Archivo por meses: Abril 2013

RAPSODIA POR LA DEMOCRACIA

RAPSODIA POR LA DEMOCRACIA

“Cuando el sufragio es ley,

la revolución está en el sufragio”

José Martí

En las últimas décadas, historiadores especializados en la política peruana del siglo XIX han sostenido que el liberalismo político – presidente, congreso, división de poderes etc.– sí fue importante en los albores de la era republicana. Afirman que incluso los militares de la post-independencia requirieron de las formas de la democracia para alcanzar la legitimidad política, aunque solo fuese legalizando, a posteriori, una presidencia obtenida  con la fuerza de las armas.

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 esta utopía vale la pena

La tesis referida le hizo frente al discurso que sugería que el Perú auroral fue la presa del caudillismo y la inestabilidad, sin ningún referente institucional que fungiese de contrapeso. De allí que, en 1997, el título de un libro publicado por Carmen Mc Evoy sintetizase los infructuosos esfuerzos de algunos sectores de la sociedad civil por consolidar el liberalismo político en el siglo XIX: La Utopía Republicana.

Pero estamos en los albores de la veintiunava centuria y la realidad se nos presenta tan cruda que supera largamente las encrucijadas de nuestros pares decimonónicos. Efectivamente, desde la post-independencia, el republicanismo fue necesario para legitimar un militarismo espurio y anticonstitucional. La “novedad” es que esta tesis se aplica perfectamente a la América Latina contemporánea.

Yo ya dejé de creer en lo “políticamente correcto”. He dejado de creer en ello porque hace apenas dos meses la izquierda peruana cuestionó a los promotores del Sí a la revocatoria desde premisas morales e institucionalistas, pero hoy esa misma izquierda –salvo honrosas excepciones- se calla ante la obscena toma de mando de Nicolás Maduro en Venezuela.  Y he dejado de creer en lo políticamente correcto porque buena parte de la derecha que hoy reclama democracia e institucionalidad en Venezuela apoyó sin reparos a Fujimori en el 2000, fraude incluido.

Así pues, la cruda realidad nos muestra que a la gran mayoría de latinoamericanos la democracia le importa un pepino. Ya sea para sostener un régimen de izquierda o de derecha, pocos dudan en alinearse con posiciones al margen del orden constitucional y, por lo recién visto, no les faltará entusiasmo cuando se presente una nueva ocasión. Pero si yo he dejado de creer en lo políticamente correcto es porque, finalmente, ser demócrata no es obligatorio. Así pues, un marxista ortodoxo no cree en la democracia, sus utopías totalitarias son bien diferentes a las del liberalismo político ¿y bien? ¿No son sus ideas tan humanas como las mías?

Pero yo sí soy un demócrata; mi utopía sí es una democracia liberal cuyas reglas del juego sean respetadas. Yo sí creo que la maduración política de nuestra región pasa por extirpar el viejo caudillismo que hoy parece más vivo y fortalecido que nunca. No soy ingenuo en mi punto, sé que la democracia ha amparado muchos abusos contra los sectores más desfavorecidos y ha utilizado la represión del Estado en defensa del interés privado. Pero también sé que una clase política profesional y comprometida puede utilizar las instituciones democráticas para dirigir a la sociedad hacia la máxima utopía de la justicia social. Creo que hoy la democracia ofrece modernos mecanismos de fiscalización y control, mientras que el camino del autoritarismo será siempre en beneficio del grupo que ostenta el poder y éste será capaz de cualquier cosa por mantenerlo.

Lo ocurrido con Venezuela nos confirma que la democracia sigue plenamente vigente en tanto que utopía latinoamericana por la que vale la pena luchar. Que así sea.

Daniel Parodi Revoredo

Publicado en Diario16 el 22 de abril de 2013

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Homenaje a ARMANDO VILLANUEVA

El ÚLTIMO DE LOS DEMÓCRATAS UTÓPICOS

Lo que nos deja Armando Villanueva del Campo

Quizá el principal legado de Víctor Raúl Haya de la Torre a América Latina fue ofrecerle un derrotero original en tiempos en los que el socialismo pretendía direccionar los anhelos populares, y en los que las masas irrumpían en la política sin itinerario cierto, a través de la radio, el cine y la prensa escrita. Quizá por ello mismo no hemos logrado comprender la lucha que libró el APRA durante el siglo XX y quizá por ello no valoramos el martirologio del que tanto hablan los apristas en sus mítines, cuando nos relatan su lucha política.

