada.
María nos muestra cómo el “reflejo en su corazón”, su pensamiento, la llevó a hacer. Parece que cada vez que nos encontramos con la Santísima Virgen en las Sagradas Escrituras la encontramos frente a un desconocido, otro misterio. Su “sí” al ángel Gabriel requirió una serie de “sí a la voluntad del Padre. Debido a su reflejo, ella fue capaz de confiar en Dios y caminar en fe en relación a cada una de las veces que nos encontramos con ella en los evangelios:
la visita del ángel Gabriel;
la aceptación de su condición por José, prometida en matrimonio, después el ángel vino a él en un sueño para revelar a José que este niño fue concebido por el Espíritu Santo;
la sorpresa cuando su prima, Isabel, inspirada por el Espíritu Santo, reconoció que María tenía dentro de su vientre al Mesías;
la visita de los pastores, en el evangelio de esta noche/hoy, confirmando la circunstancia milagrosa del nacimiento de Jesús;
la visita de los Reyes Magos -en una semana en la fiesta de la Epifanía- trayendo dones, y diciendo a María y José que habían sido guiados por una estrella que proclamaba que él era el Rey de los Judios;
la reacción del profeta, Simeón, y la profetisa, Ana, cuando trajeron al niño Jesús al templo para cumplir el rito de dedicación prescrito en la ley de Moisés;
el vuelo a Egipto, de nuevo a través de la intervención de un ángel en el sueño de José;
el hallazgo del niño Jesús en el templo de Jerusalén, después de haber se quedó atrás después de la Pascua;
el primer milagro en la fiesta de bodas en Cana;
y finalmente, al pie de la cruz del Calvario.
Una y otra vez, María tuvo que dar su “sí” a la misteriosa voluntad del Padre. Su “reflexión” sobre la continua fidelidad de Dios le permitió expresar su “sí” con la seguridad de que una vez más Dios la ayudaría a “hacer” – hacer su voluntad.
Hoy nos piden ‘pensar’ y ‘hacer’. Reflexionar, pensar y proponer no es suficiente. Debemos ser gente de acción. Cada uno de nosotros –al final de nuestra vida– tendrá que dar cuenta de lo que hemos hecho. Esperemos que nuestro ‘pensar’ y “reflexionar en nuestro corazón” nos lleve a cooperar con la gracia de Dios y ‘hacer’ en unión con Dios.
Hoy comenzamos un nuevo año. Se nos pide que sigamos el ejemplo de María en este nuevo año y enfrentemos cada misterio y cada desconocido con fe, haciendo eco del ‘sí’ de María. ¿Qué traerá este año? No tenemos ni idea. ¿Será éxito? ¿Fracaso? ¿Nuevas oportunidades? ¿Pérdidas? ¿Salud? ¿Enfermedad? ¿La pandemia en curso?
Oremos para que este ejemplo de María sea un ejemplo para nosotros, recordándonos constantemente “reflexionar” en NUESTROS corazones la bendición y bondad de Dios, permitiéndonos dar nuestro “sí” una vez más. Entonces Dios puede hacer grandes cosas en y a través de nosotros, y hacer del año 2023 uno de gracia y bendición, uno de vida renovada en Cristo y en su Iglesia.

Adiós a Benedicto XVI, humilde trabajador de la viña del Señor

El Papa emérito, de 95 años, falleció en el Monasterio Mater Ecclesiae del Vaticano.

