Archivo por meses: septiembre 2011

Los tiempos de Joel (capítulo veinticinco)

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(viene del capítulo anterior)

A diferencia de otros días, Alexia saludó a su enamorado con notoria frialdad: apenas si le dio un ósculo en su mejilla izquierda. Aunque lo percibió, Joel decidió darse por no enterado y saludó a Fernando, a quien sintió más receptivo que su hermana.

Los tres entraron juntos pero se separaron al llegar a la sala: Fernando para avisarle a Sofía, Alexia para decirle lo mismo a su papá. Ambos padres aparecieron casi al mismo tiempo. Manuel y su hija invitaron a pasar al joven al comedor; Sofía y su hijo volvieron a la cocina para servir la cena.

A pesar que Joel reconoció que los platos estuvieron “deliciosos”, el ambiente fue insípido: Manuel no podía dejar de mirar de forma sospechosa al joven, mientras que Alexia parecía asustada. Sofía aguantaba el dolor en su interior y Fernando apenas si cruzó alguna palabra en las cortas charlas.

“Ven, acompáñame”, le dijo Manuel al término de la cena. Joel lo siguió hacia el despacho, algo dubitativo. “¿Sabes? Desde que te vi la primera vez, pensaba que eras alguien de confianza”, habló el padre una vez que entraron allí y se sentaron, “y me pregunto quién eres”.

“Soy el enamorado de su hija”, dijo Joel sonriendo. “No… de verdad, ¿quién eres?”, volvió a repetir Manuel en tono irónico. Joel siguió sonriendo pero esta vez se quedó callado. “Contéstame, ¿quién eres?”, se exaltó el padre y le gritó al joven.

Manuel se levantó de su asiento y se dirigió al casillero, lo abrió y buscó el arma. Sin embargo, por más que revisó no la encontró. “¿Buscabas esto?”, Sofía entró a escena apuntando directamente hacia su esposo.

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La guerra de los oráculos (capítulo cinco)

[Visto: 544 veces]

(viene del capítulo anterior)

Ciro sacó a Manuel de la celda y empezaron a caminar por un corredor a medio iluminar. Le explicó que los hombres y mujeres bajo su liderazgo eran científicos y que habían sido reunidos por los gobernantes del mundo para protegerlos.

“Aquel día fatídico, el once nueve, todos perdimos algo”, filosofó Ciro en cierto momento. Manuel se detuvo. Apoyó una de sus manos sobre una de las paredes y se quedó pensando en silencio. Luego volvió su mirada a su interlocutor: “yo perdí a mi padre”, afirmó y volvió a caminar.

“Lo siento”, habló Ciro en tono compungido, y continuó hablándole sobre los avances tecnológicos que hicieron dentro de esas cuevas. El pasillo terminó y Manuel pudo contemplar artefactos extraños que apenas si hubiera imaginado.

Estupefacto, se acercó a observar uno por uno, teniendo Ciro que explicarle cada una de sus características. “Todo esto es… asombroso”, dijo Manuel a su interlocutor, pero al mirarlo, notó una profunda tristeza en sus ojos.

Recordando el Gran Ataque, le preguntó qué había perdido ese día. Ciro exhaló un silente suspiro. “Una vida de verdad”, fue la escueta respuesta del sabio, mientras se acercaba a uno de los artefactos.

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Preparándome pal lunes (capítulo final)

[Visto: 571 veces]

(viene del capítulo anterior)

Kike se sintió como en las nubes, tanto que no se dio cuenta cuando volvió a su cuarto y se echó de nuevo en su cama. Se quedó con la mirada contenta, pero no viendo el techo, sino soñando con el beso que le daría a Fabi después del examen.

Su mente se dejó ganar poco a poco por la feliz ilusión hasta que se quedó profundamente dormido. Para cuando fue lunes, ni siquiera se despertó: lo despertaron. “¡Levántate, muchacho de miércoles, que llegas tarde a tu examen!”, vociferó su madre toda desesperada.

Él miró su reloj: son las siete y media y la prueba es a las nueve. Como resorte, salta de la cama y se va corriendo a ducharse, a vestirse, a desayunar y finalmente a alistar su mochila antes de salir disparado como cohete, dejando la puerta de su casa a medio cerrar.

Con la hora presionándolo, decide tomar un taxi para apurar el paso. Mala elección: a poco más de medio camino, el auto se atasca en el embotellado tráfico de la hora punta. Kike paga al conductor y se lanza a seguir corriendo.