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La democracia fue su utopía

Que la democracia fue la utopía que persiguieron hombres de la talla de Haya de la Torre y de Armando Villanueva del Campo, claro que lo fue; que la democracia por la que esos hombres padecieron décadas de cárceles y persecuciones se ha conquistado es probable que sí, pero es también indudable que existen más utopías por alcanzar y más batallas por librar en nombre de ella. Es por eso que, para comprender la utopía a la que Armando Villanueva le entregó su vida desde los quince años, es preciso recordar que aquel mundo confrontaba tres sistemas políticos opuestos: el socialismo, el fascismo y la democracia, la que no generaba los consensos que hoy genera. Al contrario, en el plano nacional, no era más que el cínico eufemismo de un régimen estamental y racista, heredero del orden colonial.

Es bajo esta perspectiva que cobra relevancia la utopía democrática de Armando Villanueva, porque cuando se inscribió al PAP de Miraflores en 1931, para consagrar su vida a la lucha por la democracia, ésta contaba con poderosos enemigos en el mundo y debía enfrentar, en el Perú, al máximo despliegue de los sectores conservadores, amparados por las fuerzas armadas. Es bajo esta luz que se resaltan los mártires del APRA, aquellos a los que sólo los apristas tienen como tales, pero que deberían serlo mucho más allá de la celebración partidaria.

La gran mayoría yace ya muerta, los primeros cayeron en la década de 1920, como Salomón Ponce y Manuel Alarcón Vidalón, quienes murieron en Mayo de 1923, oponiéndose a la consagración del Perú a los Sagrados Corazones. Otros cayeron en el trienio de 1931 a 1933, en Paiján, Trujillo o Chanchán; otros en los calabozos de Odría o víctimas de su implacable represión. A los demás se los llevó la vida, o la muerte, allí donde las balas no pudieron. El último de esta generación fue Armando Villanueva del Campo.

A nuestros ojos sobresaturados de información, zapping y programas cibernéticos, su vida puede parecernos la del héroe romántico que nunca existió. Pero sí hubo alguna vez un Armando Villanueva que a los 15 años se afilió al APRA y que tres años después intentó capturar el Cuartel Militar de Barbones para tomar el armamento e insurgir contra la dictadura de Benavides.  Sí hubo un Armando al que sólo desterraban para verlo volver como sea a reincorporarse a la causa que corría por sus venas; sí hubo un luchador que, en 1935, se camufló entre los futbolistas aliancistas que volvían de una gira a Chile para escabullirse de sus cancerberos al desembarcar en el Callao. Hubo un Armando que le agradeció al Presidente Manuel Prado su exilio a Chile porque, según el mismo refería, le había curado el asma. Ese mismo Armando, volvería a camuflarse en un barco para regresar al Perú en 1944, esta vez junto con Carlos García Ronceros.

Pero la vida de Armando Villanueva no es sólo la historia del exilio y de la persecución; también lo es la del trabajo propagandístico, como en la Revista APRA y el diario La Tribuna en el Perú, o la revista Síntesis Económica Americana que dirigió en Argentina, así como Ercilla, Los Tiempos y Última Hora, publicaciones con las que colaboró en sus exilios chilenos.  Su activismo político nos habla de un gran líder y organizador que desempeñó en cuatro oportunidades la Secretaría General del Partido Aprista. Armando ejerció la labor parlamentaria, llegando a presidir la Cámara de Diputados en 1967 y la de Senadores en 1986. En 1988 alcanzó la Presidencia del Consejo de Ministros. Su última gestión parlamentaria, entre 1990 y el 5 de abril de 1992, fue interrumpida por el autogolpe de Alberto Fujimori, viva advertencia de que la lucha por la democracia no ha concluido.

