Archivo por meses: octubre 2011

La guerra de los oráculos (capítulo nueve)

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(viene del capítulo anterior)

Manuel preguntó al desconocido quién era y por qué lo escuchaba hablar en su idioma. “Soy Yilal, el oráculo del templo. Yo profeticé tu llegada, y en mis sueños conocí tu idioma”, afirmó el hombre dejando anonadado al joven. “¿En qué año estamos?”, preguntó Manuel aun sensible por los dichos de Yilal.

“Es el año 45 del gobierno de Menteuté Segundo, nuestro gran señor”, señaló el sabio en tono severo. Le explicó que en uno de sus sueños había visto la llegada de un artefacto volador, en el cual vendría un enviado de los dioses para acabar con la guerra que estaba ocurriendo.

“¿De qué guerra hablas?”, preguntó otra vez Manuel sin terminar de digerir bien lo anterior. Yilal le señaló que, al este del reino, la ciudad de Saut se ha rebelado contra Menteuté y quiere acabar con su hegemonía en Tebes.

“Se supone que debería estar en el dos mil uno”, se reclamó el joven a sí mismo. En ese momento, los guardias ingresaron al palacio, trayendo consigo la máquina del tiempo. Yilal se acercó al artefacto para comprobar lo visto en su sueño.

“Esas marcas, las recuerdo”, dijo él indicando un vidrio pequeño que se encontraba al lado de la puerta. Manuel se acercó al artefacto. Apenas vio el vidrio, quedó emocionalmente fulminado e hincó ambas rodillas en el piso: el vidrio decía “2001 AC”.

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El amigo imaginario (capítulo dos)

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(viene del capítulo anterior)

Cuando entraron en el jardín interior, Roberto quedó estupefacto, una larga raya de tierra removida asomaba en medio del verde césped. “No me preguntes qué pasó que no lo sé”, le advirtió Clara a su hijo al notar su confusión.

Sólo pudo decirle que sintió un breve y leve movimiento la noche anterior al que hizo poco caso. Para cuando se despertó esa mañana y miró hacia el jardín, ya estaba allí. Roberto llamó a los policías, pero ellos poco pudieron hacer: sin algún motivo criminal que llevara al origen de esa raya, la investigación terminó antes de comenzar.

“Cuídate mucho”, le dijo su madre antes de irse ese día. Él le prometió estar bien. Cerró la puerta y fue a buscar una pala en el garaje. Entró de nuevo en el jardín y empezó a remover la tierra para emparejar de nuevo el suelo.

Mateo lo miraba a través de la ventana del segundo piso. “¿Él es tu padre?”, preguntó una ronca voz detrás suyo. “Sí… ¿quieres conocerlo?”, dio el niño con genuina inocencia. “No”, afirmó la voz mientras se ocultaba en el closet.

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Los días de un hombre invisible

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Cuando recuerdo a Ezio, no sé, me recuerda a mí en alguna época de mi vida un tanto gris: Es la escena repetida del fin de semana. Como uno de sus tantos “amigos”, Jorge se le acerca para pedirle sus apuntes. Ha podido entrar a clases pero decidió quedarse a conversar afuera.

Al terminar la misma, lo espera con su misma cara de despreocupación. “Amigo Ezio, ¿tienes tus apuntes para sacarles copia?”, le pregunta Jorge sin nada que perder. “Claro”, dice Ezio y Jorge casi que le arrancha el cuaderno se dirige raudo a fotocopiar.

Vuelve y le entrega el cuaderno. Mientras Ezio trata de preguntarle por la pípol, qué planes pa más tarde, Jorge parece desentenderse de él: “pues no sé… no he hablado aún… aún no los llamo”. Llega alguno de sus amigos simplones, lo saluda, lo presenta a Ezio y se pone a conversar con él.

Ezio quisiera intervenir pero no hay forma, no hay tema del que pudiera colgarse. Sabe que debería despedirse, decir “hasta luego”, pero le da coraje ser buena gente cuando a él lo ningunean sin empacho.

Han pasado cinco minutos. Jorge ya está por finalizar cuando se voltea de despedirse de Ezio. “Hablamos E…”, y se le corta el habla. El muchacho que hace unos segundos veía, ya no está. Es como si se hubiese desvanecido en el aire.

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La guerra de los oráculos (capítulo ocho)

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(viene del capítulo anterior)

Manuel se quedó sentado dentro de la máquina unos minutos tratando de entender el desperfecto que lo llevó hacia otro rumbo. Tras meditar, se encaminó en dirección al oeste llevando consigo el arma y el libro. Caminó por varias horas bajo el inclemente sol hasta que, agotado, se derrumbó sobre la arena.

