De la guerra (III)

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LIBRO III SOBRE LA ESTRATEGIA EN GENERAL
Capítulo I LA ESTRATEGIA
El concepto de estrategia ha sido definido en el capítulo II del libro II. La estrategia es el uso del encuentro para alcanzar el objetivo de la guerra. Propiamente hablando, sólo tiene que ver con el encuentro, pero su teoría debe tener en cuenta, al mismo tiempo, al agente de su propia actividad, o sea, las fuerzas armadas, consideradas en sí mismas y en sus relaciones principales; el encuentro es determinado por éstas y, a su vez, ejerce sobre ellas unos efectos inmediatos. El encuentro mismo debe ser estudiado en relación tanto con sus resultados posibles como con las fuerzas espirituales y del carácter, que son las más importantes en el uso de ese encuentro.
La estrategia es el uso del encuentro para alcanzar el objetivo de la guerra. Por lo tanto, debe imprimir un propósito a toda la acción militar, propósito que debe concordar con el objetivo de la guerra. En otras palabras, la estrategia traza el plan de la guerra y, para el propósito aludido, añade la serie de actos que conducirán a ese propósito; es decir, traza los planes para las campañas por separado y prepara los encuentros que serán librados en cada una de ellas. Como todas estas son cuestiones que en gran medida sólo pueden ser determinadas sobre la base de suposiciones, algunas de las cuales no se materializan, mientras que cierto número de decisiones referentes a detalles no pueden ser tomadas de antemano en forma alguna, es evidente que la estrategia debe estar presente en el campo de batalla, para concertar esos detalles sobre el terreno y hacer las modificaciones al plan general, cosa que es en todo momento necesaria. En consecuencia, la estrategia no puede ni por un instante dejar de ejercer su tarea.
Tal punto de vista no siempre había sido adoptado, al menos en cuanto al conjunto, lo cual se pone de manifiesto por la antigua costumbre de mantener a la estrategia en los despachos y no en el seno del ejército. Esto sólo es aceptable si el despacho permanece tan próximo al ejército que puede ser considerado como su cuartel general.
En consecuencia, la teoría seguirá a la estrategia en este plan, o, hablando con mayor propiedad, arrojará luz tanto sobre las cosas mismas como sobre sus relaciones recíprocas, y hará hincapié en lo poco que se desprendía de ellas como principios o reglas.
Si recordamos lo expresado en el primer capítulo del libro I, en el sentido de que la guerra atañe a tantas cuestiones de la mayor importancia, comprenderemos que la consideración de todas ellas presupone una singular intervención del espíritu.
Un príncipe o un general que sabe cómo organizar la guerra exactamente de acuerdo con sus objetivos y sus medios, los cuales no utiliza ni demasiado ni muy poco, proporciona con ello la prueba más grande de su genio. Pero los efectos de esa genialidad se ponen de manifiesto no tanto en la invención de nuevas formas de acción, que podrían causar una inmediata impresión, como en la conclusión afortunada del conjunto. Lo que debería ser admirado es el cumplimiento exacto de las suposiciones silenciosas, la armonía sosegada de toda acción que únicamente se hace patente en el resultado total.
El investigador que, partiendo del resultado total, no perciba esa armonía es el que buscará la genialidad donde ésta no existe y donde no puede existir.
En realidad, los medios y las formas que utiliza la estrategia son tan extremadamente sencillos, tan bien conocidos por su repetición constante, que resulta ridículo para el sentido común que los críticos se refieran a ellos con tanta frecuencia y presuntuoso énfasis. La acción de rodear un flanco, que ha sido realizada miles de veces, es considerada por unos como indicio de la genialidad más brillante, y por otros como prueba de la penetración más profunda y hasta del conocimiento más amplio. ¿Es posible que se caiga en el mundo libresco en aberraciones tan absurdas?
Esto resulta todavía más risible si pensamos en que los mismos críticos, de acuerdo con la opinión más común, excluyen de la teoría todas las fuerzas espirituales y no le permiten a ésta considerar más que las fuerzas materiales, de modo que todo queda limitado a algunas relaciones matemáticas de equilibrio y preponderancia, de tiempo y de espacio, y a algunas líneas y ángulos. Si sólo se tratara de esto, entonces no cabría siquiera formular, partiendo de una premisa tan desdeñable, un problema científico para usos escolares.
Pero admitamos que no se trata aquí de fórmulas científicas ni de problemas. Las relaciones entre las cosas materiales son todas muy sencillas. Más difícil resulta la comprensión de las fuerzas que entran en juego. Pero aun respecto de ellas, las complicaciones intelectuales y la gran diversidad de cantidades y relaciones sólo han de ser buscadas en los ámbitos superiores de la estrategia. A este nivel, la estrategia limita con la política y con el gobierno, o, más bien, pasa a ser ambos a la vez, y, como hemos observado antes, éstos tienen más influencia sobre lo mucho o lo poco que ha de hacerse que sobre cómo ha de realizarse. Allí donde es esta la cuestión principal, como en los actos aislados de la guerra, tanto grandes como pequeños, las magnitudes espirituales se reducen a un número muy reducido.
Así, en la estrategia todo resulta muy simple, pero no por ello muy fácil. Una vez que, por las relaciones de Estado, se determina lo que la guerra podrá y tendrá que ser, entonces el camino para alcanzar esto será fácilmente encontrado; pero seguirlo en línea recta, llevar a cabo el plan sin verse obligado a desviarse mil veces por mil influencias variables, requiere, además de fuerza de carácter, una gran claridad y firmeza mental. De mil hombres que puedan sobresalir, unos por su espíritu, otros por su agudeza y otros por su intrepidez o por su fuerza de voluntad, quizá ninguno podrá aunar en sí mismo las cualidades que lo eleven por encima de la mediocridad en la carrera de general.
Podrá parecer extraño que se necesite mucha mas fuerza de voluntad para tomar una decisión importante en la estrategia que en la táctica, pero es un hecho fuera de duda para todos los que conocen la relación que guarda la guerra con ello. En la táctica se cae en el entusiasmo con rapidez; el que actúa se siente arrastrado por un remolino contra el cual no debe luchar sin tener que afrontar las consecuencias más destructivas, reprime las dudas que puedan conturbarlo y se aventura a avanzar intrépidamente. En la estrategia, donde todo se mueve con mayor lentitud, hay mucho más lugar para nuestras propias dudas y las de los demás, para las objeciones y las protestas, y, en consecuencia, también para los remordimientos inoportunos. Y ya que en la estrategia no vemos con nuestros propios ojos ni siquiera la mitad de las cosas que percibimos en la táctica, pues todo debe ser conjeturado y supuesto, también en ella la convicción es menos firme. El resultado es que la mayoría de los generales, en el momento en que deberían actuar, se aferran fuertemente a dudas estériles.
Dirigiendo nuestra mirada a la historia, nos referiremos a la campaña de 1760 de Federico el Grande, que se ha hecho famosa por la excelencia de sus marchas y maniobras, una perfecta obra maestra de habilidad estratégica, como nos dicen los críticos.
¿Nos sentiremos, entonces, embargados por la admiración al ver cómo el rey prusiano intentó primero rodear el flanco derecho de Daun, luego el izquierdo, después nuevamente el derecho, etc.? ¿Hemos de ver una profunda sabiduría en esto? Evidentemente, no, si hemos de formular nuestra opinión naturalmente y sin afectación. Más bien debemos admirar, por encima de todo, la sagacidad de ese rey, quien, al perseguir un objetivo grande con medios muy limitados, no emprendió nada que estuviera más allá de sus fuerzas, sino sólo lo suficiente para lograr su objetivo. Su sagacidad no sólo se hizo patente en esta campaña, sino durante las tres guerras que libró posteriormente.
