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PRESENTACIÓN DE CONFLICTO Y RECONCILIAICIÓN

HISTORIA DE UNA TRANSICIÓN

 

Discurso de presentación del libro CONLICTO Y RECONCILIACIÓN. El Perú y Chile en La Haya (2008-2014)

Buenas noches amigas y amigos:

Quisiera comenzar mi intervención, en esta noche tan significativa, con los agradecimientos a quienes la han hecho posible; es decir, a la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas y a su fondo editorial, de este último, a sus autoridades y eficiente personal por la magia de convertir un centenar de artículos y entrevistas en un texto coherente como el que en esta oportunidad les presentamos. También quisiera expresar mi mayor agradecimiento al Dr. Max Hernández por el magnífico prólogo y a los doctores Farid Kahhad, Hugo Otero y Hugo Pereira por los valiosos comentarios que le han hecho a mi trabajo.

Suele suceder que en las presentaciones de libros, a los autores les corresponde contar la historia de su concepción y escritura; tanto como los detalles del embarazo y los dolores del parto. Al pensar en todo ello, la palabra que me ha rondado la cabeza, con independencia de mi razonamiento conciente, es la palabra transición. Porque este libro trata del diálogo entre la transición en el estado de ánimo de una persona y la transición en la manera de verse que comparten dos naciones. Se trata pues de dos transiciones o quizá, de la misma transición pero transitando por dos dimensiones distintas.


CON HUGO OTERO, FARID KAHHAD, HUGO PEREYRA Y JORGE BOSSIO

La primera de ellas se entiende como la confrontación de un hombre con sus arraigos y querencias, pero también con la manera como los experimenta y se entiende, además, como la confrontación del ser conciente con sus prejuicios y fantasmas. Con esos fantasmas que provienen de un tiempo que no le tocó vivir pero que de igual modo lo persiguen y atemorizan, como en la historia o ficción acerca de alguna vieja casa encantada.

Esos fantasmas viven en una subjetividad que instalaron en nosotros cuando eramos muy pequeñitos y cuando nos dijeron que pertenecemos a una colectividad determinada, la que se identifica con ciertos colores y canciones que ya desde entonces comenzamos a entonar con entusiasmo sin saber muy bien por qué, pero que eran las mismas que cantaban nuestros padres y abuelos.

Pero entonces nos enteramos que no todo estaba bien, que había algo que se llamaba frontera y que más allá de ella terminaba nuestra colectividad y existían otras colectividades y otros niños que cantaban canciones diferentes a las nuestras. Y fue entonces que nos enseñaron a desconfiar y a temer a esas colectividades más allá de nosotros, ya sea porque nos hicieron algo malo en el pasado o porque podrían hacernos algo malo en el futuro. Entonces ya estaba completa mi formación nacionalista, de allí en adelante yo sólo podría añadirle información al programa que acaba de instalarse en mi aún espacioso disco duro.

Y es entonces que la primera transición de las que les hablo supone el encuentro del hombre con su interioridad, con sus bases, con todo aquel bagaje que tantas veces el psicoanálisis intentó remover con éxito o sin él. Y es entonces que la primera transición se inicia en el momento que decido conocer a la entidad distinta, en la pavorosa circunstancia de develar al otro para atreverme a mirarlo cara a cara. Hasta ese momento, del otro me habían hablado mis mayores, todos de mi colectividad. Fue así que el maestro de escuela y el manual escolar coincidieron en darle vida al fantasma, a la razón de mi terror y de mis pesadillas. Pero, ¿cómo sería en realidad? ¿cuál sería su verdadero rostro?

Encontrar al otro no fue un camino fácil pero en todo caso siguió un derrotero lento y continuado. Lo primero que entendí es que no se trataba de fantasmas, sino de personas como yo, que podían, indistinta e individualmente, ser buenas o malas, cordiales o antipáticas. Lo segundo que comprendí es que a esas personas les había pasado lo mismo que a mí y que yo les inspiraba el mismo temor y que comenzaban, recién, a tomar conciencia de que yo no era un fantasma, ni cosa parecida.

Esa transición, ese cambio en la percepción que se tiene de la colectividad distinta, desde el momento que adquirimos la genuina disposición a conocerla, es la experiencia personal que he volcado en este libro, que compila mis artículos y entrevistas sobre la cuestión que nos ocupa. Es el camino que se emprende, en un principio, lleno de desconfianza y asperezas, en el que la comunicación con la entidad distinta fue entrecortada, lejana, altisonante, llena de malos entendidos.


CON EL GENERAL OTTO GUIVOBICH

Pero también es el camino que, conforme fui recorriendo, me permitió escuchar mejor la voz que provenía de mi meta, que era la morada del otro, y que comenzó, según me acercaba, a sonarme menos hostil. Dato curioso, pues la verdadera razón por la que decidí emprender el viaje fue resolver un viejo y delicado asunto sobre el cual no nos poníamos de acuerdo.

Ciertamente, en el camino recorrido se resolvió el problema, pero esa resolución no fue el lugar de llegada, la verdadera llegada fue la casa del otro, la verdadera llegada fue el otro mismo. Fue poder conocerlo, intercambiar ideas, emprender algunos proyectos conjuntos y comenzar a trabar amistad con él. Y digo comenzar porque ambos sabemos perfectamente que nuestros bisabuelos sostuvieron un violento conflicto, con muertos y heridos de por medio, y sobre ello a mí sí me interesa conversar aunque a él parece que no tanto.

