Archivo por meses: junio 2011

Los tiempos de Joel (capítulo trece)

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(viene del capítulo anterior)

Al mediodía siguiente, Joel recibió a todo del grupo de estudio en su depa. Todos estaban encantados con el buen gusto que tenía. En especial Alexia, que no podía dejar de sentirse fascinada con los muebles y el balcón.

“Está de lujo”, le comentó ella con mucho entusiasmo, “lástima que termine un poco sucio”. Joel se rió, pero resultó cierto. Allí almorzaron y también cenaron, estudiaron e hicieron broma. Para las nueve de la noche, todos empezaron a retirarse.

“¿No vienes con nosotros?”, le preguntó su amiga a Alexia. “Me quedó a ayudarlo con los platos”, respondió la joven, se despidieron con miradas cómplices y volvió hacia la cocina. Se acercó hacia Joel, que estaba lavando los platos, y lo abrazó por la cintura.

Él también volteó y los dos empezaron a besarse. Alexia, sintiéndose muy apasionada, intentó quitarle el polo, pero Joel se lo impidió. “Creo que este no es un buen momento”, se excusó él. Ella se molestó, pues no tenía sentido no hacerlo si era algo que sentían mutuamente.

Joel se cerró en su posición y se alejó un poco, en dirección hacia el balcón. “¿Y cuándo?”, le reclamó Alexia casi llorando. Joel exhaló un suspiro, volvió hacia ella y la abrazó muy fuerte. “Luego que conozca a tu familia”, le respondió con cierta melancolía.

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Y es que hay un ángel (capítulo tres)

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(viene del capítulo anterior)

Y así fue. No pasó mucho rato más y lo hicieron pasar. Aunque hubiera sido lo mismo no ir: veinte minutos después salía por la recepción con el rostro algo desencajado. “Bueno, al menos valió el intento”, dijo Jorge acomodándose la corbata.

“De todas formas, lo tendremos en consideración”, respondió la recepcionista con tono de esperanza. “Gracias señorita…”, se despedía como esperando respuesta, a lo que ella contestó presta, “Áurea”. “ Gracias Áurea”, dijo Jorge con una leve sonrisa y salió de la habitación.

Áurea se quedó mirando el currículo unos segundos más, antes de depositarlo dentro de un sobre. En una de las esquinas del mismo escribió un código y, debajo del código, la palabra “urgente”. “Creo que ya tengo mi misión”, susurró y cerró el sobre.

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Preparándome pal lunes (capítulo cuatro)

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(viene del capítulo anterior)

“¡Examen, examen!”, repitió angustiado mientras terminaba de ponerse el polo. ¿A quién rayos le iba a pedir apuntes? Sus amigos eran unos vagos, leer no era su fuerte, así que odiaría ir a buscarlos como encerrarse en la biblioteca.

“¿A quién, a quién?”, siguió preguntándose insistentemente, hasta que tuvo un instante de lucidez, como si se le hubiera prendido un foco. “Fabi”, se respondió, y la llamó de inmediato; la llamó otra vez, y otra. Nada. Llamó luego al chato Edson para preguntar por ella.

“No sé nada bro, también le voy a preguntar hoy en la facu”, fue lo único que le dijo su pata antes de cortar. Otra vez a modificar su sábado. Tomó su desayuno y se fue otra vez a su cuarto. Sabiendo que la clase de Fabi no acabaría sino en dos horas, se echó en sobre la cama y no tardó en quedarse dormido.

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Y es que hay un ángel (capítulo dos)

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(viene del capítulo anterior)

Estaba por completar el manuscrito, cuando su mirada se desvió hacia la sala y allí estaba el periódico que compró antes de salir a trabajar. Con diligencia, pasó las hojas hasta la sección de anuncios, señaló algunos avisos, preparó unos currículos y salió disparado.

Jorge recorrió varios sitios sin mucho éxito: ver largas filas de jóvenes aspirantes lo desanimaba. Finalmente, llegó a un edificio y subió por el ascensor hasta el cuarto piso. “405” se leía en el anuncio y se dirigió hacia esa puerta.

