Misionología en los seminarios católicos

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Cardenal Francis George OMI

Promoción de los estudios misionológicos en el cambio de Milenio

Francis Cardinal George OMI, Arzobispo de Chicago y Presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos, en este discurso reflexiona y revisa los progresos de la teología de la misión en el Magisterio durante la segunda mitad del siglo pasado.
El Cardenal George habla de la misionología hoy, como disciplina y en términos de su contenido, e individualiza algunas de las posibilidades de inclusión de la misionología en el curriculum teológico, y la sección final subraya la permanente necesidad de los estudios misionológicos.
“Es para mí un gran placer estar aquí con ustedes en este primer encuentro de la Asociación Internacional de Misionológos Católicos. Viniendo como ustedes de tantas partes del mundo, trayendo como ustedes una riqueza de experiencia, ustedes mismos son un signo de la catolicidad de la Iglesia y de la catolicidad de la misionología católica. En un mundo ahora conexionado mediante tantas networks, es importante que aquellos que tienen una responsabilidad especial de pensar y enseñar sobre la misión de la Iglesia trabajen ellos mismos en equipo (network), de modo que lleven el fruto de su reflexión a su potencial más pleno. Espero que esta nueva organización contribuya verdaderamente a una evangelización cada vez más efectiva en un mundo tan necesitado de la misma.
Me han pedido hablar de la cuestión de promover los estudios misionológicos en los Seminarios. No soy un misionológo profesional, naturalmente, pero llevo todo el tiempo de mi vida entregado a la misión de la Iglesia, como misionero Oblato y ahora como obispo. Las reflexiones que ofrezco aquí provienen de esas perspectivas, las de uno que se ha ocupado largo tiempo de la misión en todas sus dimensiones; especialmente del compromiso de evangelización, y de la relación entre fe y cultura.
Lo que les presento aquí se divide en cuatro partes. La primera, recuerda la importante doctrina sobre la misión que ha estado tantísimo en el centro del Magisterio de la Iglesia en el último medio siglo: desde las encíclicas de Pío XII y Juan XXIII, la reflexión del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia como misión, el Papa Pablo VI sobre evangelización; hasta el trabajo del Papa Juan Pablo II, culminante con su gran encíclica Redemptoris Missio, la segunda mitad del siglo XX ha sido inusualmente rica en teología de la misión, insuperable en los siglos precedentes. Es sobre este patrimonio que se construye cualquier misionología católica.
La segunda parte, presenta los desafíos misionológicos hoy. Aquí hay una preocupación doble. Una es la del status de la misionología como ciencia o disciplina, y las implicaciones que comporta para su puesto en el curriculum teológico. La otra se refiere a los desarrollos más recientes que tienen que ser afrontados por la misionología. Estas dos cosas tienen que verse juntas si queremos presentar un cuadro coherente de la misión a la Iglesia y a los educadores de los Seminarios.
La tercera parte, trata del corazón de la cuestión, es decir, la misionología en el curriculum del Seminario. Sugeriré un enfoque en dos partes del tema y espero que esta propuesta estimulará cierta discusión al respecto.
La cuarta parte final, presenta el futuro de la misión. ¿Cómo debemos ver la misión en el nuevo milenio? ¿Qué desafíos especiales podemos anticipar?
Misionología católica en el cambio de Milenio
El siglo XX ha sido importantísimo para la misión de la Iglesia. Una intensiva evangelización que duró varios siglos llegó a una fruicción que fue notada muy gráficamente en la convocación del Concilio Vaticano II. Por una parte, la presencia de obispos de todo el mundo testimoniaba el hecho (en palabras de Karl Rahner) que la Iglesia se había hecho por primera vez verdaderamente una Iglesia Mundial. Una política de estímulo del desarrollo del clero autóctono y una jerarquía nativa en cada país – una política basada en la escuela de pensamiento «plantatio ecclesiae» elaborada por Pierre Charles en Lovaina y André Seumois en esta universidad y promovida vigorosamente desde el Papa Pío XI en adelante – mostró las efectos de su puesta en práctica.. La Iglesia estaba presente verdaderamente en lugares y establecimientos donde no existía escasamente un siglo antes. La presencia de muchísimos obispos de estos países atestaba una nueva universalidad de la Iglesia. Los Sínodos continentales tenidos ahora al final del siglo han sólo confirmado esta nueva universalidad en África, América, Asia y Oceanía.