Pero en todo caso, lo que hemos ganado los dos, en el camino que acabamos de recorrer, es el descubrimiento de que podemos hacer cosas juntos mientras resolvemos los problemas que todavía no superamos, los que aún nos incomodan. Pero un punto de partida para resolverlos es comprender que la discordia fue de los bisabuelos, no de los bisnietos, lo que no quita que las nuevas generaciones esperen un gesto de los descendientes que redima el daño causado por los ancestros. Porque de esa manera encontraremos la disposición para recordar también otros capítulos, más bien agradables, de nuestro pasado en común.

Lo que hoy nos favorece, es que el problema que acabamos de resolver nos ha permitido conocernos más. Yo antes pensaba que él no iba a aceptar la solución a nuestras diferencias, y él pensaba que yo vivía del rencor y que no era capaz de comunicarme como lo hice. Todo por la desconfianza, porque no tuvimos la oportunidad de realmente conocernos, sino que creíamos que nos conocíamos por las imágenes con las que unos nos figuramos a los otros y viceversa.

De ese tránsito habla este libro y para presentarlo, no me ha sido necesario mencionar, ni una sola vez, a los países de los que trata, ni desarrollar, tampoco, la segunda de las transiciones que les comenté al principio de esta reflexión. Esa transición que involucra las naciones que protagonizan sus páginas y que, quizá tal vez, transiten ustedes cuando las lean.

Muchas gracias.

 

Para quienes deseen adquirir el libro, lo pueden obtener el las siguientes librerías:

- SAN CRISTOBAL

- CRISOL

- MUNDO CULTURAL (ÉPOCA)

- IBERO LARCO

- UNIVERSIDAD CATÓLICA (LIBRERÍA CAMPUS SAN MIGUEL)

- COMMUNITAS

- E. ITTURRIAGA Y COMPAÑÍA SAC

Para compra virtual:

 

http://www3.upc.edu.pe/0/modulos/TIE/TIE_ListarProductos.aspx?CAT=332

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CONFLICTO Y RECONCILIACIÓN: el litigio del Perú contra Chile en la Corte de La Haya (2008-2014) 

Presentación

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Queridos amigos y amigas: 

Me es muy grato invitarlos a la presentación de mi nuevo libro titulado CONFLICTO Y RECONCILIACIÓN: el Perú y Chile en La Haya (2008-2014) publicado por el Fondo Editorial de la UPC que reúne artículos, ensayos y conferencias sobre la Guerra del Pacífico, la posibilidad de una reconciliación histórica con Chile y el litigio seguido entre ambos países en la Corte Internacional de Justicia. El libro contiene también secciones específicas de entrevistas que di en diferentes medios y debates que sostuve con especialistas chilenos. Este esfuerzo representa un acercamiento profundo a la complejidad de las relaciones peruano-chilenas. Además, cuenta con un entrañable prólogo del psicoanalista Max Hernández.

La Presentación se realizará en el auditorio Luis Bustamante Belaúnde ubicado en la sede institucional de UPC en San Isidro y contará con los comentarios de los siguientes especialistas: 

Hugo Pereyra, Historiador y diplomático

Farid Kahhad, Internacionalista

Hugo Otero, ex- Embajador del Perú en Chile

Fecha, jueves 3 de abril

Hora, 8:00 pm

Dirección, UPC, sede San Isidro, Av. Salaverry 2255, San Isidro 

El ingreso es libre, inscripciones en el siguiente link http://goo.gl/bYYLNm 

Para quienes deseen adquirir el libro, lo pueden obtener el las siguientes librerías:  

SAN CRISTOBAL

CRISOL

MUNDO CULTURAL (EPOCA)

IBERO LARCO

UNIVERSIDAD CATÓLICA (LIBRERÍA CAMPUS SAN MIGUEL)

COMMUNITAS

SBS CUSCO

E. ITTURRIAGA Y COMPAÑÍA SAC

Para compra virtual
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13/03/14: Querido Monitor

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Querido Monitor

UN MAR DE SENTIMIENTOS  ENCONTRADOS

La voluntad de cerrar las heridas del pasado y la idea de que la integración binacional se constituya en la agenda del futuro son apreciables en el artículo que, en un medio local, el vice-almirante Fernando D´Alessio le dedica al monitor Huáscar y a las relaciones peruano-chilenas. Sin embargo, la propuesta de hundir el buque de Miguel Grau con salvas de cañonazos remite a un concepto del honor militar que amerita una revisión desde una mirada más contemporánea. Al respecto, mis ideas son las siguientes:  

No creo que el Huáscar, por sí solo, sea un pendiente entre el Perú y Chile. Creo más bien que podría formar parte de una política de la reconciliación que abarque muchos más aspectos con la finalidad de derrotar la desconfianza mutua y superar –no olvidar- la Guerra del Pacífico, para así promover una mirada más integracionista en la relación binacional.

Al contrario, en la propuesta de hundir el Huáscar se observa la vigencia de un nacionalismo romántico desde el cual podría resultar encomiable que en la Guerra contra España, de 1864 a 1866, el vicealmirante ibérico Juan Manuel Pareja se haya suicidado tras el deshonor que le significó la captura de la Covadonga por la armada chilena. Otros casos similares son los de Leoncio Prado quien, siendo peruano, combatió en la guerra de independencia de Cuba y Roque Sáenz-Peña, héroe argentino, quien voluntariamente se unió a la oficialidad peruana durante la Guerra del 79.

