Archivo por meses: junio 2010

Crimen en la calle Indiferencia (capítulo tres)

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(viene del capítulo anterior)

“¿Quién le hizo esto?”, preguntó el taxista con manifiesta preocupación. “Sólo conduzca”, respondió ella mientras secaba con sus manos las lágrimas que caían por su magullado rostro. Aurelio avanzó en medio de la ncohe por la larga avenida que enrumbara hacia el destino.

En el asiento de atrás, Verónica se entregaba a sus más desesperanzados pensamientos: “¿Por qué? ¿por qué mi vida ha quedado destrozada así? ¿Ahora cómo haré para cuidar a este niño que llevo en mi vientre?” Se echaba otra vez a llorar, las luces de los postes iluminando por pocos segundos su cara.

Aurelio miró el retrovisor y, a pesar del cansacio de todo aquel día, sintió que debía hacer algo más por aquella mujer que había estremecido su poco agraciada rutina. Acordándose de la ruta, viró hacia la izquierda y, un par de cuadras después, paró en un estacionamiento. Bajó del carro y cerró la puerta, ante el desconcierto de Verónica.

Rápidamente, el taxista volvió con una silla de ruedas, abrió la puerta de atrás y le pidió que saliera. “¿Qué está haciendo?”, le inquirió ella aún sin sobreponerse de la sorpresa. “Siéntese, por favor”, le dijo él con amabilidad. Algo mecánica, ella accedió, se sentó y Aurelio la llevó hacia una entrada iluminada, donde un aviso de de “Emergencias” miró al pasar…

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El hombre en la capucha (capítulo nueve)

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(viene del capítulo anterior)

Jano la llevó a su cuarto y la sentó en la cama. “¿Quién te hizo esto?” preguntó él pero Mirella no contestó. Sólo se limitó a llorar cansadamente. Él decidió no insistir más y fue rápidamente a buscar agua en un recipiente, alcohol, algodón y algunas gasas en el botiquín del baño. De nuevo frente a ella, mojó una de las gasas en el agua y empezó a limpiarle las heridas de los brazos y de la cara.

La sangre comenzó a teñir la claridad del líquido en el recipiente, así que él tuvo que volver varias veces hacia el baño para cambiar el agua. Finalmente, empezó a curarla con el alcohol y a colocarle las gasas en las heridas más comprometidas. Entonces, ella exhaló un suspiro y lo confesó: “fue Yancarlo”.

Dijo que habían quedado en salir, pero que en plena cita se puso violento luego de recibir una llamada. Él mencionó que era urgente y que debía retirarse, pero que primero la llevaría a su casa, pero que ella no aceptó y la discusión tomó ribetes de furia. Yancarlo la golpeó en la cabeza primero y, caída en el suelo sin poder defenderse, la empezó a golpear y patear.

“Iré a buscarlo”, señaló Jano iracundo. Se colocó un polo y una casaca pero, cuando se disponía a salir, Mirella lo alcanzó y lo abrazó por la espalda. “No te vayas, por favor”, le suplicó ella. Él volteó hacia ella y alzó su cara, la cual volvió a acariciar como antes, como hace cinco años. No pudieron contenerse y comenzaron a besarse, mientras ella lo arrastraba hacia el cuarto, hacia su cama…

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Crimen en la calle Indiferencia (capítulo dos)

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(viene del capítulo anterior)

Verónica está terminando de barrer el polvo y la suciedad del piso con gran apuro. Mira hacia el reloj y es como si hubiese visto un fantasma. “Mi marido está por llegar”, pensó para sus adentros. Presurosa se dirige hacia la cocina y coloca en una olla unos vegetales para cocer. Está tan concentrada en su labor que no oyó el sonido de la moto estacionarse frente a su casa.

Jorge, el esposo, se quitó el casco, descubriendo un semblante de molestia, producto del mal cierre de un negocio y la posterior discusión con su jefe. El abrió la puerta con habitualidad pero la cerró con vívido enojo. Al instante, ella reconoció que no fue un buen día para su esposo, e intentó ganárselo con cariño.

“¿Está lista la cena?”, fue lo único de saludo que él le dirigió. “Aún falta un poco pero…”, trató de excusase Verónica antes que fuera abruptamente interrumpida por el reclamo de Jorge. “¡qué te he dicho sobre la cena!”, gritó colérico, “¡que tiene que estar lista cuando llegue! ¡Ahora verás!” La amenaza verbal se convirtió en física y la cara de Verónica empezó a ser masacrada por los duros puños de su marido.

