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Tercer domingo de Pascua 2021

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Evangelio según San Lucas 24,35-48.
Los discípulos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”.
Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: “¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo”.
Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies.
Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: “¿Tienen aquí algo para comer?”.
Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos.
Después les dijo: “Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos”.
Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: “Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados.
Ustedes son testigos de todo esto”.

Homilía del Padre Paul Voisin CR, Superior General de la Congregación de la Resurrección:

Hace algunos años estuve en Chicago para una reunión con el Superior Provincial de los Resurreccionistas Americanos. Un día, mientras me llevaba en auto, de repente un vehículo con tres jóvenes se cruzó con la puerta delantera del acompañante. Nos detuvimos inmediatamente, y luego seguimos al otro coche hasta un estacionamiento cercano. Enseguida, uno de los jóvenes dijo que nos habíamos chocado con ellos. De repente, otro joven salió de la nada -al parecer- y nos preguntó al Provincial Estadounidense y a mí si estábamos bien, y dijo: “¡Ese tipo les ha chocado!”. Creo que ambos respiramos aliviados: teníamos un testigo independiente.
En el evangelio de este fin de semana (Lucas 24:35-48) Jesús dice: “Son testigos de estas cosas”. Al igual que aquel hombre fue testigo de aquel accidente, nosotros estamos llamados a ser testigos. Los discípulos eran testigos. Habían visto a Jesús resucitado de entre los muertos. Se les había aparecido. Le habían tocado y, como se dice en el Evangelio, incluso habían comido con él. Una y otra vez se les hizo presente. Estas preciosas oportunidades con el Señor resucitado les prepararon para ser sus testigos.
Un testigo es alguien que ha visto algo, ha oído algo o ha experimentado algo. Un testigo “ocular” es una gran prueba. En la Primera Lectura de los Hechos de los Apóstoles (3:13-15, 17-19) Pedro dice al pueblo: “Somos testigos”. ¿Pero testigos de qué? Pedro les dice que han sido testigos de la muerte y resurrección de Jesús. Lo entregaron. Lo negaron. Pidieron la libertad de Barrabás y la crucifixión de Jesús. Y, ellos -algunos de ellos- lo habían visto resucitado de entre los muertos. Habían visto mucho, oído mucho y experimentado mucho.
Pedro les llama al arrepentimiento y a la conversión, para que sus “pecados sean borrados”. También son testigos del perdón de Jesús, y de la llamada a la conversión que proclamó, continuando la predicación anterior de Juan el Bautista. En sus parábolas ofreció imágenes conmovedoras de humildad y contrición que conducen al perdón. Quizá la más dramática sea la del Hijo Pródigo. Desde su cruz también predicó el perdón, asegurando al ladrón arrepentido su perdón, y con sus dramáticas palabras: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Una y otra vez, Jesús nos ofreció ánimos para abrazar esa humildad y contrición y hacer las paces con Dios. Una y otra vez dispensó el perdón a los que se acercaban a él con un corazón sincero.
En el evangelio Jesús nos dice que somos testigos de ese perdón. Debemos “predicar… el arrepentimiento para el perdón de los pecados”. De todas las cosas que Jesús podría decirnos que demos testimonio. Sin embargo, qué hermosa señal nos da de ese perdón en su resurrección de entre los muertos. Ha hecho lo imposible e improbable, más allá de nuestra imaginación. Nos ha dado una nueva vida y nos ha resucitado.
Damos testimonio del perdón de Dios, en primer lugar, en nuestras propias vidas, reconociendo nuestra propia necesidad de arrepentimiento y conversión. Para la mayoría de nosotros no se trata de un momento en el tiempo, sino de un proceso continuo de abrirnos cada vez más a la gracia salvadora de Dios. Si nos tomamos el tiempo necesario, podemos ver cómo Dios ha actuado en nuestras vidas; cómo los fracasos y las decepciones nos han hecho más dependientes de Dios; cómo las pérdidas nos han hecho darnos cuenta de lo que es realmente importante y valioso; y cómo la gracia de Dios nos ha sorprendido y nos ha dado una nueva oportunidad, una nueva ocasión. Como la retrospectiva es siempre 20/20, podemos mirar a nuestro pasado y quizás apenas reconocer la persona que solíamos ser.
Como testigos del perdón de Dios, también estamos llamados a acercarnos a quienes luchan por la fidelidad a Dios, por la humildad y la contrición, por el arrepentimiento y el perdón. Estas realidades pueden hacernos sentir aislados, solos y vulnerables. Una vez más, nuestra memoria puede ayudarnos a recordar nuestras propias luchas, y darnos compasión al tratar con los que nos rodean. No somos capaces de leer la mente, por lo que no siempre podemos saber lo que experimentan quienes nos rodean, ni siquiera nuestros familiares más cercanos. Podemos dar por sentado con demasiada facilidad que “todo el mundo está bien” y no ser perceptivos a las luchas de los demás. A veces ni siquiera queremos reconocer esas luchas, porque eso nos llamaría a dar una respuesta. Nuestro propio testimonio personal de fidelidad, humildad, contrición, arrepentimiento y perdón puede ayudar a otros a bajar la guardia y considerar esas realidades en sus propias vidas. Puede que pensemos que no tenemos todas las respuestas (y probablemente no las tengamos), pero nuestro testimonio personal y nuestro ejemplo actual pueden ser un estímulo para que abracen una nueva forma de vida a través de la búsqueda del perdón. Esto podría ayudarles a “resucitar” y acercarse al Señor resucitado.
Al igual que nos sentimos aliviados de tener un testigo de nuestro accidente de coche, deberíamos animarnos a ser testigos de Cristo. Este testimonio no se limita a los discípulos, ni a los santos, ni a los que consideramos “santos”. Este testimonio debería formar parte de la vida de todos y cada uno de los cristianos. Todos tenemos el potencial de ser ese testigo y de fomentar y mostrar las virtudes y los valores cristianos, uno de los cuales es el perdón.
Seamos testigos fieles compartiendo con los demás lo que hemos visto, lo que hemos oído y lo que hemos experimentado en nuestra vida con Dios y en nuestra propia experiencia de ser perdonados y de perdonar a los demás.

Segundo domingo de Pascua 2021

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Evangelio según San Juan 20,19-31.
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”.
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”.
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús.
Los otros discípulos le dijeron: “¡Hemos visto al Señor!”. El les respondió: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”.
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”.
Luego dijo a Tomás: “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”.
Tomas respondió: “¡Señor mío y Dios mío!”.
Jesús le dijo: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!”.
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro.
Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

Homilía del Padre Paul Voisin CR, Superior General de la Congregación de la Resurrección:

Harry Truman fue el trigésimo tercer presidente de los Estados Unidos de América. Él era del estado de Missouri, el estado que tiene como su frase emblemática “Muéstrame”. Miembro de la Cámara de Representantes, en 1899, usó esta frase durante un debate, sin querer confiar sólo en las palabras de otro. En nuestro mundo moderno, con tanto énfasis en las pruebas científicas, esta es una actitud cada vez más común.
Estaba pensando en esta actitud de “Muéstrame” cuando leo el evangelio de hoy (Juan 20:19-31). En la temporada de Pascua los evangelios son, naturalmente, sobre las apariciones del Señor Resucitado. En el evangelio nos encontramos con Tomás, uno de los apóstoles. De este evangelio recibió el nombre “Dudando Tomás”. ¡Tal vez era de Missouri, en lugar de Palestina! Cuanto más pensaba en este pasaje, más pensaba en la relación entre los apóstoles. Después de todo, llevaban tres años juntos, siguiendo a Jesús, siendo testigos de sus milagros, y escuchando sus sabias palabras. Pero Tomás no aceptó el testimonio de otros que habían visto al Señor Resucitado. Hubiera pensado que ver su alegría habría sido lo suficientemente convincente. Hubiera pensado que se habrían sorprendido, e incluso ofendido, con esta situación si alguien no acepta un testimonio tan importante.
Nuestra Primera Lectura de los Hechos de los Apóstoles (4:32-35) nos habla más claramente sobre la vida y la relación entre los apóstoles. Ellos, en verdad, formaron una comunidad “uno en corazón y alma”. Después de la resurrección tuvieron una misión particular, compartir, como testigos de Cristo, lo que habían visto, oído y experimentado junto a Jesús. Y por la gracia del Espíritu Santo, no sólo dieron su testimonio con coraje, sino que hicieron actos milagrosos. Dieron testimonio de Jesucristo como Señor y Salvador por sus palabras, su ministerio y sus vidas.
Nuestra segunda lectura de la primera carta de Juan (5:1-6) nos habla sobre la vida de la comunidad después de la resurrección. San Juan no deja dudas de que la gracia del Espíritu Santo está con la comunidad, permitiéndoles dar testimonio a Jesucristo. El Espíritu les mantiene fieles a las enseñanzas de Jesús, “completando sus instrucciones”. Él dijo que, por la gracia del Espíritu Santo, “sus instrucciones no son difíciles”. Estas bellas palabras no sólo les animaron a seguir a Cristo, pero para compartir las buenas noticias.
Jesús dice que “Felices son aquellos que creen sin haber visto”. A diferencia de Tomás, y los otros apóstoles, no hemos “visto” al Señor resucitado con nuestros propios ojos. Pero, hemos “visto” con nuestras propias vidas y experiencias. Como Jesús hizo “muchas otras señales”, nosotros también hemos visto y experimentado “muchos otros signos” de la presencia de Dios, su amor y perdón, su sanación y su salvación. Tal vez no hemos puesto el dedo en las manos de Jesús, o puesto nuestra mano en su lado, pero hemos tocado al Señor, y el Señor nos ha tocado. Entonces, también somos llamados a dar testimonio del Señor resucitado, dependiendo del mismo Espíritu que fue dado a los apóstoles en los actos de los apóstol, y que San Juan asegura a los fieles en su Carta.
Una de las maneras en las que experimentamos al Señor Resucitado en nuestras vidas es en oración. En esta íntima comunicación con Jesús estamos iluminados con su verdad, y somos fortalecidos por su amor. Dios viene a nosotros en nuestra necesidad, como lo hizo con Tomás, y responde a nuestro “Muéstrame”. Muchas veces, en nuestra condición humana, no reconocemos esto en su momento, sino en la reflexión (esta perspectiva siempre es 20-20) reconocemos que el Señor estuvo presente y activo. Nuestra oración nos abre a la voluntad de Dios, y nos llama para dar testimonio de él.
Experimentamos la presencia del Señor en la Palabra de Dios. Su Palabra es una luz -un faro- que nos llama de la oscuridad a la luz, del pecado a la gracia, del miedo al coraje, y del odio al amor. Si realmente entramos en la Palabra de Dios no podemos evitar ser modificados, transformados, porque la Palabra toca el corazón cuando estamos sinceramente abiertos a ella. No podemos conocer a Jesús sin conocer su Palabra.
Nuestro compartir en los Sacramentos de la Iglesia son momentos en los que nos adelantamos a poner nuestros dedos en sus manos, y poner nuestra mano en el lado de Jesús. Estos encuentros con Jesús, especialmente en los Sacramentos de Reconciliación y Eucaristía, son momentos de gracia en los que Jesús nos toca con su perdón y misericordia, y cuando nos da fuerza para vivir una vida cristiana por su cuerpo y sangre.
También experimentamos la presencia del Señor Resucitado en la vida de la Comunidad. Somos llamados como pueblo a vivir en unión de Dios, y en armonía con los demás. Nos encontramos con Jesús en nuestros hermanos y hermanas, en nuestras necesidades y en nuestras luchas, en nuestras alegrías y logros, y aún en nuestros fracasos y decepciones. Jesús nos invita a levantarnos con él a una nueva vida, no sólo como individuos y familias, sino como pueblo.
¡Hemos visto al Señor! Al igual que Tomás ahora tenemos la responsabilidad de compartir nuestra experiencia de Jesús. El Espíritu Santo estará con nosotros en esta misión. Entonces nuestras vidas no reflejarán las palabras de Tomás, o la frase de Missouri, “Muéstrame”, pero nuestras vidas y nuestro testimonio mostrarán a otros que es Jesús, y que ha resucitado.

Domingo de Resurrección 2021

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Mosaico en la Capilla del Cementerio de Monte Carmelo en Hillside, Illinois.

Evangelio según San Juan 20,1-9:
El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada.
Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”.
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro.
Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes.
Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró.
Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte.
Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó.
Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.

¡Aleluya! ¡Él ha resucitado!
¡Que la resurrección del Señor Jesús y el gozo que nos trae, este con ustedes durante esta temporada de Pascua!
Mientras continuamos en un mundo
de incertidumbre, miedo y vulnerabilidad,
que la nueva vida que Cristo comparte con nosotros
traiga paz en nuestro corazón,
oración más ferviente,
vida comunitaria renovada,
que esperamos compartir con el mundo,
invitándolos a trabajar con nosotros
por la resurrección de la sociedad.