Por otra parte, los frutos de la evangelización estuvieron presentes no sólo en los rostros y números, sino también en la auto-comprensión de la Iglesia. Del Concilio surgió una teología que puso la misión en el mismo corazón de la Iglesia y de la propia presencia de Dios en el mundo. Tanto la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium (LG) como el Decreto sobre la Actividad Misionera Ad Gentes (AG) capturan la esencia de esta teología. La Iglesia como sacramento universal de salvación ofrece salvación a todas las gentes. Para hacer ese ofrecimiento, la Iglesia debe ser misionera. Es misionera, ante todo, reconociendo su participación en la misión del Hijo de llevar luz y verdad a todos los pueblos. Es misionera, en segundo lugar, reconociendo que ha sido congregada por el Espíritu Santo en la Iglesia como propio pueblo de Dios. En su enseñanza en LG, junto con una eclesiología renovada que presenta la misión como un enviar de una Iglesia local y un recibir por otra, lo que echa las bases para la elaboración de la actividad misionera de la Iglesia en AG.
Por citar aquí AG: «La Iglesia en la tierra es por su misma naturaleza misionera, pues, según el designio del Padre tiene su orígen en la misión del Hijo y del Espíritu Santo» (AG 2). La misión del Hijo y del Espíritu Santo se manifiesta en la creación del mundo de Dios, y especialmente en la creación de los seres humanos, llamados a compartir la vida y la gloria de Dios. Esta llamada no nos llega individualmente, sino colectivamente, para formar un pueblo. La Iglesia participa en la misión de la Trinidad como sacramento o signo de la salvación de Dios destinada a todo el mundo y como medio de ofrecimiento de esa salvación al mundo en su propia actividad bajo el poder del Espíritu Santo. Dicho sencillamente, la Iglesia no tiene una misión; la Iglesia misma es misión. La actividad misionera de la Iglesia no es cierta actividad periférica llevada a cabo por un pequeño grupo de especialistas. La Iglesia se entiende a sí misma como misionera en su mismo corazón, en su participación de la acción del Hijo y del Espíritu Santo en el mundo- Como declara la AG 9: «La actividad misionera no es otra cosa, ni nada menos, que la manifestación del designio de Dios, su epifanía y realización en el mundo y en la historia; es eso por lo que Dios, mediante la misión, lleva claramente a su conclusión la historia de la salvación». Misión es más que extensión o auto-extensión; es la fuente de la perfección de la Iglesia misma. Nuevamente, con palabras de la AG 6: «Es claro, pues, que la actividad misionera brota de la misma naturaleza de la Iglesia. La actividad misionera extiende la fe salvadora de la Iglesia, extiende y perfecciona su unidad católica, es sostenida por su apostolicidad, activa el sentido colegial de su jerarquía y dá testimonio de su santidad que extiende y promueve».
La Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi (EN) del Papa Pablo VI contribuyó de modo especial a nuestra comprensión de lo que la evangelización es en sí misma. Tanto LG como AG habían hablado elocuentemente de la actividad de Dios en el mundo en el Hijo y en el Espíritu Santo. Pero fue Pablo VI quien daría mayor contenido a lo que comporta la tarea evangelizadora de la Iglesia. Como lo expresó: «…la Iglesia evangeliza cuando trata de convertir, solamente a través del poder del Mensaje que proclama, tanto las conciencias personales y colectivas de las personas, las actividades a las que se dedican y las vidas y ambientes concretos que les son propios» (EN 18). Encontramos aquí las dimensiones de una evangelización integral, involucrando no sólo la conciencia individual sino también la colectiva de un pueblo. Además, no son sólo sus corazones los que son tocados, sino también sus vidas y culturas.
La EN presenta importantes desarrollos en la misión en la última parte del siglo XX que el Concilio Vaticano no podía haber previsto completamente: el rápido desarrollo de las Iglesias particulares, especialmente desde la independencia política; una elaboración más clara de la relación fe-cultura; y una nueva y profundizada solidaridad con los pobres. Todo ésto aceleró la agenda misionológica de la Iglesia. Ha sido el Papa Juan Pablo II, quien ha dedicado a todas estas materias atención especial, en su Encíclica Redemptoris Missio (RM), de 1991. Construyendo de nuevo sobre LG y AG, el Santo Padre reafirmó el mandato misionero de la Iglesia como constitutivo de la Iglesia misma, y no sólo una de sus muchas tareas. Trató, además, de aclarar numerosos puntos que habían sido obscurecidos en la búsqueda de nuevas comprensiones de la misión para afrontar los desafíos del día. Reafirmó la importancia de la proclamación: un repetido estribillo en toda la encíclica es «Abrir las puertas a Cristo». Aun apoyando la importancia del diálogo y de otras formas de testimonio, no deseba disminuir la proclamación directa. La Iglesia tiene confianza en su mensaje de que Jesús es Señor y de que debe proclamar ese mensaje osadamente a un mundo con frecuencia nadando en la duda. Segundo, reafirmó la misión ad gentes: «pueblos, grupos humanos, contextos socioculturales donde Cristo y su Evangelio no son conocidos, o donde faltan comunidades cristianas suficientemente maduras como para poder encarnar la fe en el propio ambiente y anunciarla a otros grupos» (RM 33). Las acusaciones contra una no santa alianza entre evangelización y colonialismo había golpeado profundamente en el corazón de la empresa misionera. El Papa era consciente de esto, pero pensaba que un pasado alguna vez ambigüo evangélicamente no debía ser un obstáculo para continuar proclamando el Evangelio osadamente.
