Archivo por meses: febrero 2011

Los tiempos de Joel

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Joel miró su reloj otra vez. “Nueve y diez”, susurró para sí y se acomodó la casaca, jalando el cuello hacia delante, como si quisiera alargarlo. Su cuerpo se apoyó sobre la puerta del copiloto del auto azul, al tiempo que su exhalación se tornaba blanca por acción del frío.

Cinco minutos después, el taconeo apresurado sobre las escalinatas de la entrada del edificio, le hicieron levantar un tanto la mirada: Sofía se acercaba a su encuentro, la expresión cansada, los pasos breves. “Vamos”, fue lo único que dijo ante la incomodidad de Joel, no tan obvia, por la demora.

A pesar de ello, él no decidió reprocharle nada, sino que se mantuvo callado hasta que llegaron a un pequeño hostal. Ellos no mostraron la menor prisa en entrar allí, ni siquiera porque el encargado les entregara rápido la llave de la habitación.

Dos horas más tarde, y tras haber hecho el amor varias veces, los dos cuerpos desnudos respiraban agitados bajo la sábana clara, en medio de un ardoroso ambiente que los hacía inusualmente sudar. Fue entonces cuando Sofía, recuperando el aliento, lo miró a él. Era una mirada de decepción que, poco a poco, llenó de temor a Joel.

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La noticia inesperada (capítulo seis)

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(viene del capítulo anterior)

El trayecto fue sin contratiempos, así que en una hora llegaron a su destino. Al observar la entrada de la casa, el joven apreció que estuviera tan igual como la dejó, aunque no pudiera darse cuenta de unos tonos sepia en algunos extremos. “Abuela”, fue lo primero que dijo al abrir la puerta.

El silencio fue la única contestación de ese instante. Pensó que quizá estaba en el rincón más alejado, que por eso no había escuchado. Se dirigió hacia la lavandería, pero allí tampoco había nadie. “¿Dónde está?”, preguntó furioso Darío.

“Puede que ese papel te lo aclare”, dijo José sin perder la calma y señalando con el dedo hacia una mesita en el vestíbulo. Sobre él, al costado del portacartas, había un papel doblado a la mitad. En efecto, era una misiva de la abuela, fechada hace unos días.

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El hombre en la capucha: Que Dios te perdone, Ciudad Tejeda (capítulo cinco)

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(viene del capítulo anterior)

Quince minutos les tomó el trayecto restante hasta Ciudad Tejeda. Al entrar en ella, vieron que los restaurantes y bares se manifestaban muy activos, tal vez demasiado. “Es el Festival de Marzo”, empezó a explicar Jano recordando viejos tiempos: son los días donde las personas aprovechan el último ímpetu del verano, para derrochar la energía corporal que, dicen, viene del sol.

Él paró la camioneta a media calle y salió. “Voy al teléfono, cuídense de no decir nada”, les recomendó antes de caminar hacia la cabina pública de la esquina. “¿Conoces a alguien aquí?”, le preguntó Mirella intrigada a Neto. “A nadie”, contestó él igualmente desconcertado.

Al poco rato, volvió Jano. Su rostro denotaba extrema atención y cuidado, mientras la calle se llenaba poco a poco con más gente. “Vamos al bar de enfrente”, afirmó. “¿Y qué haremos con él?”, preguntó Neto, señalando al conductor. “Tengo una idea”, sonrió Mirella y les contó rápidamente su plan.

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La noticia inesperada (capítulo cinco)

[Visto: 603 veces]

(viene del capítulo anterior)

Apenas prendió el contacto, el joven sintió la potencia de aquel subestimado motor. “Creo que me equivoqué”, comentó Darío brevemente. “Es cierto”, respondió con amabilidad José, “lo importante es reconocerlo”. Su tío puso primera y el carro avanzó hacia la salida. Empero, cuando tomó la curva hacia la izquierda, súbitamente paró en seco.

Darío preguntó por qué se detenían, pero no hubo necesidad que su él le respondiera: el doctor Rodríguez estaba frente al auto, con el brazo extendido, como queriendo evitar el choque. Una vez repuesto, se acercó a la puerta del copiloto. Darío pudo darse cuenta que él llevaba una bolsita en su mano.

“Perdonen esta aparición tan intempestiva”, se excusó el doctor para luego agregar, “joven, esta es su medicación”. Rodríguez le explicó que, como quiera que la droga experimental se hubiera usado por primera vez, era probable que se presentaran algunos efectos colaterales, por lo que había olvidado darle el mitigante.

“Otra vez, mil disculpas”, reiteró el médico. “no se preocupe ‘doc’, gracias por todo”, respondió Darío mientras se alejaba en el escarabajo beige.

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Dos mujeres

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Es medianoche vestida
por estrellas alejadas,
una melancolía que anida
en varias voces calladas.

Melancolía que escuchar espera
de mi memoria, la historia
que canta a dos mujeres, su gloria,
que permanece e impera.

Si les hablo de una,
diré que me seduce y corteja,
toca mi cuerpo y lo deja
bajo la luz de la luna.

Si les cuento de aquella,
verán que ni siquiera está cerca,
envuelve mi corazón, y terca,
mi mente piensa en ella.

Descubrirás, entonces,
que una es fantasía presente,
un fuego que quema
y a mi piel enciende.

En cambio, la otra señala
su realidad ausente,
aquietando los latidos
que mi corazón intente.

