Archivo por meses: agosto 2010

Entre Emi y Rodri: una chica llamada Giuli

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Emilia quedó medio atolondrada. “¿Ya tienes enamorada?”, preguntó con lentitud, aún sin poder creerlo. “Sí”, reconfirmó Rodrigo con absoluta tranquilidad. “¿Y cómo fue que…? Olvídalo”, se interrumpió de pronto la joven y comenzó a recoger sus cosas. “Pero ni siquiera hemos comenzado”, le avisó Rodrigo desde el fondo del salón, mientras ella salía presurosa cargando la mochila medio abierta.

“Idiota. Si sólo le hubiera contado desde el inicio”, él se reprochó amargamente. Sus manos cogieron sus cabellos con fuerza y, una vez que dejó de maltratarse, se recostó sobre el respaldar de la silla. Estuvo así un buen rato, hasta que el timbre de su celular lo devolvió a la realidad. “Sí… es que terminó más temprano de lo esperado, así que vente nomás… OK, te espero”, habló con la persona del otro lado de la línea.

Empezó a recoger los papeles de la mesa hasta que, minutos después, encontró uno que no tenía su letra. Era de Emi, y lo había dejado olvidado por la prisa. “Idiota, ¡mil veces idiota!”, se recriminó a sí mismo otra vez. “¿Quién es idiota?”, fue sorprendido por una voz que lo devolvió a la realidad. Rodrigo levantó la cara. Era Giuli, que lo miraba con una sonrisa encantadora…

(continúa)
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Entrevista en la casa gris (capítulo cinco)

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(viene del capítulo anterior)

– En efecto, mi estimado amigo -señaló Valera- descubrirá que hay obituarios…
– Pero buscaron en los cementerios y no hallaron lápidas con esos nombres.
– Es verdad, y esa es la razón.
– Me habló de Juan de Palma, –cambió de tema el periodista- ¿es otro de sus seudónimos?
– No. Él fue mi antecesor.
– ¿Dónde está él?
– Falleció hace varios años –lo recordó con melancolía el escritor-, él me enseñó mucho para mi estilo de literatura.
– ¿También sobre el secreto de la casa?
– Claro. Este es un lugar creado para la imaginación y el sosiego, dado que el escritor precisa de no prestar atención a otros asuntos para concentrarse en sus manuscritos.
– ¿Acaso la magia del lugar no le permite escapar?
– Hay un periodo de prueba, en donde te está permitido entrar y salir, bajo juramento de silencio y la guía de tu mentor, pero…
– ¿Pero?
– Una vez que eres aceptado definitivamente, sólo puedes salir para morir.
– Es decir, -preguntó intrigado el periodista- ¿este retiro significa irse a morir?
– Exacto.
– ¿Qué cosa puede empujarlo a tomar esta dolorosa decisión?
– El amor.

(continúa)
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El hombre en la capucha (final de temporada)

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(viene del capítulo anterior)

Pero no todas: el encapuchado quiso levantarse pero descubrió con dolor que su pierna derecha había sido atravesada. Yancarlo se acercó confiado ante el caído y le apuntó directamente con su arma. “Adiós, hermanito”, dijo socarronamente y se dispuso a rematarlo, cuando un jarrón voló y le cayó sobre la cabeza. Era Mirella quien le había lanzado el objeto decorativo.

Esa intervención desesperada lo distrajo unos segundos a Yancarlo quien, luego de caer arrodillado, se repuso y se fijó en la chica. “Está bien, tú te vas primero”, amenazó el narco y levantó el revólver. Sonaron dos disparos. Yancarlo apoyó las rodillas y luego su torso se desplomó sobre el piso: el encapuchado aprovechó el momento y lo había herido mortalmente.

