DIOS, una breve historia del Eterno

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«¿Dios? Ya no necesito esa hipótesis», Laplace ante el emperador Napoleón
«Solo Dios basta», Santa Teresa de Jesús
«Gracias a Dios, Dios no existe. Pero ¿y si –Dios nos libre– existiera Dios?», Proverbio ruso

Dios Una breve historia del Eterno

No resulta nada fácil hablar de Dios hoy: existe un conservadurismo ateo que cultiva sus prejuicios y apenas reacciona a los argumentos. Manfred Lütz (Bonn, 1954), médico, teólogo, director de un hospital, casado y con hijos, miembro del Pontificio Consejo para los Laicos y de la Pontificia Academia para la Vida, y Consultor de la Congregación para el Clero, reconoce en su libro DIOS, una breve historia del Eterno (Sal Terrae, 2009) que, “aunque no nos guste oírlo, en nosotros influye considerablemente lo que ‘se’ piensa y lo que ‘se’ cree. En las sociedades en las que Dios apenas está presente ya, salvo en un ámbito temporal y espacial delimitado, la fe requiere ahora coraje y está necesitada de fundamentación, mientras que el ateísmo práctico o teórico de una vida que transcurre placentera sin Dios no precisa ya fundamentación alguna. La necesidad de pertenecer a la mayoría, a los vencedores, es, para muchos, irresistible”.
También existen creyentes que reniegan de la razón y olvidan 1 Pe 3,15: “Dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza. Pero hacedlo con dulzura y respeto”. Esto complica un diálogo saludable. Como escribió Ladaria, “la fe busca entender no por un ejercicio especulativo superfluo, sino porque quiere creer más a fondo y quiere dar mejor razón de nuestra esperanza”. Además, las incoherencias y los escándalos de algunos creyentes echan más leña al fuego. Recordemos el n. 19 de la GS: “El ateísmo, considerado en su total integridad, no es un fenómeno originario, sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las que se debe contar también la reacción crítico contra las religiones, y, ciertamente algunas zonas del mundo, sobre todo contra la religión cristiana. Por la cual, en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión”. Manfred Lütz nos ofrece un texto plagado de ideas y experiencias vitales, como las de Edith Stein, Teresa de Calcuta, Andre Frossard (un ateo cuyo padre había sido uno de los fundadores del Partido Comunista francés). Nada podía conmover el sereno ateísmo de Frossard. Entonces, con veinte años, el 8 de julio de 1935 pasó a una pequeña capilla en la Rue D’ Ulm en el Barrio Latino de París, para buscar allí a un amigo. Como luego contaría él mismo, entró en la capilla a las cinco y diez de al tarde… y a las cinco y cuarto la abandonó como cristiano católico. André Frossard no estaba loco. Se convirtió en uno de los escritores y periodistas más famosos de Francia.
Dos de las experiencias que relata tienen que ver con la Jornada Mundial de la Juventud de Colonia, en 2005: “Fue necesario explicar el desarrollo de la santa misa al realizador de televisión responsable de la retransmisión de la misa del papa en el Marienfeld, que ignoraba todo lo referente al cristianismo, para que pudiera dirigir profesionalmente el trabajo de las cámaras. Cuando concluyó la Jornada, este realizador telefoneó al sacerdote que le había explicado el desarrollo de la eucaristía y le pidió que lo bautizara. Una seria explicación del sentido de la liturgia había bastado para propiciar un giro existencial.
Cuestión de formas
Con ocasión de este mismo encuentro masivo, algunas cristianas indonesas fueron alojadas en el barrio chino de Colonia. Todas las mañanas y todas las noches se acercaban a ver a una prostituta y, entusiasmadas, le contaban cosas de los actos a los que habían asistido durante la jornada y le hablaban de su fe. El último día, al despedirse de la prostituta, de repente comenzaron a llorar a lágrima viva. Cuando la mujer les preguntó que les pasaba, no pudieron contenerse: estaban tan tristes porque ella, la prostituta no podía experimentar esta gran alegría de la fe. La historia no la contaron las indonesias, quienes regresaron a su lejano país. Fue la propia prostituta la que, poco después, llamó a un sacerdote. Le contó que era la primera vez que alguien había llorado por ella. Y le preguntó cuáles eran los pasos a dar para hacerse cristiana”.
