Archivo de la categoría: Antropología de la Religión

Factor religioso como fenómeno humano

Escuela cusqueña del siglo XVIII

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Basilio Pacheco Santa Cruz Puma Callao

Este autor realizó los lienzos de la vida de San Agustín en el claustro del Convento de San Agustín en Lima. La importancia de la escuela cusqueña queda reflejada con este encargo desde la capital del Virreinato. Además se hace un autorretrato y coloca la ciudad y la catedral del Cusco como paraje principal en una de las series.
Agustín recibe el hábito recomendado por la virgen (1745).
Agustín promueve la paz ante el emperador Honorio (1745).
Agustín y la viuda. Éxtasis Trinitario (1745).
Muerte de San Agustín (1745).
Los funerales de San Agustín en la Plaza de Armas de la ciudad del Cusco, con el fondo de la catedral, las iglesias de Jesús María y el Triunfo.

Crónica del caos

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La elección de Guido Bellido como premier generó un terremoto en la bancada de Perú Libre. Chats muestran a un grupo de parlamentarios cercanos a Vladimir Cerrón insultando a Pedro Francke por negarse a ser ministro de Economía.

Por Alonso Zambrano– ElFoco.pe
El Sr. Francke nunca apoyó el ideario del Partido, ¡¡¡qué podemos esperar, se siente amenazado!!! Unidad, ni un paso atrás”, escribió la congresista oficialista Kely Portalatino en un chat interno de Perú Libre luego de conocer que el economista Pedro Francke no iba más en la lista ministerial.
La demora ocasionada por el gobierno de Pedro Castillo para anunciar el gabinete de ministros generó gran incertidumbre. Supuestamente, el anuncio oficial debía darse a las 8 y media de la noche, pero no fue sino hasta tres horas después que empezaron a desfilar por el escenario del Gran Teatro Nacional los integrantes de las distintas carteras.
El terremoto tenía nombre y apellido: Guido Bellido Ugarte. Su llegada a la Presidencia del Consejo de Ministros (PCM), según diversas fuentes consultadas, nunca fue coordinada con la bancada de Perú Libre. Y tampoco con los integrantes del propio gabinete. La propuesta de la que tenían conocimiento los 37 congresistas de Perú Libre hasta una última reunión que tuvo lugar el 24 de julio con el presidente en la Casa del Maestro era que el titular de la PCM iba a ser Roger Nájar.
Guido Bellido, primer ministro del Gobierno de Pedro Castillo. Su designación en el cargo hizo implosionar a la bancada de Perú Libre (Foto: Fabiola Granda).
Así lo confirma el propio congresista Jorge Coayla, de Moquegua, a esta publicación. “El 24 de julio todos los 37 congresistas le preguntábamos quiénes estaban conformado en gabinete, quién iba a ser el presidente del Consejo de Ministros, nunca nos dieron una respuesta exacta. El propio presidente Castillo nos dijo que no iba a dar los nombres y que, por el contrario, todas aquellas listas en diferentes medios de comunicación eran mentira. Que en su oportunidad nos lo iba a decir. La verdad que yo también he estado un poco sorprendido, no pensé que, en la mañana en Ayacucho, diera a conocer que el premier era el señor Guido Bellido Ugarte”, reconoció Coayla.
El hecho de que Bellido sea investigado por el delito de apología al terrorismo ha generado una fuerte división en la bancada oficialista. Algunos parlamentarios de Perú Libre adelantaron que no respaldarán ningún tipo de propuesta antidemocrática del Gabinete Bellido. “(El presidente) ha puesto al país en una situación sumamente polarizada. El tema aquí va a ser una disolución versus vacancia, a eso vamos a estar jugando”, dice un congresista de Perú Libre que pidió el anonimato. Y agregó: “Luego de que lo nombraron primer ministro a Bellido nadie lo felicitó. Con eso te digo todo. Tampoco han querido ir a la ceremonia”.
Kely Portalatino, una de las congresistas del ala radical de Perú Libre y cercanas a Vladimir Cerrón. (Foto: Difusión)
Las divisiones en Perú Libre aumentaron tras la negativa de Pedro Francke de asumir la cartera de Economía. El economista es quien había fungido durante las últimas semanas como asesor económico de Castillo, pero se negó a integrar gabinete tras enterarse de la designación de Bellido.
Fuentes cercanas a Perú Libre señalan que lo que retrasó la juramentación del primer gabinete de Pedro Castillo fue el altercado que el premier Bellido tuvo con Francke y con Aníbal Torres, quien iba asumir la cartera de Justicia. Francke se negaba a jurar si es que antes no hablaba con el presidente. Bellido le dijo que no podía hacer ese tipo de exigencias.
Pedro Francke, quien iba a ocupar la cartera de Economía declinó al cargo tras confrontar a Guido Bellido en la juramentación.
Pedro Francke abandonó el Gran Teatro Nacional a las 10:46 p.m. pero no fue el único ministro cuya designación estuvo en la cuerda floja hasta pocas horas antes de la juramentación. A las 7 de la noche, según pudo conocer EL FOCO, edecanes del Gobierno de Pedro Castillo empezaron a llamar a docentes universitarios y diplomáticos para ofrecerles las carteras de Educación y Cultura. A un docente de una universidad pública que se negó a aceptar la oferta le preguntaron, incluso, si conocía de otros personajes para asumir aquellos ministerios.
A esto se sumó que la cartera de Vivienda había quedado desierta luego de que el excongresista Daniel Salaverry se negara a integrar el gabinete tras enterarse en la madrugada del jueves de la designación de Bellido como primer ministro.
Kely Portalatino, congresista de Ancash de Perú Libre, asegura que Pedro Francke “nunca apoyó el ideario elaborado por Vladimir Cerrón”.
Mientras todo el país se preguntaba que pasaba con el Gabinete Bellido, y si Francke iba a ser ministro o no, en un chat interno la congresista Katy Ugarte Mamani, de Cusco, comunicó a sus colegas de Bancada que algunos medios de comunicación de alcance nacional aseguraban que Francke no iba a asumir.
La congresista Kely Portalatino, de Ancash, una de coordinadoras de los equipos de transferencia junto con Dina Boluarte, le respondió a las 8:57 de la noche: “El Sr. Francke nunca apoyó el ideario del Partido, ¡¡¡qué podemos esperar, se siente amenazado!!! Unidad, ni un paso atrás”.
Qué podíamos esperar de estos caviares”, dice Elizabeth Taipe, congresista de Perú Libre por Apurímac.
A la frase, que tenía como objetivo que el sector radical de la bancada, cercano a Vladimir Cerrón, pusiera orden, se sumó la congresista Elizabeth Taipe Coronado, de la región Apurímac. Ella escribió: “Así es compatriotas el señor Francke en sus declaraciones en la prensa siempre no estuvo de acuerdo con el ideario del Partido. Qué podíamos esperar de estos caviares”, escribe.
Nuestro gabinete es del pueblo, se debe al pueblo y va hacia él. Nuestro compromiso es con el Perú y con ningún otro interés que no fuera el de dedicar todos y cada uno de nuestros esfuerzos a construir un país más justo, libre y digno. No defraudaremos su confianza”, escribió Pedro Castillo a las 12:57 de la madrugada en su cuenta de Twitter.
Elizabeth Taipe Coronado, congresista de la región Apurímac también se suma al ala radical de la bancada de Perú Libre.
Hacer este tipo de jugadas sería mandar el Perú a la debacle. Y sería una irresponsabilidad del Ejecutivo. Tampoco tenemos que vacar al presidente actual Pedro Castillo. Lo que queremos es que nuestro Perú avance, que tengamos a un Congreso mucho más concertador y que sea más constructivo”, dijo a esta publicación Jorge Coayla. Lo cierto, sin embargo, es que el propio mandatario ha optado por dar el primer zarpazo a su bancada y poner la pelota en la cancha del Congreso de la República. El Gabinete Bellido debe presentarse antes de los treinta días ante el Congreso para recibir el voto de confianza.
El viernes 30 de julio, Pedro Francke, tras reunirse con el presidente Pedro Castillo, decidió aceptar el cargo de ministro de Economía. La ceremonia tuvo lugar en Centro de Convenciones de Lima, donde también asumió la cartera de Justicia el abogado Aníbal Torres. Horas antes de la ceremonia, el primer ministro Guido Bellido publicó en su cuenta de Twitter: “Eco. Pedro Francke tiene todo nuestro respaldo para la aplicación de la política económica de estabilidad expresada en el plan de bicentenario sin corrupción en el país. Trabajaremos en conjunto y unidad por la patria”.

Quiero ser arzobispo de Lima

Por Luciano Revoredo– LaAbeja.pe
Ante la curiosa y descabellada idea del señor arzobispo de Lima de mandar a los sacerdotes a estudiar y que las parroquias sean manejadas por laicos, que las tomen matrimonios o adultos mayores como párrocos y que los curas sólo vayan los domingos a decir misa, me quedé perplejo. Un disparate tan grande sólo puede salir de una mente afiebrada y pervertida por la mala teología como la de monseñor Castillo.
Pero luego de superada la inicial sorpresa, indignación y perplejidad, pensé que tal vez no era mala idea, me ofrecería como párroco de San Pedro o de Fátima para poner las cosas en orden entre los jesuitas. De paso estaría cerca al nuncio en la sombra, el padre Cardó Franco.
Pero luego lo pensé mejor, me ofrezco como arzobispo de Lima, ¡Si señor! Eso quiero. Que monseñor Castillo se vaya a estudiar teología, que buena falta le hace y yo me hago cargo. Así podría abrir las iglesias a los fieles, reestablecer la comunión en la boca, desaparecer los ritos paganos a la Pachamama, controlar el seminario para que no haya más juergas, poner funcionarios católicos y no abortistas, etcétera. Pero tal vez monseñor Castillo no sea tan progresista como para permitir eso.

Michel Foucault

Vigilar y castigar

El núcleo de este libro es simple: hasta el Siglo de las Luces la justicia se ensañaba de distintas maneras con el cuerpo del reo. Con la Ilustración nace la cárcel como castigo: el cuerpo del prisionero queda libre e intacto, pero su alma es vigilada, reeducada, sometida al poder.
Para Michel Foucault se trata de un castigo mucho peor respecto al precedente porque al instituir la cárcel el poder hace que el alma sea “prisión del cuerpo“. Este vuelco del célebre aforisma platónico (“El cuerpo es prisión del alma“) es lo que vincula a Foucault con Judith Butler.
Paradójicamente, si Butler no mirase con tedio a este proceso que acabamos de describir la podríamos clasificar como aristotélica; efectivamente, Aristóteles sostenía que el alma da “forma” (es decir, un destino, un posible cumplimiento, un objetivo) al cuerpo.
El filósofo griego estaría de acuerdo con los colegas franceses y estadounidenses: el alma “limita” la potencialidad del cuerpo pero le da, al mismo tiempo, un sentido, le asigna un cumplimiento, un fin. Pero esto es precisamente lo que Butler le niega al cuerpo humano: un fin, un proyecto; en otros términos, una naturaleza.
Esto es exactamente lo que hace la ideología de género, que Butler representa de forma inminente.

Cuando Foucault entró en la cultura sadomasoquista

Michel Foucault siempre había estado atraído por la muerte, como atestiguan sus varios intentos de suicidio; pero en cambio había sentido siempre repulsión por su atracción sexual hacia los hombres, atracción que vivía con dificultad.
Al menos hasta la primavera de 1975. Ese año fue invitado por primera vez a impartir unas lecciones en la Universidad de Berkeley. Algunos compañeros de trabajo le llevaron al Valle de la Muerte, a Zabriskie Point, y lo iniciaron en el LSD. El francés seguidamente definiría esa experiencia como «la mejor de mi vida».
A partir de ese momento Foucault empezó a vivir intensamente “experiencias límites” en el ambiente sado-maso gay de San Francisco. Había encontrado el modo de unir sus impulsos sexuales con los impulsos de muerte. Literalmente.
Su biógrafo, James Miller, ha escrito en su libro The passion of Michel Foucault que el filósofo siguió teniendo relaciones sexuales promiscuas aun sabiendo que era seropositivo.
Pese a la sonrisa, una pulsión suicida y la atracción por la muerte movían al filósofo comunista Michel Foucault.
A quien le advertía de lo absurdo de este comportamiento, a la vez suicida y homicida, Foucault respondía: “Morir por el amor de los chicos, ¿hay algo más maravilloso?

“Limpiando” la biografía: no vincular lo gay con lo suicida

En 1992 Miller propuso los contenidos de su biografía en una conferencia en la Universidad de Michigan. En esa ocasión Judith Butler se levantó y protestó vivamente: “Vincular la homosexualidad a la muerte es insidioso y repugnante. Haciendo esto se acaba estimulando la derecha reaccionaria de Pat Buchanan“.
Atacado por ésta y otras críticas similares, Miller añadió un post scriptum a su libro en el que explicaba que la parte de la vida de Foucault vinculada a su comportamiento sexual peligroso no era tan verdadera y tampoco había sido demostrada. El filósofo francés ya lo había dicho: es el lenguaje el que crea la realidad.

Los principios del poder gay

El día después de su experiencia con el LSD, un estudiante se acercó a Foucault y le dijo: “Su modo de pensar hace posible cosas como el Movimiento de Liberación Gay“. Foucault se escudó respondiendo de manera docta y como profesor. Pero el estudiante tenía razón. El filósofo acaba de exponer los contenidos de un trabajo que se publicó el año siguiente, el primer volumen de su Historia de la sexualidad.
Foucault acababa de explicar a los estudiantes de Berkeley que “el poder” no sólo reprime la sexualidad, sino también que la norma es represora, estableciendo lo que es lícito y lo que no lo es, qué comportamiento, actitudes e inclinaciones son buenas y cuáles no lo son. La rebelión frente al poder, por consiguiente, no consiste sólo en liberar la sexualidad, sino también en alterar las normas impuestas por el poder.
Por ejemplo: el poder ha impuesto que la homosexualidad es una anomalía, una patología; la rebelión contra el poder necesita que se rechace esta categorización. El pensamiento de Foucault fue verdaderamente el instrumento que permitió al Movimiento de Liberación Gay hacer esos progresos que vemos hoy y que damos por adquiridos.

La vía armada no funcionaba

Michel Foucault no está en el origen solamente de las ideologías de género y homosexualista. Desde siempre militante comunista, Foucault fue uno de los primeros en darse cuenta de que el camino de la insurrección armada, emprendida por movimientos comunistas radicales, era un callejón sin salida.
El año 1978 fue, tanto en Francia como en Italia, el año del cambio: la Revolución, por definición siempre en movimiento, tenía que buscar otros caminos. Fue precisamente ese año cuando Foucault, durante sus lecciones en el Collège de France, invitó repetidamente a sus “oyentes” a leer los trabajos de los libertarios Ludwig von Mises y Frederick Hayek.
Se trata de una vuelta, para Foucault, a sus maestros, Sade en particular: a la Ilustración, al empirismo, al liberalismo. Los orígenes del rechazo de la metafísica que tuvo su cumplimiento en Nietzsche. La ausencia de toda ley moral y religiosa.
Fuente:www.religionenlibertad.com

¿La ley al servicio de la verdad o de la mentira?

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Fernando Ñaupari en la actualidad.

