Archivo por meses: noviembre 2011

La guerra de los oráculos (capítulo trece)

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(viene del capítulo anterior)

Nerjad reunió a sus fieles guardias, encargándoles que fueran esa noche hacia Tebes y emboscaran a Yilal y al viajero. Los guardias reverenciaron al consejero y rápidamente montaron sus corceles en dirección a la capital del reino.

Unas noches después, en el palacio de Menteuté, Manuel repasa en su recámara el libro de Ciro y va dando forma a la estrategia de defensa. Sabe que no tiene mucho tiempo para abreviar tanto conocimiento y ponerlo en práctica; sin embargo, hace el esfuerzo tratando de dormir menos horas.

En ese momento, Yilal entró en la habitación. “No es bueno que te desveles”, le aconsejó el sacerdote, explicándole que él sería útil a la causa del rey siempre que estuviera física y mentalmente bien. Manuel entendió y cerró el libro.

Empezaron a sentir pasos fuera de la habitación. Yilal llamó a los guardias del palacio, que no contestaron. El viajero se colocó el arma en su brazo, al tiempo que los asesinos ingresaban en el aposento. Manuel lanzó ráfagas de energía lo más rápido que podía.

No sólo logró contener el ataque, sino que mató a toda la guardia enviada por Nerjad. “Yilal, estamos a salvo”, dijo el viajero esperando una respuesta. El sacerdote no contestó. Extrañado, Manuel volteó la cabeza: el hombre agonizaba, atravesado por una lanza.

El viajero se acercó a él y levantó su cabeza del piso. Yilal lo miró con una triste sonrisa. “Tú eres el futuro, confío en ti”, repitió el sacerdote en tono cada vez más bajo, hasta que exhaló su aliento final.

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El amigo imaginario (capítulo cuatro)

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(viene del capítulo anterior)

Pronto, la vida social de Roberto comenzó a desenvolverse. Sus amigos iban a visitarlo, a conversar largo rato con él y a pedirle que salga de juerga con ellos. Roberto asentía bien a lo primero y lo segundo, pero aún rechazaba las salidas por temor a dejar a Mateo solo.

Una noche, sin embargo, su madre se ofreció a cuidar al niño, así que Roberto aprovechó y salió de casa. Cuando llegó la hora de dormir, Clara subió al cuarto y escuchó las voces. Tocó la puerta y, dentro, rápidamente el niño corrió y se subió a su cama.

Clara vio que Mateo estaba sentado sobre él, pero no demoró mucho tiempo en convencerlo porque estaba cansado. Así que cuando cerró los ojos, abrió el cubrecama, colocó a Mateo entre la sábana y el colchón y lo terminó de abrigar.

Lo besó en la frente y caminó hacia la salida, cuando percibió un extraño ruido que venía del closet. A medida que se acercaba, el ruido empezó a crecer, y los tímpanos le dolían horrores. Se tapó los oídos con sus manos y salió de la habitación escaleras abajo.

Por la rapidez de la huida, Clara pisó mal, tropezó y cayó de bruces faltando un par de escalones. “¡Mamá!”, exclamó sorprendido Roberto, quien venía llegando. “Ay hijito, ¡hay un ruido espeluznante!”, gritó la señora fuera de sí.

“No escucho nada, mamá”, fue lo único que él atinó a decir, luego de cargarla en sus brazos. La recostó en el sofá de la sala y le pidió que descansara. Fue entonces que su madre se percató de la guapa joven que esperaba en la puerta. “Ella es Mónica, una nueva amiga”, dijo Roberto al presentarla.

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La guerra de los oráculos (capítulo doce)

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(viene del capítulo anterior)

Al otro lado del reino, Yendrá espera perplejo. Informado por su legión de espías, Yendrá, proclamado Señor de Saut y Oráculo Sagrado, recibe el ultimátum de Menteuté así como la noticia de la aparición de Yilal y “el viajero”. A su sombra Nerjad, su consejero y el poder detrás de su trono, se reúne con él en uno de los salones de su templo.

“¿Será posible que pueda cambiar la historia?”, se interroga el señor de Saut, mirando fastidiado el horizonte. Sabe bien que sus predicciones son farsas, farsas que supo “explicar” para convencer a la gente de Saut. “No te preocupes, mi señor”, lo tranquiliza su consejero, “es tan sólo un inútil forastero”.

“Un mes, tan sólo un mes”, se repite Yendrá mientras se arranca varios de sus cabellos. “Tengo un plan para acabar con tus temores”, afirmó Nerjad y se agachó para reverenciarlo. Pero el señor de Saut lo sostuvo, lo miró a los ojos y le ordenó: “Ejecútalo ya”.

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Los días de un hombre invisible (capítulo cinco)

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(viene del capítulo anterior)

El hombre pelirrojo ingresa en el laboratorio. Lleva consigo el puñal con el que ha herido a Ezio. Se coloca una bata blanca, toma una muestra de sangre y la empieza a examinar con las soluciones químicas. Obtiene un perfil del ADN y empieza a compararlo con las muestras de la base de datos en la computadora.

