PUCP no es autónoma de la Iglesia Católica

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Dos palabras muy usadas por las autoridades de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) para defender su decisión de no acatar las correcciones enviadas a sus estatutos por la Congregación para la Educación Católica son autonomía universitaria.
Este concepto, que encuentra su base legal en la Ley Universitaria, tiene como objetivo, según explicó en el diario “La República” la ministra de Educación, Patricia Salas: “evitar que lo que pase dentro de las casas de estudios superiores respondan a un solo tipo de conocimiento, ideología o que un determinado régimen gubernamental imponga algún tipo de estilo de enseñanza”.
¿Esta autonomía es solo respecto del Estado o también lo es respecto a la Iglesia Católica?
Al respecto, el ex ministro de Educación Grover Pango sostuvo que si bien la autonomía universitaria “ha ido convirtiéndose en una especie de vicio porque no hay una entidad que regule las decisiones”, la denominación de la PUCP no le permite usarla absolutamente.
“Tiene una relación con el papado y hay una obligatoriedad que la hace diferente de todas las universidades. Eso pone determinados marcos, límites que hacen que la Universidad Católica no pueda hacer lo que otras”, dijo.
La Ley Universitaria “es general”, son los convenios entre estados, que en este caso sería el que tiene el Perú con el Vaticano, los que dan complementariedad a la Ley. “Una ley general u orgánica es algo suficientemente genérico como para que alcance a todas las universidades privadas, pero hay naturalezas singulares, por su origen, por su funcionamiento”, señaló.
En ese sentido, Mercedes Cabanillas, también ex ministra de Educación, coincidió con Pango: “No se puede legislar por nombre propio, sino por la naturaleza de las cosas”, indicó.
La ex congresista agregó que la invocación a este concepto es “un pie forzado” porque el concepto estricto de autonomía es básicamente académico, económico y administrativo. La Ley Universitaria implica los derechos de: Aprobar su estatuto y gobernarse de acuerdo a él. Organizar sistema académico, económico y administrativo. Administrar sus bienes y rentas.
La Pontificia Universidad Javeriana en Colombia, por ejemplo, tiene sus estatutos aprobados por la Congregación para la Educación Católica del Vaticano. El capítulo uno de este documento especifica que este centro de estudios se rige por la constitución apostólica “Ex Corde Eclessiae”.
La Pontificia Universidad Javeriana es una institución fundada por los jesuitas y reafirma su autonomía universitaria (punto 24 cap. uno) y explica que su ejercicio se da dentro del orden jurídico del país, pero en relación con la Iglesia Católica y su constitución.
En esta universidad de Colombia, los estatutos especifican las atribuciones del gran canciller, que en este caso es el general de la Compañía de Jesús. Entre las funciones de esta autoridad está nombrar al rector y solicitar a la Santa Sede la confirmación de la designación.
En la Pontificia Universidad Católica de Chile el panorama es el mismo. El art. 35 de los estatutos de esta casa de estudios superiores especifica que el rector será nombrado por la competente autoridad eclesiástica, según las normas de la Santa Sede.
Igualmente, los estatutos de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, en Chile, detallan en su artículo 18 las atribuciones del gran canciller. Entre ellas está el nombrar y remover al rector e incluso autorizar la enajenación o gravamen de bienes raíces de la universidad.
El estatuto de la Universidad Católica del Norte, también de Chile, da la facultad al Vaticano de ratificar el nombramiento del rector.
Luces y sombras del acuerdo de la PUCP
Por Padre Luis Gaspar Uribe -Doctor en Derecho Canónico
El acuerdo de la Asamblea Universitaria de la, todavía, Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) del 23 de setiembre decidió no aceptar la petición de cambio de estatutos propuestos por la Santa Sede. Dicho acuerdo contiene dos ideas: defender la autonomía universitaria con los estatutos y reafirmar una disposición de diálogo con las instancias competentes de la Iglesia Católica, implícitamente incluido el anunciado cardenal visitador apostólico.
La potestad del obispo de Roma, como la de todos los obispos y sacerdotes, tiene una triple expresión: orden, magisterio y jurisdicción. El orden sagrado permite servir a los fieles laicos mediante la administración de los sacramentos y la celebración del sacrificio de la misa, el magisterio de la doctrina de la fe extiende el reinado de Cristo por todo el mundo y la jurisdicción permite a la jerarquía eclesiástica administrar la Iglesia, el Cuerpo del que Cristo es Cabeza. El orden sagrado no está puesto en duda por nadie en este desencuentro.
Mediante el magisterio pontificio, la Iglesia enseña –nadie mejor que su santidad Benedicto XVI– la buena doctrina teológica a todos los hombres de buena voluntad. Mediante la jurisdicción se gobierna la Iglesia: las diócesis, las instituciones de vida consagrada y las entidades docentes y asistenciales católicas.
La rebeldía de las autoridades universitarias se refiere al magisterio, en cuanto afirman que la pluralidad significa tolerarlo todo, en igualdad de circunstancias… siempre que no se aparte nadie del pensamiento único vigente como políticamente correcto. Intolerancia total, tolerancia cero, y a la jurisdicción, en cuanto niega cualquier relación vinculante entre la PUCP y la jerarquía eclesiástica, incluidas las correcciones a los actuales estatutos, no aprobados por la Santa Sede.
A la Iglesia le importa salvaguardar la herencia de Riva Agüero y los bienes eclesiásticos de la PUCP. Pero le importa mucho más la formación cristiana de la juventud, la salvaguarda del esfuerzo que tantos buenos católicos han dejado como herencia moral en la PUCP. Para eso armoniza las leyes canónicas con las civiles, gracias a dos mil años de experiencia. Ya que cuando se pierde el gobierno y el magisterio, el orden sagrado queda reducido en la práctica muchas veces apenas a la unción de los enfermos en el trance de la muerte, que es la hora de la verdad.
El resultado de la jornada del 23 de setiembre deja claro qué es lo que interesa a la Iglesia y qué a los directivos de la PUCP. Sea dicho esto en desagravio a las ofensas que, gratuitamente, han lanzado al aire algunos contra el cardenal Juan Luis Cipriani.
Et lux in tenebris lucet

