Los ojos negros

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Viviana camina fresca y emocionada, el vestido celeste que juguetea con el viento en medio de la calle mientras los rulos de su negra cabellera rebotan en su balanceo. Síntomas que Rodrigo, el apuesto joven que conoció en su última cita a ciegas, la había conquistado. Iba a su encuentro, trayendo de su memoria los recuerdos de aquel día.

Su amiga Grecia, la responsable de conseguirle aquel galán, le había dicho que, si bien Rodrigo tenía cara de buena gente, era muy reservado y pocas veces salía a pasear con el grupo. Pero aquella vez, con tan sólo verlo, esperándola con una rosa blanca en la mano derecha, quedó hechizada.

“Nada que ver”, pensó para sí refutando a Grecia. Unos jeans, la camisa blanca, el pelo recortado pero, sobretodo, aquellos ojos azul verdosos que la dejaban como encantada. Y de tan sólo hablar de un tema, parecía como si Rodrigo le leyera la mente y le diera las respuestas que quería escuchar, pero todo lo decía con tal naturalidad que incluso las leves sospechas se las disipó una mirada de esos ojos seductores.

Esa vez, al terminar la cita yen un arranque de osadía, Viviana le pidió conocer su hogar. Contrariamente a lo esperado, la expresión de su rostro palideció como por susto tremendo, ante lo cual ella le preguntó si todo estaba bien. “No te preocupes, es sólo que no pensé que iríamos tan rápido”, respondió tras recuperar un poco de color.

Y es que ese siempre había sido un misterio: ni siquiera a sus mejores amigos les daba su dirección, a pesar que era muy requerido a la hora de estudiar los cursos. “Te enseñaré mi hogar en nuestra próxima cita”, le prometió Rodrigo esa primera vez, con un nuevo gesto de felicidad en la cara. Y ahora ella iba camino de aquel lugar esquivo. Para cuando llegó al sitio ya había caído la noche y el ambiente volvíase algo tenebroso.

Se acercó a las casa y empezó a verificar el número que le dio Rodrigo. Raro, no lo encontraba. De pronto, sintió una mano en su brazo y volteó sobresaltada. Mas el susto se acabo de pronto al ver que era él. Viviana lo abrazó y lo colmó de besos. “Ven, es por aquí”, dijo él y la llevó a través del parque. Luego de avanzar un minuto entre los árboles frondosos, Rodrigo se detuvo pero no dijo nada.

Ella quiso hablarle pero súbitamente se sintió paralizada. En el mismo instante, apareció una luz del cielo que concentraba su rayo sobre su persona. Entonces, él se le acercó y Viviana pudo ver que sus pupilas no eran más que dos óvalos negros, tan negros como la noche misma. “Dijiste que querías conocer mi hogar. Hoy viajaremos hasta él”, señaló el viajero alienígena mientras ascendía con su amada a la nave estelar que, una vez con ellos adentro, en la oscuridad se desvaneció.

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