El barbero y su cliente

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Cuando muchas veces nos sentimos frustrados por los males del mundo o por las desgracias propias, decimos por qué Dios lo permite. Y quizá no nos damos cuenta que los que posiblemente estamos lejos somos nosotros y no él. Una muestra de ello se puede encontrar en una historia que circula en Internet sobre este particular:

Un hombre entra a una barbería a hacerse un corte de pelo. El barbero le hace la conversación y le pregunta al hombre si cree en Dios. El cliente asiente y le devuelve la pregunta al barbero. El barbero le señala la calle y dice: “Mire a ese pordiosero fuera de mi tienda. Todos los días mendiga un pan qué comer. Yo no creo que Dios exista, porque si él existiera, no permitiría que hubiera una persona en esa situación”.

El cliente medita un poco. Al poco rato, mira pasar por la vitrina de la barbería a un muchacho con el cabello largo y el bigote abundante. Al terminar, paga al barbero por su servicio y, cuando se va retirar, voltea y dice: “Los barberos no existen”. El barbero se echa a reír y es obvio el por qué. “¿Entonces por qué hay muchachos barbados que caminan por la calle?”, inquiere el cliente. “Es porque ellos no se acercan a mí”, replicó el barbero.

A partir de su respuesta, el cliente responde: “de la misma forma, el mundo estaría mejor si tan sólo los hombres se acordaran de Dios y se acercaran a él”. Y en esta reflexión, ya con la Semana Santa que finaliza con Cristo resucitado, toca recordar que si bien las preocupaciones propias sean fuertes, que nos alejen de Dios, él pide que nos acerquemos a él, para seguir en el camino de los buenos valores y ayudar al mundo a que cada día sea un mejor lugar.

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