Tercero, el Papa ha pedido insistentemente en el curso de los diez últimos años una «Nueva Evangelización», un tema que figura de manera especial en la RM. Esta evangelización no es sólo un nuevo esfuerzo para predicar el Evangelio en regiones donde no ha sido predicado antes; trata también de llevar el Evangelio de nuevo a esas partes del mundo donde el mensaje ha sido enmudecido por movimientos culturales contrarios al Evangelio y la gente se ha alejado de la fe en Jesucristo. Por eso, la Nueva Evangelización va más allá de la re-evangelización, entendida como el retorno a la disciplina evangélica de un pueblo básicamente fiel alejado, a una nueva apologética entre los que no han rechazado el Evangelio personal y socialmente. De muchos modos, el fuerte foco cristológico de los Sínodos para las diferentes regiones del mundo ha puesto el énfasis sobre la importancia de una nueva o continuada evangelización en el mundo.
Cuarto y último, un foco sobre la relación fe y cultura ha sido una característica de este pontificado. Como filósofo y como pastor, el Papa Juan Pablo II ha estado profundamente convencido de los modos en que la cultura forma al sujeto humano. Ha sido el primer pontífice en introducir el término «inculturación» en el uso eclesiástico oficial. Fundó el Consejo Pontificio para la Cultura en 1982. Construyendo sobre la discusión de cultura en Gaudium et Spes (GS), sus principales discursos sobre este tema durante sus visitas pastorales entorno al mundo han construido una doctrina formidable sobre fe y cultura, un sujeto al que he dedicado algún estudio y reflexión tanto a causa de su enseñanza como a causa de mis propias visitas a los Oblatos y otros misioneros en todo el mundo (ver George 1990).
La comprensión de la misión con la que nos acercamos al nuevo milenio tiene por tanto numerosas características sorprendentes. Es, ante todo, profundamente trinitaria y eclesial en su teología y, por eso, no instrumental en su enfoque de la misión. Es una teología situada en el mismo corazón de la Iglesia y parte de este centro para proponer una compelente y omnicomprendente visión de la acción de Dios en la historia. Segundo, esta comprensión de la misión lleva consigo una particularizada y comprensiva comprensión como obra de Dios en la que la Iglesia está llamada a participar. Incluida especialmente en el concepto de la Nueva Evangelización, trata de examinar cuidadosamente los diferentes grupos y contextos donde es necesaria la evangelización y ofrece un modo claro de proceder con la evangelización misma. Tercero, esta comprensión de la misión ha incrementado su sensibilidad al fenómeno de la cultura, con su énfasis tanto sobre la particularidad de las culturas y sobre las fuentes para una genuina unidad de la humanidad. En resumen, la teología de la misión de la Iglesia ofrece una sólida base sobre la que podría construirse una misionología. Teniendo esto presente, podemos pasar a la segunda parte de esta presentación, que se centra en los desafíos que tenemos delante.
Desafíos misionológicos hoy
Habiendo revisado la doctrina sobre la misión que ha presentado la Iglesia en la segunda mitad del siglo XX, debemos ahora mirar adelante: ¿cuáles son los desafíos ante nosotros y cómo deben ser afrontados? Quisiera dividir mis observaciones aquí en dos secciones: una sobre la misionología como disciplina o ciencia; y otra sobre algunos desafíos concretos de los que tendrá que ocuparse la misionología.
