Historia de los Awajún

Por Dr. Víctor Raúl Nomberto Bazán- Director de Investigación Facultad de Ciencias Sociales UNFV
Resumen
Los awajún pertenecen a la familia lingüística de los jíbaros. Organizaban expediciones contra otros jíbaros como los wampis, con la finalidad de matar enemigos y robar mujeres. En dichas excursiones, las cabezas de los hombres asesinados eran cortadas y convertidas en tsantsa -cabezas reducidas mediante un tratamiento ritual-.
Antes del siglo XIV estuvieron vinculados por la guerra a los moches o lambayeques de la costa, para finalmente  habitar un enclave entre la cordillera andina y los ríos navegables de la región norte ubicado en la Amazonía peruana, específicamente en las regiones de Loreto, Amazonas, Cajamarca y San Martín.
Durante el siglo XVI se fundaron las ciudades de Santiago de las Montañas y de Santa María de Nieva en la actual región Amazonas, así como Borja en 1619. Desde allí llegan los jesuitas en 1638 para iniciar las misiones de Maynas, cuya presencia es importante hasta su expulsión del Perú en 1769.
A inicios del siglo XX, en pleno boom del caucho, los awajún atacan a un grupo de caucheros en Wavico, en la actual provincia de Bagua (Guallart 1990).
En 1925 se establece la misión protestante nazarena en Imacita. En 1947 ingresa el Instituto Lingüístico de Verano (ILV) y en 1949 se establecieron las primeras misiones jesuitas en Chiriaco.
También el siglo pasado, durante la década de los 90, el río Cenepa fue escenario de la guerra entre Perú y Ecuador. Y en el presente siglo del enfrentamiento denominado “baguazo” cuyos protagonistas fueron también integrantes de esta población indígena.
Introducción
Los pueblos indígenas awajún están distribuidos en los departamentos de Amazonas, Caja­marca, Loreto, San Martín y Ucayali (Calderón, 6).
El antropólogo Jaime Regan señala que “los awajún pertenecen a la familia lingüística jíbara que se extendía desde la sierra de Ayabaca y la sierra sur de Ecuador hasta la selva alta de los ríos Santiago y Marañón (Hocquenghem, 1989). No tenían ninguna forma de organización centralizada, sino reconocían los jefes de las unidades familiares. En el caso de amenaza de afuera, se organizaban en torno a un jefe militar, reconocido por su experiencia, sabiduría y valentía (Harner, 158-169).
Los mochicas o los lambayeque (750-1375 d.C.) habrían obtenido de la región del Chinchipe (en territorio awajún) mucho del oro para su orfebrería”. La tradición oral awajún habla de conflictos con los «iwa», probablemente los mochicas o lambayecanos (Guallart, 1990: 47-50). El Inca Tupa Yupanqui trató de conquistar a los jíbaros de la ceja de selva pero fracasó. Según el cronista español Pedro de Cieza de León 1967, 199: «Por los Bracamoros entró y volvió huyendo, porque es mala tierra aquella montaña». Según el mismo autor, también fracasó: «Público es entre muchos naturales de estas partes que Guayna Capa entró por la tierra que llamamos Bracamoros y que volvió huyendo de la furia de los hombres que en ella moran» (ibíd.: 228).Capítulo I: El degollador
Étsa, el Sol, es el principal héroe cultural de los Awajún. Se apareció en forma de hombre, fue un hábil guerrero que uso sus poderes y habilidades especiales para capturar al monstruo Ajáim, transformarlo en árbol y combatir a los Iwa. Étsa está asociado simbólicamente a las actividades mas­culinas como la caza, pesca, preparación de las chacras, construcción de casas y tala de árboles, entre otras (Guallart, 1989; 1990).
De sus enfrentamientos mitológicos con los Iwa adquirieron la práctica de capturar y degollar a sus enemigos, mediante la tsantsa.
