La guerra de los oráculos (capítulo catorce)

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(viene del capítulo anterior)

El cuerpo de Yilal fue colocado sobre un altar en el salón principal, a la espera de ser embalsamado. Manuel, desolado, se acercó hasta él. No comprendía cómo haría para comunicar sus ideas, ahora que su mentor había fallecido.

“Qué será de mí”, lamentó el joven su suerte mientras tomaba la mano inánime de Yilal entre las suyas. De pronto, sintió un calor y una fuerza provenientes de la mano. Manuel, que se había agachado para llorar, levantó la mirada.

Vio cómo el cadáver emitía una brillante luz, la cual lo encegueció un momento. Luego que sitio volvió a su estado normal, soltó la mano del difunto haciendo una exclamación. Y se dio cuenta que no la había dicho en su idioma sino en el idioma “desértico”.

Entonces escuchó una voz clara: “Confío en ti”. Reconoció la voz. Era Yilal, quien era lo acompañaría en espíritu a lograr su misión. Animado por el último regalo del sacerdote, Manuel lo reverenció y salió a reunirse con Menteuté. “Treinta días es suficiente”, le dijo convencido al rey-dios.

(continúa)

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