Cardenal Juan Luis Cipriani

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El jueves 27 de diciembre, los sacerdotes de la Arquidiócesis de Lima celebraron el cumpleaños número 75 del Cardenal Juan Luis Cipriani. La reunión se inició con un momento de oración y agradecimiento a Dios en la renovada capilla principal del Seminario Santo Toribio de Mogrovejo. Luego de ello los sacerdotes diocesanos y religiosos hicieron un brindis de honor en nombre del Arzobispo de Lima. Después se continuó con el almuerzo de confraternidad en los jardines del Seminario.

Sacerdotes, estén unidos

Al finalizar el almuerzo, los sacerdotes de Lima entregaron a su pastor dos obsequios significativos en nombre del pueblo católico limeño. El Cardenal agradeció estos gestos y pidió a sus sacerdotes a siempre mantenerse unidos ayudándose los unos a los otros: “En primer lugar, toda esta expresión de cariño. Les agradezco mucho y les digo a todos, ayuda mucho a perseverar sentir el cariño de los hermanos, no es solamente una cosa sentimental, sino que nos necesitamos unos a otros. Ojalá que todos, el día de su cumpleaños, el día en que tengan alguna preocupación, estemos rodeados del cariño de los sacerdotes, esto es el tesoro de la Iglesia y cuando falta no queda nada. Lo primero que les digo es gracias porque me ayudan a perseverar sintiendo la cercanía de su oración y el cariño de cada uno”.

A los 75 todo es alegría y acción de gracias

En otro momento, el Cardenal Primado afirmó que en la vida siempre hay que dejarse ayudar por Dios: “Cuando uno es más joven es más vehemente y entonces a esas edades uno dice: este me molesta, no estoy de acuerdo con este y hay discusiones, mejores y peores, y eso nos pasa a todos, pero al pasar el tiempo cuando uno llega a los 75, en que uno va resumiendo y saben que ya no queda ningún recuerdo de fastidio, no queda nada, este me cae mal, este me cae bien, no queda nada, la grandeza de Dios hace que a estas edades todo sea alegría y acción de gracias. Y todo esto es una ayuda de Dios”.
En la celebración estuvieron presentes los niños de la Orquesta Sinfónica de Manchay, quienes llevaron alegría y música a este momento especial. Entre los invitados destacaron la presencia del Nuncio Apostólico, Monseñor Nicola Girasoli; el obispo de Yauyos, Monseñor Ricardo García; el obispo de Carabayllo, Monseñor Lino Paniza; el obispo de la Prelatura de Ayaviri, Monseñor Kay Schmalhausen; el obispo de emérito de Chachapoyas, Monseñor José Ignacio Alemany; el obispo emérito de Juli, Monseñor Raimundo Revoredo; el obispo emérito de Cuzco, Monseñor Juan Antonio Ugarte; los obispos auxiliares de Lima, Monseñor Raúl Chau; y Monseñor Adriano Tomasi; entre otros.
Fuente: www.arzobispadodelima.org

