Secreto mesiánico

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Cargar tu cruz

Por Antonio Elduayen Jiménez CM

El evangelio de hoy (Mt 16,21-27) es continuación del evangelio del domingo pasado y forman un todo, cuya bisagra es el llamado “secreto mesiánico”, cuando Jesús ordenó a Simón Pedro y los apóstoles: no comenten con nadie que yo soy el Mesías. Fue a partir de este momento que empezó a hablarles abiertamente de lo que le esperaba en Jerusalem: su pasión, muerte y resurrección. Un Mesías humillado, ultrajado, condenado a muerte y crucificado, era inconcebible para los judíos -y era lo último que el Diablo estaba dispuesto a esperar del Mesías. Por ello Jesús nunca se llamó Mesías así mismo y siempre mandó guardar silencio a quienes favoreció con algún milagro (Lc 4,41; 5,14; Mt 17,9). ¿Por qué Jesús se animó y decidió a hablar en este momento de lo que le iba a pasar y de cómo iba a morir?

Jesús se decidió a hablar de su pasión y muerte, porque una vez fundada Su iglesia (Mt 16, 18) sintió más seguro el futuro de su Misión. Cuando Él partiera, su Misión la continuarían los apóstoles constituidos en iglesia. Su elección, de entre los muchos discípulos y seguidores, y su ulterior preparación, le habían costado muchas noches de oración y muchos días de discernimiento y trabajo (Mc 3, 13-15). Pero ahí estaban ellos y las respuestas y señales que habían dado mostraban que, pese a todo, eran los indicados. Hasta el Padre Dios le había dado su ayudita mostrándole quién le gustaría que fuese el Jefe de esa iglesia: Simón que se llamaría Pedro (=piedra, roca). Los doce eran ya su iglesia o comunidad organizada, con Pedro a la cabeza. Jesús podía partir ya en paz, pues, como se dijo arriba, el futuro de su Misión estaba asegurado, sobre todo con la asistencia del Espíritu Santo, que habría de enviarles.

Así las cosas, Jesús les anunció lo de ir a Jerusalén donde le esperaba la muerte. Para los apóstoles, que estaban felices por haber sido constituidos en la iglesia del Señor, el anuncio les cayó peor que un jarro de agua fría. El primero en reaccionar fue Pedro: ¡no lo permita Dios!, le dijo, pensando en las conveniencias humanas más que en las divinas. Se lo dijo Pedro, pero se lo decimos también y a cada rato nosotros. ¡Paradójica la condición humana! En cuestión de minutos somos capaces de pasar de ser oráculo de Dios a oráculo del Diablo. Pero el anuncio de Jesús sobre su pasión y muerte no había terminado. Le faltaba decir que otro tanto le esperaba a la iglesia recién fundada y a cada uno de sus seguidores. Es quizás el pronunciamiento más patético de Jesús, cuyos puntos principales son:

1. Quien quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga.

2. Quien egoístamente se interese sólo por su vida, va a perderla; pero quien con generosidad se olvide de sí mismo por los demás, va a salvarla.

3. ¡De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si al final pierde su vida?

4. Jesús. el Señor, volverá y pagará a cada uno según su comportamiento.

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