Homilía del Padre Paul Voisin CR, Superior General de la Congregación de la Resurrección:

En septiembre de 1996, comencé un programa sabático en la Universidad Jesuita de Toronto, Ontario. Fue un programa de ocho meses de renovación teológica y pastoral para sacerdotes, hermanas, hermanos y laicos. La mayoría de nosotros éramos católicos, pero había unos pocos presbiterianos y anglicanos. La mayoría de nosotros éramos canadienses, pero también británicos, estadounidenses, coreanos y nigerianos. Durante la primera semana, planearon un viaje en autobús a las cataratas del Niágara. Viví los primeros treinta y dos años de mi vida a una hora y media de las cataratas del Niágara, y probablemente había estado allí treinta veces. Sin embargo, para muchos de mis compañeros de clase fue la primera vez que vieron las majestuosas y poderosas caídas. Fue tan interesante ver sus reacciones. Acabo de dar la vista y la experiencia por sentado, pero la única manera en la que puedo describir su reacción fue ′asombro y maravilla’. Fueron fascinados por la maravillosa vista, el agua rugiente y rápido movimiento, las formaciones rocosas, la neblina y el arcoíris. Habiendo estado allí tan a menudo, había perdido ese sentido de asombro.
Cuando llegamos a la misa hoy, sabíamos que Jesús había resucitado de entre los muertos. Fue tan sorpresa para nosotros. Y, así que quizás, en nuestra condición humana, no tenemos el sentido de ‘asombro y maravilla’ que los primeros discípulos tuvieron en la tumba vacía. Estoy seguro de que su reacción fue una de shock y sorpresa, y entonces, para aquellos que encontraron la piedra que rodó lejos, la tumba vacía, y (en el evangelio de Marcos) un joven vestido de blanco -obviamente y ángel- de alegría. Cuando el ángel dijo: ′′No te asombres: Ves a Jesús de Nazaret, el crucificado. Ha sido levantado, no está aquí “. Qué reacción que debe haber tenido en los discípulos, que llegaron a la tumba tristes y derrotados a la muerte de su Maestro. No habían entendido cuando Jesús habló de ′′resucitar de entre los muertos”, o que su cuerpo era el ′templo… reconstruido en tres días’. Ahora su tristeza se convirtió en alegría, y su decepción en entusiasmo. ¡Jesucristo había resucitado de entre los muertos! ¡Dios había hecho lo imposible y lo improbable!
Mientras reflexionaba sobre esta idea de ′′asombro y maravilla”, me pregunté a mí mismo ′′ Cómo puedo, casi dos mil años después experimentar asombro y asombrarme de la resurrección de Jesús de entre los muertos, cuando no vino como sorpresa hoy para Yo?”
Mi reflejo me llevó a darme cuenta de que este ′′asombro y maravilla′′ es mío hoy, si encuentro al Jesús resucitado. No sólo el Jesús de la historia, que murió y resucitó hace miles de años, sino Jesús vivo y activo aquí y ahora. Este encuentro se hace realidad para mí si durante la temporada de Cuaresma crecí en unión más cercana con Jesús a través de mi oración, mi ayuno y mis actos de caridad.
En nuestros esfuerzos por aumentar el tiempo con el Señor en oración, para leer las Escrituras, para presentarse ante el Santísimo Sacramento en adoración, y para participar fielmente en la Eucaristía con más frecuencia, sentimos una nueva intimidad con nuestro Señor – conociendo y amando Él más, y deseando servirle más.
En nuestro ayuno, mostramos la fuerza y el poder de la voluntad sobre el cuerpo, liberándonos de alimentos y bebidas, o de hábitos y actividades. Hemos experimentado la gracia de Dios en este esfuerzo.
En nuestros actos de caridad, nos abrimos más a las necesidades de los demás por nuestra conciencia y generosidad. Tal vez nos sentimos más ′′como Cristo con este renovado espíritu de amor cristiano”.
La resurrección no puede permanecer para nosotros sólo un momento en el tiempo, una fecha cada año en el calendario. La resurrección de Jesucristo necesita impregnar nuestras vidas, nuestro ser. Nuestra ‘asombro y maravilla’ seguirá siendo una realidad para nosotros mientras reconocemos y experimentamos la presencia del Señor resucitado con nosotros.
¿Cómo experimentamos y vivimos la resurrección de Jesús aquí y ahora? Antes que nada, ayuda a reflexionar sobre nuestras vidas y las pequeñas ‘resurrecciones’ que hemos experimentado: los momentos de miedo, desesperanza y desanimo cuando pensábamos que las cosas nunca podrían cambiar, nunca mejorarán. ¡Pero lo hicieron! ¡Dios nos sorprendió! Y, en retrospectiva, podemos ver cómo Dios trabajó para llevarnos a la resurrección y nueva vida. Tuvimos un cambio de actitud, un cambio de prioridades y un cambio de vida. Ese es el poder de la resurrección, y es nuestro si nos unimos profundamente con Jesucristo, fuente de nuestra esperanza y salvación. Estas pequeñas ‘resurrecciones’ nos llevan a experimentar el ‘asombro y la maravilla’ del Jesús resucitado.
Segundo, debemos estar preparados, en el presente y en el futuro, para las sorpresas de Dios, para experimentar ′′asombro y maravilla”. Podemos abordar a una persona, una situación o una ocasión -en casa, en la escuela o en el trabajo- y pensar que sabemos cómo va a funcionar. Podemos decirnos a nosotros mismos, ‘Nunca cambiarán’, ‘No hay manera de que esto funcione’, ‘Esto es esperanza’. Si estamos cerrados a la gracia de Dios y su poder para sorprendernos -en nosotros mismos o en otros- somos obstáculos (en lugar de instrumentos) de la voluntad de Dios. Qué gran responsabilidad tenemos delante de Dios y los unos a los otros: ser instrumentos de Dios. Si somos gente de esperanza, Dios puede obrar en y a través de nosotros, y se hará su voluntad. Todos buscamos una segunda oportunidad, o una centésima oportunidad. Por lo tanto, debemos dar a otros ese don de esperanza en sí mismos, y del amor y la misericordia de Dios para ellos. Podemos cambiar. Podemos ser renovados y transformados en Cristo. Pero, debemos estar alertas a los caminos de Dios y cómo él se revelará a sí mismo, quizás no como esperamos o queremos, sino como su sabiduría lo dicta. Estos casos nos llevan a compartir la ‘asombro y la maravilla’ del Jesús resucitado con otros, para que reconozcan su presencia y sean renovados en su amor.
Mientras viajamos a través de la temporada de Pascua, escucharemos los evangelios de las apariciones de la resurrección, fortaleciendo a los discípulos hasta que los deje en la gloriosa ascensión Una vez más, continuamente nos sorprenderá Jesús en estas apariciones: sus palabras y sus acciones.
También durante la temporada de Pascua, nuestra primera lectura cada día será de los hechos de los apóstoles en los que veremos a los discípulos y apóstoles viviendo la misión de Jesús. Su ′asombro y maravilla′ en la resurrección de Jesús les llevó a actuar, a compartir en la vida y la enseñanza de Jesús. Con la venida del Espíritu Santo han sido animados y habilitados para ser mensajeros de Dios, compartiendo las buenas noticias de Jesús que se les ha transmitido. ¡Su palabra es vida! También harán cosas grandes y maravillosas que revelarán el poder y la presencia de Jesús, sorprendiéndose a sí mismos y a los demás con el ‘asombro y maravilla’ del Señor resucitado.
Aquí y ahora, somos esos discípulos. Nuestras vidas son los ′′hechos′′ de nuestra vida apostólica como seguidores de Jesús, como personas salvadas por el sufrimiento, la muerte y la resurrección del Señor. No demos por sentado ese poder y presencia de Dios en lo que decimos y hacemos, pero redescubramos cada día que ‘asombro y maravilla’ de saber, amar y servir al Señor resucitado.
Los agentes están bajo el mando del alcalde de Londres, el musulmán Sadiq Khan.

Indignación por el desalojo policial de una iglesia polaca en Londres el Viernes Santo

Los atropellos contra la libertad religiosa y de culto con la excusa de la pandemia ya han provocado un incidente internacional en las últimas horas.
La Policía Metropolitana amenazó con multas y arrestos a los feligreses
La Parroquia Polaca de Cristo Rey de Londres, situada en el barrio de Bahlam y que ofrece ceremonias en su lengua para la minoría polaca en la capital británica, celebró la Liturgia de la Pasión del Señor como muchos otros templos católicos en todo el mundo con motivo del Viernes Santo. La diferencia es que en torno a las 18:00 horas, cuando la liturgia ya estaba a punto de acabar, entraron en el templo dos agentes de la Policía Metropolitana de Londres para anunciar que esa reunión era “ilegal” y amenazar con multas de 200 libras e incluso el arresto de cada uno de los feligreses si no la desalojaban de inmediato. No permitieron terminar la ceremonia religiosa.
Los feligreses no abandonaron el templo hasta que el sacerdote oficiante se lo indicó
Los hechos quedaron registrados en vídeo, ya que la liturgia se estaba emitiendo en directo por el canal de Youtube de Misja 52.
En el vídeo se escuchan las protestas de algunos de los feligreses polacos tras el comunicado de la Policía. Hay que señalar que tras el anuncio hecho por uno de los agentes, en inglés, los feligreses se mantuvieron en sus sitios hasta que el sacerdote oficiante les dio la indicación de abandonar el templo.
La parroquia polaca anima a sus feligreses a presentar denuncias
La parroquia polaca de Londres publicó un comunicado en su web en el que denuncia: “creemos que la policía excedió brutalmente sus poderes al emitir su orden sin una buena razón, ya que se cumplieron todos los requisitos del gobierno. Creemos que los funcionarios de la policía municipal han sido mal informados sobre las pautas actuales para los lugares de culto, diciendo que el motivo de su intervención es la prohibición continua de la celebración pública en los lugares de culto en Londres debido al cierre del 4 de enero de 2021″.
El comunicado añade: “Lamentamos que se hayan vulnerado los derechos de los fieles en un Día tan importante para todos los creyentes y que nuestro culto haya sido profanado. Informamos a los superiores de la Misión Católica Polaca en Inglaterra y Gales sobre este incidente. Pedimos a las autoridades policiales que explique el incidente y estamos esperando su respuesta”. Además, la parroquia ha puesto un enlace a la web de la Policía Metropolitana de Londres animando a los feligreses a interponer denuncias por la interrupción del culto.
La parroquia polaca señala: “Las últimas directrices del Gobierno del 26 de marzo de 2021 y la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales sobre la experiencia de la Semana Santa, permiten claramente -con todas las normas sanitarias- que se celebre en lugares de culto con la participación de los fieles. Todos los ritos programados de Dedicación de Pascua, Vigilia Pascual, Domingo de Resurrección y Lunes de Pascua se llevarán a cabo en el orden indicado. Pedimos a todos que observen las exigencias sanitarias vigentes en la Iglesia y el espacio de la vida social, y rezar para que tales situaciones no se repitan”.
Los agentes enviados a esa iglesia están a las órdenes de un alcalde musulmán
Estos hechos han provocado una gran indignación tanto en la comunidad polaca del Reino Unido como en la propia Polonia. Algunos internautas consideran lo ocurrido como un atropello a la libertad religiosa y a la propia comunidad polaca en el Reino Unido. Además, también se han leído en Twitter mensajes preguntando si la Policía Metropolitana se atrevería a hacer algo así con una celebración islámica. Hay que recordar que ese cuerpo policial está a las órdenes del alcalde de Londres, que es el musulmán Sadiq Khan, un hecho que también han recordado algunos internautas.
Un juzgado de Escocia ya dejó en evidencia los abusos contra la libertad de culto
Se da la circunstancia de que hace sólo unos días un juzgado de Escocia declaró ilegales las restricciones de la libertad de culto impuestas en ese territorio del Reino Unido, señalando que el Gobierno escocés abusó de sus poderes especiales al imponer el cierre total de todos los lugares de culto. Esa decisión judicial ha puesto en evidencia los abusos contra derechos fundamentales que se están llevando a cabo con la excusa de la pandemia.
Algunos datos sobre la comunidad polaca en el Reino Unido
En Gran Bretaña hay una gran comunidad polaca, formada por 810,000 personas, muchas de ellas descendientes de los 150.000 soldados polacos que permanecieron en ese país tras combatir junto a los Aliados en la Segunda Guerra Mundial. Algunos de esos combatientes lucharon como aviadores en la Batalla de Inglaterra en 1940, defendiendo el suelo británico de los bombardeos alemanes. A pesar de su entrega y de sus sacrificios, en el desfile de la Victoria de 1946 no se permitió desfilar a los soldados polacos por presiones de Stalin. Sólo se hizo una excepción con los pilotos polacos de la RAF, pero éstos se negaron en solidaridad con sus compatriotas.
El Gobierno Polaco en el Exilio, legítimo representante del Gobierno de la Segunda República Polaca que fue invadida por Alemania y la URSS en 1939, mantuvo su sede en Londres hasta su disolución en 1990. La comunidad polaca en el Reino Unido, que incluye hoy al mayor grupo de extranjeros residentes en el país, sigue conservando su lengua nativa y su religión católica como las señas de identidad que la vinculan con sus raíces.
Fuente: www.outono.net