EL CASO FERNANDO ÑAUPARI

Por Alejandro Muñante– Coordinadora Nacional Pro Familia.
Hace no muchas semanas hemos recibido la ingrata noticia que en nuestro vecino país de Chile se aprobó la llamada ley de “identidad de género”, siguiendo la moda avasalladora de otros países que también sucumbieron ante la mentira de la “identidad autopercibida”, y que tiene como fin imponérsela al resto mediante el poder coercitivo del Estado, como si se tratara del reconocimiento de un derecho humano.
Mentira impulsada, ni siquiera por la mayoría de los que padecen este tipo de trastorno de identidad sexual, sino por un lobby intolerante, que aprovechándose de la complacencia e ignorancia de los gobernantes, inculca mediante normas con rango de ley, los postulados de una ideología que desarraiga la esencia natural que nos distingue a hombres y mujeres, y que nos conceptualiza como simples seres pensantes y hablantes, perfectamente moldeables dentro de un cúmulo de identidades, llamadas géneros.
El sistema de justicia no es ajeno a esta degeneración social, disfrazada de progreso, y ya vemos como en países como Argentina, Reino Unido, España entre otros, personas inescrupulosas valiéndose de una estafa sistematizada y tolerada por el Estado, se “cambian el sexo” para obtener jubilaciones anticipadas, ser recluidos en centros penitenciarios femeninos, cambiarse la edad, competir en deportes exclusivos para mujeres, y muchas cosas más.
Pero, ¿qué sucede cuando una persona, que sobrevive a esta nefasta distorsión de su identidad, quiere restaurar su vida y recuperar la verdadera identidad con el que nació? Pues sólo recibe indiferencia y oposición por parte de los órganos estatales que se supone que tienen que velar por la legalidad y la correcta administración de justicia.
Este es el caso de Fernando Ñaupari Buendía, un ex transexual peruano, que legitimó la mentira en el que vivía (al creerse una mujer), mediante la obtención de una fraudulenta sentencia judicial en 1988, por parte de un juez en la ciudad de La Oroya, con la que se ordenó cambiar su nombre y sexo en su partida de nacimiento, cambiando su nombre de Fernando por el Carmen Claudia y su sexo masculino por el femenino. Convirtiéndose en el primer transexual en el Perú que logró cambiar su identificación en el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil– RENIEC, el mismo que aún persiste hasta el día de hoy.
Mediante la validación de esta falsa identidad, Fernando logró casarse con un ciudadano francés en la ciudad de Lima en 1994, obteniendo todos los derechos y obligaciones legales de un matrimonio, y convivió con su “esposo” en Francia durante 6 años de su vida, la cual no era precisamente una vida feliz, como es de conocimiento público, puesto que Fernando ha podido narrar los episodios de su dura vida en varios medios de comunicación, con la cual sabemos que durante ese periodo de confusión nunca pudo salir de la garras de la prostitución.
Pero como ninguna mentira es eterna, en el año 2000, Fernando experimentó un profundo cambio en su vida, había entregado su corazón a Dios, y eso le conllevó a retomar su verdadera identidad, aquella que nunca debió ser cambiada, la de un hombre genuino y que ahora practicaba la piedad y el amor al prójimo. Es así, que obtuvo su divorcio con el que fuera su pareja en Francia, y comenzó a recuperar su apariencia masculina, sometiéndose al quirófano y diversos procedimiento para lograrlo.
Después de una ardua lucha legal para recuperar su verdadera identidad de varón en Francia, donde radicaba, pudo finalmente obtener una sentencia judicial favorable del Tribunal de Primera Instancia de Bobigny en agosto del 2010, quien dispuso que sus documentos franceses tanto su DNI como Pasaporte Francés se consigne su nombre de varón. Victoria judicial que pudo ser posible gracias a su firme determinación y las contundentes pericias médicas practicadas en el hospital de Foch en Suresnes, donde expertos psiquiatras y genetistas concluyeron que Fernando había recuperado su identidad de varón y confirmaron sus genes XY.
Lamentablemente esta situación no ha sido la misma en el Perú, donde aún existen instituciones como el Ministerio Público y el propio RENIEC que se resisten a creer que esta reversión de la identidad sexual pueda ser posible, puesto que Fernando se encuentra inmerso en medio de un proceso judicial de reconocimiento de su verdadera identidad ante el Poder Judicial en la ciudad de Lima desde Setiembre del 2013, donde ambas instituciones figuran como demandadas, las cuales no contentas con dilatar el proceso, ahora pretenden la nulidad de la sentencia de primera instancia que fuera favorable a Fernando, mediante inconsistentes apelaciones.
En efecto, la sentencia de primera instancia emitida por el 20º Juzgado Civil de Lima, de fecha 13 de setiembre del 2017, Declaró FUNDADA la demanda sobre CAMBIO DE NOMBRE E IDENTIDAD SEXUAL y dispuso el cambio del nombre que aparece consignado en su Acta de Nacimiento, correspondiendo en lo sucesivo el nombre completo de su titular: FERNANDO ÑAUPARI BUENDIA; debiendo figurar, igualmente, como de Sexo MASCULINO; no como aparece actualmente en dicha partida; sin embargo esta sentencia fue apelada por las instituciones mencionadas, por esa razón es que hoy ha sido citado el Jefe Nacional del RENIEC a la comisión de justicia del Congreso de la República, gracias a la formidable gestión del Congresista Julio Rosas Huaranga, para que el funcionario explique las razones por la cual su representada ha tratado de dilatar innecesariamente este proceso, perjudicando el derecho de Fernando. ¿Será acaso que el RENIEC sólo se muestra reacio ante un caso semejante y no así ante los “procesos estratégicos” que han impulsado los lobbys feministas y LGTB para reconocer el matrimonio homosexual, la identidad de género y el vientre de alquiler en nuestro país, sometiéndose a una agenda ideológica?
Resulta sorprendente que en países donde se supone que existe una mayor colonización de la ideología de género como Francia, hayan aceptado la reivindicación de la identidad de Fernando y no así en nuestro país. Si no fuera por la valiente intervención y colaboración del Congresista Julio Rosas, este caso no estaría rindiendo sus frutos y develando la mentira de una ideología perversa que trata de imponerse y ocultar sus fracasos.
No quiero cerrar estas líneas, sin mencionar que la Red Nacional de Abogados por la Defensa de la Familia– RENAFAM, hemos asumido este caso hace unas semanas, y a través de la defensa judicial ejercida por mi persona, honrar nuestro compromiso de defender los legítimos derechos humanos contra la imposición totalitaria de la ideología de género ante los fueros jurisdiccionales que sean necesarios. Quiero agradecer a Fernando Ñaupari por confiar en mí y en todo el formidable equipo que me acompaña.
¡Ninguna mentira es eterna, la verdad siempre prevalecerá!

    1. https://www.libremercado.com/2018-03-29/un-argentino-se-cambia-de-sexo-para-poder-jubilarse-cinco-anos-antes-1276616270/
    2. https://www.elmundo.es/f5/comparte/2018/09/11/5b97aac7ca4741c35e8b45df.html
    3. https://www.debate.com.mx/mundo/hombre-pide-rejuvenecido-20-anos-legalmente-20181110-0013.html
    4. https://www.infobae.com/deportes-2/2016/09/05/la-justicia-ordeno-que-una-jugadora-trans-pueda-participar-de-una-liga-de-hockey-de-chubut/
    5. https://www.americatv.com.pe/noticias/actualidad/se-cambio-de-sexo-y-ahora-quiere-que-lo-vuelvan-reconocer-como-hombre-n111343


Congresista de la República. Abogado por vocación, y defensor de la familia por convicción. Especialista en Derecho penal, civil, constitucional y derechos humanos. Presidente de la Red Nacional de Abogados por la Defensa de la Familia– RENAFAM, cuya organización tiene como misión la defensa de la vida, la institucionalidad de la familia y las libertades constitucionales en el Perú.
Socio fundador del Estudio jurídico M&M Mondragón y Muñante Abogados Consultores; Conciliador extrajudicial registrado ante el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos; ha realizado cursos de especialización en derecho civil, penal y constitucional; autor de varios artículos virtuales en materia jurídica, política y de actualidad, los cuales han sido publicados por prestigiosas portales web de alta trascendencia social, tales como La Ley, Legis, El Manifiesto, Posición.pe, La Abeja, etc., así como invitado de diferentes programas televisivos y radiales a nivel nacional e internacional en temas relacionados con la defensa de la vida y la familia.

Camino sinodal en Alemania

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«Camino sinodal»: sigue la tendencia descendente del catolicismo en Alemania, en valores absolutos, relativos y en futuro

Por Juanjo Romero- www.infocatolica.com
La Conferencia episcopal de Alemania (DBK) acaba de publicar un resumen de las estadísticas del año anterior (2020). Como suele ser costumbre, a mediados de julio. Así que voy a repetir el esquema de otros años, recordando que los datos no son resultado de una encuesta, es casi censal, si pagas «eres» católico, y si no lo haces, aunque quieras dar el dinero a la Iglesia directamente los obispos alemanes, en la práctica, te excomulgan y no cuentas.
Es año de pandemia, así que hay que tener cuidado con los análisis. Eso sí, se puede afirmar sin dudas que el «Camino sinodal» no detiene la sangría, 221,390 personas abandonaron la Iglesia católica (algo menos que en 2019 en el que se llegó al récord, 272,771). Es el segundo año de más apostasías. Pero es que además, el número total de católicos disminuye en 407,024 personas (incluye defunciones). En 2020 el número de católicos en Alemania es de 22’193,347 personas.
La proporción de la población oficialmente católica en Alemania es ahora 26.7 por ciento de la población total. En 2019, la proporción todavía era del 27.2 por ciento.
Los datos de este año, sin anestesia son peores:

  • Menos bautismos: 104,610 (159,043 en 2019) sigue la tendencia descendente, lo que supone que año a año el «crecimiento orgánico» será menor.
  • Muchas menos confirmaciones 75,387 (123,253 en 2019), probable efecto pandemia.
  • Primeras Comuniones: 139,752 (166,481en 2019)
  • Menos de un tercio de bodas: 11,018 (38,537en 2019)
  • Esperablemente más funerales: 236,546 (233,937 en 2019)

Como los últimos años no se ofrecen datos de confesiones. Dado que en 2015 la propia DBK reconocía que sólo el 54% de los mismos sacerdotes se confesaban al menos una vez al año, no es de extrañar la ausencia.
No es una foto muy bonita, aunque quizá lo peor es que no apunte a ninguna «primavera», la práctica religiosa baja al 5.9%, el año anterior ya era baja con un 9.1%. En 2017 baja del 10% y en el año 2000 era del 16.5%.
El número de sacerdotes disminuyó en 418 a 12,565 sacerdotes. En 2019 todavía había 12,983 sacerdotes ejerciendo el ministerio en Alemania.
La evangelización de adultos (para aquellos les produzca urticaria lo de proselitismo) no es muy numerosa: hay muy pocas admisiones a la iglesia; 1,578 ingresaron a la iglesia (1,390 de ellos protestantes) También bajó el número de los que «volvieron a casa»: 4,358 (2019: 5,339).

Vuelta la burra al trigo

Los datos muestran también que la campaña contra el cardenal de Colonia, no se sostiene. Sectores radicalizados de la «Asamblea Sinodal» fueron a la caza del cardenal Woelki, como uno de los fuertes valladares frente a la deriva del «Camino sinodal».
La extraña pseudo-renuncia del cardenal Marx parecía el último acto. No, la gestión del cardenal Woelki no es la causa. La de Bätzing o Marx es peor.
Lógicamente en la diócesis de Colonia hay más abandonos que en otras diócesis, fundamentalmente porque es la diócesis con más católicos de Alemania, pero los nuevos datos muestran que respecto al número de católicos de la diócesis el porcentaje de «apostasías» es superior en diócesis como Berlín, Dresden, Hildesheim, Munich (Cardenal Marx) o Limburgo (Monseñor Bätzing). Incluso está por debajo de la media nacional.
Inasequible al desaliento Monseñor Georg Bätzing, Obispo de Limburgo y presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, afirmó este miércoles en una declaración que «pese a las deprimentes cifras de estas estadísticas, me gustaría agradecer a todos los que están comprometidos a vivir su fe en la Iglesia y la sociedad, especialmente quienes trabajan a tiempo completo en la atención pastoral: sacerdotes, diáconos y asistentes pastorales y parroquiales».
El Obispo dijo además que pese a los grandes esfuerzos de la Iglesia ante la pandemia del coronavirus, esta también experimenta «un profundo shock».
«Esto también se ve reflejado en las estadísticas de la gente que deja la Iglesia, lo que encuentro doloroso para nuestra comunidad. Muchos han perdido la confianza y quieren enviar una señal saliendo de la Iglesia», dijo el Prelado alemán.
«Tomamos esto muy seriamente y tenemos que enfrentar esta situación abierta y honestamente y dar respuestas a las preguntas que nos hacen».
Monseñor Bätzing indicó que «esto incluye, antes que nada, una revisión general de los casos de abuso sexual. Y esto incluye el asunto del poder y la separación de poderes en la Iglesia. Tengo mucha esperanza en que el Camino Sinodal pueda hacer su contribución para generar una nueva confianza».
Monseñor Bätzing tiene mucha esperanza en el Camino sinodal. Otros la tenemos en el Señor y la multitud de buenos católicos alemanes.

Abadesa de Mariendonk: «Lo que me preocupa es la inseguridad de muchos de nuestros obispos, sus guiños a la opinión pública»

Por Juanjo Romero- www.infocatolica.com
«¿Has leído lo que ha escrito la abadesa de Mariendonk?» Sinceramente, me gustaría siquiera haber sabido lo que era Mariendonk. Acudí con la prevención de «qué más está pasando ahora en Alemania»
Leí el blog «Abtei Mariendonk» (Abadía de Mariendonk). Breves entradas, a modo de diario, escritas por la abadesa, Christiana Reemts OSB. No puedo agradecer suficiente el descubrimiento y no dejo de lamentarme de no poder apreciar las sutilezas e ironías en alemán.
Comparto la traducción del último mes, pero se puede empezar por cualquier sitio. En una primera lectura, me ha parecido un sugerente análisis, por elevación, de la crisis a la que está sometida la Iglesia en Alemania, y en el mundo, con el dichoso «Camino sinodal». Comentarios con mucho espíritu sobrenatural. El que vaya siguiendo los acontecimientos verá, como dicen en mi tierra, que «tira con bala». Me encantaría ver la cara de los concernidos por los comentarios.
Pero también tiene otra lectura. Todavía de más elevación y que a mí me ha hecho mucho bien. Por un lado, visibiliza que cuando hablamos hastiados de la Iglesia en Alemania, deberíamos darnos cuenta de que hay personas maravillosas, fieles y luchadoras para ser santas y que, a veces, no se oyen tanto.
Y por otro, porque la abadesa Christiana Reemts OSB, con sus sencillos-profundos comentarios, muy cristocéntricos, pone en perspectiva el verdadero objetivo y lo que deberían ser las verdaderas preocupaciones.
Se nota que esa abadía benedictina, además de a las ropas, velas y leche también se dedica a la patrística, con proyectos ligados al Instituto Dölger, a la Escritura con una edición del Vetus Latina y el Novum Testamentum Patristicum (NTP).
Cualquier glosa estropearia el texto, lo dejo tal cual:

29 de mayo de 2021

Detrás de casi todos los problemas de la Iglesia me parece que hay una cristología truncada en el sentido de las famosas palabras de R. Niebuhr: «Un Dios sin ira llevó a los hombres sin pecado a un reino sin juicio por medio de los cuidados de un Cristo sin cruz».
En una traducción muy libre: «Un Dios que lo comprende todo y no se resiente de nada, hace entrar en el reino de los cielos a hombres que no son conscientes de ninguna culpa. Llegan a este lugar de los bienaventurados sin tener que enfrentarse al juicio de antemano, por la mediación de Cristo que los ama. La cruz es bastante innecesaria para esto».
Un hermoso mito, sólo que no es la fe cristiana, por desgracia.

31 de mayo de 2021

La cuestión de quién tiene el poder en la Iglesia se plantea en todas partes. Se supone que los obispos y los sacerdotes deben ceder o compartir el poder. Creo que es una pregunta que no considera suficientemente lo que es la Iglesia y dónde tiene su propósito. No se trata de compartir el poder, sino de que «el que quiera ser el mayor entre vosotros, que sea vuestro servidor…» «no para ser servido, sino para dar su vida».
Pero también preguntado en términos puramente humano-sociológicos, ¿tiene poder un obispo? Lo dudo, y temo que pronto nadie esté dispuesto a asumir ese cargo.

03 junio 2021

A través de la pandemia, a través de mi propio envejecimiento, y al tratar con la situación actual de la iglesia, estoy aprendiendo a vivir el día a día y dejar el futuro, como algo no planificable, a Dios.
«Aunque nuestro hombre exterior se desgaste, el interior se renueva día a día…» (2 Cor. 4, 16). Experimento que el hombre exterior está desgastado; sólo puedo pedir la renovación del hombre interior. Es similar al pan de cada día: Dios no nos da un pan que dure para siempre, ni nos da una fuerza interior duradera por palabra mágica, sino que nos da día a día lo que necesitamos para vivir. Pero me encuentro una y otra vez queriendo hacer provisiones para mañana.