Su objetivo fue llevar a Prusia al puerto seguro de una paz con garantías. Puesto a la cabeza de un pequeño estado, que se parecía a los otros en la mayoría de las cosas y sólo estaba más adelantado que éstos en algunos aspectos de la administración, no podía llegar a ser un Alejandro, pero sí podía, como Carlos XII de Suecia, acabar sumido en el desastre. Por lo tanto, en la totalidad de su conducción de la guerra encontramos un poder restringido, siempre bien equilibrado y nunca falto de vigor, que en los momentos críticos se elevó hasta realizar proezas asombrosas e inmediatamente después osciló de manera paulatina, ajustándose al juego de las influencias políticas más sutiles. Ni la vanidad, ni la sed de gloria, ni las ansias de desquite pudieron hacerle desviar de su camino, y sólo este proceder lo condujo a la feliz conclusión de la contienda.
¡Qué poca justicia hacen estas palabras a ese aspecto de la genialidad de un gran general! Sólo si observamos cuidadosamente el resultado extraordinario de la guerra en que estaba empeñado e investigamos las causas que produjeron su resultado, llegaremos a la convicción de que únicamente su discernimiento agudo fue lo que condujo al rey a sortear todos los peligros.
Este es el rasgo de ese gran jefe que admiramos en la campaña de 1760 ––y también en todas las otras, pero en ésta en especial––, porque en ninguna otra mantuvo el equilibrio contra una fuerza hostil tan superior haciendo un sacrificio tan pequeño.
Otro rasgo se refiere a la dificultad de ejecución. Las marchas para rodear un flanco derecho o izquierdo tienen un fácil planteamiento; la idea de mantener siempre una pequeña fuerza bien concentrada para poder enfrentar al enemigo disperso, en iguales condiciones y en cualquier punto, y la de multiplicar una fuerza por medio de movimientos rápidos, es concebida con tanta facilidad como es expresada. En consecuencia, su descubrimiento no puede despertar nuestra admiración, y con respecto a estas cosas sencillas basta con admitir que son sencillas.
Pero dejemos que un general trate de imitar en estas cosas a Federico el Grande. Algunos autores que fueron testigos oculares se han referido mucho tiempo después al peligro, o, más aún, a la imprudencia con que fueron establecidos los campamentos del rey, y, sin duda, en la época en que los levantó, el peligro parecía tres veces mayor que en épocas ulteriores.
Lo mismo sucedió con sus marchas, realizadas a cuerpo descubierto, e incluso bajo el fuego de los cañones enemigos. El rey Federico levantó sus campamentos y realizó esas marchas porque, en el modo de proceder de Daun, en su método de formar el ejército, en su sentido de responsabilidad y en su carácter, encontró esa seguridad que hizo que sus marchas y sus campamentos fueran aventurados pero no temerarios. Pero para ver las cosas desde este punto de vista se requeriría poseer la audacia, la determinación y la fuerza de voluntad que caracterizaron a ese rey, y no dejarse intimidar por el peligro del que la gente todavía escribía y hablaba treinta años después. En esta situación, pocos generales hubieran considerado practicables estos simples medios estratégicos.
En aquella campaña se planteaba además otra dificultad de ejecución, a saber, que el ejército del rey prusiano se mantenía en constante movimiento. El ejército se desplazó dos veces por vericuetos en pésimas condiciones, desde el Elba hasta Silesia, detrás de Daun y perseguido por Lascy (principios de julio y de agosto). Tenía que estar preparado para la batalla en cualquier momento, y sus marchas tenían que ser organizadas con un grado de habilidad que necesariamente conduciría a un esfuerzo igualmente grande.
Aunque contó con él pese a ser demorado en sus movimientos por el desplazamiento de miles de vehículos, su sistema de mantenimiento era todavía en extremo insuficiente. En Silesia, durante los ocho días anteriores a la batalla de Liegnitz tuvo que realizar constantemente marchas nocturnas y se vio forzado a dirigirse de modo alternativo hacia la derecha y hacia la izquierda, a lo largo del frente enemigo. Esto le costó un gran esfuerzo y le impuso asimismo inmensas privaciones.
¿Cabe suponer que todo esto pudo hacerse sin producir una gran fricción en la maquinaría? ¿Puede un general en jefe realizar esos movimientos con la misma facilidad con que la mano de un topógrafo maneja la alidada? ¿No se sentirá conmovido mil veces el corazón del jefe y el de sus generales a la vista de los sufrimientos de sus soldados hambrientos y sedientos? ¿No habrán de llegar a sus oídos las quejas y dudas que éstos manifiesten? ¿Tendrá un hombre corriente el valor de exigir tales sacrificios? ¿No desmoralizarían inevitablemente al ejército esos esfuerzos, no destruirían su disciplina y, en suma, no minarían sus virtudes militares si no los compensara una sólida confianza en la grandeza e infalibilidad del jefe? Por lo tanto, ante eso es ante lo que habremos de inclinarnos; estos milagros de ejecución son los que tenemos que admirar. Pero no es posible comprender esto en toda su magnitud sin haberlo experimentado de antemano. Para la persona que conoce la guerra sólo por los libros y los campos de adiestramiento, no existe en realidad ninguno de estos efectos paralizantes sobre la acción; por lo tanto, le pedimos que acepte de nosotros, con fe y confianza, todo lo que ella es incapaz de aportar por experiencia personal.
Por medio de este ejemplo nos propusimos clarificar el desarrollo de nuestras ideas, y al cerrar este apartado nos apresuramos a decir que, al considerar la estrategia, describiremos los aspectos individuales que nos parezcan más importantes, sean de naturaleza material o espiritual. Procederemos de lo simple a lo complejo y concluiremos con la relación interna de todo el acto de la guerra, en otras palabras, con el plan para una guerra o para una campaña.
Un encuentro llega a ser posible por la mera disposición de las fuerzas armadas en un punto, pero no siempre se produce realmente allí. ¿Debe considerarse esa posibilidad como una realidad y por lo tanto como algo factible? Evidentemente. Es así en virtud de sus consecuencias, y estos efectos, cualesquiera que sean, no pueden faltar nunca.
1. Los encuentros posibles han de ser considerados como reales debido a sus consecuencias
Si un destacamento es enviado para cortar la retirada del enemigo que huye y éste se rinde sin ofrecer mayor resistencia, su decisión se debe al encuentro que podría provocar ese destacamento.
Si una parte de nuestro ejército ocupa una zona enemiga que estaba indefensa y priva así al enemigo de medios considerables con los que podría reforzar su propio ejército, continuamos en posesión de esa zona solamente gracias al encuentro, ya que, en el caso de que el enemigo se propusiera recuperar la zona, ese destacamento haría que el enemigo preverá la posibilidad de ese encuentro.
Por lo tanto, en ambos casos, la mera posibilidad de un encuentro ha producido consecuencias y, por consiguiente, ha accedido a la categoría de cosa real. Supongamos que en estos casos el enemigo hubiese opuesto a nuestras tropas otras superiores en fuerza, y de este modo hubiera obligado a las nuestras a abandonar su objetivo sin que se produjese el encuentro; entonces, sin duda, nuestro plan habría fallado, pero el encuentro que propusimos al enemigo no habría dejado de surtir efecto, porque habría atraído a las fuerzas enemigas. Incluso si toda la empresa hubiera significado una pérdida para nosotros, no podremos decir que estas posiciones, estos encuentros posibles, no hayan surtido efecto. Tales efectos, por lo tanto, son similares a los de un encuentro perdido.
Así, vemos que solamente se logra la destrucción de las fuerzas militares del enemigo y la aniquilación del poder enemigo por medio de los efectos del encuentro, ya sea que el encuentro se produzca realmente o que sólo sea propuesto y no aceptado.