Kike llega algo exhausto y mira a Fabi esperándolo en la puerta. Ella se sorprende de verlo tan sudoroso, pero él le dice que no se preocupe, que se le pasará. Fabi sonríe: “Entonces, ¿estás listo?”. Él sonríe también y, mientras ingresan al aula, le estampa un beso en sus labios: “Ahora sí, estoy preparado”.
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Los tiempos de Joel (capítulo veinticuatro)

[Visto: 528 veces]

(viene del capítulo anterior)

Finalmente, el esperado día de la cena con Joel llegó. Más allá que Manuel y Sofía hicieron juntos las compras, apenas si cruzaron comentario sobre el tema. La silenciosa tensión reinó cuando regresaron a la casa, con él esperando en su habitación y ella cocinando junto a Fernando.

El joven sintió cierto grado de repulsa en su madre, no sabía si hacia él o a su padre, mas no dijo nada. A su vez, Alexia esperaba en su cuarto, entre ansiosa y desconcertada, intentando pensar en cómo recibiría a su cada vez más desconocido enamorado.

Cerca de las seis de la tarde, ambos jóvenes decidieron quitarse la ominosa opresión y salieron hacia el jardín de la entrada. “No podía respirar”, confesó Alexia. “Yo tampoco”, respondió Fernando, “algo le pasa a mamá, me miró mal”.

“Y también a papá”, se quejó ella, “se la pasó todo el rato en su cuarto”. Ambos se miraron y, uno menos sincero que el otro, dijeron al mismo tiempo: “¿será por Joel?”. En ese momento, apareció el carro azul y se estacionó delante de ellos. “Ya llegué”, dijo Joel, entusiasmado, bajando del auto.

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La guerra de los oráculos (capítulo cuatro)

[Visto: 525 veces]

(viene del capítulo anterior)

Para cuando despertó, muchas horas después, Manuel observó estar en un pequeño espacio, amarrado a una silla. Frente a él una mesa y otra silla vacía. Una persona se acercó desde la derecha. Un hombre con pelo negro y corto que aprovechó para sentarse.

El captivo preguntó al extraño quién era. El hombre se lo quedó mirando y le devolvió la pregunta. “Soy Manuel, líder de un grupo de personas”, respondió al ver que no tenía opción. “¿Cómo llegaron aquí?”, inquirió otra vez el extraño.

“No lo sé”, contestó Manuel exhausto. La sed lo estaba matando y se lo hizo saber al otro. El hombre dudó unos segundos, pero luego fue por un recipiente con agua y se lo dio de beber. “Gracias”, dijo Manuel al terminar. El semblante del extraño cambió y lo miró con mayor confianza.

“¿Qué haces aquí’”, aprovechó Manuel a preguntar al notar esa actitud. “También soy líder un grupo de personas, nos refugiamos aquí luego de El Gran Ataque”, respondió con abierta honestidad.

A continuación decidió desatarlo y extender su brazo. Manuel se incorporó con alguna lentitud, pero mantuvo la firmeza al momento de extender su brazo. “Soy Ciro. Veo que somos del mismo tipo de gente”, afirmó el hombre con una tenue sonrisa.

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Los tiempos de Joel (capítulo veintitrés)

[Visto: 571 veces]

(viene del capítulo anterior)

Cuando llegó a su casa, Manuel se dirigió directamente al cuarto de su hija. “¿Dónde está tu madre?”, le preguntó apenas terminó de cerrar la puerta de la habitación. Alexia le contestó que Fernando estaba hablando con ella sobre sus estudios.

“¿Te pasa algo?”, ella le cuestionó al verlo tan ansioso. “Tu novio… Joel, o como se llame… te ha estado mintiendo”, le dijo su padre, y empezó a contarle la charla que tuvo con Salvio. “No sé quién es en realidad, pero hay algo muy cierto: él busca algo y, definitivamente, no es algo bueno”, afirmó Manuel tratando de convencerla.

Para Alexia, de alguna forma empezaron a encajar las cosas. “Papá, creo que debes saber esto”, murmuró la joven y le contó el episodio con Sofía en la casa de Joel. Manuel simplemente quedó perplejo. “No hables nada de esto con tu madre”, le dijo su padre una vez que se repuso del asombro.

Manuel decidió no ir al cuarto matrimonial, sino que más bien fue hacia el salón de despacho contiguo a la sala. Entró dejando entreabierta la puerta de la oficina, pasó al costado del escritorio y se acercó hacia el casillero izquierdo.

Sacó una llave de su bolsillo, abrió y miró dentro. Su mirada se detuvo un momento en la parte superior derecha. Retiró los papeles que allí se encontraban y sacó un pañuelo verde que ocultaba algo. Volteó y abrió la cubierta: era una pistola. Mientras la volvía a guardar, una sombra observaba tras de la puerta.

