Pista de baile

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Ya son las cuatro de la mañana, y todos tus conocidos se han ido. Es cierto, hubieras querido bailar un poco más porque se nota lo empilado que estás pero la gente no opinó lo mismo: ya estaban durmiéndose o cansados por haber bailado durante horas, y ya la música empieza a volverse repetitiva. El último par de parejas de tu mesa se ha retirado, despidiéndose presurosos para alcanzar algún taxi que pase por la zona.

Te has quedado solo, a excepción de David, quien apura su pucho Lucky Strike para matar el extraño frío del nuevo amanecer. Tú sólo tienes que ocuparte del último vaso de cerveza que te has servido de la última jarra que la última mesera en el piso te retira sin chistar. Mientras, tomas un nuevo aliento para pensar en aquella pista de baile que a cada momento se te muestra más vacía y más ajena.

Entonces, ves que la discoteca es todo un microcosmos de personas y sensaciones: hay de aquellos que toman para olvidar las penas, de los que celebran, de los que bailan cada paso y cada movimiento aunque no sepan cómo, de los que lo hacen para presumir, y de los que se quedan sentados porque están aburridos o sólo porque quieren admirar la belleza de cada coro. En fin, te das cuenta en tu bohemia que las vibras están armoniosas y dispuestas a danzar o ser vistas de modo entusiasta.

Qué va si no te pudiste vacilar hasta las seis de la mañana, pues la gente se fue temprano: ya es hora de ir a casa. De pronto, sientes que una cálida mano toca tu cuerpo, una mujer que no quiere irse sin antes disfrutar de una última pieza a tu lado, chico solitario. Tomados de la mano se dirigen a la pista de baile, sabiendo que la salida puede esperar.

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