La visita blanca

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Probable que esta columna hubiera aparecido ayer, pero una desconexión fortuita por algunas horas me impidió escribirlo. Quién sabe, quizá era para poder disfrutar más de la compañía de mi madre.

Recuerdo haberles comentado algo de mi abuela Tensy hace unos meses, con motivo de su partida. Pues bien, hace un par de días me visitó. Es cierto que no la pude ver, pero eso no significa que no sea real.

El sábado, luego de una pequeña reunión con unos amigos de la universidad (festejando el término de los exámenes parciales), llegué a mi casa como a las dos de la mañana. Como comprenderán, estaba cansado y me quedé dormido encima de la cama.

Me levanté luego como a las seis, sólo para cambiarme de ropa y volver a dormir hasta las diez. Cuando me despierto por fin, mi sobrina se me acerca y me dice: “tu abuela vino a verte”. De primera impresión, yo pensé que se refería a la mamá de mi mamá, que duerme en el cuarto contiguo.

“No, monse”, me replicó la niña, “era tu abuelita Tensy”. Debido a la resaca, no le quise creer de inmediato. Pero mi sobrina contó que la había visto sentada en mi cama con un vestido blanco, tan blanco como el largo cabello que caía en sus hombros.

La vio abrigando mis pies y acariciándome el cabello con sus manos. Estuvo un rato así hasta que se percató que la niña la miraba, momento en el cual salió del cuarto, volvió a mirar por última vez y se fue en dirección a la escalera.

No hubo necesidad que me dijera más: mi corazón sabe que es cierto. Mi abuelita Tensy fue una mujer que no tuvo la fortuna de concebir. Aún así quiso mucho a mi madre y a nosotros como sus nietos verdaderos. Porque su amor es tan grande que ha vencido a la barrera de este mundo mortal.

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