2. El objetivo doble del encuentro
Pero estos efectos también son dobles, o sea, directos e indirectos. Son indirectos si intervienen otras cuestiones que pasan a ser el objetivo del encuentro, cuestiones que en sí mismas no pueden ser consideradas como la destrucción de las fuerzas enemigas, sino que sólo se supone que conducen a ella, sin duda en forma indirecta, pero con mayor fuerza. La posesión de zonas, ciudades, fortalezas, caminos, puentes, polvorines, etc., puede ser el objeto inmediato de un encuentro, pero nunca el objetivo final. Cosas como las descritas sólo deben ser consideradas como un medio de lograr una superioridad, para que el encuentro pueda ser finalmente propuesto al oponente, de tal forma que éste se vea imposibilitado de aceptarlo. Por lo tanto, todas estas cuestiones solamente deben ser consideradas como pasos intermedios, o sea, como guías para el principio efectivo, pero nunca como el principio mismo.
3. Ejemplos
En 1814, con la conquista de la capital de Bonaparte se alcanzó el objetivo de la guerra. Las divisiones políticas que tenían sus raíces en París se hicieron efectivas; una profunda resquebradura causó el derrumbamiento del poder del emperador. Sin embargo, es necesario considerar esto desde el punto de vista de que por este medio fueron reducidos en un instante la fuerza militar de Bonaparte y su poder de oposición, y que la superioridad de los Aliados aumentó proporcionalmente, haciendo imposible para aquél ofrecer más resistencia. Fue esta imposibilidad la que dio lugar a la paz. De suponer que las fuerzas militares de los Aliados hubieran sido reducidas proporcionalmente en ese momento por influencia de causas externas, la superioridad habría desaparecido y con ella también todo el efecto y la importancia de la conquista de París.
Hemos examinado con detención esta cadena de argumentos para mostrar que es ese el único punto de vista verdadero y natural, del que se deriva su importancia. Ello nos conduce de nuevo a la siguiente cuestión: ¿cuál tendrá que ser, en cualquier momento dado de la guerra o de la campaña, el resultado probable de los encuentros grandes y pequeños que los dos bandos puedan proponerse mutuamente? En la consideración del plan para una campaña o una guerra, sólo esta cuestión es decisiva, por lo que respecta a las medidas que deben ser tomadas desde un principio.
4. Cuando no se adopta este punto de vista, se otorga entonces un valor falso a otras cosas
Si no consideramos la guerra y las campañas aisladas de la guerra como una cadena compuesta sólo de encuentros, de los cuales uno siempre es causa del otro; si aceptamos la idea de que la conquista de ciertos puntos geográficos o la ocupación de zonas indefensas constituyen algo en sí mismas, entonces es muy probable que consideremos esto como una ventaja que puede ser obtenida como de pasada; y si lo consideramos así y no como un eslabón de toda la serie de acontecimientos, no nos preguntaremos si esa posesión puede acarrearnos más tarde una desventaja. ¡Cuán a menudo vemos repetirse este error en la historia de la guerra! Podemos decir que, del mismo modo que, en el comercio, el comerciante no puede poner aparte y a buen recaudo ganancias provenientes de una transacción aislada, tampoco en la guerra puede separarse una ventaja aislada del resultado del conjunto. De la misma manera que el comerciante no puede operar siempre con la suma total de sus medios, igualmente en la guerra sólo el total final decidirá si un caso particular constituye una ganancia o una pérdida.
Pero si la mente no deja de considerar las series de encuentros hasta donde sea posible advertirlo de antemano, entonces ha escogido el camino que lleva directamente a su objetivo y, por lo tanto, nuestro poder adquiere esa rapidez o, lo que es igual, nuestros actos de voluntad y nuestras acciones adquieren ese vigor que reclama la ocasión y que no se ve ensombrecido por influencias extrañas.
Capítulo II ELEMENTOS DE LA ESTRATEGIA
Las causas que condicionan el uso del encuentro en la estrategia caben ser divididas convenientemente en elementos de distinta clase, es decir, en elementos morales, físicos, matemáticos, geográficos y estadísticos.
La primera clase incluye todo lo que se pone de manifiesto por medio de cualidades y efectos espirituales; la segunda abarca la magnitud de la fuerza militar, su composición, la proporción de armamentos, etc.; la tercera comprende el ángulo de las líneas de operación, los movimientos concéntricos y excéntricos, en cuanto su naturaleza geométrica adquiere algún valor en el cálculo; la cuarta considera la influencia del terreno, como son los puntos dominantes, las montañas, los ríos, los bosques, los caminos; y, por último, la quinta clase incluye todos los medios de abastecimiento, etc. El hecho de que por el momento consideremos separadamente estos elementos tiene la ventaja de que aclara nuestras ideas y nos ayuda a calcular el valor más alto o más bajo de las diferentes clases a medida que avanzamos. Porque, al considerarlas por separado, muchas de ellas pierden espontáneamente su importancia. Por ejemplo, vemos con bastante claridad que, si no deseamos considerar más que la posición de la línea operativa, el valor de una base de operaciones, aun incluso bajo esa simple forma; depende mucho menos del elemento geométrico, del ángulo que esas operaciones constituyen entre sí, que de la naturaleza de los caminos y del país que éstos atraviesan.
Sin embargo, sería una idea de las más desafortunadas tratar la estrategia de acuerdo con estos elementos, pues por lo general son múltiples y están relacionados íntimamente unos con otros en cada operación aislada de la guerra. En tal caso nos perderíamos en el análisis más deslavazado y, como en una pesadilla, en vano buscaríamos trazar un arco que relacionara estos fundamentos abstractos con los hechos pertenecientes al mundo real. ¡Que el cielo proteja a todo teórico que intente esta empresa! Nosotros nos ocuparemos del mundo de los fenómenos complejos, y en cada ocasión no llevaremos nuestro análisis más allá de lo necesario para dar claridad a la idea que deseamos exponer; idea que nos hemos formado no mediante una investigación especulativa, sino a través de la impresión surgida de la realidad de la guerra en su totalidad.
Capítulo III LAS FUERZAS MORALES
Tenemos que referirnos de nuevo a esta cuestión, que fue tratada ligeramente en el libro II, capítulo III, porque las fuerzas morales constituyen uno de los temas más importantes en la guerra. Son el espíritu que impregna toda el ámbito bélico. Se adhieren más tarde o más temprano, y con conformidad mayor, a la voluntad que activa y guía a toda la masa de fuerzas y, por así decir, se confunden con ella en un todo, porque ella misma es una fuerza moral. Lamentablemente tratan de apartarse de la ciencia libresca, porque no pueden ser ni medidas en números ni agrupadas en clases, mientras que, al mismo tiempo, requieren ser vistas y sentidas.
El espíritu y otras cualidades morales de un ejército, de un general o de un gobierno, la opinión pública en las zonas donde se desarrolla la guerra, el efecto moral de una victoria o de una derrota, son cosas que en sí mismas varían mucho de naturaleza y que pueden ejercer también una influencia muy diferente, según como se planteen con respecto a nuestro objetivo y nuestras relaciones.
Aunque poco o nada cabe encontrar en los libros sobre estas cosas, pertenecen sin embargo a la teoría del arte de la guerra tanto como todo lo demás que constituye esta última. Porque tenemos que repetir aquí una vez más que nuestra filosofía sería mezquina si, de acuerdo con los viejos moldes, estableciéramos reglas y principios prescindiendo de todas las fuerzas morales, y después, tan pronto como estas fuerzas fueran apareciendo, comenzáramos a considerar las excepciones, que de tal modo formularíamos hasta cierto punto científicamente, o sea, erigiríamos en regla; o si recurriéramos a hacer una llamada al genio, que está por encima de todas las reglas, con lo cual daríamos a entender que las reglas no sólo fueron hechas para los necios, sino que en sí mismas tienen que constituir realmente una necedad.
