Archivo por meses: octubre 2014

Vuelo de vampiro

[Visto: 257 veces]

He vivido cansado,

aturdido por el día,

los ojos amargados

que se quieren cerrar.

Me cuesta incorporarme,

desafiar al caliente sol

que se impone seguro

en su luminoso cénit.

Pero las horas pasan

y su radiante poder

disminuye de a pocos,

inexorable de veras.

La oscuridad ha llegado

y su manto negro

fortifica grandemente

mis músculos alados.

Pérfido, yo tomo impulso

y me alzo en el cielo

volando libre,

volando ágil y fuerte.

Me arrodillo sobre un risco

y puedo contemplar

la fuerza de mi voluntad

y vuelvo a volar.

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La caída de Toño (capítulo ocho)

[Visto: 299 veces]

(viene del capítulo anterior)

Tras un viaje de dos horas hacia el sur, Toño bajó en un paradero. Empezó a adentrarse por las calles de la zona. Nuevas construcciones se alzan gallardas en medio del arenal que poco a poco retrocede. Y es que, a pesar de los muchos años que no iba por allá, Toño reconocía muy bien los lugares que había recorrido.

“Llegué”, se dijo a si mismo luego de una corta caminata que lo dejo frente a un grupo de casas de aspecto gris y avejentado. Algunos ancianos que estaban sentados afuera de sus casas, lo vieron por allí y comenzaron a mirarlo de mala manera. “No aceptamos forasteros”, dijo el más avezado con cara de pocos amigos.

“Yo no soy forastero. Yo crecí aquí”, respondió Toño con mucha firmeza. Su tono de voz fue reconocido de inmediato por varios de los presentes, quienes lo dejaron pasar. Caminó hasta la puerta de una casa, puerta que no había sido abierta en mucho tiempo. Toño sacó de su bolsillo una llave a medio oxidar y la metió en la cerradura.

La llave giró sin problemas, la puerta se abrió y Toño entró en aquel espacio polvoriento que un día pensó en volver a pisar. “Hogar, viejo hogar”, se dijo y comenzó a examinar las habitaciones.

(continúa)

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La duda de Jorge (capítulo final)

[Visto: 264 veces]

(viene del capítulo anterior)

“Roberto, mira, quiero decirte que…”, empezó a decir Jorge antes de verse interrumpido por un furioso derechazo que lo lanzó al piso. “Qué carajos tienes que explicarme, ¡no te quiero ver más!”, respondió Roberto totalmente triste y molesto y, antes de retirarse, tiró algo al costado de Jorge.

Él se incorporó con dificultad y miró lo que había dejado caer: era su cuaderno de anotaciones. Se dio cuenta que el ardid tramado por Nati fue una excusa para sacarlo de su casa y poder buscar las pruebas de su cambio de actitud. “Pero, ¿cómo pudo conseguirlo si estuvo conmigo?”, se preguntó confundido antes de ver pasar a Nati con Viviana paseando “de casualidad” por allí.

A la semana siguiente, en la universidad, las noticias tampoco fueron mejores: el rumor de su experimento social fue difundido por Roberto y, sobretodo, por Nati. Las terribles miradas de desprecio que recibía a diario terminaron por minar su ánimo. Un buen día, decidió que no entraría a clases y se fue caminando sin rumbo por el campus.

No fue sino hasta que tropezó sobre un descuidado césped, que finalmente se quebró. Se rió de impotencia y naturalmente sus gestos empezaron a contraerse hasta que lloró amargamente. Lloró por Nati. Lloró por Roberto. Lloró por culpa de aquella duda que lo dejó sin nada… ni nadie.

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Indiscretos

[Visto: 276 veces]

Es un viernes por la noche. Para Alberto, no es una noche cualquiera. Después de mucho tiempo, espera a una amiga. Casiopea llega a la puerta del restaurant. Mira adentro para ubicarlo. Sus ojos se mueven de derecha a izquierda hasta encontrarlo leyendo en una céntrica mesa. El libro parece tenerlo muy interesado, tanto que ella debe poner sus dedos sobre el relato para presentarse.

