Archivo por meses: noviembre 2010

El hombre en la capucha: La revelación de Jano (final de temporada)

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(viene del capítulo anterior)

Ramírez movió un grupo de libros, y el estante se deslizó unos centímetros, dejando al descubierto unas escaleras que bajaban. “Entren y sigan el sendero”, les ordenó a los jóvenes. Jano y los otros se adelantaron y avanzaron hacia una especie de sótano. “Llegamos padre”, volteó Jano para ver detrás suyo: Carlos no estaba allí.

“¡Padre, padre!”, empezó a gritar mientras quería subir de nuevo por la escalera. Neto tuvo que contenerlo con ambos brazos para que no fuera a una muerte segura. “Está muerto, Jano, murió”, le gritó desesperado, “y si vas ahora, su sacrificio habrá sido en vano”. Jano dejó de luchar y se derrumbó sobre el piso del sótano.

Mirella lo consoló tomando su cara entre sus manos, mientras él sólo podía llorar. Los tres esperaron allí un rato hasta que sintieron que los sonidos de guerra acabaron y el silencio se asentaba. Caminaron por el pasadizo hasta una salida trasera oculta en el primer piso. Sigilosamente, caminaron fuera del edificio.

A cierta distancia de la abandonada casa, vieron los rasgos de la violencia: muros destruidos y perforaciones de los disparos en las paredes. Jano volteó la mirada y empezó de nuevo a andar. Neto lo alcanzó. “¿A dónde vas?”, le preguntó desesperanzado. “Voy por mi venganza”, dijo el héroe sin mirarlo siquiera. Sigue leyendo

Proyecciones macabras (capítulo once)

[Visto: 604 veces]

(viene del capítulo anterior)

Ambos decidieron que era mejor ponerla en alerta. “Yo se lo haré saber”, dijo Eduardo al despedirse raudo del otro vidente. Buscó un teléfono público y la llamó: “Susana, soy yo, tenemos que hablar”, fue lo único que pronunció antes de cortar. Llegó luego unos minutos a la casa de su amiga. De hecho, ella ya lo esperaba en la puerta.

“¿Qué es tan importante?”, le preguntó la joven luego que Eduardo recuperó el aliento tras correr. Él le explicó que había tenido una visión donde ella estaba siendo victimada. “¿Y quién era el atacante?”, quiso terminar de satisfacer su curiosidad. “No lo sé”, respondió él preocupado, “mi visión aún es algo borrosa”.

Susana no le creyó y sintió, más bien, que Eduardo no estaba siendo sincero. Ello derivó en una discusión que terminó con ambos completamente enfadados. Él volvió a su casa agotado, desilusionado. “¡Por qué no me cree!”, exclamó para sí mientras se quedaba dormido sobre su cama. Como ayer, visionó el sueño, esta vez con mayor claridad y pudo identificar al atacante de Susana. “Él es”, señaló furioso al levantarse…

(continúa)
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El hombre en la capucha: La revelación de Jano (capítulo nueve)

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(viene del capítulo anterior)

Carlos lo dirigió hacia su oficina principal en el segundo piso, y cerró la puerta con llave luego que su hijo pasó. “Neto ya me confesó que fuiste a rescatarlo”, empezó por decir Jano. Con todo lo que ello significaba, Ramírez no ocultó su preocupación. “Apenas volví a la ciudad empecé a investigar”, explicó su punto, “y supe entonces que estabas en peligro”.

“Es mi vida y son mis asuntos”, argumentó el joven, “si quieres que esté cerca de ti, tendrás que aceptarlo”. “No puedo hijo mío”, trató Carlos de ser comprensible, “te perdí una vez y no quiero volver a perderte”. Jano pareció mostrarse menos reticente ante la sugerencia. “Si yo puedo ceder para que hagas tus cosas, ¿también cederás tú?”, preguntó Ramírez de forma convincente.

Y le extendió la mano para que la estrechara. Jano iba a hacer lo mismo cuando una explosión sacudió el edificio. Ambos cayeron al piso. La confusión aumentó cuando oyeron el ruido de ametralladoras. Luego de recobrarse, se dirigieron hacia la puerta y encontraron que Neto y Mirella querían abrirla. “Vámonos por aquí”, indicó Ramírez hacia el uno de los estantes…

(continúa)
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La nota en el puente (capítulo cuatro)

[Visto: 1073 veces]

(viene del capítulo anterior)

Gerardo la consoló, aunque no entendía muy bien por qué ella afirmaba eso. “Quizá aún está perturbada”, pensó para sí mientras le secaba sus últimas lágrimas. “A pesar que no sepa bien qué buscas, te ayudaré”, fue la respuesta que dio. Entonces, Malena empezó a revisar uno por uno los cajones de la cómoda.