Ciertamente, los sacrificios románticos que encontramos en estas y otras epopeyas ameritan ser conmemorados y merecen todo nuestro respeto. Sin embargo, me pregunto si en los albores del siglo XXI aquella mirada no debería evolucionar hacia otra que, sin dejar de lado el tributo a la heroicidad, nos sitúe en una dimensión integracionista, en la cual un trofeo de guerra pueda convertirse, más bien, en un arma de paz, a la vez que en patrimonio histórico.

De hecho, no han dejado de sorprenderme los comentarios de varios foristas al artículo del vicealmirante D´Alessio, que sostienen que un trofeo de guerra solo puede recuperarse con otra guerra. La idea anterior no solo es obsoleta, también es equivocada. Para citar un solo ejemplo, el 16 de agosto de 1954 la república argentina, a través de su entonces Presidente Juan Domingo Perón, devolvió al Paraguay los trofeos capturados en la infausta Guerra de la Triple Alianza. Por ello, la conmemoración de dicha devolución se ha convertido en un lugar de la memoria que hoy acerca a paraguayos y argentinos.

Respecto del monitor Huáscar, peruanos y chilenos compartimos historias y emociones contrapuestas pues en su cubierta murieron los héroes navales de ambos países: Miguel Grau y Arturo Prat. Quizá, cuando resolvamos la torpe dificultad del triángulo terrestre, podamos desarrollar esa mirada diferente y examinar la posibilidad de ubicar nuestro querido Monitor precisamente allí, en una costa peruana bañada por un mar chileno para que sea administrado por una brigada naval peruano-chilena. Al respecto, consideremos que Argentina y Chile, países con una larga tradición de desconfianza mutua, cuentan ya con la fuerza Cruz del Sur, contingente militar binacional que contribuye con las misiones de paz de la ONU, para no hablar de la fuerza franco-alemana, cuyas instalaciones tuve la oportunidad de visitar en 2013.

Quiero terminar evocando, por enésima vez, el abrazo de Kohl y Mitterrand en Verdún (1984), escenario de la batalla más sangrienta de la 1era Guerra Mundial, que se llevó un millón de jóvenes de Francia y Alemania. A partir de ese abrazo, sustentado en una política de la reconciliación dirigida principalmente a los jóvenes, hoy los ciudadanos de aquellos países se miran sin rencor. Pensemos pues en cómo queremos que se miren nuestras futuras generaciones, quizá entonces encontremos soluciones más contemporáneas a nuestros pendientes históricos.

Link de la nota del Vice-Almirante Fernando D´Alessio

http://elcomercio.pe/opinion/columnistas/monitor-huascar-fernando-dalessio-noticia-1712497

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Víctor Raúl y la Alianza del Pacífico

SIGUE VIGENTE SU UTOPÍA DE UNIR LATINOAMERICA

 

He señalado anteriormente que el carácter dialéctico y evolutivo del pensamiento político de Víctor Raúl Haya de la Torre es incomprendido por sus detractores e, inclusive, por muchos de sus seguidores. Haya era un político que creía en el cambio, decía que la política de hoy no tendría sentido dentro de cien años y que por ello había que adaptar praxis y programas a fuerzas sociales e históricas que al hombre no le era posible controlar

Sin embargo, en el pensamiento de Haya de la Torre hubo elementos permanentes ya sea por tratarse de dogmas estructurantes de su filosofía política o de elementos de la realidad latinoamericana que aún mantienen vigencia. Uno de ellos es la utopía de la democracia, a la que le he dedicado una nota anterior, y otro es la unión de América Latina, apotegma de cuya evolución en la ideología y praxis apristas quiero tratar en estas líneas.

En el pensamiento de Haya de la Torre respecto de la unidad política de América Latina distinguimos cuatro etapas. La primera se remonta a 1926 cuando publicó ¿Qué es el APRA? en el “The New York Times” y plantea el célebre “programa máximo”, cuyo segundo punto es “por la unidad política de la América Latina”. Esta postura la desarrolló en “El Antiimperialismo y el APRA” donde sostiene que la federación interestatal es fundamental para enfrentar el Imperialismo Yankee, cuyas formas de penetración económica en Latinoamérica impedían su desarrollo. Haya no negaba entonces la importancia de la inversión y tecnología primermundistas pero comprendía que la unidad política era indispensable para negociar en igualdad de condiciones con el gran capital.

La segunda etapa remite a la década de 1940, durante la Segunda Guerra Mundial, en la que Haya de la Torre le planta cara al fascismo y, desde la clandestinidad, se convierte en el abanderado de la causa aliada, porque implicaba la defensa de la democracia. Eran los tiempos de la política del “buen vecino” del Presidente Franklin Roosevelt que modificó la postura del “gran garrote” del otro Roosevelt (Theodore) por la colaboración y el apoyo recíproco. En estas circunstancias, Haya de la Torre plantea la creación de los Estados Unidos del Sur en oposición constructiva con los Estados Unidos del Norte para que ambas confederaciones interestatales se integrasen económicamente a la vez que promoviesen la institucionalización del sistema democrático. En este esquema, las relaciones comerciales se verían potenciadas por la importancia del gran mercado latinoamericano, tanto como por el fortalecimiento político de la región a través de su federación.