Manfred Lütz ha escrito el libro que todo teólogo quisiera poder escribir algún día: ameno y riguroso a un tiempo, oportuno y necesario. No presenta novedad en cuanto a ideas, sino en cuanto a las formas; pero ¡que importantes son éstas! Pues, como dice Lütz, “para muchos, la religión no es más que aburridos discursos solemnes, ora una plomiza misa de niños, ora una bonhomía excesivamente solícita (…) En las tertulias televisivas, los representantes de las religiones se conducen, por lo general, como gente escrupulosa; hablan de forma incomprensible y, en todo caso, consideran que nada es tan sencillo como parece. Usan un lenguaje que ya sólo entienden ellos mismos (…) Sin embargo, la pregunta por la existencia de Dios, que es de lo que en realidad se trata, o nos concierne a todos sin excepción (…) o no concierne a nadie. De ahí que en este libro me haya propuesto utilizar un lenguaje normal (…) Cuanto más importante sea algo para todo el mundo, tanto más comprensible y sencillo habrá de ser lo que se diga al respecto (…) Así pues, de lo que aquí se trata es de hablar de Dios de forma comprensible, mas no por ello banal”
La música y el arte nos abren la mirada más allá del rudimentario materialismo, primer paso para comenzar a hablar de Dios: hay que recuperar la estética como camino hacia lo trascendente. También debemos reconocer que la psicología es un instrumento inútil tanto para la refutación como para la demostración de la fe en Dios: Afirmar que la psicología puede decir algo sobre Dios equivaldría a afirmar que es posible decir algo sobre La flauta mágica una vez que se ha examinado la tramoya e inspeccionado los decorados y quizá se dispone además de los informes psiquiátricos de todos los cantantes. ¿Qué sabe uno con ello sobre La flauta mágica, sobre Mozart, sobre la magia de la música? Probablemente apenas se exagera si se resume la respuesta en una única y breve palabra: ¡nada!.
Con la teoría quántica se evidenció que la naturaleza no está gobernada por leyes deterministas que rigen de forma necesaria y sin excepción; solo existen probabilidad estadísticas: en todo momento son posibles acontecimientos inesperados, que no representan sino desviaciones estadísticas de la media y no contradicen las leyes de la Naturaleza. Así, dice Manfred Lütz, los científicos pueden volver a escuchar a su interior, mirar al mundo con otros ojos y plantearse con toda seriedad la pregunta por Dios. Pues ni el caso Galileo, ni la teoría de la evolución de Darwin, ni la moderna investigación neurológica brindan argumentos contra Dios.
Índice
Introducción: contra el ateísmo chapucero y la fe santurrona
1. Música y arte: Elton John y la Venus desnuda
1. Ser o no ser
2. Un montón de piedras une a la humanidad
3. Los hechos desnudos y el disfrute de la vida antes de la muerte
2. La psicología y Dios: un hombrecillo en el oído
1. El parricidio de Sigmund Freud
2. Lo que C.G. Jung y Viktor Frankl tienen en común con una estrella del porno
3. Dios y un ramo de flores
3. La pregunta: expediciones por el arroyo de fuego (Feuerbach)
1. La prueba de la tarta de nata
2. Reiterados problemas con el Altísimo
3. Una pregunta a vida o muerte
4. El Dios de los ateos: una protesta a lo grande
1. Pienso lo que quiero
2. Una comunidad de inquilinos se jubila
3. Una religión celebra el ateísmo
4. La fiesta con champán, arruinada
5. La placentera venganza del humilde cura
6. El hijo de un pastor protestante asesina a Dios
7. El «más grave accidente previsible» en el templo de la nada
5. El Dios de los niños: de la felicidad como estado natural
1. ¿Cómo de real es la realidad?
2. La pezuña en la oreja
3. Un caso para talar y el camino hacia la felicidad
6. El Dios de maestros y profesores: conspiración en el sótano-bar
1. Jugar a los indios con consecuencias letales
2. La verdad bajo la higuera
3. Una anciana testaruda hace un pacto con el diablo
7. El Dios de los científicos: Galileo, Darwin, Einstein y la verdad
1. Una religión inventa la ciencia
2. El mayor golpe mediático de todos los tiempos
3. Darwin cierra un taller de alfarería
4. La catástrofe de una imagen del mundo
5. Milagro, ilusión y realidad
6. El error de Stephen Hawking y las pequeñas imágenes en color del cerebro
8. El Dios de los filósofos: la gran batalla de la razón pura
1. Disputa entre santos: las pruebas de la existencia de Dios
2. Proceso sumario contra un pobre desdichado
3. Filosofar en la niebla: un soltero perspicaz
4. Viaje aterrador por el túnel
9. El Dios de Abraham, Isaac y Jacob: el misterio en el dobladillo del abrigo
1. El misterio de una bella mujer
2. Una salvífica tentativa de asesinato
3. La más prolongada historia de amor de todos los tiempos
4. Un soberano inquietante
10. La respuesta: un acontecimiento apasionante
1. La sorpresa
2. Tumulto entre carniceros y panaderos
3. Una pocilga envejece
4. La sonrisa de los ángeles
11. The day after: los valores, la verdad y la felicidad
1. Soluciones inesperadas
2. Karl Valentin y la mística
3. Cómo poner coto a los atracos a bancos
12. Dios y la psicología: puntos de contacto
1. Un psiquiatra inquietante
2. Una ballena indispuesta
3. Un león tímido
13. Arte y música: la sensualidad de la verdad
1. La belleza salvará el mundo
2. Un rostro misterioso
3. En qué ocupan los ángeles su tiempo libre
Epílogo

Prólogo
Todo el mundo opina cargado de razón sobre la cuestión de los valores, sobre las virtudes, sobre la lucha de culturas e incluso sobre el problema de Dios. Pero casi nadie coge esta última cuestión por los cuernos e intenta darle una respuesta directa. Hay que reconocer que también tiene algo de megalómano pretender responder a una pregunta a la que, durante milenios, se han enfrentado las personas más inteligentes y sabias sin llegar a resultados concluyentes. Pero yo, como psiquiatra, no debería sentir demasiado miedo de la megalomanía. Sin embargo, en cuanto hombre débil, uno sólo se cree facultado para siquiera aproximarse a semejante pregunta tras haber leído montañas de sapientísimos libros. Pues, por usar un conocido motivo de la historia de las religiones, teme descalzarse intelectualmente emulando a Moisés, quien ante la zarza ardiente, en presencia de Dios, se despojó de sus sandalias.