En sus casi ocho años de papado, Benedicto XVI visitó 24 países en cuatro continentes. Publicó tres encíclicas. La primera en 2006, “Deus Caritast Est”, que comienza con “Dios es amor, quien está en el amor habita en Dios y Dios habita en él”. El Pontífice sorprendió con este mensaje luego de que muchos vaticinaran que esta primera encíclica sería una lección severa sobre la doctrina cristiana, especulación más acorde a la imagen que de él crearon sus detractores que a la realidad de su sacerdocio.
“Salvados en la esperanza”, fue su segunda Encíclica, un texto en el que Benedicto XVI suscita un ansia de eternidad. “No es un continuo sucederse de días del calendario sino el momento gratísimo de sumergirse en el cocénao del amor infinito”. La tercera, “Caridad en la verdad”, se vale de la coyuntura económica para indicar que “la fuerza más podersosa al servicio del desarrollo es el humanismo cristiano”.
En materia de diálogo interreligioso, dio continuidad al vínculo con los protestantes y, en su viaje a Alemania en 2005, fue el primer Papa en visitar una sinagoga en ese país. Del mismo modo, en su viaje a Turquía, visitó la mezquita Sultán Ahmed. En el año 2008, modificó la liturgia de Semana Santa eliminando la mención a los judíos. También visitó el campo de exterminio de Auschwitz.
Abandonó el título de “Patriarca de Occidente”, que representaba un obstáculo para el diálogo con las iglesias cristianas ortodoxas; y se reunió con el metropolitano Kiril, iniciando un camino que sería continuado por Francisco.
Llamó a los países del G-8 a cancelar la deuda externa de los países más pobres, siguiendo una política ya inaugurada por Juan Pablo II. Fue el primer pontífice en referirse a América Latina como “el continente de la esperanza”, en contraste con la Europa envejecida, por el dinamismo de su fe y su fuerza evangelizadora.
Otro legado fundamental de Ratzinger es el intelectual, ya que fue un eminente teólogo, de lo que dejó constancia en varios libros. Entre ellos, ocupan un lugar destacado su Introducción al Cristianismo, recopilación de lecciones universitarias publicadas en 1968 sobre la profesión de fe apostólica; y Dogma y revelación (1973), antología de ensayos, predicaciones y reflexiones, dedicadas a lo pastoral.
De 1946 a 1951 estudió filosofía y teología en la Escuela Superior de Filosofía y Teología de Freising y en la Universidad de Munich. Se ordenó sacerdote el 29 de junio de 1951.
Un año después, inició su actividad de profesor en la Escuela Superior de Freising. En el año 1953 se doctoró en Teología con la tesis: “Pueblo y casa de Dios en la doctrina de la Iglesia de San Agustín”. Cuatro años más tarde, bajo la dirección del conocido profesor de teología fundamental Gottlieb Söhngen, obtuvo la habilitación para la enseñanza con una disertación sobre: “La teología de la historia de San Buenaventura”.
Tras ejercer el cargo de profesor de Teología Dogmática y Fundamental en Freising, siguió su actividad de enseñanza en Bonn, de 1959 a 1963; en Münster, de 1963 a 1966; y en Tubinga, de 1966 a 1969. En este último año pasó a ser catedrático de Dogmática e Historia del dogma en la Universidad de Ratisbona, donde ocupó también el cargo de vicepresidente de la Universidad.
De 1962 a 1965 realizó una notable contribución al Concilio Vaticano II como “experto”; acudió en calidad de consultor teológico del cardenal Joseph Frings, arzobispo de Colonia.
Su intensa actividad académica lo llevó a desempeñar importantes cargos al servicio de la Conferencia Episcopal Alemana y en la Comisión Teológica Internacional. En 1972, juntamente con Hans Urs von Balthasar, Henri de Lubac y otros grandes teólogos de la época, creó la revista de teología “Communio”.
El 25 de marzo de 1977, el Papa Pablo VI lo nombró arzobispo de Munich y Freising. El 28 de mayo del mismo año recibió la consagración episcopal. Fue el primer sacerdote diocesano, después de 80 años, que asumió el gobierno pastoral de la gran arquidiócesis bávara. Escogió como lema episcopal: “Colaborador de la verdad”. Él mismo explicó el porqué: “Por un lado, me parecía que esa era la relación entre mi tarea previa como profesor y mi nueva misión. A pesar de los diferentes modos, lo que estaba en juego y seguía estándolo era seguir la verdad, estar a su servicio. Y, por otro, escogí ese lema porque en el mundo de hoy el tema de la verdad se omite casi totalmente, pues parece algo demasiado grande para el hombre y, sin embargo, todo se desmorona si falta la verdad”.
Pablo VI lo hizo cardenal en el consistorio del 27 de junio de ese mismo año 77.
En 1978 participó en el Cónclave, celebrado del 25 al 26 de agosto, que eligió a Juan Pablo I, quien lo nombró enviado especial suyo al III Congreso Mariológico Internacional, celebrado en Guayaquil (Ecuador), del 16 al 24 de septiembre. En el mes de octubre de ese mismo año, luego de la muerte prematura y repentina de Juan Pablo I, participó también en el Cónclave que eligió a Juan Pablo II. Actuó de relator en la V Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, celebrada en 1980, sobre el tema: “Misión de la familia cristiana en el mundo contemporáneo”, y fue presidente delegado de la VI Asamblea general ordinaria, celebrada en 1983, sobre “La reconciliación y la penitencia en la misión de la Iglesia”.
Juan Pablo II lo nombró prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y presidente de la Pontificia Comisión Bíblica y de la Comisión Teológica Internacional el 25 de noviembre de 1981. El 15 de febrero de 1982 renunció al gobierno pastoral de la arquidiócesis de Munich y Freising. Se iniciaba así un largo período de estrecha colaboración con el papa polaco, Karol Wojtyla, que sólo acabaría con la muerte de éste, a quien Ratzinger sucedió como Papa.
Fue presidente de la comisión para la preparación del Catecismo de la Iglesia católica, que, después de seis años de trabajo (1986-1992), pudo presentar al Sumo Pontífice un nuevo Catecismo.
El 6 de noviembre de 1998, Juan Pablo II aprobó la elección de Ratzinger como vicedecano del Colegio cardenalicio, y el 30 de noviembre de 2002, cuatro años despues, aprobó su elección como decano.
Desde el 13 de noviembre de 2000, Jospeh Ratzinger fue Académico honorario de la Academia Pontificia de Ciencias.
En la Curia romana, fue miembro del Consejo de la Secretaría de Estado para las Relaciones con los Estados; de las Congregaciones para las Iglesias orientales, para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, para los obispos, para la evangelización de los pueblos, para la educación católica, para el clero y para las causas de los santos; de los Consejos pontificios para la promoción de la unidad de los cristianos y para la cultura; del Tribunal supremo de la Signatura apostólica; y de las Comisiones pontificias para América Latina, “Ecclesia Dei”, para la interpretación auténtica del Código de derecho canónico y para la revisión del Código de derecho canónico oriental.
Pero la función con la cual más identificado quedó de cara al mundo fue la de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, para la cual lo nombró Juan Pablo II el 25 de noviembre de 1981.
Obtuvo gran resonancia el discurso que pronunció ante la Academia Católica bávara sobre el tema “¿Por qué sigo aún en la Iglesia?”, en el que, con su habitual precisión, afirmó: “Sólo en la Iglesia es posible ser cristiano y no al lado de la Iglesia”.
Ha recibido numerosos doctorados “honoris causa” por el College of St. Thomas in St. Paul (Minnesota, Estados Unidos), en 1984; por la Universidad Católica de Eichstätt, en 1985; por la Universidad Católica de Lima, en 1986; por la Universidad Católica de Lublin, en 1988; por la Universidad de Navarra (Pamplona, España), en 1998; por la Libre Universidad María Santísima Asunta (LUMSA) Roma, en 1999; por la Facultad de Teología de la Universidad de Wroclaw (Polonia) en 2000.
El viernes 8 de abril de 2005, el Cardenal Ratzinger presidió la Santa Misa en la Plaza de San Pedro para el funeral del Papa Juan Pablo II. Días después se escucharía en esa misma plaza la frase más esperada: “Habemus Papam” (‘¡Tenemos Papa!’) . El elegido número 265 era el propio Ratzinger, el nuevo Pontífice de la Iglesia Católica Romana, y esa noche eligió por el nombre de Benedicto XVI.
El 28 de octubre de 2007 aprobó la mayor beatificación que ha tenido lugar en la historia de la Iglesia: 498 personas, en su mayoría de nacionalidad española, entre ellos 47 hermanos maristas. Y el 1° de mayo de 2011, beatificó a su antecesor, Juan Pablo II -luego canonizado bajo el pontificado de Fancisco-, en una multitudinaria ceremonia que tuvo lugar en la Plaza de San Pedro del Vaticano. Desde la Edad Media, ningún Papa había beatificado a su antecesor.
Además, impulso un cambio en las reglas para la elección papal. En 2007 convirtió en absoluto el requisito de mayoría calificada, de dos tercios de los cardenales electores, derogando el paso a mayoría absoluta (la mitad más uno) a partir del trigésimo tercer escrutinio. Desde entonces, sólo pueden ser “papables” los candidatos de muy amplio consenso.
Uno de los hitos de su papado, y uno de los acontecimientos más importantes dentro de la Iglesia, se dio cuando el Vaticano reconoció que 4,000 casos de abusos sexuales a menores por parte de clérigos habían llegado a la Congregación para la Doctrina de la Fe en los últimos diez años.
Durante sus ocho años al frente de la Iglesia, enfrentó el Vatileaks, el escándalo sobre la divulgación de la correspondencia privada de Ratzinger en 2010.
En 2013, Benedicto XVI sorprendió al mundo y a la Iglesia Católica al anunciar su renuncia, algo que no ocurría desde Celestino V en 1294.
Tras su paso al costado, aseguró que viviría “apartado del mundo” y, de hecho, en muy pocas ocasiones ha roto su silencio, pero sí se han conocido dos libros-entrevista en los que detallaba ampliamente su decisión.
En Ultime conversazioní (Últimas conversaciones), escrito por el periodista alemán y biógrafo del papa emérito, Peter Sewald, el papa emérito reflexiona sobre su pontificado, sobre cómo va aceptando la muerte, sobre el papa Francisco, o el contexto en el que presentó su renuncia como sucesor de Pedro. “El texto de la renuncia lo escribí yo. No puedo decir con precisión cuándo, pero como máximo dos semanas antes. Lo escribí en latín porque una cosa tan importante se hace en latín”, dijo.
Su decisión fue serena y meditada, libre de presiones y fruto de un “estado de ánimo pacífico” que le permitió “pasar tranquilamente el timón” a su sucesor. “No se trató de una retirada bajo presión de los acontecimientos o de una huida por la incapacidad de hacerlos frente”, sostuvo. Tampoco consecuencia de una desilusión o a algún tipo de coacción: “No lo habría permitido”, ni “hubiera renunciado” al pontificado si hubiera estado “bajo presión”, insistió.
En otro de los capítulos, recordó sus años al frente de la Iglesia Católica e hizo autocrítica al admitir que una de sus debilidades fue “la poca determinación” que tuvo en algunas ocasiones a la hora de “gobernar y tomar decisiones”. “Hubo momentos difíciles, basta pensar, por ejemplo, en el escándalo de la pederastia, el caso Williamson o incluso el escándalo del Vatileaks”.
La convivencia inusual entre el 265º papa emérito y el 266º, el argentino Francisco, transcurrió sin problemas. Benedicto XVI defendió a Jorge Bergoglio de la acusación de que no tenía formación teológica, algo que negó rotundamente. Ambos pontífices se han reunido en varias ocasiones, para conversar y rezar juntos, y Francisco se ha referido muchas veces a su predecesor con cariño y respeto.
Fuentes: Vatican News, Infobae, ANSA, EFE y AFP.

