Archivo por meses: marzo 2012

El rostro de Paul (capítulo ocho)

[Visto: 619 veces]

(viene del capítulo anterior)

Nina, ofuscada por los relatos, fue hasta la casa de Paul. Él la recibió y parecía muy calmado. “Sé que fuiste tú, tú mataste a Elisa y a todas esas chicas”, acusó de frente ella a su amigo. Muy cínico, Paul empezó a reír a carcajadas, y lo único que dijo fue: “¿Qué hablas?”.

“Sé que fuiste tú, tú las mataste a ellas”, repitió Nina su acusación comenzando a llorar. Paul se acercó a ella para consolarla. Ella se defendió con agresividad y lo apartó un rato, pero se cansó y le permitió acariciarla.

“Ya Nina, ya”, le susurra, “entiendo tu pena, te hace decir esas cosas”. Ella se puso retraída y no quiso escucharlo. “Tranquila, ¿por qué no lo hablamos el sábado en la noche, en Party Road? Así te lo explico bien todo”, le convenció Paul en un tono muy galante.

Toda la semana ella se la pasó pensando qué podría ser tan grave como para demorar tantos días. Al final, decidió no hacerse ideas y espero a ese momento. Llegado el sábado en la noche, bajó al Party Road y espero que Paul saliera de alguna de las discotecas.

Sin embargo, contrario a lo establecido, él la esperaba en plena calle. Se saludaron ambos. “Y bien, ¿me dirás por qué estabas en esos lugares?”, mostró Nina su lado inquisitivo. “Tranquila Nina, primero nos relajamos un poco, y luego te cuento”, dijo Paul mientras la lleva dentro de una discoteca.

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La escalera de Chronos (capítulo ocho)

[Visto: 644 veces]

(viene del capítulo anterior)

Una vez que se deshizo de Cloto, Joel se sentó unos minutos frente a las escalinatas y divisó la segunda explanada a gran altura. Se levantó y comenzó a caminar hacia ella. A medida que se acercaba pudo ver que, a un lado de las escalinatas, corría agua por una canaleta.

En principio, pareció sentirse bien con el líquido, lo que hizo que corriera más rápido de lo que imaginaba. Sin embargo, poco antes de llegar, se sintió pesado y cansado. Volvió a tomar del agua, pero esta vez no sintió ningún efecto benéfico.

Al contrario, un ardor desde su abdomen le impedía ponerse en pie. Al llegar a la explanada, pudo ver el porqué: el agua provenía de una de una grieta en el suelo, y dicha grieta fue hecha por el hundimiento de una vara de madera.

Joel logró al fin alzar la mirada: una dama vestida de gris sostenía la vara. “¿Quién eres?”, preguntó con dificultad el joven eterno. “Soy Láquesis, la Moira que decide la duración de la vida, y parece que a ti no te queda mucho”, dijo ella con una sonrisa socarrona.

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Recuerdos de la oscuridad (capítulo siete)

[Visto: 633 veces]

(viene del capítulo anterior)

Las respuestas negativas continuaron, y los cadáveres en el suelo también. Después de vaciar la segunda ronda del revólver, sólo quedaban en pie Mendoza y Nuñovero. Comenzaría la nueva ronda con el profesor porque quería cerrar sí o sí con el alcalde.

Mendoza tiembla demasiado: sus nervios están al tope. “Por favor, Melsig, no me hagas escoger”, dijo muy desesperado y mirándome fijamente. Le respondí que no sería justo para los muertos: “la pregunta es la misma para todos, nadie escapa de ella”.

Nuñovero lo miró un momento: sabía bien que Mendoza tenía una buena razón para expresar su miedo. Y yo no la supe sino después, cuando escapé del pueblo. Lo cierto es que el alcalde asintió: “respaldo tu decisión”, le dijo con alguna tristeza al profesor.

Acerqué el revólver a la cabeza de Mendoza. El sudor frío recorría cada centímetro de su cara. Fue entonces que le repetí la pregunta. El profesor exhaló un breve suspiro antes de responder “Sí”. Cumpliendo mi palabra, retiré la boca del cañón de su frente y me encaminé al alcalde.

Le hice la pregunta como a los demás. Su respuesta no fue un simple monosílabo, fue un estruendo que resonó en toda la plaza. No tuve más que levantar otra vez el revólver y jalar el gatillo. El balazo traspasó su cráneo. A su lado, arrodillado, Mendoza lloraba desconsolado su deceso.

