La guerra de los oráculos (capítulo siete)

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(viene del capítulo anterior)

“Quiero que viajes en la máquina”, le dijo Ciro a Manuel. Él se quedó estupefacto. “Es tu logro”, trató de convencerlo al sabio, “tú más que nadie debe conducirla”. “Hoy sólo me queda luchar con ellos”, señaló Ciro señalando a sus compañeros.

Manuel aceptó y rápidamente fue encerrado dentro de la esfera, junto con un libro y el brazo metálico. “Irás al inicio del año del Gran Ataque, y lo prevendrás encontrándome”, afirmó el sabio con una leve sonrisa de esperanza, “nos vemos pronto”. Ciro puso en funcionamiento la máquina, que empezó a emitir un sonido inusual.

La máquina empezó a agitarse mientras los enemigos tomaban por asalto la cueva. Luego de reducir a Ciro, intentaron abrir la esfera golpeándola, pero fue en vano: ya nada detuvo su viaje y la máquina se vio envuelta en un peligroso y rápido transcurrir.

Manuel intentó ver a través del vidrio, pero sólo notaba colores inimaginables, ninguna forma conocida. Después de algunos minutos, pareció caer en picada en un espacio aéreo. La esfera se calentó un poco antes de impactar sobre una superficie sólida.

Él quedó un tanto aturdido con la colisión pero no parecía tener lesiones gracias al suave interior de la esfera. Tras unos minutos recuperándose, empujó desde adentro la puerta para poder salir. “Arena”, se dijo al caminar algunos pasos fuera. Entonces, pudo ver la inmensidad del desierto extendido sobre los cuatro puntos cardinales.

(continúa)

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