No recordó cuanto tiempo pasó desde que había cerrado sus ojos pero, cuando los volvió a abrir, ellos dieron directamente hacia el sol. Le dio la impresión de estar echado sobre una especie de litera larga. Se apoyó un momento sobre sus hombros pero, sintiendo el cansancio, decidió volver a acostarse.

Para cuando abrió los ojos por segunda vez, mucho rato después, observó una calle larga, donde gente de tez oscura se mostraba sorprendida al paso del cortejo. Se apoyó un tanto, y pudo ver que la litera estaba apoyada sobre un camello.

Además, estaba resguardado por unos guardianes montados a caballo, ricamente ataviados sobre los pectorales descubiertos y portando lanzas. Finalizada la calle, los guardianes entraron hacia una gran explanada. Se acercaron al centro de la misma, donde quedaba un impresionante palacio de piedras talladas.

Los guardianes desataron la litera y la llevaron dentro con él encima. Lo dejaron en el piso del salón alumbrado por algunas teas. “Bienvenido”, oyó detrás suyo en su idioma y procedió a incorporarse. Un hombre vestido con una túnica de lino le sonreía de pie.

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Los tiempos de Joel (final de temporada)

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(viene del capítulo anterior)

Sofía aprovechó el momento para recoger el arma y colocarla bajo llave dentro del casillero de la oficina. Mientras, Alexia y Fernando ayudaron a su padre a recostarse en el mueble de la sala. Sofía fue hacia el baño a traer toallas para limpiar la herida de Joel. Las puso sobre el otro mueble y lo ayudó a sentarse.

Fernando quiso ayudar a su madre pero su hermana se lo impidió. “¿Por qué lo ayudas? ¿No ves que siempre estuvo detrás de mamá?”, le cuestionó ella desconociendo al joven. “El enemigo no es él, es otro”, le respondió mirando a su padre con una extraña mezcla de desdén y tristeza.

Llamaron a la ambulancia y a la policía, quienes no tardaron en llegar. Manuel fue esposado y conducido a la delegación, mas no fue solo: Alexia decidió acompañarlo. Joel fue puesto en una camilla y subido en la ambulancia.

A su lado, Sofía tomaba la mano de su brazo sano: “No te perderé otra vez”. Joel sonrió al mirarla: “No me alejaré de ti”. Él cerró los ojos dejándose llevar por el suave masaje que ella hacía a sus cabellos. De pronto, se sintió flotar en el aire.

Quiso abrir los ojos pero una misteriosa fuerza le obstruía los párpados hasta que, luego de un rato, cayó sobre una superficie dura. La fuerza desapareció y pudo ver alrededor. “¿Dónde estoy?”, se preguntó al observar el todo violeta.
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La guerra de los oráculos (capítulo siete)

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(viene del capítulo anterior)

“Quiero que viajes en la máquina”, le dijo Ciro a Manuel. Él se quedó estupefacto. “Es tu logro”, trató de convencerlo al sabio, “tú más que nadie debe conducirla”. “Hoy sólo me queda luchar con ellos”, señaló Ciro señalando a sus compañeros.

Manuel aceptó y rápidamente fue encerrado dentro de la esfera, junto con un libro y el brazo metálico. “Irás al inicio del año del Gran Ataque, y lo prevendrás encontrándome”, afirmó el sabio con una leve sonrisa de esperanza, “nos vemos pronto”. Ciro puso en funcionamiento la máquina, que empezó a emitir un sonido inusual.

La máquina empezó a agitarse mientras los enemigos tomaban por asalto la cueva. Luego de reducir a Ciro, intentaron abrir la esfera golpeándola, pero fue en vano: ya nada detuvo su viaje y la máquina se vio envuelta en un peligroso y rápido transcurrir.

Manuel intentó ver a través del vidrio, pero sólo notaba colores inimaginables, ninguna forma conocida. Después de algunos minutos, pareció caer en picada en un espacio aéreo. La esfera se calentó un poco antes de impactar sobre una superficie sólida.

Él quedó un tanto aturdido con la colisión pero no parecía tener lesiones gracias al suave interior de la esfera. Tras unos minutos recuperándose, empujó desde adentro la puerta para poder salir. “Arena”, se dijo al caminar algunos pasos fuera. Entonces, pudo ver la inmensidad del desierto extendido sobre los cuatro puntos cardinales.