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El rostro de Paul (capítulo siete)

[Visto: 576 veces]

(viene del capítulo anterior)

Dos días después, Nina fue a confrontar a Paul a su casa. En el camino, pasó por un kiosco de periódicos, donde una imagen la detuvo repentinamente. No había duda, se trataba de la bella morena del sábado: su cuerpo sin vida era portada de un diario sensacionalista.

Compró el diario para conocer los detalles: el cadáver había sido encontrado en el baño del hotel al que ella los siguió esa noche. La muerte, aunque inexplicable como la de Elisa, también fue calificada como “natural”.

Las declaraciones, tanto del conserje como de Paul, no admitían dudas: la joven había salido al baño y demoraba, Paul bajaba a ver al conserje para avisarle de la demora, ambos entran al baño y la encuentran muerta. En su cuerpo, los detectives no encontraron ninguna señal de violencia.

Nina cambió de rumbo y volvió hacia su casa. Si Paul era el asesino, lo mejor era esperar que cometiera un error. Se encerró en su cuarto y sólo salía cada lunes al kiosco, esperando ver algún titular macabro. Y los dos lunes siguientes, la misma historia se repitió.

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La escalera de Chronos (capítulo siete)

[Visto: 552 veces]

(viene del capítulo anterior)

Joel quedó impactado ante el desquiciado ser y le preguntó quién era. “Soy Cloto, la Moira que hace el hilo de tu vida”, le respondió la dama loca con gran furia y continuó, “¡me has convertido en esto!”. Él quiso saber cómo podía ser culpable de eso.

Cloto volvió a reír con sarcasmo. “¿Acaso no ves? ¡El hilo de tu vida no termina! Has cansado mis manos, pero ya no más”, rió la dama loca y brotaron de sus manos varias ruecas. Una lluvia de esas astillas lanzó contra el joven eterno, quien a duras penas esquivó el ataque.

Iba a lanzarse contra ella cuando el dolor lo embargó: sus brazos estaban atravesados por dos ruecas. “Recibe la lluvia de ruecas”, gritó Cloto atacando por segunda vez. Las astillas se acercaban y Joel apeló a la medalla: “Sálvame”. El resplandor volvió a aparecer, protegiendo al joven eterno en su acercamiento a la dama loca.

Frente a frente, Joel cogió las dos manos de la Moira y las quebró. Retorcida por el dolor, Cloto se arrodilló en la explanada. Él se quitó las dos ruecas que tenía sujetas: “Hasta nunca, Cloto”, y las atravesó sobre el pecho de la Moira, cayendo muerta.

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Recuerdos de la oscuridad (capítulo seis)

[Visto: 539 veces]

(viene del capítulo anterior)

No sentí ningún apuro para beber la sopa y comer el guiso: quería sentir lo que se decía del pueblo. A diferencia de los demás poblados de la zona, La Abundancia era un poblado próspero: la tierra era generosa y sus comerciantes eran diestros en comprar ganados y aves de crianza.

Y yo allí, saboreando aquellos sabores, que me parecían tan sabrosos y, sin embargo, tan llenos de tristeza. La misma tristeza como la que mostraba Nuñovero mientras mascaba sus hojas de coca, o la de Mendoza, el profesor del colegio, fumando sin ganas un cigarrillo.

Cerca de las seis de la tarde, con el sol casi ocultándose, Prieto, Celina y yo levantamos a las autoridades y las trasladamos hacia el portón de la alcaldía. El resto de los hombres hicieron pararse a los pobladores para presenciar el juicio.

“Aquí se hace nuestra ley, la única y verdadera ley… y si alguien se opone a ella, es merecedor de la pena de muerte”, cargué el revólver y sin más preámbulos pregunté al primero de la fila, “¿Acepta nuestra ley?”. “No”, respondió rotunda la mamacha regidora.

Al contrario de las otras señoras, ella me mostró un rostro duro, los ojos llenos de entereza y de firmeza en defender a su pueblo. Nadie antes me había enfrentado tan decididamente por lo que dudé un segundo ante su actitud, pero al final alcé el revólver y le disparé entre las cejas. Un gran charco de sangre se formó cuando su cuerpo cayó.

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El rostro de Paul (capítulo seis)

[Visto: 518 veces]

(viene del capítulo anterior)

Un mes después de la tragedia, que fue catalogada como “muerte natural”, Nina volvió a salir de su casa un sábado en la noche. Más que por entusiasmo, lo hacía por intriga: había estado desconectada del mundo por más de veinte días.