La tercera etapa inicia en sus estancias europeas de las décadas de 1950 y 1960. En ese periodo Haya observó los primeros pasos de la CECA (Comunidad del Acero y el Carbón) fundada en 1951, que inicia una nueva etapa en la historia de Europa. Pocos años después, con la firma del Tratado de Roma en 1957, la CECA dio paso a la Comunidad Económica Europea de la que formaron parte Francia, Alemania, Italia, Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo.

Tras analizar la experiencia del Viejo Continente, Haya de la Torre concluyó que las alianzas continentales debían partir de la integración económica pues sólo esta podía constituirse en base coherente y sostenible de una futura integración política. Ciertamente, en 2002 se extinguió la CECA y sus funciones fueron absorbidas por la Unión Europea, para entonces el sueño de la unión política europea, sobre sólidas bases económicas, era ya una realidad.

La cuarta etapa en el pensamiento aprista sobre la unión latinoamericana ya no le corresponde a Haya de la Torre, sino a Alan García Pérez, su discípulo, quien resultó electo presidente del Perú en dos oportunidades. Durante su segundo mandato, Alan García convocó a una cumbre presidencial en la que se firmó la Declaración de Lima de 28 de abril de 2011, acta de fundación de la Alianza del Pacífico, bloque comercial conformado por el Perú, Chile, Colombia y México. Tras instituirse la referida Alianza, García Pérez señaló que su objetivo era «profundizar la integración entre estas economías y definir acciones conjuntas para la vinculación comercial con Asia Pacífico, sobre la base de los acuerdos comerciales bilaterales existentes entre los Estados parte».

Actualmente, la Alianza del Pacífico es la sexta economía del mundo y configura un área de libre comercio sustentada en un mercado de más de 200 millones de habitantes, al que pronto se le sumará Costa Rica. Además, es requisito para integrarla la vigencia del Estado de derecho, de la democracia y del orden constitucional en cada país miembro. Quién sabe si mañana, derrotado el autoritarismo venezolano, más países latinoamericanos se sumen a esta alianza encaminada a la eliminación de fronteras políticas sobre la base de la integración económica, eje fundamental para el desarrollo de los pueblos en tiempos de globalización. Al conmemorarse el aniversario 119 del nacimiento de Víctor Raúl Haya de la Torre, su utopía de la unión política indoamericana sigue vigente.

 

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IZQUIERDA, HORA CERO

NO SE ENTENDIERON ANTES, ¿LO HARÁN AHORA?

En 1995, Alberto Fujimori resultó reelecto Presidente del Perú en primera vuelta con más del 50% de los votos. La elección, en el nivel presidencial, fue indiscutible pero quienes engrosábamos las filas de la oposición teníamos claro que el régimen que acababa de reelegirse no era democrático. No lo era porque su “legalidad” provenía del autogolpe del 5 de abril de 1992 que le permitió cerrar el Congreso, convocar uno nuevo, aprobar una Constitución a su medida en 1993 y, en el trayecto, controlar desde el SIN a todos los poderes del Estado.   

A estas políticas se le sumaron otras como el copamiento de los entes electorales, el cierre de canal 2, la persecución judicial a Ricardo Belmont, que concluyó con el cierre de RBC, el control de la línea editorial de casi todos los medios de prensa restantes, las campañas de demolición a los candidatos opositores y la ley que le restó 70% de sus rentas a los municipios para frenar eventuales candidatos como el señalado Belmont y el recordado Alberto Andrade Carmona.

Sin independencia de poderes, con los poderes judicial y electoral copados, con la prensa clausurada o sobornada y con la oposición política arrinconada, al fujimontesinismo le fue sencillo ganarse un gran respaldo popular. Lo logró a través de políticas públicas de asistencia directa a las poblaciones más vulnerables, tales como comedores populares (que también le arrebató a los municipios), la masiva construcción de colegios, la repartición de títulos de propiedad y la construcción de obras de infraestructura, siendo el gobierno central el único ente en el país con la capacidad política y económica de implementarlas. A lo dicho deben sumársele su acertada política económica y la percepción, discutida, de que fue Fujimori quien derrotó al terrorismo, tras la captura de Abimael Guzmán, el 12 de septiembre de 1992. Por ello, su inobjetable triunfo electoral de abril de 1995 no significó, para muchos, la expresión de un régimen democrático, a pesar de parecerlo.

Por todo eso no entiendo a la izquierda que combatió conmigo al fujimorismo en las calles, no la entiendo en su respaldo al chavismo, en su apoyo a Nicolás Maduro, no la entiendo cuando dice que el autoritarismo venezolano es democrático porque ganó “cuchumil” elecciones. ¿No es acaso lo mismo que el fujimorismo? ¿No convenimos cuando recién se advino Hugo Chávez al poder que este era un aplicado alumno de Vladimiro Montesinos? ¿Cuándo cambiamos de parecer? ¿Cuando se alió con Cuba? En suma, no la entiendo cuando, para defender al chavismo, adopta el mismo razonamiento del régimen que tanto combatió en la década de 1990.

