Trapecio Amazónico, la frontera del Perú con Colombia y Brasil

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Trapecio Amazonico
Sueños de Dios en la frontera
Por: Nelly Luna Amancio
Detrás de la historia de conversión de un israelita hay siempre un sueño. Una revelación onírica que lo convence. Martín Muñoz, el pelilargo, barbado y enjuto seguidor de Ezequiel Ataucusi que está sentado en su casa de Islandia (sobre el río Yavarí, más cerca de Brasil que del Perú, por un caprichoso cambio en el cauce), tuvo también su propio sueño. Un día de 1990, en Pisco, escuchó que alguien lo llamaba: Martín, Martín. “Pensé que llamaban a otro, pero más adelante otra vez: “Martín, Martín””. Dice que era la voz de un hombre. “Supe que era la voz de Dios”.
Martín habla con la calma de un sacerdote y la voz de un locutor de radio romántica. Su casa, como la del resto en Islandia, es de madera y está elevada sobre el río. Tiene una tiendita en la que vende discos de video variados, desde la gesta israelita en la Amazonía hasta películas ganadoras del Óscar y algunas telenovelas. Sobre la mesa principal de su sala se luce un cuadro con la imagen de Ezequiel y Jonás Ataucusi, el sucesor.
Martín se concentra y clava la mirada en un punto fijo. El día que escuchó esa voz abandonó su empleo de “engañador” de perfumes —se hacía pasar por puertorriqueño para vender colonias “dizque” importadas— y se entregó a las palabras de Ezequiel. Su fe no movió montañas, las atravesó. En 1992 viajó a Cerro de Pasco, luego a Pucallpa, después a Iquitos y finalmente al Yavarí, para llevar a la práctica lo que su maestro explicaba en la teoría: “Las fronteras vivas, la colonización de las fronteras”. No era solo un acto de fe, también un proyecto político.
Fue uno de los más de seis mil feligreses de la Misión Israelita del Nuevo Pacto Universal que en 1993 poblaron la Amazonía convocados por Ezequiel Ataucusi Gamonal, fundador del grupo y entonces presidente del FREPAP. Martín vendió lo poco que poseía en Pisco, se despidió de sus amigos y se aventuró por la agreste selva, a buscar su tierra prometida. Muchos se fueron a Alto Monte, otros a Caballococha, en la frontera con Colombia y Brasil. Iqueños, puneños, limeños y norteños dejaron sus empleos, se mudaron a Loreto, cultivaron la tierra, enfrentaron las lluvias, lucharon contra los mosquitos, soportaron calores. “Me sentía Tarzán”.
Son las 7 a.m. en Caballococha, la capital de la provincia más extrema de Loreto. Las calles lucen desoladas. En la selva la gente se levanta un poco más tarde a pesar de que amanece más temprano. Las tiendas están cerradas y en el puerto dos policías se llevan detenido a un joven (dicen que asesinó a alguien en un ajuste de cuentas). El cielo está nublado: hay cierta tristeza en la Amazonía cuando el cielo de tiñe de gris, pero la gente que ingresa a esta hora al templo israelita sonríe.
El culto empieza siempre con la misma y drástica puntualidad. Tules de colores cubren los largos cabellos de las mujeres, ellas usan faldas largas y van con rostros limpios, sin maquillaje. Ingresan al templo, se acomodan al lado izquierdo. Una familia entra, la mujer carga a un niño, el hombre se sienta a la derecha, ella envía al hijo con él, el niño apenas puede caminar pero debe ir con el padre, aunque no quiera y llore. Ellos siempre se sientan a la derecha, ellas a la izquierda. La disciplina es sexista entre los israelitas.
El encuentro se inicia con una canción de tono marcial. Una niña grita detrás. Parece poseída, cierra los ojos, levanta y agita sus manos, mueve la cabeza de un lado a otro. “Soy feliz, soy feliz, contigo soy feliz”. Su canto se prolonga durante largos 25 minutos. Hay que permanecer de pie todo ese tiempo. El canto termina y todos aplauden. La niña poseída puede relajar sus músculos. El pastor coge el micro: “Hermanos, anoche tuve un sueño”. Otra vez el sueño.
El pastor narra el sueño y lo interpreta: “Se vienen tiempos difíciles”. Sus seguidores creen sin dudar, una señora llora, reza. En eso consiste la fe. “La manera de ver según la fe es cerrar los ojos de la razón”, dijo en el siglo XVIII el científico y político Benjamín Franklin. Tenía razón.
Y Martín Muñoz también la tuvo. Caballococha concentra uno de los grupos más grandes de israelitas. Son cerca de mil y con las comunidades del río Yavarí suman más de 2,500. En toda la provincia Mariscal Castilla superan, dicen, los 20 mil. No sorprendió, por eso, que en las últimas elecciones ganara Gregorio Quispe, representante del FREPAP.