Sobrepasada ya la cincuentena, a lo largo de mi vida y mis diversos estudios he leído gran cantidad de libros y, sobre todo, he acumulado algunas experiencias vitales. Puesto que el problema de Dios me ha interesado de manera especial desde mi temprana juventud y puesto que yo mismo he pasado de forma sucesiva por ambos puntos de vista –el del ateo y el del creyente–, se me ocurrió escribir un libro sobre este inmenso tema partiendo sencillamente del estado en el que ahora me encuentro.
En esta empresa me han sido de ayuda las numerosas conversaciones que, justo sobre esta cuestión, he mantenido con numerosas personas, unas creyentes y otras llenas de dudas, unas de alto nivel intelectual y otras del todo normales, unas escépticas y otras piadosas. Semejantes conversaciones, si se desarrollan con seriedad, van siempre a lo esencial. En ellas, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, en conversaciones sobre los yacimientos de gas natural en Siberia oriental o sobre la propia colección de sellos, uno no puede mantenerse personalmente al margen.
Por consiguiente, me he imaginado sin más que sostengo una conversación sobre Dios con un contemporáneo inteligente, pero no excéntrico. Sin duda, lejos de tratarse sólo de teorías, el problema de Dios es –dicho entre nosotros– una cuestión de vida y muerte para cualquiera. Algunas personas que hayan leído libros diferentes de los que yo he leído y tratado a gente diferente de la que yo he tratado escribirían un libro completamente distinto al respecto. Aquí no puedo sino realizar mi contribución personal a esta gran pregunta. Y cuando llegues al final, querido lector, gustoso dejaré que me abras los ojos.
Y entonces escribiré una obra del todo nueva. Pero, hasta entonces, lo único que puedo ofrecerte es el presente libro.
Introducción: Contra el ateísmo chapucero y la fe santurrona
Si pudieras estar absolutamente seguro de que nadie te va a pillar, ¿qué te detendría de atracar un banco? ¿Qué te hace estar tan seguro de que no vas a ser eliminado un día de éstos por medio de una dulce inyección? No es descartable que a la sociedad, por muy buena voluntad que ésta tenga, no se le pueda seguir exigiendo que asuma los costes terapéuticos y asistenciales de la compleja enfermedad que se te va a diagnosticar dentro de poco. ¿Por qué no se arrojan los cadáveres al vertedero de residuos tóxicos y se transforman los cementerios en parques lúdicos para los niños? ¿Cómo sabes que tu marido te es fiel? ¿Cómo sabes que el hijo de tu mujer es también tu hijo? Así pues, y ahora completamente en serio, ¿qué pruebas hay de que Dios exista o, al contrario, de que no exista? Pues «si Dios no existe, todo está permitido» (Dostoievski, Los hermanos Karamazov). ¿O no es así?
Un libro sobre Dios que quiera ser tomado hoy en serio debe plantearse tales preguntas de la vida real, que indefectiblemente afectan a todo varón, toda mujer y todo niño. Pues lo que está claro es que quien de verdad cree en Dios vive de manera diferente de quien no cree en Él. Sin embargo, las personas no siempre somos consecuentes. Los ateos malgastan un tiempo precioso en reflexiones irracionales y, en ocasiones, viven como si Dios tal vez sí que existiera un poquito. Y, a menudo, los creyentes viven la mayor parte de su tiempo como si Dios no existiera. Si partimos de que cada momento de la vida es irrepetible, ambos fenómenos resultan nefastos. Uno dilapida un tiempo vital irrecuperable a causa de un Dios que en absoluto existe o, por el contrario, desaprovecha a ojos vistas la gran oportunidad de su vida; a saber, mostrarse ante Dios como digno de la vida eterna.
Admitámoslo, la religión tiene hoy poco que ver con tales preguntas.