Quizá podríamos separar en dos etapas la trayectoria de Armando Villanueva del Campo: la del utópico por la democracia y la del demócrata. La primera se vincula a las luchas y violencias de la primera mitad del siglo XX, en la que los sectores conservadores del país se unieron con las fuerzas armadas para cerrarle el paso a la democratización que el APRA preconizaba; de allí la violencia contra el APRA, pero también desde el APRA; y de allí la pléyade de revolucionarios que refiero, dentro de los cuales Armando ocupa un lugar entre los más comprometidos y activistas.

La segunda se atiene al periodo que abarca desde la década de 1960 hasta su muerte. En ella, la búsqueda de consensos con otras fuerzas políticas en defensa de la democracia ocupa el primer lugar de la acción política. Este periodo nos lleva a 1967, cuando Armando Villanueva es elegido presidente de diputados y, en su discurso de instalación, reconoce su vocación beligerante para renunciar a ella y ofrecer dirigir la cámara buscado el consenso entre sus fuerzas. Esta etapa nos conecta también con el candidato presidencial de 1980, pero, aún más, con el representante del Perú en 1981, con la tarea de defender la causa peruana ante Ecuador, tarea que le fue encomendada por su adversario, el Presidente Fernando Belaúnde, quien lo derrotara en las elecciones  apenas un año antes.

En la madurez de su vida, Armando Villanueva comprendió, siguiendo el ejemplo de su Jefe Víctor Raúl, que la democracia se construía en base a alianzas y que no se puede gobernar sin ellas. Por ello, la larga ancianidad del otrora joven revolucionario se convirtió en la etapa más lúcida de su vida, en el periodo en el que sus palabras nos calaron más y más hondo. Armando se ha ido rodeado de la admiración, el reconocimiento y la amistad de tirios y troyanos, se ha ido dejándonos la búsqueda del consenso como legado y, una vez más, exigiendo la afirmación de nuestra democracia como utopía; de esta democracia que ya cuenta con sufragio universal e igualdad de derechos pero que no reposa aún en instituciones solidas, ni está libre de aventuras autoritarias en ciernes.

En tiempos de informalidad, de talk-show y de política-farándula; la voz de Armando Villanueva nos recordará siempre que hay utopías por las cuales la vida vale la pena vivirse o perderse y que la democracia es un bien preciado por el que nos quedan muchas batallas por librar.

 

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El año franco-alemán y la reconciliación peruano-chilena

El año franco-alemán y la reconciliación peruano-chilena

Daniel Parodi Revoredo

Basta recorrer un poco las páginas de internet que franceses y alemanes dedican al año franco-alemán –que conmemora los 50 años de la suscripción del Tratado del Eliseo (1963)- para darnos cuenta de algo fundamental: apenas 18 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, los líderes de Francia y Alemana –Charles de Gaulle y Konrad Adenauer- ya habían comprendido que la verdadera reconciliación entre sus pueblos sólo podría darse integrando a sus jóvenes.

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Amistad franco-alemana cumple cincuenta años

Qué difícil debió resultar. Francia y Alemania, en un lapso de 70 años, se habían enfrentado en tres guerras fraticidas: la franco-prusiana de 1870, la Gran Guerra del 1914 y la de 1939. Por eso sus líderes, en 1963, le pusieron tanto énfasis a la juventud, a la educación, a la cultura y a los deportes, pues comprendieron que la integración económica –vital para reponer a Europa como espacio de gravitación mundial- requería cerrar las heridas y cambiar las subjetividades ¿cómo integrarse, si no, con quien no se confía?

50 años después de 1963, no sólo el Tratado del Eliseo cumple cincuenta años; también los cumple la Oficina Franco-Alemana para la Juventud que desde entonces promueve  los proyectos de los jóvenes de ambos países, los intercambios escolares y universitarios; cursos en los que unos aprenden la lengua del otro y viceversa; fiestas y actividades de confraternidad entre ciudades y regiones fronterizas; estancias e intercambios profesionales y trabajos de investigación multidisciplinarios etc. Además, en 1992, los gobiernos de Francia y Alemania fundaron en Berlín, el Centro de investigación Marc Bloch, que hoy funciona bajo tres ejes que se consideran fundamentales, a saber: comunicaciones y representaciones sociales; políticas fronterizas y migración; dinámica de los saberes y construcción de disciplinas.

