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Palestinos vs israelitas I

Los antecedentes remotos

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Judíos y filisteos en Canaán

Es una tarea imposible resumir en pocas palabras la historia de dos naciones que hoy protagonizan una guerra casi centenaria, sangrienta y que no presenta visos de solución. Por ello en las siguientes tres notas les presentaremos una síntesis del discurrir de los palestinos y judíos en el tiempo para comprender mejor el conflicto que hoy los enfrenta.

El asentamiento

Las fuentes históricas no se ponen de acuerdo sobre los orígenes del pueblo de Israel. La Biblia, dada su redacción metafórica, aumenta las confusiones. La otra fuente para conocerla son los jeroglifos egipcios, a través de los cuales cada faraón narraba su obra y sus conquistas.  En todo caso, es una convención que el pueblo de Moisés se asentó en la región de Canaán (Palestina-Israel) entre los años 1500 a.C. a 1200 a.C. Alrededor del año 1020 a.C los judíos lograron unificarse en un solo reino, pero luego se dividieron en dos: el de Israel y el de Judá.

La presencia de los palestinos en Canaán es casi igual de antigua; ellos formaron parte de los llamados “pueblos del mar”, los filisteos,  y de uno en especial nombrado “Peleset”, mencionados en los jeroglifos egipcios desde el siglo XIII a.C. Su primera referencia bíblica los vincula con el reinado de Ramses III, un siglo después. Los “Peleset” fundaron en las costas del suroeste de Canaán al menos dos asentamientos que nombraron Gaza y Ascalón. Su relación con los judíos a veces fue amistosa pero en otras fue conflictiva.

Expulsión de los judíos, conversión de los palestinos

Siglos después de su asentamiento en Canaán, el pueblo judío debió afrontar tres diásporas; es decir, tres expulsiones o intentos de expulsión sistemáticos de su territorio. El primero se produjo en el año 586 a.C tras una invasión de Nabucodonosor, rey de Babilionia. Sin embargo, las más importantes fueron perpetradas por el Imperio Romano a través del edicto del Emperador  Tito en 70 d.C y tras la fallida revuelta judía encabezada por Bar Kojba en 135 d.C. Entonces la mayoría de judíos fue expulsada de Israel, lo que explica la posterior historia de tantas colonias hebreas en diferentes países de Europa y Asia como Polonia, Alemania, Rusia, entre otras.

Por su parte, seis siglos después de la expulsión de los judíos de Canaán, los palestinos adoptaron la religión musulmana como consecuencia de conquistas posteriores que convirtieron la zona en dependencias correlativas de la dinastía Omeya, del califato Abbasí y de los turcos selyúcidas. Todo ello como resultado del advenimiento del Islam, tras la prédica de Mahoma en Arabia, en el siglo VII d.C.

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En el siglo VIII d.C todo Cannán fue dominado por los árabes y los palestinos fueron islamizados, los judíos ya habían sido expulsados del territorio.

 Como hemos podido apreciar, en aquellos tiempos remotos, la vida de ambos pueblos en la región de Canaán no fue nada fácil por las continuas invasiones de babilonios, persas, macedonios y romanos. Pero quizá la gran diferencia la marcaron los levantamientos judíos en contra de la dominación romana que, como hemos ya señalado, dio lugar a las diásporas de 70 y 135 d.C. A su turno, los palestinos lograron  mantenerse en sus asentamientos.

Palabras finales

Al permanecer en las costas del suroeste de Canaán, los palestinos lograron constituir y extender una nación adscrita a un territorio específico aunque sin lograr convertirse en un Estado independiente. Al contrario, los judíos se vieron forzados a abandonar la región, lo que no quita que también un ideal nacional haya arraigado en ellos muchos siglos después, tanto como el deseo de encontrar un territorio que pudiese cobijarlos.

Tal vez, una conclusión anticipada para este primer acercamiento es que los palestinos no fueron los responsables de la expulsión de los judíos de Canaán. Ella remite, más bien, a la dominación romana. Por ello, los palestinos tampoco tienen mucho que ver con la fundación del movimiento sionista, facción radical judía que a mediados del siglo XIX d.C proyectó recuperar la anhelada “Tierra Santa de Moisés” que hacía siglos ocupaban pacíficamente los descendientes de los filisteos. Del movimiento sionista y el paulatino retorno de los judíos a Canaán nos ocuparemos en nuestra próxima nota.

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Pueblos filisteos y reinos judíos en Canaán (830 a.C)  

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Bachelet o el fin del neoliberalismo

Reformas de Bachelet: tarea difícil

Hace unas semanas, a propósito de la novena reunión del grupo Generación de Diálogo Perú-Chile, que auspicia la Konrad Adenauer de Alemania, visité Santiago. Mi estancia coincidió con el discurso que el 21 de mayo de cada año –conmemoración del combate naval de Iquique- dirige el presidente chileno al congreso de su país. En esta ocasión, Michelle Bachelet demostró que no es su intención entrar a la historia únicamente por sus dos mandatos, ni por ser la primera mujer en regir los destinos de su país, sino por las reformas estructurales que anunció, muchas de las cuales ya viene discutiendo y aprobando la representación parlamentaria.  

Estado y mercado

Revisar los ejes de las reformas de las dos veces presidenta nos lleva a tres reflexiones: la primera es que Chile vira hacia la socialdemocracia con una virulencia que no manifestaron los anteriores gobiernos de la Concertación ni, mucho menos, la gestión derechista de Sebastián Piñera. La segunda es que dichas reformas expresan, de manera explícita, una relación directa entre representados y representantes. De hecho, la educación es el buque insignia del paquete reformista y recoge el sentir de los miles de ciudadanos y ciudadanas que tomaron las calles, casi cotidianamente, en los años anteriores solicitando su mejora cualitativa y cuantitativa. La tercera, a contracorriente de la segunda, es que el plan reformista dista de ser una medida populista o electorera. Más bien, representa la apuesta chilena por tomar el control de su propio destino para no depender, hasta donde fuere posible, de los vaivenes de la globalización y el libre mercado.

El libreto del Estado de Bienestar es el telón de fondo del plan de reformas: calidad de la educación pública, lo que supone igualdad de oportunidades; Ministerio de Asuntos Indígenas; apoyo a las Pymes para mejorar la productividad; fomento a la pesca artesanal; extensión y mejora de los servicios de salud; becas de capacitación para acceder a puestos de trabajo en el Estado; creación de una AFP estatal que compita con las privadas y las obligue a bajar sus tasas; protección de la infancia, del adulto mayor entre otras. Ciertamente, el sostén económico del plan es una profunda reforma tributaria en la que, sucintamente, las grandes empresas pagarán más, sustentando así el incremento en el gasto público como consecuencia de las medidas que acabo de enumerar.