Los representantes de las religiones aparecen, por regla general, cuando nadie sabe ya qué hacer; por ejemplo, después de grandes catástrofes. Y entonces suelen reconocer con buenas palabras que tampoco ellos saben qué hacer. Para muchos, la religión no es más que aburridos discursos solemnes, ora una plomiza misa de niños, ora una bonhomía excesivamente solícita. La religión no es para hombres, tal vez todavía un poco para mujeres y, si acaso, algo para niños. En las tertulias televisivas, los representantes de las religiones se conducen, por lo general, como gente escrupulosa; hablan de forma incomprensible y, en todo caso, consideran que nada es tan sencillo como parece. Usan un lenguaje que ya sólo entienden ellos mismos: están «afectados… sobremanera», todo les parece «en cierto modo» curioso o raro y «se comprometen» con personas, edificios y pueblos enteros. Un carnicero o una dependienta de confitería nunca hablarían así.
Sin embargo, la pregunta por la existencia de Dios, que es de lo que en realidad se trata, o nos concierne a todos sin excepción…o no concierne a nadie.
De ahí que en el presente libro me haya propuesto utilizar un lenguaje normal. Pido a los lectores que, si a pesar de todo, tropiezan con jerga técnica incomprensible o inexplicada, insulten debidamente al autor. A algunos teólogos les parecerá incomprensible evitar lo incomprensible, pues su propia relevancia la han adquirido, entre otras cosas, gracias a la invención de frases incomprensibles.
Cuando cursé los estudios de teología, entre nosotros, estudiantes, era muy popular la frase: «Un Dios que existe no existe en absoluto» [Ein Gott, den es gibt, den gibt es gar nicht]. ¡Guau! Quien conocía esta frase demostraba encontrarse ya en un curso superior; y quien, para colmo, incluso era capaz de explicarla no dejaba lugar a duda de que estaba preparado para aprobar el examen de grado. La frase, por supuesto, es cierta, pues quiere decir que Dios no es un objeto, como pueda serlo, por ejemplo, tu zapato derecho, querido lector. Pero ahora yo parto de que tampoco a ti se te habrá ocurrido nunca la idea de salir a cenar sin más con el buen Dios y colgarlo en el armario al terminar.
Quien se interroga: « ¿Existe o no existe Dios?», se plantea una pregunta importante para él y no tiene por qué dejarse instruir de inmediato por los teólogos sobre cómo debería formularla debidamente para que se le responda también de buena gana. Si enseguida se empieza a imponer un estricto reglamento lingüístico, la gente se siente como antaño se sentía en los albergues juveniles, donde, por bienintencionadas razones, a uno se le imponían todos los deberes imaginables. Desde entonces, se agradece poder pernoctar en hoteles en los que uno puede hacer lo que quiera, el servicio es amable y, sobre todo, ya no ofrecen ese horrible té que aún me persigue en pesadillas.
Cuanto más importante sea algo para todo el mundo, tanto más comprensible y sencillo habrá de ser lo que se diga al respecto.
También los titulados universitarios dispuestos a ir al patíbulo por su fe son capaces de formular con sencillez y concisión y prescindiendo de extranjerismos sus razones para dar tamaño paso existencial, igual que pueden hacerlo los ateos que optan por el suicidio. Lo cual no es óbice para que éstos sean los argumentos más importantes que jamás hayan manejado en su vida.
En mis años de estudiante en Roma, hice de guía por la Ciudad Eterna para grupos de universitarios. Dado que conocía bien la historia romana del arte, era algo que me resultaba relativamente sencillo. Cuando más tarde guíe por Roma a un grupo de jóvenes –algunos de ellos discapacitados– y pretendí transmitirles de igual modo la esencia del Renacimiento y el Barroco, me percaté de que aquello era un reto intelectual mucho mayor, puesto que no podía apoyarme en los habituales conceptos técnicos, sino que tenía que hablar de forma llana. Pero te aseguro, querido lector, que la experiencia con los discapacitados me resultó bastante más satisfactoria, aunque fuera mucho más exigente desde un punto de vista intelectual.
Así pues, de lo que aquí se trata es de hablar de Dios de forma comprensible, mas no por ello banal. No hay nada peor que el ateísmo chapucero y la fe santurrona. Por consiguiente, habrá que considerar cuidadosamente todas las usuales objeciones contra la existencia de Dios. Y, a la inversa, habrá que presentar todos los argumentos convincentes a favor de la existencia de Dios, incluidas las famosas «pruebas de la existencia de Dios». Luego, cada cual decidirá por sí mismo qué es lo que, teniendo en cuenta su personal experiencia vital, le parece más verosímil.
A quien me conozca no le sorprenderá que ni siquiera en un tema como el que aquí nos ocupa pueda dejar de hacer entrever las ganas de vivir y la «pura alegría» (Spaß an der Freud, antiguo regionalismo de Renania, algo así como «el amor al arte» en España). Quizá haya lectores que esperan que, bajo un título como el de este libro, sea posible contemplar de hito en hito, con extrema seriedad y con ojos dilatados por el terror, los abismos de la existencia humana. Pero tales lectores se cuentan probablemente entre las personas que prefieren no oír La flauta mágica y se limitan a leer el texto… sin los diálogos de Papageno y, por supuesto, sin la conmovedora música de Wolfgang Amadeus Mozart. Pero, siendo europeo, ¿cómo se puede hablar en verdad de Dios sin que a uno le resuene en la mente la jubilosa seriedad de la música de Mozart?
