En sueños te veo

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Por Juan Manuel de Prada– ReligiónenLibertad.com
Un querido amigo me cuenta que en sueños se le aparece su compadre, fallecido hace un par de años en circunstancias trágicas. En estos sueños, a veces su compadre (o la imagen soñada del mismo) hace afirmaciones muy hondas que mi amigo no sabe si tomar en consideración. Y, entre bromas y veras, me solicita un dictamen sobre estas visiones soñadas de su compadre. Se trata de una cuestión muy interpeladora, pues en mis sueños también se me aparecen personas difuntas muy queridas, en especial mi abuelo, con quien mantengo largos coloquios de los que luego, al despertar, sólo recuerdo fragmentos deshilachados, aunque muy reveladores.
Homero, en La Odisea, distingue entre sueños ‘falsos’ y ‘verdaderos’ en aquel célebre pasaje en que Penélope percibe las dos puertas del sueño: una de marfil, de donde brotan los sueños falaces; otra de cuerno, de donde emanan los sueños veraces o premonitorios. Y Cicerón, en su tratadillo sobre la adivinación, establece una clasificación tripartita de las fuentes del sueño (los hombres, los espíritus inmortales y los dioses) que reconoce la existencia de sueños inspirados sobrenaturalmente.
La tradición cristiana nunca negará esta inspiración sobrenatural de los sueños, o de ciertos sueños; a veces inspirados por el mismísimo Dios, a veces por espíritus (angélicos o diabólicos). En el Antiguo Testamento, se sueña desde luego mucho más que en el Nuevo (Jacob, los faraones egipcios, Nabucodonosor, etcétera); pero el Nuevo también contiene sueños dilucidadores: San José, por ejemplo, no repudia a la Virgen después de que un ángel le aclare en sueños la naturaleza de su embarazo; y los Magos de Oriente reciben en sueños la encomienda de escaquearse de Herodes. Por lo demás, algunos de los episodios más importantes de la propagación del cristianismo se fundan en un sueño, como la victoria de Constantino contra Majencio en el puente Milvio.
Pero esta confianza en los sueños como vehículo de comunicación sobrenatural, que fue constante en la tradición cristiana, se marchita y malogra por contaminación del racionalismo y el cientifismo que se vuelven hegemónicos a partir del siglo XIX. En su afán por vaciar la fe de contenido, el pensamiento racionalista brindó falsas soluciones materialistas a todos los asuntos de índole espiritual; y, como reacción morbosa, se produjo una efervescencia de espiritistas, nigromantes, adivinos y otras faunas limítrofes que trataban de embaucar con sus supercherías a las gentes más crédulas. Y aquí la tradición cristiana, que siempre había prestado atención a los sueños como vehículos de comunicación sobrenatural, se retrajo y aceptó el método científico como única forma de conocimiento, en su esfuerzo por distanciarse de las escuelas ocultistas. De este modo, el mundo cristiano aceptó de forma insensata –para agostamiento de su vida espiritual– que los sueños eran tan sólo proyecciones distorsionadas de pulsiones, complejos o instintos reprimidos, hasta abrazar de forma suicida las interpretaciones freudianas, que ‘descifran’ los sueños como si fuesen jeroglíficos guarros.
El escritor Robert Hugh Benson sabía que, cuando al creyente se le niega la posibilidad de interpretar espiritualmente realidades tan cotidianas de nuestra vida como los sueños, termina por dejar de creer en las realidades espirituales. «Todo lo que nos rodea –escribiría– es un mundo espiritual comparado con el cual la generación presente es como una familia de hormigas en medio de Londres… Prácticamente no sabemos nada de él, excepto aquellos pocos principios que llamamos la fe católica, nada más». Basándose en estos principios, Benson probó a explorar en una serie de magistrales relatos de misterio –publicados en España con el título de Historias sobrenaturales– este gigantesco mundo espiritual, en los que mostraba que el mundo está envuelto en corrientes espirituales casi siempre inaccesibles para los sentidos, mas no por ello menos reales y omnipresentes. Benson estaba muy interesado, por ejemplo, en explicar que, si bien el dogma católico nos enseña que los muertos no vuelven convertidos en espectros para comunicarse con los vivos, la comunicación espiritual con las almas de los muertos sí es plenamente posible: a través de la oración, sin ir más lejos; pero también a través de los sueños (aunque, desde luego, la práctica de la oración favorece que la comunicación a través de los sueños no sufra contaminaciones preternaturales). De este modo, mi amigo podrá seguir manteniendo jugosos coloquios con su compadre, como yo los mantengo con mi abuelo. ¡Felices sueños para las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan!
Publicado en XL Semanal.