Del chavismo poco más que decir, nueva Constitución en 1999, a la medida de Chávez, referéndum constitucional en 2009 para aprobar la reelección indefinida, a pesar de que se realizó uno en 2007 que lo desaprobó. Más obstáculos a la realización de consultas populares convocadas por la oposición, cuando el también copado Consejo Nacional Electoral promovió que los firmantes en favor de dichas consultas retirasen su firma, de lo que se ocupó el gobierno amenazando a los funcionarios públicos con el despido si no la retiraban. Reforma del Tribunal Supremo aumentando el número de jueces de 20 a 32 para poder coparlo y controlarlo, control absoluto del poder legislativo al que, mediante reforma constitucional, se le atribuye la potestad de nombrar y destituir jueces con mayoría simple; el cierre de RCTV en 2007, para no hablar de los paramilitares, hoy supuestamente fuera de control, y, en fin, de los hechos recientes que están en boca de todos.

Algunos me cuestionaron cuando hace una semana le pedí a la izquierda peruana que se definiese frente al chavismo. Hoy lo han hecho, en favor del chavismo, el PCP y el FAI, y en defensa de las libertades civiles FS y la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos. Por lo visto, el momento de las definiciones recién comienza para la izquierda. Todo indica que nos quedaremos con una fracción en el sistema y con otra fuera de él.

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Venezuela: el otro balance

DEMOCRACIA, DICTADURA Y POPULISMO, TRES TRADICIONES LATINOAMERICANAS

He leído varias interpretaciones de la situación venezolana, las más atacan sin piedad a un régimen que se ha distanciado del sentido común mayoritario por su marcado autoritarismo. Otras han fracasado en el intento de parecer imparciales discutiendo sobre diversas definiciones de democracia para así evitarse cuestionar abiertamente el gobierno de Nicolás Maduro.  

Por otro lado, no han faltado lecturas más profundas y menos ideologizadas que han relacionado la crisis del chavismo con la debilidad de su divisa y la baja en el precio del crudo. Además, se ha subrayado el carácter dependiente de la economía de Venezuela cuyos ingresos, en más del 90%, provienen de la venta de petróleo; todo ello sin dejar de resaltar el carácter dictatorial de un modelo en el que la separación entre los poderes del Estado es una quimera que evidencia sus limitaciones en tiempos de escasez.

Pero una mirada a Venezuela desde la lupa de la historia puede ofrecernos otras respuestas, bien diferentes pero quizá tan o más acertadas que las que acabamos de resumir. Para comenzar, debe quedar claro que nuestro debate es latinoamericano, es decir, que no se produciría en Europa o América del Norte aunque probablemente sí en Africa o el mundo musulmán, pero desde sus propias claves y aristas.

En Europa no se produciría este debate porque pocos analistas propondrían una definición de democracia que no girase alrededor de la Independencia de los poderes del Estado, de elecciones y organismos electorales absolutamente transparentes y de límites o fronteras sistémicas bien precisos. Estos se transponen cuando se alcanza el fascismo o el comunismo; es decir, el consenso termina donde comienza el autoritarismo.

El consenso europeo que refiero no se construyó en un día. Europa tuvo que sufrir el extremo totalitario del fascismo y temer el advenimiento del soviético para finalmente decidirse por una democracia que en el plano económico apostó por el Estado de Bienestar. Sin embargo, en América Latina la historia es distinta, de allí que, en doscientos años de vida republicana, resulten ser tres y no solamente una nuestras tradiciones políticas: la democracia, la dictadura y el populismo. En este esquema, la tercera tradición suele acomodarse perfectamente a las otras dos debido a las demandas sociales de poblaciones que viven por debajo de la línea de la pobreza.

Es por eso que tras la discusión sobre Venezuela se yergue la discusión sobre la democracia y es por eso también que, a los gritos, se nos han presentado infinidad de variedades y definiciones de ésta porque, en realidad, hemos creado diversas combinaciones entre las tres tradiciones políticas mencionadas. A estas alturas, la pregunta que se cae de madura es si acaso el consenso democrático primermundista es el óptimo y nuestra región se encuentra rezagada frente a sus estándares o si, más bien, hemos inventado modelos políticos alternativos que vivimos a diario pero que no alcanzamos a definir cabalmente.

Soy hombre de utopías y creo que la definición de democracia occidental, sin más, es insuficiente en países, que, entre otros grandes temas, tienen en la inclusión social de sus poblaciones indígenas una gran deuda histórica por saldar. Sin embargo, la prevalencia de regímenes autoritarios en Latinoamérica sólo ha prolongado el camino hacia el desarrollo. Por ello, nuestra utopía no debe simplemente imitar la europea, debe superarla atacando las problemáticas que brotan de nuestra especificidad pero con más democracia, que no por nada la adoptamos libremente hace doscientos años.

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09/03/14: JEFF y el APRA

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JEFF Y EL APRA

Nota de homenaje al R.P Jeffrey Klaiber, recientemente fallecido

Le dio una mirada diferente a los estudios sobre el APRA

Al reflexionar sobre la relación entre Jeffrey Klaiber y el APRA pensé primero en referir sus obras, desde su tesis de máster (1968) acerca del rol desempeñado por las universidades populares Gonzáles Prada, hasta sus más recientes, como el artículo “el Miedo al APRA”, en el que explora el fenómeno del antiaprismo en el Perú (2005) y el último titulado “la visión latinoamericanista de Haya de la Torre” (2013).  