06 junio 2021

En la comunidad hablamos a menudo del estado actual de la Iglesia. El otro día, la pregunta de una hermana: «¿Acaso la Iglesia puede considerarse ya una autoridad moral, no ha sido ese trabajo asumido por los medios de comunicación?» Esta pregunta me ronda la cabeza desde hace días.
Jesús dijo: «El que os escucha a vosotros me escucha a mí» (Lucas 101, 6), y eso es absolutamente vinculante para mí. Al mismo tiempo, «haced y obedeced todo lo que os digan, pero no os juzguéis por sus obras, porque sólo hablan, pero no hacen» (Mt. 23, 3).
Por lo tanto, puedo vivir con ello cuando los ministros fallan personalmente, es mucho más importante para mí que proclamen verdaderamente el Evangelio de Jesucristo. Al fin y al cabo, no creo en el obispo X ni en el pastor Z, sino en Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida para mí.
Por supuesto, sería bueno que cada uno de nosotros, o al menos cada ministro, exigiera a los demás, como hizo Pablo, «tomadme por ejemplo, como yo tomo a Cristo por ejemplo» (1 Cor. 11,1). Sin embargo, debo decir honestamente que yo misma dudo en dirigirme a mis hermanas de esta manera por temor a la falta de veracidad y la hipocresía, en términos modernos, a la falta de autenticidad. No quiero hablar de forma diferente a la que actúo, no quiero mostrar al mundo exterior algo que no soy realmente.
Pero dudo que esté bien que ceda demasiado a este malestar. Porque mi tarea como abadesa es proclamar y exhortar, incluso donde debo admitir honestamente que yo misma fracaso. Pero ¿debo dejar que los Diez Mandamientos y el Sermón de la Montaña se queden en el camino porque yo mismo distorsiono la verdad y no amo a Dios con todo mi corazón, porque soy resentida y egoísta?
En el convento, el trabajo de la abadesa consiste en seguir recordando los valores comunes. Me sentiría culpable si no lo hiciera, pero al mismo tiempo sé -y con la estrecha convivencia en nuestra comunidad, por supuesto que mis hermanas lo saben- que yo misma no vivo plenamente lo que digo. Pero, por lo tanto, lo que digo puede seguir siendo correcto, porque no estoy proclamando mi propia palabra, sino el mensaje de otro, que no debo acortar, aunque me avergüence.
De vuelta a nuestra iglesia. Estoy convencido de que los que ocupan cargos en nuestra iglesia no son, en promedio, ni mejores ni peores de lo que fueron en todo momento. Lo que importa es si la Iglesia anuncia el Evangelio y es la única institución que lo hace. Estoy agradecida por los muchos santos que existen en ella, pero también sé y acepto que la cizaña crecerá junto con ella hasta la cosecha – desgraciadamente, incluso en mí misma. Enfadarse por ello es inmaduro.

08 junio 2021

«Condicionado por el tiempo»: ¿cuál es la relevancia hermenéutica de este término?

12 de junio de 2021

Una adición a la entrada del blog del 6/6: No sólo existe la discrepancia entre el hablar y el hacer, sino también la que existe entre la acción exterior y el sentimiento interior. Muy a menudo la gente me dice que la exigencia de Jesús de amar al prójimo no se puede cumplir, porque el amor no se puede ordenar. Esto último es, por supuesto, cierto, al menos en lo que respecta al amor como sentimiento. ¿Pero es eso lo que quiso decir Jesús? Creo que sus ejemplos muestran más bien que quería que tratáramos al otro como a nosotros mismos, es decir, que nos preocupáramos por sus necesidades corporales, espirituales y emocionales tanto como por las nuestras, aunque nos resultara desagradable de corazón. Esto es caridad; el sentimiento de amor es bastante secundario. Actuemos como queremos ser y como nos hemos dado cuenta que es lo correcto. No se trata de hipocresía, pero tal acción conlleva la esperanza de que nuestras acciones nos moldeen y nuestro ser interior, incluidos nuestros sentimientos, sigan el ejemplo. En otras palabras, si nos comportamos como personas que aman a su prójimo, nos convertiremos en esas personas.

15 de junio de 2021

A las fuerzas motrices de este mundo, el dinero, el poder y la sexualidad, Jesús contrapuso la pobreza, la obediencia y la virginidad. Nuestro mundo se ríe de esto y muchos en la iglesia se unen a esa risa. Al mismo tiempo, cada vez está más claro cómo el despilfarro, la dominación y el libertinaje sexual están destruyendo nuestro mundo y la Iglesia. Deberíamos arrepentirnos mucho más radicalmente y escuchar el Evangelio en lugar de buscar la salvación en lo que nos destruye y pensar que ahí está la cordura definitiva.

22 de junio de 2021

Dios vive y puedo encontrarme con Él en la escucha de su palabra. Lo creo, estoy convencida de ello.
¿Estoy realmente convencida de ello? ¿O me invento la fe a mi medida mediante relativizaciones históricas? No me atrevo a negar esto último claramente.
Un experimento mental: Si supiera con certeza que Dios me está hablando, ¿obedecería sin importar nada? ¿Incluso si exigiera algo completamente «fuera de tiempo», por ejemplo, la subordinación de la mujer al hombre?

25 de junio de 2021

Mi post del 22 de junio ha suscitado preguntas, principalmente sobre lo reflexiva que es mi comprensión de la Biblia, o si realmente creo que una comprensión literal de la Biblia es la única correcta. No, no lo creo, sin embargo no voy a borrar la entrada, porque mi punto no era sobre hermenéutica, sino sobre quién manda en mi vida, Dios o yo misma.
Creo que la Escritura es la palabra de Dios en la palabra del hombre, y que sólo conociendo bien la lengua y la cultura en la que se escribieron los textos bíblicos se puede entender lo que se quiere decir con ellos. La lectura de la Biblia requiere una interpretación y las imágenes deben ser reconocidas como tales, pero es igualmente importante que la cosa significada no desaparezca con la imagen.
Sigo preguntándome si no estoy haciendo constantemente que la Biblia se adapte a mí, si realmente sigo escuchando lo que dicen los textos, incluso cuando va en contra de la corriente. La subordinación de la mujer al hombre fue sólo un ejemplo particularmente provocador, también se podría mencionar la ira de Dios, muchas cosas del Sermón de la Montaña o, para que quede claro que no me refiero a otros, sino ciertamente a mí mismo, la cuestión de si Dios realmente quería monasterios.
Una y otra vez me encuentro pensando que sólo porque hago algo, debe ser correcto, correcto ante Dios. ¡Eso podría ser un error! Y además, si la Palabra de Dios sólo confirma y consuela, y ya no irrita, molesta, juzga y exhorta al arrepentimiento, es básicamente superflua.

29 de junio de 2021

Lo que me preocupa es la inseguridad de muchos de nuestros obispos, sus guiños a la opinión pública. No ven que el barco ha zarpado, que la Iglesia en Alemania ya no es una fuerza social – no lo será durante décadas. Ninguna cantidad de «procesos» cambiará eso.
Por supuesto, la iglesia es más que un servicio religioso, pero sigo convencida de que mirar a Dios en la lectura de las Escrituras y la oración debe ser más central que nunca. Todo lo demás lo pueden hacer otros. Mantengamos los cielos abiertos, ese es el mayor ministerio para nuestro mundo. Y confiemos en la promesa: «…las puertas del averno no prevalecerán contra ella» (Mt 16,18).

Ovejas sin pastor

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El magnicidio de Jovenel Moise es el segundo en la historia de Haití

El asesinado presidente de Haití, Jovenel Moise, se une a la trágica lista de magnicidios cometidos en América, entre los que destacan el del presidente de EEUU, John F. Kennedy o el del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo.
En Haití, además, no se trata del primer magnicidio. El 27 de julio de 1915, el presidente Jean Vilbrun Guillaume Sam fue asesinado por una turba enfurecida después de esconderse en la embajada francesa.
El 21 julio de 1946, el presidente de Bolivia Gualberto Villarroel murió apuñalado a manos de una turba de gente que se había sublevado en protesta por la grave crisis social y económica que vivía el país y tras una revolución popular.
Cuatro años después, el 13 noviembre de 1950, Carlos Delgado Chalbaud, presidente de la Junta Militar de Venezuela, fue secuestrado y posteriormente asesinado por disparos en el interior de una casa en la urbanización Las Mercedes (Caracas), en el único magnicidio ocurrido en Venezuela.
También Panamá cuenta con un solo magnicidio cuando, el 2 de enero de 1955, su entonces presidente José Antonio Remón murió por disparos mientras presenciaba una carrera de caballos en el palco presidencial del hipódromo Juan Franco de Panamá. No se hallaron a los autores, aunque algunas hipótesis apuntaron a personalidades de la política local, la mafia italiana e incluso la CIA.
Los Somoza en Nicaragua
Al año siguiente, el 21 septiembre de 1956, murió asesinado en Nicaragua el dictador Anastasio Somoza García, a manos de Rigoberto López Pérez, un poeta de filiación liberal, quien lo hirió de muerte de varios disparos, en León, al noroeste de Managua.
También murió el 17 septiembre 1980, su hijo Anastasio Somoza Debayle, el último de la dinastía somocista y quien, tras renunciar a su cargo y exiliarse a Paraguay, fue tiroteado por un comando guerrillero argentino durante una emboscada mientras viajaba en su vehículo en una céntrica avenida de Asunción.
Guatemala ha tenido también un único magnicidio el 26 julio de 1957, cuando Carlos Castillo Armas, al igual que ha sucedido con el presidente de Haití, fue asesinado en el interior de la casa presidencial. En 2017 el escritor y político dominicano Tony Raful señaló en un libro que el magnicidio fue ordenado por el dictador de la República Dominicana Rafael Leónidas Trujillo al negarle Castillo en una ocasión una condecoración.
También el propio Trujillo, quien llegó al poder en 1930 y encabezó durante treinta años una de las más implacables tiranías de América Latina, fue ametrallado el 30 mayo de 1961 en una emboscada mientras viajaba en su vehículo en la carretera de Santo Domingo a San Cristóbal.
El asesinato de JFK
Dos años después, el 22 de noviembre de 1963, se produjo uno de los magnicidios más mediáticos de todos los tiempos, el del presidente de Estados Unidos John F. Kennedy, quien murió tiroteado en Dallas mientras iba en el coche con su esposa Jacqueline.
Una década más tarde, el 11 de septiembre de 1973, el entonces presidente de Chile, Salvador Allende, murió durante el golpe de Estado y posterior bombardeo al Palacio de la Moneda en Santiago de Chile perpetrado por Augusto Pinochet. Aunque la versión oficial de la instaurada Junta Militar reiteró que él se quitó la vida, esa teoría fue descartada por sus seguidores y hasta la fecha sigue sin estar aclarado.

Fuente: Agencia EFE y www.eluniverso.com

Andamos como ovejas sin pastor

Por Guillermo Ackermann Menacho.
Aún no logro salir de mi asombro por la reciente aparición del regularmente ausente Arzobispo Metropolitano de Lima, quien salió de su permanente ostracismo para proferir una grave ofensa a su feligresía, al calificar de amorales a los que están dilatando los resultados electorales.
La Ciudad de Lima se erige como una Diócesis en 1541, siendo su primer obispo Gerónimo de Loayza González OP, a quien muchos identifican como el fundador del Hospital Arzobispo Loayza. Es en 1546 que el Papa Pablo III la convierte en Arquidiócesis y su territorio eclesiástico comprendía países como Nicaragua, ciudades de Colombia, Ecuador, Paraguay, Argentina, Chile, Bolivia y por supuesto todo el Perú.
En 1579 es nombrado Toribio de Mogrovejo como segundo Arzobispo de Lima quien se convierte en uno de los más importantes en la historia de la Evangelización de América Latina. Toribio fue ordenado sacerdote y nombrado obispo al mismo tiempo y enviado al Perú para que cumpla su misión. Recorrió incansablemente, en burro, toda su jurisdicción, predicando a tiempo y a destiempo. Tradujo el catecismo al quechua y aymara, defendió los derechos de los habitantes naturales de su Arquidiócesis y convocó a diversos Concilios con los sacerdotes de toda la nueva América para que se entendiera mejor la gran tarea de la llegada de la fe al continente.
En el Siglo XX, el Perú independiente ya tenía más de 40 jurisdicciones, entre Arquidiócesis, Diócesis, Vicariatos y Prelaturas, siendo Lima la Arquidiócesis primada.
Desde 1955 Lima tuvo a un Arzobispo que llegó a tener presencia mundial. Juan Landázuri Ricketts, franciscano, tuvo que enfrentar todos los cambios del Concilio Vaticano II y capear una infiltración marxista en la iglesia peruana denominada “Teología de la Liberación”, que, gracias a la oportuna intervención del entonces Cardenal Ratzinger, Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe y del Santo Padre Juan Pablo II, se logró contener y llamar al orden a su fundador peruano Gustavo Gutiérrez.
Después de un periodo de transición de 9 años a cargo del buen obispo jesuita Augusto Vargas Alzamora, fue nombrado Arzobispo de Lima Juan Luis Cipriani, integrante del Opus Dei, quien con un estilo frontal y sin tapujos, era resistido por toda la rama progresista, y los rezagos liberacionistas, que con la complicidad de los medios de comunicación ayudaron a que no sea un Arzobispo ‘querido’. Es bueno resaltar que fue el gran promotor de las Marchas por la Vida y un ferviente defensor del rescate de la Pontificia Universidad Católica del Perú, secuestrada desde hace décadas por sectores ideologizados de izquierda, con una repartija de poder que se pasa por agua tibia.
A finales de diciembre de 2018 Cipriani presenta su renuncia, como corresponde al cumplir 75 años, y en enero el Santo Padre la acepta y a los pocos días días anuncia que el presbítero Carlos Castillo Mattasoglio, párroco de San Lázaro, sería el nuevo Arzobispo, causando el gran asombro de los 45 obispos, ya que el mensaje de la Santa Sede parecía claro y cuestionador: ninguno de ustedes da la talla para asumir esa responsabilidad.
Pero ¿cómo así el Papa Francisco escoge a un sacerdote de una Parroquia pequeña de la Ciudad? ¿Quién fue el consejero que le da ‘el dato’? ¿Fue el Nuncio Apostólico el que sugirió aquel nombre? Pues no. Fueron, ni más ni menos, sus ‘amigos’ jesuitas: el cuestionado entonces Monseñor Pedro Barreto, hoy Cardenal, el Padre Carlos Cardó y el Padre Ernesto Cavassa, quienes apadrinaron la propuesta. Todos ellos con una abierta tendencia progresista.
Entonces la siguiente pregunta es, ¿por qué Carlos Castillo? Pasados dos años en realidad pareciera quedar claro que Castillo era sencillamente un operador.
Al año de ser Arzobispo en la misma Capilla que el Papa Francisco había compartido con los obispos del Perú su experiencia de conversión frente al Santísimo, Castillo le decía a su clero que él no creía en la conversión frente al Sagrario.
Se opuso a la realización de la Marcha por la Vida y al poco tiempo empieza la pandemia y no hubo una sola palabra durante casi un año exigiendo al gobierno que permitiese la apertura de los templos, ni siquiera cuando todo se iba normalizando.
Callado durante todo el proceso electoral, incluso frente a la amenaza de propuestas que están en contra de la fe, a las que él no les da importancia, llamó la atención la rapidez para emitir opinión sobre uno de los ex candidatos presidenciales frente a unas desafortunadas expresiones. Pero también escandaliza su silencio frente a la masacre terrorista perpetrada en el VRAEM dos semanas antes de la segunda vuelta.
Su ausencia es tal que si hoy hiciésemos una encuesta sobre quién es el Arzobispo de Lima, quizá el 95% respondería: ‘No sabe, no opina’.
Por último, la siguiente noticia que tuvimos es que él se encontraba en Roma y vemos imágenes en las que está muy sonriente y afable abrazando al Papa. Nuevamente en el Vaticano en medio de una crisis nacional, así como cuando empezó la pandemia que se quedó por Europa un buen tiempo.
Y de pronto reaparece, no en un medio local, sino internacional, y lo hace para criticar que se rece en los mítines y exhortó a que no se invoque la presencia de Dios.
Y como corolario, nos tilda de amorales a todos los que legítimamente estamos exigiéndole al Jurado Nacional de Elecciones que, antes de proclamar a cualquier candidato, cumpla con su deber constitucional de revisar, hasta la última impugnación.
Adelanta opinión, rompiendo el principio de neutralidad y pide al JNE que de una vez proclame presidente a su homónimo. ¿Es acaso ese uno de los temas que trató con el Papa Francisco? Honestamente ¿podría Ud. desmentir los rumores que le pidió al Papa un pronunciamiento sobre esta situación, e incluso que reciba a quien Usted llama prematuramente ganador?
Señor Arzobispo, en mi juventud me llamó mucho la atención cuando, leyendo la Carta a los Gálatas, Pablo reprende públicamente a Pedro, siendo éste el Vicario de Cristo, nombrado por el propio Señor, algo que es recogido también en los Hechos de los Apóstoles. Y aludiendo a la corrección fraterna que el mismo Jesucristo nos invitó es que escribo estas palabras, con todo el respeto que su investidura merece, y reconociendo su autoridad como mi Arzobispo, pero con total energía y claridad.
¡Basta! El rol que está cumpliendo la iglesia en general en nuestro país deja mucho que desear, con algunas honrosas excepciones. Pero lo que está pasando en nuestra Arquidiócesis es lamentable. Hace algunos meses yo mismo le escribí solicitándole nombrar una Capellán para las obras de caridad de la Beneficencia de Lima, pues hay mucha hambre espiritual, sugiriéndole incluso el nombre de uno de los sacerdotes que Usted tiene relegado, por casi dos años, por el simple hecho de haber sido cercano a su antecesor, y su respuesta fue que no consideraba conveniente nombrar más Capellanías, que si tenemos alguna necesidad, busquemos al párroco de la zona.
Tiene abandonada a su feligresía. No nos sentimos representados por Usted. Como dice la Biblia en Mateo 9, ‘andamos como oveja sin pastor’.
Los dolorosos y vergonzosos escándalos eclesiales en el mundo y en particular en el Perú, han abierto una brecha, entre los cristianos y su iglesia como institución. Caminemos para cerrar esa distancia y recuperar la credibilidad, dejándonos de dividir.
Pero el camino no es, tomando posturas que nos deja a más de la mitad de los fieles como personas que carecemos de sentido moral. Usted no tiene autoridad para hacer una calificación de esa naturaleza.
Creo que nos merecemos una disculpa y una rectificación. Creo que Lima merece un Arzobispo que esté a la altura, y se acerque a sus fieles, en medio además de la conmemoración del Bicentenario.
Lo que escribo lo hago con caridad, como Católico, Apostólico y Romano.