De pronto, la puerta se abre. “¿Capitán Gómez? No esperaba verlo ya por aquí”, señaló el sub oficial que recién entraba a la sala. “En Criminalística, casi nunca se descansa”, dijo el pelirrojo y le pidió que le ayudara con el almacenamiento del objeto.

El novato se acercó con lentitud, mientras podía observar las magulladuras que su superior tenía en su cara y en sus brazos. Gómez lo miró de reojo, y se dio cuenta de lo que pensaba, pero prefirió no decir nada.

“¿Es del violador?”, preguntó el sub oficial. “Sí, tuve una pelea con él y logré arrebatárselo”, afirmó sereno el capitán, “y creo que tenemos un ganador”. El sub oficial miró la pantalla de la computadora: “Ezio Martínez, robo menor”.

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La guerra de los oráculos (capítulo once)

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(viene del capítulo anterior)

Al día siguiente, Yilal y Manuel salieron del templo acompañados y guarecidos por la guardia del sacerdote y se dirigieron a la cercana Tebes, donde Menteuté los esperaba. Nada más entrar en la ciudad, un amplio camino cercado por altas columnas los guiaba hacia la plaza principal del palacio del dios-rey.

El camino dio paso a la gran explanada y, al final de esta, las escalinatas del alto y suntuoso palacio. Maravillado por lo que veía, Manuel avanzó junto a Yilal por los amplios salones donde descansaban algunos de los poderosos súbditos del reino.

Finalmente, se les permitió la entrada al aposento real de Menteuté, quien los esperaba sentado en su trono, recibiendo la brisa por parte de un esclavo que agitaba un abanico en forma de hoja de palmera y las caricias de una de sus hermosas concubinas.

“Bienvenidos a esta, su casa. Soy Menteuté, Rey y Dios del País de los Desiertos”, dijo el gobernante con inusitada sencillez. Yilal hizo una reverencia, la misma que Manuel imitó para no quedarse atrás.

Yilal le fue traduciendo todo lo que el rey le fue diciendo: que dudó mucho de su sacerdote, incluso desterrándolo a aquel templo fuera de su corte pero, convencido tras ver al artefacto que cruzó el cielo, lo llamó de nuevo para tenerlo cerca.

Fue entonces que Menteuté se puso severo: “Y esto pasa por derrotar a Saut, la rebelde”. Manuel, entonces, le presentó el libro y el arma. “Prometo que en un año, la tranquilidad volverá a su reino”, dijo Yilal traduciendo su respuesta.

Menteuté rió con fuerza y con ironía. “Tienes un mes”, le dijo el dios-rey volviendo a su voz severa. Manuel quiso reclamar, pero Yilal se lo impidió, hicieron reverencia y salieron del aposento. “¡Sabes que es imposible en un mes!”, le increpó el viajero mientras se dirigían a la salida.

Yilal lo paró en seco y tomó en ambas manos el libro y el arma. “El futuro ya está aquí”, afirmó el sacerdote señalando ambos objetos. Luego tomó ambos con la izquierda, y extendió su brazo derecho a la cabeza del viajero, “y el futuro eres tú”.

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Los días de un hombre invisible (capítulo cuatro)

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(viene del capítulo anterior)

Al día siguiente, al no tener nada qué estudiar, se puso a buscar al violador. Apareciendo y desapareciendo entre las esquinas, llegó a los lugares de los tres crímenes: calles solitarias cerca de avenidas concurridas.

“Las atrapa cuando ellas, desprevenidas, buscan un atajo”, se dice Ezio al indagar el modus operandi. Los ataques, si bien feroces, fueron breves, “malévolo gusto por el máximo daño”, pensó el invisible tras repasar en su mente los escenarios y las crónicas de los periódicos.

Camina despacio, de regreso a casa, por una gran avenida. Llegando a la esquina, vio a una mujer pasar hacia el otro lado y entrar en un callejón semi iluminado. Detrás de ella, empezó a correr un desconocido, vestido de ropa oscura y unos guantes.

Aunque en estado invisible, Ezio decidió actuar con sigilo y entró en el callejón caminando. Ella estaba peleando contra el violador, que la sujetaba con fuerza del cuello y la amenazaba con un puñal. Ezio tomó la iniciativa y se abalanzó sobre el atacante.

Un cabezazo fue suficiente para que el desconocido soltara a su víctima, mientras trataba de reconocer en su aturdimiento de dónde vino el golpe. La mujer escapó corriendo, mientras Ezio empezó a patear al violador, quien finalmente logró levantar su brazo y herirlo con su puñal en una de las piernas.

Ezio dejó de ser invisible, se cubrió la cara y salió del callejón. El violador decidió no perseguirlo, ya que tenía lo que quería: una muestra de sangre en su arma blanca. Levantándose con dificultad, empezó a caminar mientras silba una canción.