Aun cuando la teoría de la guerra no hiciera en realidad más que recordar estas cosas, mostrando la necesidad de adjudicar todo su valor a las fuerzas morales y tomándolas siempre en consideración, aun así habría abarcado dentro de sus límites este ámbito de las fuerzas inmateriales y, al adoptar dicho punto de vista, habría condenado de antemano a todo el que hubiera tratado de justificarse ante sí mismo apelando a las meras condiciones físicas de las fuerzas.
Además, en consideración a todas las otras susodichas reglas, la teoría no puede desterrar a las fuerzas morales de su campo de acción, porque los efectos de las fuerzas físicas y morales están completamente fusionados y no pueden ser separados como una aleación por medio de un proceso químico. En toda regla relacionada con las fuerzas físicas, la teoría debe tener presente al mismo tiempo la participación que cabe asignar a las fuerzas morales, si no quiere caer en el error de establecer proposiciones categóricas, que son a veces tan demasiado pobres y limitadas como demasiado amplias y dogmáticas.
Aun las teorías menos espirituales han perdido su rumbo, inconscientemente, dentro de este ámbito de la moral, porque, por ejemplo, los efectos de una victoria nunca pueden ser totalmente explicados sin considerar las impresiones morales. En consecuencia, la mayoría de las cuestiones que examinaremos en este libro están compuestas de causas y efectos, mitad físicos, mitad morales, y podemos decir que lo físico no es casi nada más que el asa de madera, mientras que lo moral es el metal noble, la verdadera arma, brillantemente pulida.
El valor de las fuerzas morales y la influencia que ejercen, a menudo increíble, se hallan muy bien ejemplificados en la historia. Con respecto a ello, debe tenerse en cuenta que los gérmenes de la sabiduría, que habrán de producir sus frutos en el pensamiento, son sembrados no tanto por medio de demostraciones, exámenes críticos y tratados eruditos, sino por medio de sentimientos, impresiones generales y rasgos de intuición aislados y clarificadores.
Podemos examinar los fenómenos morales más importantes en la guerra y tratar de ver, con todo el esmero de un maestro diligente, lo que podríamos afirmar sobre cada uno, ya fuera algo bueno o malo. Pero al aplicar tal método caeríamos con mucha facilidad en lo vulgar y común, mientras que desaparecería el verdadero espíritu del análisis y, sin saberlo, no haríamos más que repetir las cosas que todo el mundo conoce.
Por lo tanto, aquí más que en ninguna otra parte preferimos ser incompletos y permanecer estables, contentándonos con haber atraído la atención sobre la importancia de la cuestión, en un sentido general, y con haber señalado el espíritu del que han surgido los puntos de vista desarrollados en este libro.
Capítulo IV LAS PRINCIPALES POTENCIAS MORALES
Las principales potencias morales son las siguientes: las capacidades del jefe, las virtudes militares del ejército y su espíritu nacional. Nadie puede determinar de forma general cuál de es tas potencias tiene mayor valor, porque resulta muy difícil aseverar algo concerniente a su fuerza y más aún comparar la fuerza de una con la de la otra. Lo mejor es no subestimar a ninguna de ellas, defecto en el que incurre el juicio cuando se inclina, en vacilación caprichosa, ora a un lado, ora al otro. Es mejor basarse en la historia para poner en evidencia suficiente la eficacia innegable de estas tres potencias.
Sin embargo, es cierto que en los tiempos modernos los ejércitos de los estados europeos han alcanzado casi el mismo nivel en relación con la disciplina y el adiestramiento. La conducción de la guerra se ha desarrollado con tal naturalidad, como expresarían los filósofos, que ha pasado a ser una especie de método, común a casi todos los ejércitos, haciendo que ni siquiera en lo que al jefe se refiere podamos contar con la aplicación de planes especiales en el sentido más limitado. En consecuencia, no puede negarse que la influencia del espíritu nacional y del hábito de un ejército para la guerra proporciona una mayor capacidad de acción. Una paz prolongada podría alterar de nuevo las cosas.
El espíritu nacional de un ejército (el entusiasmo, el fervor fanático, la fe, la opinión) se pone de manifiesto sobre todo en la guerra de montaña, donde todo el mundo, hasta el último sol dado, depende de sí mismo. Por esta razón las montañas constituyen los mejores campos de batalla para unas fuerzas populares.
La habilidad técnica en un ejército y ese valor bien templado que mantiene unida a la tropa, como si hubiera sido fundida en un molde, muestran claramente su ventaja máxima en la llanura abierta.
El talento de un general tiene un mayor campo de acción en terrenos quebrados y ondulados. En las montañas surte muy poco efecto sobre las partes separadas, y la dirección de todas ellas desborda su capacidad; en llanuras abiertas resulta ésta muy sencilla y no agota esa capacidad.
Los planes deben ser formulados de conformidad con estas afinidades electivas evidentes.
Capítulo V VIRTUD MILITAR DE UN EJÉRCITO
Ésta se diferencia de la simple valentía, y aún más del entusiasmo que despierta la causa de la guerra. La valentía constituye, por supuesto, una parte necesaria de la virtud militar, pero así como la valentía, que en el hombre común es un don natural, también puede hacer acto de presencia en el soldado, como miembro de un ejército, a través del hábito y del adiestramiento, del mismo modo la virtud militar ha de adoptar en él una dirección diferente de la que toma en el hombre común.
Debe perder ese impulso hacia la desenfrenada actividad y manifestación de fuerza que es su característica en el individuo, y tiene que someterse a exigencias de nivel superior, como son la obediencia, el orden, la regla y el método. El entusiasmo por la causa proporciona vida y mayor ardor a la virtud militar de un ejército, pero no constituye una parte necesaria de ella.
La guerra es una ocupación determinada. Y por más general que pueda ser su relación y aun si hubiera de practicarla toda la población masculina de un país en condiciones de llevar armas, sin embargo continuaría siendo diferente y permanecería separada de todas las demás actividades que ocupan la vida del hombre. Estar imbuido del espíritu y la esencia de esta ocupación, adiestrar, mover y asimilar las fuerzas que habrán de ser activas en ella, abrirse camino en ella con inteligencia, adquirir confianza y destreza en su desarrollo por medio del ejercicio, compenetrarse con ella en cuerpo y alma, identificarse con el papel que se nos ha asignado en ella, esta es la virtud militar de un ejército en particular.
Por más escrupuloso que se sea en concebir la coexistencia del ciudadano y del soldado en un mismo individuo, por más que consideremos las guerras como cuestiones nacionales, y por más alejadas que estén nuestras ideas de las de los condottieri de los tiempos antiguos, no será nunca posible suprimir la individualidad de la rutina profesional. Y si esto no puede hacerse, entonces todos los que pertenecen a dicha profesión, y mientras pertenezcan a ella, se considerarán siempre como una especie de corporación, en cuyas regulaciones, leyes y costumbres se manifiesta de forma predominante el espíritu de la guerra. Así es esto en la realidad. Aun si nos inclináramos de forma decidida a considerar la guerra desde el punto de vista más elevado, sería muy erróneo menospreciar ese espíritu corporativo, ese esprit de corps que puede y debe existir en mayor o menor grado en todo ejército. Este espíritu corporativo forma, por así decir, el lazo de unión entre las fuerzas naturales que están activas en lo que hemos llamado virtud militar. Los gérmenes de la virtud militar fructifican más fácilmente en el
espíritu corporativo.