Sábado Santo 2021

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“Durante el Sábado santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y su muerte, su descenso a los infiernos y esperando en oración y ayuno su resurrección” (Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, 146).
Es el día del silencio: la comunidad cristiana vela junto al sepulcro. Callan las campanas y los instrumentos. Se ensaya el aleluya, pero en voz baja. Es día para profundizar. Para contemplar. El altar está despojado. El sagrario, abierto y vacío.
La Cruz sigue entronizada desde ayer. Central, iluminada, con un paño rojo, con un laurel de victoria. Dios ha muerto. Ha querido vencer con su propio dolor el mal de la humanidad.
Es el día de la ausencia. El Esposo nos ha sido arrebatado. Día de dolor, de reposo, de esperanza, de soledad. El mismo Cristo está callado. Él, que es el Verbo, la Palabra, está callado. Después de su último grito de la cruz “¿por qué me has abandonado”?- ahora él calla en el sepulcro. Descansa: “consummatum est”, “todo se ha cumplido”.
Pero este silencio se puede llamar plenitud de la palabra. El anonadamiento, es elocuente. “Fulget crucis mysterium”: “resplandece el misterio de la Cruz”.
El Sábado es el día en que experimentamos el vacío. Si la fe, ungida de esperanza, no viera el horizonte último de esta realidad, caeríamos en el desaliento: “nosotros esperábamos… “, decían los discípulos de Emaús.
Es un día de meditación y silencio. Algo parecido a la escena que nos describe el libro de Job, cuando los amigos que fueron a visitarlo, al ver su estado, se quedaron mudos, atónitos ante su inmenso dolor: “se sentaron en el suelo junto a él, durante siete días y siete noches. Y ninguno le dijo una palabra, porque veían que el dolor era muy grande” (Job. 2, 13).
Eso sí, no es un día vacío en el que “no pasa nada”. Ni un duplicado del Viernes. La gran lección es ésta: Cristo está en el sepulcro, ha bajado al lugar de los muertos, a lo más profundo a donde puede bajar una persona. Y junto a Él, como su Madre María, está la Iglesia, la esposa. Callada, como él.
El Sábado está en el corazón mismo del Triduo Pascual. Entre la muerte del Viernes y la resurrección del Domingo nos detenemos en el sepulcro. Un día puente, pero con personalidad. Son tres aspectos -no tanto momentos cronológicos- de un mismo y único misterio, el misterio de la Pascua de Jesús: muerto, sepultado, resucitado: “…se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo…se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, es decir conociese el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la cruz y el momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la tumba manifiesta el gran reposo sabático de Dios después de realizar la salvación de los hombres, que establece en la paz al universo entero”.

Vigilia Pascual

“Según una antiquísima tradición, esta es noche de vigilia en honor del Señor (Ex 12,42). Los fieles, tal como lo recomienda el evangelio (Lc 12,35-36), deben parecerse a los criados, que con las lámparas encendidas en las manos, esperan el retorno de su señor, para que cuando llegue los encuentre en vela y los invite a sentarse a su mesa” (Misal, pág. 275).
Esta Noche Pascual tiene, como toda celebración litúrgica, dos partes centrales:
– La Palabra: Solo que esta vez las lecturas son más numerosas (nueve, en vez de las dos o tres habituales).
– El Sacramento: Esta noche, después del camino cuaresmal y del catecumenado, se celebran, antes de la Eucaristía, los sacramentos de la iniciación cristiana: el Bautismo y la Confirmación.
Así, los dos momentos centrales adquieren un relieve especial: se proclama en la Palabra la salvación que Dios ofrece a la humanidad, culminando con el anuncio de la resurrección del Señor.
Y luego se celebra sacramentalmente esa misma salvación, con los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. A todo ello también se le antepone un rito de entrada muy especial: se añade un rito lucernario que juega con el símbolo de la luz en medio de la noche, y el Pregón Pascual, lírico y solemne.
La Pascua del Señor, nuestra Pascua
Todos estos elementos especiales de la Vigilia quieren resaltar el contenido fundamental de la Noche: la Pascua del Señor, su Paso de la Muerte a la Vida.
La oración al comienzo de las lecturas del Nuevo Testamento, invoca a Dios, que “ilumina esta noche santa con la gloria de la resurrección del Señor”. En esta noche, con más razón que en ningún otro momento, la Iglesia alaba a Dios porque “Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado” (Prefacio I de Pascua).
Pero la Pascua de Cristo es también nuestra Pascua: “en la muerte de Cristo nuestra muerte ha sido vencida y en su resurrección resucitamos todos”(Prefacio II de Pascua).
La comunidad cristiana se siente integrada, “contemporánea del Paso de Cristo a través de la muerte a la vida”. Ella misma renace y se goza en “la nueva vida que nace de estos sacramentos pascuales” (oración sobre las ofrendas de la Vigilia): por el Bautismo se sumerge con Cristo en su Pascua, por la Confirmación recibe también ella el Espíritu de la vida, y en la Eucaristía participa del Cuerpo y la Sangre de Cristo, como memorial de su muerte y resurrección.
Los textos, oraciones, cantos: todo apunta a esta gozosa experiencia de la Iglesia unida a su Señor, centrada en los sacramentos pascuales. Esta es la mejor clave para la espiritualidad cristiana, que debe centrarse. más que en la contemplación de los dolores de Jesús (la espiritualidad del Viernes Santo es la más fácil de asimilar), en la comunión con el Resucitado de entre los muertos.
Cristo, resucitando, ha vencido a la muerte.
Este es en verdad “el día que hizo el Señor”. El fundamento de nuestra fe. La experiencia decisiva que la Iglesia, como Esposa unida al Esposo, recuerda y vive cada año, renovando su comunión con El, en la Palabra y en los Sacramentos de esta Noche.
Luz de Cristo
El fuego nuevo es asperjado en silencio, después, se toma parte del carbón bendecido y colocado en el incensario, se pone incienso y se inciensa el fuego tres veces. Mediante este rito sencillo reconoce la Iglesia la dignidad de la creación que el Señor rescata.
Pero la cera, a su vez, resulta ahora una criatura renovada. Se devolverá al cirio el sagrado papel de significar ante los ojos del mundo la gloria de Cristo resucitado. Por eso se graba en primer lugar la cruz en el cirio. La cruz de Cristo devuelve a cada cosa su sentido. Por ello el Canon Romano dice: “Por él (Cristo) sigues creando todos los bienes, los santificas, los llenas de vida, los bendices y los repartes entre nosotros”.
Al grabar en la cruz las letras griegas Alfa y Omega y las cifras del año en curso, el celebrante dice: “Cristo ayer y hoy, Principio y Fin, Alfa y Omega. Suyo es el tiempo. Y la eternidad. A él la gloria y el poder. Por los siglos de los siglos. Amén”.
Así expresa con gestos y palabras toda la doctrina del imperio de Cristo sobre el cosmos, expuesta en San Pablo. Nada escapa de la redención del Señor, y todo, hombres, cosas y tiempo están bajo su potestad.
Se lo adorna con granos de incienso, según una tradición muy antigua, que han pasado a significar simbólicamente las cinco llagas de Cristo: “Por tus llagas santas y gloriosas nos proteja y nos guarde Jesucristo nuestro Señor”.
Termina el celebrante encendiendo el fuego nuevo, diciendo: “La luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espíritu”.
Tras el cirio encendido que representa a Cristo, columna de fuego y de luz que nos guía a través de las tinieblas y nos indica el camino a la tierra prometida, avanza el cortejo de los ministros. Se escucha cantar tres veces: “Luz de Cristo” mientras se encienden en el cirio recién bendecido todas las velas de la comunidad cristiana.
Hay que vivir estas cosas con alma de niño, sencilla pero vibrante, para estar en condiciones de entrar en la mentalidad de la Iglesia en este momento de júbilo. El mundo conoce demasiado bien las tinieblas que envuelven a su tierra en infortunio y congoja. Pero en esa hora, puede decirse que su desdicha ha atraído la misericordia y que el Señor quiere invadirlo todo con oleadas de su luz.
Los profetas habían prometido ya la luz: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”, escribe Isaías (Is 9, I; 42,7; 49,9). Pero la luz que amanecerá sobre la nueva Jerusalén (Is 60,1ss.) será el mismo Dios vivo, que iluminará a los suyos (Is 60, 19) y su Siervo será la luz de las naciones (Is 42,6; 49,6).
El catecúmeno que participa en esta celebración de la luz sabe por experiencia propia que desde su nacimiento pertenece a las tinieblas; pero sabe también que Dios “lo llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa” (1 Pe 2,9). Dentro de unos momentos, en la pila bautismal, “Cristo será su luz” (Ef 5, 14). Se va a convertir de tiniebla que es en “luz en el Señor” (Ef 5,8).
Pregón pascual o “exultet”
Este himno de alabanza, en primer lugar, anuncia a todos la alegría de la Pascua, alegría del cielo, de la tierra, de la Iglesia, de la asamblea de los cristianos. Esta alegría procede de la victoria de Cristo sobre las tinieblas.
Luego, entona la gran Acción de Gracias. Su tema es la historia de la salvación resumida por el poema. Una tercera parte consiste en una oración por la paz, por la Iglesia en sus jefes y en sus fieles, por los que gobiernan los pueblos, para que todos lleguen a la patria del cielo.
La liturgia de la Palabra
Esta noche la comunidad cristiana se detiene más de lo ordinario en la proclamación de la Palabra. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento hablan de Cristo e iluminan la Historia de la Salvación y el sentido de los sacramentos pascuales. Hay un diálogo entre Dios que habla a su Pueblo (las lecturas) y el Pueblo que responde (Salmos y oraciones).
Las lecturas de la Vigilia tienen una coherencia y un ritmo entre ellas. La mejor clave es la que dio el mismo Cristo: “todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí, tenía que cumplirse, y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó (a los discípulos de Emaús) lo que se refería a él en toda la Escritura” (Lc 24,27).
Lecturas del Antiguo Testamento
Primera lectura: Gn 1,1-31 ó 2,1-2: Vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno.
Segunda lectura: Gn 22,1-18: El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe.
Tercera lectura Ex 14-15,30 – Los israelitas cruzaron el mar Rojo.
Cuarta lectura: Is 54,5-14 – Con misericordia eterna te quiere el Señor, tu redentor.
Quinta lectura: Is 55, 1-11 – Vengan a mí, y vivirán; sellaré con ustedes una alianza perpetua.
Sexta lectura: Bar 3,9-15.32-4,4 – Camina a la claridad del resplandor del Señor
Séptima lectura: Ez 36.16-28 – Derramaré sobre ustedes un agua pura, y les daré un corazón nuevo.
El Antiguo Testamento prepara la realidad del Nuevo Testamento: lo que se anunciaba y prometía, ahora se ha cumplido de verdad.
Es importante subrayar este paso al Nuevo Testamento: el Misal indica en este momento diversos signos, tales como el adorno del altar (luces, flores), el canto del Gloria y la aclamación del Aleluya antes del Evangelio. También se ilumina de manera más plena la iglesia ya que durante las lecturas del Antiguo Testamento estaba iluminada más discretamente.
Sobre todo es el Evangelio, tomado de uno de los tres sinópticos. según el Ciclo, el que hay que destacar: es el cumplimiento de todas las profecías y figuras, proclama la Resurrección del Señor.
Lecturas del Nuevo Testamento
Primera lectura: Rom 6,3-11 – Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más.
Evangelio
CICLO A: Mt 28.1-10 – Ha resucitado y va por delante de ustedes a Galilea.
CICLO B: Mc 16, 1-8 – Jesús Nazareno, el crucificado, ha resucitado.
CICLO C: Lc 24.1-12 – Por qué buscan entre los muertos al que está vivo.
La Liturgia bautismal
La noche de Pascua es el momento en el que tiene más sentido celebrar los sacramentos de la iniciación cristiana. Después de un camino catecumenal (personal, si se trata de adultos y de la familia, para los niños, y siempre en lo que cabe, de la comunidad cristiana entera), el signo del agua -la inmersión, el baño- quiere ser la expresión sacramental de cómo una persona se incorpora a Cristo en su paso de la muerte a la vida.
Como dice el Misal, si se trata de adultos, esta noche tiene pleno sentido que además del Bautismo se celebre la Confirmación. para quedar ya integrados plenamente a la comunidad eucarística. El sacerdote que preside tiene esta noche la facultad de conferir también la Confirmación, para hacer visible la unidad de los sacramentos de iniciación.
La celebración consta de los siguientes elementos:
la letanía de los santos (si hay bautismo), según lo sugerido por el Misal;
la bendición del agua más que bendecir el agua se trata de bendecir a Dios por todo lo que en la Historia de la Salvación ha hecho por medio del agua (desde la creación y el paso del Mar Rojo hasta el bautismo de Jesús en el Jordán), pidiéndole que hoy también a través del signo del agua actúe el Espíritu de vida sobre los bautizados;
el Bautismo y la Confirmación según sus propios rituales;
la renovación de las promesas bautismales, si no se ha celebrado el Bautismo, (ya lo habrán realizado entonces, junto con los padrinos y/o bautizandos). Se trata de que todos participen conscientemente tanto en la renuncia como en la profesión de fe;
el signo de aspersión, con un canto bautismal, como un recuerdo plástico del propio Bautismo. Este signo se puede repetir todos los domingos de la Cincuentena Pascual, al comienzo de la Eucaristía;
la Oración universal o de los fieles, que es el ejercicio, por parte de la comunidad, de su sacerdocio bautismal intercediendo ante Dios por toda la Humanidad.
La Eucaristía
La celebración eucarística es la culminación de la Noche Pascual. Es la Eucaristía central de todo el año, más importante que la de Navidad o la del Jueves Santo. Cristo, el Señor Resucitado, nos hace participar de su Cuerpo y de su Sangre, como memorial de su Pascua.
Es el punto culminante de la celebración.
Misas durante el día
En el transcurso de la Noche Santa participamos en el misterio pascual por medio de la celebración de los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía. En la segunda misa de Pascua, damos gracias por la vida nueva, cuya fuente nos ha sido abierta por la Resurrección de Cristo.
Hoy es la fiesta de las fiestas y el día de Cristo el Señor por excelencia. Hoy, Jesús vencedor de la muerte y del pecado, se manifestó a los suyos; hoy se dio a conocer a sus dos discípulos en el camino de Emaús por medio de la fracción del pan: hoy confirió el Espíritu Santo a sus Apóstoles para la remisión de los pecados y los envió al mundo para ser sus testigos. Como consecuencia de todo esto, cantamos: “Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo”. (Salmo 117).
Misa del día
Primera lectura: Hech 10,34a.37-43 – Nosotros hemos comido y bebido con Él después de su resurrección.
Segunda Lectura: Col 3, 1-4 – Busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo.
Evangelio: Jn 20 1-9 – Él tenía que resucitar de entre los muertos.
Misa vespertina
Esta comida con el Resucitado de los discípulos de Emaús en la tarde de Pascua debía iluminar en los siglos venideros, la celebración de la Eucaristía; es la irradiación de su alegría y la invitación a revivir la Pascua en cada Misa.
Evangelio: Lc 24, 13-35 – Lo reconocieron al partir el pan.
Fuente: ACI Prensa.