1. Música y arte: Elton John y la Venus desnuda
1. Ser o no ser

Elton John se sentó al piano. No para las masas en una de sus espectaculares giras mundiales, no en una gigantesca sala de conciertos, no en un festival de música desbordante de alegría de vivir. Tocó para una sola persona, en una iglesia, en la abadía de Westminster; y Elton John cantó sobre la muerte de esa persona. Pero la canción fue, al mismo tiempo, el punto cimero del lamento fúnebre más impresionante de la historia de la humanidad: el réquiem por Lady Di, princesa de Gales.
Fue un duelo sin Dios. Es cierto que para las exequias se eligieron formas cristianas tradicionales, pero la desesperación que se extendió por todo el planeta estaba ayuna de esperanza. Hay quien se pregunta cómo pudo desatarse una tan increíble explosión de desconsuelo público a causa de una mujer así de mediocre, que no se consideraba suficientemente guapa, que apenas se comportaba como se espera de un miembro de la realeza y cuyo elogiadísimo compromiso social en modo alguno le llevó a entregar su fortuna –o al menos parte de ella– a los pobres.
Pero quizá el secreto de su popularidad radicaba precisamente en esa mediocridad –que la hacía tan cercana a cualquiera– y, al mismo tiempo, en la distancia asociada a su condición de miembro de la realeza. No obstante, es probable que lo decisivo fuera, ante todo, la conmoción que causó el hecho de que una mujer joven, vital y a todas luces sedienta de vida, se convirtiera de repente en cadáver. A la vista de la vida exuberante, innumerables veces reproducida, el carácter inopinado y violento de este óbito fue demasiado para una sociedad que reprime la muerte con toda pulcritud. «El que nos ha dejado», decimos educadamente, como si alguien, sin saber cómo, se hubiese perdido. En realidad, no se trata sino de un cadáver en descomposición.
To be or not to be, that is the question. Ser o no ser, he ahí la cuestión. Desde los fundamentos de la literatura universal emerge también ante cada uno de nosotros esta acuciante pregunta de Hamlet. ¿Somos, a la postre, nada más que efímeras existencias en camino hacia una muerte que todo lo engulle? ¿Somos material para gusanos y otros bichos que se cuidarán de reducirnos a meros esqueletos? ¿Es vivir –valerosa, cínica, irreflexivamente– con la certeza de la ineluctable catástrofe de nuestro yo lo único que nos resta? ¿O acaso hay todavía algo más allá de la muerte?
La letra de Elton John abogaba inequívocamente por la variante cínica en la cuestión de la vida: «Como una vela al viento…», «Morir, dormir: ¡nada más!» (Hamlet). Pero Elton John cantó. Ahí estaba la música; y en aquel momento, la música se elevó sobre los océanos y continentes y unió a una humanidad doliente.
Nada trasciende de modo tan cierto y obvio la base meramente material de nuestra existencia como la música. Aun en la suma desesperación, la música puede elevarnos por encima del instante –no directamente hacia Dios, pero al menos sí lejos de una visión simplista de las cosas que sólo conoce lo medible, lo ponderable, lo tangible y que, por tanto, sólo es capaz de ver la física y la química, la descomposición y los gusanos. La esfera de la música emociona a los seres humanos de todas las épocas y todos los países, elevándolos más allá de sí mismos… ¿hacia la tierra de la gran ilusión?
Tal vez.
Los conciertos masivos recuerdan a menudo a las ceremonias religiosas. Se agitan rítmicamente mecheros encendidos, se realizan acciones rituales e, inmersas en un gran sentimiento colectivo, la masa se afana por trascenderse… ¿hacia ninguna parte?
Tal vez.
2. Un montón de piedras une a la humanidad
Pero también en otros lugares puede abrirse de súbito el cielo. El Partenón de Atenas es, propiamente, un templo pagano en ruinas consagrado a la diosa Atenea –en la que apenas se creía ya cuando se construyó el templo–, una casa que podía ofrecer protección frente a la lluvia durante las ceremonias rituales y que hoy está destrozada por el paso del tiempo y la explosión de un polvorín turco.
No obstante, te recomiendo que subas alguna vez a este antiguo templo. Asciende por la solemne escalera de la Acrópolis. A tu derecha, el exquisito templo de Niké, más allá, la entrada al recinto sagrado, el bosque de columnas de los propileos y luego…una vista increíble: el Partenón. Un edificio suspendido en la resplandeciente luz mediterránea. Seguro que, a lo largo de tu vida, has visto ya gran cantidad de arquitectura importante: vigorosos castillos medievales aferrados a la tierra, catedrales góticas que asaltan el cielo. Pero este estar flotando por encima de la tierra, mas sin llegar a Dios – ¿a qué Dios, además?– es algo que sólo se puede experimentar observando el Partenón. Eso fue lo que lo convirtió en una pieza maestra del espíritu griego, admirada en todas las épocas.