A mediados de la década de 1990, Chile recibió una pésima noticia. Intel, la gran multinacional de los microprocesadores, decidió construir su planta latinoamericana en Costa Rica, dejando de lado a Chile, el otro candidato. Mientras desarrolló sus actividades –acaba de anunciarse su cierre en el país centroamericano- Intel representó el 20% de las exportaciones costarricenses, tanto como su mayor oportunidad de transferencia de capitales y tecnología. Las razones de elegir a Costa Rica fueron varias, pero una de ellas tuvo que ver con la calificación de la mano de obra y el dominio del idioma inglés. Por ello, las actuales reformas educacionales chilenas buscan elevar el grado de preparación del futuro ciudadano, de cara a la atracción de inversiones, la promoción del desarrollo tecnológico y el desarrollo de la industria local. Otra manera pues, de situarse frente a la globalización y los desafíos del siglo XXI.

Chile, la Alianza del Pacífico y la TPP

Respecto de su relación con el Perú, parece exagerado pensar que Chile abandone la Alianza del Pacífico. Más bien, a lo que asistiremos en los próximos años es al despliegue de una política regional chilena en diferentes frentes y a un relanzamiento de su relaciones con Argentina y, principalmente, con el Brasil, pero sobre la base de que el vínculo con el Perú ya presenta suelo parejo. Puede decepcionar un poco a quienes esperábamos mantener la intensidad de las políticas y el discurso integracionista de los tiempos del litigio, pero la agenda chilena tiende a ampliarse por lo que la potenciación de la relación binacional dependerá mucho de la proactividad peruana, en los niveles de gobierno, actores empresariales y sociedad civil.

Al contrario que con la Alianza del Pacífico, que goza del respaldo del actual gobierno chileno, a este le preocupa mucho más la TPP (Acuerdo de Asociación Transpacífico) porque se entiende que es un foro estratégico impulsado por los Estados Unidos para competir directamente con el comercio Chino en el Pacífico. China es el principal socio comercial de Chile –y también nuestro- por lo que al vecino le interesa sostener y potenciar dicho vínculo. Por ello, la permanencia chilena en la TPP y sus condiciones sí serán revisadas por la presidenta socialista y es posible que pronto dicho debate alcance a nuestro país.

El Perú frente a las reformas chilenas

Una antigua frase decía que Argentina era el barómetro de América Latina. En realidad, hace tiempo que Chile lo es. Si dejamos de lado a Brasil, que es un poder regional en sí mismo, Chile aparece como el único país sudamericano con los cuadros y el desarrollo institucional suficientes como para emprender un proyecto de reformas tan ambicioso como el actual. Por ello, son fundamentales el seguimiento y estudio de sus resultados, máxime en una región cuyos devaneos la llevan de los populismos autoritarios de Venezuela y Argentina, a timones automáticos como el nuestro, que tanto nos entretienen con el discurso del crecimiento económico, mientras que institucional y socialmente retrocedemos día a día frente al sicariato, el crimen organizado y la feudalización.

Siempre pensando en el Perú, está claro que carecemos del marco institucional y profesional para emprender un programa reformista similar al chileno. Si no lo tuvo Velasco a finales de los sesentas, menos lo tendremos en tiempos de la antipolítica, cuando la presencia estatal parece languidecer de nuevo, como en los ochentas, aunque por causas muy distintas. En el fondo del tintero, se resalta la ausencia de instituciones, de partidos y de políticos.

Lo dicho no supone resignarse, ni mucho menos adaptarse a una realidad deficitaria; al contrario, podríamos comenzar con mensajes presidenciales que enumeren menos obras públicas y vean más al país como conjunto. Si no podemos consensuar que con nuestro ciudadano actual (somos últimos en educación), no le sumaremos otros aciertos al dichoso “piloto automático”, entonces habremos fracasado en el intento de encontrar, siquiera, el punto de partida. ¿Dónde está la inteligencia que piensa al Perú del futuro? porque Chile siempre se pensó a sí mismo y por eso puede reformarse o sucumbir en el intento.

Publicado en Caretas  de 12 de junio de 2014

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Bolivia la tiene difícil

BOLIVIA: radiografía de una demanda

El pasado 15 de abril, con su presidente Evo Morales al frente, Bolivia presentó ante la CIJ su memoria en el litigio que le sigue a Chile en busca de una salida soberana al Océano Pacífico. Tras el acontecimiento, Morales expresó su esperanza de que pronto un barco boliviano pueda zarpar desde un puerto soberano de su país. Por su parte, el canciller chileno Heraldo Muñoz calificó de artificiosa la demanda boliviana y señaló que carece de cualquier sustento jurídico.

La complejidad y antigüedad de esta cuestión hacen que muchas aristas giren a su alrededor y que la cuestión judicial no sea sino una de estas. Por ello, en las siguientes líneas estableceremos sus elementos centrales y los analizaremos para plantear luego algunas conclusiones generales.

LOS ARGUMENTOS BOLIVIANOS

No es casualidad que el discurso de Evo Morales sobre el tema esté cargado de emotividad. La causa boliviana tiene en su base una reivindicación histórica que se expresa a través de una memoria doliente. Chile, en 1879, le quitó su cualidad marítima y Bolivia aún reclama por aquel arbitrario despojo.

Sin embargo, para acceder a La Haya, Bolivia ha tenido que armar un caso jurídicamente defendible. De allí que sustente su reclamo a través de un argumento que llamaré “tesis de la tangente”. Cabe señalar, que Bolivia no puede pedirle a la Corte que le otorgue una salida al mar desde las costas de Chile debido al tratado de límites de 1904 en el que Bolivia le cedió Atacama a Chile a cambio de la construcción de un ferrocarril que uniese Arica y La Paz.

Por ello, de acuerdo con la “tesis de la tangente”, Bolivia ha desarrollado un caso inteligente para sortear el escollo del referido Tratado. Sostiene entonces que, desde 1895 en adelante, Chile le ha ofrecido repetidas veces negociar su acceso soberano al Océano Pacífico. En consecuencia, Bolivia le pide a la Corte que le exija a Chile cumplir con dichos ofrecimientos y negociar de buena fe su salida al mar.