Cuando llegaron los españoles, los jíbaros ocupaban la región  del río Chinchipe, Santiago y Marañón. A partir de 1543 los conquistadores españoles repartieron a los jíbaros en encomiendas exigiendo tributo en oro. En 1576, el jesuita Miguel de Fuentes escribió que habían matado a unos españoles por los malos tratos.El motivo de este levantamiento de los indios fue por las abundantes minas de oro que se labran con insoportables trabajos de los indígenas y demasiada opresión de los españoles, quienes sobrepasaron el tributo anual de aquellos que pagaban en oro, y se los exigieron cada seis meses, después cada mes, luego cada semana, y de allí pasaron a obligarlos a que lo pagasen todos los días, y en cantidad tan excesiva que no pudiendo completarla, determinando sacudir su intolerable servidumbre.
“Después de esta rebelión, los españoles de Jaén dejaron de trabajar las minas de oro por temor a otra tragedia, y se dedicaron a hacer grandes plantaciones de tabaco. Durante los siglos XVII y XVIII los jíbaros no permitieron entrar a su territorio ni soldados ni autoridades o vecinos españoles.
Así los jíbaros mantuvieron su libertad durante el resto del período colonial, aunque siempre había algo de contacto con la sociedad cercana por medio del comercio. Al comienzo del siglo XX algunos awajún trabajaron con los patrones caucheros, pero asesinaron a los que cometían abusos” (Martín Cuesta, 1988, V: 17-18).
Capítulo II: La Misión Alta del Marañón
La investigadora Sandra Negro afirma que: “A solicitud del gobernador español Diego Vaca de la Vega al virrey don Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esquilache, se funda en 1619 a orillas de la margen izquierda del río Marañón y al pie del Pongo de Manseriche la ciudad de San Francisco de Borja. Una vez fundada la ciudad se repartieron los pobladores indígenas entre los miembros de la expedición, para que trabajasen en los lavaderos de oro. Como tales encomiendas eran muy duras, los indios huyeron y en 1635 promovieron un alzamiento general atacando la ciudad de Borja donde mataron a muchos españoles. Para pacificar la región el nuevo gobernador Pedro Vaca de la Cadena, pensó que era necesaria una “buena cristiandad” y para alcanzarla solicitó que fuesen enviados miembros de la Compañía de Jesús. A principios de l637 llegaron a la ciudad española de Borja los primeros jesuitas. Ellos fueron Lucas de la Cueva y Gaspar de Cugia. Su primer trabajo fue pacificar a los indígenas y para alcanzar este objetivo consiguieron del gobernador un “perdón general” para los que se habían rebelado. Este fue el primer paso que posibilitó el establecimiento de la misión de Maynas”.
La expulsión de los jesuitas de las posesiones españolas y portuguesas en América entre 1759 y 1767, culminó en 1768 con la salida definitiva de los religiosos de la misión de Maynas. Al tiempo del arresto y expulsión de los jesuitas, la misión de acuerdo con la reorganización territorial realizada en 1753 -a petición de los superiores de la Compañía de Jesús- llevada a cabo por el presidente de la Real Audiencia de Quito, don Juan Pío de Montúfar, marqués de Selva Alegre, estaba dividida administrativamente en tres sectores y a cada una de ellas le correspondía una circunscripción misional. A Borja le correspondía la Misión Alta del Marañón, mientras que para Omaguas era la Misión Baja del Marañón y finalmente a Napo estaba vinculada con la Misión del Napo. El gobernador de Maynas residía en San Francisco de Borja, temprana ciudad española del siglo XVI y posterior misión jesuítica en los siglos XVII y XVIII.Los historiadores de la Misión de Maynas señalan que con la salida de los jesuitas, las reducciones se vieron sumergidas en un notable abandono, tanto en lo espiritual, como en lo económico y que este fue el principal motivo de su decadencia y desaparición. Sin embargo es importante señalar, que si bien se documentan cifras de aproximadamente 12,000 a 14,000 cristianos nuevos en Maynas, la situación misma de las reducciones estaba en plena decadencia desde 1740 en adelante. A manera de ilustración se puede señalar que en 1751 la ciudad de San Francisco de Borja, cabeza de la Misión Alta del Marañón, solo contaba con “17 habitantes entre españoles e indios” y el pueblo de Santiago de las Montañas “que conserva 4 mestizos y 10 indios, porque todos han abandonado estas ciudades”. Las razones para esta situación son varias:
1. El avance de los portugueses que fue mermando y causando graves pérdidas a los misioneros en relación a la evangelización y a los poblados mismos.