Un ejército que mantiene su formación usual bajo el fuego más intenso, que nunca vacila ante temores imaginarios y resiste con todas sus fuerzas a los bien fundados, que, orgulloso de sus victorias, no pierde nunca el sentido de la obediencia, el respeto y la confianza en sus jefes, aun en medio del descalabro de la derrota; un ejército con sus potencias físicas templadas en la práctica de las privaciones y el esfuerzo, como los músculos de un atleta; un ejército que considera todas sus tareas como medios para conseguir la victoria, no como una maldición que se posa sobre sus hombros, y que siempre recuerda sus deberes y virtudes mediante el código conciso de una sola idea, o sea, el honor de sus armas, un ejército como este se halla imbuido del verdadero espíritu militar.
Los soldados pueden luchar con valentía, como los vandeanos, y realizar grandes proezas, como los suizos, los americanos o los españoles, sin desarrollar esta virtud militar. Un jefe puede alcanzar el éxito a la cabeza de ejércitos permanentes, como el príncipe Eugenio de Saboya o Marlborough, sin gozar de los beneficios de su ayuda. Por lo tanto, no cabe decir que sin esa virtud no puede ser imaginada una guerra victoriosa.
Prestamos una atención especial a este punto para poder proporcionar mayor individualidad a la concepción aquí expuesta, a fin de que nuestras ideas no se diluyan en generalizaciones vagas y no caigamos en la consideración de que la virtud militar es lo único que importa. Esto no es así. La virtud militar en un ejército aparece como una potencia moral definida que puede ser dilucidada y con una influencia, en consecuencia, que cabe considerar como un instrumento cuya fuerza puede ser calculada.
Habiéndola caracterizado de este modo, nos referiremos a su influencia y a los medios con los que ésta puede ser adquirida. La virtud militar es siempre para las partes lo que el genio del jefe es para el todo. El general sólo puede dirigir el conjunto, no cada parte por separado, y allí donde no pueda dirigir la parte, el espíritu militar debe convertirse en conductor. Un general es elegido por la fama de sus cualidades sobresalientes; los jefes más distinguidos de grandes masas lo son tras un examen cuidadoso.
La consistencia de este examen disminuye a medida que se desciende en la escala jerárquica y, precisamente, en la misma medida cabe confiar cada vez menos en las capacidades individuales; pero lo que falta a este respecto debe ser suministrado por la virtud militar. Este papel está representado justamente por las cualidades naturales del pueblo movilizado para la guerra: bravura, aplomo, capacidad de resistencia y entusiasmo. En consecuencia, estas propiedades pueden substituir la virtud militar y viceversa, de lo que puede deducirse que:
1. La virtud militar es sólo una cualidad propia de los ejércitos permanentes, y éstos están muy necesitados de ella. En las insurrecciones nacionales y en la guerra, las cualidades naturales que se desarrollan con mayor rapidez son substituidas por la virtud militar.
2. Los ejércitos permanentes que se enfrentan con ejércitos permanentes pueden renunciar a esta virtud con más facilidad que un ejército permanente que se opone a una insurrección nacional, porque en este caso las tropas están más dispersas y las partes dependen más de sí mismas. Pero allí donde el ejército pueda mantenerse concentrado, el genio del general desempeña un papel muy importante y compensa lo que falta en el espíritu del ejército. En consecuencia, la virtud militar por lo general se hace más necesaria cuanto más se complica la guerra y más se dispersan las fuerzas debido al escenario de las operaciones y a otras circunstancias.
La única lección que ha de extraerse de estas realidades es que si un ejército cede en esa potencia debería hacer todo lo posible para simplificar sus operaciones bélicas o duplicar la atención puesta en otros puntos del dispositivo militar y no esperar de su simple nombradía como ejército permanente lo que sólo las circunstancias mismas pueden dar.
Por lo tanto, la virtud militar de un ejército constituye una de las fuerzas morales más importantes en la guerra, y donde ha faltado esta virtud vemos que o bien ha sido reemplazada por una de las otras, como son la superior grandeza del jefe o el entusiasmo del pueblo, o bien se han producido resultados que no guardaban relación con el esfuerzo realizado. En la historia de los macedonios bajo Alejandro Magno, de las legiones romanas bajo César, de la infantería española bajo Alejandro Farnesio, de los suecos bajo Gustavo Adolfo y Carlos XII, de los prusianos bajo Federico el Grande y de los franceses bajo Bonaparte, vemos cuántas hazañas grandiosas se llevaron a cabo gracias a este espíritu, este valor genuino del ejército, este refinamiento del mineral que se transforma en metal brillante. Si nos negáramos a admitir que los éxitos magníficos de estos generales y su gran capacidad para hacer frente a situaciones de extrema dificultad sólo fueron posibles con ejércitos que, por medio de la virtud militar, adquirieron un poder de eficacia superior, mentalmente habríamos echado a propósito un cerrojo a todas las pruebas históricas.
Este espíritu sólo puede surgir de dos fuentes, y éstas sólo pueden engendrarlo si se presentan juntas. La primera implica una serie de guerras y resultados afortunados; la otra es la práctica de hacer rendir frecuentemente al ejército hasta la última partícula de su ser.
Sólo al realizar este esfuerzo el soldado aprende a conocer sus fuerzas. Cuanto más exija el general de sus tropas, más seguro estará de que sus exigencias serán satisfechas. El soldado se siente tan orgulloso de los escollos vencidos como lo está del peligro superado.
Por lo tanto, este germen sólo florecerá en el terreno de la actividad y del esfuerzo incesantes, pero lo hará también sólo bajo los rayos de la victoria. Una vez que se haya transformado en un árbol consistente, resistirá las tormentas más intensas de la desgracia y la derrota y, al menos por un tiempo, incluso la indolente inactividad de la paz. En consecuencia, sólo puede originarse en la guerra y bajo el mando de grandes generales, pero indudablemente puede ser duradero por lo menos durante varias generaciones, incluso a lo largo de períodos de paz considerables.
No cabe comparar ese esprit de corps excelso y comprensivo de un grupo de veteranos marcados por las cicatrices y endurecidos por la guerra, con el amor propio y la vanidad de los ejércitos permanentes que sólo se mantienen unidos por el lazo de las regulaciones de servicio y disciplinarias.
Una severidad inflexible y la disciplina estricta pueden mantener vigente la virtud militar de una tropa, pero no la crean. Sin embargo, por más que estas cosas conserven cierto valor, tampoco conviene exagerarlo. El orden, la habilidad, la buena disposición y también cierto grado de orgullo y un sobresaliente temple son cualidades de un ejército adiestrado en época de paz que deben ser valoradas, pero que, sin embargo, no tienen una importancia por sí mismas. El conjunto sostiene al conjunto y, al igual que el cristal que es enfriado muy rápidamente, una sola grieta puede quebrar toda la masa. En especial, el temple más firme del mundo se sume con demasiada facilidad en la depresión ante la primera desgracia, o, podríamos decir, en una especie de jactancia temerosa, en el sauve qui peut francés. Un ejército como ese sólo puede lograr algo por medio de su jefe, pero nunca por sí mismo. Debe ser conducido con doble precaución, hasta que gradualmente, en la victoria y en el esfuerzo, vaya adquiriendo fortaleza en su severa preparación. ¡Cuidado entonces con confundir el espíritu de un ejército con su temple!
Capítulo VI LA AUDACIA
En el capítulo sobre la certidumbre del éxito se ha determinado el lugar y el papel que la audacia representa en el sistema dinámico de fuerzas, donde se opone a la previsión y a la prudencia, para mostrar, con ello, que la teoría no tiene derecho a restringirla tomando como pretexto su legislación.
Pero esta excelsa desenvoltura con la que el alma humana se eleva por encima de los peligros más extraordinarios tiene que ser considerada en la guerra como un agente activo aislado. En realidad, ¿en qué terreno de la actividad humana tendría la audacia derecho de ciudadanía si no fuera en la guerra?
