El hombre en la capucha (capítulo ocho)

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(viene del capítulo anterior)

Jano llegó a su casa, se sacó la capucha y se echó sobre la cama de su habitación. Miró hacia el techo, intentando calmar el sentimiento perturbador que lo carcomía por dentro con pérfida insistencia.

Siempre sin misericordia, aplicando la justicia sin mirar a quién… Ahora decides perdonar una vida, arriesgando el ser descubierto por la ciudad entera… poniendo precio a tu cabeza entre los criminales… Todo por un amigo, que ni sabe quién en realidad eres… un amigo que, a partir de lo ocurrido, no querrá defender al hombre en la capucha…

“Basta”, gritó Jano al despertarse. Se levantó y fue al baño para lavarse la cara. Habían pasado cerca de dos horas que comenzaron aquellos tortuosos pensamientos, lo cual le dejó aún más cansado. Se disponía a dormir cuando sonó el timbre.

No iba a atender pero la segunda timbrada lo convenció de abrir la puerta. “¿Qué te…?”, su pregunta quedó inconclusa ante el sorpresivo abrazo de la recién llegada. Era Mirella quien, con algunos moretones y cortes visibles, empezaba a llorar sobre su pecho…

(continúa)

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