Sin embargo, una llamada que recibió de una amiga cercana la dejó desconcertada: se enteró que Paul no sólo no había guardado luto por Elisa, sino que cada fin de semana salía de alguna discoteca de la mano de nuevas chicas.

Decidida a verificarlo por sí misma, ese sábado se arregló y salió hacia el Party Road, la zona de discotecas donde a su amigo lo habían visto. Sin llevar compañía, entró a uno de los locales para ver si lo hallaba. Así visitó cuatro lugares hasta que, a eso de las dos de la mañana, divisó a Paul saliendo de la mano con una bellísima morena.

En un primer momento pensó en encararlo en la misma calle, pero se serenó y decidió seguirlos por un par de cuadras hasta un pequeño hotel. Escondida detrás de un farol, miró su ingreso, dio media vuelta y se fue, mascando su bronca, en busca de un taxi.

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La escalera de Chronos (capítulo seis)

[Visto: 537 veces]

(viene del capítulo anterior)

“No sigas luchando, ríndete”, le conminaron los espíritus. Joel se acordó de la medalla, la tomó en su mano derecha con gran aprehensión. Sintió irradiar luz y calor desde el pequeño objeto, un brillo que sorprendió a los espíritus.

Joel recobró ánimos y se lanzó sobre ellos. Se acercó hacia el anciano y rodeó su cuello con sus brazos hasta asfixiarlo. El espíritu viejo cayó sobre el suelo y se desvaneció. La misma suerte corrió el espíritu niño al intentar escapar.

Sin embargo, ante su sombra, el espíritu joven, mantenía dudas en atacarlo: “¿será que puedo dañarme sin querer?”, se preguntaba angustiosamente, hasta que vio a su sombra caer herido sobre el piso.

Se acercó hasta él: varias astillas de madera habían traspasado su corporeidad. “Contempla tu cercano final”, una voz seguida de una horrible risa inundó el ambiente. Joel levantó la mirada. Una dama vestida de blanco y con las manos ensangrentadas ponía sus ojos fijos en él.

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Recuerdos de la oscuridad (capítulo cinco)

[Visto: 568 veces]

(viene del capítulo anterior)

Las mujeres empezaron a preparar la sopa y el guiso, no sin llorar a mares mientras lo hacían. Sabían bien que algún error que cometieran, la próxima bala atravesaría sus cuerpos. Celina mandó a vigilar a uno de los hombres, y se reunió conmigo a un lado de la plaza.

Prieto, ella y yo comenzamos a mirar la escena. “Espero que acaban rápido, estoy con un hambre”, señalaba Prieto rascándose el abdomen mientras esperaba sentado. “Sí, que se apuren, para comenzar el juicio popular”, afirmó Celina con severidad e indiferencia.

Yo los miraba a ambos sin mucho ánimo: la caminata me había desgastado y, como Prieto, sólo tenía ganas de llenarme la panza. Aun así, le pedí a un grupo que trajeran ante mi presencia al alcalde, los profesores y demás autoridades del pueblo.

Unas diez personas se aproximaron. Encabezando el grupo un hombre mayor, de tez cobriza. Era Leopoldo Nuñovero, el alcalde de La Abundancia. “¿Sabe quién soy?”, le pregunté al viejo con toda mi arrogancia. Él levantó los ojos: “Eres Melsig”, respondió firme pero sereno, “y ya sé lo que nos espera”.

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El rostro de Paul (capítulo cinco)

[Visto: 510 veces]

(viene del capítulo anterior)

Nina se levantó con un tremendo dolor de cabeza. Volvió su mirada hacia la cama. En ella, Elisa y Paul estaban recostados. Le pasó primero la voz a su amigo, que no tardó en despertarse. “Elisa, Elisa”, le tocó el hombro a su amiga, pero no respondió. Intentó un par de veces más pero nada.

Se acercó hacia su nariz y no le oyó respirar. Nina se desesperó y empezó a agitar el cuerpo de su amiga. “¡Despierta, Elisa, desierta!”, le gritó una y otra vez en vano. Se derrumbó sobre su cuerpo y empezó a llorar desconsoladamente.

Paul, sin poder salir de su asombro, llamó por su celular al servicio de emergencia. “Ya vienen Elisa, resiste”, dijo él aún en shock. “¿Qué no entiendes? ¡Está muerta! ¡Muerta!”, le gritó Nina de nuevo y se abrazó a él para no desfallecer.

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