Jorge se cansó y fue al baño.”Ya regresó”, dijo con aquel tono intimidante de quien no suelta a su presa. Sin embargo, ella sintió que no podía más con el maltrato, que debía defenderse aunque sea una vez. Cogió con inusitada valentía, cogiéndola al revés, se acercó al baño y, sin previo aviso, le asestó un golpe a la cabeza de Jorge, al que siguió otro, y otro.

Luego que su marido estuvo tirado en el piso y, creyendo que se había quedado inconsciente, salió corriendo a la calle y alzó la mano para detener un taxi. El primero ni la vio y pasó de largo, el segundo paró pero no conocía la ruta. Finalmente paró un tercero. Aceptó la oferta y Verónica subió rumbo a la casa de su hermana…

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Entre Emi y Rodri: de repente algo, de repente nada… (capítulo cuatro)

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(viene del capítulo anterior)

El “no” de Rodrigo fue rotundo, tanto que incluso Emilia se quiso retirar fastidiada. “Si quieres pasar el curso, tendrás que aprenderlo”, dio por toda explicación el joven, que luego preguntó: “¿de acuerdo?”. Emilia sintió que no tenía otra opción más que soportar el genio del nerd y dejar que él lo ayude a su manera.

-¿Sabes resolver ecuaciones cuadráticas?
-Obvio.
-A ver. Demuéstrame.

Rodrigo le alcanzó un papel con una de estas operaciones. La chica intentó hacer algunos trazos en el papel pero, tras cinco minutos de infructuoso ejercicio, se rindió. “Está bien, lo admito: no sé cómo se hace”, respondió un tanto histérica. Entonces Rodrigo tomó el papel y, mientras operaba, describía los pasos: “para hallar las raíces de la ecuación, primero debemos fijarnos en el tercer término de la misma…”

Emilia empezó a escucharlo, aquella voz tan suave y calmada que le hacía desentenderse de a pocos del tema en cuestión. Parecía como transportada a alguna dimensión donde su realidad perdía sentido y sólo existía el joven en la carpeta que describía las operaciones: “… y es así como obtenemos las dos raíces de la ecuación, ¿entendido?”, concluyó el joven.

“Sip”, dijo ella para disimular su falta de atención, la que de inmediato fue puesta a prueba otra vez, cuando él le presentó una nueva ecuación. Emilia cogió otra vez el lapicero y buscó recordar cómo rayos Rodri había hecho la anterior. Pero, esta vez, él decidió ayudarla de a pocos mencionándole otra vez cada uno de los pasos…

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El hombre en la capucha (capítulo ocho)

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(viene del capítulo anterior)

Jano llegó a su casa, se sacó la capucha y se echó sobre la cama de su habitación. Miró hacia el techo, intentando calmar el sentimiento perturbador que lo carcomía por dentro con pérfida insistencia.

Siempre sin misericordia, aplicando la justicia sin mirar a quién… Ahora decides perdonar una vida, arriesgando el ser descubierto por la ciudad entera… poniendo precio a tu cabeza entre los criminales… Todo por un amigo, que ni sabe quién en realidad eres… un amigo que, a partir de lo ocurrido, no querrá defender al hombre en la capucha…

“Basta”, gritó Jano al despertarse. Se levantó y fue al baño para lavarse la cara. Habían pasado cerca de dos horas que comenzaron aquellos tortuosos pensamientos, lo cual le dejó aún más cansado. Se disponía a dormir cuando sonó el timbre.

No iba a atender pero la segunda timbrada lo convenció de abrir la puerta. “¿Qué te…?”, su pregunta quedó inconclusa ante el sorpresivo abrazo de la recién llegada. Era Mirella quien, con algunos moretones y cortes visibles, empezaba a llorar sobre su pecho…

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Crimen en la calle Indiferencia

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Es medianoche y las luces de los postes alumbran tenuemente la calle. Una señora, que vuelve de trabajar hacia su domicilio, camina con algo de rapidez, en pasos asustados que ignoran dónde pisan. Sin embargo, sus ojos cansados observan un auto estacionado en la acera de enfrente.

El letrero de “taxi” encima del techo y la apariencia del hombre en el asiento del conductor, con la cabeza recostada, los brazos reposados y la boca algo abierta, le hicieron pensar que era alguno de esos borrachos que, de pronto, se dio cuenta que no podía continuar.