Viernes Santo 2021

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Homilía del Padre Paul Voisin CR, Superior General de la Congregación de la Resurrección:

Estoy seguro de que todos hemos recibido un regalo que atesoramos por encima de todos los regalos que hemos recibido. Para mí es el anillo que llevo. Cinco meses antes de hacer mis Votos Perpetuos como Resurreccionista, murió mi abuelo paterno. Después de su muerte, me dieron su anillo. En realidad, lo había llevado mi abuela paterna durante sesenta años, y a su muerte él empezó a llevarlo. Ocho años después era mío. Mis padres y mis dos tías sabían que quería un anillo para mis Votos Perpetuos, y ésta era la solución perfecta (sobre todo porque cada tía no quería que la otra lo tuviera). Lo llevo desde hace más de cuarenta y cuatro años.
Hoy celebramos el gran regalo que Dios Padre nos ha hecho: su Hijo unigénito, Jesús. Y celebramos el gran regalo de Jesús: su vida. En este Viernes Santo conmemoramos su pasión y muerte. La lectura de la Pasión de San Juan nos ayuda dramáticamente a reconocer este gran regalo dado a un gran precio. Como católicos estamos familiarizados con el Vía Crucis, y la lectura de la Pasión cada año en el Domingo de Ramos y el Viernes Santo nos han dado muchas oportunidades de acompañarlo en ese doloroso viaje que comenzó en el Jardín de Getsemaní y terminó en el Calvario.
Sólo podemos empezar a imaginar el dolor físico y el sufrimiento de Jesús, y el dolor psicológico de los que le acompañaron: su madre, María, la Verónica, las santas mujeres y los numerosos discípulos y apóstoles. La mayoría de los que presenciaron su sufrimiento y su muerte no estaban “comprometidos” con la vida de Jesús: para ellos era una persona más. Pero para el Padre, era su único Hijo. Para María era su único Hijo. Para sus discípulos y apóstoles era su Señor y Maestro.

No hay regalo más grande que el de la vida. Pensamos en esto en particular cuando alguien muere al servicio de la sociedad, como la policía, los bomberos, los socorristas o los soldados. Pensamos en esto cuando la valentía de alguien rescató o protegió a alguien, lo que terminó en la pérdida de su vida.
Pero no sólo debemos pensar en el regalo de la vida de alguien cuando se acaba, sino reconocer y valorar el regalo de la vida de alguien que compartimos en la vida, aquí y ahora. Con demasiada frecuencia no reconocemos ni apreciamos la vida de las personas que forman parte de nuestra vida. Demasiado a menudo podemos estar tan envueltos en nosotros mismos que no los “vemos”, ni los acompañamos, ni nos comprometemos verdaderamente con su vida.
Al celebrar hoy la muerte del Señor -la celebramos porque se ha convertido en fuente de vida y de salvación para todos nosotros- recordemos y reconozcamos el don del Padre y del Hijo, y cómo podemos valorar el don de la vida y de la salvación que nos han hecho. Valoremos la vida que compartimos con los demás y la que ellos comparten con nosotros. Valoremos la vida de Dios en nosotros y compartámosla con los demás.

En Viernes Santo hallan sin vida a sacerdote que cayó a un río tras accidente

Por WALTER SÁNCHEZ SILVA– ACI Prensa.
Este 2 de abril, Viernes Santo, fue hallado sin vida el Padre Venancio Chambi Moscaido, sacerdote diocesano de 55 años de la Prelatura de Huancané en el sur del Perú, que había sufrido un accidente de tránsito en la madrugada del lunes.
El accidente, en el que también habría fallecido el chofer que iba con el sacerdote y que aún no ha sido encontrado, ocurrió en el puente del sector Huancaluque, a unos diez kilómetros de la zona urbana de Sandia, en la Prelatura de Huancané, departamento de Puno.
El Padre Chambi y el chofer cayeron al río Inambari, donde el auto fue arrastrado alrededor de un kilómetro.
“Desde el lunes el padre estaba desaparecido. Hoy después de buscar en varios lugares, junto con la unidad de salvataje de la policía de Juliaca, se logró encontrar al sacerdote”, explicó a ACI Prensa el Padre Jorge Muñoz Darwit, párroco de Massiapo– Alto Inambari en la Prelatura de Huancané.
El Padre Muñoz indicó que el accidente ocurrió cuando el Padre Chambi y el chofer se dirigían a Huancané para la Misa Crismal con el Prelado, Monseñor Giovanni Cefai. “No se sabe bien por qué el carro salió de la pista y cayó al precipicio”, dijo el sacerdote.
El Padre Muñoz explicó que el velatorio del Padre Chambi se realiza este viernes y seguirá mañana por la mañana, pero “aún no se sabe cuándo y dónde va a ser el funeral porque falta coordinar con la familia”.
El sacerdote dijo también que, desde que se supo del accidente, Monseñor Cefai mostró su preocupación y se acercó al lugar pero luego tuvo que volver a Huancané por el inicio del Triduo Pascual.
La muerte del Padre Chambi “es una pérdida grande y más todavía considerando cómo es la personalidad del padre Venancio: un padre totalmente misionero en la zona de selva de nuestra Prelatura”, dijo el Padre Jorge Muñoz.
“Nos deja bastante apenados, recién tenemos dos años de creación y somos muy pocos sacerdotes”, agregó.
La Prelatura de Santiago Apóstol de Huancané se creó en abril de 2019 con territorio desmembrado de las prelaturas de Ayaviri y Juli. El Papa Francisco dispuso que sea sufragánea de la Arquidiócesis de Arequipa.
“Sabemos que los caminos de Dios son misteriosos y no nos abandona. El padre Venancio nos decía que si el grano no muere no da fruto. Confiamos en Dios, en que Él nos mandará vocaciones para atender a las personas”.
El párroco de Massiapo– Alto Inambari comentó a ACI Prensa que en 2020 perdieron a dos sacerdotes a causa del coronavirus, el Padre Valeriano Mercieca O.Carm. y el Padre Javier Quispe.
“Nos hemos visto afectados pero confiamos en el Señor que no nos va a dejar para que podamos seguir al servicio de su iglesia”, concluyó.

Jueves Santo 2021

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Homilía del Padre Paul Voisin CR, Superior General de la Congregación de la Resurrección:

Tradicionalmente, una parte importante del día en la vida de una familia es la comida compartida. Hoy, lamentablemente, parece que la comida diaria juntos se está volviendo cada vez más difícil, con todos los horarios y compromisos que dificultan encontrar tiempo para el otro. Este es un comentario triste sobre la vida familiar hoy. Estoy seguro de que todos tenemos recuerdos felices de comidas especiales compartidas con seres queridos, quizás un banquete de bodas, un cumpleaños o aniversario, una graduación o algún otro momento significativo en la vida de un individuo y una familia.
Esta noche nuestras lecturas de Sagrada Escritura hablan sobre comidas compartidas. Primero, en las Escrituras hebreas (Éxodo 12:1-8, 11-14), escuchamos sobre la primera comida de Pascua. Una y otra vez Moisés había ido al Faraón con el mismo mensaje: “Dejad ir a mi gente”, pero Faraón no lo permitió. Entonces Dios envió una serie de plagas sobre los egipcios, terminando en la muerte del primogénito. Aquellos hogares con la sangre del cordero en la puerta se les salvó esta tragedia. El ángel de la muerte ‘pasó por encima’ de sus hogares. A día de hoy esta comida, junto con sus oraciones y canciones, hace que ese momento de liberación de las personas elegidas parezca como si fuera hoy.
Jesús tomó dos elementos de esa comida de pascua -pan y vino- y los transformó en su cuerpo y sangre. San Pablo cuenta la última cena a los Corintios (1 Corintios 11:23-26). Ahora Jesús es el cordero, y su sangre es la fuente de nuestra liberación del poder de la muerte. Por su sangre hemos sido salvados.
Jesús no deja dudas, en la institución de la Eucaristía, que él está presente para nosotros. Ese pan se convierte en su cuerpo, y ese vino se convierte en su Sangre. No dice “Esto representa mi cuerpo”, o “Esto es un símbolo de mi sangre”. ¡Lo es! Es por eso que el cuerpo de Cristo que no se consume en la celebración en la mesa del Señor se mantiene en el tabernáculo, porque sigue siendo el cuerpo de Cristo.
En nuestra mesa en casa comemos, compartimos y celebramos. Sería muy triste si nuestra comida familiar se redujera a comer. Es nuestra oportunidad para compartir: nuestro día, nuestras esperanzas, nuestros logros, nuestros temores y nuestras decepciones. Es nuestro momento de celebrar que nos amamos unos a otros en nuestra familia, que estamos involucrados en la vida de los demás y que estamos comprometidos unos con otros. Alrededor de la mesa del Señor hacemos más que simplemente comer el cuerpo y la sangre de Jesús. Compartimos nuestras oraciones, que reflejan nuestra gratitud y nuestras preocupaciones. Compartimos nuestra fe en oración y canción. También celebramos que somos una familia de fe, una comunidad y que nosotros también, como nuestra propia familia, somos importantes para los demás. Nosotros, juntos, formamos el cuerpo de Cristo.
Esta Eucaristía es una importante fuente de gracia para nosotros. Aquí estamos alimentados y nutridos.
El fruto de la vida de Dios que compartimos se hace evidente en el evangelio (Juan 13:1-5). Esa gracia produce virtud dentro de nosotros. Esa gracia nos mueve hacia el servicio, viviendo en la semejanza de Jesús el Salvador. El lavado de los pies es significativo, ya que era el trabajo en el hogar del sirviente en la parte inferior del peldaño. Ese era el trabajo del chico nuevo, la función desagradable que todo el mundo estaba feliz de dejar atrás. Pero Jesús eligió a ese humilde -versionando en el humillante- servicio para dar a los apóstoles una señal concreta de su amor y la entrega de sí mismo. ¡Su escándalo en este acto no sería nada comparado con su confusión y tristeza de lo que iba a ocurrir en las próximas veinticuatro horas! Ese servicio en la cruz superaría el lavado de los pies a saltos y límites. ¡De hecho, vino a servir, no para ser servido!
Este ejemplo de Jesús el Señor nos llama al humilde servicio de los demás. A veces puede significar hacer cosas mundanas, o cosas que preferiríamos no hacer, cosas que podemos sentir que están “debajo” de nosotros. Sin embargo, ese es el precio del servicio verdadero, inspirado por Jesús: respondiendo a la necesidad de otros. Para servir necesitamos una sensibilidad para reconocer la necesidad de los demás. Cuando estamos en contacto con nuestras propias necesidades, y reconocemos cómo nuestras necesidades han sido suprimidas, por el Señor y por otros, podemos identificar y responder más fácilmente a las necesidades de los demás.
A la luz de este servicio también celebramos la institución del Sacerdocio, al servicio de Dios, y al pueblo de Dios, para llevar a Dios al pueblo, y para llevar al pueblo a Dios. Este regalo a la Iglesia del Sacerdocio continúa llevando gracia a la vida de los fieles, y llama a todos a ser buenos administradores de sus dones, para que cada uno de nosotros contribuya -a nuestra manera y según nuestro estado en la vida- a la construcción de la Iglesia, y la construcción del reino de Dios.
Esta noche celebramos la institución de la Eucaristía y la institución del Sacerdocio. Apreciemos esta comida sagrada -nuestra comida, compartiendo y celebrando- y experimentemos verdaderamente esa divina presencia del Señor cuando nos acercamos a encontrarle en su cuerpo y sangre. Que su vida abundante en nosotros nos dé la gracia de servir, como él sirvió, y de dar nuestras vidas generosamente en su nombre.

