Archivo del Autor: Héctor Javier Sánchez Guevara

Silvio (capítulo dos)

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(viene del capítulo anterior)

“No creí que vendrías”, me dijo Erika mirándome fijo. Es cierto. No siempre escapo de aquel calabozo al que llamo habitación. Pero no siempre. Bueno sí, por falta de ganas. Le invito un vaso de whisky para que vaya animándose mientras habla sobre su monótona vida. Percibo su sonrisa. Aquellos labios ya no los veo tan coloridos como el inicio.

Le digo para ir a bailar. Ella acepta y me lleva de su mano hasta la pista de baile. Su energía hace que se emocione sobremanera. Yo sólo le sigo el ritmo hasta que se cansa. Estábamos volviendo a la mesa cuando uno de mis amigos me susurra algo al oído. Le digo a Erika que nos tenemos que ir. Ella asiente con la cabeza y me sigue presurosa.

Salimos por la puerta de emergencia. Mis dos amigos nos esperan en el auto negro. Dejamos el sur y ponemos ruta hacia la ciudad. Unos minutos depués, los invitados a la fiesta no me encuentran. Y cuando salen, hay malas noticias: los policías esperan afuera. Uno a uno los detienen. No saben qué decir. Alguien menciona mi nombre. Pero yo no estoy: me encuentro oculto en ruta por la noche.

(continuará)

Silvio

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Son las ocho de la noche de un jueves mustio. Aunque no le encuentro mayor prospectiva, me toca salir porque “no vaya a ser que ese loco nos vuelva a encerrar otra vez”. Miro con sorna al televisor a ver qué novedad tienen por decir nuestras ilustres autoridades. “Cuarentena” es la única palabra a la que presto algo de atención: este jueves se volvió interesante. Salgo por la puerta y espero un taxi.

Camino al sur, voy revisando mi celular. Me avisan que el lugar está espectacular, que el lleno es total. Es curioso, mientras más prohibitivo y mortal, los invitados más torpes se vuelven. Le digo al taxista que me deje en esa esquina de pared gris. Luego ando sobre mis pasos hasta aquella puerta verde, aquella entrada caleta hacia mi mundo ideal. Me esperan mis dos amigos, mis dos mensajeros. Les digo que avisen que aquí estoy.

A cada uno de mis pasos, los invitados voltean a verme. Es casi como si quisieran reverenciar mi presencia. Sin embargo. no les hago mucho caso. Sólo vengo por mi objetivo y, el de esta noche, es esa muchacha de apariencia frágil y vestido azul. Me acerco respetuoso, le doy las buenas noches y le pregunto su nombre. “Me llamo Erika”, me responde ella entre temerosa y asombrada. “Hola Erika. Yo soy Silvio”, respondo convincente y la invito a sentarse en mi mesa. Roto el hielo, me devuelve una sonrisa y camina conmigo.

(continuará)

Momento introspectivo

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Veo que te jode verme sonreir.

No es que estuviese intentado amargarte el momento. De hecho, amargo ya estuve desde hace meses.

Siempre me di cuenta de lo que me hiciste. Todo el estorbo, toda la molestia y aún así aquí estoy. Me dolió mucho y, a pesar de ello, he resistido porque ese es mi destino. Continuar.

A pesar de todo, a pesar del tiempo y del espacio. A pesar de los olvidos y de las trabas.

Tu error máximo fue pensar que tu lucha era contra mí. Yo compito contra lo que era, contra mi pasado.

Tú sólo eres una circunstancia pasajera, ya lo ves. Ahora te sobrepasado porque me toca continuar. Así es mi vida y sigo adelante.

Resistiré

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Hay veces que estarás bien y otras no tanto. A veces te dolerá todo lo sucedido.

Enfócate y piensa: ¿Alguien te dijo que sería fácil transcurrir tu vida?

Más aún cuando hay cambios. Te ayudan a decidir, a seguir o a cambiar.

Para algunos, será aliciente para moverse. Para otros, los mantendrá imperturbables.

Habrá días que se te acabará la paciencia, y otros en que aparecerán las sonrisas.

Sea como fuere, y a pesar de los contras, sé que vas a resistir.

Contrarresta lo inestable

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Un sentimiento de locura que recorre todo un cuerpo decidido a estar bien.

Una forma de expresar que no tiene paradigma y que se quiebra en un segundo.

No parece algo proclive, tal vez antinatural.

Todo en ese dolor se refleja y pone de rodillas al valiente.

No he de suponer, sólo he de enfrentarlo y superarlo.

Pues por más inestable y problemático que sea, tiene una buena solución.

Y quizás es

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No sabría cómo expresar

aquella sensación que un día me sometió

un derrotero, una opresión

que algunos llaman ansiedad.

Si de lógica la compusiera

estaría por demás perdido

buscando hallarle un sentido

que satisfacerme pudiera.

No intentaré analizar en vano

ni pensar recurrentemente.

Sólo quiero estar tranquilo

y mi mente despejar.