La misionología es relativamente joven como disciplina o ciencia distinta. Los orígenes de la misionología católica se datan generalmente en la inauguración de la cátedra de misiología en la Universidad de Münster en 1914. Münster, Lovaina y Roma forman los ejes del pensamiento misiológico católico durante la mitad del siglo XX, y produjo un vivo debate sobre la finalidad de la misión de la Iglesia. Me permitirán, espero, recordar los comienzos de la misionología en el trabajo de los Misioneros alemanes del Verbo Divino y de los Oblatos de María Inmaculada. Señalo esos miembros de mi propia familia religiosa misionera, cuyos nombres están en las referencias y la literatura: Streit, Dindinger, Rommerskichen y, en su generación, Metzler y Henkel de esta Universidad.
En el período post-conciliar, la misión misma se puso bajo escrutinio. Fue acusada de haber coexistido demasiado cómodamente con el imperialismo y colonialismo. A causa de este ambivalente status de la misión, la misionología se encontró a sí misma en tela de juicio sobre si ella debiera ocupar un puesto en el curriculum teológico.
El problema para la misionología era doble. Ante todo, el objeto de su estudio-misión ha sufrido un cambio rápido durante el siglo XX. El Emperador Wilhelm, estableciendo la cátedra protestante de misionología en Halle, y la cátedra católica en Münster, veía la misionología como un medio de ayudar a administrar la dimensión religiosa de la vida colonial. Por eso la misión era –al menos a sus ojos– el aspecto religioso de la colonización. Al mismo tiempo, muchos misioneros se identificaron con ella e incluso se vieron involucrados en los movimientos de independencia que derrumbarían el colonialismo en la mayor parte del mundo en la década de 1960. Llamadas a un moratorium sobre la misión en los años de 1960, provenientes especialmente de África, debilitaron el empuje misionero. Para la década de 1980, países que un día eran considerados objeto de misión enviaban ellos mismos misioneros. Este desarrollo desafió al sentido territorial de una misión ad gentes que había prevalecido durante siglos. El surgir de misiones pentecostales y protestantes fundamentalistas, especialmente en Latinoamérica, hizo emerger otra serie de problemas cuando el objeto de la primera evangelización pasó a ser el de los ya bautizados sacramentalmente. En todo este rápido cambio, ha sido con frecuencia difícil mantener cierto enfoque sobre qué es exactamente misión y cómo debería llevarse a cabo. ¿Qué se suponía debía estudiar la misionología y cómo debería proceder tal estudio? Dado este tumultuoso cambio en el curso de menos de un siglo, es un pequeño milagro que la misionología tuviera que luchar para mantener la misión claramente ante sí.
El segundo problema para la misionología era su propia auto-comprensión como disciplina o ciencia. ¿Debería considerarse una disciplina de propio derecho, con su propio método, criterios y modo de proceder? ¿O era la misionología más un campo de estudio en el que varias disciplinas –escriturística, teológica, histórica, socialcientífica– se agrupaban para examinar desde una variedad de perspectivas la misión de la Iglesia? La continuada diferenciación (o incluso fragmentación) de las disciplinas tradicionales por la explosión del conocimiento y las presiones de la post-modernidad hicieron emerger la cuestión de si la misionología es una disciplina distinta. La misionología ha sido capaz raramente de abrirse camino hacia el centro del curriculum teológico, y ha tenido que contentarse con un puesto en la periferia. La disminución del interés por la misión ha conducido a algunas universidades a descontinuar las cátedras de misionología (como, por ejemplo, en la facultad católica de Wuerzburg), diciendo quizá que los días de la misionología podrían terminar pronto. Esto ha impulsado a algunos estudiosos, especialmente de las universidades del norte de Europa, a tratar de desarrollar un caso para la misionología como una ciencia teológica que ocupe su propio puesto en la universidad, sintiendo que sin tal articulación de la misiología como ciencia, la misiología desaparecería del todo de las universidades.1
Por otra parte, la misionología está siendo vista como una zona en la que las diferentes disciplinas deben incluir el fenómeno de la misión. La misión debe ser explorada teológica, histórica y sociológicamente. Este segundo enfoque no ve la misionología con algún método propio, peculiar de ella. Antes bien, se sirve de los métodos de muchas disciplinas para comprender el complejo fenómeno de la misión en el mundo de hoy. Este enfoque pone el énfasis en integrar la misión y la actividad misionera en la comprensión más amplia de la Iglesia, antes que subrayar lo que la distingue. La misionología pues se convierte en una aventura de colaboración entre escolares provenientes de diferentes disciplinas.2 Con frecuencia la misión se incluye en la rúbrica de la «Iglesia Mundial» o «Cristianidad Mundial» como modo de alejarse de la crítica colonialista de la misión.
