El monstruo de Huarumarca (capítulo cuatro)

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(viene del capítulo anterior)

Cayó la noche en Huarumarca. La gente del pueblo, aunque remecida por el fatal desenlace, salió silenciosa de sus casas hasta el hogar de Higinio, donde velaba a Rodrigo. Siguiendo aquella rara costumbre de sus padres, Tomás se apareció por allí cerca de la medianoche.

Al entrar en la casa hecha de adobe, vio a los hombres sentados en silencio y las mujeres paradas rezando el rosario y otras letanías. Higinio no dejaba de consolar a su mujer, la que siguió llorando sobre el hombro de su esposo. Tomás avanzó hasta ambos y los abrazó con mucha sobriedad.

“Señora, compadre, les doy mi pésame”, dijo Tomás algo entrecortado. Higinio agradeció el gesto y lo acompañó hasta donde velaban al pequeño. El ataúd se veía iluminado por algunos cirios y velas prendidos. “Mañana es el entierro y sé que cuento contigo”, dijo resignado el padre.

Tomás asintió y le dio un apretón de manos. Se quedó unos minutos más observando a Rodrigo, mientras reflexionó en su mente si ese destino le hubiera pasado a uno de sus hijos. Se despidió de Tomás y su esposa y se dirigió a la salida. Uno de los recién llegados al velorio lo miró fijamente.

Al salir, este hombre lo siguió y lo agarró por el brazo. “¿Qué haces Alberto? ¿No que estás enfermo?”, le respondió Tomás algo molesto. “Lo sé, pero tenía que advertirle a Higinio: este no es un lobo común”, afirmó Alberto con un halo de misterio.

(continúa)

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