Archivo por meses: agosto 2010

Entrevista en la casa gris

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Había colgado el teléfono aquel miércoles por la tarde y no podía estar más contento. Había concertado una entrevista al día siguiente con el misterioso escritor Daniel Valera, conocido solo por sus relatos que lindan con lo extraordinario. Y es que Valera era tan furtivo que nadie encontraba su domicilio. Hasta hoy, en que tras una larga y disuasiva conversación, aceptó conversar.

“Venga solo”, dijo la voz en el teléfono, “y no le diga el secreto a nadie más”. Decidí cumplir al pie de la letra su palabra, porque me enteré por colegas que cometieron esa infidencia y pagaron con una página en blanco el no hallar el lugar, o no hallarlo a él. Aquella noche no pude dormir muy bien de lo entusiasmado que estaba por obtener la primicia.

Aquella mañana, cerca de las diez, me encaminé con paso firme hacia mi destino. Llegué a la calle D… y empecé a buscar el número que me había dado. Mi alegría se tornó en decepción cuando miré la casa: la pintura cubierta de polvo, los vidrios rotos, la maleza abundante. Tenía toda la impresión de estar abandonada desde hacía mucho tiempo…

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El hombre en la capucha (capítulo dieciséis)

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(viene del capítulo anterior)

“Jano, hay que ir a buscarlo”, le indicó Neto. “Sé que quieres vengarte ya”, le dijo su amigo, “pero primero vamos a mi casa a buscar más armas”. “Estás bien”, asintió Neto. Luego de llegar a la casa, Jano notó que su amigo estaba sangrando en una pierna. “Estás herido”, le señaló el joven, “déjame curarte”.

“No es nada”, le dijo neto, pero cuando le presionó en la zona afectada, el dolor era tal que lo hizo gritar. Así que aceptó que lo curara y vendara. Mientras lo hacía, Jano le preguntó a su amigo si estaría dispuesto a morir por su tío. “Absolutamente”, dijo Neto mirando convencido al otro. “Bien, entonces déjame mostrarte mi escondite”, le señaló Jano mientras volteaba su amigo.

Neto caminó y entró en el cuarto. De pronto, una gasa con un líquido adormecedor apareció sobre su nariz y lo dejó sin conciencia. “Lo siento amigo”, se disculpó Jano, “me importa mucho que sigas viviendo”. Lo colocó a Neto sobre su amigo y se puso la capucha sobre los hombros. Luego retiró unos metros el armario, dando paso a una escalera rumbo a su arsenal de municiones y armas…

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Crimen en la calle Indiferencia (capítulo final)

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(viene del capítulo anterior)

Pero se detiene al llegar a la esquina. Piensa que descubrirían pronto el cadáver. Vuelve al auto y saca la llave del contacto. Ahora puede abrir la maletera, y coloca no sin algo de esfuerzo el cuerpo de Jorge dentro. “Práctico y sencillo”, se dijo el desconocido mientras se colocaba nuevamente el casco y huye en la moto.

Jorge, a punto de fallecer, recuerda la pregunta que le hizo a su primo al despedirse: “¿este favor saldará mi deuda contigo?”. “Por supuesto”, oyó en aquella imagen cada vez más borrosa del oficial abriéndole la puerta de su despacho. Su cuerpo no fue descubierto sino hasta una hora después que llegó la policía, cuando los peritos notaron sangre salir de la maletera. Fue entonces que llegó el encargado de la investigación, el capitán Rodríguez.

Uno de los oficiales se le acercó, detallándole el hallazgo de los tres cuerpos. “Murieron casi a la misma hora”, señaló el oficial, “posiblemente se trate de un asunto de celos”. “Muy probable”, dijo Rodríguez. Se animó a preguntar si había algún testigo del hecho. “No, nadie vio ni oyó nada. Extraño”, comentó el perito al retirarse. El capitán miró el cadáver de Jorge. Y a su oído susurró: “Lo siento, no era suficiente”. Alejándose del taxi, una malévola sonrisa esbozó.
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El hombre en la capucha (capítulo quince)

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(viene del capítulo anterior)

“Te protegeré”, dice convencido Neto, sacando el revólver del bolsillo y apuntándole a Jano en la cabeza, mientras aprovecha para colocarse detrás de su amigo. “No me obliguen a matarlo”, amenaza Neto haciéndole creer a Domínguez y los demás que él es el encapuchado. Retrocede hacia el bosque pero los policías se mantienen a distancia prudente.