Esta larga introducción me sirve para colocar el fallo de La Haya en una perspectiva moderna y colaborativa, en la línea en la que vienen haciéndolo los gobiernos del Perú y Chile; la que se debe mantener en contra de una visión nacionalista del proceso, que lo ve aún como un escenario en el que habrá un ganador, un perdedor, o, eventualmente, un empate. En realidad, las exigencias de la integración en el marco de la globalización y del siglo XXI, nos obligan a asumir este desafío con una responsabilidad mucho mayor y con una proyección hacia el futuro que se las debemos a las próximas generaciones.  En la década de 1950, cuando aún humeaban las cenizas de la guerra más cruenta de la historia universal, franceses y alemanes ya conversaban sobre cómo integrarse y volver a las amistades. En cambio,  130 años nos separan a nosotros del fin de la Guerra del Pacífico por lo que resulta impostergable dejarles a quienes nos sucederán muy bien sentadas las bases para la amistad peruano-chilena del mañana.

Es verdad que se ha avanzado muchísimo en los últimos tiempos. Con Ecuador nos hemos reconciliado a velocidad supersónica, tanto que nuestros respectivos consejos de ministros sesionan juntos dos veces al año. Con Chile, el litigio de la Haya parece haber cambiado positivamente el giro de la relación bilateral y, frente a un inicio áspero y cargado de tensión, parece abrirse paso un escenario colaborador e integracionista.

Es precisamente por ello que me satisface la reciente mención al cincuentenario del Tratado del Eliseo por parte del Canciller Rafael Roncagliolo, que me trae a colación la importante declaración que firmara junto con su homólogo chileno en Santiago el pasado 24 de enero. En ella,  ambos se comprometen a acatar el fallo y aprobaron 19 puntos para la integración en todas las áreas.  Ciertamente, no se trata de calcar el modelo de reconciliación franco-alemán; pero, si existe la sincera voluntad de integrarnos, ya debemos pensar en cuáles serán las instituciones binacionales que desarrollarán los planes y promoverán las políticas. Por ello, una mirada a la amistad franco-alemana -y a las instituciones que la sostienen- resulta fundamental para potenciar el proceso de  integración entre el Perú y Chile.

 

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EL MAR BOLIVIANO: HISTORIA DE UNA DEMANDA

El mar boliviano

Historia de una demanda  

Daniel Parodi Revoredo

El anuncio del presidente Evo Morales de que Bolivia demandará a Chile ante la Corte de La Haya ha generado la inquietud peruana, cuyas autoridades y sociedad civil, al igual que sus pares chilenas, vienen realizando importantes esfuerzos integracionistas con la intención de recibir el fallo al caso que ventilan en el mismo tribunal en medio de una atmósfera distendida y colaborativa. La decisión del mandatario boliviano tiene un elemento de inoportunidad, pero es también la expresión de una antigua controversia que, en cuanto se cierre la frontera marítima peruano-chilena, quedará como la última disputa limítrofe entre los estados sudamericanos.
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Bolivia tuvo mar hasta 1879

El origen de esta problemática se remonta a la Guerra del 79, en la que Chile no solo le arrebató Tacna, Arica y Tarapacá al Perú, sino también la provincia litoral de Atacama a Bolivia, sentenciando desde entonces la pérdida de su cualidad marítima. Solo 25 años después Chile y Bolivia alcanzaron la paz a través de la firma del Tratado de 1904, en el que el segundo cedía al primero la provincia de Atacama a cambio de la construcción, a costas chilenas, de un ferrocarril que uniese Arica y La Paz, y que Chile edificó pasando por alto que entonces la soberanía del referido puerto aún se disputaba con el Perú y que debía realizarse un plebiscito para dilucidarla.