Se llama Ronald Castellanos, tiene la piel tostada, viste de negro y conduce una moto por las calles de Leticia, en Colombia. A cuatro horas de Caballococha, este israelita de extensa cabellera —de 15 años sin cortar y escondida bajo el casco— cuenta que la primera vez que escuchó a Ezequiel Ataucusi estaba en Medellín. El discurso lo conmovió. “Esa noche soñé con él. Me decía que debíamos trabajar la tierra para realizarnos como hombres”. Muy pronto Ronald se embarcó en una odisea que lo llevó a surcar todo el río Putumayo. Navegó durante dos semanas, comiendo lo necesario e intercambiando productos en los mercados israelitas donde el trueque reemplaza al pago.
Ronald se quita el casco y cambia de voz cuando repite que él creía ciegamente en Ezequiel, pero que dudó cuando su maestro no resucitó. “Él lo dijo y no ocurrió, fue un golpe muy duro para mí”. La muerte humanizó a Ezequiel. Pero lo que más inquietó a los israelitas colombianos —explica Ronald— fue la elección de Jonás Ezequiel Ataucusi como sucesor de Ezequiel. “Él no era del movimiento, ni era el mayor”, se queja. Y añade: “Los israelitas peruanos han trastocado la palabra del maestro, en zonas como Caballococha siembran y defienden el cultivo de la hoja de coca”.
Con la muerte del fundador del FREPAP la iglesia israelita se quebró, pero no desapareció. Y los seguidores continuaron su expansión. Su prédica: una lectura exacta y fanática del Antiguo Testamento, un papel postergado para la mujer, el trabajo de la tierra. En Caballococha y Leticia se los ve vendiendo los productos que cultivan. Vestidos con sus túnicas, enfrentando el calor de la selva.
En Caballococha, una hora después de cantos e interpretaciones de sueños, el culto termina. El coro —acompañado por una orquesta de bombo, saxofón, guitarra y trompeta— interpreta el Himno Nacional. Un extraño nacionalismo se respira en este último rincón de la frontera. “Donde la roja y blanca flamea hay un hombre de cabello largo y barba”, dirá el pastor. Voz grave, pies descalzos, túnica de rigor.
En los años setenta fue el colombiano Evaristo Porras quien dominó el tráfico de cocaína en esta parte de la frontera y convirtió a Leticia en la capital de la droga. Con la destrucción de los cárteles de Medellín (Pablo Escobar) y Cali (de los Ochoa), Leticia perdió la posición estratégica que tenía hasta los años 80.
Luego, durante los años 90, el peruano Nelson Flores Collantes, ‘Acuario’, dirigió el tráfico hasta abril del 2007, cuando fue detenido en Leticia. Con ‘Acuario’ en la prisión el brasileño Isauro Porras Dos Santos, alias ‘Gallero’, asume el control de la organización junto al peruano Jair Ardela Michhue, ‘Javier’.
El ilícito negocio prosperó con los años. El tráfico de cocaína y el sembrío de hoja de coca se fueron afianzando hasta que en agosto del 2008 ‘Javier’ ordena asesinar a ‘Gallero’ y monopoliza la comercialización de droga. El siguiente mes, en una operación conjunta de las fuerzas policiales y armadas de Brasil, Colombia y Perú, ‘Javier’ es abatido y es trasladado a un hospital de Iquitos.
Inexplicablemente, ese mismo año, cuando la justicia brasileña solicitaba su extradición, la jueza loretana Elena Vázquez de Iquitos ordena su liberación. ‘Javier’ sale libre y ordena el asesinato de los supuestos traidores. La violencia se desata en las comunidades.
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La expansión de los cultivos ilegales genera también una creciente dependencia, provocando un riesgo latente de una ‘cocalización’ de la economía en determinadas regiones.
Por: Cecilia Niezen- América Economía
Para ser una comunidad nativa perdida en la frontera con Colombia, la vida en Cushillococha, a 15 minutos de Caballococha (Loreto), es bastante inusual. Los electrodomésticos de última generación y los televisores con cable son una visión común en las casas de la comunidad –agudo contraste con la pobreza de otros poblados nativos de la selva. “Hasta la década de los noventa, Loreto era solo una zona de paso en las redes de la coca. Hoy es una zona donde se cultiva hoja de coca y hay pozas controladas por las mafias del narcotráfico. En el caso de Cushillochocha, es la etnia Ticuna la que domina todo esto”, sostiene el especialista Jaime Antezana, testigo del escenario descrito.