HOMENAJE A UN GRAN PASTOR

Por Alfredo Gildemeister- www.laabeja.pe
Nunca imaginaría el sacerdote Juan Luis Cipriani Thorne, ingeniero, exjugador de la selección peruana de baloncesto, mientras era consagrado Obispo Auxiliar de Ayacucho aquella lejana tarde de julio de 1988, que su vida cambiaría de manera tan radical.
Han transcurrido más de treinta años. Mientras contempla unas viejas fotografías, por su mente van pasando muchos recuerdos familiares, rostros de amigos y de tanta gente de toda clase y condición social que conociera -desde políticos y empresarios, hasta terroristas inclusive-. Tal vez vinieron a su memoria aquellas palabras que tantas veces escuchara personalmente a San Josemaría Escrivá de Balaguer: “Soñad y os quedareis cortos”.
El problema era que él nunca soñó con ser obispo ni arzobispo -y que fuera destinado a Ayacucho en pleno auge del terrorismo senderista- y ¡Menos aún imaginó ser cardenal primado del Perú y arzobispo de Lima! Pero así actúa la Providencia Divina. Recordó uno a uno los rostros de aquellos jóvenes ayacuchanos que arranchaba de las manos a los senderistas cuando en las noches durante los toques de queda en Ayacucho, salía a hurtadillas por las calles oscuras de Ayacucho a traerlos para esconderlos en su casa, a fin de salvarlos de los terribles reclutamientos de Sendero. Suerte que no lo vieran los senderistas o los soldados que patrullaban por allí. ¡Si la gente supiera las angustias vividas! ¡Cuántas noches sin dormir, preocupado por tantas cosas! Recordaba aquellos emocionantes partidos de básquet con los muchachos. Jugaban de lo mas bien. ¡Cómo se entregaban al deporte! Mejor hacer deporte que asesinar gente. ¡Cuánto se lo agradecerían sus padres!
Recordó aquellas interminables conversaciones con los terroristas del MRTA cuando tomaron la residencia del embajador de Japón con rehenes hace más de 22 años. ¡Qué locura! Nunca se imaginó negociando con terroristas fanáticos, arriesgando su vida por tantos. Inclusive les hablaba de Dios ¡Mientras otros cobardemente evadían sus responsabilidades! Que familiar se hizo su figura caminando valientemente hacia dicha mansión, jalando su pequeña maletita negra con rueditas. ¡Si supieran los ornamentos y libros sagrados que guardaba!  Cuantos recuerdos, y así todo, “tan callando” como diría el poeta Manrique. Sin llamar la atención.
Cuantos enfrentamientos por decir tantas verdades desde el púlpito, ante un mundo que prefiere callar cobardemente o hacerse de la vista gorda. Pero él no es así. Nunca fue así. Cristo hablaba con la verdad ya que Él es la Verdad, por lo que Juan Luis siempre prefirió decir las cosas claras, sin rodeos, coger al toro por las astas, nada de medias verdades y menos mentir por quedar bien. Por más que lo criticaban e inclusive difamaban e injuriaban. Pero no es el discípulo más que su maestro. Si al Señor, al mismo Cristo lo criticaron y difamaron… “Lo mismo harán con ustedes”, ya lo había vaticinado el Señor.
Cueste lo que cueste, le duela a quien le duela. Aceptando calladamente y con humildad las bofetadas y difamaciones de enemigos que no faltan, Juan Luis valientemente proclamaba la verdad. “Seréis signos de contradicción” le había adelantado ya el Señor en el Evangelio. Así debe ser un pastor, así es Juan Luis y así lo será siempre, desde que lo conociera como un joven curita, profesor en el Seminario de Santo Toribio. Me recomendó unos libros para mi tesis de bachiller sobre Ética fiscal allá por 1985. Ya mi hermano Lalo me lo había recomendado. Fue su profesor en Santo Toribio. “Ese curita del Opus es brillante”, me había dicho. “Llegará muy lejos”.
Pero así es Juan Luis. Francote, sencillo y directo a la vena en sus opiniones y pareceres. No puede ser de otra manera. La Verdad es simple y clara, no se puede ser “diplomático” cuando se anuncia y dice la Verdad a la gente. En una sociedad como la peruana en donde el “qué dirán” y los dimes y diretes sobreabundan, se preferiría quizá a un sacerdote discreto, casi mejor que calle y que no “haga lío”. Pero Juan Luis no es así. ¡El mismo Papa Francisco pide hoy a los jóvenes que hagan lío! Juan Luis conoce su misión y sus obligaciones. El no puede callar la Verdad. ¡No debe! Y lo sabe. Menos aún en una época en que todo se dice y sale a la luz crudamente, hasta los peores errores y horrores de los seres humanos. “Signo de contradicción” dijo el Señor. De allí que cuando Juan Luis habla, guste a muchos su franqueza y claridad, pero también escandalice a otros que prefieren que calle y no denuncie ni diga nada. Pero así no es ni será Juan Luis. Es más, ¡No debe serlo!
Juan Luis es pastor. Esa es su misión y su razón de vivir. Siempre velando por sus ovejas, con un cariño infinito, pero también recriminándolas valientemente y cuidándolas, callando cuando hay que callar y diciendo valientemente las cosas cuando hay que decirlas mientras otros cobardemente callan.
En febrero del 2001 Juan Luis fue nombrado cardenal por San Juan Pablo II. La cruz pesa más sobre sus hombros y acepta la voluntad de Dios. En enero pasado, Juan Luis recibió y acompañó al Papa Francisco en su visita al Perú. Francisco no podía oculta su asombro, alegría y admiración por la feligresía católica peruana y la gran labor desempeñada por Juan Luis.
El próximo 28 de diciembre Juan Luis cumple 75 años de edad y tal como mandan las normas de la Iglesia, debe poner su cargo a disposición del Papa Francisco. Seguirá siendo cardenal, pero dejará de ser el arzobispo de Lima. Ya Su Santidad decidirá si acepta su renuncia de inmediato o le permite un tiempo más seguir en funciones mientras busca un sucesor.
En todo caso, da igual. Juan Luis está satisfecho con la misión cumplida. Nunca perdió la paz en los difíciles momentos de terrorismo, violencia, corrupción y tantos otros difíciles momentos más que vivió el país. El pastor cuida de sus ovejas. Ama y las conoce una a una. Así será Juan Luis hasta el día que el Señor le llame por su nombre y le agregue lo de “siervo bueno y fiel”, puesto que ha sido todo un privilegio para la Iglesia Católica peruana haber contado con un arzobispo de Lima como Juan Luis Cipriani. Muchos lo extrañaremos. Vayan estas sencillas líneas en homenaje y agradecimiento a este valiente y humilde pastor.

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