La guerra de los oráculos (capítulo ocho)

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(viene del capítulo anterior)

Manuel se quedó sentado dentro de la máquina unos minutos tratando de entender el desperfecto que lo llevó hacia otro rumbo. Tras meditar, se encaminó en dirección al oeste llevando consigo el arma y el libro. Caminó por varias horas bajo el inclemente sol hasta que, agotado, se derrumbó sobre la arena.

No recordó cuanto tiempo pasó desde que había cerrado sus ojos pero, cuando los volvió a abrir, ellos dieron directamente hacia el sol. Le dio la impresión de estar echado sobre una especie de litera larga. Se apoyó un momento sobre sus hombros pero, sintiendo el cansancio, decidió volver a acostarse.

Para cuando abrió los ojos por segunda vez, mucho rato después, observó una calle larga, donde gente de tez oscura se mostraba sorprendida al paso del cortejo. Se apoyó un tanto, y pudo ver que la litera estaba apoyada sobre un camello.

Además, estaba resguardado por unos guardianes montados a caballo, ricamente ataviados sobre los pectorales descubiertos y portando lanzas. Finalizada la calle, los guardianes entraron hacia una gran explanada. Se acercaron al centro de la misma, donde quedaba un impresionante palacio de piedras talladas.

Los guardianes desataron la litera y la llevaron dentro con él encima. Lo dejaron en el piso del salón alumbrado por algunas teas. “Bienvenido”, oyó detrás suyo en su idioma y procedió a incorporarse. Un hombre vestido con una túnica de lino le sonreía de pie.

(continúa)

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