Así, mientras las autoridades centran su atención en zonas cocaleras como el Valle de los Ríos Apurímac y Ene (VRAE), los Cushillococha tienen el potencial de multiplicarse por el Perú. Y es que el cultivo ilícito de la hoja de coca se desparrama por regiones cada vez más alejadas de los núcleos cocaleros tradicionales. Este fenómeno, junto con la creciente ‘cocalización’ de algunas economías regionales del país, conforman las tendencias más alarmantes que los especialistas en narcotráfico vienen detectando en los últimos años.
De acuerdo con Fabián Novak, ex Viceministro de Políticas para la Defensa del Ministerio de Defensa del Perú, si bien la expansión de la coca a nuevos territorios es todavía un fenómeno marginal, ya está claro que se trata de una peligrosa tendencia. “Desde el año 2005, los cultivos ilegales de hoja de coca vienen creciendo sostenidamente en nuevas zonas”, dice. En su opinión, el riesgo es alto: que el Perú se convierta en otra Colombia, en donde los sembríos de coca no se concentran en unos cuantos puntos, sino que se hallan dispersos por casi todo el territorio, con todos los efectos negativos que ello conlleva.
Entre las regiones que registran un índice más alto de expansión en el cultivo ilícito de coca están Loreto, Pasco, Amazonas y La Libertad. No se trata necesariamente de grandes extensiones, pero la tendencia al crecimiento sí es clara. En Loreto, por citar un ejemplo, las 100 hectáreas sembradas en 2004 se habían convertido en 700 para 2008 –un área todavía pequeña pero que representa un crecimiento del 600%.
La lectura del sociólogo Jaime Antezana es más apocalíptica que la de Novak. De acuerdo con él, el crecimiento de los cultivos ilegales en las cuatro regiones señaladas es exponencial, muy por encima del promedio nacional (4,5%), y todo apunta a que en 2010 tal tendencia se mantendrá o se acelerará. “De seguir así, en 2013 el Perú puede arrebatarle a Colombia el primer lugar a nivel mundial en producción de hoja de coca”.
Para el ex Viceministro Novak, esta difícil coyuntura se ha generado debido a una clara estrategia del narcotráfico, que consiste en fomentar nuevas áreas de producción, abriendo frentes en distintos puntos del territorio. “En esas condiciones la lucha antidrogas se torna mucho más difícil”, dice.
El economista Hugo Cabieses, por su parte, opina que la “dispersión del negocio” es consecuencia de las ineficaces políticas gubernamentales de erradicación de cultivos, que no plantean alternativas reales y sostenibles para los agricultores de las zonas cocaleras sumidos en la pobreza. Vale decir, ante la ausencia de una estrategia de desarrollo social y productivo, no es difícil adivinar el camino que pueden seguir muchos campesinos.
Una tercera opinión es la de Jaime García, catedrático de la Universidad de Lima y especialista en el tema. Para él, los programas de interdicción colombianos generarían una fuerte presión hacia la frontera con el Perú, situación que podría estar impulsando el traslado de cultivos hacia el lado peruano del Putumayo. “No se ha detectado una presencia activa de los narcotraficantes colombianos en territorio peruano, pero en la medida que la lucha contra las drogas en Colombia tenga éxito y el Perú no actúe de forma efectiva, no podemos descartar que ocurra”, sostiene.
Los expertos coinciden en señalar que los problemas que trae consigo la dispersión son muchos y el riesgo de no detenerla es reproducir a escala nacional lo que sucede hoy en el VRAE, zona dominada por los narcotraficantes y terroristas y donde en los últimos 15 meses unos 40 militares y policías han sido asesinados.
Además, en los tiempos que corren, la expansión del narcotráfico puede ir de la mano de su contraparte o aliado, el terrorismo. “A una dispersión de cultivos y del negocio del narcotráfico le corresponde la de Sendero Luminoso. Mientras el gobierno se acuartela y convierte en blanco fijo a los senderistas del VRAE y el Alto Huallaga, estos se han vuelto un blanco móvil. Cualquier manual de guerra dice que para el atacante es mejor enfrentarse a un blanco fijo que uno móvil”, sostiene Cabieses.
Economía de la coca. La expansión de los cultivos ilegales de hoja de coca genera también una creciente dependencia de las economías regionales, en desmedro de otras actividades formales y lícitas. En otras palabras, existe el riesgo latente de una ‘cocalización’ de la economía en determinadas regiones, si no se resuelve el problema. “Cushillococha es un ejemplo de ello”, dice Antezana.
