Hermanita querida

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El habla de los políticos bajo la lupa de los hermanos Martha y César Hildebrandt

Por Cesar Hildebrandt Pérez Treviño
La doctora Martha Hildebrandt Pérez Treviño –es decir una de las hijas con que mi prolífico y algo distraído padre aderezó el mundo– se ha sentido ofendida por lo que escribí de ella en este diario acogedor que me aguanta y que encima me paga.
No veo por qué ofenderse, hermanita, cuasi hermana, sacha hermana, semi frattella, half sister.
Sólo dije lo que de ti piensa todo el mundo: que eres una oportunista de siete suelas, una rabona que va mudando de paisaje pero no de oficio a medida que las tropas avanzan y cambian los generales pero no tu arrastradera.
Y que, además, eres la única parlamentaria virgen en cuanto a proyectos de ley presentados –has tenido el morro de no presentar ninguno– y una de las más recalcitrantes cobradoras del bono de escolaridad cuando lo cierto es que tu única hija limita ya con la menopausia.
Fuiste la amante reseca del general Velasco mientras te dio trabajo. Cuando fue derrocado te olvidaste de él y merodeaste por la casa de Morales Bermúdez, que tenía órdenes de no darte bola.
Durante el segundo belaundismo te recluiste en casa a ver telenovelas y a botar sirvientas. Fue en esa época que le dijiste a tu hija que la solución para el Perú era “la bomba cholónica, el equivalente nacional de la bomba neutrónica”.
Matibel, tu única hija felizmente, lo contaba muy divertida, así como contaba lo maravillosa madre que fuiste al enterarte de que ella estaba en cinta la mismísima noche en que dio a luz a Nadiana allá en París.
–Mi madre dice que habría que poner a un millón de indios en el zanjón y lanzar una bomba atómica. Sería la bomba cholónica –contaba Matibel doblándose de la risa.
No se doblaba de la risa sino que se le abrían los ojos cuando contaba lo afortunada que eras teniendo una cuenta off shore en un paraíso fiscal para no pagar impuestos en el Perú.
Y se le abrían más los ojos cuando contaba cómo el banco tonto que recibía tu guardado (jerga vieja) se equivocó un día y te abonó electrónicamente cincuenta mil dólares, jugoso error que tú no comunicaste a tu sectorista tropical y que terminó engrosando tu patrimonio. Porque hasta cajoneadora has sido, hermanita. ¡Y luego dices que a ti nadie puede hablarte de faltas éticas!
Lo que hiciste, en esa oportunidad, fue robar, dear almost sister. Y le acabas de robar ya no a un banco caribeño sino al Estado cobrando tus 16 mil soles de gastos de instalación cuando hace rato que estás instalada en la casa de 28 de Julio y en el reino de la conchudez insolente.
Esa platita de los 50 mil dólares te llegó porque así eres de suertuda, además. Bueno, para algunas cosas. Tienes la suerte, por ejemplo, de que la gente te tema por tu boquita de paltera arequipeña con prurito en el poto.
Y tienes la suerte de que los periodistas te tengan terror porque ellos hablan mal y tú bien. Porque ellos son cholos y tú blanca. Porque ellos no gritan y tú sí. Porque a ellos les asusta tu facha de ekeka de mala leche y peor uva, en suma.
Bueno, aquí hay un periodista que, más allá de las sangres en curso o derramadas, jamás te tuvo miedo. Y por eso te puedo responder como lo que –más allá de las buenas formas hasta ahora guardadas por mí– eres de modo militante e inocultable: una lingüista formidable y una persona despreciable, una filóloga eminente y una sobreviviente rastrera, una intelectual sanmarquina y una lombriz de la moral pública. Alguien tenía que decírtelo en este país de periodistas que gallinean en el corral.