Navidad 2022

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Evangelio según San Lucas 2,1-14.
En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.
Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.
José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.
En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche.
De pronto, se les apareció el Angel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Angel les dijo: “No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre“.
Y junto con el Angel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!”.

Homilía del Padre Paul Voisin CR, Superior General de la Congregación de la Resurrección:

Seguro que alguna vez te ha pasado que escuchas una canción y una estrofa te impacta de una manera especial, y no puedes quitártela de la cabeza. La sigues cantando, o tarareando, durante días. Eso me pasó hace poco. Estaba escuchando villancicos y me llamó la atención uno secular que me resultaba familiar. El estribillo de la canción es “¡Todo lo que quiero para Navidad eres tú!“. Y pensé: “¿No es ese el verdadero significado de la Navidad, darnos los unos a los otros en amor y amistad? Y luego pensé -y esto es lo que realmente se me quedó en la cabeza-: ¿no es eso lo que Jesús nos dice esta noche/hoy que celebramos su nacimiento? Cuando es el cumpleaños de alguien, no dejamos de preguntarle: “¿Qué quieres por tu cumpleaños?”. Creo que esta noche el Niño Jesús -que se hizo hombre, el Salvador del mundo- nos mira y nos dice lo que ÉL quiere por su cumpleaños: “Todo lo que quiero por Navidad eres TÚ…”.
Durante las cuatro semanas de Adviento nuestra corona creció cada semana en luz. Si nos tomamos en serio el espíritu del Adviento -vigilando, esperando, preparándonos espiritualmente- celebraremos este tiempo gozoso del nacimiento del Señor sintiéndonos renovados y fortalecidos en nuestra vida con Cristo. Entonces ESTARÍAMOS preparados para darle el don de nosotros mismos.
El tema de la luz es central en la Navidad. Jesucristo es la luz del mundo. Durante siglos, Dios había revelado al pueblo elegido -a través de los profetas- que enviaría un Mesías, un Ungido, el Cristo. Isaías, en particular, nos dice que “El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz”. La gente esperó y esperó este gran día, y en Belén se cumplió la promesa. Jesús vino al mundo. Nació en la historia para salvarnos, para salvar al mundo. Nació en nuestros corazones para salvarnos. Ahora somos nosotros los portadores de su luz.
Por eso son tan importantes nuestras palabras y nuestras acciones. Como seguidores de Jesús, estamos llamados a ser su luz unos con otros. Cuando lo hacemos -en casa, en la escuela, en el trabajo, en la comunidad- estamos haciendo presente a Cristo. Es como si NOSOTROS le diéramos a luz. Durante mi año sabático en 1996 en la Universidad Jesuita, Regis College, en Toronto, estudié las obras de Meister Eckhart, un dominico alemán del siglo XIV. Uno de sus escritos trataba del “dar a luz”. Escribió: “¿Cómo puedo creer que María dio a luz a Jesús hace mil trescientos años, y no creer que Jesús quiere nacer de nuevo aquí y ahora en mi tiempo y lugar?”. ¡Qué verdad! Jesús no sólo vino hace dos mil años, de una vez para siempre, sino que quiere venir al mundo -a nuestras vidas- todos los días. Nuestras palabras y acciones son las transmisoras de esa vida, y de ese mensaje. Jesús quiere depender de nosotros. En ese sentido nos “necesita”.
En esta Navidad de 2022, Jesucristo quiere nacer de nuevo en cada uno de nosotros. ¿Cómo ocurre eso? ¿Qué aspecto tiene?
Jesús nace hoy cuando nos reunimos para celebrarlo con una comida, intercambio de regalos y tiempo en familia. Él está presente en el amor que compartimos. Él está presente cuando nos tendemos la mano unos a otros -especialmente en términos de reconciliación-, lo que da nueva vida a las relaciones.
Jesús nace en las relaciones familiares cuando hay comprensión, cuando nos escuchamos de verdad unos a otros y no preparamos mentalmente nuestra respuesta mientras la otra persona habla. Cuando escuchamos y somos escuchados, pueden surgir destellos de esperanza, y descubrimos que la unidad exige dejar atrás heridas y rencores del pasado.
Jesús nace cuando tomamos decisiones positivas sobre cómo compartimos nuestro tiempo, nuestros talentos y nuestros tesoros: en nuestra familia, en el trabajo, en la escuela, en nuestra comunidad parroquial y en la comunidad insular en general. Al darnos a nosotros mismos nos abrimos a aprender más sobre nosotros mismos, los demás y el mundo que nos rodea. Es fácil dar un regalo material, lo compramos y lo damos, y luego podemos marcharnos. La entrega de uno mismo es un reto porque es continua y exige una sinceridad y un compromiso más profundos en la vida del otro.
En todos estos ejemplos -y estoy seguro de que se nos ocurren muchos más- Jesús nos dice: “Os quiero”. Nos quiere no sólo en Navidad, sino todos los días. El amigo al que sólo visitamos en Navidad no forma realmente parte de nuestra vida. Jesús vino al mundo para conocernos, amarnos y servirnos, ¡para que nosotros nos volvamos y le conozcamos, le amemos y le sirvamos! Puede que Él quiera más de nosotros de lo que estamos dispuestos a dar. Puede que nos sintamos más cómodos manteniendo a Jesús a distancia, pensando en él como el niño en el pesebre de Belén, queriendo entablar una conversación de bebé o dándole una palmadita en la cabeza. Sin embargo, ésta no es la plenitud de Jesús, cuyo nacimiento celebramos. Creció para convertirse en un hombre que nos llama a crecer y desarrollarnos en nuestra relación con él, y en nuestro discipulado. Puede que nos sintamos aún menos cómodos con el Jesús crucificado en la cruz por nuestros pecados.
Hoy, al celebrar su nacimiento, reconozcamos que Jesús nos quiere, quiere que cada uno de nosotros responda plenamente a su amor divino y siga su voluntad. Cuando volvamos a casa y desenvolvamos los regalos que nos esperan, y apreciemos los que ya nos han sido revelados, recordemos el don que Dios Padre nos ha hecho en Jesucristo, su Hijo, y el don de la salvación ganada para nosotros por Jesús. Entonces preparemos nuestro regalo al Señor -nosotros mismos- mientras escuchamos las palabras “¡Todo lo que quiero para Navidad eres tú!”.