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La guerra de los oráculos (capítulo tres)

[Visto: 503 veces]

(viene del capítulo anterior)

Desatada la guerra, Manuel pronto se dio cuenta que no tenía forma de ganar; por lo que reunió a su gente y buscaron desesperadamente algún lugar donde esconderse. Tras duros meses huyendo de noche y guareciéndose en cuevas durante el día, llegaron a una formación cavernosa muy particular.

Él había entrado en la boca de la cueva cuando notó algo extraño: el piso estaba tapizado por dos líneas de acero, cruzadas por innumerables y cortas maderas, las que se perdían hacia dentro, donde a lo lejos podía ver una luz.

Manuel avanzó junto con un pequeño grupo de sus hombres por la senda, acercándose despacio a la luminosidad. Cuando alcanzaron el lugar desde donde venía esa luz, él asomó la vista, quedando sorprendido. Inmediatamente, un extraño olor los alcanzó, dejándolos inconscientes.

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Preparándome pal lunes (capítulo nueve)

[Visto: 620 veces]

(viene del capítulo anterior)

“Le dije a tu mamá que me habías llamado para estudiar”, le respondió Fabi cuando Kike quiso saber cómo logró entrar en su casa. Él sonrió un poco mientras terminaba de secarse la cara. Volvieron al cuarto y comenzaron a repasar las notas para el examen.

Luego de varias horas, en las que el cansancio y la resaca casi tumban en repetidas oportunidades a Kike, finalmente el joven pudo completar de entender lo que su amiga le explicó, en ocasiones, con mucha paciencia.

A la hora que Fabi decidió marcharse, Kike decidió abrirle la puerta. “Gracias Fabi”, dijo él mirándola algo ansioso. “De nada”, dijo ella y también se le quedó mirando. Finalmente Kike dio el paso adelante y la besó con muchas ganas. Tal vez, demasiadas.

“¿Qué fue eso?”, preguntó Fabi sonriendo. “Un agradecimiento… por todo lo que has hecho”, fue lo que Kike comentó sin dejar de mirarla fijamente. “Está bien. Nos vemos”, se despidió ella mientras su sonrisa alegre acompañaba su caminar.

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Los tiempos de Joel (capítulo veintidós)

[Visto: 569 veces]

(viene del capítulo anterior)

Aquella misma noche, Manuel salía del trabajo. Caminaba tranquilo por la vereda cuando se encontró con un viejo amigo.”Salvio”, mencionó su nombre mientras se fundían en un campechano abrazo. “Tiempo sin verte, viejo amigo”, respondió afable el otro.

Se fueron a un café a charlar un rato sobre sus vidas. “Pues mi esposa ha estado un poco delicada de salud, pero ya de a pocos se está recuperando”, contestó Manuel cuando Salvio le preguntó por Sofía. “¿Y que sabes de Joel Castro?”, cambió de tema.

– Un buen día desapareció… hace como 25 años.
– ¿Qué? ¿Pero cómo?
– No lo sé. Su madre nunca se lo pudo explicar.
– ¿Conociste a su madre? ¿Sabes si tiene noticias de su nieto?
– ¿Nieto? ¿Cuál nieto?
– Del hijo de Joel. ¿Nunca te habló de él?
– No. Y eso que veía bastante a la señora.

“Nunca recibió una comunicación de su hijo”, agregó Salvio a su convincente respuesta, “nunca supo que tenía un nieto”. Manuel se despidió de su amigo y volvió a caminar hacia el estacionamiento. Desconcertado, se quedó sentado varios minutos sin encender el motor, intentando entender en vano el misterio de Joel.

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La guerra de los oráculos (capítulo dos)

[Visto: 619 veces]

(viene del capítulo anterior)

En un tiempo muy lejano, vivía un joven llamado Manuel. Su vida no era tan sencilla como la tuya, no. Había perdido a su familia y, junto con otros jóvenes como él, buscaba salir del infierno en que se encontraba.

El sol quemaba la piel con mucha fuerza, los campos eran áridos y las disputas entre los hombres eran frecuentes. Manuel decidió alejarse de eso y con esos jóvenes vagó por varias zonas del continente, siempre huyendo. Y es que nadie entendía su rebeldía, por lo que los perseguían y los mataban.

“¿Los mataban?”, preguntó el niño, “¿como a los animales del desierto?”. “Sí, se puede decir”, respondió el abuelo con tristeza, y prosiguió su relato: Cansado de esa situación, Manuel entendió que debían defenderse, que otra guerra debía comenzar.

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