Domingo de Ramos 2021

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Evangelio según San Marcos 14,1-72.15,1-47.
Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los panes Ácimos. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban la manera de arrestar a Jesús con astucia, para darle muerte.
Porque decían: “No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo“.
Mientras Jesús estaba en Betania, comiendo en casa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco lleno de un valioso perfume de nardo puro, y rompiendo el frasco, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús.
Entonces algunos de los que estaban allí se indignaron y comentaban entre sí: “¿Para qué este derroche de perfume? Se hubiera podido vender por más de trescientos denarios para repartir el dinero entre los pobres“. Y la criticaban.
Pero Jesús dijo: “Déjenla, ¿por qué la molestan? Ha hecho una buena obra conmigo.
A los pobres los tendrán siempre con ustedes y podrán hacerles bien cuando quieran, pero a mí no me tendrán siempre. Ella hizo lo que podía; ungió mi cuerpo anticipadamente para la sepultura. Les aseguro que allí donde se proclame la Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella hizo“.
Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a ver a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús.
Al oírlo, ellos se alegraron y prometieron darle dinero. Y Judas buscaba una ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de la fiesta de los panes Ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?“.
El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: ‘¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?’. El les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario“.
Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.
Al atardecer, Jesús llegó con los Doce.
Y mientras estaban comiendo, dijo: “Les aseguro que uno de ustedes me entregará, uno que come conmigo“.
Ellos se entristecieron y comenzaron a preguntarle, uno tras otro: “¿Seré yo?“.
El les respondió: “Es uno de los Doce, uno que se sirve de la misma fuente que yo.
El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!“.
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen, esto es mi Cuerpo“.
Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella.
Y les dijo: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos.
Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios“.
Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.
Y Jesús les dijo: “Todos ustedes se van a escandalizar, porque dice la Escritura: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas. Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea“.
Pedro le dijo: “Aunque todos se escandalicen, yo no me escandalizaré“.
Jesús le respondió: “Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me habrás negado tres veces“.
Pero él insistía: “Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré“. Y todos decían lo mismo.
Llegaron a una propiedad llamada Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: “Quédense aquí, mientras yo voy a orar“.
Después llevó con él a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir temor y a angustiarse.
Entonces les dijo: “Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí velando“.
Y adelantándose un poco, se postró en tierra y rogaba que, de ser posible, no tuviera que pasar por esa hora.
Y decía: “Abba -Padre- todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya“.
Después volvió y encontró a sus discípulos dormidos. Y Jesús dijo a Pedro: “Simón, ¿duermes? ¿No has podido quedarte despierto ni siquiera una hora? Permanezcan despiertos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil“.
Luego se alejó nuevamente y oró, repitiendo las mismas palabras.
Al regresar, los encontró otra vez dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño, y no sabían qué responderle.
Volvió por tercera vez y les dijo: “Ahora pueden dormir y descansar. Esto se acabó. Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.
¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar“.
Jesús estaba hablando todavía, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos.
El traidor les había dado esta señal: “Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo y llévenlo bien custodiado“.
Apenas llegó, se le acercó y le dijo: “Maestro“, y lo besó.
Los otros se abalanzaron sobre él y lo arrestaron.
Uno de los que estaban allí sacó la espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.
Jesús les dijo: “Como si fuera un bandido, han salido a arrestarme con espadas y palos.
Todos los días estaba entre ustedes enseñando en el Templo y no me arrestaron. Pero esto sucede para que se cumplan las Escrituras“.
Entonces todos lo abandonaron y huyeron.
Lo seguía un joven, envuelto solamente con una sábana, y lo sujetaron; pero él, dejando la sábana, se escapó desnudo.
Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote, y allí se reunieron todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas.
Pedro lo había seguido de lejos hasta el interior del palacio del Sumo Sacerdote y estaba sentado con los servidores, calentándose junto al fuego.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un testimonio contra Jesús, para poder condenarlo a muerte, pero no lo encontraban.
Porque se presentaron muchos con falsas acusaciones contra él, pero sus testimonios no concordaban.
Algunos declaraban falsamente contra Jesús: Nosotros lo hemos oído decir: ‘Yo destruiré este Templo hecho por la mano del hombre, y en tres días volveré a construir otro que no será hecho por la mano del hombre’.
Pero tampoco en esto concordaban sus declaraciones.
El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie ante la asamblea, interrogó a Jesús: “¿No respondes nada a lo que estos atestiguan contra ti?“.
El permanecía en silencio y no respondía nada. El Sumo Sacerdote lo interrogó nuevamente: “¿Eres el Mesías, el Hijo de Dios bendito?“.
Jesús respondió: “Sí, yo lo soy: y ustedes verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir entre las nubes del cielo“.
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó: “¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?“. Y todos sentenciaron que merecía la muerte.
Después algunos comenzaron a escupirlo y, tapándole el rostro, lo golpeaban, mientras le decían: “¡Profetiza!“. Y también los servidores le daban bofetadas.
Mientras Pedro estaba abajo, en el patio, llegó una de las sirvientas del Sumo Sacerdote
y, al ver a Pedro junto al fuego, lo miró fijamente y le dijo: “Tú también estabas con Jesús, el Nazareno“.
El lo negó, diciendo: “No sé nada; no entiendo de qué estás hablando“. Luego salió al vestíbulo.
La sirvienta, al verlo, volvió a decir a los presentes: “Este es uno de ellos“.
Pero él lo negó nuevamente. Un poco más tarde, los que estaban allí dijeron a Pedro: “Seguro que eres uno de ellos, porque tú también eres galileo“.
Entonces él se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre del que estaban hablando.
En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho: “Antes que cante el gallo por segunda vez, tú me habrás negado tres veces“. Y se puso a llorar.
En cuanto amaneció, los sumos sacerdotes se reunieron en Consejo con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín. Y después de atar a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.
Este lo interrogó: “¿Tú eres el rey de los judíos?“. Jesús le respondió: “Tú lo dices“.
Los sumos sacerdotes multiplicaban las acusaciones contra él.
Pilato lo interrogó nuevamente: “¿No respondes nada? ¡Mira de todo lo que te acusan!“.
Pero Jesús ya no respondió a nada más, y esto dejó muy admirado a Pilato.
En cada Fiesta, Pilato ponía en libertad a un preso, a elección del pueblo.
Había en la cárcel uno llamado Barrabás, arrestado con otros revoltosos que habían cometido un homicidio durante la sedición.
La multitud subió y comenzó a pedir el indulto acostumbrado.
Pilato les dijo: “¿Quieren que les ponga en libertad al rey de los judíos?“.
El sabía, en efecto, que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia.
Pero los sumos sacerdotes incitaron a la multitud a pedir la libertad de Barrabás.
Pilato continuó diciendo: “¿Qué debo hacer, entonces, con el que ustedes llaman rey de los judíos?“.
Ellos gritaron de nuevo: “¡Crucifícalo!“.
Pilato les dijo: “¿Qué mal ha hecho?“. Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: “¡Crucifícalo!“.
Pilato, para contentar a la multitud, les puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
Los soldados lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia.
Lo vistieron con un manto de púrpura, hicieron una corona de espinas y se la colocaron.
Y comenzaron a saludarlo: “¡Salud, rey de los judíos!“.
Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando la rodilla, le rendían homenaje.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo.
Como pasaba por allí Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que regresaba del campo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús.
Y condujeron a Jesús a un lugar llamado Gólgota, que significa: “lugar del Cráneo“.
Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero él no lo tomó.
Después lo crucificaron. Los soldados se repartieron sus vestiduras, sorteándolas para ver qué le tocaba a cada uno.
Ya mediaba la mañana cuando lo crucificaron.
La inscripción que indicaba la causa de su condena decía: “El rey de los judíos“.
Con él crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Los que pasaban lo insultaban, movían la cabeza y decían: “¡Eh, tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, sálvate a ti mismo y baja de la cruz!“.
De la misma manera, los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban y decían entre sí: “¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es el Mesías, el rey de Israel, ¡que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos!“. También lo insultaban los que habían sido crucificados con él.
Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde; y a esa hora, Jesús exclamó en alta voz: “Eloi, Eloi, lamá sabactani”, que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?“.
Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: “Está llamando a Elías“.
Uno corrió a mojar una esponja en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña le dio de beber, diciendo: “Vamos a ver si Elías viene a bajarlo“.
Entonces Jesús, dando un gran grito, expiró.
El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
Al verlo expirar así, el centurión que estaba frente a él, exclamó: “¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!“.
Había también allí algunas mujeres que miraban de lejos. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, que seguían a Jesús y lo habían servido cuando estaba en Galilea; y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.
Era día de Preparación, es decir, víspera de sábado. Por eso, al atardecer, José de Arimatea -miembro notable del Sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios- tuvo la audacia de presentarse ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.
Pilato se asombró de que ya hubiera muerto; hizo llamar al centurión y le preguntó si hacía mucho que había muerto.
Informado por el centurión, entregó el cadáver a José.
Este compró una sábana, bajó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en ella y lo depositó en un sepulcro cavado en la roca. Después, hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro.
María Magdalena y María, la madre de José, miraban dónde lo habían puesto.

Homilía del Padre Paul Voisin CR, Superior General de la Congregación de la Resurrección:

Queridos amigos:
¡Ya es el Domingo de Ramos! ¡Como ha volado en tiempo! Mi homilía para hoy siempre es corta, porque la Misa puede ser larga: por la Bendición de Ramos al principio, y la larga lectura de la Pasión. Que tengan una buena Semana Santa.
La gente tiene derecho a cambiar de opinión. En Roma hay una fantástica heladería cerca del Panteón. Della Palma tiene ciento cincuenta sabores de helado. Tienen al menos veinte tipos diferentes de helado de chocolate, mi favorito. Así que, cada vez que voy, suelo elegir diferentes sabores de chocolate. Tenemos derecho a cambiar de opinión. Estoy seguro de que todos estaremos de acuerdo en que se trata de decisiones menores.
En los dos evangelios de hoy también vemos que la gente puede cambiar de opinión. En el evangelio de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén (Marcos 11:1-10) vemos a la gente gritando: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! Hosanna en las alturas“. Sin embargo, en la lectura de la Pasión (Marcos 14:1- 15:47) nos encontramos con el mismo pueblo gritando: “¡Crucifícalo! Crucifícalo!” Evidentemente, la gente había cambiado de opinión en el espacio de cuatro días.
Al reflexionar sobre la Pasión de San Marcos, pensé: “¿Qué les habría llevado a cambiar de opinión?“. En primer lugar, pensé que podría ser que muchas de las multitudes de Jerusalén realmente no conocían a Jesús. Su conocimiento de él y de su misión era superficial. Sólo los setenta y dos discípulos, y especialmente los doce apóstoles, comprendían este misterio. Muchos de los que estaban en Jerusalén se dejaron llevar por la fama de Jesús, como la gente de hoy se deja llevar por la fama de un atleta, un actor o un cantante. Algunos pueden haberle oído predicar, y otros sólo han oído hablar de su predicación. Algunos pueden haber estado más interesados en los milagros de Dios que en el Dios de los milagros. Por lo tanto, esta superficialidad de muchos de los habitantes de Jerusalén en relación con Jesús puede haber afectado.
Además, la multitud tenía una gran influencia sobre la gente. Era fácil influir en la gente con mentiras y medias verdades. De repente, se le presentó como un agitador, un alborotador, un blasfemo y una amenaza para la seguridad del pueblo judío en relación con los romanos. Se les podía convencer fácilmente de que se deshicieran de él. Los discípulos de Jesús eran un número insignificante de personas en comparación con toda la gente que había inundado Jerusalén para la fiesta de la Pascua.
Por desgracia, en este caso, el silencio de la gente buena fue ahogado por el griterío de la multitud. De repente, su destino estaba sellado, y sólo era cuestión de tiempo que uno de los funcionarios romanos tomara la fatídica decisión.
Esta semana -esta Semana Santa- estamos llamados por Jesús a mostrar con qué grupo queremos asociarnos. Podemos reconocer a Jesús como nuestro Señor y Salvador y gritar “¡Hosanna!“, o podemos estar entre la chusma del Viernes Santo que grita “¡Crucifícalo!“. Es nuestra elección. Ojalá que nuestras palabras y acciones de cada día proclamen a Jesús como el “que viene en nombre del Señor“. 