Tocó un par de veces. La puerta se abrió sin demora. Una señorita con mirada sonriente lo recibió en la estancia. “Pase adelante”, le dijo la recepcionista con mucha amabilidad. Le pidió su currículo y le pidió que tome asiento mientras espera.

Jorge se sentó, contagiado de la actitud de la joven, con mucha tranquilidad; pero a los cinco minutos ya estaba muy ansioso. “¿Creen que demorarán mucho?”, preguntó ante la situación. “No se preocupe, estoy segura que ya lo llaman”, respondió la recepcionista.

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Los tiempos de Joel (capítulo doce)

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(viene del capítulo anterior)

El semestre avanzó. Alexia y Joel se encontraban con buena frecuencia por el trabajo grupal, aunque eso no siempre significara tener un momento a solas. Ya sea porque se reunían en sitios abiertos o porque él se iba un tanto más temprano, el hecho era que a ella le decepcionaba no poder hablarle sobre ellos.

Esa vez, en que todos ya se iban al mismo tiempo, Alexia lo detuvo un momento y le preguntó por qué no iban a su casa. “¿A estudiar?”, preguntó él con cierto entusiasmo. “Claro”, contestó ella, cambiando rápidamente de respuesta.

Joel le dijo que limpiaría su depa y que la semana próxima estaría encantado de recibir al grupo en su hogar. “Gracias guapo”, se alegró ella e, inclinándose hacia su barbilla, le besó apasionadamente. El le respondió con una ligera sonrisa y subió al auto azul.

Una vez en su depa, Joel empezó a rebuscar cosas en su cuarto. Con ahínco, desordenó parte del armario y redescubrió un álbum grande y viejo. Al abrirlo, sus ojos se llenaron de lágrimas, mientras pasaba una a una las fotos que tenía con Sofía. “Menos mal que te encontré yo”, dijo él secándose la cara.

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Y es que hay un ángel

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Jorge entra en el depa y cierra la puerta. Su cara demacrada, mirando al vacío, muestra la honda desesperanza que tuvo que pasar ese día. Su ánimo se derrumbó, y se acuclilló contra la puerta, tapando la cara entre sus manos para que nadie ni nada, ni siquiera el silencio, lo viera llorar.

Tardó varios minutos en poder recuperar la normalidad, aunque no completa. “Despedido”, se dijo a sí mismo, intentando encontrar una explicación a una decisión que no era suya. Pensando que, a su edad, competir con gente joven por un empleo sería una misión complicada.

Sin familia a la cual cuidar, sin grandes amigos a los cuales visitar, así es su vida, sencilla, rutinaria. De la casa al trabajo. Del trabajo a la casa. “¿Y ahora, qué me queda?”, se pregunta desolado, incorporándose lentamente. Busca en su portafolio un papel y empieza a redactar unas cuantas líneas.

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Los tiempos de Joel (capítulo once)

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(viene del capítulo anterior)

Sofía la siguió dentro y encontró a su hija echada boca abajo sobre la cama. “Mi niña, ¿qué te pasa?”, se sentó a su costado y empezó a acariciarle el cabello. Alexia, en su debilidad anímica, se levantó de la almohada y se recogió hacia el respaldar.

“Yo vengo para saber cómo estás y Fernando me empieza a fastidiar”, dijo ella, y se lanza a llorar sobre el hombro de su madre, a la que abraza con mucha aprehensión. “Calma Ale”, la consuela su madre para luego explicar, “tu hermano es un poco loco pero no es malo”. Alexia le preguntó cómo se sentía. “Sólo fue un susto, nada de qué preocuparse”, le dijo Sofía esbozando una gran sonrisa.

Eso la hizo sentir mejor a su hija, lo que aprovechó Sofía para preguntar si le interesaba ese joven. “Sí, creo que estoy enamorada”, respondió Alexia algo ruborizada. “Pues bien, si quieres lo invitas a cenar la próxima vez”, le señaló su madre antes de salir del cuarto.