De acuerdo con la demanda boliviana, los ofrecimientos chilenos más concretos y formales se produjeron en 1950 y 1975. De hecho, ante la nota boliviana de 1 de junio de 1950, el gobierno chileno respondió que deseaba “entrar formalmente en una negociación directa para satisfacer la necesidad fundamental de Bolivia de obtener un acceso propio y soberano al Océano Pacífico”.

Asimismo, en 1975, tras el famoso “abrazo de Charaña” entre Banzer y Pinochet, se firmó la declaración del mismo nombre cuyo contenido señaló que “Chile estaría preparado para negociar con Bolivia la cesión de una franja de tierra al norte de Arica hasta la línea de la Concordia”. Finalmente el acuerdo no se concretó y Bolivia rompió relaciones diplomáticas con Chile.

LOS ARGUMENTOS CHILENOS

Hasta aquí los argumentos bolivianos parecerían sólidos. En efecto, el 14 de febrero de 1879, Chile le arrebató violentamente su cualidad marítima. Además, en base a una geopolítica del siglo XIX —alianzas coyunturales de dos países contra un tercero—, Chile ha manipulado constantemente la expectativa boliviana de acceder al mar por lo que ahora se encontraría en la difícil circunstancia de responder por sus ofrecimientos del pasado.

Pero las cosas no son tan complicadas para Chile por una gran y sencilla razón: tiene un tratado de límites con Bolivia, firmado en 1904, en el que ambos países sancionan la chilenidad de la provincia litoral de Atacama. Como precedente importante, recordemos que en nuestro litigio contra Chile, la cuestión giró alrededor de establecer si había un Tratado de Límites marítimos y, a pesar de que este no existía formalmente, los jueces consideraron que los contenidos del acuerdo de 1954 demostraban la existencia de un límite tácito.

Esta consideración de la Corte no le alcanzó a Chile para que se le otorgue el paralelo como frontera hasta las 200 millas, pero sí hasta las 80 millas. En el caso chileno-boliviano este acuerdo de límites sí existe, es formal y explícito, por lo que el desafío boliviano —muy complicado— es convencer a la Corte de que los ofrecimientos chilenos de negociar una salida al mar a través de notas diplomáticas tienen igual peso o valor que el referido Tratado de 1904.

A esta consideración, debemos añadirle el impacto que supondría para el orden jurídico internacional que la Corte admitiese la revisión de una frontera a pesar de la existencia de un acuerdo de límites. De darse el caso, se estaría propiciando un escenario de gran inestabilidad mundial, con decenas de países recurriendo a La Haya, con x o y razones para solicitar la rectificación de sus fronteras.

Se suma a lo dicho lo que establecen tanto el reglamento de la CIJ como el Pacto de Bogotá. El primero, en su artículo 38, indica que los tratados prevalecen sobre cualquier otra consideración, como podrían serlo la equidad o los principios generales del derecho; el segundo, en su artículo IV, sostiene que sus procedimientos no pueden aplicarse a asuntos ya resueltos. Por todo ello, no descartamos que, inclusive, Chile se anime a solicitar la incompetencia de la Corte para lo cual cuenta con noventa días calendario tras la presentación de la memoria boliviana. De aceptar la Corte esta eventual solicitud chilena, tendríamos un litigio de apenas meses y no de seis años como fue el que estableció la última frontera del Perú.

ESCENARIOS TRAS EL LITIGIO

Un primer escenario tras el litigo es el supuesto casi negado de un triunfo boliviano y de la conminación de la Corte a Chile a abrir con Bolivia una negociación de buena fe que concluya con su acceso soberano al Océano Pacífico. Al respecto, suscribo la tesis de Antonio Zapata, quien sostiene que, llegado el caso, la posición del Perú debe ser que Chile otorgue a Bolivia una suerte de enclave marítimo al sur de Arica, pero rechazar, al mismo tiempo, la cesión a Bolivia de un corredor paralelo a la Concordia que acabase con nuestra situación de país limítrofe con Chile. No olvidemos que mucho nos ha costado alcanzar un status quo fronterizo estable con este país, ni toda la masa crítica que se desprende del comercio bilateral y de la relación socioeconómica y humana entre las poblaciones de Tacna y Arica.

Pero analicemos ahora el escenario más probable que es la derrota de Bolivia, que dejaría su histórica demanda en la más absoluta orfandad internacional. Al respecto, parecen sensatas las declaraciones del expresidente Jaime Paz Zamora, quien propone hacer del Pacífico un “Mare Nostrum” sudamericano y crear en él una amplia zona de libre comercio con tres puertos al sur del Perú y tres al norte de Chile. De hecho, la tesis de Paz Zamora se condice con lo que expresé hace un año cuando se presentó la demanda boliviana y señalé que Bolivia debía negociar más y reclamar menos, así como comenzar a evaluar conceptos de soberanía más relativos que absolutos.

A este nivel, me preocupa que Evo Morales no tenga un plan B, esto es, que no se ponga en la situación de perder en La Haya con lo que una eventual derrota solo agudizaría la frustración de un país que, más bien, requiere cambiar de mirada. Cuando pienso en ello, se me viene a la cabeza Jamil Mahuad, ese presidente ecuatoriano que tuvo el valor de decirle a su pueblo que Tumbes, Jaén y Maynas no eran ecuatorianos, sino peruanos. Recordemos lo paradójico, el conflicto que tuvimos con el Ecuador de la década de los noventas y el litigio que ventilamos con Chile entre 2008 y 2014 potenciaron nuestra integración con ambos países.

Por ello, si Bolivia pierde en La Haya es de esperar que su presidente tenga la grandeza de hacerle aceptar a su pueblo la realidad de su mediterraneidad y, al mismo tiempo, conducir la proyección geoeconómica a una serie de tratados comerciales con Perú y Chile, que le permita volcarse con fuerzas al Océano Pacífico que hoy, gracias a China, nos ofrece a todos un mar de oportunidades.

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Categoría: Política peruana
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¿Qué outsider busca Alfredo Torres?

SE BUSCA OUTSIDER.

