La guerra de los oráculos (capítulo once)

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(viene del capítulo anterior)

Al día siguiente, Yilal y Manuel salieron del templo acompañados y guarecidos por la guardia del sacerdote y se dirigieron a la cercana Tebes, donde Menteuté los esperaba. Nada más entrar en la ciudad, un amplio camino cercado por altas columnas los guiaba hacia la plaza principal del palacio del dios-rey.

El camino dio paso a la gran explanada y, al final de esta, las escalinatas del alto y suntuoso palacio. Maravillado por lo que veía, Manuel avanzó junto a Yilal por los amplios salones donde descansaban algunos de los poderosos súbditos del reino.

Finalmente, se les permitió la entrada al aposento real de Menteuté, quien los esperaba sentado en su trono, recibiendo la brisa por parte de un esclavo que agitaba un abanico en forma de hoja de palmera y las caricias de una de sus hermosas concubinas.

“Bienvenidos a esta, su casa. Soy Menteuté, Rey y Dios del País de los Desiertos”, dijo el gobernante con inusitada sencillez. Yilal hizo una reverencia, la misma que Manuel imitó para no quedarse atrás.

Yilal le fue traduciendo todo lo que el rey le fue diciendo: que dudó mucho de su sacerdote, incluso desterrándolo a aquel templo fuera de su corte pero, convencido tras ver al artefacto que cruzó el cielo, lo llamó de nuevo para tenerlo cerca.

Fue entonces que Menteuté se puso severo: “Y esto pasa por derrotar a Saut, la rebelde”. Manuel, entonces, le presentó el libro y el arma. “Prometo que en un año, la tranquilidad volverá a su reino”, dijo Yilal traduciendo su respuesta.

Menteuté rió con fuerza y con ironía. “Tienes un mes”, le dijo el dios-rey volviendo a su voz severa. Manuel quiso reclamar, pero Yilal se lo impidió, hicieron reverencia y salieron del aposento. “¡Sabes que es imposible en un mes!”, le increpó el viajero mientras se dirigían a la salida.

Yilal lo paró en seco y tomó en ambas manos el libro y el arma. “El futuro ya está aquí”, afirmó el sacerdote señalando ambos objetos. Luego tomó ambos con la izquierda, y extendió su brazo derecho a la cabeza del viajero, “y el futuro eres tú”.

(continúa)

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