Ya algo adentrados en la espesura, y tomando ventaja de la noche sin luna, Jano saca un par de granadas que llevaba en el cinto y las lanzó contra los oficiales. “Corre”, le gritó a Neto antes que los artefactos estallaran en una lluvia de fuego fulminante. Los heridos disparaban desde el suelo balas que sólo herían al viento. Los muertos, como Domínguez mismo, estropean con su sangre el verdor el bosque.

Jano y Neto corrieron hasta que llegaron a un claro en el bosque. “Te debo la vida”, habló Jano extendiéndole la mano, pero Neto la rechazó: “sólo te lo aceptaré una vez que acabes con Yancarlo”. Salieron caminando hacia la ciudad, y Neto llamó al narco. “Y bien”, respondieron al otro lado, “¿murió el criminal?”. “No, pero ya sé la verdad”, enfureció Neto, “voy por ti, Yancarlo”, dijo apagando el celular…

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El faro del abismo

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Artemio llegó a aquella edificación, desolada por el viento. Había pasado los últimos cinco años de su vida buscando con insistencia a su anciano padre, un viejo marino que se perdió en un naufragio y que, llevado por las noticias que encontró por los polvorosos caminos, podría estar vivo en aquella edificación de arcilla cercana a la costa continental.

Apenas entra en el lugar, un hombre lo recibe. Parece ser el encargado de la casa. “Bienvenido”, lo saluda el hombre, que viste una gasa protectora de la arena sobre su cabeza, “¿a quién busca?”. “A Anselmo, es mi padre”, respondió el recién llegado. El encargado lo guía hacia el segundo piso. “Me temo que no vivirá mucho”, le advierte. Artemio se acerca al viejo marino.

Su blanca barba no puede ocultar las muecas de dolor que la enfermedad le produce. “Padre, soy yo, Artemio”, se presenta el joven cogiendo la mano del enfermo. Anselmo apenas si puede abrir los ojos: “Hijo mío, estás aquí”. Trata de incorporarse pero se encuentra muy débil. “¿Cómo fue que te sucedió esto?”, le pregunta su hijo. Entonces, haciendo un gran esfuerzo, el anciano empezó a narrarle su último viaje…

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El hombre en la capucha (capítulo catorce)

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(viene del capítulo anterior)

Luego que Jano se despidió de él, Neto llamó a Yerbo: “Tengo buenas noticias”, abrió la conversación. “Bien, me encargaré de él”, dijo el narcotraficante luego de escuchar la información. “Prefiero encargarme yo solo de este asunto”, habló Neto de forma decidida. “Como gustes”, cerró Yerbo. A continuación el narco realizó otra llamada.

Neto y Jano caminan por la calle esa noche. “¿Crees que valdrá la pena matarlo?”, preguntó Jano con seriedad. “Sí, ese maldito tiene que pagar”, respondió el otro con entereza. Al fin, llegaron al sitio. Era un parque rodeado de algunas casas. Esperaron al borde del parque cerca de diez minutos.

Neto se cansó de esperar. “Como el cobarde que es, no vino”, comentó amargamente Neto, “ya vámonos”. Sin embargo Jano, que se había sentado, no se quiso mover. “¿Por qué no te levantas?”, le preguntó su amigo. “Porque él está aquí”, dijo Jano incorporándose, “yo soy el hombre a quien buscas”.

Neto se quedó sorprendido. “No fue mi intención herir a tu tío”, prosiguió Jano, “más bien yo, que soy inmisericorde con los criminales, lo dejé vivir”. “¿Tú?”, se indignó Neto, “¿cómo te atreves a hacer esto?”. “No quería que estuvieran involucrados en este negocio”, explicó el joven encapuchado, “Yancarlo es muy peligroso”.

“¿Yancarlo?”, se sorprendió más su amigo, “mi jefe es Yerbo”. Jano ahora fue el que quedó sorprendido. “¿Podría ser posible que…?”, empezó a pensar, cuando unos policías llegaron al lugar. De uno de los carros bajó el comisario Domínguez. “Y bien, ¿quién es el encapuchado?”, preguntó el oficial mientras Neto miró a Jano tratando de tomar una decisión…

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