Historias sobrenaturales: La luz invisible / Un espejo de Shalott

Por Sergio Gómez Moyano.
El primer libro de relatos escrito por Robert Hugh Benson se titula The Light Invisible. Salió a la venta en 1903 y se trata del primer volumen publicado del autor. Es importante contextualizar esta obra, porque dará una clave fundamental para su interpretación.
Comenzó a escribirlo en 1902, cuando vivía en la comunidad de la Resurrección de Mirfield. El autor estaba sufriendo una crisis de identidad. Por un lado, había sido educado según los principios de la Iglesia de Inglaterra, de la cual su padre fue la cabeza visible. Más aún, se había convertido en un profesional de la misma, pues había sido ordenado clérigo anglicano. Sin embargo, sentía la llamada a la Iglesia Católica, esa confesión cristiana que desde pequeño había aborrecido. En esos momentos de desconcierto, pretendió buscar una especie de compromiso, una vía intermedia o quizá un metalenguaje capaz de albergar las pretensiones de ambas confesiones. El mismo Benson explicó que con este libro buscaba reafirmarse en las verdades de la religión. Por todo ello, no es de extrañar que The Light Invisible esté compuesto por una serie de experiencias espirituales, explicadas por un anciano sacerdote, que el lector no puede averiguar si es católico o anglicano. El protagonista de los relatos posee un don, una sensibilidad especial, para ver lo que se esconde detrás de la materia.
Un corresponsal escribió sobre el libro que el verdadero meollo del mismo es la intuición espiritual, como único puente entre lo visible y lo invisible (C.C. Martindale, The Life of Monsignor Robert Hugh Benson, vol. I). Esta intuición se materializa, o se hace sensible, en la figura del anciano sacerdote, que es el que relata las historias. Su don consiste en: «La facultad de comprobar por nosotros mismos lo que hemos aceptado por autoridad y lo profesamos por fe. […] La percepción es a veces tan intensa que el mundo espiritual se me muestra tan visible como lo que llamamos el mundo natural, pero se me muestran simultáneamente, como en el mismo plano. Depende de mí elegir cuál de los dos veo con más claridad» (The Light Invisible).
Y esta facultad, dice, no es algo diferente, por ejemplo, de la capacidad que tiene su interlocutor (el que escribe todo lo que el anciano relata) de disfrutar de la belleza, donde otros no la ven. A partir de aquí se explicarán situaciones que el anciano sacerdote, o alguna otra persona, ha vivido gracias a esa capacidad intuitiva devenida visión sensible.
Desde el punto de vista literario cabe decir que se trata del primer libro de madurez literaria de Robert Hugh Benson. El género en el que se podría adscribir sería el de los relatos fantásticos o de terror, si bien sus páginas no encierran pasajes tan escalofriantes como los de A Mirror of Shalott. Su tono es mucho más meloso y, sobre todo, más espiritual (por no decir místico) que terrorífico o fabulístico.
El planteamiento de A Mirror of Shalott adquiere la forma de un simposio informal, una especie de Decamerón o Canterbury Tales. Un grupo de sacerdotes de diferentes nacionalidades se encuentran en Roma. Después de sus actividades diarias disponen de un período de tiempo libre entre la cena y las oraciones de la noche. Para pasar ese rato, y a raíz de una discusión entre ellos sobre la existencia de los milagros, deciden que cada noche uno de ellos contará una historia. Deberá cumplir dos condiciones: que se narren hechos sobrenaturales y que hayan sido vividos en primera persona.
En una primera instancia, dado este planteamiento, cabría esperar que Benson, como sacerdote católico, hiciera hablar a sus personajes, tan clérigos como él, de modo aleccionador sobre milagros de santos u otras delicadezas piadosas, cual si desde el púlpito predicaran. Podría imaginarse uno, a mucho exagerar, que hablaran de algún exorcismo.
Pero el tono de la obra no se alinea en absoluto con este talante. En ella se habla de fantasmas, de presencias malignas, o incluso ausencias insoportables, de barcos fantasma… La riqueza de las historias es verdaderamente sorprendente, y algunas de ellas llegan a producir un auténtico escalofrío. No en vano, las historias de A Mirror of Shalott aparecen en numerosas colecciones de relatos fantásticos o de terror junto a los nada irrelevantes de Poe o Lovecraft, entre otros. Y es que este libro puede ser considerado un clásico del género de terror.
Para llegar a la intención de esta obra, conviene detenerse un segundo en el título. Debe su nombre a un poema escrito por Alfred Tennyson, presumiblemente en 1842, titulado The Lady of Shalott. La dama protagonista del mismo vivía sola en un castillo en la isla de Shalott. Tenía prohibido mirar el mundo directamente, más allá de los muros, pero lo contemplaba a través de un espejo. A Mirror of Shalott, literalmente un Espejo de Shalott, pretende ser un lugar en el que el lector puede fijar los ojos, para ver ese mundo exterior que está más allá de los muros de la materialidad, es decir, de la percepción sensible. El objetivo del libro, por tanto, queda patente: mostrar el mundo espiritual. Uno por uno los miembros de este peculiar simposio de historias sobrenaturales o de terror van relatando sus experiencias, sus encuentros con lo sobrenatural.

Puntuación: 5 / Votos: 9

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