El informe del Instituto de Estudios Internacionales (IDEI), de la Universidad Católica, denominado Mapa del Narcotráfico en el Perú, resalta los fuertes impactos de esta actividad en la agricultura. Menciona el incremento del costo de la mano de obra en épocas de cosecha, la distorsión de precios de tierras y de productos como el café, el algodón y el arroz, así como la contaminación de los suelos y ríos con insumos químicos. Efectivamente, como señala Jaime García, los cultivos ilegales y el lavado de activos provocan un efecto negativo sobre aquellos que sí son legales.
Antonio Cornejo, asesor técnico de CONVEAGRO, concuerda, y expresa su abierta preocupación por la complicada situación de sembríos como el arroz o el café, en los que el impacto del narcotráfico se está dejando sentir cada vez más. “El jornal de cultivo de hoja de coca es mucho mayor que el del café y por eso hay zonas donde casi no hay gente para la cosecha cafetalera”.
Cornejo señala que esta situación también se da en el sector arrocero. En ambos casos, los productores lícitos o bien pierden mano de obra o deben pagar más para retenerla (lo que muchas veces resulta imposible), con la consecuente pérdida de competitividad en el negocio y la dramática reducción de sus márgenes de ganancia.
Esta situación deriva en un círculo vicioso que, poco a poco, va aumentando la dependencia de las economías con respecto a la coca –un fenómeno que el ex Viceministro Novak denomina la “narcotización de las economías agrarias”. El fenómeno ya afecta regiones enteras. En Ayacucho, el 70% del valor bruto agrario proviene del narcotráfico. Y en el Cusco y Huánuco, el 28% y el 47% del PIB agrario, respectivamente, provienen de este cultivo ilícito. “En la medida en que las regiones son permisivas y el cultivo de hoja de coca pasa a ser el principal producto regional agrario o el motor de la economía, se abre paso la narcotización de la economía”, dice Fabián Novak.
Esta dependencia, opinan los expertos, no rompe el círculo de pobreza y, es más, añade los lastres característicos del narcotráfico: inseguridad, corrupción y violencia. Frente a esta situación, expertos como Antezana remarcan la importancia de actuar de manera temprana para que el narcotráfico no se enraíce en la economía local y regional. De otra parte, es preciso no focalizar la lucha contra el narcotráfico únicamente en el VRAE y el Huallaga. Por último, parece claro que se necesitan cambios urgentes en las tareas de erradicación y sustitución de cultivos, en vista de que la estrategia oficial parece no haber funcionado como se esperaba.
Un caso aislado, pero que podría ser un ejemplo exitoso en la lucha contra el narcotráfico es el de la Región San Martín, donde se han logrado reducir sostenidamente los cultivos de hoja de coca, así como su peso en esa economía. El cultivo pasó de 28,600 has. en 1992 a 4,901 en 2000 y 321 en 2008.
La base de la experiencia de San Martín ha sido la promoción de cultivos alternativos a la hoja de coca en la zona, como el café, el cacao, el palmito o la palma aceitera, entre otros productos. No obstante, opina Antezana, estos programas no funcionan solos. Requieren de la presencia del Estado a través de inversión permanente en infraestructura, salud y educación. Asimismo, los expertos en el tema opinan que un modelo así solo funciona en paralelo al trabajo de interdicción y erradicación de cultivos.
Lamentablemente, el discurso antinarcotráfico propalado desde el Estado, no ha sido traducido en una acción efectiva que provea resultados positivos. Justamente una de las últimas medidas del gobierno tiene que ver con el Plan de Impacto Rápido 2010, ya incluido en la Ley Nacional de Presupuesto de este año, que destina aproximadamente S/.94 millones a la lucha contra el narcotráfico. Esta suma duplica o incluso triplica las cifras destinadas por este concepto en 2007 y 2008, por lo que esta partida ha sido recibida, por algunos analistas entrevistados, como una buena señal, tomando en cuenta la reducción de la cooperación internacional para la lucha contra el narcotráfico durante el año pasado.
Pero el éxito del uso de estos fondos dependerá de las capacidades regionales y locales para enfrentar el problema. Es precisamente este liderazgo regional el que los expertos juzgan esencial. “La política antidrogas debe ser nacional, pero eso no significa que las autoridades locales se crucen de brazos viendo qué pasa”, dice Novak. “Si de las regiones involucradas no nace una genuina preocupación por plantear soluciones integrales y llevarlas a cabo –cultivos alternativos tempranos, políticas de interdicción y erradicación bien pensadas-, no será mucho lo que se pueda avanzar en limpio”.
Claramente el Perú está lejos de ser un narco-Estado. Pero con el crecimiento de las áreas cultivadas por diferentes puntos del territorio corre el riesgo de convertirse en uno. Por lo pronto, el hecho de poder desplazar a Colombia como primer productor de hoja de coca en el mundo ya es un galón que ciertamente ningún país llevaría con orgullo.

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