Sin embargo, voy a establecer la referida relación desde otra premisa, tal vez buscando descifrar cómo el historiador se acerca a su problema de investigación. En los estudios acerca del APRA, en tanto que gran movimiento político peruano del siglo XX, Klaiber inicia un camino que hasta hoy han transitado pocos, casi todos extranjeros. Se trata del camino del análisis historiográfico que se pretende objetivo o cuyos sesgos no alcanzan a anular su valor intelectual. Se trata, también, de la pesquisa no teñida con el color político del autor, al punto de caer en el maniqueísmo de la exaltación o de la denostación del objeto de estudio.

La particularidad con la que Klaiber enfocó el fenómeno aprista es fundamental pues ninguna otra agrupación política peruana del siglo XX ha despertado las pasiones que el APRA, ni desatado una polarización a todo nivel: familiar, política y académica. Pero Klaiber fue un Sacerdote Jesuita norteamericano que se vio atraído, más bien, por la especificidad de un movimiento que, aunque revolucionario en sus prácticas originales, levantaba las banderas de la democracia oponiéndolas a las del socialismo. Al mismo tiempo, a Klaiber le parecía que dicho Partido presentaba elementos de una religiosidad vinculable con el cristianismo, y, desde esa mirada, estudió su trayectoria y la de su líder Víctor Raúl Haya de la Torre.

Al padre Klaiber lo invité varias veces a hablar del APRA en mis cátedras, en búsqueda de un enfoque alternativo, así como invité a mi amigo el historiador Carlos Chávez para confrontar la posición de Jeff con otra más crítica e igual de valiosa. Lo que quería, en realidad, era que mis alumnos pudiesen ver la historia del APRA del siglo XX como eso, como un tema de estudio, sujeto a diferentes visiones y análisis, las que pueden y deben ir enriqueciéndose con el pasar del tiempo para así desprenderse de una vieja dicotomía que, básicamente, limita sus posibilidades. Al respecto, en 2005 El Padre klaiber esbozó un balance historiográfico sobre el APRA y clasificó las acusaciones sobre aquella, como la de ser fascista o haber traicionado su ideología primigenia, para líneas después sostener la insuficiencia del enfoque ideológico para definir este movimiento. Seguidamente, insistió en su religiosidad, estableciendo la analogía –expresada en el fervor de los militantes- entre el martirologio aprista y la crucifixión de Cristo.

Hace pocos años tuve el honor de compartir una mesa académica con el Padre Klaiber en un evento convocado por la base aprista de Breña y de aquella vez recuerdo las palabras de respeto de Carlos Roca, importante líder del APRA, hacia el sacerdote norteamericano, tanto como la admiración de la militancia y el agradecimiento por la mirada distinta. Creo que faltan décadas para que el APRA deje de ser –como señala Hugo Neyra- un problema epistemológico para el investigador peruano, pero Jeffrey Klaiber dejó pautas que hay que seguir si se quiere comprender mejor el complejo movimiento político que se fundó en México en 1924 y que pronto cumplirá 90 años de vigencia.

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P"Perú-Chile: agenda de la historia", por Daniel Parodi Revoredo

Debemos hablar del pasado, del bueno y del malo

Perú-Chile: Agenda de la Historia

En el prólogo que le ha dedicado a mi próximo libro, el destacado psicoanalista Max Hernández reconoce que esperaba una victoria completa del Perú en la Corte Internacional de Justicia (CIJ) porque se vinculó con el litigio desde una perspectiva más histórica que judicial. La confesión de Hernández nos abarca a todos porque inclusive los hombres y mujeres de Estado combinan a su actuación política la dimensión subjetiva que atañe el nacionalismo y las arraigadas querencias patrióticas.

Habiendo vuelto la calma a nuestras sociedades, debemos hacer un mea culpa y reconocer que esa clave histórica se apropió de nosotros entre el lunes 27 de enero (lectura de la sentencia) y el jueves 6 de febrero (reunión del 2 + 2). Tal vez fue la precipitación de Sebastián Piñera en expresar la posición de su país respecto del triángulo terrestre la que levantó la polvareda, a la que se sumó el tuit de Eduardo Frei denunciando un Perú irredentista, que siempre querrá algo más de Chile.

Nuestra respuesta tampoco fue la mejor, pues dimos por sentado que la cuestión del triángulo terrestre planteada por Chile era un condicionamiento para la ejecución de la sentencia. Y fue así que, en clave histórica, atamos los cabos del plebiscito acordado en 1883, y nunca realizado, junto a las obras del muelle de Arica, que recién se entregaron en 1999. Era más de lo mismo, Chile no iba a ejecutar el fallo. 

Esos fueron nuestros viejos imaginarios frente a frente: irredentismo versus imperialismo. Para Chile, el Perú busca resarcirse el daño de la Guerra del Pacífico, “que ayer fue Tacna y Arica, que luego la frontera terrestre, después la marítima y que después puede ser el aire o la brisa que cruza la frontera”. Para el Perú, Chile es el país imperialista, que actúa más por la fuerza que por la razón, apropiándose, una vez más, de una porción de territorio peruano, para luego condicionar a su sesión la ejecución del mandato de la CIJ.  

Agenda para la reconciliación. Tras el 2 + 2 las cosas parecen diferentes, se ha despejado la polvareda y nuestras caras son las del siglo XXI, las de dos países que han firmado un tratado de libre comercio (TLC), que lideran la Alianza del Pacífico y que tienen un flujo de cinco millones de personas cada año entre Arica y Tacna. Quizá sea pronto para tratar estos temas, pero, tras la superación de la tirantez por el triángulo terrestre, a las agendas económica, comercial y social, que ya están en marcha, habría que sumarle la agenda de la historia porque ella influye en la manera como nos vemos, en lo cotidiano, peruanos y chilenos. 

