Cardenal Kung

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Ignatius Gong Pin-Mei

Ignatius Gong Pinmei (Pudong, Shanghái, 1901- Connecticut, 2000), fue un sacerdote y obispo católico de Shanghái.
El que fuera conocido como cardenal Kung fue obispo católico de Shanghái y administrador apostólico de Suzhou y Nanjing desde 1950, cargo que ocupó hasta su muerte. Fue ordenado sacerdote el 28 de mayo de 1930, y consagrado obispo -el primer obispo chino de Shanghái- en la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, el 7 de octubre de 1949, después de que los comunistas hubieran tomado el poder en China. Gong Pin-Mei fue creado cardenal por el papa Juan Pablo II in pectore (en el corazón del Papa, sin previo aviso a cualquier persona en el mundo, incluyendo el propio cardenal) en 1979 a la edad de 78, cuando el cardenal estaba cumpliendo una condena perpetua de aislamiento en China. Finalmente fue proclamado cardenal, de modo público, doce años después el 28 de junio de 1991 por el papa Juan Pablo II. En el momento de su muerte, el cardenal Kung era el más anciano de los cardenales.
Gong Pinmei nació en 1901 en una familia de larga tradición católica en el entonces distrito rural de Pudong de Shanghái (en el lado oriental del río). Bautizado de niño, recibió su educación secundaria en el famoso barrio católico de Xujiahui (Zikawei en el dialecto de Shanghái) en el Colegio de San Ignacio, que estaba atendido por jesuitas franceses y chinos. Gong fue ordenado sacerdote en 1930, convirtiéndose en sacerdote secular y sirviendo a las comunidades católicas de la vicaría de Shanghái.
En esa época, administraba esta región el jesuita francés Augusto Haouisee. A la muerte del obispo Haouisee en 1949, la Congregación para la Propagación de la Fe en Roma decidió dividir el vicariato en cuatro partes: las diócesis de Suzhou y Shanghái y dos vicariatos apostólicos, uno para ser dirigido por jesuitas de la Provincia de California y el otro por los jesuitas franceses de la Provincia de París, que había estado enviando misioneros a China desde 1842. Gong fue nombrado el primer obispo de la diócesis de Suzhou en 1949, que de ese modo comenzó su etapa como región independiente dirigida por su propio obispo chino.
En agosto de 1950, Gong fue instalado como obispo de Shanghái en la Catedral de San Francisco Javier, en Dongjiadu, aunque conservó su posición como administrador apostólico de Suzhou. Después de su instalación, Gong comenzó a denunciar a las autoridades comunistas. En ese momento, los comunistas estaban tratando de dividir a los católicos chinos de sus correligionarios extranjeros, habiendo ya expulsado a muchos de los misioneros extranjeros. Unos años antes, en el cercano vicariato de Xuzhou, en 1947, por ejemplo, las tropas comunistas habían quemado y destruido varios edificios propiedad de la iglesia, incluyendo una escuela y una gran iglesia de piedra en Tangshan. Jesuitas francófonos de Canadá administraban ese vicariato. Los católicos chinos no se hacían por tanto muchas ilusiones en cuanto a lo que el futuro les deparaba si el Guomindang perdía la guerra civil.
Desde el momento de su nombramiento y afrontando esta realidad política, el obispo Gong buscó activamente dinamizar y animar a los católicos de Shanghái y, de hecho, a las comunidades católicas en toda China. Lo hizo a través de su predicación pública, su apoyo a las asociaciones laicales populares como la Legión de María, y su promoción de algunas actividades públicas de la vida de la iglesia como procesiones y actos litúrgicos al aire libre. En 1951, dirigió una peregrinación de los católicos de Shanghái a Sheshan (también conocido por su nombre en el dialecto de Shanghái, Zose), con el fin de consagrar las comunidades católicas chinas a la protección de María, Reina de China.
En la noche del 8 de septiembre 1955, funcionarios de la Oficina de Asuntos Religiosos de Shanghái lo arrestaron. Su detención fue parte de una operación minuciosamente organizada: aproximadamente 300 laicos católicos chinos y unos veinte sacerdotes y religiosos fueron arrestados en la misma noche. Después de cinco años de prisión, el obispo Gong fue condenado a cadena perpetua en 1960, y no fue liberado hasta mediados de la década de 1980. Permaneció bajo arresto domiciliario durante los primeros años después de su salida de la cárcel. En 1988, fue finalmente liberado de su confinamiento. En 1991, el papa Juan Pablo II anunció que Gong había sido nombrado cardenal in pectore (literalmente “en el pecho”, por lo tanto, en secreto) varios años antes, en 1979. Se le permitió salir del país a principios de 1990 para unirse a sus familiares en los Estados Unidos de América, donde murió en 2000. El nombramiento de Gong a la sede de Shanghái en 1950 lo convirtió en el primer obispo chino residente de una comunidad católica que remontaba sus raíces a 1608, cuando un jesuita italiano, Lazzaro Cattaneo, estableció un comunidad allí a petición del erudito de la dinastía Ming Paul Xu Guangqi (1562-1633).
Fue víctima de la persecución del PCCh. Sólo por su creencia firme en Dios, lo encerraron en confinamiento solitario durante más de treinta años. Lo presionaron para que renunciara a su fe y aceptara el mando del Comité Patriótico Tripartito del PCCh a cambio de su liberación. Gong lo rechazó y ante las peticiones de los carceleros para que renegaran de su fe, él contestaba a gritos: “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Papa!”, después de que fue liberado, a fines de los ochenta, viajó a los Estados Unidos.
La diócesis de Shanghái y su obispo Ignacio Gong Pinmei eran un símbolo para todo el inmenso país, el baluarte de la resistencia católica contra el proyecto del Partido Comunista de crear una Iglesia nacional de régimen que renegara de todo vínculo con la Sede Apostólica, considerada la «central imperialista» vaticana.​
Cuando murió, con más de noventa años, dejó un testamento que decía: “Quiero que lleven mi sepultura a Shanghái una vez que el PCCh no gobierne más en China”.
Juan Pablo II lo hizo cardenal “in pectore” en el consistorio del 30 de junio de 19794​ y le confirió la púrpura en 1988.
Fuente: Wikipedia.