Ella se rie al percatarse del gesto de sorpresa de su amigo. Alberto amablemente se disculpa por su desatención, “pero no sabes cómo me atrpan estas historias”. Ella se volvió a reir y le dijo que se lo perdonaba, luego de lo cual se sentaron y llamaron al mozo para que les abriera una botella de vino mientras esperaban la cena.

Cuando Casiopea habla, Alberto la escucha atentamente. Cuando Alberto habla, tiene la necesidad de ser breve. O incluso de ser interrumpido: no concibe a Casiopea en silencio. Prefiere escuchar su voz y mirar su sonrisa aunque a veces se le escape un  comentario controvertido. Quizá porque no va en plan de amigo, quizá porque busca algo más.

Terminada la cena y pagada la cuenta, ambos paran un taxi. Se dirigen a una librería donde ella dejó encargado un libro nuevo. Alberto le ha preguntado por el libro y ella le contesta con mucho entusiasmo. Pero al final, el libro sólo es excusa para seguir escuchando a Casiopea.

(continúa)

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Espíritu nocturno

[Visto: 265 veces]

La noche me ampara

bajo su fría cubierta

siendo amiga cómplice

y amante sincera.

Vueltas y más vueltas

doy por su extraña ruta

que invita a perderme

por lugares siniestros.

Es el camino que me llama,

que insistente me busca

en la ciudad salvaje

donde no mora el silencio.

Un ruido infernal

que destroza mis oidos

se acumula violento

en mi intranquilo cerebro.

Me somete y me sofoca,

me hace daño demasiado

y me acoge con dureza,

me convierte.

Ya no soy yo,

soy algo nuevo,

más que noche,

más que ruido.

Espíritu nocturno

envuelto en el sonido,

que se desvanece pronto

en el amanecer.

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La duda de Jorge (capítulo trece)

[Visto: 301 veces]

(viene del capítulo anterior)

“Siento que tuvieras que enterarte así, pero es la verdad”, le alcanzó a decir Nati antes que Roberto saliera corriendo fuera de la casa. De la ingrata sorpresa que había recibido, Jorge se acercó totalmente indignado hasta su ex para reclamarle. “¿Qué carajo estás haciendo?”, le gritó fuera de sí.

Ella se empezó a reir con malicia. “¿De verdad creíste que volvería contigo? Escúchalo bien: ¡Todo, todo esto fue un juego!”, le respondió Nati con dureza y a él le dolió el corazón. Cómo poder entender que había sido tan ingenuo, de poder creer que ella lo recibiría con los brazos abiertos así de la nada.

Salió de la casa con la mirada perdida, aún sin poder asimilar lo sucedido. De pronto, recordó que Roberto debía estar cerca, así que apuró el paso y empezó a buscarlo por los alrededores. Jorge no se detuvo hasta que encontró un paradero. Allí está su enamorado, tratando de disimular el dolor de la traición, esperando huir a donde no lo pudiera encontrar.

(continúa)

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La caída de Toño (capítulo siete)

[Visto: 287 veces]

(viene del capítulo anterior)

Desconociendo la investigación en la escena del crimen, Toño huye hasta el otro lado de la ciudad. Ha llegado hasta la casa de un viejo amigo. Toca la puerta y le abre una joven. Ella le pregunta quién es. Él le dice que es Toño y que está buscando a José. La muchacha entra en la casa y conversa con el hombre que está sentado en el sillón.

El hombre se sobresalta y sale corriendo hacia la puerta. “¡Hermano! Pasa, por favor”, dice el hombre al reconocerlo de inmediato. Ambos caminan hasta la mesa, donde la muchacha ha servido dos platos, uno para su padre, otro para el recién llegado. Toño está con un hambre feroz y no duda en acabar rápidamente la improvisada pero sustenciosa cena que le han servido.