Maria Mendez Gastelumendi

Por María Méndez Gastelumendi
“Y la luz brilló en las tinieblas” es una frase del evangelio de San Juan (Juan 1,5) que alude a la luz de Cristo, quien ingresa a la historia humana para iluminarla con su palabra y ejemplo. La luz de Cristo, que es verdad y caridad, sabiduría y amor al prójimo, resplandece y triunfa frente a las “tinieblas”, es decir, las fuerzas del odio y la maldad que están en la raíz del sufrimiento humano. En el océano de incertidumbre que es la existencia humana, la palabra de Cristo ilumina y salva, guía a los seres humanos por el camino del bien.
Et lux in tenebris lucet es la frase emblemática que encabeza el escudo de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Acompaña a esta frase la figura de un barco en aguas turbulentas cuya travesía es iluminada por una estrella que resplandece en forma de cruz, símbolo de la fe católica. Este logo subraya la identidad católica de la universidad y es el ícono emblemático que la representa.
Las universidades católicas del mundo nacen con el objeto de otorgar una educación universitaria de calidad a los jóvenes, en el marco de la fe y los valores católicos. ¿En qué se diferencian de una universidad laica? En que el objetivo de la educación que imparten es, además de académico y científico, formativo dentro de los principios de la fe. Quienes fundaron la Universidad Católica, y quien le legó sus bienes, lo hicieron para impartir conocimiento y ciencia, con pluralismo y excelencia, pero siempre en el marco de la fe y los valores esenciales de la doctrina de la Iglesia. No crearon una universidad laica, agnóstica o atea, crearon una universidad católica.
El fondo de la disputa que existe hoy entre la PUCP y la Iglesia es precisamente la naturaleza de la universidad. Desde los años 70, la PUCP fue progresivamente abandonando el objetivo central de su creación: brindar una educación católica. Las ideas marxistas en boga fueron reemplazando a una visión y reflexión más amplia y constructiva de la realidad nacional y mundial. Durante mis años como estudiante de la PUCP no recuerdo, por ejemplo, que alguna Encíclica haya sido lectura obligatoria como sí lo fueron los Principios Elementales del Materialismo Histórico. En la formación impartida en las facultades de Letras o Ciencias Sociales, Mariátegui era el pensamiento guía, Haya era estigmatizado y Víctor Andrés Belaúnde estereotipado como reaccionario. La obra de Riva Agüero era ignorada por la comunidad universitaria. El benefactor de la PUCP era despreciado por el establishment académico de la universidad a la que legó sus bienes y fortuna.
Algunas autoridades de la universidad consideran que un reencuentro entre fe y razón, y una participación mayor de la Iglesia en el rumbo de la universidad significan “oscurantismo” y atraso. Los ataques contra la Iglesia (amparándose en antiguos yerros históricos como la Inquisición o los execrables casos de pederastia condenados por el propio Papa) no han cesado en estos meses, buscando, por un lado, restar autoridad moral a la Iglesia y, por otro, atribuir el conflicto a la supuesta “ambición” del cardenal Cipriani. Craso error.
El tema de fondo es totalmente otro y va más allá de los aspectos jurídicos y patrimoniales. La cuestión a dilucidar es si la universidad desea seguir siendo católica o no. Tan simple como eso. Esperemos que el enviado del papa Benedicto XVI ayude a construir puentes entre las partes e inicie un camino de diálogo y reconciliación.

Fuente: Diario Expreso.

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