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Preparándome pal lunes (capítulo tres)

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(viene del capítulo anterior)

Kike retorno a su casa como a los quince minutos. Su madre ya lo esperaba en la puerta, pensando que se había escapado a otro lado. “Había una colaza, má”, se excusó la muchacho con su masticada pronunciación. Ella quería creerle pero un pensamiento se lo impedía.

“Vete a bañar”, zanjó finalmente la breve conversación. Él quiso poner peros, mas su mamá le alcanzó la toalla y el jabón para que de una vez, faltándole poco a la buena mujer para empujarlo dentro de la tina con todo y ropa.

“Ok, ok”, reclamó el muchacho, y la señora lo dejó solo para que se duche. Fue casi un renacer para Kike, a pesar que demoró como una hora allí y pensaba la familia si se había caído y golpeado en la bañera. Finalmente, salió y se dirigió a su cuarto a cambiarse.

Ya secado y vestido, trató de recordar qué tenía que hacer aquel sábado. Buscó en su organizador, viendo cada actividad del día, “salida al cine con Vane”, “chupeta con el chato”, etcétera, etcétera. Uno de los papeles se resbaló y vio el día lunes. Sus ojos se abrieron enormes. “¡No!”, la exclamación rotunda y prolongada se hizo escuchar en toda la casa.

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Los tiempos de Joel (capítulo diez)

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(viene del capítulo anterior)

“Ven, pasa”, le dijo Alexia sonriente. Sin embargo, Joel se puso un poco reacio, aunque trató de disimularlo. “No puedo, aún tengo muchas cosas que ordenar”, él se excusó. Como ella se desconcertara, Joel le besó muy cerca de sus labios, de forma apasionada.

“La próxima vez tendré más tiempo”, se lo prometió mirándola con ternura. Ella bajó del auto y se dirigió a la puerta, mientras él se retiraba de allí. Fernando abrió la puerta con mucha prontitud. “Vaya hermanita, veo que ya tienes enamorado”, dijo fastidiándola.

“¡Qué pesado eres!”, le reclamó Alexia, “es el chico nuevo de la clase”. Pero él la siguió fastidiando y ella, ni corta ni perezosa, se defendió a las manos, trenzándolas con las de su hermano. Al oír el alboroto, su madre apareció.

“¿Qué pasa Fernando?”, le preguntó Sofía a su hijo. Él la soltó y le explicó a su madre: “nada, sólo que Ale tiene novio”. “Basta”, le reclamó la joven y luego le dijo a Sofía, “es sólo un alumno nuevo”.

Sofía se extrañó de la actitud de su hija, puesto que muy pocas veces veía compañías masculinas con Alexia. “¿Y cómo se llama?”, preguntó su madre. “Joel”, respondió ella retirándose a su habitación.

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La noticia inesperada (capítulo final)

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(viene del capítulo anterior)

Para Darío, eso fue como un shock, se paró, y empezó a revivir poco a poco las imágenes de aquel fatídico día. Sintió una debilidad en el pecho e hincó una de sus rodillas en tierra para o caerse del todo. “No puede ser”, exclamó con hondo pesar.

Se seguía repitiendo que no era cierto, que no era posible. “¿Cómo es posible que el doctor y las enfermeras me vieran?”, preguntó esperando una esperanza. Entonces, Rodríguez apareció inmediatamente, terminando con sus dudas: “Maté a las enfermeras y me suicidé”.

“Siento haberte confundido”, se disculpó. Terminó por convencerse, miró a su abuela y la abrazó con mucho más fuerza. Luego, volvió la vista a José, su tío. “Necesitaba el tiempo para redimirme”, explicó con cierta ambigüedad, ahora ya podemos irnos todos juntos”. “Esperen”, los detuvo Darío.

Luis se levanta de la cama y va al baño. De pronto, camina discreto hacia una de las ventanas de la pared del comedor. Sus padres, medio somnolientos, van a darle el encuentro y observa que Luis está riendo. “¿Qué te pone tan contento?”, preguntó su padre. “Nada, papá”, dijo el niño negrito y volvió a mirar a la pared, despidiéndose con un guiño risueño.
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