Ella corrió hacia Jano y lo abrazó con mucha aprensión. “Vámonos”, le pidió él mientras apoyaba su brazo sobre el cuello de Mirella. La joven preguntó si acaso no salvarían a Yancarlo. “Sea o no mi hermano, si continúa vivo, nos perseguirá”, se excusó el encapuchado. Ella lo ayudó a salir y, cuando llegaron a la entrada, Jano lanzó dos granadas hacia el interior de la casa.

La noche se iluminó con el fuego de la explosión, mientras los dos jóvenes caminaron hacia el parque cercano. Mirella apoyó a Jano contra el tronco de un árbol. El sangrado era profuso y él sentía cerrarse sus párpados. “Mirella”, dijo extenuado, “quiero que sepas…”, y el encapuchado, sin completar la frase, se inclinó inconsciente sobre la vegetación.
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Entrevista en la casa gris (capítulo cuatro)

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(viene del capítulo anterior)

“Así como lo escuchó, me retiro”, lo repitió como si aún tuviese dudas que lo estaba soñando. No sabía que pensar: cerca de treinta años forjándose una reputación de escritor de culto, admirado como incomprendido en una misma cantidad de oportunidades. Al verlo, ni parecía tan cansado ni tan viejo. Pero la determinación de su respuesta era absoluta.

El por qué fue la pregunta obligada ante la sorpresiva decisión. “¿Ha oído hablar de Juan de Palma, Ernesto Zevallos, Adolfo Vidal y Rubén Sifuentes?”, señaló Valera. En efecto, esos nombres me eran conocidos: eran escritores del mismo tipo de literatura de mi interlocutor. Como concatenados, cada uno apareció después del anterior, envuelto en un halo de misterio, y desparecieron en el encubrimiento luego de periodos de treinta y cinco años.

“En efecto”, afirmé ante el escritor, “usted fue considerado en sus inicios como el nuevo Rubén Sifuentes”. Valera rió. “Es cierto”, contestó el escritor, “pero lo que no saben los críticos es que yo también soy Sifuentes”. Pensé que me jugaba una broma pero, entonces, empezó a contarme los detalles de sus novelas. “Y también soy Zevallos y Vidal”, dijo dando énfasis en las palabras. Comencé a reír a carcajadas.

Consideré que, de tanto imaginar sus libros, él se había desquiciado y que, más bien, era gran fanático de estos autores y por ello había memorizado cada aventura narrada en esas páginas. Viendo que no me convencía, Valera disparó una pregunta demoledora: “¿Sabe dónde están enterrados ellos?”. Y entonces, empecé a dudar. Porque una cosa era conocer los libros y otra, muy distinta, saber que sus tumbas: “no existen”, respondí con desconcertante perplejidad…

(continúa)
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El faro del abismo (capítulo tres)

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(viene del capítulo anterior)

Cuando cayó la noche, Zenón caminó hacia un extremo de la embarcación. Miraba el cielo estrellado, como meditando con los ojos, mientras sostenía en sus manos el envoltorio. “Señor”, avisó Anselmo cuando lo vio por allí, “deje que yo me encargue de la nave y vaya a descansar”. “No puedo”, respondió el viejo marino sin siquiera mirarlo.

Anselmo vio el envoltorio. Comprendió entonces que el insomnio de Zenón lo causaba el extraño regalo que los enviaba en dirección a Endevia, un puerto de poca riqueza pero lleno de sabios y hechiceros. “¿Ya vio que está envuelto?”, preguntó una vez más Anselmo. “Nada que te interese”, respondió el viejo marino, calmado pero cortante.

Anselmo entendió la indirecta y se retiró hacia su habitación. Luego de unos minutos, Zenón se dirigió a su aposento. Se sentó sobre su cama y abrió el envoltorio. Una tenue luz rojiza del translúcido objeto esférico lo llenó de pavor, cayéndosele de las manos. Lo recogió y lo escondió de nuevo en el envoltorio mientras se decía a sí mismo: “Estamos perdidos”…

(continúa)
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El hombre en la capucha (capítulo dieciocho)

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(viene del capítulo anterior)

“Suéltala, ella no tiene nada ver en nuestro asunto”, dijo el encapuchado al tiempo que apuntaba a Yancarlo. Pero el narco se negó: “¿no ves que es mi pase para escapar?”. Entonces Jano decidió hacer una jugada arriesgada: decirle su verdadera identidad a cambio de dejar tranquila a Mirella. “Mira el archivo”, ordenó imperativo Yancarlo, señalando un documento que estaba sobre la mesa.