Chesterton, paladín de la Navidad

Vayamos ahora hasta el día de Navidad de 1931. Dickens había pasado de moda y el ateísmo “científico” era el último grito. La Navidad había pasado a ser algo propio de mentes infantiles, supersticiosas, poco sofisticadas. La gente a la última despreciaba las viejas historias de abuelas sobre un niño nacido en Belén y Dickens era considerado un trasnochado sentimental. Pero aquel día, miles de hogares en Estados Unidos sintonizaron la radio y oyeron estas palabras: “Me han pedido que les hable durante un cuarto de hora sobre Dickens y la Navidad”. ¿Quién podía ser el responsable de algo tan provocador y en apariencia demodé?
Chesterton, ‘El espíritu de la Navidad’.
‘El espíritu de la Navidad’ recoge la forma en la que Chesterton entendía el misterio del nacimiento del Niño Dios.
Un entusiasta de ambos: el gran Gilbert Keith Chesterton, quien tras los pasados embates del puritanismo y el utilitarismo, defendió con su voz y con su pluma a la Navidad de las arremetidas del ateísmo del siglo XX, ese que nos promete placeres sin fin en una vida definitivamente liberada de toda atadura religiosa. No es casualidad que Chesterton fuera también responsable de la renovada popularidad de Dickens, causante de que se reeditaran libros que llevaban años agotados: ambos gigantes de la literatura compartían una visión del hombre y de la vida con muchos puntos en común.
En su breve charla radiofónica Chesterton defendió que la Navidad es insustituible. Ninguna nueva religión, incluyendo las políticas, ha creado una nueva fiesta no ya que se le parezca, sino que le llegue a la suela de los zapatos. Ninguna nueva filosofía ha sido lo suficientemente popular como para crear una fiesta tan popular. Aquellos que se supone que viven en búsqueda del último placer, en realidad son gente profundamente triste, infeliz. Algunos les acusan de ser paganos, Chesterton responde que eso es injusto… para los paganos.
“Los dioses y poetas paganos del pasado -afirma Chesterton- nunca fueron tan ordinarios, de décima división, como las ofertas rápidas y los que se las dan de inteligentes del presente. Venus nunca fue tan vulgar como lo que ahora llaman Sex Appeal. Cupido nunca fue tan burdo y ordinario como una novela realista moderna. Los antiguos paganos eran imaginativos y creativos; hacían cosas y construían cosas. De alguna manera ese hábito desapareció del mundo… Los paganos modernos son simplemente ateos que no adoran nada y por lo tanto no crean nada. No podrían, por ejemplo, ni siquiera hacer un sustituto del Día de Acción de Gracias. Porque la mitad de ellos son pesimistas que dicen no tener nada que agradecer, y la otra mitad son ateos que no tienen a nadie a quien agradecer”.
Frente a esta fría tristeza, Chesterton lee con fervor a Dickens porque escribe sobre la felicidad, porque incluso “Dickens sigue siendo el único hombre que exagera la felicidad”. Algo inaudito en una literatura moderna cuyos autores de más fama “si algo exageran, es la desesperación, el espíritu de la muerte”. Frente a este espíritu, el Niño Jesús lleva consigo precisamente “esa misteriosa revelación que trajo la alegría al mundo”.
Es ésta una idea muy nuclear en Chesterton, que ya se encuentra en el artículo que publicó en The Illustrated London News el 9 de enero de 1909 (recogido en la recopilación de artículos recientemente publicada bajo el título La amenaza de los peluqueros) y que le hace escribir que “El mundo moderno tendrá que encajar con la Navidad o morir”.
Por ello puede escribir en El hombre eterno (recogido en ese tesoro de citas chestertonianas que es Un buen puñado de ideas) que “cualquier agnóstico o ateo que haya conocido de niño una auténtica Navidad tendrá después y para siempre, le guste o no, una asociación en su mente que la mayoría de la humanidad debe considerar como remota: la idea de un recién nacido y la idea de una fuerza desconocida que sostiene las estrellas”. Lo más poderoso y lo más frágil y vulnerable, algo que concebimos de manera natural como polos opuestos, es en Navidad lo mismo. Una vez expuestos a esta idea, ya nunca miraremos igual, ni a los potentados, ni a los miserables. El pasmo, la admiración, se repetirán por generaciones: “Un sinfín de leyendas y literatura, que aumenta y no terminará nunca, ha repetido y repite variaciones sobre esa única paradoja: que las manos que habían hecho el sol y las estrellas eran demasiado pequeñas para alcanzar las enormes cabezas del buey y la mula”.
La Navidad pervive contra cualquier intento de hacerla desaparecer porque es el milagro sobre el que se fundan nuestras vidas. Frente a puritanos, utilitaristas, ateos y lo que esté por venir, siempre aparecerán adalides como Dickens o Chesterton para clamar que está más viva que cualquier moda aparentemente incontenible. Como explicaba Chesterton en un pasaje que sigue resonando en nuestro tiempo, “si un hombre quiere adorar a la Fuerza Vital por el mero hecho de que es una Fuerza, puede adorarla muy naturalmente en la batería eléctrica. Estoy tentado de decir que le servirá de algo si finalmente adora a la fuerza vital en la silla eléctrica. Pero si quiere adorar la vida porque está viva, no encontrará nada en la historia tan vivo como esa pequeña vida que comenzó en la gruta de Belén y que ahora vive, visiblemente, para siempre”.
Fuente: La Antorcha, revista gratuita de la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP), para ofrecer una mirada cristiana para iluminar la realidad.

Cuarto domingo de Adviento 2022

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Evangelio según San Mateo 1,18-24.
Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.
Mientras pensaba en esto, el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados“.
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta:
La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: “Dios con nosotros“.
Al despertar, José hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa.

Homilía del Padre Paul Voisin CR, Superior General de la Congregación de la Resurrección:

He tenido la oportunidad de ser el Director Espiritual en varias peregrinaciones a Europa e Israel mientras servía en Bolivia. En dos ocasiones, en 1999 y 2003, ofrecí giras de dos semanas por Ontario y Quebec, incluyendo varios santuarios, a grupos de bolivianos. Desafortunadamente, en 2003 el SARS ocurrió en Toronto -Síndrome Respiratorio Agudo Severo- lo que llevó a la cancelación de ese grupo. Se detectaron más de 360 casos, y 33 personas murieron en Ontario. Sin embargo, todavía me encontré con dos semanas de vacaciones y sin lugar a donde ir, y un sacerdote ya programado para venir y ocupar mi lugar en mi Parroquia (San Francisco, Kitchener). Afortunadamente, una llamada rápida a mi agente de viajes resolvió mi dilema. Me iba a un complejo con todo incluido en Cayo Coco, Cuba. Se hace eco de una experiencia que muchos de nosotros hemos tenido que “el hombre propone, pero Dios dispone”. En realidad, Thomas Kempis, un conocido escritor espiritual católico de principios del siglo XV acuñó esa frase en su libro La imitación de Cristo. ¡Qué cierto es!
Pensé en eso cuando leí por primera vez el evangelio (Mateo 1:18-24) de este fin de semana. De hecho, a menudo hacemos nuestros planes, pero tan fácilmente puede suceder algo que cambia completamente nuestros planes, y tal vez incluso nuestro futuro. Tal fue el caso de José en el evangelio de hoy. Él y María, como cualquier pareja joven, tenían sus planes sobre su vida juntos. Entonces, de repente, Dios interviene -primero en enviar el ángel Gabriel a María para pedirle que sea la madre del Salvador, el Ungido, el Mesías- y luego a José, en un sueño, para asegurarle que el niño que María dio en ella vientre era a través de la obra del Espíritu Santo. De repente, debido a este sueño, la vida de José cambió. Ya no pensó en abandonar a María, pensando que ella había sido infiel, sino que abrazó la misión que Dios le dio de ser su esposo y el modelo humano de paternidad para Jesús. José, como María, creyó en la fidelidad de Dios, y confió en su divino mensajero. A través de ellos la voluntad de Dios surgió y la historia de la salvación fue revelada en su plenitud a través de Jesús.
En la primera lectura del Libro del Profeta Isaías (7:10-14) Dios revela que “la virgen concebirá, y dará un hijo, y lo llamará Emmanuel”. María y José sabían estas palabras. Los habían escuchado en la sinagoga, y esperaron –como lo hicieron todas las personas elegidas– a que ese misterio fuera revelado. Y ahora, fue revelado, con ambos en el centro de este misterio que se desarrolla.
En la segunda lectura de la Carta de Pablo a los Romanos (1:1-7) San Pablo proclama su misión de proclamar a Jesús como el hombre hecho por Dios. Como judío erudito, también conocía las promesas de Dios en las Escrituras Hebreas, y después de su conversión puso toda su pasión en compartir la buena noticia. Salió con los gentiles, los paganos, para compartir con ellos la vida, el sufrimiento, la muerte, la resurrección y la ascensión de Jesucristo.
Y, ¿qué hay de nosotros? Mientras reflexionaba sobre las lecturas de esta semana pensé para mí mismo que estas lecturas nos presentan un desafío para reflexionar sobre lo abiertos que estamos a la intervención de Dios en nuestras vidas, la apertura a Dios y su misteriosa voluntad.
El secreto para que José y María respondieran fielmente a esta intervención divina era su confianza y confianza en Dios. No dudaban, sino que aceptaron lo que se les había revelado. Estaban abiertos y dispuestos a dejar atrás sus propios planes en favor de algo para “el bien mayor”, “el bien común”, la salvación de toda la humanidad.
Nuestras vidas son importantes, y sí, Dios desea intervenir en nuestras vidas, si estamos dispuestos a confiar en él, si estamos dispuestas a ser abiertos y obedientes a su revelación. La gracia de Dios está activa, pero a veces no la reconocemos. Dudo que un ángel venga a nosotros y nos revele un mensaje de Dios, como lo hizo Gabriel a María. Dudo que un sueño dramático, como el que tuvo José, sacuda nuestro mundo. Creo que Dios tiene una mejor oportunidad de intervenir en nuestras vidas cuando estamos despiertos, si estamos observando y esperando, como esta temporada santa nos llama a ser. Puede venir a nosotros en nuestra oración, buscando la voluntad de Dios. Puede venir a nosotros cuando la Palabra de Dios resuena con nuestra experiencia y nos llama más allá de nosotros mismos. Tal vez pueda ser la influencia de una persona en nuestra vida -tal vez alguien más “llena de gracia” que nosotros mismos- que Dios puede ser usada por intervenir en nuestras vidas, en nuestros planes, y en nuestras costumbres y hábitos. Ya tengamos seis, dieciséis o sesenta, Dios envía continuamente a nuestras vidas personas cuyos consejos y ejemplo nos llaman a cambiar, a ser transformados en Jesucristo. Esta es una intervención divina porque Dios usa estas oportunidades llenas de gracia para trabajar en nosotros, y a través de nosotros.
Para nuestra sorpresa -como con María y José- podemos descubrir que esta intervención de Dios, que implica riesgo, es verdaderamente enviada por el cielo, y esas intervenciones de Dios en nuestras vidas pueden no ser “justo lo que el médico ordenó”, pero puede ser algo completamente inesperado, algo que nunca incluso soñamos, pero que Dios tenía en su plan para nosotros, si estamos abiertos, confiados y seguros de que él está con nosotros y nos ayudará a cumplir su santa voluntad.
Al comenzar esta última semana de Adviento, nuestra corona está ahora ardiendo de luz. Esta luz de nuestra corona simboliza la creciente luz de Cristo en nosotros cada semana, mientras tomamos en serio nuestro viaje de Adviento. A medida que la luz crece, también la vida de Cristo en nosotros crece cada semana, para que cuando celebramos el nacimiento del Señor seamos individuos renovados, familias revitalizadas y una comunidad que refleje más fielmente la presencia de Dios dentro y entre nosotros.
Que estos últimos días de Adviento sean días de gracia en los que nosotros –al igual que José y María– reconozcamos la presencia y la intervención de Dios en nuestras vidas, y respondamos generosamente con fe y confianza, en lugar de con miedo y duda.
Padre Marek Ptak CR, Padre Roman Palma CR y Padre Dr. Marian Szablewski CR en la iglesia San Maximiliano Kolbe en Ottoway.

La Iglesia Católica de San Maximiliano Kolbe en Ottoway se ha incluido en el Registro del Patrimonio Estatal de Australia

Por Jenny Brinkworth- Thesoutherncross.org.au
Construida en 1985, la iglesia es el centro cultural y espiritual de la comunidad católica polaca. Lleva el nombre del mártir de Auschwitz, San Maximiliano Kolbe, quien ocupó el lugar de otro prisionero y dos semanas después fue ejecutado.
La iglesia contiene una serie de reliquias de San Maximiliano Kolbe, Santa Faustina Kowalska, San Juan Pablo II y San Pedro Apóstol.
“El vitral sobre la entrada principal hace referencia directa a Auschwitz, y el mosaico detrás del altar hace referencia tanto a la tragedia como a la esperanza”.
“En general, la iglesia se erige como un símbolo de las creencias culturales y espirituales de su congregación, muchos de los cuales experimentaron el horror de Auschwitz, donde más de un millón de personas perdieron la vida”.
El padre Marian, quien fue el sacerdote responsable de la construcción de la iglesia, dijo que simbolizaba el sacrificio y la devoción de los hombres que seguían a Jesucristo con sus propias cruces.
“Los fieles que miran el mosaico en la pared frontal pueden identificarse con las personas que sufren en las diferentes partes del mundo”, dijo.
“Cada sacrificio de la Santa Misa puede hacerles tomar conciencia de que no están solos sino que están conectados con el misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesucristo.
“La comunidad polaca siente esta unión con Dios de manera particular porque su historia está llena de dolor y separación durante el tiempo de la guerra y la persecución.
“La construcción de la iglesia de San Maximiliano María Kolbe no solo tiene un aspecto conmemorativo para nuestra comunidad, sino que también es un evento muy providencial para todos los que buscan consuelo en nuestros tiempos inciertos y difíciles”.
El padre Marian dijo que cuando encontró una imagen de San Maximiliano Kolbe entre las ruinas de la Iglesia de San José quemada, le confirmó que la existencia de tal iglesia “sin duda llevaría a la comunidad multicultural de fieles en Australia a una gran conciencia. y reconocimiento a la persona que se convirtió en el nuevo santo de la Iglesia Católica”.
“Su mensaje de amor, sacrificio y perdón trae un atractivo increíble a nuestro mundo”, dijo el padre Marian.
“También estaba convencido de que Franciszek Gajowniczek, salvado por san Maximiliano Kolbe del campo de concentración de Auschwitz, será una figura cercana a los feligreses de Ottoway que hablaron con él en Roma después de la Segunda Guerra Mundial”.
“Su figura representaría para todos nosotros la idea de esperanza, paz y salvación en Jesucristo”.
Espera que el aniversario de la muerte de San Maximiliano Kolbe el 14 de agosto de 1941 y la consagración de la iglesia el 26 de enero de 1986 fueran oportunidades para celebrar la importancia patrimonial de la iglesia en el sur de Australia.
Asimismo la Congregación de la Resurrección conmemora en la celebración de la misa del 11 de noviembre, la fiesta nacional de la recuperación de la independencia de Polonia.

Tercer domingo de Adviento 2022

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Evangelio según San Mateo 11,2-11.
Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?“.
Jesús les respondió: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!“.
Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo: “¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento?
¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes.
¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta.
El es aquel de quien está escrito: Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino.
Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él“.