Cardenal Pell absuelto: veredicto unánime

Los siete jueces del Tribunal Supremo de Australia revocaron la sentencia del Tribunal de Apelación, que había condenado a Pell por abuso de menores, ya que existe una posibilidad razonable de que el delito no haya ocurrido. El cardenal ha reafirmado su inocencia: ahora es libre.
El Tribunal Supremo de Australia absolvió al cardenal George Pell, que cumplía una condena de seis años por abuso de menores, revocando el fallo del Tribunal de Apelaciones emitido en agosto del año pasado que confirmaba la decisión del Tribunal de Melbourne de diciembre de 2018. El cardenal de 78 años, que siempre se ha declarado inocente, ahora está libre: dejó la prisión de Barwon para ir a una institución religiosa en Melbourne.
Los siete magistrados del Tribunal Judicial Supremo de Australia se pronunciaron unánimemente sobre la base de que existe una posibilidad razonable de que el delito no se haya cometido y que, por lo tanto, existe una posibilidad significativa de que se pueda condenar a una persona inocente.
El cardenal Pell, tras la decisión del Tribunal Supremo, reiteró que había “sostenido sistemáticamente” su inocencia y que la injusticia que había recibido ya estaba curada. Dirigiéndose a la persona que lo acusó de algo que sucedió en los 90, en ese momento un monaguillo de la catedral de Melbourne, el cardenal dijo que no tenía ningún resentimiento. Así que esperaba que su absolución no añadiera más dolor. La base para la curación a largo plazo, dijo, es la verdad y la única base para la justicia es la verdad, porque la justicia significa la verdad para todos.
El cardenal agradeció a sus abogados y a todos los que rezaron por él y lo ayudaron y consolaron en este difícil momento.
En nombre de la Conferencia Episcopal Australiana, su Presidente, el Arzobispo Mark Coleridge, reconoció que la decisión del Tribunal Supremo será bien recibida por quienes creen en la inocencia del cardenal, mientras que será devastadora para otros. Por consiguiente, reiteró el compromiso inquebrantable de la Iglesia con la seguridad de los niños y con una respuesta eficaz a los sobrevivientes y las víctimas de abuso sexual infantil.
En todo este asunto, la Santa Sede siempre ha tomado nota de las decisiones de los jueces australianos, reafirmando el máximo respeto por las autoridades judiciales en sus diversos grados, pero esperando cualquier otra novedad en los procedimientos. También ha recordado en diversas declaraciones que el Cardenal siempre ha mantenido su inocencia y su derecho a defenderse hasta el último nivel de la justicia, ha confirmado constantemente su cercanía a las víctimas de abusos sexuales y su compromiso, a través de las autoridades eclesiásticas competentes, de perseguir a los miembros del clero responsables.
Fuente: Vatican News.

