Bolivia, Chile y Perú: El imperativo histórico del entendimiento mutuo

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Carta de Daniel Parodi Revoredo

28 septiembre 2015Después de un tiempo, me puse a pensar en la reconciliación de nuestros países en clave trinacional. Varios analistas piensan que el tema no puede verse de otro modo y estoy comenzando a creerles, máxime ahora cuando Bolivia y Chile litigan en la CIJ, lo que repercute en el Perú.

Creo que el meollo que nos impide vivir en armonía remite a la aguda y casi lacerante tonalidad que emite la voz “soberanía”. Es ella la que nos impide ver nuestras relaciones internacionales más allá del horizonte de nuestra propia subjetividad nacionalista, esa que anida en la decisión de nuestros políticos y en el alma de nuestros pueblos.

Por ello Chile no está dispuesto a entregar costa con “soberanía”, pero Bolivia la quiere con “soberanía”. Cuando Chile sugiere entregarla con “soberanía” dice que debe hacerlo por un corredor paralelo a la frontera con Perú. Sin embargo, el Perú, de acuerdo con el tratado de 1929, debe aprobar dicha salida y le cuesta, porque Arica fue parte de su “soberanía”.

Pero, ¿qué pasaría si a estos párrafos le quitásemos la voz “soberanía”? Chile vería que apenas 4 kilómetros cuadrados de litoral lo separan de la armonía vecinal y de la tranquilidad que merece su pueblo. Por su parte, Bolivia constataría que puede obtener lo que quiere si no escuchase tantas veces repetirse el eco de la voz “soberanía”.

En 1998, el Perú y Ecuador firmaron el Acta de Brasilia; en ella, el primero cedió al segundo 1 kilómetro cuadrado en la zona de Tiwinza, en la Amazonía. En ambos países hubo reacciones altisonantes, nacionalistas todas, pero hoy hemos superado una rivalidad secular y disfrutamos de la paz y de sus variados frutos.

Lo que hubo entonces fue hombres dispuestos a ser razonables, a ceder todos un poco y a no asustarse tanto con la aguda tonalidad de la voz “soberanía”. Tengámoslo presente pues la solución a nuestros problemas está ahí nomás, a la vuelta de la esquina. Hay que mirar más lo que nos ofrece el futuro y escuchar menos las afligidas voces que nos vienen del pasado.

Nota post fallo:

Los párrafos anteriores fueron escritos antes del fallo del 24 de septiembre, pero este no ha hecho más que validar mi percepción de las cosas. Hay, sin duda, un lado subjetivo bajo la antigua lógica de los Estados, en la que ceder un solo centímetro de soberanía constituía traición a la patria. Pero estas viejas premisas no contemplan lo mucho que puede ganarse si se cede un poco.

Hay voces que en Chile se preguntan sobre ese cierto recelo a su país en la región, cuando en realidad se trata de una nación admirable en el gran desarrollo material que ha logrado, así como en la alta conciencia de su civilidad. Apenas ayer escuché a un damnificado de Coquimbo, del terremoto y las lluvias, pobrísimo, declarar con tanta dignidad su dolor por el valor sentimental de algunos de sus objetos perdidos y pensé: “Ese es, pues, el ciudadano chileno, tan educado en valores humanísticos”.

Pero lo que le ha faltado a Chile es ver al otro, a los otros, y pensar un poco más en el pasado, porque es verdad que Chile creció como ninguno, pero también lo es que, al crecer, dañó a sus vecinos y pensó que eso se solucionaría con voltear la página. Sin embargo, es más fácil hacerlo para el que dañó que para el dañado; por eso Bolivia quiere y no dejará de querer su mar.

Quizá el fallo del 24 de septiembre le esté diciendo a Chile que hay que abrirse, que el Perú ya no tiene más reivindicaciones y que Bolivia apenas quiere unas millas de mar. Por ello, Chile debe imaginar el día siguiente de una Bolivia con mar. Con crisis política al principio, sin duda, pero después el adormecedor aroma de la paz y la animada música de la integración. No más líos regionales, cambio de agenda y prestigio imperecedero, pues, a lo que ya logrado, Chile le sumará el crédito de haber pacificado el continente.

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Carta de Rafael Gumucio Rivas

28 septiembre 2015En algunos casos, la voz del pueblo no es la voz de Dios: la mayoría de los ciudadanos, por ejemplo, es partidaria de la aplicación de la pena de muerte, no por esta razón el crimen de Estado contra una persona inerme va a ser éticamente aceptable. Es cierto que más del 80% de los chilenos encuestados asume una posición chauvinista al no ser partidario de un acuerdo directo con Bolivia. En este plano, me atrevo a convertirme en enemigo del pueblo —para usar los términos de Ibsen— y desarrollar una propuesta de diálogo entre estos dos países en conflicto que nos permita reubicarnos en el latinoamericanismo, al cual aspiraba Francisco Bilbao.