El que la misionología sea o no una disciplina distinta no lo tengo que decidir yo; lo mejor es dejar la cuestión a los misionólogos mismos. Pero es importante hacer notar que el problema, dado que tiene un impacto sobre cómo la misiología es entendida y sobre cómo, por tanto, podría encajar en un curriculum. En el caso de la misionología como ciencia distinta, la misionología podría pretender ocupar su puesto entre las otras disciplinas que constituyen el curriculum teológico. En este caso, tendría que competir por un espacio en un curriculum con frecuencia ya sobrecargado. Si la misionología es definida por el objeto de su estudio antes que por los métodos por los que se estudia, entonces debe tomar una dirección diferente para encontrar su puesto dentro del curriculum. En todo caso, estará llena de desafíos significativos.
Complica ulteriormente la cuestión del puesto de la misionología en el curriculum hoy tres desarrollos en la misión misma que se han ido configurando especialmente desde el tiempo del Concilio Vaticano II. Están incluídos y a veces incluso mencionados en los documentos conciliares bajo uno u otro nombre. Pero la elaboración de cada uno se ha ido desarrollando en gran parte desde el Concilio. Me refiero aquí al diálogo interreligioso, a la inculturación y al trabajo por la justicia como elementos constitutivos de la misión, de la predicación del Evangelio.
El diálogo interreligioso fue afirmado y promovido por el Concilio, especialmente en LG y en Nostra Aetate (NE). El Concilio ciertamente se figuró y esperó que, lo que entonces era un movimiento naciente, crecería y florecería, y esto se ha verificado realmente. Pero, al inicio del nuevo siglo, tenemos que afrontar todavía la cuestión de buscar una comprensión más profunda de las formas del diálogo, y especialmente sus implicaciones, para una teología de las religiones. La cuestión de la teología de las religiones continúa siendo una de las más neurálgicas que afronta la misionología católica: ¿cómo presentar el significado de las otras religiones frente al cristianismo? ¿Qué papel juegan en el plan de Dios para la salvación humana? A medida que el mundo se hace cada vez más pequeño, y la interacción entre las religiones no es siempre pacífica (se piense en los recientes incendios de iglesias en Indonesia y la India), ¿cómo tenemos que presentar el encuentro de las religiones? El Concilio y la subsiguiente enseñanza papal han encuadrado la cuestión sólo parcialmente: Dios es activo en algún modo en estas tradiciones sin que éstas sean parte formalmente de la revelación divina. Pero la completa elaboración de la relación permanece abierta todavía ante nosotros.
La inculturación, como ya hemos mencionado, construye sobre la comprensión de la cultura elaborada en GS. Aunque no es tan neurálgica como la teología de las religiones, la relación fe-cultura nos lleva profundamente a cuestiones sobre cómo expresar la identidad de la fe cristiana y, lo que es más importante, cómo valorar y criticar diferentes formaciones culturales del cristianismo. Necesitamos todavía una teología de la cultura conmensurable con las comprensiones modernas de cultura que subyacen a las discusiones sobre inculturación.
Tercero, trabajar por la justicia o por la transformación de ls sociedad a la luz del reino de Dios no es sólo un medio práctico para llegar y servir a los hombres: es parte integral del proyecto misionero. Implicar al mundo en sus propios términos, sin embargo, ha comportado a veces secularizar la misión; y la presencia de trabajos y servicios sociales sin referencia explícita a Jesucristo o el reunir fieles en su cuerpo ha eclipsado con frecuenica la motivación misionera y negado la naturaleza pública de la fe que forma la Iglesia.
Me parece que, aunque la misionología está explicada, necesita afrontar más directa y decididamente estas cuestiones. Por estas razones, la misionología –ya sea una disciplina distinta o un campo interdisciplinar de estudio– está en el centro de la exploración teológica de algunas de las cuestiones teológicas más críticas que tenemos que afrontar hoy.
Una última cuestión que ha emergido en la última parte de este siglo es el significado de la proclamación directa. Como hemos visto, el Papa Juan Pablo II afrontó directamente esta cuestión en RM. Pero la cuestión tarda en otros sectores. La continuada preocupación es causada por una conciencia creciente de las dificultades en la comunicación intercultural, especialmente cómo se verifica el proceso de recepción a través de las fronteras culturales. Quizá, la insistencia de la postmodernidad sobre la diferencia aumenta este predicamento. Esto es menos un problema teológico que de comunicación; por eso. no va al corazón del debate sobre la misionología como los tres previos. Sin embargo, es muy debatido y hay que identificarlo como uno de los temas que desafía a la misionología hoy.