Siguió adelante sin prestar más atención. Llegó a la puerta de su casa, la llave abrió la puerta y entró. Pasaron seis horas en aquel reparador sueño, hasta que el insospechado ruido de sirenas la despertó. Saltó de la cama y salió a la calle. Uno que otro curioso salió a la calle mientras varios policías recolectaban pistas en la escena del crimen

“¿Qué pasó, seño?”, preguntó la recién llegada. “No lo sé, pero hay dos muertos”, respondió su vecina. La señora miró el asiento de atrás y vio el cadáver de una mujer embarazada que había sido baleada. Especularon con muchas teorías: un robo fallido, una pena o una culpa entre dos, o simplemente una ‘carrera’ que salió mal. Tantas versiones… y tan sólo una verdad…

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El hombre en la capucha (capítulo siete)

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(viene del capítulo anterior)

Demetrio estaba temeroso. Se encontraba aterrado al leer el papel que la noche anterior había encontrado debajo de la puerta de su bodega, apenas un semana después de la visita del amigo de Neto. “Eres el próximo”, decían las letras rojas escritas sobre el papel, y Demetrio sabía bien a qué se refería: dos microcomercializadores habían sido atacados en sus guaridas con sendos bombazos; ataques perpetrados por un desconocido.

Aquella noche, Neto paseaba por la zona cercana a la bodega, esperando a un amigo con quien hacer otro negocio. Miraba a la calle con el cigarrillo en sus labios y aire despreocupado. De pronto, pasó por allí un extraño al que no le pudo ver la cara porque tenía colocada una capucha negra encima. Concentrado en hacer piruetas con el humo del cigarrillo, no le dio importancia.

El hombre en la capucha ingresó en el establecimiento. Se dirigió a uno de los anaqueles y botó algunos productos al piso. Luego se escondió cautelosamente y espero que el viejo se acercara. En efecto, alertado por el ruido, Demetrio avanzó hacia aquel lado de la tienda. Sorprendido de no encontrar a nadie, miró un momento afuera.

Luego recogió los productos caídos y, cuando volvía hacia el mostrador principal, el desconocido lo atajó. El viejo iba a reclamarle, cuando el encapuchado sacó una pequeña daga y lo derribó al bodeguero. Amenazándolo con empezar a cortarle los dedos uno por uno, el desconocido preguntó de quién era la mercadería.

-No sé de qué me hablas.
-De las pastillas. Sé que en este barrio comercializas.
-No, estás equivocado.
-¿También quieres que me equivoque al cortar tus dedos?
-(entre sollozos) No, por favor… no lo hagas…
-Entonces dime, ¿quién es tu proveedor?
-No lo sé…
-Bueno… creo que comenzaré con…
-¡Espera, espera!… Ya recuerdo… sólo sé que le dicen Yerbo… es el nuevo jefe aquí…
-¿Sabes? Te creo…

“Pero mis puños no”, agregó el encapuchado, asestando un certero derechazo en el pómulo de Demetrio, dejándolo medio inconsciente. El viejo sintió cómo la arrastraban fuera de la tienda y terminaba tirado en la acera. El hombre en la capucha caminó al interior del establecimiento, y quitó el seguro a una granada.

“Tu negocio ha sido cerrado”, dijo. Lanzó el artefacto dentro del cuarto de las bolsas y salió raudo hacia la calle. Una vez fuera, empezó a caminar con tranquilidad y se metió las manos a los bolsillos, mientras el fondo de la calle se iluminaba con la potente explosión…

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El fuego celeste (capítulo final)

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(viene del capítulo anterior)

Miguel se abalanzó contra el guardia, pero Nimes se desvaneció en la bruma sólo para atacarlo de forma brutal. El joven era empujado por una fuerza incontenible que lo levantaba del piso y lo arremolinaba en medio de la niebla. Finalmente cayó pesadamente sobre el piso, golpeándose de forma durísima la rodilla. Su grito desgarrador remeció la tétrica y silente noche.

Nimes recobró su forma humana, y se acercó a paso lento pero seguro hacia el joven. Lo levantó agarrándolo del cuello. “Este es tu final”, indicó el falso guardia, listo para el golpe de gracia. Sin embargo, una voz lo detuvo: “Espera”, dijo Carla arrodillándose ante su presencia. Juntó sus manos y le rogó que le perdonara la vida a su enamorado.