Guillermo Ackermann Menacho

Desde hace 40 años me desempeño como gestor en la industria de las comunicaciones y el marketing, tanto en medios tradicionales, radio y televisión, en la producción de contenidos audiovisuales, documentales, videos institucionales, programas y publicidad, realizados en 24 países. Desde mi juventud he participado en diversas iniciativas sociales, deportivas y religiosas, como gestor y voluntario. Soy un convencido que este mundo se puede cambiar si cada uno pone su granito de arena y, en lo que hago, trato de poner el mío.

Medio especializado en Iglesia afirma que el Papa sufre una “enfermedad severa y degenerativa”

Il Sismografo es un medio especializado en noticias de la Iglesia en varios idiomas. 
Citaba un periodista del New York Times a Iacopo Scaramuzzi, quien recordaba un dicho jocoso que tal vez por estos días circula más al interior de los muros sagrados de la ‘viale vaticanum’: “En el Vaticano hay un chiste de que el Papa siempre está bien hasta que se muere, e incluso un poquito después de ese momento…”.
Es claro que esa espirituosa broma se refiere a la discreción con la que la Santa Sede maneja los temas de salud del hombre más importante de la Tierra. Pero es verdad también que esa discreción, o una discreción excesiva, puede ser motor para que sensatos e insensatos levanten suspicacias, sugieran realidades ocultas, y hasta inventen historias fantásticas supuestamente con base real. Siempre será bueno pedir el recto criterio al Buen Dios, para discernir la realidad de la fantasía, en todo, y también en estos campos.
Parte oficial
En el parte diario que está emitiendo el director de la Sala Stampa, Matteo Bruni, sobre la salud del convaleciente Francisco, un dato de nuevo tipo surge, atrayendo la atención de muchos.
Expresa Bruni que Francisco ha tenido una jornada tranquila, y se ha alimentado y trasladado de forma autónoma. Cuenta también que envió su saludo a unos chiquillos que están en el Departamento de Oncología Pediátrica y Neurocirugía infantil, vecino del lugar donde se encuentra en el Policlínico Gemelli; y que no olvida a los que sufren, especialmente a los enfermos, a quienes expresa su cercanía.
Pero por vez primera en estos días, el parte de Bruni tiene un dato no ‘positivo’: el Papa tuvo “un episodio febril”, según el parte original en italiano.
Después de reseñar la fiebre en el Pontífice, el comunicado de la Sala Stampa expresa que hoy de mañana a Francisco se le hicieron los exámenes de rutina, de microbiología y un tac toráxico, con “resultados negativos”.
Es claro, si partes muy ‘positivos’ permitían las suspicacias de algunos, pues más el temporal episodio de alta temperatura que ha sido referido de forma oficial.
Il Sismografo
Suspicacias como las levantadas por un site conocedor como pocos de las realidades de la Iglesia, Il Sismografo, a cargo de Luis Badilla. Il Sismografo reproduce notas de diversas fuentes noticiando sobre la Iglesia (incluyendo a Gaudium Press), y tiene artículos de autoría de su propia redacción. La nota titulada “Papa Francisco no tiene necesidad de la cortigianeria en la prensa”, es del propio Il Sismografo. ‘Cortigianeria’, término derivado de ‘cortigiano’, que significa cortesano.
Prevé Il Sismografo que Francisco “regresará al Vaticano para retomar su camino tras las huellas de Pedro”, pero que no obstante el Papa “nunca volverá a ser el mismo”. ¿Por qué? Porque hay “un detalle muy significativo que muchos en estas horas subestiman, ignoran o manipulan: la enfermedad que ha golpeado al Papa Francisco es severa y degenerativa. Podría también ser crónica”.
Para quienes conocen el amplio y especializado mundo de la midia católica, es claro que en las anteriores afirmaciones de Il Sismografo, este se juega su credibilidad. Por ello, esa afirmación debe ser tomada muy en cuenta.
Con el trascurrir de los días, los detalles de la intervención que sufrió el Papa son más conocidos, y van revelando que no tenía las características de una fácil cirugía ambulatoria: se usó anestesia general, duró más de tres horas, se extrajo una parte significativa del colon, y el parte oficial hablaba de una “estenosis diverticular grave”.
Il Sismografo, como buen católico, convoca a orar por el Pontífice, reclama para el Papa que no tenga que sufrir presiones mediáticas, recuerda que él necesita de la ayuda de los católicos y que él deberá cuidar intensamente de su salud. Afirma también la fuerte posibilidad de nuevas visitas al Gemelli, y llega a poner en vilo su anunciado viaje a Hungría y Eslovaquia en septiembre próximo.
Cabe pues, rezar por el Papa. (SCM)
Fuente: Gaudium Press.

Australia celebra bicentenario de la educación católica

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Con motivo del bicentenario del establecimiento del apostolado de enseñanza de la Iglesia católica en Australia, cinco parlamentarios federales promovieron un homenaje a la Iglesia por su papel en la difusión de la educación a lo largo de los dos últimos siglos.
“Es un gran placer para mí levantarme hoy para reconocer el bicentenario de la educación católica en Australia”, dijo la parlamentaria Julie Ownes, haciendo una mención especial a dos escuelas de su circunscripción, la St Patricks Parramatta y Parramatta Marist High School.
Ownes también felicitó a todas las escuelas católicas “por que hoy es su tercer siglo. Felicitaciones a los profesores, funcionarios y alumnos por este increíble logro. Sé que veremos muchos otros grandes logros en los próximos años”.
Las escuelas católicas en Australia surgieron antes que las escuelas públicas
Décadas antes del surgimiento de la educación pública en el país, Australia ya tenía escuelas de la Iglesia e instituciones educativas de caridad, donde niños de todas las condiciones recibían una educación de calidad.
Uno de los parlamentarios señaló que “este legado no solo ha sido formativo en la historia de Australia, sino que continúa sirviendo a la comunidad australiana en la actualidad, con el increíble servicio que las escuelas católicas brindan a las familias y comunidades”.
Uno de cada cinco estudiantes asiste a una institución católica
Según Bennelong John Alexander, las escuelas administradas por la Iglesia se han convertido en los proveedores de educación no gubernamentales más grandes del país. Garantiza él que uno de cada cinco estudiantes en edad escolar asiste a una institución católica.
“Las escuelas católicas seguirán representando una parte vital del panorama educativo australiano en el futuro. Este gobierno está comprometido a seguir apoyando a las escuelas católicas”, concluyó.
Fuente: Gaudium Press.

Gavin Ashenden

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Converso al catolicismo Gavin Ashenden: 12 meses después y 24 conversos más tarde

Tras su conversión, el antiguo capellán de la reina de Inglaterra, Gavin Ashenden, está en paz y trabajando para la Iglesia.
“No me esperaba la gran sensación de paz y claridad mental que ha supuesto ser católico”, afirma Gavin Ashenden, en declaraciones al National Catholic Register.
Dado el impacto global de la pandemia del COVID-19, pocos recordarán 2020 como un año de «paz». Sin embargo, para este converso católico, la paz parece ser el legado del último año.
Fue el 22 de diciembre de 2019 cuando Ashenden fue noticia en todo el mundo. Su recepción en la Iglesia católica interesó a los medios porque, en su momento, había sido capellán anglicano de Su Majestad la Reina Isabel II.
Poco más de un año después de su recepción en la Iglesia, Ashenden habló con el Register sobre sus primeros 12 meses como católico y el creciente número de personas que acuden a él en busca de consejo, deseando seguir su mismo camino.
Sin embargo, Ashenden no sólo siente paz desde que se hizo católico, sino también alivio.
“La vida como anglicano protestante siempre implicó una serie de cuestiones controvertidas”, explica, “que iban al corazón de lo que constituía la autenticidad en la Iglesia [de Inglaterra], a menudo empeorada por tratar de juzgar las cosas por lo que les gustaba a los laicos, considerados como consumidores”. Considera que la “maravillosa y sólida continuidad” de la Iglesia católica, en lo que respecta a las órdenes religiosas y los sacramentos, “en contraposición a la incoherencia protestante y la consiguiente confusión”, es a la vez “un alivio y un constante deleite.”
Hasta finales de 2019, Ashenden formaba parte del establishment anglicano. Las ondas de choque que siguieron a su «paso al Tíber» se sintieron y notaron en toda la iglesia establecida de Inglaterra.
Sin embargo, él ve su conversión al catolicismo como parte de un movimiento más amplio y continuo en ese cuerpo eclesial. Sugiere que hay “un grupo muy numeroso de personas [que] saben que el anglicanismo se ha acabado, pero les aterra abandonarlo. Están empezando a compartir la perspectiva que empezó a aclararse [para mí] hace unos 20 años: que el anglicanismo era un experimento ecuménico de 400 años que había fracasado repentina y terminantemente”.
Su pronóstico es sombrío para la religión estatal de Inglaterra. Ve su futuro “colapso en un grupo progresista secularizado de protestantes”, lo que, a su vez, conducirá finalmente a su desaparición.
Hablando de los anglicanos que piensan en marcharse para entrar en la Iglesia católica, Ashenden se apresura a reconocer que “se ven obstaculizados en el camino del retorno a la Iglesia madre por una serie de dificultades que van desde los malentendidos hasta los aspectos prácticos”. Dicho esto, Ashenden cuenta el número de personas a las que ha ayudado a hacer el viaje «a Roma»: al menos 24 personas, calcula, en los últimos 12 meses, se han hecho católicas a través de una conversación directa con él.
“Muchas más me han dicho que están considerando seriamente la posibilidad de hacerlo, y habrá más, pero no se han acercado personalmente”, añade.
En un momento en que, por una u otra razón, muchos católicos están desanimados, esto hace que sea interesante escucharle. Ashenden dice que, en este último año, ha habido lo que él describe como “un movimiento serio del Espíritu Santo haciendo todo lo que se puede hacer para unir a la Iglesia”.
Lo que está añadiendo ímpetu a este movimiento, percibe, es una “creciente sensación de que la persecución que la Iglesia está experimentando en nuestra generación en diferentes partes del mundo se está extendiendo trágicamente y llegará a gran parte de la Iglesia en Occidente”.
En lo que respecta a la represión estatal de la religión, Ashenden tiene experiencia de primera mano.
En 1980, a la edad de 26 años, se convirtió en clérigo anglicano. A partir de entonces, durante 10 años, trabajó en varias parroquias de Londres. Al mismo tiempo, sin embargo, se dedicó al contrabando de Biblias y medicamentos hacia la antigua Unión Soviética.
En 1982 fue detenido por estas actividades. Interrogado posteriormente por el KGB, fue finalmente liberado. Por lo tanto, más que la mayoría de la gente, es consciente de cómo las cosas pueden cambiar dramática, rápida y negativamente en una nación. Por eso se pregunta si es sólo cuestión de tiempo que una nueva persecución se abata sobre los creyentes en Occidente. Esta sensación de que queda poco tiempo para prepararse para dicha persecución es lo que le motiva a actuar ahora.
Para ello, desde que se hizo católico, Ashenden ha estado activo en lo que sólo puede describirse como un “apostolado mediático”. Explica que este apostolado se ha desarrollado “lenta y constantemente”, pero que ahora se está acelerando a diario. Por ejemplo, su reciente comentario en YouTube sobre Jordan Peterson ha tenido, hasta ahora, más de 75,000 visitas.
“El COVID”, dice, “nos ha dado nuevas oportunidades para ser más imaginativos y responsables en el uso de los medios sociales para llegar a perforar la ignorancia del consumismo secular con el amor de Cristo y el poder redentor de la Iglesia”.
Ashenden tampoco es ajeno a los medios de comunicación. De 2008 a 2012, presentó un programa de radio semanal para la BBC, titulado Fe y Ética. Tampoco le es ajeno el debate sobre la aparente aversión contemporánea a la religión organizada.
Durante un total de 23 años, de 1989 a 2012, trabajó como profesor titular y capellán universitario en la Universidad de Sussex, enseñando «Psicología de la Religión y Literatura» y convocando un programa de posgrado en misticismo monoteísta. En la actualidad parece idóneo para su nuevo apostolado en línea con quienes buscan la verdad. Y aunque reconoce claramente que muchos dudan en entrar en la Iglesia “por una gran variedad de razones”, sigue deseando “animar a la gente a que no se deje atrapar por imágenes del catolicismo que son engañosamente erróneas y a que, en cambio, lea los testimonios de tantos que han encontrado en la vuelta a casa de la Madre Iglesia un momento de rejuvenecimiento inolvidable y de clarificación del auténtico cristianismo”.
Mientras preparaba esta entrevista, Ashenden recibió el siguiente correo electrónico, que compartió con el Register: Querido Gavin,
Acabo de regresar de la reunión con el Padre Mark.
Estoy oficialmente en camino a Roma.
Dependiendo de algunas cosas, podría ser recibido a finales de este mes.
Gloria a Dios.
Y gracias también a ti, que reavivaste esa primera chispa.
Que Dios continúe bendiciéndote mientras bendices a otros a través de tu presencia en línea.
¿Ha recibido alguna noticia de palacio? “El pobre palacio no puede librarse de mí”, responde con buen humor. “Los medios de comunicación tienen la amabilidad de volver a recurrir a mí regularmente, como ‘ex’ capellán de la reina, para que haga comentarios”.
Nombrado capellán de la reina Isabel en 2008, ocupó el cargo hasta 2017, cuando dimitió después de que se leyera en la catedral de Glasgow de la Iglesia Episcopal Escocesa un pasaje del Corán que negaba la divinidad de Cristo. Ahora, 13 años después de su nombramiento como capellán real, Ashenden considera que la monarquía británica está a punto de “enfrentarse a un problema muy serio para decidir qué ocurrirá tras la muerte de la reina y el consiguiente servicio de coronación de Carlos [cuando] sea desafiada por voces seculares e islámicas que querrán hacer que el concepto de monarquía sea menos exclusivamente cristiano.”
Después de un año tan tumultuoso como nuevo católico, uno se pregunta qué esperanzas alimenta Gavin Ashenden para los próximos 12 meses.
“Mis esperanzas personales son que continúe mi apostolado de misión y reconciliación”, dice. Y para la Iglesia en general, espera que haya “una clarificación de la visión para que seamos capaces de llegar con una energía más urgente, un enfoque más claro y un compromiso más profundo a aquellos en nuestra cultura que conocen muy poco todavía de la Buena Nueva de la salvación”.
Fuente: National Catholic Register/K.V. Turley