Tribulaciones, lamentos y ocaso del análisis político peruano

La última nota de Eduardo Dargent en Semana Económica, “Lamentando el Outsider que nunca llegó” capturó mi atención desde su sugerente título y me hizo detenerme en las bambalinas de una tendencia que no sólo se encuentra diseminada en un sector de la opinión pública, sino en nuestros analistas políticos, inmersos en la realidad que estudian al punto de promover la aparición espontánea de fenómenos electorales que, en la teoría, deberían constituir la excepción a la regla. Pero el Perú también es excepcional.  

Hace no mucho, Carlos Meléndez lanzó la imaginativa tesis de que las dos fuerzas políticas más sólidas y representativas del Perú son el antiaprismo y el antifujimorismo. De esta manera, Meléndez nos convierte en el país de la negación política, aunque cabe reconocer que su hipótesis recoge de la realidad un dato innegable: en nuestras tres últimas segundas vueltas electorales, 2001, 2006 y 2011, muchos peruanos votaron por el mal menor; es decir, muy poco convencidos y nada entusiasmados por el mandatario que estaban eligiendo.

Pero las sumas y restas de Meléndez no son del todo correctas. Para empezar, es más que probable que el electorado antifujimorista, sea casi el mismo que el antiaprista por lo que no tenemos, ni de lejos, la ecuación de que más de la mitad de nuestro electorado jamás votaría por una u otra opción. Al contrario, se trata del mismo sector que, de acuerdo con Dargent, “reacciona en las redes sociales y en sectores de la prensa y lamenta que seamos un pueblo de cínicos y corruptos”. Desde mi mirada, una elite intelectual reducida y bulliciosa, cuyo drama es su absoluta incapacidad de relacionarse con los sectores populares, de allí que la tribulación y la búsqueda del outsider le resulte más atractiva que la partidarización y el compromiso políticos.

Por su parte, un reciente análisis publicado por Alfredo Torres en El Comercio amerita algunos párrafos aparte. En su favor debo decir que, como especialista en estudios de opinión, su trabajo consiste en interpretar no sólo las tendencias políticas sino también su naturaleza. De allí que su discurso denote una inconsciente vocación caudillista que resulta de décadas de muestreos en los que a los encuestados les resulta mucho más fácil identificarse con un líder específico que con un partido o agrupación.

Pero Torres va más allá y vaticina que la mesa está servida para un outsider en 2016. Así, tras afirmar que Alan, Keiko y PPK no son candidatos atractivos propone “un líder de origen popular con un discurso populista y apasionado quien podría captar a ese votante que simpatizaba con Humala y que rechazaba a los otros tres”. Me pregunto si Torres sabe lo que está diciendo y a lo que nos expone; no sabía, la verdad, que los estudios de mercado tuviesen algo que ver con tentar al diablo, me encuentro entre el asombro y la perplejidad.

Frente a estas extravagantes propuestas, Eduardo Dargent nos devuelve a la realidad y observa que las categorías de Derecha-Centro-Izquierda pueden ser útiles para facilitar el análisis político aunque reconoce que “mucho más que ideologías marcan las elecciones en el Perú”. De hecho, me parece que las enormes dimensiones que Carlos Meléndez le adjudica a la izquierda peruana constituyen casi una tradición inventada –al más puro estilo de Hobsbawm- la que construye confundiendo planos identitarios e ideológicos.

En el Perú hay un fuerte voto antisistémico, qué duda cabe. Este se expresó clarísimo en el mapa electoral de 2006 donde el PPC ganó en Lima, el APRA en Ica y el “sólido norte”, y el Ollanta más radical en el resto del Perú, la muestra se repitió casi exacta en 2011. Sin embargo, cabe preguntarse si las masas que apoyaron a Humala le darían su voto a un candidato de la izquierda limeña como Susana Villarán o Marissa Glave. Es que tal izquierda no existe a nivel nacional, lo que existe es un enorme rechazo al centralismo que atañe nuestras honduras sociohistóricas, siempre complejas e irresueltas.

Análisis del análisis político

Tras mis primeros comentarios quisiera exponer algunos lugares comunes que he encontrado en los discursos de Dargent, Meléndez y Torres. En primer lugar, todo autor tiene derecho a una posición y a una subjetividad pero, al mismo tiempo, debe tratar de no confundirlas con el sentido común, la percepción corriente o la opinión pública. Hago este comentario, porque, de diferentes maneras, los tres citados han exteriorizado su deseo de evitar una segunda vuelta entre Alan y Keiko: Dargent lo reconoce abiertamente, Mélendez “inventa” un antiaprismo y un antifujimorismo que suman más de la mitad del electorado y Torres clama por la búsqueda de un outsider político que nos libre de tal horror.

En segundo lugar, nuestros principales politólogos parecen conformarse con examinar nuestra “realpolitik” sin desarrollar una postura crítica de sus precariedades, ni ofrecer alternativas para impulsar su institucionalización. Digo este porque en la banal búsqueda de un outsider que nos libre de Alan y Keiko, nos olvidamos del republicanismo, nos olvidamos de la consolidación de la democracia, nos olvidamos de nuestra apremiante necesidad de fortalecer y crear partidos políticos, al punto que se alienta la aparición de un ilustre desconocido que podría ser, ni más ni menos, el General Donayre, Marco Tulio Gutiérrez o Gregorio Santos; aunque la izquierda limeña está muy entusiasmada con Gastón Acurio, total en Tanta se come divino.

El desdén de lo que hay es el tercer aspecto de nuestra pesquisa sobre el “análisis político dominante”. En él, el fujimorismo y el aprismo sólo merecen observarse si es para concluir que deben ser sustituidos por lo que no hay: de allí las tribulaciones, porque no es tan fácil inventar un caudillo de la nada. Al respecto, una postura alterna es la de Juan Carlos Tafur quien escribió que “no se puede condenar al fujimorismo a una suerte de cadena perpetua política y apartarlo, por ende, de cualquier posibilidad de reenganche con la vida democrática del país”.

Respecto del APRA

Los apristas comentan en las redes que el antiaprismo es una enfermedad y no les falta razón: su fase terminal es el antialanismo. Desde el espasmo de este padecimiento ningún análisis puede ser serio aunque logre parecerlo. Por ejemplo, Alberto Vergara, doctor en Montreal e investigador en Harvard, pierde cualquier objetividad cuando habla de García y sostiene que en su segundo gobierno “las reservas del país no han sido nuevamente dinamitadas, (…) el país no ha quedado al borde de una epidemia de cólera (…) los caños de las casas no han evacuado chorros de agua con excrementos (…)” para de esta manera minimizar sus logros bajo la trillada y mezquina premisa de que frente al desastre de su primera gestión cualquier cosa es mejor.