Es la más excelsa de las virtudes, el verdadero acero que da al arma su agudeza y brillantez, tanto en el corneta y en el ciudadano que sigue al ejército como en el general en jefe. Admitamos, en efecto, que goza hasta de prerrogativas especiales en la guerra.
Además del resultado que se obtenga del cálculo del espacio, el tiempo y la magnitud, debemos conceder le cierto porcentaje de participación, que siempre, cuando se muestra superior, se aprovecha de la debilidad de los demás. Constituye, por tanto, una verdadera potencia creadora, lo cual no resulta difícil de demostrar, ni siquiera filosóficamente. Allí donde la audacia encuentre indecisión, las probabilidades de éxito se decantarán necesariamente a su favor, debido a que ese estado de indecisión implica una pérdida de equilibrio. Se encuentra únicamente en desventaja, podríamos decir, cuando se enfrenta con una cautelosa previsión, que resulta tan audaz, tan fuerte y poderosa en cada caso como lo es ella misma; pero estos casos difícilmente se presentan. Entre los hombres cautelosos hay una considerable mayoría que se muestran sujetos a la timidez.
En las grandes masas, la audacia constituye una fuerza cuyo cultivo especial nunca puede ejercerse en detrimento de otras fuerzas, debido a que aquéllas se hallan ligadas a una voluntad superior, a través del armazón y la estructura del orden de batalla y del servicio, y están en consecuencia guiadas por una inteligencia ajena. Así, la audacia equivale aquí solamente a un resorte, que se mantiene bajo presión hasta el momento en que es liberado.
Mientras más elevado sea el orden jerárquico, mayor será la necesidad de que la audacia vaya acompañada por la reflexión, o sea, que no debería ser la expresión ciega de una pasión sin finalidad, ya que con el aumento de jerarquía se trata cada vez menos de un autosacrificio y cada vez más de la preservación de otros y del bien común de la gran totalidad. Lo que las regulaciones del servicio prescriben a manera de segunda naturaleza para las grandes masas debe ser prescrito para el general en jefe por la reflexión, y en este caso la audacia individual en actos aislados puede convertirse muy fácilmente en un error. De todas maneras, será un estupendo error que no debe ser considerado de la misma forma que cualquier otro. ¡Feliz del ejército en el que se manifieste la audacia con frecuencia, aunque sea de manera inoportuna! Es una floración excesivamente esplendorosa, pero que indica la presencia de un rico suelo. Incluso la temeridad, que equivale a la audacia sin objetivo alguno, no tiene que menospreciarse; fundamentalmente, es la misma fuerza de carácter, pero usada a modo de pasión sin ninguna participación de las facultades intelectuales. La audacia deberá ser reprimida como un mal peligroso únicamente cuando se rebele contra la obediencia del espíritu, cuando se manifieste de manera categórica en contra de una autoridad superior competente; pero habrá de serlo no por ella misma, sino en relación con el acto de desobediencia que cometa, ya que nada en la guerra tiene mayor importancia que la obediencia.
Decir que, a igual nivel de inteligencia, en la guerra se pierde mil veces más por causa de la timidez que de la audacia sólo cabe expresarlo para asegurarnos la aprobación de nuestros lectores.
Substancialmente, la intervención de un motivo razonable facilitaría la acción de la audacia y, en consecuencia, aminoraría el mérito que puede encerrar; pero en realidad resulta todo lo contrario.
La participación del pensamiento lúcido y, más aún, la supremacía del espíritu despojan a las fuerzas emotivas de una gran parte de su intensidad. Por esa causa, la audacia pasa a ser menos frecuente, mientras más se asciende en la escala jerárquica, ya que, si bien es posible que la perspicacia y el entendimiento no aumenten con la jerarquía, también es cierto que las magnitudes objetivas, las circunstancias y las consideraciones se imponen a los jefes en sus distintas fases de tal forma y con tanta fuerza desde el exterior, que el peso que recae sobre ellos por estas causas aumenta en la medida en que disminuye su propia perspicacia. Esto, por lo que a la guerra se refiere, es el fundamento básico de la verdad que encierra el proverbio francés: Tel brille au second qui s’éclipse au premier.
Casi todos los generales que la historia nos ha presentado como simples mediocridades y como carentes de decisión, mientras estaban a cargo del mando supremo, fueron hombres que sobresalieron por su audacia y decisión cuando ocupaban un lugar inferior en la escala jerárquica.
Debemos hacer una distinción con los motivos de un comportamiento audaz que surge bajo la presión de la necesidad. La necesidad presenta diversos grados de intensidad. Si es inmediata, si la persona que actúa en persecución de un objetivo se ve acosado por un grave peligro cuando intenta escapar de otros peligros igualmente grandes, entonces lo único digno de admirar es la determinación, la cual, no obstante, tiene también de por sí su valor. Si un joven salta por encima de un profundo abismo para mostrar su habilidad como jinete, entonces es audaz, pero si da el mismo salto al verse perseguido por un grupo de turcos desaforados, sólo muestra determinación. Pero cuanto más lejana se encuentre la necesidad de acción y mayor sea el número de circunstancias que tenga que considerar el espíritu para realizarla, tanto mayor será el descrédito de la audacia. Si Federico el Grande consideró, en el año 1756, que la guerra era inevitable y solamente pudo rehuir la destrucción adelantándose a sus enemigos, tuvo la necesidad de comenzar él la guerra, pero al mismo tiempo es evidente que fue muy audaz, ya que muy pocos hombres en su lugar hubieran decidido hacerlo.
Aunque la estrategia pertenece solamente al terreno propio de los comandantes en jefe o de los generales en las posiciones más elevadas, la audacia sigue siendo en todos los demás miembros del ejército una cuestión tan indiferente para ellos como lo son las otras virtudes militares. Con un ejército proveniente de un pueblo audaz y en el que siempre se haya alimentado el espíritu de audacia, todas las cosas pueden ser emprendidas, menos aquellas que sean extrañas a esa virtud. Por esta razón es por la que hemos mencionado la audacia en conexión con el ejército. Pero nuestro objetivo se centra en la audacia del comandante en jefe y, sin embargo, todavía no hemos manifestado gran cosa sobre ello, después de haber descrito esa virtud militar en un sentido general, de la mejor forma como hemos sabido hacerlo.
Cuanto más nos elevamos en las posiciones de mando, mayor será el predominio del intelecto y de la perspicacia en la actividad de la mente, y, por ello, tanto más será dejada de lado la audacia, que es una propiedad del temperamento. Por esta razón la encontramos tan raramente en las posiciones elevadas, pero es en ellas donde más merecedora es de admiración. La audacia dirigida por el predominio del espíritu es el signo del héroe: no consiste en ir contra la naturaleza de las cosas, en una clara violación de las leyes de la probabilidad, sino en un enérgico apoyo de esos elevados cálculos que el genio, con su juicio instintivo, realiza con la velocidad del rayo e incluso a medias consciente cuando toma su decisión. Cuanto más preste la audacia alas a la mente y a la perspicacia, mayor altura alcanzarán éstas en su vuelo y mucho más amplia será la visión y mayor la posibilidad de corrección del resultado; pero, evidentemente, sólo en el sentido de que a mayores objetivos, mayores serán los peligros. El hombre común, para no hablar del débil y del indeciso, llega a un resultado correcto en la medida en que es posible hacerlo sin una experiencia vivida, y mediante una eficacia concebida en su imaginación, alejado del peligro y de la responsabilidad. En cuanto el peligro y la responsabilidad lo acosen desde todas direcciones, perderá su perspectiva, y si la mantuviera en cualquier medida debido a la influencia ajena, habría perdido no obstante su poder de decisión, debido a que en este punto no hay quien pueda ayudarle.