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El amigo imaginario (capítulo tres)

[Visto: 547 veces]

(viene del capítulo anterior)

Pasaron algunos días. A Roberto nunca le inquietó el comportamiento de su hijo porque, siendo muy unido a él, siempre le había hecho caso. Sin embargo, desde el episodio del jardín, empezó a notar demoras y conversas.

Al principio no pareció preocuparle mucho. Tras un aviso o dos, Mateo salía de su cuarto y se sentaba en la mesa para almorzar o comer. Pero comenzaron a hacerse más largas, y eso le genera un fastidio creciente.

Al fin esa tarde, luego de llamarlo cinco veces y no verlo llegar, se dirigió a su cuarto y entró dando un portazo. “¿Por qué no vienes, Mateo?”, gritó indignado ante el pequeño, quien nunca había visto tan ofuscado a su papá.

Mateo empezó a llorar, y Roberto reparó en su actitud. Se acercó a él y quiso abrazarlo. En un primer momento, Mateo lo rechazó, pero al final dejó que su papá lo estrechara en sus brazos. “¿Por qué no vienes hijo?”, le preguntó otra vez Roberto, ya más calmado.

“Eli me dijo que me quedara”, respondió Mateo secando sus lágrimas. “¿Eli? ¿Quién es Eli?”, preguntó su padre intrigado. El pequeño respondió que era su amigo y que vivía en el closet. Roberto miró hacia allí, con la sensación de estar siendo observado. Despacio, se acercó a la puerta, cogió la manija y tiró rápidamente de ella hacia afuera.

Cuando iba a asestar el puñetazo, se sorprendió de no ver nada. Sólo la ropa y los zapatos de su hijo. Roberto decidió ignorar la escena y cerró la puerta. Tomó a su hijo de la mano y lo llevó para la mesa. Antes de salir del cuarto, Mateo volteó sigilosamente la cabeza en dirección al closet.

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Los días de un hombre invisible (capítulo tres)

[Visto: 573 veces]

(viene del capítulo anterior)

Ezio llegó al rato a su depa. Se encerró dentro de su cuarto, sacó un cigarrillo de la casaca, lo encendió y se inclinó sobre la pared. Poco a poco se derrumbó hasta que su espalda tocó el piso. “¿Por qué? ¿Por qué no puede ignorarme?”, gritó con fuerza y lloró amargamente durante un largo rato.

Aunque le agrada su compañía, sabe que no está bien que ella se le acerque. Sólo viviendo marginado puede evitar que sus poderes sean centro de atención, que sea atacado… o que ella sea atacada.

Finalmente saca fuerzas de flaqueza y se para. Coge el periódico que ha dejado olvidado sobre su cama en la mañana. “Desconocido viola a tres mujeres”, fija su mirada en ese título. “Es hora de acabar con esa lacra”, piensa para sí mientras el humo del cigarrillo se extingue por fin.

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La guerra de los oráculos (capítulo diez)

[Visto: 523 veces]

(viene del capítulo anterior)

Manuel agachó la cabeza hasta el piso. Cubriéndola con sus manos empezó a llorar amargamente su destino. Yilal ordenó a los guardias salir de la sala, luego de lo cual se acercó hasta el joven. “¿Qué te ocurre?”, le preguntó en tono comprensivo.

El viajero le explicó los sucesos que llevaron a su llegada al pasado, esperando haber vuelto al 2001 DC. Yilal se quedó pensativo un momento. “¿Tú me crees?”, le preguntó Manuel rompiendo el incómodo silencio. “Sí, te creo”, respondió Yilal con firmeza.

Y le dijo por qué: muchos escépticos en la corte de Menteuté, en especial los enviados de Saut, habían dudado de su profecía. Sin embargo, desde que la máquina fue divisada, algunos emisarios habían ido a reunirse con él. “Ven a descansar, mañana será un largo día. Mañana, te toca descubrir si este es tu destino”, le dijo y lo llevó a las habitaciones del palacio.

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Los días de un hombre invisible (capítulo dos)

[Visto: 620 veces]

(viene del capítulo anterior)

Aún así, lo he visto todo. Un extraño movimiento circular de su mano sobre su cara y parte del cuerpo hizo Ezio antes de salir de esa incómoda situación. Angie se le acercó para confrontarlo. “Eso fue raro”, le dijo a su amigo.

“¿De qué hablas?”, preguntó él haciéndose el desentendido. Ella le comentó que vio cómo se había alejado de Jorge, que ni adiós le dijo. “Nada, no hay broncas. Él estaba ocupado”, trató de excusarse Ezio viendo que no tenía cómo zafar.

Angie también estaba cansado del asunto porque no era la primera vez que lo observaba. Le dijo que lo olvidara y se fueron a estudiar un rato. Cuando terminaron, ambos salieron juntos hasta el paradero. “¿Todo claro?”, preguntó Ezio sobre los ejercicios de álgebra.

Angie asintió. “Tons nos vemos, ¡chaufa!”, se despidió él más tranquilo. Ella hizo igual y volteó su vista. E inmediatamente recordó algo. “Y no vuelvas a… desvanecerte”, volteó otra vez donde su amigo, que ya no estaba.

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