A pesar de que el Tratado de 1904 fue firmado por ambas partes, también es cierto que Bolivia ha reclamado una salida soberana al océano Pacífico prácticamente desde que las fuerzas chilenas ocuparon Antofagasta en febrero de 1879 y que la diplomacia de Chile se ha mostrado errática frente a dicha expectativa, ofreciendo o disuadiendo, en función del estado de sus relaciones diplomáticas con el Perú. Un caso especial lo constituye el acuerdo de Charaña de 1975, en el que los presidentes Hugo Banzer y Augusto Pinochet acordaron la sesión soberana a Bolivia del litoral al norte de Arica más un corredor de acceso. De acuerdo con el Tratado de Lima de 1929, el Perú debe aprobar cualquier cesión de territorios ariqueños que antes le pertenecieron, por lo que nuestro país propuso en 1976 la creación de una región trinacional en la que tuviese participación. Sin embargo, la propuesta no fue aceptada y finalmente no se alcanzó ningún acuerdo.

Desde su llegada al poder en 2005, Evo Morales ha mantenido un discurso reivindicacionista respecto de la salida al mar de su país, y ahora, en marzo de 2013, anuncia que demandará a Chile ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya. Difícil para Bolivia porque el estatuto de la CIJ, en su artículo 38, señala que un tratado se antepone a los principios generales del derecho, y Chile y Bolivia lo tienen. Complicado, además, porque en el supuesto negado de proceder la demanda altiplánica, decenas de países del orbe quedarían en posición de solicitar al tribunal holandés la rectificación de sus fronteras a pesar de existir tratados que las establecen.

Para lo que nos toca, la demanda boliviana a Chile parece inoportuna cuando nos encontramos a pocos meses de obtener nuestra sentencia al litigio que mantenemos con este país en el mismo tribunal. No se trata de que la reclamación de Bolivia pueda afectar el criterio de los jueces de La Haya, pero sí constituye un elemento manipulable por las voces periféricas que en Chile abogan por el desacatamiento de un fallo contrario a sus expectativas. Por otro lado, y desde una mirada histórica, Bolivia debió considerar que el Perú también perdió la guerra que la confinó territorialmente y por ello pudo esperar el desenlace de nuestra causa para proceder con la suya. Finamente, el elemento positivo de acudir a La Haya es que podría solucionarse judicialmente un problema que genera constante tensión en el subcontinente.

Recientemente he señalado que Bolivia debe reclamar menos y negociar más, y aquí ratifico esta posición. La comprensiblemente difícil renuncia boliviana a una salida al océano Pacífico con soberanía podría colocarla en situación de negociar la adjudicación de varias franjas costeras sin soberanía en Chile –como Boliviamar en Perú– en las que erigir puertos, aduanas y zonas francas desde las cuales conectarse directamente con el comercio asiático. Para ello, Chile debe enviarle señales más claras y menos ambiguas que las que históricamente ha proyectado. Desde esta columna esperamos que a través del diálogo sincero y transparente se resuelva una vieja controversia para beneficio de las partes y de la región sudamericana en su conjunto.

Publicado el 2 de abril de 2013 en DIARIO16

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El Dilema Boliviano

EL DILEMA BOLIVIANO

El 2 de mayo de 2011, los presidentes de Perú y Ecuador, Alan García Pérez y Rafael Correa Delgado, suscribieron el tratado de límites marítimos que acabó, por medios pacíficos y en una atmósfera marcadamente integracionista, con cualquier diferencia fronteriza entre ambos países. Año y pico después, a través de la declaración de Cuenca de 23 de noviembre de 2012, El Presidente peruano Ollanta Humala Tasso y de nuevo Rafael Correa por Ecuador reivindicaron el carácter histórico de la Bahía de Guayaquil. En aquella ocasión, nuestro mandatario formuló una pertinente pregunta que su homólogo ecuatoriano respondió negativamente con la cabeza: “No sé si hace 15 años hubiéramos podido firmar este acuerdo, algo está cambiando en Latinoamérica”.

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puede acceder sin soberanìa

A Ollanta Humala no le faltó razón, algo está cambiando en Latinoamérica por lo que no es casual  que el 24 de enero del presente año, los cancilleres de Perú y Chile, Rafael Roncagliolo y Alfredo Moreno, hayan suscrito en Santiago una declaración que plantea casi una veintena de puntos relativos al fortalecimiento de la relación bilateral en sus aspectos comercial, social, cultural,  comunicacional etc. El hecho es más relevante de lo que parece pues el referido documento se firmó apenas semanas después de producirse la fase oral de la Haya; es decir, en la recta final de un litigio que enfrenta a ambos países en un tribunal internacional. Siguiendo la lógica de Humala ¿esto hubiese sido posible en tiempos de Velasco y Pinochet? ¿Qué está pasando para que conflictos armados como la Guerra del Cenepa de 1995 y diferendos internacionales como el litigio peruano-chileno ante La Haya se transformen en incontenibles marejadas  integracionistas?