Sobre el estado de la misionología al inicio del nuevo siglo, ésta tiene que afrontar desafíos metodológicos acerca de su status como disciplina, así como desafíos materiales en la elaboración de las implicaciones del diálogo religioso, de la inculturación y de la proclamación. Espero que vuestra nueva organización ocupe un puesto de líder en el afrontar tanto las cuestiones metodológicas como las materiales.
La Misionología en el Curriculum del Seminario
Esto me lleva a la tercera sección de esta presentación, que se ocupa de la cuestión central del puesto de la misionología en el curriculum de los Seminarios. Habiendo revisto la enseñanza de la Iglesia sobre la misión, y habiendo mirado los desafíos de hoy a la misiología como disciplina y los distintos desafíos teológicos relacionados con la misiología, ahora es posible volver a la cuestión del curriculum mismo.
Como traté de explicar en la sección anterior, la misionología está construída como una disciplina con sus métodos propios y como un campo de estudio interdisciplinar. Cada uno de estos dos enfoques tiene implicaciones para su puesto en el curriculum. Si la misionología es una disciplina distinta, entonces podría reclamar su puesto dentro del curriculum. El problema es que tendrá que competir fácilmente por un puesto junto con las otras materias que deberían ser parte de la formación sacerdotal. En esta competición, ganará o no ganará. En los Seminarios pequeños puede ser que no sea posible disponer de alguien dedicado totalmente a esta tarea, y así podría terminar no estando debidamente representada.
La otra alternativa es integrarla en el curriculum, es decir, hacer de ella una dimensión del estudio bíblico, teológico, histórico y pastoral. Esto seguiría a su enseñanza interdisciplinar y multidisciplinar. La ventaja sería que se podría ver la misión bajo diferentes facetas, permitiendo así una focalización teológica unificadora de la Iglesia como misión, antes que como una Iglesia que tiene misiones. La desventaja no es tanto teológica cuanto pedagógica: si todos son responsables de la misión, ninguno es responsable.
Una cosa es clara tanto en AG como en RM: el estudio de la misionología no es algo sólo para los Institutos Misioneros, especializados en la misión ad gentes como su apostolado. En términos de formación de seminario, el estudio de la misión se entiende como dirigido a todos los seminaristas, tanto diocesanos como religiosos (AG 16; RM 63-68). Si la misión es en verdad el desarrollo y el completamiento del plan de Dios para el mundo, entonces el drama de la historia de la salvación se puede entender debidamente sólo desde la perspectiva de la misión.
Pero, volvamos a las dos posibilidades: la misionología como disciplina distinta y la misionología como un campo interdisciplinar. ¿Qué significaría cada una en términos de un puesto en el curriculum? Seguramente estas dos posibilidades no son mutuamente exclusivas. Idealmente, la mayor parte de las facultades desearían tener una combinación de ambas en su curriculum. Pero el llevarlo a cabo comporta un foco y una dirección.
Si el foco se centra sobre la misionología como una disciplina, entonces uno debe pensar en qué cursos de estudio necesitan ser introducidos en el curriculum. Ciertamente, una sana teología de la misión, basada en un estudio de la historia de la salvación desde la Biblia hasta la realización del plan divino, estaría bien aquí. Se necesitaría también la historia de la misión para explorar cómo la Iglesia ha llevado a cabo la misión y qué podemos aprender de esta historia para saber cómo llevarla a la práctica hoy. Ciertamente habrá que prestar atención a la evangelización, a su teología y a su práctica. Esto me parecería ser lo mínimo de lo que comportaría la misionología para un curriculum de Seminario.
Si la misiología es tomada como estudio interdisciplinar, entonces hay que prestar atención a cómo la dimensión teológica aparece y se presenta en todos los cursos del curriculum. En el campo de la teología fundamental, la relación fe-cultura debería recibir un tratamiento especial junto a otros temas más tradicionales que rodean la relación fe y razón. La teología de las religiones podría tratarse también aquí, aunque podría tratarse también en la cristología.
En los campos de la teología dogmática, cristología, eclesiología y antropología teológica, todas deberían tener un enfocamiento misionológico. En la cristología, la misión del Hijo como Jesús y Cristo debería ocupar el puesto principal. La reconciliación escatológica de todas las cosas en Cristo (Ef 1,10; Col 1,20) ofrece el terminus ad quem para la cristología. La cristología así presentada podría ofrecer un mejor contexto para discutir la cuestión de la teología de las religiones.
