El polo de la risa

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“De verdad que eres indescifrable”, dijo el señor Orestes al tratar de explicar cómo rayos podía ponerme una delgada chompa en pleno calor. Pero por más que pensara en la razón, Gilberto esbozó una gran sonrisa y se alejó del oficinista sin darle respuesta alguna. Y es que la chompa ya estaba prevista para el joven desde que vio la mañana aturdida de aquel ‘verotoño’.

Gilberto lo llamaba ‘verotoño’ porque, a pesar de ser los meses en que mayor calor debía registrarse, siempre encontraba al levantarse un cielo sin sol y friolento que lo obligaba a sentirse abrigado de alguna forma. Ello implicaba, además de la camisa y del polo que se ponía debajo porque odiaba el bividí, las siempre favorables pero caloríficas chompas delgadas que, por las muchas lavadas, le quedaban algo pegadas al cuerpo.

El clima de aquel día en la oficina le era propicio para mantener cerrada dicha prenda a pesar de las extrañadas miradas de los demás. Sin embargo, arribando al mediodía, el cielo se abrió y dio paso a unos relucientes rayos solares que empezaron a fastidiar a todo el mundo. Mas Gilberto parecía no haberse dado por enterado, hasta que, luego de un par de minutos, empezó a sudar a goteras.

El joven empezó mostrarse inquieto, mientas los otros no comprendían su repentina y terca actitud. Finalmente, y tras mucho pensarlo, Gilberto se dirigió al baño. Pasaron unos cinco larguísimos minutos: Gilberto salió resignado, sin la chompa, con la camisa empapada y translucida y todos empezaron a matarse de la risa.

Sin querer y por salir apurado, había olvidado cambiarse el polo de dormir, y ya la gente de la oficina veía un mensaje promocional en letras negras de un conocido desodorante: “Mantente fresco”. “Y por todo el día”, remató el señor Orestes, dando paso a una segunda oleada de sonoras carcajadas.

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