Por eso es importante descubrir que en nuestro pasado no solo hay Guerra del Pacífico y Tratado de 1929, sino muchos acontecimientos positivos, desde el apoyo de O’Higgins a la independencia del Perú, pasando por historias cotidianas, como el éxito musical de Lucho Barrios en Chile y la historia que estamos escribiendo hoy, en la que el Perú y Chile resolvimos civilizadamente una controversia. 

Pero algún día no tan lejano, peruanos y chilenos tendremos que hablar de lo malo que nos pasó. Es condición del psicoanálisis traer al presente el pasado doloroso no para olvidarlo, pero sí para superarlo, para que sane la herida. Ese será el momento de los grandes gestos, del perdón por los excesos de la Guerra del Pacífico. 

Y el siguiente paso es la escuela, porque la desconfianza histórica comienza allí. Si queremos cambiar la mirada, hay que cambiar nuestros discursos que van a contracorriente de los nuevos tiempos. Necesitamos unidades de aprendizaje binacionales, una por año de secundaria, que nos enseñen qué tenemos en común y qué tenemos en particular entre el Perú y Chile. Esta es la agenda de la historia que debe constituirse en una base de confianza para avanzar las otras agendas, las que apuntan hacia el desarrollo material de ambas sociedades.

Publicado en el Diario El Comercio, en la edición del 19 de febrero de 2014, sección Opinión

 

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                                                     Dos dictadores obscenos

¿Fascismo de izquierda?

Daniel Parodi Revoredo

Recientemente, en las redes sociales, me he topado con una singular expresión: fascismo de izquierda. Y creo que es fácil adivinar que surge debido a la indefinición o abierto respaldo de muchos de nuestros invertebrados socialistas frente al régimen autoritario de Nicolás Maduro en Venezuela, léase chavismo.

Pero comencemos por algunas definiciones. En sentido estricto el socialismo, ese que Marx decía que era un periodo de tránsito en el camino hacia el comunismo, en el que el Estado se apropiaba de todos los bienes y medios de producción no tiene nada de democrático, ni tiene por qué serlo. En otras palabras, antes de la caída del muro de Berlín los socialistas no eran, per se, democráticos, por más que, en el Perú, algunos partidos de izquierda hayan participado de elecciones y logrado colocar autoridades parlamentarias y municipales. No obstante lo último, la opción revolucionaria para derrocar la sociedad burguesa e implantar la dictadura del proletariado estuvo siempre presente pero reitero que, per sé, no es punible. No lo es porque entonces esa era una utopía que se ponderaba posible, como hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial lo era el fascismo que llegó a contar con no pocos adeptos, incluso en el Perú.

Sin embargo, se supone que en el año 2000 una confluencia de fuerzas políticas se unió con la finalidad de derrocar una dictadura entornillada en el poder, la de Fujimori. Se suponía, entonces, que la idea era reinstaurar la democracia liberal y representativa, la independencia de los poderes del Estado, la libertad del sufragio, la de expresión etc. que nos fueron secuestradas en la década de 1990. Se suponía, entonces, que había consenso, al punto de que todos celebramos el gobierno de transición a la democracia de Valentín Paniagua, se supone que la izquierda participó directamente del proceso al punto de que Susana Villarán fue Ministra de la Mujer de dicho gobierno. Se supone también que esa misma izquierda participó del gobierno democrático de Alejandro Toledo; de hecho, fue como una suerte de ala progresista en un gobierno que consolidó el crecimiento económico del Perú.

De todo ello mi conclusión no fue otra de que la izquierda peruana había comprendido, al menos un poquito, la historia, que había entendido que cuando en 1989 cayó el muro, el socialismo marxista, ese mismo que es autoritario y totalitario, no tenía ya más razón de ser, ni más utopía por realizar y que, finalmente, quedaba la otra rama de la izquierda. Me refiero a la que prefirieron mayoritariamente los obreros de Alemania, Francia e Inglaterra, esa misma que dio lugar a la socialdemocracia germánica, al laborismo británico y al Estado de bienestar, esa misma que, permitiendo el capitalismo, supuso la sustantiva mejora en la calidad de vida del obrero, del campesino y del trabajador, a través de su protección vía el Estado. Una izquierda que, además, tiene en el Perú el pendiente de lo andino que, lo he dicho muchas veces, sigue esperando una reivindicación histórica que va mucho más allá de obras de infraestructura y bonos de asistencia directa.

Clausura de medios de comunicación, control de los poderes del Estado, control del organismo electoral, supresión de la observación electoral, persecución de la oposición política a través de diferentes métodos como campañas psicosociales, de demolición y hostigamiento desde el poder judicial, abriendo una serie de causas en contra de ellos y, como no, represión policial. ¿Y que pasa si a esto le sumamos un asistencialismo a ultranza en donde el caudillo-presidente apoya directamente con alimentos o títulos de propiedad a los sectores económicamente más vulnerables para ganar su fidelidad?

La pregunta que sigue es de quien estoy hablando si del fujimorismo o del chavismo, pues adivinen, estoy hablando de cualquiera de los dos, porque son gemelos. ¿Qué hace diferente al chavismo? ¿la nacionalización de empresas? ¿el color rojo de sus polos? ¿ayudar económicamente a Cuba? ¿por eso es buena tanta obscenidad? ¿por eso vamos a apoyar a un caudillismo-populista similar al fujimorismo que enfrentamos con la alta utopía de recuperar la democracia?.