Creemos, entonces, que no puede pensarse en un general distinguido carente de audacia, es decir, éste no puede surgir de un hombre que no haya nacido con esta fortaleza de temperamento, que consideramos, en consecuencia, como requisito puntual de esa carrera. La segunda cuestión es la de establecer qué grado de fortaleza innata, desarrollada y moldeada por la educación y las circunstancias de la vida le resta al hombre cuando alcanza una elevada posición. Cuanto mayor sea la conservación de este poder, mayor será el vuelo del genio y más altura ganará. El riesgo se hace mayor, pero el objetivo se acrecienta también en concordancia. Que las líneas emanen y adopten su dirección de una necesidad distante, o que converjan hacia la base fundamental de un edificio que la ambición ha levantado, que sea un Federico el Grande o un Alejandro quienes actúen, es prácticamente lo mismo desde el punto de vista crítico. Si la última alternativa alimenta más la imaginación porque es la más audaz, la anterior satisface más
al entendimiento porque contiene en sí misma una mayor necesidad.
Resta, sin embargo, considerar aún una circunstancia muy importante. En un ejército puede hacer acto de presencia el espíritu de audacia, ya sea porque exista en el pueblo o porque haya surgido de una guerra victoriosa conducida por generales audaces. En este último caso habrá que convenir, sin embargo, que faltaba al comienzo.
En nuestros días, difícilmente habrá otro modo de educar el espíritu de un pueblo, a este respecto, como no sea mediante la guerra y bajo una dirección audaz. Únicamente esto puede contrarrestar ese sentimiento de lasitud y esa inclinación a gozar de las comodidades en que se sumerge un pueblo en condiciones de creciente prosperidad y de floreciente actividad comercial.
Una nación puede confiar en alcanzar una posición firme en el mundo político únicamente si el carácter nacional y el hábito de la guerra se apoyan uno al otro en una constante acción recíproca.
Capítulo VII LA PERSEVERANCIA
El lector espera oír hablar de ángulos y de líneas y encuentra, en vez de esos integrantes del mundo científico, solamente gente de la vida común, tal como las que ve a diario por la calle. Sin embargo, el autor no puede mostrarse ni un ápice más matemático de lo que el tema parece requerirle y no teme el asombro que pueda causar.
En la guerra, más que en cualquier otra actividad en este mundo, las cosas ocurren en forma distinta de lo que hubiéramos esperado, y vistas desde cerca éstas aparecen diferentes de lo que parecían a distancia. ¡Con qué serenidad el arquitecto puede observar la forma gradual en que surge su trabajo y toma la que contiene en sus planos! El médico, aunque situado más a merced de contingencias y aconteceres inexplicables que el arquitecto, conoce sin embargo a la perfección las formas y los efectos de sus medios. Por otro lado, en la guerra, el jefe de un gran conjunto se enfrenta al constante embate de datos falsos y verdaderos, de errores que se derivan del temor, de la negligencia, de la falta de atención, o de actos de desobediencia a sus órdenes, cometidos ya sea por apreciaciones erróneas o correctas, por mala voluntad, por un sentido cierto o falso del deber, o por indolencia o agotamiento, por accidentes que no cabe de ningún modo prever. En suma, es víctima de cientos de miles de impresiones, de las cuales la mayoría tienen una propensión intimidatoria y la minoría alentadora. El instinto, que permite apreciar rápidamente el valor de esos incidentes, se adquiere mediante una prolongada experiencia de la guerra; gran valentía y fortaleza de carácter son sus soportes, al igual que las rocas resisten los golpes de las olas. El que ceda a esas impresiones nunca llevará a término ninguna de sus empresas, y a este respecto la perseverancia en el camino decidido es un necesario contrapeso, en tanto que las razones contrarias más concluyentes no se hagan presentes. Más todavía, difícil resulta que haya empresa gloriosa en la guerra que no sea lograda mediante inagotables esfuerzos, penurias y privaciones; y como aquí la debilidad física y espiritual propia de la naturaleza humana está siempre dispuesta a ceder, sólo una gran fuerza de voluntad, puesta de manifiesto con esa perseverancia admirada ahora y en la posteridad, conducirá a lograr el objetivo propuesto.
Capítulo VIII LA SUPERIORIDAD NUMÉRICA
Tanto en la táctica como en la estrategia es este el más general de los principios de la victoria, y será desde ese punto de vista general como empezaremos a examinarlo. A tal fin nos aventuramos a ofrecer la siguiente exposición.
La estrategia determina el lugar donde habrá de emplearse la fuerza militar en el combate, el tiempo en que ésta será utilizada y la magnitud que tendrá que adquirir. Esa triple determinación asume una influencia fundamental en el resultado del encuentro. Así como es la táctica la que ha podido dar lugar al encuentro, en cuanto al resultado, sea éste tanto la victoria como la derrota, es guiado por la estrategia como corresponde, de acuerdo con los objetivos finales de la guerra, que son, por naturaleza, muy distantes y se hallan muy raras veces al alcance de la mano.
A ellos se subordinan como medios una serie de otros objetivos. Éstos, que son al propio tiempo medios para uno mayor, pueden ser en la práctica de varias clases, e incluso el objetivo final de toda la guerra es casi siempre distinto en cada caso. Nos familiarizaremos con estas cuestiones en cuanto vayamos conociendo los apartados de los que forman parte, de modo que no nos proponemos abarcar aquí todo el tema y dar de él una completa enumeración, aun en el caso de que esto fuera posible. En consecuencia, no consideraremos por ahora el uso de encuentro.
Esas cosas por medio de las cuales la estrategia influye sobre el resultado del encuentro, dado que son las que lo determinan (en cierta medida lo imponen), no son tampoco tan simples como para poder ser abarcadas en una sola investigación. Si es cierto que la estrategia indica el tiempo, el lugar y la magnitud de la fuerza, en la práctica puede hacerlo de muchas formas, cada una de las cuales influye en forma diferente, tanto sobre el desenlace como sobre el éxito del encuentro. Por lo tanto, nos familiarizaremos con esto sólo gradualmente, es decir, a través de los temas que la práctica determina de modo más preciso.
Si despojamos al encuentro de todas las modificaciones que puede sufrir, de acuerdo con su finalidad y con las circunstancias de las que procede, si, finalmente, dejamos de lado el valor de las tropas, porque éste se da por sobreentendido, sólo queda la mera concepción del encuentro, o sea, un combate sin forma, del que no distinguimos más que el número de combatientes.
Este número determinará, en consecuencia, la victoria. Ahora bien, por la cantidad de abstracciones que hemos tenido que realizar para llegar a este punto, se deduce que la superioridad numérica sólo es uno de los factores que producen la victoria y que, por lo tanto, lejos de haberlo conseguido todo o ni siquiera lo principal mediante esa superioridad, quizá hayamos obtenido muy poco con ella, de acuerdo con lo que varíen las circunstancias concurrentes.
Pero esta superioridad numérica presenta diversos grados: puede ser imaginada como doble, triple o cuádruple, y es fácil comprender que, al aumentar de esta forma, debe imponerse a todo lo demás.
En este sentido convenimos en que la superioridad numérica es el factor más importante a la hora de determinar el resultado del encuentro; pero debe ser suficientemente grande como para contrapesar todas las demás circunstancias.
Consecuencia directa de esto es la conclusión de que en el punto decisivo del encuentro debería ponerse en acción el mayor número posible de tropas.
Sean estas tropas suficientes o insuficientes, se habrá hecho a este respecto todo lo que permitían los medios. Este es el primer principio de la estrategia y, en la forma general en que aquí ha sido formulado, puede ser aplicado tanto a los griegos y los persas o a los ingleses y los hindúes, como a los franceses y los alemanes. Pero dediquemos nuestra atención a las condiciones militares propias de Europa, a fin de llegar a algunas ideas más concretas sobre este asunto.