El encapuchado comprendió que estaba totalmente descubierto: su cara y sus antecedentes aparecían en el papel. Sin embargo, la siguiente hoja fue la que lo dejó extrañado: era un antiguo examen de ADN y la palabra “coinciden”. “¿Qué significa esto?”, preguntó Jano en un lejano esfuerzo por entender las implicancias.

“Mi padre es Carlos Ramírez, tu padre”, respondió Yancarlo. Jano se sacó la capucha que le cubría la cara. Su mente quedó en blanco unos segundos, mientras sólo atinaba a decirse para sí “no puede ser”. El narco trató de aprovechar su desconcierto y le apuntó a su medio hermano, mas Jano esquivó las balas lanzándose al piso…

(continúa)
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Entrevista en la casa gris (capítulo tres)

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(viene del capítulo anterior)

“Adelante”, me señaló el hombre flaco y canoso. Pero eso no fue lo más sorpresivo, sino la casa. Pensé que estaba viendo una ilusión, así que decidí ponerme los lentes. No era mi imaginación: la fachada estaba perfectamente limpia y libre de maleza, mientras la pintura gris hacía juego con el fresco ambiente de la media mañana.

Todavía un tanto incrédulo, entre en la casa que menos de un minuto había dejado. Definitivamente era otra. La puerta principal no chirrió y los muebles de la sala mostraban una inusual finura, así como el reluciente piso. “¿Cómo es esto…?”, iba a preguntarle a mi interlocutor cuando caminé hacia la cocina.

Observé que las vitrinas, inmediatamente antes desvencijadas, guardaban pulcras los platos. Igualmente, cuando me acerqué a las escaleras, la baranda estaba barnizada y los peldaños eran firmes. “Si quiere puede subir al segundo piso, la cama está ordenada y el espejo sigue siendo un solo mueble con la mesa de noche”, dijo Dante.

Trataba de entender en mi cabeza cómo era posible que una casa sucia y dañada, de un momento a otro luciera limpia y en todo su esplendor. “Este es un escondite, y es mágico, así que fácilmente no hubiera comprendido”, señaló Valera como leyendo mi pensamiento, “pero no es por esto que ha llegado hasta aquí”.

Ciertamente, el misterioso escritor me había concedido esta entrevista porque tenía algo importante que anunciar. Pero fue tal el impacto de la pequeña frase en mis oídos, que me desplomé en el sofá de sólo escuchar: “me retiro”…

(continúa)
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Entrevista en la casa gris (capítulo dos)

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(viene del capítulo anterior)

Decidí acercarme más hacia la puerta para verificar el número que me había dado. Retiré la alta enredadera que no dejaba ver la placa de la casa y, en efecto, era la dirección. Iba a retirarme cuando, apoyándome un poco sobre la puerta, la abrí. Al ingresar, la puerta sonó chirriante pero pude admirar más de cerca el riesgoso estado del lugar.

Sobresalían unas goteras que, debido a la lluvia de ayer, dejaban pasar gotas que caían sobre los muebles enmohecidos de la sala. Avancé hasta la cocina, y el panorama era el mismo: las vitrinas rotas de los estantes y los platos a medio rajar. Cuando me dirigí hacia la escalera, noté que la baranda no era segura; de hecho, la estructura de madera que llevaba al segundo piso se sostenía quebradiza.

