Radiografía de la fe del pueblo peruano

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Las Palmas era una fiesta

Por Alfredo Gildemeister-Lucidez.pe
Aquella mañana del pasado domingo 21 de enero, Lima contempló algo que no se veía ni se verá en mucho tiempo. Desde la noche anterior, una gran masa de gente se movilizaba utilizando el transporte público, taxis, micros, caminando y como podía, hacia la base aérea de Las Palmas. Familias enteras, niños incluso de meses de nacidos, padres, madres, abuelos, personas incapacitadas, enfermos y ancianos. Para todos, la meta era llegar a Las Palmas, como sea. Cientos de miles de personas caminando desde el amanecer, cargando en una mano bolsas, mochilas y maletines, botellas de agua, galletas, panes, etc. y en la otra mano a lo mejor un banquito, una silla plegable o una pequeña sombrilla o paraguas para guarecerse del fuerte sol que desde temprano ya asomaba. ¿Qué era lo que motivaba a estos cientos de miles de personas de toda condición social, a realizar ese sacrificio de asistir a Las Palmas un día domingo, aguantando miles de incomodidades, el fuerte calor de un sol que quemaba, sueño, sed, dolores en los pies, así como el apuro por llegar a tiempo? ¿Qué era lo que hacía sacrificarse así a miles de personas? ¿Acaso se trataba de algún connotado político, showman, artista o algún concierto de rock de un reconocido cantante internacional? No, nada más lejos de ello. ¿Quién hacia que estos cientos de miles de personas vinieran de todas partes de Lima y otras regiones del país y del extranjero a Las Palmas? Se trataba de un hombre sencillo, campechano, de hablar claro y directo, con nada menos que 81 años de edad. ¿Qué tenía este hombre de edad avanzada de atractivo? Pues simplemente que se trataba del vicario o representante de Cristo en la Tierra. Ni mas ni menos. Mientras caminaba bajo el sol de aquella mañana de domingo, acompañado de miles de personas hacia Las Palmas, pensaba que algo parecido debían de haber sido las multitudes que acompañaban a Cristo cuando predicaba en los calurosos montes de Galilea y Judea.
Entonces, ¿Por qué finalmente asistieron más de un millón setecientas mil personas a Las Palmas, realizando toda clase de sacrificios? ¡Ya quisiera cualquier político reunir tanta gente! Pues para asistir a la Santa Misa celebrada nada menos que por el Papa Francisco y porque querían escuchar su mensaje, sus palabras y consejos, pero no de temas políticos o económicos o sociales, sino sobre vida espiritual, pues son conscientes que no solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Esa sed e ilusión por Dios se podía palpar en el ambiente. Mientras me ubicaba en mi sector luego de hacer una larga cola, pude detenerme ya con mas tranquilidad a mirar el ambiente en el que me encontraba. Tenía a mi alrededor personas de toda condición social y provenientes de las zonas, distritos y conos más alejados y extremos de Lima. Todos conversábamos sobre la ilusión de nos embargaba la llegada del Francisco a Las Palmas, verlo al menos un instante y oír su mensaje. Todos éramos hermanos con una misma fe. ¿A qué se debía este gran atractivo del Papa? Eso es algo que todos nos preguntábamos. Recordaba lo mismo que sentí cuando hacía mas de treinta años estuvo san Juan Pablo II con nosotros en el Perú. Se trataba de un hombre de Dios, un santo. No era cualquier persona, como si se tratase de un líder político. Era muchísimo mas que eso. Todos esperaban oír “palabras de vida eterna” como le dijera Pedro a Cristo, esto es, un mensaje de amor, paz y esperanza.
Lo mismo sucedía ahora. El ambiente en Las Palmas era de fiesta. Pero no de una fiesta en donde la alegría se debía al trago, la jarana o el baile. La alegría salía del corazón de las personas que allí nos encontrábamos. Se trataba de una alegría diferente, más profunda y verdadera, de orden espiritual que salía del fondo del alma. Y debo decir que algo extraño y bello sucedió ese día: Todos éramos hermanos de verdad. Nos tratábamos con un cariño y una familiaridad como si nos conociéramos de toda la vida. Compartíamos nuestra comida, agua, banquitos, otros se sentaban en el suelo, alguno dormitaba. Delante de mí tenía varios “Voluntarios” del papa con los que conversaba mientras esperábamos la llegada de Francisco. Una guapa morena que no pasaría de los 20 años me contaba que se venía del cono norte, no había dormido toda la noche ni desayunado, pues había pasado la noche allí. Se sentía feliz y muy ilusionada de ver y oír a Francisco. Me vació amablemente una botella de agua en la cabeza. En otros sectores los bomberos manguereaban a la gente roseándolos de agua. El calor era espantoso. Una policía delante mío me contaba que le costaba mirar a la multitud y darle la espalda al Papa cuando pasara, pero esa era su misión: mirar hacia la multitud para que no hubiera desorden. Ese era su sacrificio por Dios. No voltearía a ver al Papa.250118b_resultados_visita_papa_limaDe otro lado, todo el mundo cantaba y hasta bailaba con lo que las horas de espera se pasaron volando. Se podía “palpar” ese “no sé qué” sobrenatural que vibraba en el ambiente. Y pude percatarme que realmente la Iglesia ¡éramos nosotros! Todos los que allí estábamos presentes sudando la gota gorda por amor al Papa, cuando llegó Francisco, la alegría se desbordó. Todos cantábamos, bailábamos, gritábamos, reíamos y -por qué no decirlo- muchos lloraban de alegría. Francisco pasó dos veces delante mío, sonriendo y bendiciendo a todos. En la mañana de ese domingo, lo había visto un buen rato en la Catedral, mientras le cantaba en el coro, adorar las reliquias de nuestros cinco santos peruanos. Estaba serio y concentrado en la oración. Pero hoy en Las Palmas estaba alegre como nunca, feliz de poder “palpar” esa fe que se siente y se toca. De allí que Las Palmas era una fiesta, una fiesta de verdadera alegría. Su visita al Perú, como dijo al final de la Misa, dejó una huella en su corazón y, como dijera el cardenal en sus palabras de agradecimiento, también en nosotros. Por unas horas, todo el Perú se unió en un solo sentir, una sola voz, un solo corazón y una sola alma. ¡Ese fue el milagro de Francisco! ¡Unidos por la esperanza!

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