Aquí encontramos ejércitos que se parecen mucho más a equipos, en organización y habilidad práctica de todo tipo. Sólo cabe distinguir todavía una diferencia momentánea en la virtud militar del ejército y en el talento del general. Si estudiamos la historia de la guerra en la Europa moderna, no encontramos en ella ninguna batalla como la de Maratón.
Federico el Grande, con aproximadamente 30.000 hombres, venció en Leuthen a 80.000 austríacos y en Rossbach, con 25.000, hizo lo propio frente a unos 50.000 de los Aliados. Pero estos son los únicos ejemplos de victorias obtenidas contra un enemigo que contaba con una superioridad numérica doble o aun mayor. No cabe citar con propiedad la batalla que Carlos XII libró en Narva, porque en esa época los rusos apenas podían ser considerados como europeos, y, además, las circunstancias principales de esta confrontación no son demasiado bien conocidas. Bonaparte contaba en Dresde con 120.000 hombres contra 220.000 y, por lo tanto, la superioridad no llegaba a duplicar su propio número. En Kollin, Federico el Grande, con 30.000 hombres, no alcanzó el éxito contra 50.000 austríacos, ni tampoco triunfó Bonaparte en la batalla de Leipzig, donde se encontró luchando con 160.000 hombres contra 380.000, siendo por lo tanto la superioridad del enemigo mucho más del doble.
Podemos deducir de esto que, en la Europa actual, resulta muy difícil, incluso para el general más dotado de talento, alcanzar una victoria sobre un enemigo dos veces más fuerte. Ahora bien, así como vemos que la superioridad numérica doble demuestra tener un peso de envergadura en la balanza, incluso contra los generales más sobresalientes, podemos estar seguros de que, en los casos comunes, tanto en los encuentros grandes como en los pequeños, por más desventajosas que puedan ser otras circunstancias, para asegurar la victoria será suficiente con disponer de una superioridad numérica importante, sin que necesite ser mayor del doble. Por supuesto podemos concebir el caso de un paso en la montaña, en el que ni siquiera una superioridad diez veces mayor sería suficiente para doblegar al enemigo, pero entonces no cabría hablar de ningún modo de un encuentro.
Por lo tanto, creemos que, en nuestras propias circunstancias tanto como en todas las similares, la acumulación de fuerza en el punto decisivo es una cuestión de capital importancia y que, en la mayoría de los casos, resulta categóricamente lo más importante de todo. La fuerza en el punto decisivo depende de la fuerza absoluta del ejército y de la habilidad con que ésta se emplea.
En consecuencia, la primera regla sería adentrarse en el campo de batalla con un ejército lo más fuerte posible. Esto parecerá una perogrullada, pero en realidad no lo es. Para demostrar que durante largo tiempo la magnitud de las fuerzas militares de ningún modo fue considerada como una cuestión vital, sólo necesitamos observar que en la historia de la mayoría de las guerras del siglo XVIII, incluso en las más reseñadas, no se menciona en absoluto la magnitud de los ejércitos, o sólo se hace ocasionalmente, y en ningún caso se le adjudica un valor especial. Tempelhoff, en su historia sobre la guerra de los Siete Años, es el primer escritor que se refiere a ella con regularidad, pero sólo lo hace muy superficialmente.
Incluso Messenbach, en sus múltiples observaciones criticas sobre las campañas prusianas de 1793-1794 en los Vosgos, da una amplia referencia de las colinas y los valles, de los caminos y los senderos, pero nunca dice una palabra sobre la fuerza que integraba uno y otro bando.
Otra prueba reside en una idea portentosa que obsesionaba las mentes de muchos críticos, de acuerdo con la cual existía cierta medida que era la mejor para un ejército, una cantidad normal, más allá de la cual las fuerzas excesivas eran más gravosas que útiles.
Por último, encontramos cierto número de casos en los que todas las fuerzas disponibles no fueron usadas realmente en la batalla, o en el transcurso de la guerra, porque no se consideró que la superioridad numérica tuviera esa importancia que corresponde a la naturaleza de las cosas.
Si estamos convencidos de que por medio de una superioridad numérica manifiesta se puede obtener cualquier victoria, no cabe dejar de señalar esa convicción ante los preparativos de la guerra, a fin de que se pueda afrontar la batalla con tantas tropas como sea posible y obtener una supremacía o por lo menos contrarrestar la que demuestre poseer el enemigo. Eso basta en cuanto a la potencia absoluta con la que debe conducirse la guerra.
La medida de esta potencia viene determinada por el gobierno, y si bien con esta determinación comienza la verdadera actividad militar, si bien forma una parte esencial de la estrategia de la guerra, todavía en la mayoría de los casos el general responsable del mando debe considerar su fuerza absoluta como algo fijado de antemano, bien porque no hubiera intervenido en su determinación, bien porque las circunstancias hubiesen impedido darle una magnitud suficiente.
Por lo tanto, en el caso de que no pudiera lograrse una superioridad absoluta, no queda otra cosa que conseguir una relativa en el punto decisivo, por medio del hábil uso de la que se posea.
El cálculo del espacio y del tiempo aparece entonces como la cuestión más importante. Ello ha inducido a considerar que esta parte de la estrategia abarca casi todo el arte de utilización de las fuerzas militares. En realidad, algunos han ido tan lejos como para atribuir la estrategia y la táctica de los grandes generales a un órgano interno adaptado particularmente a este propósito.
Pero aunque la coordinación del tiempo y del espacio reside en los fundamentos de la estrategia, y es, por así decir, su sustento diario, sin embargo no constituye ni la más difícil de sus tareas, ni la más decisiva.
Si recorremos con una mirada imparcial la historia de la guerra, veremos que son muy raros los casos en los que los errores en dicho cálculo han demostrado ser la causa de pérdidas serias, al menos en la estrategia. Pero si el concepto de una correlación hábil del tiempo y del espacio hubiera de explicar todos los casos en que un comandante en jefe activo y resuelto vence con el mismo ejército a varios de sus oponentes, por medio de marchas rápidas (Federico el Grande, Bonaparte), entonces no haríamos más que crear una confusión innecesaria con un lenguaje convencional. Para que las ideas sean claras y útiles, es necesario que las cosas sean siempre llamadas por sus justos nombres.
La correcta estimación de los oponentes (Daun, Schwarzenberg), la audacia para hacerles frente con sólo una fuerza pequeña durante corto tiempo, la energía en emprender marchas prolongadas, la osadía en ejecutar los ataques repentinos, la actividad intensificada de que hacen gala los espíritus selectos en momentos de peligro, estos son los fundamentos de sus victorias. ¿Qué tienen éstos que ver con la capacidad para coordinar correctamente dos cosas tan simples como el tiempo y el espacio?
Pero si queremos ser claros y exactos debemos señalar que sólo rara vez se produce en la historia esa repercusión de fuerzas, por la cual las victorias en Rossbach y Montmirail determinaron las victorias en Leuthen y Montereau, y en la que a menudo han confiado grandes generales que se mantenían a la defensiva. La superioridad relativa, o sea, la concentración hábil de fuerzas que devienen superiores en el punto decisivo, se basa con harta frecuencia en la apreciación correcta de tales puntos, en la dirección apropiada que por esos medios se les da a las fuerzas desde un principio y en la decisión requerida, si se ha de sacrificar lo insignificante en favor de lo importante, o sea, si se ha de mantener las fuerzas concentradas en una masa abrumadora. En este sentido son particularmente característicos los logros de Federico el Grande y de Bonaparte. Con esto creemos haberle asignado a la superioridad numérica su debida importancia.

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