Otro síntoma de la enfermedad –en realidad tiene muchos- es el desdén por el Partido Aprista, organización a punto de cumplir 90 años, con líderes jóvenes formándose en prácticamente todas las universidades del país y con una impresionante capacidad de movilización a nivel nacional, a través de sus leales bases. Pero es más fácil decir que el APRA sin García no es nada y ahorrarse el trabajo de estudiarla, y ni que hablar del PPC que, al día de hoy, es el Partido que mejor funciona como tal y cuyo desafío sigue siendo extender su influencia a nivel nacional, pero en esas está.

A manera de conclusión

El análisis político peruano dominante es como el rey imaginario de Charly García que bailaba a través de las colinas y no entendía “por qué murió la gente mía”; es la expresión académica de los sentimientos de un sector que se siente atacado por “gente vil, sin corazón”.

Si la pesquisa politológica presenta como punto de partida un profundo sentimiento antiaprista y antifujimorista, sus conclusiones sólo pueden ser erróneas. Por ello resulta fundamental partir del análisis objetivo de lo que hay, desterrando estereotipos fáciles; por ello resulta fundamental comprender que en el Perú sí hay partidos políticos, aunque débiles y a veces anti-políticos (de la definición de Sinesio López). Al concluir estas líneas, me quedo con la sensatez de Eduardo Dargent:

“Construir algo más que un candidato anti, de último minuto, que finalmente gane pero carezca de la fuerza para gobernar. Lo más inteligente para no lamentar luego al outsider que nunca llegó es hacer lo que Keiko Fujimori y Alan García vienen haciendo desde el 29 de julio del 2011: política”. Lo contrario no son más que las “tribulaciones, lamentos y ocaso de un tonto rey imaginario o no”, con perdón de Charly García.

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07/05/14: APRA: 90 AÑOS

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El APRA cumple 90 años

APRA: 90 AÑOS

“Que el trabajo es deber y derecho de todos los hombre y representa la base del bienestar nacional” (Constitución del 79) 

La semana pasada se celebró el 1ero de mayo pero poco se dijo sobre la actuación de Víctor Raúl Haya de la Torre en la conquista de la jornada de 8 horas laborales en el país, a pesar de que el fundador del APRA cumplió un rol fundamental en la lucha y reivindicación de los derechos de los trabajadores del Perú.

En diciembre de 1918, los obreros de Lima, en especial panaderos y tejedores, iniciaron una larga huelga por conquistar lo que sus compañeros estibadores del Callao habían logrado en 1911: las 8 horas de trabajo. En los albores de 1919, los obreros gestionaron el apoyo de la Federación de Estudiantes, liderada por Haya, quien participó de las negociaciones entabladas entre los dirigentes sindicales y el entonces Ministro de Hacienda, y representante del gobierno civilista, Manuel Aurelio Vinelli. Las deliberaciones se desarrollaron los días 13 y 14 de enero.

La persistencia de los obreros, de sus más destacados voceros como Adalberto Fonkén y Arturo Sabroso, junto al resuelto respaldo estudiantil obtuvieron la victoria el 15 de enero de 1919, con la promulgación del decreto supremo que reducía a 8 horas diarias la jornada laboral, que antes oscilaba entre las 12 y las 14 horas. Además, esta conquista le dio nacimiento al llamado “Frente Único de Trabajadores Manuales e Intelectuales” que unificó, en la misma plataforma de lucha, a obreros, profesionales y estudiantes.

Algunos años después, el 23 de mayo de 1923, el Frente Único, liderado por Haya de la Torre, se pronunció en las calles de Lima en contra de la consagración del Perú a los Sagrados Corazones, con el saldo de dos manifestantes muertos y la consolidación de la alianza obrero-estudiantil. Fue también el bautizo de sangre de una trayectoria de lucha democrática y social que condujo al político trujillano a su primer destierro. En dicho exilio, en México, un 7 de mayo de 1924 Haya fundó la Alianza Popular Revolucionaria América, movimiento político inter-americanista que enarboló una propuesta original de lucha contra el imperialismo capitalista, distinta a la del socialismo marxista.

20 años después, las batallas del APRA por los derechos de los trabajadores obtuvieron un nuevo triunfo: el 1ero de mayo de 1944 se fundó la primera central obrera del país: La Confederación de Trabajadores del Perú. La Confederación se creó bajo la dirección de Luis Negreiros Vega, luchador tenaz y consecuente quien encontró su destino en 1950, a manos del sicariato de la dictadura odriísta. Poco antes, en 1949, había logrado burlar otro atentado contra su vida.

35 años después, en 1979, Haya de la Torre cerró el círculo de su vida legándole al Perú una Constitución inspirada en la democracia social que estableció en su artículo 44 que “los trabajadores tienen derecho a descanso semanal remunerado, vacaciones anuales pagadas y compensación por tiempo de servicios. También tienen derecho a las gratificaciones, bonificaciones y demás beneficios que señala la ley o el convenio colectivo”. Seguidamente, la Carta Magna del 79 reconoce el derecho de sindicalización del trabajador –tan cercenado por el neoliberalismo en la década de los noventas- y la participación del obrero en el reparto de utilidades de las empresas en las que labora.

Ya sé que luego vendrán las críticas: que la Constitución del 79 estuvo condicionada por los militares, aunque Haya se comió el pleito de darle una salida democrática al país en aquella difícil coyuntura y la otra, aún más difundida, que las alianzas conservadoras del APRA, con Prado el 56 y Odría el 62, desmerecen su trayectoria social. De aquellas alianzas hablaré en mi próxima nota. Por lo pronto, subrayemos que ha cumplido 90 años el Partido Aprista, sin el cual no se entiende nuestra democracia contemporánea y sus conquistas sociales, como tampoco lo hacen, justo es decirlo, sus grandes contradicciones.

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 GARCÍA DENUNCIÓ OPORTUNAMENTE VICIOS PROCESALES DE MEGACOMISIÓN 

Alan y la subjetividad

“Si algo le ocurre a alguno de los miembros de la megacomisión, estará claro quién fue” (Oscar Ugarteche)

Con la cita anterior, Oscar Ugarteche concluye un artículo en el que sindica a Alan García como al líder de una red de narcotráfico. Semanas antes, en medio del jaloneo por esto de los hijos no reconocidos de los políticos - pues parece que en el Perú “político que se respeta” debe tener uno por ahí- corrió la volada de que García era un violador supuestamente denunciado por un ex-militante de su partido. La verdad, no sé qué otras acusaciones esperar contra el ex-presidente y no sé qué crimen horrendo le achacarán mañana. Todo esto me hace pensar en las subjetividades que hay detrás de las imputaciones contra quien, para un sector ruidosamente minoritario del país, constituye la “bestia negra” de la política peruana.  