MENSAJE DEL OBISPO PRELADO DE MOYOBAMBA MONSEÑOR RAFAEL ESCUDERO LÓPEZ– BREA,  ANTE LAS ELECCIONES A LA PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA DEL PERÚ 2021

Muy queridos sacerdotes, religiosos y fieles laicos de la Prelatura de Moyobamba:
Como obispo, en la misión de enseñar e iluminar las conciencias en materia política, no favorezco ni me opongo a ningún partido, salvo a aquellos que promueven iniciativas políticas que van contra la ley de Dios y la dignidad de la persona, sino que oriento a los fieles, según la doctrina social de la Iglesia, sobre cómo juzgar a la hora de emitir el voto.
Ante las elecciones a la presidencia de la república del Perú, el próximo día 11 de abril, los obispos estamos recordando algunos principios básicos que deben ser tenidos en cuenta a la hora de ejercer libre y responsablemente el derecho y el deber de votar; de esa manera contribuimos al bien común.
Por tanto, es mi deber, como obispo de la Prelatura de Moyobamba, recordar a los fieles que, a la hora de votar, deben tener en cuenta que las propuestas de los candidatos a presidente y de sus partidos políticos sean compatibles con la fe y las exigencias de la vida cristiana y su sintonía o aversión hacia los valores que los cristianos debemos promover en la vida pública.
El ejercicio responsable del voto nos exige a todos un conocimiento suficiente de los programas electorales de los distintos candidatos de los partidos políticos. Los católicos hemos de actuar según los imperativos de una conciencia bien formada en los principios de la recta razón iluminada con la fe, propuesta por el Magisterio de la Iglesia, de modo que podamos elegir, entre las opiniones políticas compatibles con la fe y la ley natural, aquella que se conforma mejor al bien común.
El interés principal de la Iglesia Católica, cuando interviene en la vida pública, se centra en la protección y la promoción de la dignidad de la persona y por ello presta particular atención a los principios que no son negociables. Entre éstos, hoy emergen claramente los siguientes:

  1. La protección eficaz del derecho a la vida humana en todas las etapas de la existencia de la persona, desde su concepción natural hasta su muerte natural. Nada ni nadie puede justificar la manipulación o eliminación de un ser humano inocente por la fecundación in vitro, el aborto en ninguno de los casos, o la eutanasia. No existe un derecho a eliminar la vida humana. Sí existe un derecho a la vida.

  2. Reconocimiento y promoción de la estructura natural de la familia, como una unión entre un varón y una mujer basada en el matrimonio, y su defensa ante los intentos de hacer que sea jurídicamente equivalente el mal llamado matrimonio igualitario. Esta forma de unión y otras parecidas dañan y contribuyen a la desestabilización de la sociedad, oscureciendo el carácter particular y el papel social insustituible de la familia natural. Las leyes deben reconocer, proteger y promover la institución del matrimonio, sin la que no es posible la vida familiar. La protección de la familia exige también que se facilite a los jóvenes matrimonios el acceso a una vivienda digna y a un trabajo acorde con las exigencias familiares. Algunos partidos políticos pretenden imponer una agenda destinada a demoler los valores tradicionales y la familia natural, en el único país de América del Sur en que todavía el aborto está  restringido y no existe matrimonio homosexual o algún sucedáneo semejante. La familia sí importa.

  3. El reconocimiento y la protección del derecho de los padres a educar a sus hijos de acuerdo con sus convicciones religiosas, morales y pedagógicas. “El derecho-deber educativo de los padres se califica como esencial, relacionado como está con la transmisión de la vida humana; como original y primario, respecto al deber educativo de los demás, por la unicidad de la relación de amor que subsiste entre padres e hijos; como insustituible e inalienable y que, por consiguiente, no puede ser totalmente delegado o usurpado por otros.” (San Juan Pablo II, Familiaris consortio, 36).

  4. No hemos de apoyar la ideología de género. Algunos candidatos que se presentan son entusiastas defensores de la ideología de género en sus extremos más delirantes como el transgenerismo o el derecho a la “autodeterminación de género”. Son numerosos los políticos que quieren imponer un “lenguaje inclusivo”, que es borrar el lenguaje que expresa la realidad de las relaciones familiares como padre o madre, hermano y hermana, hijo o hija, marido, esposa. El objetivo: una sociedad sin género. Si todo lo anterior se cumple, la pertenencia de los hijos a sus padres se cuestionará cada vez más, y ahí puede entrar el Estado para “custodiar” a esos menores quitando en la práctica a los padres la patria potestad.

  5. Hemos de combatir la corrupción política. La corrupción política, como enseña el Compendio de la doctrina social de la Iglesia, “compromete el correcto funcionamiento del Estado, influyendo negativamente en la relación entre gobernantes y gobernados; introduce una creciente desconfianza respecto a las instituciones públicas, causando un progresivo menosprecio de los ciudadanos por la política y sus representantes, con el consiguiente debilitamiento de las instituciones” (n. 411). No debemos hacernos cómplices de tener en un futuro próximo autoridades corruptas.

¿Qué podemos hacer por Perú ahora?

Ante todo, unirse en oración. El Rosario ha demostrado su poder para cambiar la historia. Las elecciones son el 11 de abril, imploro a los católicos de la Prelatura a unirse en oración por el triunfo de los candidatos cristianos en el Perú, pues la lucha no es “contra enemigos de carne y sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio” (Efesios 6: 12).
Por tanto, ante las próximas elecciones a la presidencia del Perú, quiero recordar que ningún católico debe apoyar con su voto a candidatos o partidos que promuevan el aborto, la eutanasia, las uniones homosexuales y la ideología de género, si no quiere hacerse cómplice de tales perversiones. Les invito a que ejerzan su derecho al voto con libertad y responsabilidad moral, recordando siempre que la ley de Dios está por encima de cualquier ley humana.
Ruego al Señor de los Milagros, a Santa María, Reina de la Paz y a San José, custodio de la Sagrada Familia, protector de la Iglesia y patrón del Perú. Que las próximas elecciones contribuyan a la promoción de la vida, la verdad, la justicia, la paz, del progreso de los más pobres y del bien común.
Moyobamba, 26 de marzo de 2021.

Quinto domingo de Cuaresma 2021

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Evangelio según San Juan 12,20-33.
Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta, había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: “Señor, queremos ver a Jesús”.
Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús.
El les respondió: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado.
Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.
El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna.
El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.
Mi alma ahora está turbada, ¿Y qué diré: ‘Padre, líbrame de esta hora’? ¡Si para eso he llegado a esta hora!
¡Padre, glorifica tu Nombre!”. Entonces se oyó una voz del cielo: “Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar”.
La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: “Le ha hablado un ángel”.
Jesús respondió: “Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes.
Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”.
Jesús decía esto para indicar cómo iba a morir.

Homilía del Padre Paul Voisin CR, Superior General de la Congregación de la Resurrección:

En noviembre de 2009 el obispo Kurtz de Bermuda estaba fuera de la isla, y me pidieron que lo representase en la catedral anglicana, donde con otros diez líderes religiosos conocí a la reina Isabel. En el ensayo del domingo antes de su visita nos dijeron, antes que nada, que no extendiéramos nuestra mano a menos que ella tomara la iniciativa. En segundo lugar, inclinarse ligeramente ante ella y sólo hablar sólo cuando se habla. El Obispo Patrick White me presentó a la Reina, identificándome como el Vicario General de la Diócesis Católica Romana. Ella dijo “Mucho gusto”, sonrió y extendió su mano, en ese momento me incliné, extendí mi mano, y respondí con algo así como, “Buenas tardes, su Majestad”. El príncipe Felipe estaba unos pasos detrás de ella, y no escuchamos las introducciones, así que cada uno nos introdujo. Me presenté a mí mismo comenzando con algo así como: “Buenas tardes, su Alteza Real”. Cuando vio mi pin de Canadá en mi traje, comentó sobre ello, y le dije que soy canadiense. Estaba muy decepcionado de que en su mensaje de Navidad la Reina no mencionara haberme reunido con ella.
Pensé en esta oportunidad de conocer a la Reina, cuando escuché las palabras en el evangelio (Juan 12:20-33), “Quiero ver a Jesús”. He pensado para mí mismo en numerosas ocasiones lo que sería ver y conocer La Reina, pero nunca imaginé que lo haría.
En el evangelio los griegos vinieron a Felipe y expresaron su deseo de ver a Jesús. Probablemente se habrían ido preparados con muchas preguntas, habiendo oído hablar de su sabia enseñanza y actos milagrosos. Pero Jesús no les GUARDA con una gran enseñanza o con un milagro. En lugar de eso, les habla sobre su sufrimiento y muerte, probablemente la última cosa que ellos hubieran esperado escuchar. Seguramente, esa no es una forma de atraer seguidores.
Hoy también nos decimos a nosotros mismos: “Quiero ver a Jesús”. Esto es natural, como sus seguidores. Queremos saber todo lo que podemos sobre él de manera personal, para experimentarlo de una manera significativa. Una de las formas que ya hemos descubierto para encontrarlo es aquí en la Eucaristía. Nos ponemos en un lugar y con las personas que también buscan a Jesús.
Nosotros ‘vemos’ a Jesús aquí en la asamblea, reconociendo el llamado de Dios a todos nosotros a ser seguidores del Señor Jesús. En el otro debemos reconocer a Jesús como vive en cada uno de nosotros. Cuando nos reunimos compartimos la vida de Cristo en cada uno de nosotros, mejorándonos y animándonos unos a otros en nuestro discipulado.
También nos encontramos con Jesús en la persona del sacerdote, tan imperfecto como yo. La Eucaristía que ofrezco al Padre, en unión de Jesús, con la gracia del Espíritu Santo. Ofrezco la Eucaristía por todos nosotros. Mis palabras y acciones, en la misa y fuera de la misa, deben reflejar a la persona de Cristo de una manera especial a través de mi ordenación.
Otra forma en que nos encontramos con Jesús es en los evangelios. Él es la Palabra de Dios. Escuchamos las Sagradas Escrituras cada domingo, y en particular en los evangelios, las palabras de Jesús. Somos apoyados y desafiados por la Palabra en nuestro viaje de fe. Esta palabra nos ilumina y nos guía, ojala nos ayude a salir adelante y transformar el mundo, empezando por nosotros mismos.
Finalmente, y más significativamente, vemos a Jesús en el pan y vino: Su cuerpo y sangre. Jesús se hace presente en el altar, y cuando lo recibimos con fe y devoción se convierte en parte de nosotros, y nosotros, a su vez, formamos parte de él. Este momento de encuentro, cuando escuchamos “El Cuerpo de Cristo” y “La Sangre de Cristo” debe ser una de las mayores fuentes de gracia y poder en toda nuestra semana.
En el evangelio Jesús nos dice que cuando “un grano de trigo cae al suelo y muere” él “produce mucho fruto”. Ese fruto, aquí y ahora, es su gracia, y ese fruto es también la vida por venir. Seguir a Jesucristo significa “morir” a nosotros mismos -a nuestro egoísmo, nuestra independencia, nuestra soberbia, nuestro pecado- para que podamos levantarnos con él y “dar fruto”, los valores y virtudes del reino de Dios. En particular, durante la temporada de Cuaresma compartimos ese misterio pascual -moribundo y resucitando- mientras rezamos, ayunamos y mostramos caridad unos a otros. Así es como traemos la vida de Jesús al mundo. Así como él fue “levantado de la tierra” en la cruz del Calvario, nosotros también seremos “levantados” en la medida en que conformamos nuestras vidas a la vida de Jesús, que nuestras vidas y su intersección y demostramos que Él es nuestro Señor y Salvador.
En la segunda lectura de San Pablo a los Hebreos (5:7-9), proclama que los “lloriqueos y lágrimas” de Jesús fueron señal de obediencia al Padre, y su sola mente al hacer la voluntad del Padre. San Pablo nos dice que “cuando fue hecho perfecto, se convirtió en la fuente de la salvación eterna para todos los que le obedecen”. Veremos “a Jesús” en nuestra obediencia a Dios, y otros “verán” a Jesús en nosotros en la medida en que Somos obedientes a él.
En la primera lectura del libro del Profeta Jeremías (31:31-34) Dios revela por Jeremías que hará un pacto con el pueblo elegido. Él establecerá ese pacto santo de fe y amor con los que serán para siempre y al cien por ciento. Él dice: “Pondré mi ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo”. ¡Qué palabras tan bellas y alentadoras! Dios entra en nuestras vidas. ¡Quiere que le vean! ¡Quiere ser experimentado! ¡Quiere ser amado, obedecido y servido! Sin embargo, debemos estar abiertos a esa vida de Dios, y a su revelación, así como debemos estar abiertos a “ver” a Jesús. Dios está con nosotros, bombardeándonos con gracia y oportunidades, pero tenemos que buscarlo, reconocerlo, aceptarlo y vivir con él.
En este quinto domingo de la temporada de Cuaresma, nuestras hermosas lecturas nos animan en nuestro viaje de Cuaresma. Hoy estamos llamados a buscar a Jesús, y a buscarlo donde está ‘y dentro y con la gente con la que está pasando el rato’. Somos esas personas, y Jesús quiere que estemos más unidos a él. Su sufrimiento y muerte no fueron para algunas de las personas algunas de las veces, sino para todos nosotros en todo momento. Estoy seguro de que no volveré a conocer a la reina Isabel, pero puedo conocer a Jesús en cualquier momento. Busquémoslo, para ser para él, con él y en él. Vamos a mostrar de verdad que “queremos ver a Jesús”.