Para lograr esta impresión inolvidable, los geniales arquitectos antiguos se sirvieron de algunos trucos artísticos. Las columnas presentan una éntasis, esto es, un ligero abombamiento, con una anchura mayor en el tercio inferior. Y la fachada del templo está un tanto arqueada hacia arriba, de suerte que las columnas centrales son mayores que las de los extremos. Quien no lo sabe no repara en ello. Ahora bien, el efecto supraterrenal no es un mero truco; pues, de lo contrario, semejantes maravillas se darían en serie. Lo que ha emocionado a personas de todos los siglos y todas las religiones al contemplar el Partenón ha sido, más bien, el excepcional diseño artístico, la composición en su conjunto.
El Partenón no constituye una prueba de la existencia de Dios. Hay razones de peso para dudar de que el gran Fidias, el supervisor de los trabajos, se tomara en serio el tosco mundo de los dioses griegos. Pero la vivencia del efecto de estas piedras genialmente amontonadas que llamamos «Partenón» une a la humanidad en la certeza de que, más allá de las piedras, los trucos arquitectónicos y los gastos de construcción de una casa donde celebrar los actos del culto, hay algo que, a pesar de que no se puede medir ni calcular, eleva a los seres humanos por encima de lo puramente terrenal. Más ¿hacia dónde? El arte griego no responde a esta pregunta.
La capacidad para burlarse de la materia es lo que distingue al arte griego, convirtiéndolo en un gran arte. También los escultores sabían cómo llevar a la materia a su propia superación. ¿Por qué diablos habría de atribuírsele al ser humano –a ese mamífero, ese organismo, ese montón de materia– un papel sobresaliente?
La respuesta a esta pregunta la dan el orgulloso Auriga de Delfos; las cariátides del Erecteion de Atenas, bellas y seguras de sí mismas, capaces de sostener sin esfuerzo todo un mundo sobre sus cabezas; y el Discóbolo, la inmortal obra maestra de Mirón.
La aparente facilidad de este arte genial no deja de asombrarnos. En él no hay denodado esfuerzo, ni ambiciosa petulancia, ni charlatanería de burguesía culta. Lo que hay es arte, creado por seres humanos, pero que, de algún modo, remite más allá de ellos.
No todo aquel que en los llamados viajes culturales dosifica su entusiasmo según el número de estrellas que figuran en la guía turística entiende esto. También los antiguos romanos –que tanto admiraban a los antiguos griegos, aunque fuera más bien conforme al lema: Europe in five days Pope included [Europa en cinco días, Papa incluido] – tenían sus dificultades con el gran arte. Eran un pueblo de campesinos y soldados, con alguna experiencia en la eficaz política del poder por el poder. Para esta gente conquistar Grecia representaba un objetivo especial; pues, aunque ellos mismos no fueran singularmente cultos resultaba hermoso al menos conquistar un país culto. El cónsul Mummio cumplió con su parte a conciencia. Ocupó Grecia siguiendo todas las reglas del arte bélico, destruyó Corinto por completo y decidió encantado hacer algo también por su propia imagen y promoción.
Así que puso a sus soldados a empaquetar: arte, naturalmente, arte griego. Quería presentarse en Roma como un cosmopolita versado en arte que donaba importantes bienes culturales al senado y al pueblo de Roma. Y antes de la travesía a Italia, lanzó un encendido discurso a sus soldados, en el que insistió enfáticamente en la obligación de tratar con cuidado los tesoros artísticos. Si alguien rompía alguna obra de arte griego, ¡los dioses no lo quisieran!, tendría que hacer una réplica con sus propias manos.
Los soldados debieron de mirarse unos a otros tan desconcertados como los romanos de los tebeos de Astérix y Obélix. Imagínatelo: ¡una obra auténtica de Fidias esculpida por un legionario romano! Repara también en que no todo el mundo tiene sensibilidad artística, y nadie dice que eso sea malo. Pero quien es capaz de dejarse conmover de verdad por el arte auténtico tiene acceso a un estímulo edificante y fructífero que le imposibilita suscribir una imagen del mundo demasiado burguesa.
El imperio romano se desmoronó, y algunos romanos tradicionalistas afirmaron que la culpa de aquel desastre la tenían los cristianos y sus entusiasmos. Agustín, el gran pensador cristiano de la Antigüedad, se vio obligado a redactar ex profeso hacia el final de su vida un detallado desmentido de esta acusación: La ciudad de Dios. Pero aquella obra era más que la refutación de una tesis dictada por la envidia. Se trataba del gran esbozo de un mundo cristiano, un mundo en el que había sentido, orden y una historia orientada a una meta… e incluso estaba Dios. La Ciudad de Dios de Agustín se convirtió en el gran manual del Medievo cristiano.
