Los días de un hombre invisible (capítulo cuatro)

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(viene del capítulo anterior)

Al día siguiente, al no tener nada qué estudiar, se puso a buscar al violador. Apareciendo y desapareciendo entre las esquinas, llegó a los lugares de los tres crímenes: calles solitarias cerca de avenidas concurridas.

“Las atrapa cuando ellas, desprevenidas, buscan un atajo”, se dice Ezio al indagar el modus operandi. Los ataques, si bien feroces, fueron breves, “malévolo gusto por el máximo daño”, pensó el invisible tras repasar en su mente los escenarios y las crónicas de los periódicos.

Camina despacio, de regreso a casa, por una gran avenida. Llegando a la esquina, vio a una mujer pasar hacia el otro lado y entrar en un callejón semi iluminado. Detrás de ella, empezó a correr un desconocido, vestido de ropa oscura y unos guantes.

Aunque en estado invisible, Ezio decidió actuar con sigilo y entró en el callejón caminando. Ella estaba peleando contra el violador, que la sujetaba con fuerza del cuello y la amenazaba con un puñal. Ezio tomó la iniciativa y se abalanzó sobre el atacante.

Un cabezazo fue suficiente para que el desconocido soltara a su víctima, mientras trataba de reconocer en su aturdimiento de dónde vino el golpe. La mujer escapó corriendo, mientras Ezio empezó a patear al violador, quien finalmente logró levantar su brazo y herirlo con su puñal en una de las piernas.

Ezio dejó de ser invisible, se cubrió la cara y salió del callejón. El violador decidió no perseguirlo, ya que tenía lo que quería: una muestra de sangre en su arma blanca. Levantándose con dificultad, empezó a caminar mientras silba una canción.

(continúa)

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