Yo no pretendo que los que no piensan como yo lo hagan, pero sí me gustaría que mis amigos de izquierda que junto conmigo combatieron el fujimorismo definiesen qué era lo que en el fondo estaban defendiendo porque la verdad ya no los entiendo. Ciertamente no creo que sean fascistas de izquierda, como comienzan a señalar las redes, pero sería bueno que definan claramente cuál es el socialismo en el que creen ¿no les parece?

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Categoría: Aprismo
Publicado por: parodi.da
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Víctor Raúl y la dictadura venezolana

 

Esta semana se cumplen 119 años del natalicio del fundador del APRA Víctor Raúl Haya de la Torre que sus correligionarios celebrarán el viernes 21 de febrero en el campo de Marte y al que han sido invitados Hernrique Capriles y otros líderes de la oposición venezolana al régimen dictatorial de Nicolás Maduro, heredero político del chavismo. La invitación de los susodichos opositores a la máxima celebración del “Partido de la estrella” confirma la línea democrática que su líder-fundador iniciara en la década de 1920.

Muchos no entienden el carácter evolutivo del pensamiento aprista que tiene por punto de partida el análisis del cambio inexorable de la sociedad en el tiempo; menos se entendía cuando las ciencias sociales e ideologías políticas dominantes apostaban por la permanencia. Así pues, desde el estructuralismo la sociedad debía mantener su organización por décadas o siglos y, desde el marxismo, cualquier análisis de la sociedad debía encajar con sus categorías, aunque hubiese que forzar la investigación. Al contrario, Haya hablaba de relatividad y de adecuar la teoría y la praxis política a una realidad cambiante, y la historia le dio la razón décadas después cuando la caída del muro se llevó al marxismo y al estructuralismo o los obligó a revisarse en lo fundamental. Claro que a Haya de la Torre aún no lo tenemos como al “gran pensador político peruano del siglo XX”, pero esa es otra historia.

Haya habló de democracia desde un principio. En “El antimperialismo y el APRA”, texto que conserva elementos de su fase radical, Haya señala que la democracia es el sistema en el que puede desarrollarse su llamado “Estado Antimperialista”. Al mismo tiempo, deslinda con el socialismo al señalar que los modelos que pudiesen funcionar en Europa no lo harán necesariamente en América Latina. Aunque su tenor es crítico del Imperialismo de las grandes potencias, este Haya ya reconoce que hay que entenderse con el capitalismo porque de él sobrevendrán los capitales y la tecnología que permitirán el desarrollo de Indomérica.

Tras el estallido de la 2da Guerra Mundial, Haya es el abanderado latinoamericano de la causa Aliada en la conflagración y sostiene que la democracia debe ser defendida de la agresión del fascismo. Plantea así, en “La defensa Continental”, la creación de un organismo interamericano con capacidad de fiscalizar y condenar los regímenes dictatoriales en nuestro continente.

Más adelante, con su incomprendida alianza con Manuel Prado de 1956, que gestionan Ramiro Prialé y Rómulo Meneses pues Haya se encontraba en el exilio, el APRA recorta los elementos más radicales de su programa en busca de una convivencia democrática que asegurase la legalización de su Partido y de la que también se benefició el PCP. Esta alianza democrática culminó con un largo periodo de violencia política que se iniciara en 1923 cuando la oposición de estudiantes y obreros a la consagración del Perú a los Sagrados Corazones y que supuso 33 años casi ininterrumpidos de persecución, clandestinidad, exilio y muerte a los afiliados del PAP.

Las últimas grandes batalles de Haya de la Torre por la democracia fueron su renuncia a la Presidencia en 1962, tras el veto que le impusieran los militares, para evitar un golpe de Estado y la Constitución de 1979. Esta no fue sólo democrática sino fundamentalmente social por lo que validó los principales postulados que el desaparecido líder defendió a lo largo de su trayectoria.

Respecto de su lucha por la democracia, hay un elemento que conecta con nuestros días. Cuando Haya hablaba del “Partido Escuela” ponderaba que en el Perú de inicios del siglo XX no había ciudadanos democráticos pues padecíamos un régimen estamental sustentado en el gamonalismo. Por ello su insistencia en formar ciudadanos capaces de defender la democracia hasta las últimas consecuencias. Entonces la democracia en si misma se convirtió en la utopía política de Haya de la Torre pues esta era la meta por alcanzar en América Latina, tan dada a los caudillismos militares y las dictaduras bananeras. Y lo sigue siendo, la utopía está vigente.

Por ello me da gusto la invitación que hoy hace el APRA a quienes en Venezuela defienden la democracia a su mitin de la Fraternidad, así como la presencia y solidaridad de la juventud aprista en las protestas que los venezolanos radicados en Lima vienen realizando ante la sede de su embajada. Estos actos de apoyo al restablecimiento de la democracia en Venezuela colocan al APRA en una fina solución de continuidad con el ideario que siempre defendió y con su decisiva participación en las protestas que supusieron la caída del fujimorismo en 2000. 

La oposición a toda dictadura, sin importar si es de derecha o de izquierda, es un dogma nunca desmentido por el APRA y un blasón que no todos pueden lucir en el Perú.

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