Homilía del Padre Paul Voisin CR, Superior General de la Congregación de la Resurrección:

Estoy seguro de que todos podemos entender cuando alguien dice que se ha sentido “abrumado“, que ha experimentado algo más de lo que esperaba. Puede tratarse de un encuentro con una persona, como el Santo Padre; de una visita a un lugar, como ver las cataratas del Niágara o la Capilla Sixtina por primera vez; o de la contemplación de un objeto, como la Mona Lisa o el “David” de Miguel Ángel. Sin embargo, el diccionario también reconoce la palabra ‘underwhelmed’, aunque quizás no la hayamos utilizado a menudo. Me sentí abrumado cuando entré por primera vez en la catedral de Notre Dame de París (que desde entonces ha sufrido una gran pérdida). A pesar de la belleza y la gracia del exterior, el interior me pareció frío y poco decorado, mientras que la basílica de Notre Dame de Montreal es tan atractiva por el trabajo en madera y las hermosas pinturas que hay por todas partes. Toda mi vida había visto fotos de ella y estaba realmente preparada para sentirme “abrumada“, “asombrada”, y me fui tristemente “decepcionada”. Esperaba algo completamente diferente. Tal vez usted también pueda pensar en un momento “decepcionante”.
Yo pensé en eso cuando leí por primera vez el evangelio de hoy (Mateo 11:2-11). Cuando veo que los discípulos de Juan el Bautista se acercan a Jesús y le preguntan “¿Eres tú el que ha de venir?”, parece que se sienten decepcionados por él. Esperaban que el Mesías, el que ha de venir, el enviado de Dios, tuviera ciertas cualidades y características que no veían en Jesús. Algunos, como Simón el Zelote, que se convertiría en su discípulo, esperaban que el Mesías fuera un líder poderoso que trajera la libertad de la dominación de los romanos. Otros, debido a las profecías de que sería de la línea del rey David, pensaban que tendría un nacimiento real y poderes reales. Un carpintero de Nazaret, nacido en un establo de Belén, un predicador itinerante que recorría Galilea predicando y curando, no era exactamente lo que esperaban. No se ajustaba a lo que esperaban. Sus expectativas no se vieron satisfechas por su falta de rasgos mesiánicos, tal como ellos los percibían. En nuestra condición humana, las apariencias engañan.
Sin embargo, Jesús se revela a los discípulos de Juan el Bautista indicando las profecías mesiánicas que sí cumplió: “los ciegos recuperan la vista, los cojos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena nueva”.
A continuación, Jesús habla también de Juan el Bautista. También en este caso parece que la gente se quedó “descolocada”. No estaba “vestido con ropas finas” ni se encontraba “en los palacios reales”. Era un profeta en la línea de los demás profetas de Dios, que hablaba en nombre de Dios al pueblo y lo llamaba. Termina indicando que deben estar “sobrecogidos” por la presencia de Dios, ya que “entre los nacidos de mujer no ha habido ninguno mayor que Juan el Bautista”. En nuestra condición humana, las apariencias engañan.
Sin embargo, Jesús sí se revela a los discípulos de Juan el Bautista indicando las profecías mesiánicas que sí cumplió: “los ciegos recuperan la vista, los cojos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena nueva”.
A continuación, Jesús habla también de Juan el Bautista. También en este caso parece que la gente se quedó “descolocada”. No estaba “vestido con ropas finas” ni se encontraba “en los palacios reales”. Era un profeta en la línea de los demás profetas de Dios, que hablaba en nombre de Dios al pueblo y lo llamaba. Termina indicando que deben estar “sobrecogidos” por la presencia de Dios, ya que “entre los nacidos de mujer no ha habido ninguno mayor que Juan el Bautista”. En nuestra condición humana, las apariencias engañan.
En nuestra Primera Lectura del Libro del Profeta Isaías (35:1-6a, 10), Dios habla de nuevos comienzos: rica vegetación en la tierra reseca, contra todo pronóstico. Además, los débiles se harán fuertes. A continuación, Dios revela algunos de los signos de la venida del Mesías, reflejados en las palabras de Jesús en el Evangelio: estas inversiones de la naturaleza por el poder de Dios: los ciegos que ven, los sordos que oyen, los cojos que saltan y los mudos que cantan.
Nuestra Segunda Lectura, extraída de la Carta de Santiago (5,7-10), nos anima a ser pacientes. Utiliza la analogía del agricultor que espera “el precioso fruto de la tierra”. Así, debemos ser pacientes para la venida del Señor.
Este Tercer Domingo de Adviento se llama “Gaudate”, el Domingo de la “alegría”. La venida del Señor se acerca. Debemos tener esperanza y paciencia, vigilando y esperando su llegada. Nuestra vela rosa de la corona de Adviento y la vestimenta rosa nos muestran que algo diferente está sucediendo. No debemos desanimarnos en esta vigilancia y espera, sabiendo que Dios es fiel y verdadero y que su Santo, su Mesías, el “que ha de venir”, pronto estará entre nosotros. Es Jesús, el Señor, y nos estamos preparando para celebrar su nacimiento.
Si realmente entendemos y creemos en lo que está ocurriendo, nos veremos “sobrecogidos” por la venida del Señor. Nuestra vigilancia y espera se cumplirá con su venida. Nos alegraremos de saber que la promesa de Dios se ha cumplido. Si no entendemos y creemos en lo que está sucediendo, es lógico que nos sintamos “abrumados” y nos preguntemos “¿Por qué tanto alboroto?”, o “¿Y qué?”.
No nos desanimemos en nuestra observación y espera, sino que vayamos ‘regocijándonos’ de que Jesús ha venido – no sólo a tiempo, sino a nuestras vidas. Sin embargo, Jesús puede entrar en nuestras vidas sólo en la medida en que nosotros se lo permitamos. Podemos cerrarle la puerta. Podemos abrir la puerta una rendija, y cuestionar y dudar. O podemos abrir la puerta de golpe y dejarle entrar. Sin embargo, si le dejamos entrar, debe ser en sus condiciones, buscándole y aceptándole tal y como es, no como nos gustaría imaginarle o hacerle ser según nuestros gustos y elecciones. Si lo hacemos así, seguro que nos sentiremos “abrumados”, pero si nos abrimos a él, nos desafiará a ser más y a hacer más. Y eso será “abrumador”. Eso será conocer, amar y servir a Jesús como nuestro Señor y Salvador.

Conferencia Episcopal Peruana rechaza el Golpe de Estado perpetrado por Pedro Castillo y llama a las instituciones del país a defender la democracia

Solicita a las instituciones tutelares de la patria asumir con plenitud sus funciones constitucionales para proteger y salvaguardar la democracia, preservado y reestableciendo el orden público y constitucional, haciendo efectivas las responsabilidades de la ley“.

A través de un pronunciamiento, el Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal Peruana calificó de inconstitucional e ilegal la decisión del Sr. Pedro Castillo Terrones de «disolver el Congreso de la República e instaurar un gobierno de emergencia excepcional». Al mismo tiempo, los Obispos del Perú exhortaron a las instituciones tutelares de la patria a asumir con plenitud sus funciones constitucionales para proteger y salvaguardar la democracia.
Recordando lo señalado por la misma Constitución Política del Perú, el Episcopado cita: “Nadie debe obediencia a un gobierno usurpador ni a quienes asumen funciones públicas en violación de la Constitución y la leyes”.
Fuente: Conferencia Episcopal Peruana.