La eclesiología es el mismo corazón de la misionología. Siguiendo la enseñanza del Concilio sobre la Iglesia en LG y GS se ofrece un modo fácil de ver la Iglesia como misión, aunque puede desarrollarse más detalladamente. Reflexionando sobre la unidad y la catolicidad de la Iglesia a la luz de la misión ayuda a tejer juntas las Iglesias particulares y la Iglesia universal.
La antropología teológica, narrando la historia de la creación, caída, redención y realización exige una renovada reflexión. En verdad, la misión ofrece un cuadro clarificador para tratar estos temas. En una época en la que la globalización de la economía amenaza a la sobrevivencia de los más pobres, la antropología teológica es un antídoto necesario contra el veneno de la comodidad de la vida humana. La misión de la Iglesia de proteger la vida y de luchar contra las culturas de muerte, como dijo tan elocuentemente el Santo Padre en Evangelium Vitae, dá nuevo estímulo a la antropología teológica.
Finalmente, los documentos del Concilio que tratan de la formación de los sacerdotes señalan rápidamente que la formación espiritual debe acompañar a cualquier formación académica. En esta formación espiritual, buscando una espiritualidad misionera que pueda modelar la vida del candidato, de modo que los elementos de la misión estudiados en varias partes del curriculum puedan juntarse, es necesario aquí. Conformarse cada vez más a Cristo, ser cada vez más fieles en el discipulado significa seguir a Cristo en su misión en el mundo. Esta unión con Cristo exige una espiritualidad misionera.
Se podría entrar en otras partes del curriculum, pero esta breve mirada a la teología fundamental y dogmática, y a la formación espiritual, indica cómo puede ser modelado tal enfoque integrativo.
Esto nos lleva a la cuestión de la promoción de los estudios misionológicos en el curriculum. Espero que este encuentro ofrezca la oportunidad de ulterior discusión de las ventajas de ambos enfoques: misionología como disciplina y misionología como campo interdisciplinario. Cualquiera que sea la solución de esta cuestión –una u otra, o cierta combinación de ambas–, habrá desafíos de todas partes para los misionólogos. Si uno sigue la via de la disciplina distinta, entonces habrá que escribir libros de texto accesibles y comprensivos para apoyar la enseñanza de la misionología dentro del curriculum teológico. Si uno sigue la vía del campo interdisciplinario, entonces habrá que producir toda una gama de trabajo escolástico que integre la misionología en la teología fundamental, en la teología dogmática, en la historia de la Iglesia y en los campos de la pastoral práctica. En mi opinión, las últimas parecen corresponder mejor a la visión que se encuentra en los documentos conciliares y subsiguientes, pero representa también un desafío más formidable a los estudiosos de misionología para penetrar e integrar una gama más amplia del curriculum teológico que la que hubo en el pasado.3
Esta discusión origina también cuestiones sobre cómo deberían organizarse los estudios superiores de misionología. Muchos de los misionólogos de la primera generación eran historiadores de la Iglesia. Una generación posterior encontró mayor apoyo para su trabajo misionológico en las ciencias sociales, especialmente en la antropología cultural. Estas dos dimensiones permanecen siendo importantes. Pero lo que parece exigirse de manera especial son misionólogos que sean teólogos formados fundamental y dogmáticamente, que puedan llevar el foco de la misión sobre la articulación de los temas de teología fundamental y dogmática. Mientras esto no suceda, la misionología correrá siempre el riesgo de ser empujada a los márgenes del curriculum.
La necesidad permanente de Misionología
Junto a estas urgentes preocupaciones curriculares, la misionología tiene numerosas tareas permanentes. Mientras el mundo continúa cambiando, el modo en que el mundo necesita oir la llamada de Cristo cambiará también. Los desafíos no son absolutos o desconectados entre sí, dado que la historia de la caída humana y de injusticia, lamentablemente, continúa también a lo largo de las mismas líneas. Pero querría sugerirles tres cosas, como especialistas de la misión de la Iglesia, considerándolas como parte de su tarea cuando entramos en el tercer milenio.
