EL OTRO ANTIAPRISMO

El politólogo Carlos Meléndez acaba de publicar un artículo acerca del antiaprismo, cuyas conclusiones extrae de una encuesta que realizó con el Instituto de Opinión Pública de la PUCP. Al respecto, comparto algunas observaciones a las apreciaciones de Meléndez, las que atañen menos los resultados de su pesquisa que su formulación, pues otras preguntas hubiesen permitido un acercamiento más íntimo al fenómeno en cuestión.  

Para empezar, sí creo que el antiaprismo es ideológico pero no creo que sea sólo ideológico y dudo que tras el llamado “fin de las ideologías” ese sea su signo distintivo. Para comprender mejor cómo se vive el antiaprismo puede resultar útil el viejo distingo que hacía Benedict Anderson respecto del nacionalismo cuando refería que este era vivencialmente menos comparable al socialismo o comunismo que al cristianismo o al islamismo. Con esta precisión, Anderson trataba de decirnos que la subjetividad, los arraigos y las emociones pesaban más en el nacionalista que la doctrina que adhería.

Mucho de eso hay en el antiaprismo contemporáneo, mucho más que en su décadas iniciales cuando sus detractores presentaban al APRA como un movimiento antisistémico, opuesto a los valores tradicionales de la sociedad. Por ello, aquellas críticas contra el viejo partido sí ponían sobre el tapete el modelo de sociedad deseado.

Sin embargo, la naturaleza del antiaprismo contemporáneo, aunque profesado principalmente por la izquierda, ha migrado hacia una dimensión que se pretende ética y moral. En tal sentido, las acusaciones de corrupción contra su líder Alan García Pérez y su entorno más cercano ocupan hoy la base del discurso antiaprista, mucho más que premisas ideológicas.

A pesar de ello, las referidas acusaciones no alcanzan para explicar el odio visceral al APRA que amerita una investigación que excede los marcos de este artículo. Este se expresa en la percepción de que cualquier aprista es per se corrupto y en la renuencia a reconocerle cualquier logro o virtud, ya sea en el plano personal o a las gestiones gubernamentales de su partido.

Por ello, una premisa para analizar al antiaprismo contemporáneo es comprenderlo, más que como una fuerza política, como una tradición que se ha transmitido generacionalmente. La razón del odio cambió, el padre odiaba al APRA porque supuestamente traicionó sus ideales, el hijo la odia porque piensa que los apristas son corruptos por definición, pero lo que permanece, como telón de fondo, es un odio que ciega la posibilidad de cualquier matiz y de cualquier otra mirada.

Para cerrar mi reflexión sobre el antiaprismo, quisiera volver sobre la idea de que este expresa una tradición política -¿inventada?- que ha madurado y mutado a lo largo de nueve décadas. No obstante, su nervio central se origina en la gran frustración de la izquierda peruana, siempre desplazada por el APRA en todas las coyunturas políticas importantes, desde 1930 hasta la fecha.

Me tomaría tiempo hablar del aprismo y defender mi tesis de que el militante aprista contemporáneo es poco ideologizado y basa su arraigo partidario también en una tradición generacional a la que diversos estudiosos le han prestado atención. Queda decir, para terminar, que hace falta incorporar otros criterios para desmenuzar el fenómeno del antiaprismo, máxime en un país cuya política tiene hoy mucho de antipolítica, de intuición y de inefabilidad. Por lo pronto, sirvan estos apuntes para acercarnos un poco más a dos tradiciones del siglo XX que han sabido sobrevivir al cambio de milenio. 

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