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El amigo imaginario

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Roberto descansa tranquilo sobre la cama del hospital. Mira hacia la ventana y recuerda las palabras del doctor “la vasectomía fue un éxito”, y respiró con alivio. No fue fácil para él haber tomado esa decisión desde que perdió a su esposa y se tuve que quedar a cuidar a su único hijo, Mateo.

“No te preocupes hijo, lo cuidaré bien”, fue lo que le dijo Clara, su madre, antes de salir de su casa rumbo a la operación. Antes de irse, volteó la mirada: Mateo estaba en la puerta, triste, lloroso, como pensando que su papá tampoco volvería. “Ya vuelvo… muy pronto”, le consoló mientras lo abrazaba con gran fervor.

Y ese pensamiento lo animó durante aquel par de días siguientes que se le hicieron eternos. Y lo volvió a recordar recostado en la cama del hospital. “Ya vuelvo”, se dijo para sí. Cuando volvió, ni siquiera tuvo que tocar la puerta: Mateo salió a su encuentro y lo abrazó con muchas ganas.

“Te dije que volvería, y ya estoy aquí”, dijo Roberto abrazándolo con mucho cariño. Una vez que entró en la casa, Clara fue a su encuentro, también lo abrazó pero su semblante era algo distinto. Algo en la expresión de su rostro la mostraba aliviada pero, también, aterrada. “Quiero que veas esto”, dijo la señora guiándolo hacia adentro.

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Los tiempos de Joel (capítulo veintiséis)

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(viene del capítulo anterior)

“Baja el arma, por favor”, le indicó Joel a Sofía, pero ella estaba decidida a dispararle a su esposo, aún frente a la sorpresa de sus hijos. “Por favor Sofía”, le indicó Joel con mayor firmeza. La mujer vaciló y sintió debilidad en sus manos. Joel le quitó el arma mientras ella empezaba a llorar abrazándolo.

Joel dejó el arma sobre la mesa, lo cual fue aprovechado por Manuel para recuperarla y apuntarle a los dos. “Ahora lo entiendo todo. Nunca hubo un Joel Castro padre. ¡Tú volviste por mi mujer!”, gritó colérico el esposo. Se disponía a matarlos cuando Fernando se abalanzó sobre él y lo contuvo a medias.

Los dos hombres lucharon por el control del arma por pocos minutos. Manuel se safó de su hijo y acertó a ejecutar un disparo que cayó en el hombro de Joel, quien cayó al piso pesadamente. Manuel se acercó al joven para rematarlo pero Sofía se interpuso.

“Aléjate”, le ordenó su esposo, pero ella no se movió ni un ápice. Manuel le apuntó con el arma: “¿por qué lo haces tan difícil?”. Cuando iba a disparar, un golpe en la cabeza lo dejó inconsciente en el suelo. Era Alexia, quien tomó un jarrón y se lo había aventado a su padre.

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¡Alto al Bullying!

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Haciendo un paréntesis en la labor creativa de este blog, hago eco de una situación muy particular. El bullying, conocido también como “intimidación” o “humillación”, es un perverso pasatiempo que se está acrecentando en los colegios, bajo la excusa de divertirse a costa de alguien a quien consideran menos que los demás.

Para poner alto a esta insania, se están desarrollando una serie de actividades que ayuden a desterrar estos hechos de agresividad y violencia de los centros educativos. Una de estas acciones es un video, “Sueños truncados”, realizado para tomar conciencia sobre esta problemática. El video puede verse dando un click AQUÍ. Sigue leyendo

La guerra de los oráculos (capítulo seis)

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(viene del capítulo anterior)

Manuel posó su vista en una esfera blanca de una altura un poco superior a la suya, y en uno de sus hemisferios tenía una especie de puerta con un vidrio circular que dejaba ver en su interior. “¿Qué es esto?”, preguntó al fin luego de unos segundos de duda.

“Es una máquina del tiempo”, respondió Ciro, dejando estupefacto al otro. Manuel preguntó si de verdad funcionaba. “Hemos retrocedido algún tiempo… pero no mucho”, afirmó el sabio, desencantando un poco al joven.

También le mostró un extraño brazo metálico con una luz interior. “Es un arma que genera su propia energía”, señaló Ciro y, colocándoselo, apuntó hacia una piedra de regular tamaño. Tan sólo decir “fuego”, la zona que cubre la palma de su mano se iluminó y un rayo salió y destruyó el objeto.

Fue en ese momento que se oyeron estruendosos ruidos cerca de la entrada de la cueva. “¡Nos atacan!”, vociferó Ciro al darse cuenta del peligro. Manuel estaba presto para ayudarlo, pero el sabio lo detuvo: “tengo una misión para ti”.

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