Segundo domingo de Adviento 2022

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Evangelio según San Mateo 3,1-12.
En aquel tiempo se presentó Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca“.
A él se refería el profeta Isaías cuando dijo: Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.
Juan tenía una túnica de pelos de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre.
La gente de Jerusalén, de toda la Judea y de toda la región del Jordán iba a su encuentro,
y se hacía bautizar por él en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.
Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo: “Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca?
Produzcan el fruto de una sincera conversión, y no se contenten con decir: ‘Tenemos por padre a Abraham’. Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham.
El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego.
Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero aquel que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. El los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego.
Tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible”.

Homilía del Padre Paul Voisin CR, Superior General de la Congregación de la Resurrección:

En los nueve años que llevo en las Bermudas, uno de los comentarios constantes de mis huéspedes ha sido el de las carreteras de la isla -siempre torcidas- lo que ha llevado a muchos de ellos a declarar que no creen que puedan sentirse cómodos conduciendo aquí. Por supuesto, uno puede acostumbrarse a casi todo, y después de un tiempo nos lo tomamos con calma. De hecho, sólo en Hamilton hay algún tipo de sistema “cuadriculado“, ya que las demás carreteras son (como decimos en las zonas rurales de Ontario) “por donde anduvo la vaca“.
Pensé en las carreteras de allí, y de otras partes del mundo (como la Bolivia rural) cuando leí por primera vez el evangelio de este fin de semana (Mateo 3:1-12). Juan el Bautista clama, como “una voz del que clama en el desierto, preparad el camino del Señor, enderezad su senda“. “Enderecen su camino“. Qué fácil suena eso, pero qué difícil de cumplir. En nuestro viaje de Adviento estamos llamados a un espíritu de conciencia y alerta, para reconocer los caminos torcidos que necesitan ser corregidos, los pensamientos, sentimientos, palabras y acciones torcidas de las que necesitamos arrepentirnos y cambiar. Al igual que Juan llamó a la gente de su tiempo y lugar al arrepentimiento, y a entrar de nuevo en la alianza con Dios, también en nuestro tiempo y lugar se hace esa misma llamada, “enderezad su camino“. Nos llama a “producir buenos frutos como prueba de nuestro arrepentimiento”. Dios tiene el poder de transformarnos, si estamos abiertos a él, si somos conscientes y estamos atentos a su presencia, a su llamada y a su perdón y curación. Juan también habla de uno que está por venir, “uno que viene detrás de mí es más poderoso que yo. No soy digno de llevar sus sandalias. Él os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego”. Juan habla de Jesús, y es su mensajero, su profeta.
En la Primera Lectura del Libro del Profeta Isaías (11:1-10) Dios revela que está haciendo algo nuevo. “Un brote brotará del tronco de Jesé”. Se trata de Jesús. Nos dice que esta persona estará inspirada por Dios y llena de gracia y virtudes. No juzgará “por las apariencias”, sino que, como hombre hecho por Dios, podrá leer los corazones y las mentes de la gente. Él introducirá el reino, donde todo será transformado – incluso las bestias salvajes ya no serán una amenaza para el niño y los animales domesticados. La paz reinará porque él ha venido.
En la Segunda Lectura de la Carta de San Pablo a los Romanos (15,4-9), San Pablo también habla de una buena noticia, llena de palabras de aliento y esperanza, de armonía entre nosotros y de paz con Dios.
Cuando Juan el Bautista nos llama al arrepentimiento, se me ocurren dos preguntas: “¿Necesito arrepentirme?”, y “¿Cómo lo hago?”.
En primer lugar, todos tenemos necesidad de arrepentirnos porque todos somos pecadores. San Juan escribió en su Primera Carta (2:4) que “todo aquel que dice: ‘Lo conozco’, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, que se niega a admitir la verdad”. En nuestra condición humana eso es tentador, pero en nuestros mejores momentos nos damos cuenta de la verdad de que hemos pecado, y por eso necesitamos el arrepentimiento. Al maligno le gusta tentarnos para que creamos que no pecamos, que somos perfectos y no necesitamos arrepentirnos. Sin embargo, el maligno también puede convencernos de que somos indignos del amor y la misericordia de Dios, y que no hay manera de que seamos lo suficientemente buenos. La verdad y el amor de Dios no están presentes en estos dos extremos.
¿Cómo podemos arrepentirnos? Nuestro primer paso es darnos cuenta – de todo corazón – de que Dios tiene un plan mejor para nosotros, que tiene una respuesta a cada uno de nuestros anhelos, tiene una solución a nuestro dolor y confusión e inquietud. Luego, debemos creer sinceramente que somos amados por Dios y que él muestra ese amor en la misericordia y el perdón. A veces la gente lucha con esta verdad. Nuestro pecado puede provocar fácilmente sentimientos de indignidad: que hemos fallado a Dios, que le hemos defraudado y que hemos sido infieles. Por nuestra experiencia humana sabemos que esto puede ser una lucha. El “coste” de dar un giro a nuestra vida – seguir ese “camino recto” – puede parecer imposible. A menudo, con su mal ejemplo o sus malos consejos, algunos pueden intentar convencernos de que NO somos dignos de la misericordia de Dios, y de que la espiral descendente en la que podemos sentirnos enredados es nuestro único futuro. Estamos llamados a una nueva vida, a compartir la gracia de la resurrección de Jesús aquí y ahora. No somos una causa perdida, y SOMOS dignos del amor y del perdón de Dios.
Como Católicos, tenemos una oportunidad especial de experimentar este amor y perdón en el Sacramento de la Reconciliación. El celebrante nos asegura, sin dejarnos ninguna duda, que Dios nos ama y nos perdona. Descubrimos que no estamos librando una batalla solos, sino que la gracia de Dios se renovará en nosotros y experimentaremos una vida nueva y más rica en unión con Dios
En este Segundo Domingo de Adviento, mientras aumenta la luz de nuestra corona de Adviento, que podamos reconocer esa luz de Cristo en nuestras vidas, disipando la oscuridad de la tentación y el pecado, y dándonos valor y fuerza para “enderezar su camino”, su camino en nuestros corazones, mentes y espíritus. Entonces haremos de este Adviento un tiempo de gracia, con arrepentimiento por nuestros pecados. Puede que “Obras e Ingeniería” en las Bermudas no pueda hacer mucho con las carreteras de la isla, pero nosotros -por la gracia de Dios- podemos “enderezar su camino”.

Laico resurreccionista en la COP27 de Sharm El Sheik

La 27ª Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático-COP27 tuvo lugar en Sharm El Sheik, Egipto, del 6 al 18 de noviembre de 2022. Representantes de 196 países trabajaron durante dos semanas sobre la implementación del Acuerdo de París.Las negociaciones se centraron en cómo limitar el calentamiento global, buscando las tecnologías más avanzadas para reducir el impacto negativo de la actividad humana sobre el planeta y mantener en contacto a quienes día a día luchan por cambiar las cosas en todo el mundo.
Los católicos presentes participaron en decenas de encuentros y eventos que incluían oraciones, misas, peregrinaciones y paneles de discusión. Uno de los participantes fue el Dr. Víctor Nomberto, laico resurreccionista del Perú.
Nomberto ha participado en la redacción del artículo 12 del Protocolo de Kyoto, durante la COP3. También en la COP15 de Copenhague para la formación del Fondo Verde del Clima. En la COP20 de Lima, ha colaborado en el borrador del Acuerdo de París, aprobado en la COP21. En Marrakech (COP22), Bonn (COP23), Katowice (COP24),  Madrid (COP 25), Glasgow (COP26) ha integrado la delegación oficial del Perú.
La inspiración de Nomberto proviene de la espiritualidad resurreccionista y la Encíclica Laudato Si del Papa Francisco: “Escuchar el grito de la tierra y el grito del pobre”.