Llamaste Simón Bolívar a Alan García cuando coqueteabas con el aprismo a ver si algo te ligaba. Y a Fujimori no necesitaste llamarlo Yamamoto –que se lo merecía por traidor intrínseco y gemelo de tu alma– para trepar su higuera y salir por el techo como una buganvilia maquillada al estilo noche con turistas en el Moulin Rouge.
En el muladar de Fujimori fuiste, querida Martha, barchilona con tu bacín atento, dadora de coartadas, escurridora de mocos, limpiadora de plastas, inspectora de cagarrutas perpetradas por el cholo Siura (aj), sirvienta con cama adentro para lo que mande, justificadora de los asesinatos de La Cantuta, rentada defensora de lo más zafio de la basura con galones que te pensionaba, cobardemente altiva desde el poder, calladita a la hora de perderlo aquella tarde en que te quitaron el cetro del Congreso y tú perdiste el celular que te dio el Chino (no fuera a llamar ahora que no servía para nada).
Si el apellido Hildebrandt –los apellidos los adquiere uno sin proponérselo, son etiquetas banales– vale algo, no es por ti, Marthita querida. Valdrá algo por tu hermana Esther, ser humano delicado y feliz, o sea el envés de tus reveses de bailarina andrófoba.
O valdrá algo por algunos de tus parientes, que de ti nada tienen y que deben haber sentido vergüenza –supongo yo– por lo que has hecho en estos años para conservar el chofer y las regalías, que eso es lo único que te importa.
O valdrá por mi hermana Ana María, cuya tenaz decencia va a contramarcha de tu indecoro intelectual. O, más tarde quizás, por mi hijo, un Hildebrandt Chávez buenmozo y mestizo, de esos que a ti te asquean porque te crees aria y discípula mental de Gobineau.
O por algún otro vástago que por allí saque la cara por este apellido que vino ileso de Hannover y que tú insistes en escupir diciendo que la seguridad social es para los que tengan que padecerla y que no aceptarás que te quiten el seguro privado que deberías pagar con tu sueldo.
¿Qué te has creído? ¿Es el Perú tu chacra de Paramonga, el establo que te trae recuerdos, la acequia con pichi que te parecía idílica? ¿Hasta dónde va a llegar tu talento para hacer el ridículo?  ¿Tiene límites la procacidad?
Hace meses fuiste a mi programa y antes de sentarte me agradeciste por haber contratado a tu hija Matibel como productora. Siento que, al poco tiempo, tuviera Matibel que irse por una orden mía: la inteligencia, como sabrás, no se hereda inexorablemente.
En todo caso, yo ya no puedo volver a contratarla, lo siento mucho. No estoy en la tele porque la tele me echó y yo eché a la tele de mi vida.
Como te echó a ti de la suya el pobre señor Altuve*, tan fino y embajador él, tan venezolano y caballero él, soportando tus berrinches de maldita a bordo y tus groserías de contralto de cocina mientras lanzabas completa la vajilla y todo lo punzocortante que encontraras a tu paso, que eso era para ti el orgasmo supremo del carácter.
Se salvó el señor Altuve. Vivió feliz lejos de ese hígado que a veces pensaba en que te habías convertido, hermanita. Por esa huida fue que necesitaste de la política. El pobre señor Altuve ya no estaba para bancarte las demasías.
Altuve debe haber muerto feliz.
Tan feliz como vivo plenamente yo, hermanita, al lado de una maravillosa mujer espléndidamente joven que suma a su inteligencia su integridad, a su talento su generosidad, a su belleza su capacidad de ser siempre coherente con sus ideas progresistas.
O sea todo lo opuesto a ti, hermanita Brujilda, escoba casi póstuma de todas las malías, Hermelinda linda, hada madrina y consejera de Dennis Falvy, marida de Lord Vader, hermanita querida, histórico mojón de la frontera con Tiwinza.
*Martha Hildebrandt se casó con el embajador venezolano Leonardo Altuve Carrillo, con quién tuvo a su hija, Martha Isabel.