En realidad, el tema pasa por la manera como profundas transformaciones de la realidad mundial nos están afectando; lo que hoy experimentamos es la repercusión de la globalización económica en la región, la que ha debilitado la ideología nacionalista. En América Latina ya estamos reemplazando la vieja patria del siglo XIX -que requería la existencia de países rivales que enfrentar- por una patria igual de entrañable pero cuyos connacionales, sin mayor prejuicio, se conocen con los de otras naciones  a través de la internet, las redes sociales, las teleconferencias y grandes transacciones comerciales realizadas en el ciberespacio.

Por lo dicho hasta aquí, la demanda boliviana parece expresar mucho del viejo patriotismo del siglo XIX pero, al mismo tiempo, contiene la gran ocasión de convertirse en algo completamente distinto a la luz del mundo contemporáneo y de sus posibilidades comerciales. Respecto de la demanda de Bolivia a Chile ante la CIJ existen dos aspectos a considerar:

En primer lugar se encuentra lo relativo al desvío chileno de las aguas del manantial Silala y del río Lauca. En este caso la causa boliviana es pertinente de elevarse ante la CIJ que no sólo ve controversias sobre límites marítimos. Recordemos que en 2006 Argentina llevó a Uruguay a la Haya por el daño ambiental que una papelera ubicada en un río fronterizo causaba al ecosistema.

En Segundo lugar, Bolivia demanda a Chile por un acceso soberano al Océano Pacífico debido a que su  mediterraneidad la ocasionó aquel país al arrebatarle Atacama en la Guerra del 79. Sin embargo, en 1904, Chile y Bolivia firmaron un tratado que sancionó la cesión de dicha provincia litoral a aquel. Esta situación torna remotas las chances del país altiplánico pues el estatuto de la CIJ, en su artículo 38, establece la prevalencia de los tratados sobre los principios generales del derecho.  Está claro que el tratado de 1904 es por definición injusto, pero también lo es el de Ancón de 1883, en donde el Perú cedió a perpetuidad Tarapacá a Chile y por diez años Tacna y Arica. Lo que trato de decir es que, de prevalecer la pretensión boliviana, decenas de países quedarían en posición de revisar sus fronteras terrestres ante la CIJ. Por ello consideramos improbable la evolución de la postura boliviana.

En todo caso, Evo Morales declaró en febrero que espera se concrete la propuesta chilena de ceder a Bolivia una franja marítima sin soberanía para poderla evaluar. Al respecto, el canciller sureño Alfredo Moreno señaló hace unas semanas en Lima que su país le ofrece al vecino altiplánico una zona franca, muelle, aduana, playa y hasta un espacio para la construcción de un gasoducto pero todo ello, repetimos, sin soberanía. Desde esta lógica, que es más contemporánea y comercial, Bolivia podría negociar con Chile la obtención de un conjunto de franjas marítimas similares, a las que se sumaría Boliviamar, con la que ya cuenta cerca de Mollendo. Con una política así, el país altiplánico accedería al Océano Pacífico desde puntos estratégicos y se conectaría con los mercados chino y asiático como lo vienen haciendo el Perú, Chile, México y Colombia a través de la Alianza del Pacífico.

Cambiar el “chip” es la tarea pendiente de Bolivia. La insistencia en una salida soberana al Océano Pacífico se entiende en una memoria histórica doliente frente a la cual Chile tiene mucho que decir y que hacer. Sin embargo, con un giro contemporáneo, la pretensión boliviana puede convertirse en el incentivo para su desarrollo económico impulsado por la demanda asiática. Al contrario, insistir en un concepto de soberanía del siglo XIX es su mayor obstáculo para acceder al mundo global. Reclamar menos y negociar más, he ahí el dilema boliviano.

Publicado hoy en Revista Velaverde

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