En realidad, la mirada se dirigió entonces más al cielo que a la tierra. El arte que remitía directamente hacia lo alto se hizo habitual.
Los antiguos griegos fueron olvidados, aunque también temidos hasta cierto punto. La dedicación a la belleza terrenal, ¿no distraía de lo verdadero, de la vocación hacia el cielo? En Rabean puede apreciarse cómo, en el declive del imperio romano de Occidente, el intenso azul mundano que sirve de fondo a las imágenes que decoran el sepulcro cristiano de la última gran emperatriz, Gala Placidia, se convierte sólo unos pasos más allá en el ultramundano fondo dorado de las esculturas de la iglesia de San Vital. Esta iglesia fue una creación del emperador Justiniano, quien, con la disolución de la Academia platónica de Atenas en el año 529, puso en cierto modo punto final a la Antigüedad.
Este fondo dorado iba a determinar el arte durante todo un milenio. La fascinación del cielo ejercía una influencia tan intensa en las gentes de esta época que apenas se le prestaba ya atención a la belleza mundana. Surgieron espléndidas obras de arte capaces de mantener sensualmente presente para los seres humanos, en sus difíciles circunstancias vitales, la esperanza en el cielo.
3. Los hechos desnudos y el disfrute de la vida antes de la muerte
Pero, en el «otoño de la Edad Media», el poder de este mundo regresó a escena. Los teólogos redescubrieron la creación, los filósofos relativizaron el cielo y los artistas volvieron a representar lo que realmente veían. A un tiempo, se acordaron de la Antigüedad, que tan excelentemente había hecho esto mismo. Más tarde, esa época fue denominada «Renacimiento», el renacer de la Antigüedad.
Por fortuna, aún se conservaban unos cuantos kilómetros cuadrados de Antigüedad; pues en el Bósforo seguía existiendo, casi olvidada, la capital del imperio romano de Oriente, que a la sazón se llamaba bizantino: Constantinopla. La ciudad agonizaba ante el asalto de los otomanos, a quienes terminaría sucumbiendo en 1453. Y sus grandes espíritus se refugiaron sobre todo en Italia, donde dieron un fuerte impulso al redescubrimiento de la Antigüedad. El fondo dorado desapareció, el cielo se tornó de nuevo azul, como en las hermosas tardes de la Toscana. Dios, quien en la Edad Media había ocupado el centro en solitario, fue desplazado a un lado. Se convirtió en coartada para la nueva liberalidad.
Aún se pintan las antiguas historias sagradas, pero a menudo ya sólo con un propósito por entero mundano: Adán y Eva, tal como habían sido creados por Dios; Susana bañándose desnuda, conforme a la escena veterotestamentaria; Jesús predicando en majestuosos paisajes; y, una y otra vez, María, con rasgos de fabulosas bellezas italianas. Sandro Botticelli deja de lado todo miramiento y representa el nacimiento de Venus desnuda, el arquetipo del Renacimiento. Pero las fuerzas reaccionarias contraatacan.
En Florencia, el vehemente dominico Savonarola ordena quemar todas las baratijas neo-paganas. Botticelli se «convierte» y arroja muchos de sus propios cuadros a las hogueras dispuestas.
En esta situación, la Iglesia no se deja arrastrar al lado de los fanáticos.
En Roma gobiernan papas verdaderamente mundanos, abiertos por completo al espíritu del Renacimiento. Lo cual les acarreará más tarde dificultades en la pía Alemania, pero los artistas de la época los amaban por ello. Así, éstos acuden a Roma en número creciente, y precisamente los más destacados. 1508 se convierte en un gran año para la historia universal del arte. En este año no sólo comienza el joven Miguel Ángel los frescos del techo de la Capilla Sixtina. El joven Rafael Sanzio, de Urbino, recibe el encargo de pintar la Estancia de la Signatura en el
Palacio Vaticano. Lo que el genial artista, todavía muy joven, crea allí abarca ni más ni menos que la representación de toda la refulgente auto-conciencia de la época.
Esa sala, relativamente pequeña, la vi por primera vez siendo aún adolescente. En aquel entonces apenas tenía tiempo y no quedé demasiado impresionado. Pero, cuando poco más tarde, visité la pieza con un excelente guía, me emocioné en lo más hondo y, durante horas, no pude apartar los ojos de los espléndidos frescos.
A partir de ese día, se despertó de verdad mi interés por el arte, así como mi convencimiento de que, a través de él, uno puede quizá acercarse a la verdad sobre una persona o una época mejor que con ayuda de cualquier texto. Más tarde, cuando durante las vacaciones guiaba por Roma grupos de turistas, la Estancia de la Signatura siempre era el punto cimero del programa.
