No recojamos las piedras que nos arrojan

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Cardenal Capovilla
El recuerdo del ex-secretario ahora cardenal: le dije a Wojtyla que abría ventanas que provocaban algunas preocupaciones. Conferencia conjunta con los secretarios de Juan Pablo II y Juan XXIII.
Por Iacopo Scaramuzzi- Vatican Insider
La «última gran palabra» de Juan XXIII fue el simple mensaje evangélico «amémonos los unos a los otros». Lo indicó Loris Capovilla, de 98 años y que fue el secretario particular de Angelo Roncalli, a través de una conexión de video con la conferencia organizada por la Sala de prensa de la Santa Sede, en la que también participó el secretario de Juan Pablo II, el cardenal Stanislaw Dziwisz, a pocos días de la doble canonización del próximo domingo. En los últimos días de Papa Roncalli «pedí perdón al Papa: no fui el hombre que merecía, le dije, la sinceridad y la fidelidad, eso sí, pero… él me dijo, con sus manos en las mías: “Loris, no te preocupes, lo que importa es que hicimos nuestro servicio según la voluntad del Señor, que no nos detuvimos a recoger las piedras que a veces, por aquí y por allá, nos arrojaron; hemos callado, perdonado, amado”». Por ello el deseo para toda la humanidad: «amemonos los unos a los otros, todo el mundo», para un «nuevo orden» de paz, verdad, amor.
«Este viejo sacerdote, Loris Capovilla, que les habla desde la casa de Papa Juan, está conmovido, confundido e intimidado», dijo el neopurpurado, que, al principio un poco perplejo frente a todo el equipo tecnológico instalado en su casa en Sotto il Monte, después se desenvolvió con confianza ante la telecámara y el micrófono.
«A menudo vienen aquí multitudes de niños y niñas, y vienen a la casa de Papa Juan, es un santo, y no lo dicen hoy a la vigilia de la canonización, sino desde hace muchos años; a veces hay también niños y niñas musulmanes, y yo hablo con ellos sobre el corazón del papá, o, si prefieren, del abuelo. Pregunto: ¿sabes a qué edad murió Papa Juan? Te lo digo yo: tenía 81 años y seis meses. Pero tengo que decirles una cosa: no vi morir a un hombre viejo de 81 años, vi morir a un niño, porque tenía los ojos espléndidos como los tuyos, y una sonrisa en los labios que era como la tuya, expresaba una bondad que sube desde lo profundo del corazón». Capovilla citó a Georges Bernanos, según quien «los santos son los que nunca han salido de la infancia, pero esta condición la han ido madurando poco a poco según la medida de la vocación recibida y de la misión que se les encomendó». Un concepto que Capovilla aplica tanto a Juan XXIII como a Juan Pablo II, «ante cuyo altar me arrodillo con todos sus hermanos e hijos de Polonia y del mundo entero».
El cardenal Capovilla narró la anécdota de un encuentro con Papa Juan Pablo II, en Castel Gandolfo, durante su primer año de Pontificado, «cuando me llamó para concordar el primer peregrinaje al santuario mariano de Loreto, de donde era delegado. Me dijo: “Capovilla, decida usted como le parezca la organización de la visita, pero dígame solamente una cosa, hábleme de Papa Juan”. El señor cardenal Stanislaw tal vez se acuerda. En Castel Gandolfo, el Papa me recibió en la capilla, me dijo palabras extraordinarias. Usted estará contento de encontrarse en esta casa, me dijo. Yo deseaba que me interrogara, y le dije: «Santidad, tengo muchos recuerdos y emociones, y también aprendí a sufrir en esta casa. ¿Cómo?, me preguntó. Hablamos mucho sobre las salidas del Papa por las calles de Roma, del anuncio del Concilio, de la “Pacem in Terris”, de ciertas audiencias y de ciertas ventanas abiertas, que provocaban algunas preocupaciones…», dijo el secretario de Roncalli, que después subrayó su absoluto respeto «hacia todos los que ayudaron a Papa Juan y a los Papas que han venido después». Capovilla después leyó un texto de don Giuseppe De Luca: «Es fácil amar a los pobres, y no tan fácil amar la pobreza; es fácil amar a los santos, y no tan fácil amar la santidad; es fácil entregarse a obras de asistencia, sobre todo con el dinero de otros, y no es tan fácil sufrir sonriendo y consolando a los que están a nuestro alrededor; es fácil narrar peripecias de penitentes, y no tan fácil hacer penitencia que sea tal y no un expediente devocional; es fácil despreciar los honores en la conversación, y no tan fácil aceptar el deshonor inmerecido; es fácil, en una palabra, decirse cristianos, y no tan fácil serlo».
El cardenal Stanislaw Dziwisz, por su parte, subrayó que la santidad de Juan Pablo II se encuentra en la profundidad de su oración y en su amor por el sufrimiento, y volvió a proponer algunos episodios conocidos de la vida de Karol Wojtyla, desde el  abrazo a un chico enfermo de Sida, hasta el momento del atentado en la Plaza San Pedro (el 13 de mayo de 1981), cuando, antes de conocer la identidad de su agresor, Alí Agca, el Papa lo había perdonado y rezaba por él en la ambulancia que lo llevaba al hospital.

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