Sacerdote amenazado de muerte

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Dijo que el comunismo es enemigo de la Iglesia

Por WALTER SÁNCHEZ SILVA– ACI Prensa.
Desconocidos amenazaron de muerte al Padre Omar Sánchez Portillo, secretario general de Cáritas Lurín y conocido por su amplia labor solidaria a favor de miles de personas necesitadas en Perú, luego de haber criticado al comunismo en una homilía.
El 23 de mayo el sacerdote recordó en una Misa que el comunismo es enemigo de la Iglesia y que varios beatos peruanos fueron asesinados por el grupo terrorista Sendero Luminoso, que se declara marxista, leninista y maoísta. El sábado el Papa Francisco aprobó la beatificación de la religiosa María Agustina Rivas López, “Aguchita”, asesinada en 1990 también por los senderistas.
El Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso, calificado como uno de los más sanguinarios grupos terroristas, apareció en 1980 y causó decenas de miles de muertes en todo el país.
El sacerdote hizo esta precisión sobre el comunismo a dos semanas de la segunda vuelta electoral para elegir al nuevo presidente del Perú. Los candidatos son Pedro Castillo, del partido comunista Perú Libre; y Keiko Fujimori, de Fuerza Popular. La votación será el 6 de junio.
En una publicación en su cuenta de Facebook tras haber recibido las amenazas, el Padre Omar Sánchez precisó que ha “hablado con la verdad y solo he enseñado con claridad lo que enseña la Santa Madre Iglesia. Salvo que alguien me demuestre lo contrario”.
“A los que me amenazan de muerte, me insultan, me ofenden, me difaman, y engañan y mienten sobre mí, los amo en Cristo Jesús y los perdono. Rezo por ustedes”, agregó el sacerdote.
En declaraciones a ACI Prensa este 26 de mayo, el Padre Omar Sánchez dijo que “la gente piensa que las amenazas vienen del lado de Pedro Castillo pero no son de ellos. Han sido llamadas después del sermón del domingo”.
El Padre Omar dijo a ACI Prensa que “me llamaron tres personas diferentes amenazando con que me iban a matar. ‘Te vamos a perseguir por apoyar a Keiko, te vamos a perseguir’, me dijeron”.
“Puede ser cualquier persona. No sé de dónde vienen las amenazas. He llamado a los teléfonos al día siguiente y están siempre apagados. También hubo insultos en Facebook, ya sabes cómo son las redes”, agregó.
El sacerdote dijo que pese a las amenazas está tranquilo y sigue realizando sus labores normalmente.
“No van a paralizar mi vida. Me he reunido con mi obispo y he sentido su respaldo. Eso me da tranquilidad. No le daría más importancia a las amenazas”, comentó el Padre Omar.
Finalmente el sacerdote explicó que está “súper tranquilo. Mi vida continúa. Ahora voy a un lugar donde se cayó una capilla que era frágil para ver cómo la levantamos de nuevo”.

G. K. Chesterton

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G.K Chesterton, Londres, 29 de mayo de 1874– Beaconsfield, 14 de junio de 1936.

Más conocido como G. K. Chesterton, fue un escritor y periodista británico de inicios del siglo XX. Cultivó, entre otros géneros, el ensayo, la narración, la biografía, la lírica, el periodismo y el libro de viajes.
Chesterton escribe desde una perspectiva cristiana: para él, el cristianismo es como la llave que permite abrir la cerradura del misterio de la vida, porque hace encajar las distintas piezas (Autobiografía). Los dogmas no son una jaula, sino que marcan un camino hacia la verdad y la plenitud; de hecho, todos tenemos dogmas, más o menos inconscientes, que es otra de sus tesis recurrentes. Sus argumentos nunca son teológicos, sino basados en la razón, la experiencia y la historia, y en defensa de la sensatez –en inglés sanity– ante el alocado mundo moderno, al que sin embargo amaba, implicándose profundamente en su transformación a través de sus escritos y sus empresas periodísticas, como el GK’s Weekly.
El punto de partida de Chesterton es el asombro por la existencia, pues podríamos no ser. Hay un mundo real ahí fuera que –a pesar de sus contradicciones– es esencialmente bueno y hermoso, y por tanto hay que estar alegres y llenos de agradecimiento.
Pequeñas pinceladas de su vida.
Educado en una familia anglicana pasó por épocas en las que se interesa por el espiritismo o el ocultismo. Cómo otros conversos en su camino de búsqueda de la verdad explora campos que llaman su atención.
En su juventud se volvió agnóstico «militante». En 1901 contrajo matrimonio con Frances Blogg, anglicana practicante, quien ayudó en un principio a que G. K. se acercara al cristianismo. La inquietud de Chesterton se puede ver claramente en el siguiente artículo: «No puedes evadir el tema de Dios, siendo que hables sobre cerdos, o sobre la teoría binominal estás, todavía, hablando sobre Él. Ahora, si el cristianismo es… un fragmento de metafísica sin sentido inventado por unas pocas personas, entonces, por supuesto, defenderlo será simplemente hablar de metafísica sin sentido una y otra vez. Pero si el cristianismo resultara ser verdadero, entonces, defenderlo podría significar hablar sobre cualquier cosa, o sobre todas las cosas. Hay cosas que pueden ser irrelevantes para la proposición sobre que el cristianismo es falso, pero ninguna cosa puede ser irrelevante para la proposición sobre que el cristianismo es verdadero».
Luego, con el pasar de los años se acercó cada vez más al Cristianismo. Volvió a la religión de su infancia, al anglicanismo. A la idea del superhombre planteada por Nietzsche y seguida por Shaw y Wells respondió con un ensayo titulado ¿Por qué creo en el Cristianismo?: Si un hombre se nos acerca (como muchos se nos acercarán muy pronto) a decir, «Yo soy una nueva especie de hombre. Yo soy el superhombre. He abandonado la piedad y la justicia»; nosotros debemos contestar: «Sin duda tú eres nuevo, pero no estás cerca de ser un hombre perfecto, porque él ya ha estado en la mente de Dios. Nosotros hemos caído con Adán y nosotros ascenderemos con Cristo, pero preferimos caer con Satán, que ascender contigo».
Cada vez se adentraba más y más en el estudio y lectura de los escritos de los Padres de la Iglesia.
Contacto con otros conversos.
Durante el año 1921 Chesterton no publicó ningún libro, pero sí se dedicó mucho al periódico “The New Witness”. Durante esa época mantuvo una constante correspondencia con Maurice Baring, el Padre John O’Connor y el Padre Ronald Knox, quienes lo ayudaron mucho a ir cambiando su pensamiento y sus creencias hacia la fe que ellos, todos conversos a su vez al catolicismo, profesaban.
Y terminó por convertirse a la Iglesia católica, en la cual ingresó en 1922.
En su búsqueda de la verdad se toparía con diversos obstáculos, pero siempre iría con una mentalidad abierta y no se detendría ante estos muros a no ser que estuviera convencido de que debía derribarlos para poder continuar con su búsqueda:
Siempre antes de romper un muro, hay que preguntarse por qué lo han construido en primer lugar.
Sobre las críticas al conservadurismo de la Iglesia católica Chesterton diría que no quiere una Iglesia que se adapte a los tiempos, ya que el ser humano sigue siendo el mismo y necesita que lo guíen: Nosotros realmente no queremos una religión que tenga razón cuando nosotros tenemos razón. Lo que nosotros queremos es una religión que tenga razón cuando nosotros estamos equivocados…
La Iglesia católica y la conversión
En un ensayo titulado «¿Por qué soy católico?» se refiere a la Iglesia Católica de la siguiente forma: No hay ningún otro caso de una continua institución inteligente que haya estado pensando sobre pensar durante dos mil años. Su experiencia naturalmente cubre casi todas las experiencias, y especialmente casi todos los errores. El resultado es un mapa en el que todos los callejones ciegos y malos caminos están claramente marcados, todos los caminos que han demostrado no valer la pena por la mejor de las evidencias; la evidencia de aquellos que los han recorrido.
El influjo católico lo recibió por diferentes partes. Sir James Gunn pintó un cuadro en el que aparecen Chesterton, Hilaire Belloc y Maurice Baring (los tres amigos que comparten la mesa y también la filosofía y las creencias), al que tituló «The Conversation Piece» (La Pieza de Conversación).
La mayor influencia se dio a través de un párroco llamado John O’Connor, en quien Chesterton se apoyó. Decía Chesterton que sabía que la Iglesia Romana tenía un conocimiento superior respecto del bien, pero jamás pensó que tuviera ese conocimiento respecto del mal, y fue el Padre O’Connor quien, en las largas caminatas que realizaban juntos, le demostró que él conocía el bien tal cual como G.K. suponía, pero que además conocía la maldad, y estaba muy enterado de ella, principalmente gracias al Sacramento de la Penitencia, ya que allí escuchaba tanto cosas buenas cuanto cosas malas.
Siguiendo con la metáfora del mapa, plantea que la Iglesia católica lleva una especie de mapa de la mente que se parece mucho a un mapa de un laberinto, pero que de hecho es una guía para el laberinto. Ha sido compilada por el conocimiento, que incluso considerándolo como conocimiento humano, no tiene ningún paralelo humano.
La conversión de Chesterton al catolicismo causó un revuelo semejante al que provocó la del cardenal John Henry Newman o la de Ronald Knox.
Fuente: Solinet.