Al entrar en el dormitorio, la desazón final se apoderó de mí: el gran espejo, que una vez estuviera conectada a la mesa de noche, yacía sobre el piso destrozado en fragmentos. El colchón lucía sucio y, encima de él, alguna ropa desparramada indicaba la rápida salida de aquel lugar. Furioso, eché a andar escaleras abajo con no mucho cuidado.

Casi por llegar al primer piso, un ligero tropiezo me dejó un dolor muscular en la pierna que me hizo odiar más al escritor por haberse burlado de mí. “Qué se habrá creído”, dije en medio de mi fastidio mientras cerraba la puerta. Caminé un par de pasos y escuché una voz: “¿Tan pronto se va?”. Volteé de súbito. Era Valera, quien hablaba desde la puerta de la casa…

(continúa)
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El hombre en la capucha (capítulo diecisiete)

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(viene del capítulo anterior)

El encapuchado se dirigió sigiloso hasta la casa de Yancarlo. Le pareció extraño descubrir que sólo dos hombres de negro cuidaran la puerta. A pesar de ello, decidió utilizar el rifle y, echado entre la maleza cercana, se posicionó como francotirador. El de la izquierda apenas si logró escuchar el disparo que destrozaba su garganta.

El del la derecha trató de auxiliarlo antes de caer arrodillado ante aquella herida en la pierna, la cual ya no tuvo cómo gritar ante un segundo disparo en la nuca. Jano ganó la puerta pero, antes que la abriera, la intuición se le adelantó: volvió hacia la ventana abierta de la izquierda y tiró dentro dos granadas.

La detonación fue tal que varios de los guardaespaldas del narco salieron volando con la explosión. Con la entrada despejada, el encapuchado avanzó dando tiros de gracia entre los heridos y mutilados. Siguió caminando, hasta que entró en la biblioteca y la duda le llenó el pensamiento. “Vaya, veo que has llegado”, dijo Yerbo mientras apuntaba con su pistola a la cabeza de Mirella…

(continúa)
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El faro del abismo (capítulo dos)

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(viene del capítulo anterior)

Habíamos llegado al puerto de Andura, capital del reino Nersune. El capitán del barco, Zenón, se encargó personalmente de llevar al palacio del rey el rico cargamento: oro, piedras preciosas y sacos de granos. Una pequeña parte del tesoro obtenido en su conquista al otro lado del mar.

Ireneo, el rey de esta tierra, recibió con los brazos abiertos a Zenón, y le dio libertad a los marinos a su mando para que bebieran y disfrutaran de la fiesta de bienvenida que había preparado. Como bien sabes, hijo, tu padre nunca fue un aficionado a las bebidas espirituosas.

De hecho, siempre huí de ellas. Así que rechacé cortésmente servirme el vino celebrante. Sin embargo, los otros marinos, ya borrachos, dieron rienda suelta a sus deshinibiciones, y parte de la ciudad terminó saqueada o quemada. De tales destrozos fue informado el rey, quien montó en cólera y decidió ordenar la muerte de los desorientados.

“Señor”, le habló entonces Zenón arrodillándose ante sus pies, “ten piedad de mis hombres, sin ellos no sé cómo navegar”. Ireneo, sorprendido por el gesto del capitán, le dio la espalda y le dijo: “Está bien, pero márchate antes que cambie de parecer”. “Lo que tú digas, señor”, le agradeció Zenón.

El capitán reprendió fuertemente con un látigo de cuero a cada uno de los hombres que participaron en los desmanes. Luego, les ordenó que subieran al barco. Fue entonces que Ireneo se apareció en la costa para despedirse de Zenón. “Antes que te vayas”, le dijo misterioso el rey, “quiero que lleves esta reliquia a Endevia”.

El rey le entregó al capitán un envoltorio y le pidió que lo abriera en secreto. Zenón confió en Ireneo y partió con rumbo al este, hacia Endevia. Mientras el navío se alejaba, el rey de Nesurne dibujó en su rostro una extraña sonrisa…

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