Un nuevo y brillante comienzo

a mi vida espero,

dejo afuera las preocupaciones

y el absurdo malestar.

Viajero en la noche (capítulo dieciséis)

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(viene del capítulo anterior)

Tras esperar varias horas en la comisaría, uno de los policía se le acercó a Memo. Le dijo que estaba a cargo de la investigación del caso y que quería hacerle nuevas preguntas sobre el suceso. “Seré franco con usted: hay algo que no me cuadra. La descripción que hizo sobre su amigo no coincide con la autopsia del cuerpo”, fue la observación del investigador.

Memo quedó sorprendido: “No puede ser, Gerardo era una persona solitaria, difícilmente socializa con desconocidos”. “Por eso mismo digo que no me cuadra lo que encontré”, señaló el investigador y pasó a enumerar la descripción del cadáver: hombre blanco entre cincuenta y sesenta años y algo calvo. “Pues no, no es él, aunque…”, dijo el joven como quien se calla al darse cuenta que está cometiendo una infidencia.

El policía le pidió que continuara. “Pues no veo a mi jefe hace algunos días. Se llama Aníbal y coincide con la descripción del cuerpo”, señaló Memo intrigado por el cambio de perspectiva. “Vaya que es extraño: las personas desaparecen o mueren a su alrededor”, ironizó el policía y le pidió a Memo más detalles acerca de su jefe.

(continuará)

 

Viajero en la noche (capítulo quince)

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(viene del capítulo anterior)

Memo duda unos segundos en empujar la cortina. Finalmente lo hace con rápido impulso. Lo que ve lo llena de estupor: un cuerpo desfigurado está en la bañera. Memo voltea la mirada y se encoge hacia la salida del baño, no resiste más y vomita la comida que quedaba en su estómago. Llama a la policía desde su celular para reportar el macabro hallazgo.

Luego de unos minutos, un patrullero llega a la casa. Memo recibe a los dos policías que han venido a auxiliarlo. El joven los dirige hasta el baño y les enseña el cuerpo. Los uniformados llaman por refuerzos y le piden a Memo que se quede en la puerta principal de la casa para que ellos lleven a cabo las diligencias. Uno de los policías se le acerca para hacerle las preguntas pertinentes.

Como dos hora después, y tras un desfile de policías, forenses y demás oficiales, Memo es conducido hacia la comisaría de la zona. Aún trastornado por lo que ha visto, él espera sentado en una de las sillas. La imagen no se borra de su mente. “¿Realmente mi amigo está muerto?”, piensa para sí y finalmente se pone a llorar.

(continuará)

 

Viajero en la noche (capítulo catorce)

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(viene del capítulo anterior)

Memo arribó hasta la casa de Gerardo. Tocó el tiembre para que su amigo le abriera. Sin embargo, nadie respondió. Miró adentro por una de las ventanas. En una mesa de la sala, hay platos sucios que se dejaron. Como Memo quería encontrar respuestas, buscó la forma de abrir la puerta.

Tuvo que forzarla para poder ingresar en la vivienda. Una vez adentro, el olor de la suciedad lo mareó. La pestilencia que emanaba la casa le provoca unas ganas tremendas de huir. A pesar de ello, se tapó la boca con un pañuelo que tenía en el bolsillo y siguió caminando por la casa. Luego de unos minutos de no encontrar rastros de su amigo, sintió una sed incontenible.

Memo se dirigió a la cocina en busca de agua y un vaso limpio. Como no los encontrara, caminó hasta el baño para tomar agua directo del lavadero. Apenas entró, tomó agua del lavadero rápidamente. Apenas hubo calmado esa sed, un olor fétido lo invadió por detrás. Memo volteó y miró hacia la cortina de la bañera. Una sombra echada parece sobresalir detrás de dicha cortina.

(continuará)

La puerta que cruzas (capítulo final)

[Visto: 167 veces]

(viene del capítulo anterior)

Lorena llevó a su hija hasta su habitación y la dejó que se durmiera en su cama. Ella también durmió pero solo unas pocas horas. Se levantó temprano y se dirigió hasta el velatorio para poder dar el pésame a Arminia. Llegó al lugar y vió que había pocas personas, así que reconoció de inmediato a la señora. Apenas Arminia la miró acercarse, pidió que la sacaran de allí.

Lorena seguía sin entender la actitud recelosa de la señora. Fue entonces que Arminia se levantó de su asiento y decidió encararla. La tomó del brazo, la sacó del velatorio y le espetó lo que sentía: “Tengo grabado un mensaje de mi hijo para ti. No sé cómo pudiste hacer eso”. Luego le pidió que se vaya y uno de los dolientes la ayudó a retornar a su asiento.

Lorena se dirigió hacia la salida y comenzó a llorar otra vez. Arminia sabe la verdad y ya no tiene cabida en su vida. Encuentra una banca y se sienta a pensar amargamente en lo sucedido. Pero no queda mucho tiempo para lamentos. “Solamente me queda la verdad”, dijo y se secó las lágrimas. Luego tomó un taxi para volver a su casa y hablar con Nicole.