Luego de un rato, desordenando el cajón inferior, halló un pequeño cuaderno. Al leerlo, comprendió que era el objeto indicado: en las hojas, Alberto describía sus pensamientos de los últimos meses. Ella pasó rápido algunas hojas más, topándose con un problema inesperado. Ante el alboroto, Gerardo se le acercó.

“¿Encontraste algo?”, le preguntó él con aire de fracaso. “Hay un diario aquí, de tu hermano”, le señaló su descubrimiento, “pero está incompleto: le faltan unas páginas arrancadas”. Malena, entonces, decidió irse. “¿Te vas tan rápido?”, se sorprendió el gemelo. “Sorry, seguiremos en contacto”, salió ella presurosa…

(continúa)
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Proyecciones macabras (capítulo diez)

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(viene del capítulo anterior)

“¿Tú también fuiste salvado?”, le preguntó Eduardo a Guillermo al día siguiente. Él lo negó moviendo la cabeza de un lado a otro. Le contó que era un don que le fue otorgado desde su nacimiento. “Obviamente se te transfirió cuando te salvé”, explicó el inusitado hecho, “y eso que no muchos lo comprenden”.

Cuando le confesó que, de a quienes transfirió su don, la mayoría murió o se suicidó a los pocos días, Eduardo quedó muy sorprendido. “Tú eres diferente, puedes entenderlo”, se lo dejó en claro el vidente. Luego de un rato, Guillermo le preguntó si ya había visionado las imágenes de su nueva premonición. Eduardo le contestó afirmativamente.

“Entonces, nos vemos dentro de cinco días”, se despidió el otro. Como acordaron, ambos se vieron en el parque aquel miércoles. Guillermo esperaba tranquilo. Corriendo presuroso, Eduardo apareció en la escena. “¿Reconociste quién era?”, le inquirió ansioso al recién llegado. “No, pero sí el dije en su mano”, respondió Eduardo, “se trata de Susana”…

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El hombre en la capucha: La revelación de Jano (capítulo ocho)

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(viene del capítulo anterior)

Dos días después, Jano recibió el alta médica y alistó sus cosas en una maleta. La cargó y caminó hacia la puerta. Cuando la abrió, se puso visiblemente emocionado: Neto lo estaba esperando. “Hombre”, lo abrazó con mucha cordialidad, “pensé que seguías encerrado”. “Afortunadamente llevaba mi celular”, respondió su amigo.

Le explicó que logró mensajear a Mirella y que lo sacaron a tiempo del encierro. “¿Te sacaron?”, quedó intrigado el paciente. Neto le contó que ella no llegó sola a rescatarlo, sino con dos hombres de negro. “Son los guardias de mi padre”, le señaló Jano, “significa que ya sabe mi secreto”. Decidió hacer mutis y los dos fueron hacia la salida.

De hecho, los guardaespaldas los esperaban en los autos que su padre mandó. Unos minutos después, llegaron a la mansión: la fachada de las tres plantas del edificio relucían bajo el sol de esa media mañana. Ramírez lo vio desde el segundo piso y bajó raudo a recibirlo, y Mirella venía detrás. “Tenemos que hablar”, fue lo único que pronunció Jano al pasar por su lado…

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Proyecciones macabras (capítulo nueve)

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(viene del capítulo anterior)

El funeral de Sotomayor fue sobrio y breve. Eduardo se quedó luego de terminado el entierro para despedirse personalmente de su mentor. “Hasta siempre, profe”, dijo con la voz entrecortada. Al voltear para salir, se topó cara a cara con Guillermo. Era evidente que ya no lo miraba con la misma simpatía de antes.

“Es lamentable que se haya ido”, expresó Guillermo con cierta soberbia. “Basta. No deberías ni siquiera estar aquí”, respondió colérico el otro, “porque tú lo asesinaste”. Su compañero se mostró sorprendido: “¿De qué estás hablando?”. “No lo niegues”, expresó muy molesto el otro, “te vi escondido detrás de unos árboles el día que murió”.

Guillermo sudaba frío: “Es cierto, estuve allí, pero no para matarlo, sino para advertirle”, señaló tajante.

– Además, ¿qué hacías tú allí?
– Lo mismo que tú: advertirle.
– ¿Cómo supiste que él estaría allí?
– No tengo por qué decírtelo.
– ¿Acaso has tenido pesadillas?