José se sorprende del apetito de su amigo y le pregunta si desea repetición. “No gracias, estoy algo apurado”, se disculpa Toño con ganas de querer comer más. “¿Qué es lo que te tiene así?”, preguntó su amigo cada vez más intrigado desde su aparición. Toño dijo que no podía contarselo por ahora, pero que necesitaba que le preste una mochila y algunos billetes.

José no se sentía muy convencido de darle dinero, pero recordó un viejo favor que le había hecho su amigo y decidió darle lo que le pedía. “Cuidate hermano, saludos para tu señora”, le dijo cuando Toño ya se iba. Él le contestó que no iría su casa sino para el barrio de Huella. Entonces, José supo que algo grave había pasado y que Toño sabía dónde esconderse.

(continúa)

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Reviviendo (capítulo final)

[Visto: 323 veces]

(viene del  capítulo anterior)

“Que bueno que despertaste. Un poco más y te pasarías”, escuché a mi costado. Me enojó el comentario y traté de recriminar a mi inusitado interlocutor, pero no pude hacerlo: era Guido quien lo había dicho. “Pero si tú no estabas en este bus”, le dije sorprendido por verlo allí. “Eso fue lo que te hice creer”, respondió él y su cara adquirió un tono lúgubre.

Se levantó del asiento contiguo y se dispuso a caminar hasta la bajada del bus. Quise seguirlo pero el vehículo adquirió una velocidad muy rápida en cuestión de segundos. Las personas entraron en pánico mientras se acercaba a la esquina de la calle. Otro bus apareció por la calle perpendicular e impactó contra el lado izquierdo del transporte.

Intentó sujetarme a una de los soportes, pero es inútil. Como muchos otros pasajeros, salgo volando y mi cuerpo atraviesa una de las amplias ventanas del bus. He caído sobre el pavimento y la espalda me duele demasiado. Siento los pedazos de vidrio esparramados y al sangre brotando profusa de alguna herida.

Quiero seguir despierto pero escucho el susurro. “Ya no despertarás, no despertarás”, es Guido quien me lo dice mientras toma mi mano esperando mi partida. Quiero revivir otra vez pero estoy muy cansado. Cierro los ojos de a pocos y veo la oscuridad. Y después ya no veo nada más.

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Levántate

[Visto: 251 veces]

No hubo lluvia,

no hubo barro,

a pesar de ello has caído

con fuerza hacia el piso.

¿Será que te ha vencido

la poca fuerza de voluntad?

¿Será que te ha arrastrado

sin piedad la gravedad?

Cómo duele

ponerse de rodillas,

cómo duele

el ardor en las canillas.

Te levantas una y otra vez,

para tomar viada,

para avanzar enseguida,

para ganar en la vida.

 

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La duda de Jorge (capítulo doce)

[Visto: 282 veces]

(viene del capítulo anterior)

Nati no dudó en llevarlo hasta su habitación en el segundo piso. Jorge no sabía cómo comprender lo que estaba sucediendo. Y así como ella se entregó dócilmente a él, él tampoco dejó pasar la oportunidad. Dos cuerpos desnudos se entendieron en un profundo éxtasis que duró las siguientes horas.

Una vez que se cansaron, Jorge pasó su mano por la cintura de Nati, tocándola con sumo placer. “Te amo”, susurró el joven. Ella sonrió y se le quedó mirando por varios segundos sin decir nada. “Yo también te amo”, Nati rompió el silencio y le dio un beso en los labios. Más tranquilo por esa revelación, Jorge se quedó muy dormido.

Despertó como a las dos horas. Nati ya no estaba a su lado en la cama, así que pensó que estaría estudiando en la sala. Se cambió y bajó lentamente por las escaleras. Él sueña despierto y espera poder tenerla otra vez entre sus brazos. “Hola mi…”, hace su ingreso en la sala sin imaginar que el sorprendido sería él: Nati está sentada en el sofá… junto con Roberto.

(continúa)

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