Ante todo, nosotros, pastores de la Iglesia, necesitamos ayuda continuada para imaginarnos la misión de la Iglesia. Con esto quiero decir encontrar los símbolos impulsantes que expresen el significado más profundo de la misión de Cristo para nuestro tiempo y lugar. Hubo un tiempo cuando la misión ad gentes encontró su expresión más clara en el Gran Mandato de Mt 28,19-20, y sospecho que continúa haciéndolo para muchos misioneros hoy. Para otros, que fueron a la misión inspirados por la petición del Papa Pío XII de misioneros en la Fidei donum, la historia de Emaús de Lc 24 ofreció un modelo de solidaridad y de caminar con los pobres a lo largo del camino. ¿Cuál es la imagen bíblica que captura la esencia de la misión hoy? ¿Podría ser la caída de los muros de la división que se encuentra en Ef 2,14ss? ¿O el encontrarse de todas las cosas bajo la cabeza Cristo, como en el himno de los Colosenses? Necesitamos teólogos con imaginación que nos ayuden a pensar sobre la misión cuando entramos en el nuevo milenio.
Segundo, necesitamos un compromiso más profundo en la relación fe-cultura. Esto va hoy al corazón de la identidad de la fe cristiana comprometida, encarnada, inculturada. Como he indicado ya, mucho de esto debe hacerse en la teología fundamental. El hecho de que la fe comprometa así la cultura antes que ignorarla u obliterarla, dice mucho sobre cómo los cristianos ven el mundo. Creo que hay una teología y cultura verdaderamente católica que desarrollar aquí, una teología que se base en la naturaleza sacramental de la realidad, y en el carácter analógico del ser.
Y finalmente necesitamos misionológos para ayudarnos a oír más claramente la necesidad del mundo de Cristo. La necesidad del mundo, con frecuencia, no se centra tan claramente en su grito. Pero la necesidad de revolver las cosas, la necesidad de buscar la reconciliación son todas grandes partes de lo que busca el mundo. Diciéndolo con palabras del Santo Padre:
La venida del tercer milenio impulsa a la comunidad cristiana a levantar sus ojos de fe para abrazar nuevos horizontes en la proclamación del reino de Dios. Es imperativo por tanto en este tiempo especial volver más fielmente que nunca a la enseñanza del Concilio Vaticano II, que arroja nueva luz sobre la tarea misionera de la Iglesia en vista de las exigencias de evangelización hoy.
Los cristianos se sienten robustecidos sabiendo que llevan al mundo la verdadera luz: Cristo el Señor. Proclamando a Jesús de Nazaret, verdadero Dios y hombre perfecto, la Iglesia abre a todos los hombres la perspectiva de ser «divinizados» y, así, de ser más humanos. Esta es la única senda que puede llevar al mundo a descubrir su excelsa llamada y a conseguirla plenamente en la salvación traída por Dios (IM 2).
Ciertamente, después del Gran Jubileo y al inicio del nuevo milenio, la misionología debería tomar nuevo vigor y sentido de finalidad. Podrá hacerlo ahora en la Asociación Internacional de Misionólogos Católicos”.
Notas
1 Un ejemplo sería el trabajo de Jan Jongeneel, en la facultad protestante de Utrecht, Holanda. Sus dos volúmenes, Filosofía, Ciencia y Teología de la Misión en los siglos XIX y XX (1995 y 1997). trataron de desarrollar la misionología como una ciencia con subdisciplinas y divisiones, y con métodos propios. La reacción a este enfoque ha sido mixta.
2 Un ejemplo de esto sería el esfuerzo de colaboración de los misionólogos católicos y protestantes holandeses. Cr. Verstraelen y otros, eds. 1995.
3 Bosch 1991 tiene una sección ejemplar sobre una visión integrada de teología bíblica e historia de la Iglesia.
Bibliografía
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BOSCH David J, 1991, Transforming Mission: Paradigm Shifts en Theology of Mission. Maryknoll, NY: Orbis Books.
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JONGENEEL Jan A.B. 1995/1997, Philosophy, Science and Theology of Mission in the 19th and 20th Centuries. Frankfurt: Peter Lang.
LG 1964 Concilio Vaticano II. Constitución Dogmática sobre la Iglesia, Lumen Gentium.
NA 1965 Concilio Vaticano II. Constitución Dogmática sobre la Iglesia. Declaración sobre la Relación de la Iglesia con las Iglesias no cristianas, Nostra Aetate.
RM 1991 Papa Juan Pablo II. Carta Encíclica, Redemptoris Missio.
VERSTRAELEN F. J., CAMP A., HOEDEMAKER L.A. y SPINDLER M. R., Eds. 1995 Missiology: An Ecumenical Introduction. Grand Rapids, MI: William B. Eerdmans Publishing Company.
Fuente: Traducción de l’italiano. En TEOLOGIA DELL’ANNUNCIO (Per una teologia missionaria), PUM publicación, pp. 5-20.
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