En una pared de esta mundialmente famosa estancia se representa la visión general de la ciencia dominante en aquel entonces. A este fresco se la ha dado el nombre de La Escuela de Atenas, pero es mucho más que la rememoración de tiempos antiguos. El hecho de que Rafael pusiera a algunas de las mentes más descollantes de la Antigüedad el rostro de sus grandes contemporáneos muestra la enorme seguridad en sí misma que tenía aquella época: en el centro,
Platón y Aristóteles, los dos grandes protagonistas de la filosofía griega; Platón señalando hacia arriba, hacia el reino de las Ideas, que para él eran la fuente de la auténtica verdad, y Aristóteles apuntando con gesto señorial al suelo de los hechos experimentales. Están rodeados por Sócrates –que explica algo con insistencia a un hombre vanidoso–, Pitágoras, Euclides, Heráclito, Epicuro y, por último, Diógenes, quien, ajeno al barullo intelectual que le rodea, se repantinga sobre la escalera. Cada uno de los filósofos refleja a la perfección su más distintivo carácter (filosófico): el espiritualizado Platón, el Sócrates preocupado por el individuo, el pesimista Heráclito, el alegre y optimista Epicuro. Al mismo tiempo, Platón presenta los rasgos faciales de Leonardo da Vinci, el genio universal admirado por Rafael y entonces aún vivo, quien reunía en sí el entero saber de la época. Por su parte, el pesimista Heráclito tiene las facciones de Miguel Ángel, el titán del nuevo arte.
El gran logro artístico consiste en que aquí no sólo se yuxtaponen diversos personajes, sino que, a despecho de todas las diferencias existentes entre ellos, son aglutinados en una unidad abovedada por una vista de la futura catedral de San Pedro, cuya primera piedra había colocada dos años antes. Frontera a esta grandiosa representación universal de la ciencia, Rafael pintó la Disputa sobre el Santísimo Sacramento, la controversia sobre la eucaristía.
Éste es el lugar de la teología. Ahí se ve a los grandes sabios teológicos del pasado y el presente no sólo en actitud de humilde adoración, sino también –y sobre todo– inmersos en reflexivo diálogo. Ahí están los padres de la Iglesia occidentales: Ambrosio de Milán, Agustín, Jerónimo y Gregorio Magno, dedicándose grandiosos ademanes unos a otros, pero también Tomás de Aquino, Buenaventura y muchos otros. En el cielo se ve al ejército de los ángeles y al Dios trinitario. También este fresco abarca la entera ciencia teológica pasada y presente.
Estas dos grandes vistas panorámicas son asociadas en las paredes de las ventanas, más pequeñas, con el Parnaso –la asamblea de los poetas de todos los tiempos: Homero, Virgilio y Ovidio, pero también Dante, Petrarca y Ariosto– y, al otro lado, con los representantes de la jurisprudencia: el emperador Justiniano y el Papa Gregorio IX, quienes muestran sus respectivos códigos legales.
Si uno, conmovido por las emocionantes pinturas murales, mira finalmente hacia arriba, hacia el techo, descubre allí, encima de las cuatro paredes, las correspondientes alegorías de la Filosofía, orgullosa de sus libros, la Teología, movida por el Espíritu, la alada Belleza y la Justicia sosteniendo su espada, ingeniosamente vinculadas en las esquinas con el juicio de Salomón, el rey sabio y justo (entre la Filosofía y la Jurisprudencia); con la expulsión del paraíso, el justo juicio de Dios (entre la Teología y la Jurisprudencia); con el concurso de Apolo y Marsias, quienes representan, respectivamente, el arte espiritual y el arte mundano (entre la Belleza y la Teología); y, por último, con la astronomía, la más poética de todas las ciencias (entre la Belleza y la Filosofía).
Y, con ello, el techo de la Estancia de la Signatura reúne las grandiosas pinturas murales en un todo universal, en una visión del mundo tal cual era y tal cual es.
Quien se haya confrontado de forma intensa con la Estancia de la Signatura, quien la haya asimilado con la mente y los sentidos, ése ha comprendido la atmósfera y el pensamiento de 1508. En ella no hay pensamiento piadoso alguno, pues el antiguo paganismo había levantado poderosamente la cabeza. Lo que ahí se percibe es la vigorosa seguridad en sí mismos de hedonistas instruidos que no querían dejarse consolar con la esperanza en el más allá, sino que sostenían que también existe vida antes de la muerte. La alegría de vivir de estos hombres del Renacimiento se dejaba refrenar entonces por la Iglesia tan poco como hoy se dejan refrenar los excesos de la gente bien de Munich por el arzobispo de Munich y Freising.
Fuente: Revista Vida Nueva
¿Podemos sorprender a Dios?
Hombre: ¿Dios?
Dios: ¿Si?
Hombre: ¿Puedo preguntarte algo?
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Hombre: ¿Qué es para ti un millón de años?
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Hombre: ¿Dios … podrías darme un céntimo?
Dios: Espera un segundo

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