La cruz azul

Bajo la cinta de plata de la mañana, y sobre el reflejo azul del mar, el bote llegó a la costa de Harwich y soltó, como enjambre de moscas, un montón de gente, entre la cual ni se distinguía ni deseaba hacerse notable el hombre cuyos pasos vamos a seguir.
No; nada en él era extraordinario, salvo el ligero contraste entre su alegre y festivo traje y la seriedad oficial que había en su rostro. Vestía un chaqué gris pálido, un chaleco, y llevaba sombrero de paja con una cinta casi azul. Su rostro, delgado, resultaba trigueño, y se prolongaba en una barba negra y corta que le daba un aire español y hacía echar de menos la gorguera isabelina. Fumaba un cigarrillo con parsimonia de hombre desocupado. Nada hacia presumir que aquel chaqué claro ocultaba una pistola cargada, que en aquel chaleco blanco iba una tarjeta de policía, que aquel sombrero de paja encubría una de las cabezas más potentes de Europa. Porque aquel hombre era nada menos que Valentín, jefe de la policía parisiense, y el más famoso investigador del mundo. Venía de Bruselas a Londres para hacer la captura más comentada del siglo.
Flambeau estaba en Inglaterra. La policía de tres países había seguido la pista al delincuente de Gante a Bruselas, y de Bruselas al Hoek van Holland. Y se sospechaba que trataría de disimularse en Londres, aprovechando el trastorno que por entonces causaba en aquella ciudad la celebración del Congreso Eucarístico. No sería difícil que adoptara, para viajar, el disfraz de eclesiástico menor, o persona relacionada con el Congreso. Pero Valentín no sabía nada a punto fijo. Sobre Flambeau nadie sabía nada a punto fijo.
Hace muchos años que este coloso del crimen desapareció súbitamente, tras de haber tenido al mundo en zozobra; y a su muerte, como a la muerte de Rolando, puede decirse que hubo una gran quietud en la tierra. Pero en sus mejores días -es decir, en sus peores días-, Flambeau era una figura tan estatuaria e internacional como el Káiser. Casi diariamente los periódicos de la mañana anunciaban que había logrado escapar a las consecuencias de un delito extraordinario, cometiendo otro peor.
Era un gascón de estatura gigantesca y gran acometividad física. Sobre sus rasgos de buen humor atlético se contaban las cosas más estupendas: un día cogió al juez de instrucción y lo puso de cabeza «para despejarle la cabeza». Otro día corrió por la calle de Rivoli con un policía bajo cada brazo. Y hay que hacerle justicia: esta fuerza casi fantástica sólo la empleaba en ocasiones como las descritas: aunque poco decentes, no sanguinarias.
Sus delitos eran siempre hurtos ingeniosos y de alta categoría. Pero cada uno de sus robos merecía historia aparte, y podría considerarse como una especie inédita del pecado. Fue él quien lanzó el negocio de la «Gran Compañía Tirolesa» de Londres, sin contar con una sola lechería, una sola vaca, un solo carro, una gota de leche, aunque sí con algunos miles de suscriptores. Y a éstos los servía por el sencillísimo procedimiento de acercar a sus puertas los botes que los lecheros dejaban junto a las puertas de los vecinos. Fue él quien mantuvo una estrecha y misteriosa correspondencia con una joven, cuyas cartas eran invariablemente interceptadas, valiéndose del procedimiento extraordinario de sacar fotografías infinitamente pequeñas de las cartas en los portaobjetos del microscopio. Pero la mayor parte de sus hazañas se distinguían por una sencillez abrumadora. Cuentan que una vez repintó, aprovechándose de la soledad de la noche, todos los números de una calle, con el solo fin de hacer caer en una trampa a un forastero.
No cabe duda que él es el inventor de un buzón portátil, que solía apostar en las bocacalles de los quietos suburbios, por si los transeúntes distraídos depositaban algún giro postal. Últimamente se había revelado como acróbata formidable; a pesar de su gigantesca mole, era capaz de saltar como un saltamontes y de esconderse en la copa de los árboles como un mono. Por todo lo cual el gran Valentín, cuando recibió la orden de buscar a Flambeau, comprendió muy bien que sus aventuras no acabarían en el momento de descubrirlo.
Y ¿cómo arreglárselas para descubrirlo? Sobre este punto las ideas del gran Valentín estaban todavía en embrión.
Algo había que Flambeau no podía ocultar, a des- pecho de todo su arte para disfrazarse, y este algo era su enorme estatura. Valentín estaba, pues, decidido, en cuanto cayera bajo su mirada vivaz alguna vendedora de frutas de desmedida talla, o un granadero corpulento, o una duquesa medianamente desproporcionada, a arrestarlos al punto. Pero en todo el tren no había topado con nadie que tuviera trazas de ser un Flambeau disimulado, a menos que los gatos pudieran ser jirafas disimuladas.
Respecto a los viajeros que venían en su mismo vagón, estaba completamente tranquilo. Y la gente que había subido al tren en Harwich o en otras estaciones no pasaba de seis pasajeros. Uno era un empleado del ferrocarril -pequeño él-, que se dirigía al punto terminal de la línea. Dos estaciones más allá habían recogido a tres verduleras lindas y pequeñitas, a una señora viuda -diminuta- que procedía de una pequeña ciudad de Essex, y a un sacerdote católico-romano -muy bajo también- que procedía de un pueblecito de Essex.
Al examinar, pues, al último viajero, Valentín renunció a descubrir a su hombre, y casi se echó a reír: el curita era la esencia misma de aquellos insulsos habitantes de la zona oriental; tenía una cara redonda y roma, como pudín de Norfolk; unos ojos tan vacíos como el mar del Norte, y traía varios paquetitos de papel de estraza que no acertaba a juntar. Sin duda el Congreso Eucarístico había sacado de su estancamiento local a muchas criaturas semejantes, tan ciegas e ineptas como topos desenterrados. Valentín era un escéptico del más severo estilo francés, y no sentía amor por el sacerdocio. Pero sí podía sentir compasión, y aquel triste cura bien podía provocar lástima en cualquier alma. Llevaba una sombrilla enorme, usada ya, que a cada rato se le caía. Al parecer, no podía distinguir entre los dos extremos de su billete cuál era el de ida y cuál el de vuelta. A todo el mundo le contaba, con una monstruosa candidez, que tenía que andar con mucho cuidado, porque entre sus paquetes de papel traía alguna cosa de legítima plata con unas piedras azules. Esta curiosa mezcolanza de vulgaridad -condición de Essex- y santa simplicidad divirtieron mucho al francés, hasta la estación de Stratford, donde el cura logró bajarse, quién sabe cómo, con todos sus paquetes a cuestas, aunque todavía tuvo que regresar por su sombrilla. Cuando le vio volver, Valentín, en un rapto de buena intención, le aconsejó que, en adelante, no le anduviera contando a todo el mundo lo del objeto de plata que traía. Pero Valentín, cuando hablaba con cualquiera, parecía estar tratando de descubrir a otro; a todos, ricos y pobres, machos o hembras, los consideraba atentamente, calculando si medirían los seis pies, porque el hombre a quien buscaba tenía seis pies y cuatro pulgadas:
Apeóse en la calle de Liverpool, enteramente seguro de que, hasta allí, el criminal no se le había escapado. Se dirigió a Scotland Yard -la oficina de policía- para regularizar su situación y prepararse los auxilios necesarios, por si se daba el caso; después encendió otro cigarrillo y se echó a pasear por las calles de Londres. Al pasar la plaza de Victoria se detuvo de pronto. Era una plaza elegante, tranquila, muy típica de Londres, llena de accidental quietud. Las casas, grandes y espaciosas, que la rodeaban, tenían aire, a la vez, de riqueza y de soledad; el pradito verde que había en el centro parecía tan desierto como una verde isla del Pacífico. De las cuatro calles que circundaban la plaza, una era mucho más alta que las otras, como para formar un estrado, y esta calle estaba rota por uno de esos admirables disparates de Londres: un restaurante, que parecía extraviado en aquel sitio y venido del barrio de Soho. Era un objeto absurdo y atractivo, lleno de tiestos con plantas enanas y visillos listados de blanco y amarillo limón. Aparecía en lo alto de la calle, y, según los modos de construir habituales en Londres, un vuelo de escalones subía de la calle hacia la puerta principal, casi a manera de escala de salvamento sobre la ventana de un primer piso. Valentín se detuvo, fumando, frente a los visillos listados, y se quedó un rato contemplándolos.
Lo más increíble de los milagros está en que acontezcan. A veces se juntan las nubes del cielo para figurar el extraño contorno de un ojo humano; a veces, en el fondo de un paisaje equívoco, un árbol asume la elaborada figura de un signo de interrogación. Yo mismo he visto estas cosas hace pocos días. Nelson muere en el instante de la victoria, y un hombre llamado Williams da la casualidad de que asesina un día a otro llamado Williamson; ¡una especie de infanticidio! En suma, la vida posee cierto elemento de coincidencia fantástica, que la gente, acostumbrada a contar sólo con lo prosaico, nunca percibe. Como lo expresa muy bien la paradoja de Poe, la prudencia debiera contar siempre con lo imprevisto.
Arístides Valentín era profundamente francés, y la inteligencia francesa es, especial y únicamente, inteligencia. Valentín no era «máquina pensante» insensata frase, hija del fatalismo y el materialismo modernos. La máquina solamente es máquina, por cuanto no puede pensar. Pero él era un hombre pensante y, al mismo tiempo, un hombre claro. Todos sus éxitos, tan admirables que parecían cosa de magia, se debían a la lógica, a esa ideación francesa clara y llena de buen sentido. Los franceses electrizan al mundo, no lanzando una paradoja, sino realizando una evidencia. Y la realizan al extremo que puede verse por la Revolución Francesa. Pero, por lo mismo que Valentín entendía el uso de la razón, Palpaba sus limitaciones. Sólo el ignorante en motorismo puede hablar de motores sin petróleo; sólo el ignorante en cosas de la razón puede creer que se razone sin sólidos e indisputables primeros principios. Y en el caso no había sólidos primeros principios. A Flambeau le habían perdido la pista en Harwich, y si estaba en Londres podría encontrársele en toda la escala que va desde un gigantesco trampista, que recorre los arrabales de Wimbledon, hasta un gigantesco toastmaster* en algún banquete del «Hotel Métropole». Cuando sólo con- taba con noticias tan vagas, Valentín solía tomar un camino y un método que le eran propios.
*El que dirige los brindis.
En casos cómo éste, Valentín se fiaba de lo imprevisto. En casos como éste, cuando no era posible seguir un proceso racional, seguía, fría y cuidadosamente, el proceso de lo irracional. En vez de ir a los lugares más indicados -bancos, puestos de policía, sitios de reunión-, Valentín asistía sistemáticamente a los menos indicados: llamaba a las casas vacías, se metía por las calles cerradas, recorría todas las callejas bloqueadas de escombros, se dejaba ir por todas las transversales que le alejaran inútilmente de las arterias céntricas. Y defendía muy lógicamente este procedimiento absurdo. Decía que, a tener algún vislumbre, nada hubiera sido peor que aquello; pero, a falta de toda noticia, aquello era lo mejor, porque había al menos probabilidades de que la misma extravagancia que había llamado la atención del perseguidor hubiera impresionado antes al perseguido. El hombre tiene que empezar sus investigaciones por algún sitio, y lo mejor era empezar donde otro hombre pudo detenerse. El aspecto de aquella escalinata, la misma quietud y curiosidad del restaurante, todo aquello conmovió la romántica imaginación del policía y le sugirió la idea de probar fortuna. Subió las gradas y, sentándose en una mesa junto a la ventana, pidió una taza de café solo.
Aún no había almorzado. Sobre la mesa, las ligeras angarillas que habían servido para otro desayuno le recordaron su apetito; pidió, además, un huevo escalfado, y procedió, pensativo, a endulzar su café, sin olvidar un punto a Flambeau. Pensaba cómo Flambeau había escapado en una ocasión gracias a un incendio; otra vez, con pretexto de pagar por una carta falta de franqueo, y otra, poniendo a unos a ver por el telescopio un cometa que iba a destruir el mundo. Y Valentín se decía -con razón- que su cerebro de detective y el del criminal eran igualmente poderosos. Pero también se daba cuenta de su propia desventaja: el criminal -pensaba sonriendo- es el artista creador, mientras que el detective es sólo el crítico. Y levantó lentamente su taza de café hasta los labios…, pero la separó al instante: le había puesto sal en vez de azúcar.
Examinó el objeto en que le habían servido la sal; era un azucarero, tan inequívocamente destinado al azúcar como lo está la botella de champaña para el champaña. No entendía cómo habían podido servirle sal. Buscó por allí algún azucarero ortodoxo…; sí, allí había dos saleros llenos. Tal vez reservaban alguna sorpresa. Probó el contenido de los saleros, era azúcar. Entonces extendió la vista en derredor con aire de interés, buscando algunas huellas de aquel singular gusto artístico que llevaba a poner el azúcar en los saleros y la sal en los azucareros. Salvo un manchón de líquido oscuro, derramado sobre una de las paredes, empapeladas de blanco, todo lo demás aparecía limpio, agradable, normal. Llamó al timbre. Cuando el camarero acudió presuroso, despeinado y algo torpe todavía a aquella hora de la mañana, el detective -que no carecía de gusto por las bromas sencillas- le pidió que probara el azúcar y dijera si aquello estaba a la altura de la reputación de la casa. El resultado fue que el camarero bostezó y acabó de despertarse.
—¿Y todas las mañanas gastan ustedes a sus clientes estas bromitas? -preguntó Valentín-. ¿No les resulta nunca cansada la bromita de trocar la sal y el azúcar?
El camarero, cuando acabó de entender la ironía, le aseguró tartamudeante, que no era tal la intención del establecimiento, que aquello era una equivocación inexplicable. Cogió el azucarero y lo contempló, y lo mismo hizo con el salero, manifestando un creciente asombro. Al fin, pidió excusas precipitadamente, se alejó corriendo, y volvió pocos segundos después acompañado del propietario. El propietario examinó también los dos recipientes, y también se manifestó muy asombrado.
De pronto, el camarero soltó un chorro inarticulado de palabras.
—Yo creo -dijo tartamudeando- que fueron esos dos sacerdotes.
—¿Qué sacerdotes?
—Ésos que arrojaron la sopa a la pared -dijo.
—¿Qué arrojaron la sopa a la pared? -preguntó Valentín, figurándose que aquella era alguna singular metáfora italiana.
—Sí, sí -dijo el criado con mucha animación, señalando la mancha oscura que se veía sobre el papel blanco-; la arrojaron allí, a la pared.
Valentín miró, con aire de curiosidad al propietario. Éste satisfizo su curiosidad con el siguiente relato:
—Sí, caballero, así es la verdad, aunque no creo que tenga ninguna relación con esto de la sal y el azúcar. Dos sacerdotes vinieron muy temprano y pidieron una sopa, en cuanto abrimos la casa. Parecían gente muy tranquila y respetable. Uno de ellos pagó la cuenta y salió. El otro, que era más pausado en sus movimientos, estuvo algunos minutos recogiendo sus cosas, y al cabo salió también. Pero antes de hacerlo tomó deliberadamente la taza (no se la había bebido toda), y arrojó la sopa a la pared. El camarero y yo estábamos en el interior; así apenas pudimos llegar a tiempo para ver la mancha en el muro y el salón ya completamente desierto. No es un daño muy grande, pero es una gran desvergüenza. Aunque quise alcanzar a los dos hombres, ya iban muy lejos. Sólo pude advertir que doblaban la esquina de la calle de Carstairs.
El policía se había levantado, puesto el sombrero y empuñado el bastón. En la completa oscuridad en que se movía, estaba decidido a seguir el único indicio anormal que se le ofrecía; y el caso era, en efecto, bastante anormal. Pagó, cerró de golpe tras de sí la puerta de cristales y pronto había doblado también la esquina de la calle.
Por fortuna, aun en los instantes de mayor fiebre conservaba alerta los ojos. Algo le llamó la atención frente a una tienda, y al punto retrocedió unos pasos para observarlo. La tienda era un almacén popular de comestibles y frutas, y al aire libre estaban expuestos algunos artículos con sus nombres y precios, entre los cuales se destacaban un montón de naranjas y un montón de nueces. Sobre el montón de nueces había un tarjetón que ponía, con letras azules: «Naranjas finas de Tánger, dos por un penique» Y sobre las naranjas, una inscripción semejante e igualmente exacta, decía: «Nueces finas del Brasil, a cuatro la libra». Valentín, considerando los dos tarjetones, pensó que aquella forma de humorismo no le era desconocida, por su experiencia de hacía poco rato. Llamó la atención del frutero sobre el caso. El frutero, con su carota bermeja y su aire estúpido, miró a uno y otro lado de la calle como preguntándose la causa de aquella confusión. Y, sin decir nada, colocó cada letrero en su sitio. El policía, apoyado con elegancia en su bastón, siguió examinando la tienda. Al fin exclamó:
—Perdone usted, señor mío, mi indiscreción: quisiera hacerle a usted una pregunta referente a la psicología experimental y a la asociación de ideas.
El caribermejo comerciante le miró de un modo amenazador. El detective, blandiendo el bastoncillo en el aire, continuó alegremente:
—¿Qué hay de común entre dos anuncios mal colocados en una frutería y el sombrero de teja de alguien que ha venido a pasar a Londres un día de fiesta? O, para ser más claro: ¿qué relación mística existe entre estas nueces, anunciadas como naranjas, y la idea de dos clérigos, uno muy alto y otro muy pequeño?
Los ojos del tendero parecieron salírsele de la cabeza, como los de un caracol. Por un instante se dijera que se iba a arrojar sobre el extranjero. Y, al fin, exclamó, iracundo:
—No sé lo que tendrá usted que ver con ellos, pero si son amigos de usted, dígales de mi parte que les voy a estrellar la cabeza, aunque sean párrocos, como vuelvan a tumbarme mis manzanas.
—¿De veras? -preguntó el detective con mucho interés-. ¿Le tumbaron a usted las manzanas?
—Como que uno de ellos -repuso el enfurecido frutero- las echó a rodar por la calle le buena gana le hubiera yo cogido, pero tuve que entretenerme en arreglar otra vez el montón.
—Y ¿hacia dónde se encaminaron los párrocos?
—Por la segunda calle, a mano izquierda y después cruzaron la plaza.
—Gracias -dijo Valentín, y desapareció como por encanto.
A las dos calles se encontró con un guardia, y le dijo:
—Oiga usted, guardia, un asunto urgente: ¿Ha visto usted pasar a dos clérigos con sombrero de teja?
El guardia trató de recordar.
—Sí, señor, los he visto. Por cierto que uno de ellos me pareció ebrio: estaba en mitad de la calle como atontado…
—¿Por qué calle tomaron? -le interrumpió Valentín.
—Tomaron uno de aquellos autobús amarillos que van a Hampstead.
Valentín exhibió su tarjeta oficial y dijo precipitadamente:
—Llame usted a dos de los suyos, que vengan con- migo en persecución de esos hombres.
Y cruzó la calle con una energía tan contagiosa que el pesado guardia se echó a andar también con una obediente agilidad. Antes de dos minutos, un inspector y un hombre en traje de paisano se reunieron al detective francés.
—¿Qué se le ofrece, caballero? -comenzó el inspector, con una sonrisa de importancia. Valentín señaló con el bastón.
—Ya se lo diré a usted cuando estemos en aquel autobús -contestó, escurriéndose y abriéndose paso por entre el tráfago de la calle. Cuando los tres, jadeantes, se encontraron en la imperial del amarillo vehículo, el inspector dijo:
—Iríamos cuatro veces más de prisa en un taxi.
—Es verdad -le contestó el jefe plácidamente-, siempre que supiéramos adónde íbamos.
—Pues, ¿adónde quiere usted que vayamos? -le replicó el otro, asombrado.
Valentín, con aire ceñudo, continuó fumando en silencio unos segundos, y después, apartando el cigarrillo, dijo:
—Si usted sabe lo que va a hacer un hombre, adelántesele. Pero si usted quiere descubrir lo que hace, vaya detrás de él. Extravíese donde él se extravíe, deténgase cuando él se detenga, y viaje tan lentamente como él. Entonces verá usted lo mismo que ha visto él y podrá usted adivinar sus acciones y obrar en consecuencia. Lo único que podemos hacer es llevar la mirada alerta para descubrir cualquier objeto extravagante.
—¿Qué clase de objeto extravagante?
—Cualquiera -contestó Valentín, y se hundió en un obstinado mutismo.
El autobús amarillo recorría las carreteras del Norte. El tiempo transcurría, inacabable. El gran detective no podía dar más explicaciones, y acaso sus ayudantes empezaban a sentir una creciente y silenciosa desconfianza. Acaso también empezaban a experimentar un apetito creciente y silencioso, porque la hora del almuerzo ya había pasado, y las inmensas carreteras de los suburbios parecían alargarse cada vez más, como las piezas de un infernal telescopio. Era aquel uno de esos viajes en que el hombre no puede menos de sentir que se va acercando al término del universo, aunque a poco se da cuenta de que simple- mente ha llegado a la entrada del parque de Tufnell. Londres se deshacía ahora en miserables tabernas y en repelentes andrajos de ciudad, y más allá volvía a renacer en calles altas y deslumbrantes y hoteles opulentos. Parecía aquel un viaje a través de trece ciudades consecutivas. El crepúsculo invernal comenzaba ya a vislumbrarse -amenazador- frente a ellos; pero el detective parisiense seguía sentado sin hablar, mirando a todas partes, no perdiendo un rasgo de las calles que ante él se desarrollaban. Ya habían dejado atrás el barrio de Camden, y los policías iban medio dormidos. De pronto, Valentín se levantó y, poniendo una mano sobre el hombro de cada uno de sus ayudantes, dio orden de parar. Los ayudantes dieron un salto. Y bajaron por la escalerilla a la calle, sin saber con qué objeto los hablan hecho bajar. Miraron en torno, como tratando de averiguar la razón, y Valentín les señaló triunfalmente una ventana que había a la izquierda, en un café suntuoso lleno de adornos dorados. Aquel era el departamento reservado a las comidas de lujo. Había un letrero: Restaurante. La ventana, como todas las de la fachada, tenía una vidriera escarchada y ornamental. Pero en medio de la vidriera había una rotura grande, negra, como una estrella entre los hielos.