2. Los indígenas cristianizados o “neófitos”, que pese a los denodados esfuerzos de los jesuitas durante más de un siglo, continuaban siendo religiosamente inestables, situación agravada al estar inmersos en culturas amazónicas no cristianas.
3. El relativamente pequeño número de religiosos frente a una inmensa extensión territorial, con la población totalmente dispersa y trashumante.
4. El despoblamiento de las reducciones ribereñas, debido a las epidemias y las altas tasas de mortalidad, las cuales dejaban no sólo una estela de pueblos abandonados, sino un menor número de conversos y el reto de buscar nuevos pobladores en el interior de la selva para cristianizar, convirtiendo todos los esfuerzos realizados en nada.
5. Serias dificultades relativas al financiamiento de tan grande empresa, que a pesar de los intentos internos de la misión, tales como elevar la producción local, o externos, como la adquisición de haciendas próximas a Quito, lo cierto es que nunca se logró disponer de los fondos necesarios para una obra espiritual de tal envergadura.Capítulo III: Misiones evangélicas y carretera marginal de la selva
En el año 1924 llegó el misionero evangélico nazareno Roger Winans con su esposa y un grupo de familias evangélicas para vivir y establecer una escuela entre los awajún del río Marañón (Guallart 1990: 226; Greene 2009:267). Las actividades de los Winans en su largo tiempo con los awajún incluían no solamente introducir la Biblia y la importancia de poder leer, escribir, y hacer matemáticas, sino también introducir nuevas ideas de identidad nacional -unos de sus estudiantes eran los primeros awajún que pidieron su Documento Nacional de Identidad (DNI)-, organización comunitaria y valores relacionados al mercado.
En 1947, el Instituto Lingüístico de Verano (ILV) envió un grupo de lingüistas al territorio awajún, quienes llevaron a cabo su obra de evangelización y, al mismo tiempo, de formación de profesores bilingües entre la población. En 1949 se estableció una misión jesuítica en Chiriaco, actual capital del distrito de Imaza, provincia de Bagua, Amazonas. En el año 1953 se creó la primera Escuela Primaria Bilingüe y, en 1972, se implantó oficialmente esta modalidad educativa. Así, llegaron los primeros maestros awajún bilingües, quienes expandieron la doctrina evangélica a lo largo de la década del setenta.
En los años ochenta la mayoría de la población awajún se declaraba cristiana, aunque había reinterpretado esta religión de acuerdo con su particular visión del mundo. Adicionalmente, en la actualidad también se verifica la presencia de grupos otros religiosos: católicos, nazarenos, evangélicos, adventistas, sabatistas e israelitas del Nuevo Pacto Universal, algunos de los cuales desarrollan, además de las labores pastorales y evangelizadoras, diversos trabajos educativos, sanitarios, promocionales, asistenciales y de asesoría, ejerciendo influencia en la marcha de las comunidades y sus organizaciones.
Los awajún aprendieron que un valor de aprender a leer y escribir es tener control y acceso al dinero (Greene 2009: 269). Los misioneros también les impedían y hacían desistir de sus prácticas tradicionales como la de utilizar plantas alucinógenas para visiones. Los misioneros trataban de formar un nuevo líder comunitario, a partir de los valores que ellos transmitían y no en la tradición awajún. La iglesia católica, mediante el Vicariato Apostólico de San Javier del Marañón no permitió que los evangélicos ganaran todas las almas de los awajún y empezó a fundar sus propias escuelas también. Las dos misiones seguían en la misma dirección de Winans, introduciendo documentos e ideas de ciudadanía nacional y religión civilizada. En noviembre de 1952 el ministro de Educación del Perú entregó una resolución oficial autorizando que el Instituto Lingüístico del Verano (ILV) empezara un curso para entrenar a profesores bilingües con la intención explicita de occidentalizar los pueblos indígenas para que participen mejor en la vida nacional (Larson y Davis 1981: 393). El Instituto, una organización adventista, abrió una escuela para profesores en Yarinacocha (Ucayali) y empezaron a fundar escuelas en todas partes de la selva con sus nuevos profesores. Los primeros libros de texto utilizados en las escuelas bilingües demuestran las intenciones del programa: junto a los textos escritos, vemos los símbolos visuales de la nación tales como banderas peruanas, la escuela, martillos y serruchos para la producción y construcción, la ropa occidental, los estándares de salud, y los símbolos del mercado como dinero y artículos de mercadería. En 1953 el ILV tenía sólo un profesor awajún en una escuela: Salomón Katip. En 1975 el número ya había crecido a 133 profesores awajún en 67 comunidades, la mayoría de las cuales se formaron con la llegada de un profesor y la construcción de una escuela (Larson y Davies 1981: 338).