Recuerdo que hace dos años, tras concluir su segundo mandato, García se compró una casa y, a sabiendas de la vociferación que se iba a armar, convocó una conferencia de prensa, anunció la adquisición del inmueble e hizo públicas sus cuentas. Muy pocos, en realidad, se tomaron el trabajo de examinar la documentación pero igual no perdieron la oportunidad de gritarle corrupto y ladrón a los siete vientos, como si no pudiese ser de otra manera. Si venía de García tenía que haber corrupción de por medio, entonces, ¿por qué no gritarlo?

Todo lo contrario sucedió con los inmuebles del ex-presidente Alejandro Toledo. Cuando estalló esa bomba mediática, las mismas personas que destrozan a Alan García en las redes sociales cerraron filas con el líder de la chacana. “A pique la tía tiene su billete”, me comentaba, refiriéndose a Eva Fernenbug, una afiladísima detractora de García Pérez. Sólo después de que Toledo se contradijese con reiteración, se callaron quienes lo defendían, pero nunca llegaron a descargar contra él la rabia que se reservan para el líder del APRA.

A todo esto ¿qué explica esta situación? ¿Cuál es el origen de la subjetividad que subyace tras la animadversión contra Alan García? Voy a desarrollar varias hipótesis.

La primera es su olvidable (o inolvidable) primer gobierno. Pareciese que tras aquella mala gestión gubernamental hubiese quienes sentenciaron a García a la muerte política y a la cadena perpetua moral, una de la que no es posible redimirse y en la que las cuestiones políticas y judiciales se fusionan en una sola e implacable condena: culpable. Esta condena se hace especialmente evidente en el caso de los penales; no importa si García esa misma noche denunció los excesos y exigió la investigación; tratándose de él, debía ser responsable no sólo político sino también penal. El Poder Judicial dijo otra cosa pero no importa, igual es culpable.

La segunda es su innegable éxito y la frustración que genera en sus detractores una terrible realidad: Alan García le pidió una segunda oportunidad al Perú y el Perú se la dio en 2006. Ante la versión radical de Humala, el Perú eligió la opción más conservadora y eligió bien. Y digo bien porque el segundo gobierno de García no sólo superó al primero, como mezquinamente reconocen sus detractores, sino que, por lejos, ha superado también a los gobiernos de Toledo y Humala, a quien le queda media gestión por delante. La realidad que he mencionado se demuestra en contundentes estadísticas de reducción de la pobreza y crecimiento económico, reforzadas por importantes proyectos sociales y obras de infraestructura, tren eléctrico, electrificación masiva, agua potable, alfabetización etc.

La tercera razón de la subjetividad contra Alan García es la suma de las dos primeras en el actual contexto político. García hizo un buen segundo gobierno, la mayoría del país tiene una positiva valoración de su último mandato, y es probable que un electorado como el nuestro, pragmático y resultadista, elija a quien representa la mejor opción para potenciar el desarrollo. El producto de la combinación es explosivo: ataque de pánico. Yo la verdad no sé si puedo o no puedo imaginarme la indignación de sus detractores, la rabia contenida, las noches de insomnio de solo pensar en la posibilidad de verlo ceñir, ajustadísima, la banda presidencial al inicio de su tercer mandato.

Y la consecuencia de esta subjetividad tiene elementos discursivos, tanto como otros bien reales los que, al final, se conjugan. El primer caso es la pretensión de reducir su segundo gobierno a Bagua, petroaudios y narcoindultos; es decir, de proyectar una imagen absolutamente negativizada de su más reciente gestión presidencial. El segundo caso, empujado por el primero, es la ejecución de una torpe y sumarísima investigación congresal que se quema en la puerta de horno porque, en el exceso de ansiedad, se olvidaron de decirle al acusado de qué se le juzgaba a pesar de que este advirtió clara y reiteradamente que se estaban olvidando de decirle de qué se le juzgaba, violando así sus derechos más fundamentales. Al final, el Poder Judicial desestimó tal despropósito pero para sus detractores Alan García seguirá siendo corrupto, aquello nunca cambiará.

Al finalizar estas líneas, quiero expresar mi deseo de que los temas que son materia de investigación respecto del gobierno anterior se lleven hasta sus últimas instancias a través de cauces regulares y mecanismos transparentes. Pero la situación que he descrito hace que la delgada línea entre objetividad y subjetividad se haya transgredido tantas veces y con tal virulencia que ya no nos queda claro el lugar en el que está cada cosa en un país en cuyas instituciones no creemos, porque ya no creemos en ninguna.

A la vuelta de la esquina, queda recuperar el sol después de la tormenta, a ver si volvemos a pensar el 2016 bajo el esquema de las reglas del juego democráticas de nuestro país, que, gusten o no gusten, indican que Alan García sí puede postular y Nadine Heredia no. De esta manera podremos centrarnos en la agenda del desarrollo y de la lucha contra la pobreza e inseguridad, al menos el tiempo que nos queda hasta las próximas elecciones.

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"Al Indio que es como mi hermano"

A Ezio Parodi Marone, bachiche peruanísimo que detestaba el racismo

Daniel Parodi Revoredo

Corría julio de 1987 y al terminar el ciclo de cachimbos nos fuimos al Cusco con toda la patota de la Universidad a conocer, divertirnos y cometer uno y mil excesos juveniles. Fue así que nos encontrábamos en una chingana tomando cerveza cuando en eso los parroquianos del lugar nos comenzaron a increpar: que blanquitos, que limeñitos, que pituquitos etc. El tono de las voces se levantaba rápidamente, tanto como se enrarecía el ambiente. 

Entonces no se me ocurrió nada mejor que pararme y ponerme a cantar y así empecé: “Ven acá mi compañera, ven oh mi dulce andarita…”; son los primeros versos del Canto a Luis Pardo, que me enseñara mi padre, tema que él cantaba como un himno con sus amigos en su cumpleaños, a vivas y aguardientosas voces, en el cenit de la jarana, a las 4 de la mañana; eran las voces que me levantaban de la cama cuando tenía 5,6,7,8 años. Era la canción que tanto me impresionaba por su final: “Si han de matarme en buena hora, pero mátenme de frente…”. ¿Por qué van a matar a ese hombre, papá?

