La muerte del vampiro (parte cuatro)

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(viene de la parte tres)

Sergio García, el joven de los lentes, permanecía callado. Su expediente académico lo señalaba como estudiante de medicina, pero lo que reveló la pesquisa en su departamento resultó peculiar: ropa de color negro, literatura oscurantista, un manual de rituales y, lo más bizarro, cabezas de murciélago conservadas en frascos. La posible conexión con De Almeida era poco probable si no compartían los mismos círculos de conocidos.

Incluso los testimonios de los vecinos eran endebles pues, a pesar de las misteriosas visitas que recibía los jueves a medianoche, ninguno pudo identificar a Enio como uno de sus frecuentes. La investigación parecía estar condenada al fracaso dado que, además de las pocas pistas encontradas, Sergio se veía como hipnotizado al dar las respuestas del interrogatorio, respuestas certeras que, ocultando todo, no daban lugar a ni una contradicción.

Tras tres días de frustrantes resultados, Gómez estaba listo para firmar la orden de excarcelación del estudiante, pero apenas entró en su oficina, vio que alguien lo esperaba. “Me llamo Contreras, soy detective retirado”, habló el hombre calvo y de cara enferma. El recién llegado dijo conocer el caso desde hace treinta años y que probablemente conocía al sospechoso. El detective le mostró la foto de García pero Contreras no lo reconoció.

Sin embargo, cuando le presentó la imagen de Enio, el hombre calvo hizo un silencio reverencial. Sacó una fotografía y Gómez no salía de su asombro. “En esa época se hacía llamar Enrique Borja”, señaló Contreras, agregando que, cuando lo atraparon, llevaba cinco asesinatos, todos con idéntico modus operandi. Mas la culpa recayó en un estudiante de medicina que apareció en una escena con los guantes de látex manchados en sangre, mientras Borja se hacía humo de la ciudad.

Sólo él quedó inconforme con la conclusión del caso y empezó a seguir los rastros del vampiro. Así que Gómez, alentado por la nueva evidencia, hizo que Contreras interrogara al joven y le sacara la confesión. Nada más entrar en la sala, el hombre calvo murmuró una letanía en lengua extraña. Llevaba un termo que contenía una infusión que no tardó en invitar al detenido. Sergio bebió el líquido ofrecido y empezó a sentir que la cabeza le iba a estallar. “¿Quién te mandó hacer esto?”, inquirió Contreras.

Como no recibía respuesta, hizo un chasquido con sus dedos. El dolor que sentía el joven era intenso pero no dijo nada. El hombre calvo iba a volver a chasquear cuando el detenido se quebró. Dijo que había sido contactado por una sociedad secreta que requería sus servicios, que se volvieron frecuentes sus pedidos y, finalmente, que El Maestro en persona lo quiso conocer. Contreras le mostró la foto de Enio y Sergio lo identificó. Entonces, el hombre calvo le preguntó que le había prometido El Maestro. “Vida eterna”, sentenció el sospechoso.

(continúa en parte final)

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