Y es que hay un ángel

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Jorge entra en el depa y cierra la puerta. Su cara demacrada, mirando al vacío, muestra la honda desesperanza que tuvo que pasar ese día. Su ánimo se derrumbó, y se acuclilló contra la puerta, tapando la cara entre sus manos para que nadie ni nada, ni siquiera el silencio, lo viera llorar.

Tardó varios minutos en poder recuperar la normalidad, aunque no completa. “Despedido”, se dijo a sí mismo, intentando encontrar una explicación a una decisión que no era suya. Pensando que, a su edad, competir con gente joven por un empleo sería una misión complicada.

Sin familia a la cual cuidar, sin grandes amigos a los cuales visitar, así es su vida, sencilla, rutinaria. De la casa al trabajo. Del trabajo a la casa. “¿Y ahora, qué me queda?”, se pregunta desolado, incorporándose lentamente. Busca en su portafolio un papel y empieza a redactar unas cuantas líneas.

(continúa)

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