Obispos del Perú piden al presidente corregir “excesiva limitación” del aforo en iglesias

Por DIEGO LÓPEZ MARINA– ACI Prensa.
La Conferencia Episcopal Peruana (CEP) envió una carta al presidente de la República, Francisco Sagasti, para pedirle que intervenga y corrija la “excesiva limitación” del aforo para las iglesias, establecido para enfrentar la segunda ola de la pandemia del COVID-19.
La carta es a nombre de todos los obispos del Perú y de los católicos del país, y está firmada por la Presidencia de la CEP.
“Nos dirigimos a usted (…) para pedir su intervención a fin de que se corrijan los criterios establecidos para el aforo de participación de los fieles en las calificaciones que se vienen dando a las provincias y regiones del país a causa de la pandemia”, indica la carta enviada el 17 de marzo.
Debido a la segunda ola del coronavirus y el colapso del sistema de salud, el presidente Sagasti anunció una serie de medidas, como la clasificación de las regiones en tres niveles: alto, muy alto y extremo, de acuerdo a la gravedad de la pandemia.
Para las regiones en nivel extremo se prohíbe la apertura de iglesias y lugares de culto. No obstante, se permite el 20% de aforo en tiendas en general, centros comerciales, galerías, conglomerados y tiendas por departamento, y 30% para zonas internas con ventilación en restaurantes y 30% al aire libre.
En el nivel muy alto, las iglesias y lugares de culto pueden alcanzar el 20% de aforo, mientras que las tiendas en general, centros comerciales, galerías, conglomerados y tiendas por departamento, pueden recibir clientes hasta el 30% de su capacidad. Asimismo, los restaurantes y afines pueden tener un 30% de aforo al interior y 40% al aire libre.
En el nivel alto las iglesias pueden llegar al 30% del aforo, mientras que las tiendas en general llega al 40%.
El 12 de octubre del 2020, los obispos del Perú publicaron el “Protocolo para las Actividades Religiosas de la Iglesia Católica en tiempos de pandemia”, que fue coordinado previamente con el Ministerio de Salud, y que ha sido aplicado en cada jurisdicción eclesiástica con las debidas adaptaciones para asegurar la salud de los fieles que participan de las actividades religiosas.
La carta del 17 de marzo de la CEP, asegura que fue gracias al mencionado protocolo que “no se registraron contagios por la participación en estas actividades religiosas”.
Tras “haber demostrado que el cumplimiento de nuestro Protocolo garantiza las condiciones de salud”, precisa la CEP, “consideramos excesiva la limitación de aforo para los templos establecida en las categorías que el Ministerio de Salud ha diseñado para el control de esta pandemia”.
Los obispos peruanos expresaron que la “excesiva” limitación es aún más evidente cuando “a otros rubros de la vida social se establecen niveles de aforo mayores, a pesar que la movilidad de las personas es mucho mayor que en los templos donde los fieles participan de las actividades religiosas sin mucho movimiento”.
La CEP expresó su preocupación porque en Semana Santa, del 28 de marzo al 3 de abril, “muchos fieles se verían limitados de expresar libremente su fe, a pesar que estén dispuestos a cumplir todos los protocolos sanitarios debidamente establecidos”.
Ante la situación expuesta, los obispos solicitaron al presidente Sagasti “su inmediata intervención para que esto se corrija” y propusieron que el aforo en las iglesias de ciudades con nivel de alerta extrema sea de un 20%.
En ciudades de alerta muy alta 30%, y en ciudades con nivel de alerta alta 40%.
“Consideramos que este pedido es de estricta justicia y en nada afectaría los loables esfuerzos que el Estado peruano viene realizando para enfrentar esta pandemia, por lo que le pedimos su más pronta intervención, a fin de que este nuevo nivel de aforo esté vigente en la Semana Santa”, expresó la CEP.
En su carta, los obispos afirmaron que están en la obligación de “hacer llegar el sentir de miles de fieles católicos que ven vulnerado el derecho fundamental a ejercer propiamente el derecho a la libertad religiosa y de culto, limitando el acceso a la Eucaristía y el ejercicio de la espiritualidad mediante su participación activa en ella, frente a la permisividad en el ejercicio de otras actividades” que “no son configuradas en nuestra Constitución Política como derechos fundamentales”.
“Es así que nos preguntamos, ¿cómo es qué se restringen derechos fundamentales amparados por nuestra Constitución cuando en realidad se permiten otros que no lo son? Dicha disyuntiva es la que demandamos sea esclarecida, la decisión de imponer un aforo completamente reducido frente a las facilidades otorgadas para el ejercicio de actividades económicas, bajo ningún concepto invocado por las entidades públicas competentes”, agregaron.
Para la Conferencia Episcopal Peruana “no hay justificación para mantener los templos cerrados, si es que se mantienen abiertos los supermercados”, entre otros establecimientos comerciales, “donde se congregan muchas personas y existe alto nivel de movilización”.
Recordaron, además, que la apertura de iglesias “implica necesariamente mantener a los fieles en un ambiente controlado y a distancia, sin moverse, actividad aplicada, por ejemplo, en la realización del Acto Litúrgico”.
“De este modo se evidencia que, a diferencia de los restaurantes, centros comerciales, cines y otros dispuestos para el recreo, las personas acuden a las capillas y parroquias a orar y no a conversar entre sí”, añadió la carta.
Finalmente, la CEP acotó que “resulta mucho más sencillo controlar el orden y el distanciamiento social de los fieles dentro de los templos” que en cualquier otro lugar.
“Es necesario asegurar la observancia de lo dispuesto en el Artículo 50 de la Constitución Política, pues corresponde al Estado Peruano colaborar con la activa profesión de la fe y del auxilio espiritual de los fieles”, añadió la misiva.
Fundamentos de derecho para corregir limitación del aforo
Los obispos peruanos también hicieron un repaso de los fundamentos de derecho que ayudarán al presidente a “la mejor toma de decisiones” en aras de respetar la libertad religiosa.
Recordaron que la Constitución Política del Perú cita al derecho a la libertad religiosa en su artículo 2, numeral 3, indicando que, como “derecho fundamental”, toda persona tiene “derecho a la libertad de conciencia y de religión, en forma individual o asociada (…). El ejercicio público de todas las confesiones es libre”, siempre que no ofenda la moral “ni altere el orden público”.
Además, en el artículo 50, dentro de un régimen de independencia y autonomía, el “Estado Peruano reconoce -expresamente- a la Iglesia Católica como elemento importante en la formación histórica, cultural y moral del Perú, y le presta su colaboración”, postura también abordada en el Art. 1 del Acuerdo suscrito entre el Estado Peruano y la Santa Sede el 19 de julio de 1980 y ratificado mediante Decreto Ley Nº23211, que señala que “la misma Iglesia recibe del Estado la colaboración conveniente para la mejor realización de su servicio a la comunidad nacional”.
Los obispos recordaron que la “Ley Nº29635 – Ley de Libertad Religiosa”, establece que “es ejercicio individual de la libertad religiosa el derecho a practicar de forma individual o colectiva, en público o en privado, los preceptos religiosos de su confesión, sus ritos y actos de culto, así como la libertad de las entidades religiosas como derecho colectivo para ejercer el ministerio, practicar su culto y celebrar reuniones relacionadas con su religión”, estableciendo lugares de culto o de reunión con fines religiosos.
También señalaron que debe tenerse en cuenta lo resuelto por el Tribunal Constitucional en una en su sentencia “STC 00256-2003-HC; Fundamento Jurídico 15”: “La libertad religiosa como toda libertad constitucional consta de dos aspectos. Uno negativo, que implica la prohibición de injerencias por parte del Estado o de particulares en la formación y práctica de las creencias o en las actividades que las manifiestan. Y otro positivo, que implica, a su vez, que el Estado genere las condiciones mínimas para que el individuo pueda ejercer las potestades que comporta su derecho a la libertad religiosa”.
Además, pidieron tener presente el “principio de inmunidad de coacción”, escrito en la misma sentencia, que “consiste en que ninguna persona puede ser obligada a actuar contra sus creencias religiosas; es decir, que no podrá ser obligada o compelida jurídicamente a obrar de manera opuesta a dichas convicciones”.
Respecto al Sacramento de la Eucaristía y la liturgia, recordaron que el canon 214 del Código de Derecho Canónico detalla el derecho de los fieles a “tributar culto a Dios según las normas del propio rito, incluyendo la disposición de estructuras pastorales que admita el suficiente número de personas para ese rito y el derecho a la propia espiritualidad”.
Además, el canon 898 señala que “los fieles tributan la máxima veneración a la Santísima Eucaristía tomando parte activa en la celebración del Sacrificio augustísimo (…)”.
“La celebración eucarística es la oración por excelencia de la Iglesia Católica. El fruto de comulgar es la paz interior; la armonía, que contribuye, en estos tiempos difíciles, a sobrellevar las dificultades y agobios generados por la pandemia”, recordaron los obispos al presidente Sagasti.
Finalmente, citaron el Catecismo de la Iglesia Católica, que afirma que la Eucaristía es “la fuente y culmen de toda vida cristiana”, por lo que “todos los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan”.

Cuarto domingo de Cuaresma 2021

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Evangelio según San Juan 3,14-21.
Dijo Jesús: «De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.
Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él».
El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.
Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas.
En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.

Homilía del Padre Paul Voisin CR, Superior General de la Congregación de la Resurrección:

En febrero de 2002 pasé doce días visitando amigos en la zona de Wellington, Nueva Zelanda. Vi tantas cosas fascinantes y hermosas allí, tanto que estoy planeando regresar el próximo año. Una de las muchas cosas que recuerdo haber visto había un Kiwi, el pequeño pájaro tímido que está tan identificado con Nueva Zelanda. Recuerdo que fuimos a una zona oscura para ver el pájaro, ya que es una criatura nocturna. No le gusta la luz, pero prefiere la oscuridad.
Pensé en esa experiencia mientras reflexionaba sobre el evangelio (Juan 3:14-21) en la que Jesús habla de tinieblas y luz. Jesús es esa luz, que vino al mundo para traer salvación. Sin embargo, como dice “la gente prefiere la oscuridad a la luz” – como el Kiwi. Cuando pecamos estamos eligiendo la oscuridad y no eligiendo la luz: Jesús el Señor. Cuanto más reflexionaba sobre las lecturas más me di cuenta de que este tiempo de Cuaresma es una experiencia, una oportunidad, para ir de la oscuridad a la luz: para elegir una vez más, de una manera más profunda, la luz de Cristo.
Esto significa para cada uno de nosotros la necesidad de descubrir la oscuridad en nuestra vida. Tenemos que reconocer lo que queremos dejar atrás, para abrazar la luz de Cristo. Al igual que en un viaje, debemos ser conscientes de dónde estamos y dónde queremos terminar. No podemos solo un meandro, tenemos que ver claramente hacia dónde nos dirigimos. Lo que buscamos determinará lo que encontramos.
Nuestro objetivo durante la Cuaresma es profundizar en nuestra vida con Cristo mediante la oración, el ayuno y las obras de caridad. Estos cuarenta días nos brindan oportunidades de gracia que nos transformarán para celebrar la resurrección de Jesucristo de entre los muertos el domingo de Pascua. Cualquiera que sea la actividad espiritual que hemos identificado y elegido para esta temporada de Cuaresma con suerte nos está llevando de ‘A’ a ‘B’, de cierta calidad de vida con Dios a una vida más profunda y más rica con Dios. A medida que nos encontramos con dos tercios del camino a través de la Cuaresma, este evangelio nos da la oportunidad de preguntarnos “He dejado atrás la oscuridad?”, y “Puedo ver la luz delante de mí?”.
Relaciono este viaje de la oscuridad a la luz con las palabras de la Oración Resurreccionista, compuesta por un resurreccionista estadounidense tardío, Fray Frank Grzechowiak. Somos llamados a “morir a nosotros mismos para que (vosotros) Jesús viva en nosotros”. Que morir a la oscuridad del pecado en nuestras vidas nos traerá la luz de Cristo. Sólo entonces podemos ser transformados por el amor de Dios, cuando permitimos que la luz de Cristo entre más plenamente en nuestras vidas, no sólo por nuestro deseo o plan, sino dando fruto en palabras y acciones que reflejan esa nueva vida en Cristo.
Uno de los desafíos que Jesús nos da, especialmente si aún no hemos identificado la oscuridad dentro y se movió hacia la luz de Cristo esta Cuaresma, es nuestra caridad hacia los demás. En nuestra condición humana es fácil de criticar. Es fácil juzgar y condenar. A veces podemos expresar esta falta de caridad a otros, y puede fácilmente tener el ‘efecto dominó’ – que anima a otra persona a ‘prejuzgar’ y a ‘acariciar a alguien de su lista’. Les brinda una excusa, por nuestro mal ejemplo, para sentirse justificados en sus sentimientos negativos, pensamientos, palabras y acciones. Si nosotros -que nos identificamos con Cristo al profesar nuestra creencia en él, lo seguimos y lo adoramos- actuamos de esta manera, otros (que no lo conocen también, y creen en él o lo adoran aún menos) pueden ser empujados fácilmente lejos de Jesucristo y lejos de la luz. Vemos ese mal ejemplo en la Primera Lectura del Segundo Libro de Crónicas (36:14-16, 19-23), cómo los responsables de la vida de la comunidad israelita se han vuelto infieles y están llevando a otros por mal camino. Esto finalmente les trajo sufrimiento y exilio. Se separaron de Dios.
Así como todos buscamos una segunda oportunidad y queremos ser perdonados, nuestras palabras y acciones deben reflejar esa compasión de Dios: inspirando esperanza en las vidas de aquellos que se encuentran en la oscuridad del pecado y desean moverse a la luz de Cristo. En nuestra Segunda Lectura de la Carta de San Pablo a los Efesios (2:4-10), nos dice que Dios es compasivo y misericordioso, y que la salvación viene a nosotros como regalo, y que este don dará fruto en amor, perdón y otras buenas obras.
A medida que participamos en esta temporada de Cuaresma, y cada uno de nosotros pasa de la oscuridad a la luz a nuestra manera y en nuestra actividad y disciplina elegida, estemos seguros de ese amor de Dios y la gracia abundante de Dios. No seamos como los Kiwi, busquemos la luz. Dios quiere que la luz de su Hijo brille en nosotros, y por nosotros al mundo. Cuando esa luz brilla a través de nosotros -cuando nos iluminamos con la luz de Cristo- entonces trabajamos no sólo para nuestra resurrección del pecado, sino para la resurrección de la sociedad del pecado y del mal.