Y yo seguía cantando parado frente a mis amigos en la chingana del Cusco hasta que llegó la parte más social del Canto a Luis Pardo y entonces volteé hacia los cusqueños que hace minutos nos agredían: “por eso yo quiero al niño, amo y respeto al anciano, al indio que es como mi hermano, le doy todo mi cariño, no tengo el alma de armiño cuando veo que se explota, toda mi cólera brota y la impotencia me indigna, cual una araña maligna que hoy aplasto con mi bota…”.

Mientras cantaba el silencio era absoluto y máxima la tensión, se trataba de un desafío, todos pendientes de lo que cantaba y del mensaje que quería trasmitir. Al terminar se produjo un estallido de júbilo de todos los parroquianos, acabamos abrazados, las mesas se confundieron, los cusqueños nos cantaban “La flor de la canela”, como queriendo complacernos de esa manera. Sin duda, uno de los momentos más emocionantes de mi vida.

He querido contarles esta anécdota por el debate sobre el racismo que ha desatado “La Paisana Jacinta”. No voy a tomar posición sobre el programa pero sí quiero señalar que el racismo no se combate solamente teniendo una posición crítica frente a él, sino enfrentándolo y enfrentarlo supone romper el hielo, poner la otra mejilla, ser sencillo, tener gestos. Los gestos, cuánto creo en ellos, somos un pueblo sencillo, lindo, que espera gestos y buena voluntad, algunas veces se trata simplemente de eso.

Hace unos años, el Estado le pidió perdón a los afrodescendientes debido a la esclavitud y se inauguró un magnífico museo dedicado a su aporte en la construcción de la peruanidad, lo que me pareció una excelente iniciativa pero ¿y el mundo andino? ¿cuándo le hemos pedido perdón por el racismo, por el gamonalismo, por las levas forzadas, por la contribución indígena, por tanto abuso y despojo? ¿Cuándo, como Estado y como nación, le hemos dado su lugar, le hemos dicho eres el origen y tronco fundamental de la peruanidad? ¿Cuándo hemos tomado seriamente el quechua y aplicado políticas análogas a las del catalán en Barcelona o el vasco en Euskadi? Y la lista sigue y sigue. Inclusión es igualdad de oportunidades, qué duda cabe, pero también atañe la dimensión subjetiva de lo gestual y lo emotivo, que es tan o más esencial que las banderas políticas que se levantan en su nombre.

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EL OTRO ANTIAPRISMO

El politólogo Carlos Meléndez acaba de publicar un artículo acerca del antiaprismo, cuyas conclusiones extrae de una encuesta que realizó con el Instituto de Opinión Pública de la PUCP. Al respecto, comparto algunas observaciones a las apreciaciones de Meléndez, las que atañen menos los resultados de su pesquisa que su formulación, pues otras preguntas hubiesen permitido un acercamiento más íntimo al fenómeno en cuestión.  

Para empezar, sí creo que el antiaprismo es ideológico pero no creo que sea sólo ideológico y dudo que tras el llamado “fin de las ideologías” ese sea su signo distintivo. Para comprender mejor cómo se vive el antiaprismo puede resultar útil el viejo distingo que hacía Benedict Anderson respecto del nacionalismo cuando refería que este era vivencialmente menos comparable al socialismo o comunismo que al cristianismo o al islamismo. Con esta precisión, Anderson trataba de decirnos que la subjetividad, los arraigos y las emociones pesaban más en el nacionalista que la doctrina que adhería.

Mucho de eso hay en el antiaprismo contemporáneo, mucho más que en su décadas iniciales cuando sus detractores presentaban al APRA como un movimiento antisistémico, opuesto a los valores tradicionales de la sociedad. Por ello, aquellas críticas contra el viejo partido sí ponían sobre el tapete el modelo de sociedad deseado.

Sin embargo, la naturaleza del antiaprismo contemporáneo, aunque profesado principalmente por la izquierda, ha migrado hacia una dimensión que se pretende ética y moral. En tal sentido, las acusaciones de corrupción contra su líder Alan García Pérez y su entorno más cercano ocupan hoy la base del discurso antiaprista, mucho más que premisas ideológicas.

A pesar de ello, las referidas acusaciones no alcanzan para explicar el odio visceral al APRA que amerita una investigación que excede los marcos de este artículo. Este se expresa en la percepción de que cualquier aprista es per se corrupto y en la renuencia a reconocerle cualquier logro o virtud, ya sea en el plano personal o a las gestiones gubernamentales de su partido.

Por ello, una premisa para analizar al antiaprismo contemporáneo es comprenderlo, más que como una fuerza política, como una tradición que se ha transmitido generacionalmente. La razón del odio cambió, el padre odiaba al APRA porque supuestamente traicionó sus ideales, el hijo la odia porque piensa que los apristas son corruptos por definición, pero lo que permanece, como telón de fondo, es un odio que ciega la posibilidad de cualquier matiz y de cualquier otra mirada.

Para cerrar mi reflexión sobre el antiaprismo, quisiera volver sobre la idea de que este expresa una tradición política -¿inventada?- que ha madurado y mutado a lo largo de nueve décadas. No obstante, su nervio central se origina en la gran frustración de la izquierda peruana, siempre desplazada por el APRA en todas las coyunturas políticas importantes, desde 1930 hasta la fecha.

Me tomaría tiempo hablar del aprismo y defender mi tesis de que el militante aprista contemporáneo es poco ideologizado y basa su arraigo partidario también en una tradición generacional a la que diversos estudiosos le han prestado atención. Queda decir, para terminar, que hace falta incorporar otros criterios para desmenuzar el fenómeno del antiaprismo, máxime en un país cuya política tiene hoy mucho de antipolítica, de intuición y de inefabilidad. Por lo pronto, sirvan estos apuntes para acercarnos un poco más a dos tradiciones del siglo XX que han sabido sobrevivir al cambio de milenio. 

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MUCHA INTERFERENCIA RELIGIOSA PARA UN ESTADO LAICO

Unión Civil sí, Concordato no

Quiero comenzar esta nota con su conclusión: la sociedad peruana es la más conservadora de América Latina y nuestro colonialismo mental mantiene valores propios de la Lima de la tapada, en la que el entretenimiento general era la vida del otro; siempre puesta al descubierto entre las celosías de los balcones señoriales.