El asesino, entonces, recordó el gesto de su amada, y soltó al muchacho. Avanzó hacia la Carla, que mostró un inusitado coraje en medio de esa escena de horror. El brillo del dije empezó a aumentar a medida que Nimes se acercaba cada vez más. Nimes tomó el accesorio en su mano y le preguntó a Carla si estaba dispuesta a hacer un sacrificio.

“Sí”, respondió ella sin dudar. En ese momento la luz del dije los envolvió por completo unos segundos y luego desapareció. “¡Carla!”, la llamó Miguel en su intento por caminar. Pero ella no lo escuchó: sólo reflejó una mirada de amor hacia Nimes. Él la abrazó con fuerza: “Esposa mía”. “Esposo mío. Ya no volverás a estar solo”, habló el espíritu dentro del cuerpo de Carla.

El longevo mago volteó hacia Miguel, decidió curarlo y le entregó el dije que aún brillaba. “Para que recuerdes siempre el sacrificio que un día ella hizo para salvar tu vida”, dijo con una triste solemnidad. Luego tomó de la mano a su esposa, y ambos saltaron en el fuego celeste, el mismo que empezó a consumirlos y se apagó rápidamente, mientras el joven lloraba incontenible ante la pérdida de su enamorada. Sigue leyendo

Entre Emi y Rodri: de repente algo, de repente nada… (capítulo tres)

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(viene del capítulo anterior)

Rodrigo llegó al punto de reunión y se sentó en la banca frente a la sala de estudios. Pasaron diez, quince, tal vez hasta veinte minutos antes que se percatara que Emilia probablemente no vendría. Así que decidió entrar en el aula, y escogió una mesa lejana a la puerta para desarrollar con mayor comodidad las tareas de otros cursos.

La calculadora comenzó a hacer maravillosos cálculos y resultados que el lapicero describió en trazos precisos que anotaba sobre el papel. De pronto, una inusitada agitación rompió la susurrante calma del ambiente. Rodrigo levantó la mirada solamente para dar un pequeño guiño al evento sorpresivo, pero ‘algo’ en ese atisbo le devolvió la cabeza en dirección hacia la puerta.

Quizá había imaginado la ondeante cadencia de su cabellera al caminar y también ese polo celeste sin mangas que dejaba ver sus ágiles brazos, pero nunca pensó que Emilia se vestiría aquella ceñida y corta falda negra que, al dejarlo sin aliento, hizo que al joven se le resbalaran los anteojos a medio poner por tamaña desconcentración.

“Hola Rodri”, dijo ella algo apurada, “sorry pero es que no sabía bien qué ponerme”. “Descuida”, comentó él aún reponiéndose, “se te ve muy bien”. Rodrigo se aprestaba abrir uno de los libros para empezar con la explicación, cuando Emilia le pasó su cuaderno abierto junto con una frase que de golpe lo devolvió a la cínica realidad: “¿me dejas copiar las respuestas?”

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El hombre en la capucha (capítulo seis)

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(viene del capítulo anterior)

Pasaron cerca de cinco días antes que Jano, consumidas las pastillas que le entregó Neto, empezara a sentirse sin temblores. “De nada man”, le dijo Neto. “¿Y sigue tu tío con esa bodega?”, preguntó Jano, “Porque no encuentro muchas cosas baratas por mi zona”. Neto asintió, animándolo a que fuera porque desde hace mucho que su tío no lo veía.

Más tarde aquel mismo día, el joven se encaminó hacia la tienda de Demetrio. El viejo avaro y su sobrino estaban allí. “A los años”, lo saludó efusivamente el hombre, mientras le invitaba una gaseosa. Estuvieron conversando alegremente cerca de una hora, hasta que Jano indicó que se tenía que ir, y preguntó si le podía prestar su baño.

“Cómo no, sobrino”, afirmó Demetrio con una ligera sonrisa, “por el pasillo, en la segunda puerta a la derecha”. Jano avanzó por el corredor poco iluminado hasta llegar al baño. Sin embargo, sintió un olor extraño en dirección de la puerta contigua. Entró en dicha habitación: acumulados en dos de las paredes se encontraban varias bolsas grandes y oscuras.

No tardó mucho en descubrir su contenido: el tipo de pastillas que Neto le envió la otra noche. Rápidamente salió de allí, fue al baño y, un par de minutos después, volvía por el pasillo. “Me alegra verlo tan bien”, dijo algo agitado a Demetrio, “cuídese mucho”. “Nos vemos”, se despidió de Neto, que le respondió de igual forma…

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