Martha Hildebrandt

Por Cesar Hildebrandt Pérez Treviño
Martha Hildebrandt es un carácter embutido en un cactus. Si la inteligencia fuera dinero, Martha sería una señora Trump viviendo en Manhattan, donde gruñiría en inglés por la pobreza idiomática del Post y caminaría por el Central Park con ese aire de ex ministra del Interior de alguna dictadura de la Europa oriental.
Pero como la inteligencia sólo alcanza para pagar la luz y el teléfono y ser especialista en Bolívar o en filología comparada vende pocos ejemplares y obtiene poco reconocimiento, Martha tuvo que incursionar en la política siguiendo el único instinto que jamás le ha fallado: la adicción por el poder y la autoridad.
Fue funcionaria con Velasco Alvarado, ese chino de Castilla que quiso evitar el comunismo y que sólo se cuadraba ante ella, sonando los tacones como si se tratara de presentarse ante la mismísima mariscala. En esa época era socialista a rabiar y caviar de Beluga, una Rosa de Luxemburgo que iba a la ópera en visón y tintineando de pulseras doradas.
Pero así y todo convirtió la cultura en una prioridad y la edición y los premios a la producción académica en una cosa de todos los días en un país donde la gente seguía murmurando al leer y creyendo que el noticiero 24 horas era el colmo de la exquisitez cosmopolita.
Hizo obra aquí y en la Unesco, en París, donde sí le reconocieron el equipaje académico de ekeka sudamericana y la trataron a cuerpo de reina.
Más tarde comparó a Alan García con Simón Bolívar cuando García mandaba como un huno desde sus balconazos decretando que el cemento bajara, que la leche proliferara por el milagro de las ubres y que los domingos fueran lunes para que la gente siguiera trabajando.
Pero García era, al final, un demócrata y eso terminó por decepcionarla. ¿Cómo era eso de estatizar la banca y luego dejarse amedrentar por la grita de Vargas Llosa y el colchón de Pardo Mesones? No, ese no era un comandante en jefe como el Fidel con quien hizo tan buenas migas.
Porque a ella lo que le fascina es el ejercicio de la autoridad, el grito mandón, la unanimidad concentrada en un caudillo. Hubiera sido leguiista, benavidista, sanchezcerrista, odriista y, desde luego, como resultó siendo, fujimorista.
A esos predios llegó defendiendo a Fujimori en la TV, cuando la inteligencia del país censuraba al autócrata y se reía de sus vulgaridades gramaticales. Fue entonces que esta purista acérrima del habla culta soltó la tesis de que Fujimori se equivocaba a ratos con el castellano porque esta era su segunda lengua, considerando el japonés ancestral que tampoco hablaba bien.
Se olvidó de que la mayor parte de la generación de Fujimori aprendió el idioma del país que los acogió y lo habló con solvencia y creatividad. Se olvidó de los Watanabe, los Tanaka, los Tsuchiya, ejemplares en el decir y en el hacer.
Y de resultas de esta coartada, que ocultaba el hecho comprobado más tarde de cómo Fujimori despreciaba la historia del Perú aporreando simbólicamente su idioma oficial, Martha fue enamorando al Yamamoto de tantos Pearl Harbor domésticos.
Durante la década de Montesinos y su compadre extranjero, Martha defendió con elocuencia los logros del gobierno –que los tuvo–, calló hasta en esperanto sus desaprobaciones y recibió encargos sombríos que cumplió con la eficacia de su talento de generala en eterna disponibilidad.
Encargos, por ejemplo, como el de negar el terrorismo de Estado, las masacres del grupo Colina, la monra de los Hermoza Ríos y la defenestración del Tribunal Constitucional tras la “interpretación auténtica” del artículo 112 de la Constitución, esa sucia maniobra que permitió la segunda reelección del hoy prófugo.
Y todo lo hizo fulminando con un grito a cuanto alfeñique oratorio se le parase por delante y con la habilidad dialéctica que sólo la da el masaje neuronal de los libros.
Hace algunos días, Martha volvió a demostrar que está en forma tratando como a una maruja invertebrada a una animadora de la tele.
Porque su inteligencia brilla a los 81 años de su edad como si se hubiese conservado en formol y su carácter parece una espada toledana que hiere y decapita, si es necesario, a quien ose contrariarla.
Si la inteligencia fuese capital, Martha se trataría de tú a tú con Bill Gates.
Pero la inteligencia es un don, así como la estupidez es un déficit genético.
Así que si la coherencia y los valores fueran también un capital, Martha pediría limosna bajo un puente de la vía expresa.
Fuente: Diario La Primera 2006.

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