Los analistas, especialistas en temas internacionales y simples opinólogos chilenos han logrado transformar una derrota en un empate —cualquiera que haya estudiado, así sea someramente la historia de Chile, podrá comprobar que el empate es un tópico permanente de nuestro acervo cultural—.

Aceptemos que el fallo de la Corte de La Haya, que va a introducirse en el fondo del conflicto, por lógica o por un mínimo de sentido común, terminará solicitando a los dos Estados que se reúnan y dialoguen para buscar, de buena fe y voluntad, una salida al diferendo existente hasta ahora. Aceptemos que desde 1880 Chile y Bolivia han conversado sobre el problema de la mediterraneidad del país altiplánico. Ahora, veamos algunos ejemplos a través de la historia: el presidente Domingo Santa María, a fines del siglo XIX, ofreció Arica a Bolivia, puerto que en ese entonces estaba en disputa con Perú, pero fracasó el intento; en 1929, el dictador peruano Nicolás Piérola quería convertir a Bolivia en una Polonia sudamericana, es decir, repartirse el territorio entre las potencias de la región, lo cual explica, en el contexto histórico del artículo del Tratado de Lima que cualquier cesión de territorio comprendido en dicho tratado debe contar con la aquiescencia de los dos países; posteriormente, en 1950, las conversaciones entre Walker Larraín y Ostria Gutiérrez; finalmente, “el abrazo” de Charaña entre los dictadores Pinochet y Bánzer. Si me pidieran caracterizar en una sola frase la historia de nuestras relaciones con Perú y Bolivia, sería “dividir para reinar”: ora favorecemos a los peruanos y atacamos a los bolivianos, y viceversa.

Si revisamos con atención al menos las dos últimas tratativas anteriormente citadas, podríamos colegir que las compensaciones que en el primer intento Bolivia ofreció a Chile, por el corredor que va desde los suburbios de la ciudad hasta la línea de la Concordia, eran bastante favorables para nuestro país. En 1950, ese país ofrecía las aguas del Titicaca para desarrollar en la zona un enorme proyecto hidroeléctrico —basta pensar un poco cuán beneficioso hubiera sido para Chile de haber resultado esa operación pero, por desgracia, fue vetado por Perú, pretextando el condominio indivisible de ambos países del lago Titicaca—; a continuación, vino la Revolución boliviana, en 1952, y las buenas intenciones quedaron a cero.

En el segundo, Charaña, en 1975, se planteaba la entrega de una franja desde el río Lluta hasta la línea de la Concordia, a cambio de una compensación territorial igual a la cedida por Chile. Nuevamente, consultado el Gobierno de Perú, este propuso una zona internacional, administrada por los tres países, que contemplaba la zona ofrecida por parte de Chile, lo que fue considerado inaceptable para ambos países.

Si algo práctico nos enseña la historia es que el tema de la mediterraneidad de Bolivia no puede ser tratado en forma bilateral, pues a partir del Tratado de Lima, de 1929, en esencia es trilateral, por consiguiente, el primer paso que deben dar Chile y Bolivia —si quieren dialogar para en realidad solucionar el conflicto, es convocar a una mesa trilateral: Chile-Perú-Bolivia—.

Sobre la base de la experiencia a través de la historia, estoy convencido de que tanto Chile, como Bolivia y Perú, pueden ser gananciosos con la creación de un proyecto y polo común de desarrollo en el altiplano boliviano, la zona sur de Perú y el norte de Chile. Los beneficios respecto del gas, el litio y el desarrollo tecnológico de la energía solar, la cooperación minera, el encuentro entre culturas, la inmigración, la lucha contra el narcotráfico, el aprovechamiento de las aguas —incluido el lago Titicaca— y todos los demás beneficios propios de una integración del Cono Sur.

El marcado chauvinismo que hoy se hace manifiesto, tanto en Bolivia como en Chile, a nada bueno nos conducirá y sí a ahondar la brecha y a gastar millones de dólares en ridículos juicios que sólo favorece a jueces de babero, peluca y traje negro y a especialistas en derecho internacional, en detrimento, por ejemplo, de la implementación de hospitales, de urgente necesidad para nuestra población.

Duela a quien le duela, siempre seremos vecinos de Bolivia y Perú, y el imperativo histórico es dialogar y buscar soluciones positivas para los tres países. Más que asunto de especialistas y juristas, la solución es política y se encuentra en la vocación latinoamericana que, por desgracia, nuestro país ha olvidado, sumido en la tiranía de los mercaderes, que no tienen ni Dios, ni ley, ni alma, ni patria, y sólo los mueve el dinero, que es la golondrina que busca “el sol que más caliente”.

Publicado en la sección e-pístolas del Diario El Mostrador de Chile

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