Más allá del sarcasmo, siento vergüenza ajena y, en lo que cabe, quiero disculparme con los homosexuales del Perú por tanto insulto, por tanto agravio, por tanta ofensa lanzada en su contra en los últimos días. Les han dicho anormales, enfermos, deformados, desviados; he leído en las redes alusiones a Sodoma y Gomorra, las ciudades bíblicas que recibieron el “castigo de Dios”. Hasta un representante de la Patria (porque Padre de la Patria no lo voy a llamar ni hablar) salió a decir que no hay genes gay y cosas por el estilo. Vaya barrabasada.

Al respecto dos comentarios. El primero, ¿alguno de los que lanza tanto insulto y denostación se ha puesto a pensar en toda la gente a la que está ofendiendo gratuitamente, sin que le hayan hecho nada?; el segundo ¿quién les ha dado superioridad moral sobre la vida ajena? ¿acaso la Iglesia Católica ocupa dicho pedestal? Porque yo creo que tiene mucho que limpiar en casa antes de ponerse a predicar y aquí, como es obvio, no me refiero a la existencia de curas homosexuales sino a la pederastia que es un delito y una cosa infame ¿me equivoco?

Respecto de la Unión Civil, el tema de fondo es que si bien somos un Estado laico nuestra sociedad no se ha laicizado completamente en el nivel de las mentalidades. Es por eso que una cuestión básica de los derechos civiles puede ser cuestionada desde preceptos religiosos porque en el Perú nos ha faltado leer a Maquiavelo y toda la doctrina posterior. Por eso, nuestra meta de mediano plazo debe ser construir una sociedad laica en base a una ciudadanía moderna, convencida y defensora de los derechos del individuo, convencida de la separación entre Estado e Iglesia. Primer paso, derogar el Concordato por una sencilla operación: un estado laico no debe subvencionar ninguna Iglesia y la conquista de ese precepto sí merece un referéndum.

Mis palabras finales son un llamado a la tolerancia que de seguro yo no he tenido en esta nota, me asumo en mis contradicciones, que son mías y de nadie más. Carlos Bruce ya ha adecuado su proyecto a lo que nuestra sociedad está dispuesta a aceptar: Unión Civil no es matrimonio o sea no es familia y la Unión Civil no puede adoptar niños, ¿ya pues qué más quieren?, ¿dejar sin derechos civiles a millones de peruanos?

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Anatomía de una política caudillista

 

PUBLICADO: 2014-04-10

Hace unos días pregunté en clase por algunas buenas obras del segundo gobierno de Alan García y los alumnos alcanzaron a recordar el tren, los colegios y la reducción de la pobreza. Pregunté también por las buenas obras del actual gobierno y nadie dijo nada. Como es obvio, esta sencilla operación no me sirve para establecer si un gobierno fue mejor que el otro pero sí para intuir que el primero ha sabido posicionar algunos de sus aciertos ante la opinión pública, mientras que el segundo no lo ha logrado todavía.  

Esta problemática admite diferentes lecturas e interpretaciones pero quiero concentrarme en una decisión que se tomó en Palacio de Gobierno, a poco de iniciada la actual gestión gubernamental, y que explica el insuficiente marketeo de sus políticas sociales tanto como la consolidación de Alan García como líder de la oposición. Se trata de la decisión de fortalecer a la Primera Dama pensando en su candidatura en 2016 y de, en simultáneo, sacar del camino a quien podía convertirse en su mayor contrincante. Es decir, la política de “habilitar-inhabilitar”

Respecto de Alan García, es claro que todo funcionario es y debe ser sujeto de escrutinio e investigación de sus actos en el ejercicio de la función pública. Sin embargo, las indagaciones sobre su segundo gobierno partieron de una consigna y un objetivo político específicos: la invalidación de su candidatura en 2016. Por ello, un creciente sector de la ciudadanía percibe el trabajo de la Megacomisión como una persecución contra el líder del “Partido de la Estrella”, la que explicaría sus vicios procesales y la suspensión de todo lo actuado por el Poder judicial. Incluso, los detractores más lúcidos del expresidente han reconocido que su inhabilitación política, a través de una simple mayoría parlamentaria, no parecía la manera más democrática de sacarlo del camino.

Desde otra mirada, la demolición mediática de adversarios políticos es la expresión de una vieja e infructuosa estrategia. En 1990, la prensa nacional y los grupos de poder la tomaron contra Alberto Fujimori por desafiar a Mario Vargas Llosa, y Fujimori ganó. En 2011 pasó lo mismo con Ollanta Humala, retratado como un nacionalista que llevaría al Perú a un nuevo velascato: Ollanta ganó y no hizo tal cosa. Nadie puede negar las pasiones y polarización que Alan García desata, pero la izquierda limeña, caja de resonancia de sus acusadores, debe aceptar que el autoconvencimiento no basta para demostrar la culpabilidad de nadie y que el debido proceso es una garantía fundamental que todos los ciudadanos merecen.

En un medio político menos caudillista y más institucional, el actual gobierno no se hubiese trazado la meta de forzar las reglas del juego democráticas a través de la política de “habilitar-inhabilitar” y las investigaciones contra el líder del APRA no se hubiesen visto empañadas por la sospecha de su condicionamiento político; en otras palabras, hubiesen podido revestirse de la legitimidad con la que hoy no cuentan. Por otro lado, gobierno y opinión pública se hubiesen concentrado en la agenda social y del desarrollo; de la lucha contra la pobreza y la inseguridad ciudadanas. Al mismo tiempo, las bases nacionalistas hubiesen trabajado otra candidatura pensando en 2016, quien sabe si Marisol Espinoza o Daniel Abugattás.

Pero todo ello es mucho pedirle a un país que amalgama extrañamente caudillismo y democracia. Si la misma APRA, que se jacta de su organización, no pudo presentar en 2011 un candidato diferente a García, parece demasiado imaginar al nacionalismo eligiendo cívicamente un postulante a través del voto de sus militantes de base. Pero insistamos en que, por inalcanzable que parezca, el camino de las instituciones y del respeto de las reglas del juego democrático es el objetivo básico si queremos potenciar –y no echar por tierra- la agenda del desarrollo. El frenazo recientemente experimentado por nuestro crecimiento económico pide a gritos una política a la altura de las circunstancias.

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