Oración resurreccionista

Oh Señor resucitado,
el camino, la verdad y la vida,
haznos fieles seguidores del espíritu de tu resurrección.
Conseguir que podamos renovarnos por dentro;
muriendo para que vivas en nosotros mismos.
Que nuestras vidas sirvan como señales del poder transformador de tu amor.
Úsanos como tus instrumentos para la renovación de la sociedad,
Trayendo tu vida y amor a todas las personas, y llevándolas a tu Iglesia.
Esto te lo pedimos Señor Jesús, viviendo y reinando con el Padre,
En la unidad del Espíritu Santo, un solo Dios por los siglos de los siglos.
Amén.

La pasión de Santa Juana de Arco

Un documental producido en el marco del centenario de la canonización de «La Pucelle», celebrado el 16 de mayo de 2020. El documental presenta la vida y la singular misión de esta valiente joven que es mucho más que una heroína nacional: es una santa que debía devolver el Reino de Francia a su verdadero Rey y Señor, Jesucristo. No eran tiempos fáciles los que le tocó vivir, como no lo son los nuestros. Pero la mejor lección que Santa Juana de Arco nos ofrece es que Dios es y seguirá siendo el dueño de la historia y, como tal, puede suscitar una persona con una misión muy particular que haga cambiar el curso de la historia de la noche a la mañana, como fue el caso de Santa Juana.
NO SOLO UNA HEROÍNA, SINO UNA SANTA
En la historia de la vida y misión de Santa Juana de Arco nos encontramos ante el misterio del proyecto de Dios para algunas almas que nos resulta a primera vista difícil de entender si no entramos a mirarlo desde la fe. Los planes de Dios ciertamente no son los nuestros. Quizá por ello cuando el hombre se encuentra frente a un hecho que rompe todos sus esquemas basados puramente en razonamientos humanos, cuesta que se rinda. Sin embargo, si se rinde, entra dentro del misterio y se maravilla de lo que Dios hace en cada alma. No se puede acercar uno a la vida de Juana como si fuéramos a conocer a una simple heroína nacional; no, ella fue y es mucho más. Es una santa. Un santo es aquel que acoge la gracia de Dios, que ha escuchado a Dios, ha conocido su voluntad para él y se lanza a realizarla cueste lo que cueste diciendo «sí». Confía en Dios y no reniega de las gracias recibidas. Así lo hizo Santa Juana de Arco y así nos anima a hacerlo a nosotros.
Fuente: www.peliculascatolicasonline.co

Tercer domingo de cuaresma 2021

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Evangelio según San Juan 2,13-25.
Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas.
Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: “Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio”.
Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá.
Entonces los judíos le preguntaron: “¿Qué signo nos das para obrar así?”.
Jesús les respondió: “Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar”.
Los judíos le dijeron: “Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?”.
Pero él se refería al templo de su cuerpo.
Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.
Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba.
Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: él sabía lo que hay en el interior del hombre.

Homilía del Padre Paul Voisin CR, Superior General de la Congregación de la Resurrección:

Normalmente mi oficina está bien ordenada. Sin embargo, encontré hace algunos años que a veces los papeles empiezan a amontonarse en mi escritorio, y luego en mi sofá, y luego debajo del sofá. Ha habido momentos en los que se ha puesto tan mal que saco una maleta y apilo los papeles en la maleta y luego empiezo a archivarlos. Probablemente a la mayoría de nosotros nos gusta y apreciamos el orden, aunque no sea fácil de mantener. No sé cómo lidiar con este mismo dilema.
Dios creó el mundo con cierto orden, y con un determinado propósito. En el Libro de Génesis, escuchamos hablar de la creación del mundo, pero en los siguientes Capítulos -uno tras otro- parece que la orden comienza a romperse y el pecado y el caos aumentan. Esto llevó a la muerte y a la destrucción.
En el evangelio de hoy (Juan 2:13-25) Jesús trata de restaurar el orden del Templo, el Santo de las Santidades. En las áreas alrededor del Templo, había comenzado una venta de animales usados para el sacrificio. Jesús declara: “Saca estos de aquí, y deja de hacer de la casa de mi Padre un mercado”. Esta no era la intención de Dios. Este no era el orden que Dios estableció. Pero dejado a sus propios designios, el hombre había alterado el plan de Dios, y Jesús estaba dispuesto a restablecerlo. Su celo y su ira sorprendieron a sus seguidores y a la gente allí, y probablemente a nosotros también. En el evangelio de Juan, esto viene al comienzo del ministerio de Jesús, una declaración inicial de su papel como Mesías, e incluso profecías veladas de su muerte y resurrección.
En nuestra primera lectura del Libro del Éxodo (20:1-3, 7-8, y 12-17) vemos a Dios dando a las personas elegidas los diez mandamientos. En su desierto, el caos y el pecado eran una amenaza constante, y cuando Moisés los dejó para escalar el Monte Sinaí, se volvieron más vulnerables que nunca. Pecaron, y construyeron un ternero de oro a los dioses paganos, en caso de que su propio Dios no viniera por ellos. Mientras tanto Moisés está comulgando con Dios en la montaña. Mientras desciende la montaña, ve el caos y la confusión en la gente. Más que nunca, necesitaban los diez mandamientos! Estos diez mandamientos fueron dados para restaurar el orden que se había perdido por el pecado. Los diez mandamientos todavía tienen un papel que desempeñar en liderarnos y guiarnos hoy. Jesús no los puso a un lado, sino que los honró como la revelación de su Padre. Estas serían las señales en el camino para que el pueblo elegido de Dios los lleve a la unión con Dios y la armonía unos con otros. Estos corregirían las faltas y fallos del pueblo elegido. Estos, como nos dice el Salmista (19) se convertirían en “las palabras de la vida eterna”. Al seguir el Mandamiento de los Diez en su plenitud, se convertirían en santos, como Dios es santo.
En el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, encontramos tremendos Capítulos en los Diez Mandamientos. Demasiado a menudo los miramos de una manera minimalista. Por ejemplo, con el quinto mandamiento: “No matarás” la mayoría de la gente diría que ni siquiera lo mira ni lo toma en cuenta. Pero cuando lees el capítulo sobre el quinto mandamiento, aborda las realidades modernas como: el respeto por la vida, el escándalo, el respeto por la salud, la investigación científica, la paz y la guerra. Así, el Catecismo muestra la amplitud de los Mandamientos y debe hacernos darnos cuenta del llamado de Dios a ordenar nuestras vidas en respeto a nuestras vidas y a la vida de los demás. El quinto mandamiento no es sólo sobre armas y cuchillos, sino sobre la forma en que nos tratamos unos a otros como hijos de Dios.
Nuestro desafío, especialmente durante esta temporada de Cuaresma, es reordenar nuestras vidas según la voluntad e intención del Padre. Así como Jesús fue con una sola mente en su seguimiento de la voluntad del Padre, nosotros también, como hijos del Padre, hermanos y hermanas de Jesús, e iluminados por el Espíritu Santo, debemos estar sintiendo al descubrir y hacer la voluntad del Padre. Esta temporada de gracia es un momento para que nos deshagamos de los vendedores y de los comerciantes de nuestras vidas, no con un látigo, sino con una oración y una reordenación de nuestras prioridades. Tal vez esta pandemia nos haya ayudado a descubrir lo que es realmente importante, y haga más fácil la identificación de eso que necesitamos descartar. Sin estos obstáculos, dentro de nosotros y alrededor de nosotros, nos encontraremos en mayor paz con Dios, más fiel a la voluntad de Dios, y estaremos en mayor armonía unos con otros.
La renovación de nuestras vidas puede no ser tan dramática como aquel día en el Templo de Jerusalén cuando Jesús echó a los comerciantes y a los cambiantes de dinero, pero será un nuevo comienzo para nosotros. Si tomamos en serio nuestro viaje de Cuaresma, nos encontraremos cambiados y renovados. Dios restaurará su orden en nuestras vidas, y él realmente ‘reinará’ en nuestras vidas como rey y salvador. Nuestro testimonio de vida servirá como un imán para que otros reconozcan la importancia de la conversión y la renovación, y la bendición y la gracia de una vida bien ordenada, bien ordenada según la voluntad del Creador.

Papa Francisco llega al Kurdistán iraquí, la región que refugió a los cristianos

En el tercer día de su viaje apostólico a Irak, el Papa Francisco llegó al Kurdistán iraquí, la región donde se refugiaron las decenas de miles de cristianos que huían del avance del Estado Islámico por la llanura del Nínive.
A su llegada a esta región autónoma, el Santo Padre se reunió con el presidente del Kurdistán Iraquí, Nechirvan Barzani, previa a su visita a Hosh al-Bieaa (Plaza de las cuatro Iglesias) de Mosul para una oración por las víctimas de la guerra.
A su llegada a Erbil este 7 de marzo, capital de esta región autónoma, el Santo Padre fue recibido por las autoridades religiosas y civiles, y unos niños vestidos con ropas tradicionales que recibieron al Papa Francisco con ramas de palma.
El presidente Nechirvan y el primer ministro Masrour Barzani acompañaron al Pontífice a la Sala VIP presidencial del aeropuerto, donde intercambiaron algunas palabras. El Santo Padre obsequió al mandatario una medalla de plata.
El Pontífice también tuvo una reunión con el ex Presidente del Kurdistán Iraquí y líder del Partido Demócrata del Kurdistán (KDP), Masoud Barzani.
Kurdistán Iraquí es una región autónoma ubicada en el noroeste de Irak, fue reconocida oficialmente con la introducción de la nueva Constitución en 2005 y comprende las ciudades de Dohuk, Erbil, Halabja y Sulaymaniyah.
Tras la ocupación de la llanura de Nínive por parte del Estado Islámico, más de 100 mil cristianos abandonaron sus hogares y encontraron refugio en el Kurdistán iraquí.
El Santo Padre llegó al país de Medio Oriente el viernes 5 de marzo y durante su estadía en Irak visitó la capital, Bagdad; y la patria de Abraham, Ur.
En el tercer día de su viaje apostólico, el Pontífice visitará Erbil y las ciudades “mártires” de Qaraqosh y Mosul, donde realizará una oración de sufragio por las víctimas de la guerra.
Según las estadísticas difundidas por la Sala de Prensa del Vaticano, Irak es un país de mayoría musulmana (sunitas y chiítas) en la que los católicos representan el 1.5% de la población, con 590 mil fieles.
Fuente: ACI Prensa.