TECHO DE CRISTAL

Por Ántero Flores Aráoz– LaAbeja.pe
Unas desafortunadas, por decir lo menos, declaraciones de un cardenal de nuestra Iglesia Católica, que se desempeña en el arzobispado de Huancayo, me hizo acordar de un conocido refrán que reza; “No tires piedras si tu techo es de cristal”.
Se preguntarán con toda legitimidad ¿A qué viene todo esto? y la respuesta es muy sencilla, ello viene a que el cardenal al que me refiero ha expresado opinión en el sentido que el “Sodalicio de Vida Cristiana” debería desaparecer, más contundentemente: que debería ser disuelto y, todo ello, debido a que han sido investigados algunos casos en que se ha acusado a contados miembros de dicha Congregación religiosa de haber cometido abusos sexuales y en otros casos abusos sicológicos y emocionales. Estos últimos confundiéndolo con lo que en la realidad es formación de carácter.
Con todo respeto al obispo que se expresó en tales o similares términos, estimo que está en error, pero siendo la Semana Santa una buena oportunidad para su reflexión, Dios quiera se rectifique.
Las razones por las que estimo que el obispo está equivocado, son varias. La primera y poderosísima es que las instituciones no abusan ni delinquen y, que, en todo caso, lo pueden hacer sus miembros, quienes deben responder personalmente por sus acciones u omisiones y, de haber culpabilidad ser sancionados por ello, tanto con todo el peso de los cánones religiosos, como de los civiles.
Otra de las razones es que no puede castigarse a toda la Institución, por las incorrecciones que puedan haber cometido alguno o algunos de sus integrantes, con olvido de la obra ejemplar que realizan por décadas la mayoría de sus miembros, en diversas actividades como pueden ser, las parroquiales, la enseñanza en todos sus niveles, el acompañamiento en el lecho de enfermedad y en el último aliento, el consuelo a los deudos, la solidaridad y apoyo tanto material como espiritual, a las personas olvidadas por la fortuna, entre tantas otras muchas actividades.
Debo precisar, que soy testigo de lo expuesto en el párrafo anterior, pues pertenezco a la Parroquia de Nuestra Señora de la Reconciliación, desde hace varios lustros, Parroquia que está conducida por sacerdotes, religiosas y religiosos del Sodalicio. Además, algunos de mis nietos han sido bien formados en Colegio relacionado con dicha Congregación.
Debemos recordar, que el propio Sodalicio realizó investigación interna e hizo que terceros, de reconocida versación y seriedad, hiciesen lo propio, con resultados que acreditan que no estamos frente a una organización de sátrapas y que las incorrecciones de algunos han sido materia de reparación, aunque no se pueda variar la realidad.
Si las instituciones fueran responsables por todo lo que hacen sus integrantes, habría que disolver varias Congregaciones, entre ellas la Compañía de Jesús, a la que pertenece tanto el Papa Francisco como el cardenal que se prodiga en falaces comentarios. Basta también recordar lo sucedido en tres colegios de la Compañía, en Berlín, entre 1970 y 1980, investigados por Ursula Raue. Igualmente, el escandaloso caso del jesuita Renato Poblete en Chile. ¡Cuidado hay techo de cristal!
La Iglesia igual que tiene cosas maravillosas que mostrar, en el otro lado de la moneda, sufre actos absolutamente reprobables, pero ello no significa que deba desaparecer, sino corregir y estar alerta, para que nunca más se produzcan hechos vergonzosos.

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