—¡Al fin!, hemos dado con un indicio -dijo Valentín, blandiendo el bastón-. Aquella vidriera rota…
—¿Qué vidriera? ¿Qué indicio? -preguntó el inspector-. ¿Qué prueba tenemos para suponer que eso sea obra de ellos?
Valentín casi rompió su bambú de rabia.
—¿Pues no pide prueba este hombre, Dios mío? -exclamó-. Claro que hay veinte probabilidades contra una. Pero, ¿qué otra cosa podemos hacer? ¿No ve usted que estamos en el caso de seguir la más nimia sospecha, o de renunciar e irnos a casa a dormir tranquilamente?
Empujó la puerta del café, seguido de sus ayudantes, y pronto se encontraron todos sentados ante un lunch tan tardío como anhelado. De tiempo en tiempo echaban una mirada a la vidriera rota. Pero no por eso veían más claro en el asunto.
Al pagar la cuenta, Valentín le dijo al camarero:
—Veo que se ha roto la vidriera, ¿eh?
—Sí, señor -dijo éste, muy preocupado con darle el cambio, y sin hacer mucho caso de Valentín.
Valentín, en silencio, añadió una propina considerable. Ante esto, el camarero se puso comunicativo:
—Sí, señor; una cosa increíble.
—¿De verdad? Cuéntenos usted cómo fue -dijo el detective, como sin darle mucha importancia.
—Verá usted: entraron dos curas, dos párrocos forasteros de ésos que andan ahora por aquí. Pidieron alguna cosilla de comer, comieron muy quietecitos, uno de ellos pagó y se salió. El otro iba a salir también, cuando yo advertí que me habían pagado el triple de lo debido. Oiga usted (le dije a mi hombre, que ya iba por la puerta), me han pagado ustedes más de la cuenta.» ¿Ah?», me contestó con mucha indiferencia. «Sí», le dije, y le enseñé la nota… Bueno, lo que pasó es inexplicable.
—¿Por qué?
—Porque yo hubiera jurado por la santísima Biblia que había escrito en la nota cuatro chelines, y me encontré ahora con la cifra de catorce chelines.
—¿Y después? -dijo Valentín lentamente, pero con los ojos llameantes.
—Después, el párroco que estaba en la puerta me dijo muy tranquilamente: «Lamento enredarle a usted sus cuentas; pero es que voy a pagar por la vidriera.» «¿Qué vidriera?» «La que ahora mismo voy a romper»; y descargó allí la sombrilla.
Los tres lanzaron una exclamación de asombro, y el inspector preguntó en voz baja: «¿Qué vidriera?» «La que ahora mismo voy a romper».
—¿Se trata de locos escapados?
El camarero continuó, complaciéndose manifiestamente en su extravagante relato:
—Me quedé tan espantado, que no supe qué hacer. El párroco se reunió al compañero y doblaron por aquella esquina. Y después se dirigieron tan de prisa hacia la calle de Bullock, que no pude darles alcance, aunque eché a correr tras ellos.
—¡A la calle de Bullock! —ordenó el detective.
Y salieron disparados hacia allá, tan veloces como sus perseguidos. Ahora se encontraron entre callecitas enladrilladas que tenían aspecto de túneles; callecitas oscuras que parecían formadas por la espalda de todos los edificios. La niebla comenzaba a envolverlos, y aun los policías londinenses se sentían extraviados por aquellos parajes. Pero el inspector tenía la seguridad de que saldrían por cualquier parte al parque de Hampstead. Súbitamente, una vidriera iluminada por luz de gas apareció en la oscuridad de la calle, como una linterna. Valentín se detuvo ante ella: era una confitería. Vaciló un instante y, al fin, entró hundiéndose entre los brillos y los alegres colores de la confitería. Con toda gravedad y mucha parsimonia compró hasta trece cigarrillos de chocolate. Estaba buscando el mejor medio para entablar un diálogo; pero no necesitó él comenzarlo.
Una señora de cara angulosa que le había despachado, sin prestar más que una atención mecánica al aspecto elegante del comprador, al ver destacarse en la puerta el uniforme azul del policía que le acompañaba, pareció volver en sí, y dijo: -Si vienen ustedes por el paquete, ya lo remití a su destino.
—¡El paquete! -repitió Valentín con curiosidad.
—El paquete que dejó ese señor, ese señor párroco.
—Por favor, señora —dijo entonces Valentín, dejando ver por primera vez su ansiedad—, por amor de Dios, díganos usted puntualmente de qué se trata.
La mujer, algo inquieta, explicó:
—Pues verá usted: esos señores estuvieron aquí hará una media hora, bebieron un poco de menta, charlaron y después se encaminaron al parque de Hampstead. Pero a poco uno de ellos volvió y me dijo:
«¿Me he dejado aquí un paquete?» Yo no encontré ninguno por más que busqué. «Bueno -me dijo él-, si luego aparece por ahí, tenga usted la bondad de enviarlo a estas señas». Y con la dirección, me dejó un chelín por la molestia. Y, en efecto, aunque yo es- taba segura de haber buscado bien, poco después me encontré con un paquetito de papel de estraza, y lo envié al sitio indicado. No me acuerdo bien adónde era: era por Westminster. Como parecía ser cosa de importancia, pensé que tal vez la policía había venido a buscarlo.
—Sí -dijo Valentín-, a eso vine. ¿Está cerca de aquí el parque de Hampstead?
—A unos quince minutos. Y por aquí saldrá usted derecho a la puerta del parque.
Valentín salió de la confitería precipitadamente, y echó a correr en aquella dirección; sus ayudantes le seguían con un trotecillo de mala gana.
La calle que recorrían era tan estrecha y oscura, que cuando salieron al aire libre se asombraron de ver que había todavía tanta luz. Una hermosa cúpula celeste, color verde pavo, se hundía entre fulgores dorados, donde resaltaban las masas oscuras de los árboles, ahogadas en lejanías violetas. El verde fulgurante era ya lo bastante oscuro para dejar ver, como unos puntitos de cristal, algunas estrellas. Todo lo que aún quedaba de la luz del día caía en reflejos dorados por los términos de Hampstead y aquellas cuestas que el pueblo gusta de frecuentar y reciben el nombre de Valle de la Salud. Los obreros, endominga- dos, aún no habían desaparecido; quedaban, ya borrosas en la media luz, unas cuantas parejas por los bancos, y aquí y allá, a lo lejos, una muchacha se mecía, gritando, en un columpio. En torno a la sublime vulgaridad del hombre, la gloria del cielo se iba haciendo cada vez más profunda y oscura. Y de arriba de la cuesta, Valentín se detuvo a contemplar el valle. Entre los grupitos negros que parecían irse deshaciendo a distancia, había uno, negro entre todos, que no parecía deshacerse: un grupito de dos figuras vestidas con hábitos clericales. Aunque estaban tan lejos que parecían insectos, Valentín pudo darse cuenta de que una de las dos figuras era más pequeña que la otra. Y aunque el otro hombre andaba algo inclinado, como hombre de estudio, y cual si tratara de no hacerse notar, a Valentín le pareció que bien medía seis pies de talla. Apretó los dientes y, cimbreando el bambú, se encaminó hacia aquel grupo con impaciencia. Cuando logró disminuir la distancia y agrandar las dos figuras negras cual con ayuda de microscopio, notó algo más, algo que le sorprendió mucho, aun- que, en cierto modo, ya lo esperaba. Fuera quien fuera el mayor de los dos, no cabía duda respecto a la identidad del menor: era su compañero del tren de Harwich, aquel cura pequeñín y regordete de Essex, a quien él había aconsejado no andar diciendo lo que traía en sus paquetitos de papel de estraza.
Hasta aquí todo se presentaba muy racionalmente. Valentín había logrado averiguar aquella mañana que un tal padre Brown, que venía de Essex, traía consigo una cruz de plata con zafiros, reliquia de considerable valor, para mostrarla a los sacerdotes extranjeros que venían al Congreso. Aquel era, sin duda, el objeto de plata con piedras azules, y el padre Brown, sin duda, era el propio y diminuto paleto que venía en el tren. No había nada de extraño en el hecho de que Flambeau tropezara con la misma extrañeza en que Valentín había reparado. Flambeau no perdía nada de cuanto pasaba junto a él. Y nada de extraño tenía el hecho de que, al oír hablar Flambeau de una cruz de zafiros, se le ocurriera robársela: aquello era lo más natural del mundo. Y de seguro que Flambeau se saldría con la suya, teniendo que habérselas con aquel pobre cordero de la sombrilla y los paquetitos. Era el tipo de hombre en quien todo el mundo puede hacer su voluntad, atarlo con una cuerda y llevárselo hasta el Polo Norte. No era de extrañar que un hombre como Flambeau, disfrazado de cura, hubiera logrado arrastrarlo hasta Hampstead Heath. La intención delictuosa era manifiesta. Y el detective compadecía al pobre curita desamparado, y casi desdeñaba a Flambeau por encarnizarse en víctimas tan indefensas. Pero cuando Valentín recorría la serie de hechos que le habían llevado al éxito de sus pesquisas, en vano se atormentaba tratando de descubrir en todo el proceso el menor ritmo de razón. ¿Qué tenía de común el robo de una cruz de plata y piedras azules con el hecho de arrojar la sopa a la pared? ¿Qué relación había entre esto y el llamar nueces a las naranjas, o el pagar de antemano los vidrios que se van a romper? Había llegado al término de la caza, pero no sabía por cuáles caminos. Cuando fracasaba -y pocas veces le sucedía- solía dar siempre con la clave del enigma, aunque perdiera al delincuente. Aquí había cogido al delincuente, pero la clave del enigma se le escapaba.
Las dos figuras se deslizaban como moscas sobre una colina verde. Aquellos hombres parecían enfrascados en animada charla y no darse cuenta de adónde iban; pero ello es que se encaminaban a lo más agreste y apartado del parque. Sus perseguidores tuvieron que adoptar las poco dignas actitudes de la caza al acecho, ocultarse tras los matojos y aun arrastrarse escondidos entre la hierba. Gracias a este desagradable procedimiento, los cazadores lograron acercarse a la presa lo bastante para oír el murmullo de la discusión; pero no lograban entender más que la palabra «razón», frecuentemente repetida en una voz chillona y casi infantil. Una vez, la presa se les perdió en una profundidad y tras un muro de espesura. Pasaron diez minutos de angustia antes de que lograran verlos de nuevo, y después reaparecieron los dos hombres sobre la cima de una loma que dominaba un anfiteatro, el cual a estas horas era un escenario desolado bajo las últimas claridades del sol. En aquel sitio ostensible, aunque agreste, había, debajo de un árbol, un banco de palo, desvencijado. Allí se sentaron los dos curas, siempre discutiendo con mucha animación. Todavía el suntuoso verde y oro era perceptible hacia el horizonte; pero ya la cúpula celeste había pasado del verde pavo al azul pavo, y las estrellas se destacaban más y más como joyas sólidas. Por señas, Valentín indicó a sus ayudantes que procuraran acercarse por detrás del árbol sin hacer ruido. Allí lograron, por primera vez, oír las palabras de aquellos extraños clérigos.
Tras de haber escuchado unos dos minutos, se apoderó de Valentín una duda atroz: ¿Si habría arrastrado a los dos policías ingleses hasta aquellos nocturnos campos para una empresa tan loca como sería la de buscar higos entre los cardos? Porque aquellos dos sacerdotes hablaban realmente como verdaderos sacerdotes, piadosamente, con erudición y compostura, de los más abstrusos enigmas teológicos. El curita de Essex hablaba con la mayor sencillez, de cara hacia las nacientes estrellas. El otro inclinaba la cabeza, como si fuera indigno de contemplarlas. Pero no hubiera sido posible encontrar una charla más clerical e ingenua en ningún blanco claustro de Italia o en ninguna negra catedral española.
Lo primero que oyó fue el final de una frase del padre Brown que decía: «…que era lo que en la Edad Media significaban con aquello de los cielos incorruptibles».
El sacerdote alto movió la cabeza y repuso: -¡Ah, sí. Los modernos infieles apelan a su razón! Pero, ¿quién puede contemplar estos millones de mundos sin sentir que hay todavía universos maravillosos donde tal vez nuestra razón resulte irracional?
—No -dijo el otro-. La razón siempre es racional, aun en el limbo, aun en el último extremo de las cosas. Ya sé que la gente acusa a la Iglesia de rebajar la razón; pero es al contrario. La Iglesia es la única que, en la tierra, hace de la razón un objeto supremo; la única que afirma que Dios mismo está sujeto por la razón.
El otro levantó la austera cabeza hacia el cielo estrellado, e insistió:
—Sin embargo, ¿quién sabe si en este infinito universo…?
—Infinito sólo físicamente -dijo el curita agitándose en el asiento-, pero no infinito en el sentido de que pueda escapar a las leyes de la verdad.
Valentín, tras del árbol, crispaba los puños con muda desesperación. Ya le parecía oír las burlas de los policías ingleses a quienes había arrastrado en tan loca persecución, sólo para hacerles asistir al chismorreo metafísico de los dos viejos y amables párrocos. En su impaciencia, no oyó la elaborada respuesta del cura gigantesco, y cuando pudo oír otra vez el padre Brown estaba diciendo:
—La razón y la justicia imperan hasta en la estrella más solitaria y más remota: mire usted esas estrellas. ¿No es verdad que parecen como diamantes y zafiros? Imagínese usted la geología, la botánica más fantástica que se le ocurra; piense usted que allí hay bosques de diamantes con hojas de brillantes; imagínese usted que la luna es azul, que es un zafiro elefantino. Pero no se imagine usted que esta astronomía frenética pueda afectar a los principios de la razón y de la justicia. En llanuras de ópalo, como en escolleros de perlas, siempre se encontrará usted con la sentencia: «No robarás.»
Valentín estaba para cesar en aquella actitud violenta y alejarse sigilosamente, confesando aquel gran fracaso de su vida; pero el silencio del sacerdote gigantesco le impresionó de un modo que quiso esperar su respuesta. Cuando éste se decidió, por fin, a hablar dijo simplemente, inclinando la cabeza y apoyando las manos en las rodillas:
—Bueno; yo creo, con todo, que ha de haber otros mundos superiores a la razón humana. Impenetrable es el misterio del cielo, y ante él humillo mi frente.
Y después, siempre en la misma actitud, y sin cambiar de tono de voz, añadió:
—Vamos, deme usted ahora mismo la cruz de zafiros que trae. Estamos solos y puedo destrozarle a usted como a un muñeco.
Aquella voz y aquella actitud inmutables chocaban violentamente con el cambio del asunto. El guardián de la reliquia apenas volvió la cabeza. Parecía seguir contemplando las estrellas. Tal vez, no entendió. Tal vez entendió, pero el terror le había paralizado.
—Sí -dijo el sacerdote gigantesco sin inmutarse-, sí, yo soy Flambeau.
Y, tras una pausa, añadió: -Vamos, ¿quiere usted darme la cruz?
—No -dijo el otro; y aquel monosílabo tuvo una extraña sonoridad.
Flambeau depuso entonces sus pretensiones pontificales. El gran ladrón se retrepó en el respaldo del banco y soltó la risa.
—No -dijo-, no quiere usted dármela, orgulloso prelado. No quiere usted dármela, célibe borrico.
«Estamos solos y puedo destrozarle a usted como a un muñeco».
¿Quiere usted que le diga por qué? Pues porque ya la tengo en el bolsillo del pecho.
El hombrecillo de Essex volvió hacia él, en la penumbra una cara que debió de reflejar el asombro, y con la tímida sinceridad del «Secretario Privado», exclamó: -Pero, ¿está usted seguro? Flambeau aulló con deleite:
—Verdaderamente -dijo- es usted tan divertido como una farsa en tres actos. Sí, hombre de Dios, estoy enteramente seguro. He tenido la buena idea de hacer una falsificación del paquete, y ahora, amigo mío, usted se ha quedado con el duplicado y yo con la alhaja. Una estratagema muy antigua, padre Brown, muy antigua.
—Sí -dijo el padre Brown alisándose los cabellos con el mismo aire distraído-, ya he oído hablar de ella.
El coloso del crimen se inclinó entonces hacia el rústico sacerdote con un interés repentino.
—¿Usted ha oído hablar de ella? ¿Dónde?
—Bueno -dijo el hombrecillo con mucha candidez-. Ya comprenderá usted que no voy a decirle el nombre. Se trata de un penitente, un hijo de confesión. ¿Sabe usted? Había logrado vivir durante veinte años con gran comodidad gracias al sistema de falsificar los paquetes de papel de estraza. Y así, cuando comencé a sospechar de usted, me acordé al punto de los procedimientos de aquel pobre hombre.
—¿Sospechar de mí? -repitió el delincuente con curiosidad cada vez mayor-. ¿Tal vez tuvo usted la perspicacia de sospechar cuando vio usted que yo le conducía a estas soledades?
—No, no -dijo Brown, como quien pide excusas-. No, verá usted: yo comencé a sospechar de usted en el momento en que por primera vez nos encontrarnos, debido al bulto que hace en su manga el brazalete de la cadena que suelen ustedes llevar.
—Pero, ¿cómo demonios ha oído usted hablar siquiera del brazalete?
—¡Qué quiere usted; nuestro pobre rebaño…! -dijo el padre Brown, arqueando las cejas con aire indiferente-. Cuando yo era cura de Hartlepool había allí tres con el brazalete… De modo que, habiendo desconfiado de usted desde el primer momento, como usted comprende, quise asegurarme de que la cruz quedaba a salvo de cualquier contratiempo. Y hasta creo que me he visto en el caso de vigilarle a usted, ¿sabe usted? Finalmente, vi que usted cambiaba los paquetes. Y entonces, vea usted, yo los volví a cambiar. Y después, dejé el verdadero por el camino.
—¿Qué lo dejó usted? —repitió Flambeau; y por la primera vez, el tono de su voz no fue ya triunfal.
—Vea usted cómo fue -continuó el curita con el mismo tono de voz-. Regresé a la confitería aquella y pregunté si me había dejado por ahí un paquete, y di ciertas señas para que lo remitieran si acaso aparecía después. Yo sabía que no me había dejado antes nada, pero cuando regresé a buscar lo dejé realmente. Así, en vez de correr tras de mí con el valioso paquete, lo han enviado a estas horas a casa de un amigo mío que vive en Westminster. -Y luego añadió, amargamente-: También esto lo aprendí de un pobre sujeto que había en Hartlepool. Tenía la costumbre de hacerlo con las maletas que robaba en las estaciones; ahora el pobre está en un monasterio. ¡Oh!, tiene uno que aprender muchas cosas, ¿sabe usted? -prosiguió sacudiendo la cabeza con el mismo aire del que pide excusas-. No puede uno menos de portarse como sacerdote. La gente viene a nosotros y nos lo cuenta todo.
Flambeau sacó de su bolsillo un paquete de papel de estraza y lo hizo pedazos. No contenía más que papeles y unas barritas de plomo. Saltó sobre sus pies revelando su gigantesca estatura, y gritó: -No le creo a usted. No puedo creer que un patán como usted sea capaz de eso. Yo creo que trae usted consigo la pieza, y si usted se resiste a dármela… ya ve usted, estamos solos, la tomaré por fuerza.
—No -dijo con naturalidad el padre Brown; y también se puso de pie-. No la tomará usted por fuerza. Primero, porque realmente no la llevo conmigo. Y segundo, porque no estamos solos.
Flambeau se quedó suspenso.
—Detrás de este árbol -dijo el padre Brown señalándolo- están dos forzudos policías, y con ellos el detective más notable que hay en la tierra. ¿Me pregunta usted que cómo vinieron? ¡Pues porque yo los atraje, naturalmente! ¿Qué cómo lo hice? Pues se lo contaré a usted si se empeña. ¡Por Dios! ¿No comprende usted que, trabajando entre la clase criminal, aprendemos muchísimas cosas? Desde luego, yo no estaba seguro de que usted fuera un delincuente, y nunca es conveniente hacer un escándalo contra un miembro de nuestra propia Iglesia. Así, procuré antes probarle a usted, para ver si, a la provocación se descubría usted de algún modo. Es de suponer que todo hombre hace algún aspaviento si se encuentra con que su café está salado; si no lo hace, es que tiene buenas razones para no llamar sobre sí la atención de la gente. Cambié, pues, la sal y el azúcar, y advertí que usted no protestaba. Todo hombre protesta si le cobran tres veces más de lo que debe. Y si se conforma con la cuenta exagerada, es que le importa pasar inadvertido. Yo alteré la nota, y usted la pagó sin decir palabra. Parecía que el mundo todo estuviera esperando que Flambeau, de un momento a otro, saltara como un tigre. Pero, por el contrario, se estuvo quieto, como si le hubieran amansado con un conjuro; la curiosidad más aguda le tenía como petrificado.
—Pues bien -continuó el padre Brown con pausada lucidez-, como usted no dejaba rastro a la policía, era necesario que alguien lo dejara, en su lugar. Y adondequiera que fuimos juntos, procuré hacer algo que diera motivo a que se hablara de nosotros para todo el resto del día. No causé daños muy graves por lo demás: una pared manchada, unas manzanas por el suelo, una vidriera rota… Pero, en todo caso, salvé la cruz, porque hay que salvar siempre la cruz. A esta hora está en Westminster. Yo hasta me maravillo de que no lo haya usted estorbado con el «silbido del asno».
—¿El qué? -preguntó Flambeau.
—Vamos, me alegro de que nunca haya usted oído hablar de eso -dijo el sacerdote con una muequecilla-. Es una atrocidad. Ya estaba yo seguro de que usted era demasiado bueno, en el fondo, para ser un «silbador». Yo no hubiera podido en tal caso contrarrestarlo, ni siquiera con el procedimiento de las «marcas»; no tengo bastante fuerza en las piernas:
—Pero, ¿de qué me está usted hablando? -preguntó el otro.
—Hombre, creí que conocía usted las «marcas» –dijo el padre Brown agradablemente sorprendido-. Ya veo que no está usted tan envilecido.
—Pero, ¿cómo diablos está usted al cabo de tan- tos horrores? -gritó Flambeau.
La sombra de una sonrisa cruzó por la cara redonda y sencillota del clérigo.
—¡Oh, probablemente a causa de ser un borrico célibe! -repuso-. ¿No se le ha ocurrido a usted pensar que un hombre que casi no hace más que oír los pecados de los demás no puede menos de ser un poco entendido en la materia? Además, debo confesarle a usted que otra condición de mi oficio me convenció de que usted no era un sacerdote.
—¿Y qué fue ello? -preguntó el ladrón, alelado.
—Que usted atacó la razón; y eso es de mala teología.
Y como se volviera en este instante para recoger sus paquetes, los tres policías salieron de entre los árboles penumbrosos. Flambeau era un artista, y también un deportista. Dio un paso atrás y saludó con una cortés reverencia a Valentín.
—No; a mí, no, mon ami -dijo éste con nitidez argentina-. Inclinémonos los dos ante nuestro común maestro.
Y ambos se descubrieron con respeto, mientras el curita de Essex hacía como que buscaba su sombrilla.
Fuente: El candor del Padre Brown.