Eduardo no supo qué responder. “Ninguno de los dos lo asesinó”, concluyó Guillermo: “Tenemos las mismas visiones”…

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El hombre en la capucha: La revelación de Jano (capítulo siete)

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(viene del capítulo anterior)

“Puede entrar, señor. Su hijo ya despertó”, comunicó uno de los guardaespaldas. Unos segundos después, Carlos Ramírez aparecía en el cuarto. Era un hombre alto y vestía muy fino. Jano apenas si lo miró: no estaba de ganas para reencuentros que no quería. Motivado por un trabajo rentable, su padre había abandonado el hogar hace ocho años.

A los meses de su partida, él dejó de escribir. Era obvio que la relación con su madre ya no funcionaba a la distancia. A pesar que aún vivía, ellos decidieron considerarlo muerto. Jano no tenía, por tanto, ninguna intención de verlo. Incluso aquel abrazo que le dio su viejo luego de tanto tiempo, no pareció tocar alguna fibra de su ser.

Mirella los dejó solos un momento. “¿Qué haces aquí?”, le preguntó poco emocionado, “¿acaso te vienes a disculpar por tu abandono?”. “Sí, hijo”, le contestó Carlos, “a disculparme y a decirte que he vuelto para quedarme”. “Me cuesta creerte”, dijo dubitativo Jano, “¿por qué sería cierto?”. “Porque vengo a llevarte a mi casa”, respondió su padre esbozando una sonrisa…

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La nota en el puente (capítulo tres)

[Visto: 639 veces]

(viene del capítulo anterior)

Malena tardó un buen rato en recuperarse por completo del aturdimiento. Gerardo le alcanzó un vaso de agua para que recobrara su ánimo. “Son idénticos”, le expresó ella aún asombrada, “¿cómo es que tu hermano no me contó sobre ti?”. Él frunció el seño y, como no queriendo decir la razón, habló: “Hubo una discusión con mis padres”.

Gerardo le contó que eso ocurrió hace unos años, cuando él se sentía rebelde y muy optimista. Había decidido dejar el hogar pero sus padres se opusieron férreamente. Al final él tomó sus cosas y se marchó. Sus padres decidieron olvidarlo, y prohibieron a Alberto hablar sobre su hermano. No pensaba volver; sin embargo, la muerte de su gemelo hizo cambiar de opinión a sus padres.

Lo llamaron y regresó, aunque un poco tarde, pues llegó después de los funerales. Su intención era quedarse unos días, mas veía a sus padres y notaba que estaban totalmente destrozados. Eso lo convenció de arreglar sus asuntos de su vida anterior y forjarse una nueva aquí. “Por eso me dieron el departamento de Alberto”, señaló entristecido.

“¿Y qué te trae por aquí?”, le preguntó él cambiando de tema. “Debo buscar algo”, dijo Malena empezando a tantear entre los cuartos y los muebles.

– ¿Y qué es lo que buscas?
– No lo sé…
– ¿Y para qué lo buscas?
– No lo entenderías…
– ¿De qué hablas?

“Tu hermano no se suicidó”, respondió ante la presión, para luego romper en llanto, “a él lo asesinaron”…

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La nota en el puente (capítulo dos)

[Visto: 674 veces]

(viene del capítulo anterior)

No podía entenderlo. Estaba sola en aquel lugar, ¡y sin embargo, Alberto le contestaba desde el más allá! “¿O es acaso una broma?”, dudó. Decidida a convencerse de una vez por todas que esto era real, lanzó una frase al viento: “dame una pista que me lleve a tu asesino”. A pesar de repetirla varias veces, no apareció otro papel.

Entristecida y desganada, Malena dejó el puente. No pensaba volver a pasar por allí pero súbitas circunstancias la obligaron a caminar por la zona la mañana siguiente. Había resuelto dejar que sus pasos la alejaran lo más rápido de aquella acera. Pero, cuando miró hacia la flor de ayer que comenzaba a marchitarse, la cogió con delicadeza.

Grande fue su sorpresa al descubrir un mensaje atado a su débil tallo. “Busca en mi departamento”, leyó el breve mensaje luego de desenrollarlo. Esa línea la perturbó: había decidido olvidar todo lo que estuviera relacionado con él. Empero, decida a encontrar la verdad, se dirigió hacia ese lugar de ingrata recordación.

Al llegar, se detuvo un momento. Empezó a llorar sobre la puerta unos segundos. Una vez que se sintió más calmada, sacó su llave y abrió la puerta. Se extrañó de ver cosas desordenadas sobre el cuarto. Caminó unos metros más y se encontró con un joven. La impresión fue tal que se desmayó inmediatamente. Después de unos minutos volvió en sí: ¡era la cara de Alberto! “Soy Gerardo, el hermano de Alberto”, le respondió…

(continúa)
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