Recuerdos de la oscuridad (capítulo siete)

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(viene del capítulo anterior)

Las respuestas negativas continuaron, y los cadáveres en el suelo también. Después de vaciar la segunda ronda del revólver, sólo quedaban en pie Mendoza y Nuñovero. Comenzaría la nueva ronda con el profesor porque quería cerrar sí o sí con el alcalde.

Mendoza tiembla demasiado: sus nervios están al tope. “Por favor, Melsig, no me hagas escoger”, dijo muy desesperado y mirándome fijamente. Le respondí que no sería justo para los muertos: “la pregunta es la misma para todos, nadie escapa de ella”.

Nuñovero lo miró un momento: sabía bien que Mendoza tenía una buena razón para expresar su miedo. Y yo no la supe sino después, cuando escapé del pueblo. Lo cierto es que el alcalde asintió: “respaldo tu decisión”, le dijo con alguna tristeza al profesor.

Acerqué el revólver a la cabeza de Mendoza. El sudor frío recorría cada centímetro de su cara. Fue entonces que le repetí la pregunta. El profesor exhaló un breve suspiro antes de responder “Sí”. Cumpliendo mi palabra, retiré la boca del cañón de su frente y me encaminé al alcalde.

Le hice la pregunta como a los demás. Su respuesta no fue un simple monosílabo, fue un estruendo que resonó en toda la plaza. No tuve más que levantar otra vez el revólver y jalar el gatillo. El balazo traspasó su cráneo. A su lado, arrodillado, Mendoza lloraba desconsolado su deceso.

(continúa)

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