Qué distintas estas dos mujeres,
y qué distinto es su amor,
porque una es dueña de mis ilusiones,
y la otra reina en mi corazón.
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El hombre en la capucha: Que Dios te perdone, Ciudad Tejeda (capítulo cuatro)

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(viene del capítulo anterior)

Ya restablecidos en sus fuerzas, y caída la noche, los jóvenes caminaron otro par de horas hasta divisar un cielo iluminado por la luz eléctrica. “¡Llegamos!”, exclamó Neto, al observar la ciudad un tanto alejada, asentada sobre el frondoso valle. Admirado ante aquella hermosa vista, él corrió hacia la entrada de la misma.

Sin embargo, Jano se apresuró y lo alcanzó luego de unos segundos, parándolo en seco al agarrarle por el cuello de su polo. Luego lo llevó a un lado de la vía. “¿Qué haces?”, le reclamó airadamente su amigo ante esa desconcertante actitud. “No podemos entrar como forasteros, debemos actuar con sigilo”, le increpó Jano con cierta razón.

Una vez que se volvieron a juntar con Mirella, ella salió hacia la vía a parar un carro. Acertó a pasar por ahí un ingenuo hombre en una camioneta. Él no dudó en estacionarse al costado cuando la vio extender el brazo pidiendo un aventón. “Hola primor”, le dijo el piloto totalmente deslumbrado, “¿qué haces por este camino tan desolado?”.

– Es que me perdí, amigo –mintió Mirella-; ¿me podrías llevar a la ciudad?
– Claro, dulzura.
– ¿Y cuanto me costaría?
– Para ti primor, sólo un besito.

Mirella acercó su cara hacia el tipo, sólo para que él quedara a merced de una sonora cachetada. “Pero, ¿qué haces?”, dijo él sorprendido, mientras Jano entraba por la otra puerta y lo noqueaba de un tremendo derechazo. “Pase, primor”, le abrió la puerta a ella, mientras Neto subía también, y acomodaba en el asiento de atrás al inconsciente conductor.

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La noticia inesperada (capítulo cuatro)

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(viene del capítulo anterior)

Unos tres días más pasaron antes que Rodríguez determinara darle el alta. Aquella mañana, Darío alistó rápidamente sus cosas en la maleta verde. “¿Nos vamos?”, preguntó José con una amplia sonrisa. El joven contestó afirmativamente, al tiempo que agarraba las dos asas de la maleta entre sus manos y salía con solícita alegría por la puerta del cuarto.

Apenas si avanzó unos pasos, cuando vio venir en dirección contraria a una de las enfermeras que la vez anterior estaban conversando. La saludo con un hola; sin embargo, ella tuvo una respuesta parca: se paró un momento y volteó para verlo unos segundos, siguiendo luego su camino.

A Darío lo desconcertó esa acción tan bizarra. “Quizá te confundiste de enfermera”, ironizó josé con la situación, al tiempo que cogía la maleta. “Quizá”, pensó el sobrino al ingresar en el ascensor.

Llegados al estacionamiento del primer sótano, el joven no ocultó su sorpresa al ver el carro de José: un Volkswagen del modelo escarabajo, color beige, de los setentas. “¿No tenías algo más moderno?”, sonrió Darío menospreciando un poco al auto. “Es que no confío en la chatarra ‘moderna’ ”, respondió su tío con sarcasmo.

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El hombre en la capucha: Que Dios te perdone, Ciudad Tejeda (capítulo tres)

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(viene del capítulo anterior)

Llegados a la ribera del arroyo, lo depositó a su amigo suavemente sobre las piedritas. Luego, tomó un poco de agua entre sus manos, la misma que derramó en la cara del desfalleciente. “Vamos, levántate”, lo animó Jano. Neto se levantó, sorprendido de su letargo. Miró hacia el arroyo y se acercó a rastras hasta él, y bebió unos sorbos con fruición.

“¿Dónde estás Mirella?”, preguntó al no verla cerca. Jano levantó el brazo en dirección a la carretera. “Si tenemos suerte, encontrará algo de comer”, afirmó optimista. “Entonces démosle el alcance”, habló Neto mientras comenzaba a caminar. No pasaron ni dos minutos cuando escucharon: “Chicos”.

Ellos apresuraron el paso y encontraron a su amiga tambalearse un poco ante el peso de unas bolsas blancas. “¿Cómo…? ¡Bizcochos!”, dijo Neto interrumpiendo su cuestión al revisar y ver el dulce alimento. También unas botellas de agua. Jano sonrió al verla exhalar un suspiro y sentarse en la ribera.

“Pensé que no teníamos dinero”, le dijo él. Ella sonrió de modo cómplice. “No lo necesitas cuando tienes una chica inteligente”, aseveró Mirella. Como adivinando su pensamiento, ella y Jano volvieron a reír.

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La noticia inesperada (capítulo tres)

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(viene del capítulo anterior)

A los pocos minutos, un señor entró en la habitación. Era alto, delgado, el color de su cara un tanto pálida mas, en su sonrisa, veía una nota de esperanza. Al paciente le resultaba familiar el aspecto físico de recién llegado; sin embargo, no pudo reconocerlo.

“¿Quién es usted?”, le preguntó intrigado Darío. “Soy tu tío José, sobrino de tu abuela”, afirmó el desconocido con absoluta firmeza. “No recuerdo que ella te mencionara”, respondió el joven con cierta desconfianza.

José le contó que desavenencias propias de la familia habían suscitado un rompimiento entre su padre y su tía, las mismas que se agravaron cuando él decidió quedarse a sembrar su hacienda en el norte, y ella viajar a la capital a labrarse un futuro.

“Vine aquí hace unos meses a visitarla, pero es la primera vez que logré encontrarte”, aseveró José, terminando su narración. “Supongo que me llevarás donde mi abuela”, se entusiasmó Darío. “Si el médico lo permite, pues claro”, afirmó el tío con una gran sonrisa.

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