Santa Mariam Baouardy

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Santa Mariam Baouardy pudo ser mártir, porque estuvo a punto de morir por no renunciar a la fe, pero la Virgen la salvó.

«Turcos, musulmanes y judíos se convertirán»: la revelación de la santa palestina Mariam Baouardy

Santa Mariam Baouardy (1846-1878), canonizada en 2015, fue una monja carmelita árabe vinculada a Francia y una gran mística que recibió diversas revelaciones. La excelente biografía que acaba de dedicarle Joachim Bouflet es una oportunidad para conocer esta figura particularmente entrañable. Lo comenta Annie Laurent en La Nef (nº 352, noviembre 2022):
Un santa de la tierra de Jesús
Cuando la Iglesia católica reconoce oficialmente la santidad de uno de sus miembros, no solo honra a la persona en cuestión, sino que la ofrece como modelo a todos los fieles. Este principio también se aplica a Mariam Baouardy, canonizada por el Papa Francisco el 17 de mayo de 2015. A pesar de lo modesto de sus orígenes, esta muchacha de Palestina, que permaneció analfabeta durante toda su vida (1846-1878) y que es conocida familiarmente en Francia como la “pequeña árabe“, eligió el nombre de María de Jesús Crucificado al entrar en el convento carmelita de Pau (Francia) y lega a la Iglesia universal un valioso patrimonio espiritual, pero ampliamente desconocido.
El historiador Joachim Bouflet, autor de una bien documentada biografía de esta monja de rito latino nacida en una familia melquita de rito bizantino, resalta y adapta a nuestros tiempos esta doble identidad de la santa. A partir de esta pertenencia, mantenida por su asiduidad a la oración y a las liturgias de las dos tradiciones, que alimentaban su comprensión de la fe y su meditación, al tiempo que la inspiraban a escribir parábolas que testimoniaban su profundo sentido del misterio de Dios, Mariam pudo desarrollar una espiritualidad que combinaba esta doble aportación, oriental y occidental.
Mariam, una santa árabe para el mundo‘ es la biografía recientemente escrita por Joachim Buflet.
De la primera surgió su gran devoción al Espíritu Santo, que ayudó a difundir en Europa en una época en la que se descuidaba. En 1877, tras un éxtasis en el convento carmelita de Belén, que estaba fundando, escribió una carta al Papa León XIII pidiéndole que promoviera el culto a la tercera persona de la Trinidad en la Iglesia universal. El Santo Padre respondió a su deseo con la encíclica Divinum illud munus (9 de mayo de 1897), que prescribía la novena al Espíritu Santo en preparación de la fiesta de Pentecostés.
A este culto, fiel a una tradición oriental basada en el Evangelio (Anunciación y Pentecostés) y en la liturgia de los Padres de la Iglesia, los santos Juan Crisóstomo y Basilio, Mariam asoció el culto a la Virgen María (la Theotokos), a la que rezaba desde su infancia y por la que sobrevivió a la muerte.
Confesora de la fe y casi mártir
Huérfana a los 13 años y confiada al cuidado de su tío en Alejandría (Egipto), trató de evitar el matrimonio que este quería imponerle, ya que había decidido consagrarse a Dios, y confió su tormento a un musulmán conocido de su familia que le prometió la libertad si abrazaba el islam.
La adolescente aceptó inmediatamente el riesgo del martirio con esta profesión de fe: “¡Oh, no! ¡Nunca! Soy hija de la Iglesia católica, apostólica y romana, y espero, con la gracia de Dios, perseverar hasta la muerte en mi religión, que es la única verdadera“.
Irritado por su resistencia, el hombre le rajó el cuello y la abandonó en una oscura calle donde, durante cuatro semanas, la mismísima Virgen María vino a curarla e instruirla sobre su futuro.
Tumba y estatua de Mariam Baouardy en la iglesia de San José, en el Carmelo de Belén.
El Patriarcado melquita ha construido en ese lugar una catedral dedicada a la Dormición. Su cripta está revestida de mosaicos realizados por un artista egipcio que nació en el islam y se convirtió al cristianismo.
Una cariñosa mirada a Francia
Recompensada por su valentía, segura de su vocación, Mariam, que primero entró en la congregación de Hermanas de San José de la Aparición en Marsella antes de entrar en la Orden Carmelita, se hizo fácilmente a las tradiciones latinas. Era especialmente sensible al espíritu misionero de Santa Teresa de Ávila, de ahí su apego incondicional a la Iglesia, cuyo “triunfo” inevitable intuía, no como institución terrenal, sino en virtud de su identidad sobrenatural.
“Turcos, musulmanes y judíos se convertirán. La Iglesia estará abierta a todas las naciones”, anunció Mariam en el relato de una revelación privada que resumió así: “Una visión de un día escatológico en el que todos los hombres se volverán verdaderamente a Dios y la Iglesia misma alcanzará la plenitud de su vocación”.
En una época de globalización, de mezcla de religiones, de islamismo conquistador y de ateísmo invasor, ¿no deberíamos ver en este anuncio una invitación premonitoria a los cristianos de nuestro tiempo para que redescubran el ardor evangelizador que han dejado disolver en la confusión doctrinal y la indiferencia?
En este sentido, la visión amorosa y dolorosa de Mariam sobre Francia merece especial atención. Convencida de la especial vocación del país al que la Providencia la había conducido, sufrió sus infidelidades hacia la Iglesia y rezó intensamente por su salvación. En 1873, en un diálogo con Jesús, la “pequeña árabe” le rogó que librara “al rosal” (título de nobleza que atribuía a Francia) de las “malas hierbas” que ahogaban “las buenas”. Oyó cómo le respondían que era necesaria una purificación y conversión previas. A partir de entonces, Santa Mariam tiene el poder de interceder ante Dios para este fin.
Los ataques del demonio
Además, en un contexto marcado por el satanismo, el espiritismo y el jansenismo, Mariam tuvo que enfrentarse a numerosos ataques del diablo. Satanás, desatado contra “esta miserable árabe”, ejerció un largo y cruel dominio sobre ella, tanto espiritual como corporalmente. En estas pruebas, no le faltaron los consuelos y la gracia sobrenaturales (estigmas de la pasión, levitaciones, profecías, matrimonio místico), mientras permanecía en la oración, obediente y practicando las virtudes, especialmente la humildad, que fue “como el sello puesto en todos los actos de su vida”, escribió su director espiritual y primer biógrafo, el padre Pierre Estate. “En la medida en que nos recuerda la permanencia, a lo largo de la historia de la humanidad, de las empresas mortificantes del diablo, la experiencia de Mariam constituye una lección para nuestro tiempo”, observa Bouflet.
Por ello, el legado de Mariam es muy relevante en muchos sentidos ya que puede inspirar muchas respuestas a los grandes retos de nuestro tiempo. ¿No es esto lo que buscan los peregrinos de Tierra Santa que, cada vez más numerosos, visitan su pueblo natal, Ibillín (Galilea), y su tumba en el monasterio carmelita de Belén?
Fuente: Fundación Tierra Santa.