Las escuelas awajún constituyeron más de la tercera parte de todas las escuelas del ILV en la selva peruana (Greene 2009: 283). También, muchos de los awajún más educados, recibieron la oportunidad de viajar a la costa, gracias a la Iglesia del Nazareno, para recibir instrucción secundaria. Gran número de estos awajún se hicieron profesores bilingües y los primeros organizadores políticos en los años 1950 y 1960 (Greene 2009: 285). El profesor bilingüe surgió como un nuevo tipo de autoridad indígena antes desconocido. Él actuaba como intermediario principal entre su pueblo y la sociedad dominante por su capacidad de hablar los dos idiomas y manejar el mundo de libros, documentos, mapas, números, finanzas, entre otros temas. Además, con su sueldo mostraba a su pueblo el uso de dinero, comprando y vendiendo mercaderías y acumulando productos extranjeros, y actuaba como catalizador de más integración al mercado de la comunidad (Greene 2009: 291) En 1978, casi todas las radios, tocadiscos, relojes y otros objetos fabricados que daban prestigio eran propiedad de los maestros (Brown 1984:107). Por lo tanto, el profesor pronto se volvió en líder comunitario y mediador político.
En 1970 llegaron Adolfo Juep e Israel Katip, dos profesores bilingües del Marañón enviados por el ILV, para empezar la primera escuela awajún en el Alto Mayo en la comunidad de Bajo Naranjillo. Los mismos que dos años después fundaron escuelas en Naranjillo, Shimpiyacu, Alto Mayo y Shampuyacu (Brown 1984: 37-38).
La construcción de la carretera entre Bagua y la región San Martín generó la migración de la población hacia la provincia de Rioja donde se establecieron. Como resultado se ha creado el distrito de Awajún en el Alto Mayo, con una mayoría indígena.Capítulo IV: El Oleoducto Norperuano
El diseño del oleoducto norperuano se inició en 1972, cuando el Gobierno del general Juan Velasco Alvarado encargó a Petroperú, dependiente en la década de los setenta del Ministerio de Energía y Minas; realizar los estudios requeridos para su construcción y plantear los contratos con las compañías capaces de efectuar tal obra.
El contrato para el diseño definitivo fue adjudicado en 1973 a la firma Bechtel. El 16 de septiembre de 1974 ambas partes lo suscribieron.
El tendido de los primeros tubos del Oleoducto Norperuano demandó dos años, con participación internacional.
El 31 de diciembre de 1976, la Estación 1 del Oleoducto (San José de Saramuro) recibió petróleo de los yacimientos de Petroperú, y el crudo pesado mezclado con el ligero llegó a la Terminal de Bayóvar el 24 de mayo de 1977. El 7 de junio del mismo año el buque tanque Trompeteros realizó el primer embarque de crudo con destino a Refinería La Pampilla, en Lima.
La construcción del Oleoducto demandó del esfuerzo de 7,800 trabajadores, de los cuales mil eran extranjeros.
Petroperú construyó posteriormente el Oleoducto Ramal Norte, que va desde la Estación Andoas a la Estación 5. Entró en operaciones el 24 de febrero de 1978.Utilizando la carretera de mantenimiento del Oleoducto, se construyó la actual carretera a Santa María de Nieva. Actualmente un ramal de la carretera asfaltada llega a Saramiriza, capital del distrito Manseriche (Datem del Marañón) en la región Loreto, cruzando el río Nieva.
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