Renuncia y nombramiento del obispo de Huancavelica

El Santo Padre ha aceptado la renuncia de S.E. Monseñor Isidro Barrio Barrio al oficio de obispo de la diócesis de Huancavelica (Perú).
El Santo Padre ha nombrado obispo de la diócesis de Huancavelica (Perú) a S.E. Monseñor Carlos Alberto Salcedo Ojeda OMI, trasladándolo de la sede titular de Mattiana y del oficio de obispo auxiliar de Huancayo.
Currículum vitae
S.E. Monseñor Carlos Alberto Salcedo Ojeda OMI nació el 25 de noviembre de 1960 en Comas, diócesis de Carabayllo. Hizo los votos solemnes en la Congregación de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada el 30 de agosto de 1993. Completó sus estudios filosóficos y teológicos en el Instituto Superior de Estudios Teológicos ISET Juan XXIII de Lima. Fue ordenado sacerdote el 6 de enero de 1996.
Tras su ordenación presbiteral, ocupó los siguientes cargos: Vicario parroquial de San Juan, arquidiócesis metropolitana de San Juan de Puerto Rico (1996); vicario parroquial de Nuestra Señora de la Paz en Comas, diócesis de Carabayllo (1997-1999); párroco de San Francisco de Asís en Orcotuna y del Señor de la Ascensión en Mito, archidiócesis de Huancayo (2000-2004) (2011-2016); consejero de la Delegación de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada en Perú (2005-2008); director del Prenoviciado San Eugenio Mazenod de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada en Lima (2006-2007); secretario del equipo de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada para la formación en la región de América Latina (2006); asistente del maestro de novicios en el Noviciado internacional de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada Mauricio Lefebvre en Asunción, Paraguay (2008-2011). Del 2011 al 2016 fue coordinador de la Comisión de Justicia y Paz e Integridad de la creación de la Delegación de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada en el Perú y del 2015 al 2016 vicario episcopal del Vicariato III de la arquidiócesis de Huancayo.
Fue elegido obispo titular de Mattiana y auxiliar de Huancayo el 30 de enero de 2016 y consagrado el 17 de abril siguiente.
Nombramiento de obispo auxiliar de Huancayo
El Santo Padre ha nombrado obispo auxiliar de la arquidiócesis de Huancayo (Perú) al Reverendo Padre Luis Alberto Huamán Camayo OMI, hasta ahora consejero para América Latina y el Caribe, de la Congregación de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada en Roma, asignándole la sede titular de Tepelta.
Currículum vitae
S.E. Monseñor Luis Alberto Huamán Camayo OMI, nació el 5 de febrero de 1970 en Tarma (Perú), en la diócesis del mismo nombre.
De 1988 a 1991 estudió Ingeniería civil en la Pontificia Universidad Católica del Perú; de 1994 a 1995 Filosofía en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima y en 1997 en la Universidad de Cochabamba (en Bolivia); De 1998 a 2001 siguió un curso de Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana (Roma) y en 2004 un curso para formadores en la Universidad de Cochabamba; de 2005 a 2006 obtuvo la licenciatura en Teología Espiritual en la Universidad Católica Boliviana.
El 7 de enero de 2001 hizo sus votos perpetuos en Roma para la Congregación de los Oblatos de María Inmaculada, y el 6 de octubre de 2001 fue ordenado sacerdote en Tarma (Perú).
Ha ocupado los siguientes cargos: Vicario parroquial de Cristo Rey, Pueblo Nuevo y promotor del colegio parroquial Santa Teresita del Niño Jesús, en Chincha, diócesis de Ica (2001-2003); superior del Postnoviciado internacional BOLPER en Cochabamba y profesor de la Interreligiosa de Nazaret(2004-2008); vicario parroquial de San Eugenio, Villa Pagador, Cochabamba (2004-2005); capellán de las cárceles de Cochabamba (2006-2007); ecónomo de la delegación de la Congregación en Perú (2008-2010); profesor de la Conferencia de Religiosos del Perú (2009-2011); párroco de Nuestra Señora de la Paz en Comas, diócesis de Carabayllo (2009-2013); superior de la Delegación General de los Oblatos del Perú (2014-2016).
Desde 2016 hasta ahora ha sido miembro del Consejo General para América Latina y el Caribe de la Congregación de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada.
Habla español, italiano e inglés.
Fuente: www.press.vatican.va

Pedro Narbona

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El cura al que le quemaron dos iglesias en Chile

Por Macarena Gayangos– Aleteia Chile
El testimonio en Aleteia del sacerdote chileno, al servicio de iglesias vandalizadas en su país, que acaba de ser distinguido con el premio Libertad Religiosa 2021 que entrega Ayuda a la Iglesia Necesitada.
Con el apoyo y presencia de las comunidades de las iglesias de La Asunción y de la Veracruz, he palpado como el Señor se encuentra presente. He visto también la solidaridad de hermanos de varias partes del mundo, desde países donde son perseguidos por su fe, que se han manifestado a través de la oración y mensajes. Me encuentro tremendamente agradecido a Dios”.
Estas son las primeras palabras en diálogo con Aleteia del padre Pedro Narbona, quien recibió el premio Libertad Religiosa 2021, entregado por la Fundación Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN).
El sacerdote, quien se encuentra al servicio de estas dos iglesias, las cuales fueron vandalizadas y quemadas durante el estallido social en octubre del 2019. Y en el caso de La Asunción nuevamente incendiada el 20 de octubre del año recién pasado.
Al acompañar estas comunidades, quienes se apoyan en la oración, estimula y da alegría que en medio del dolor de la pérdida de los templos y en esta pandemia, sigan siendo piedras vivas de la Iglesia”.
Acompañar en el dolor
Cuando Aleteia le pregunta que sintió cuándo le avisaron que había ganado el premio, respira profundo y dice:
Primero un poco confundido, porque esto es para las comunidades que tanto han sufrido. Yo soy solo un instrumento que Dios me puso aquí para acompañarlos en estos momentos de inmenso dolor e incertidumbre”.
Cada vez que menciona a las comunidades el padre Narbona se emociona.
La vida pastoral a pesar de la destrucción y cierre de los templos ha continuado a través de las plataformas digitales. “Como comunidad hemos podido ayudar a familias que lo están pasando muy mal por la pandemia. En este ambiente solidario uno se anima a seguir”.
El sacerdote chileno relata que la comunidad ha trabajado el dolor con profesionales al perder las dos parroquias.
Chile, iglesia La Asunción y la hora de la restauración
Compartir la pena de haber perdido nuestro espacio para reunirnos a celebrar nuestra fe ha sido muy significativo. Se debe entender que no es sólo la pérdida física, sino que hablamos de personas y familias enteras donde han desarrollado su vida espiritual en estas iglesias. Han celebrado, matrimonios, bautizos, primeras comuniones, sino que también han despedido a sus padres o abuelos”.
Sin rencor
A pesar de todo no guardamos rencor. Uno puede entender la rabia durante el estallido social debido a distintas circunstancias. Pero es fundamental que vayamos creciendo y caminando hacia una verdad civilización del amor o como dice el papa Francisco a una cultura del encuentro”, complementa el padre Narbona.
Las dos iglesias se encuentran cerradas y en algún proceso de reconstrucción. La Fundación Ayuda a la Iglesia que Sufre (ACN en Chile) ayudará en la reconstrucción de las oficias y salones parroquiales; de esta manera la comunidad podrá volver a reunirse una vez que las medidas sanitarias lo permitan.
Chile en la mira por libertad religiosa
El informe señala que la libertad religiosa se viola gravemente en uno de cada tres países. Según el documento, presentado oficialmente en Roma y en otras ciudades del mundo, este derecho fundamental entre 2018 y 2020 no se respetó este en 62 (el 31,6%) de los 196 países del mundo; cabe recordar que este informe abarca todas las religiones y no sólo la católica.
Paulina Eyzaguirre del Centro UC Derecho y Religión, organismo encargado de hacer el estudio en esta parte del mundo, expuso los detalles de por qué en Chile el derecho a la libertad religiosa está en estudio y en entredicho.
La quema de iglesias tras el estallido social es la principal causa, pero el Covid-19 y las restricciones impuestas a la asistencia a los templos también ponen un manto de duda a la defensa de la libertad religiosa de parte de nuestras instituciones.
Un “caso ilustrativo”
Chile no está entre las naciones donde es posible identificar hostilidad proveniente del Estado -como ocurre en Cuba, Venezuela y Nicaragua-, pero sí entre aquellas en las que se advierte una amenaza El informe escoge el chileno como “caso ilustrativo”, dando cuenta de la quema de iglesias durante la crisis social.
En uno de cada tres países se producen graves violaciones de la libertad religiosa
Se cometieron actos vandálicos y daños en 59 iglesias de todo el país, 53 de ellas católicas y seis evangélicas. Agrega que entre los actos de violencia se cuentan profanaciones del Santísimo Sacramento, interrupción de servicios religiosos y daños en puertas y verjas de templos, como también la quema de bancos y destrucción de imágenes para construir barricadas.
Aunque las autoridades chilenas condenaron actos, no se ha abierto una investigación oficial completa, a pesar de las peticiones de la Iglesia para que se investigue (en algunos casos se sabe quiénes fueron los autores)”, sentencia el documento.
Respecto de Chile, el estudio releva una arista positiva: que el derecho a la libertad religiosa ha recibido el amparo de sentencias de tribunales superiores, como en Brasil, Costa Rica, Honduras, Jamaica y Colombia. El análisis advierte que en varios países de la región hay un creciente debate sobre el laicismo y el espacio de la libertad religiosa en la vida pública.