Historia de Sérvulo

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Parado frente al ventanal del aposento, el rey Rolando dirige su mirada hacia el horizonte. Mira y no mira, porque aunque pueda, sus ojos negros no ven la neblina que cubre la llanura sino que ocultan sus lánguidos pensamientos. Uno de sus servidores le avisa, “acaba de llegar un mensajero”. El rey asiente con la cabeza, callado y sombrío, su cabeza gira lentamente para ver a aquel que la noticia viene a dar. Un soldado de mediana estatura, con la cara ensangrentada, jadeante él todo por el esfuerzo, carga una bolsa de yute oscuro, de la cual caen algunas gotas del rojo líquido.

“Está hecho, mi señor. El rebelde ha sido vencido”. El rey Rolando camina unos pasos y se deja caer pesadamente sobre el asiento del trono. De modo repentino, los ojos empiezan a llorar, lleva su manos a cubrir su faz y corre hacia sus habitaciones. Tras unos momentos de desolación sobre las sábanas de su cama, mojadas de la tristeza, el rey Rolando cambia de túnica y ordena al soldado: “llévame donde está el cuerpo”. Preparados los caballos, la comitiva real parte a toda prisa por el camino de la comarca. “A Galden”, dirige el rey, portando apenas su espada, consciente que la amenaza ha terminado.

Tras dos horas de viaje, el grupo se detiene. Cuerpos degollados, alcanzados por lanzas o flechas, nutren el campo de batalla. El mensajero lo guía hasta el cuerpo del líder rebelde, que envuelto está en túnicas negras. Constató el rey Rolando la identidad de su enemigo, y señaló al mensajero, “caven en la tierra”. A los demás ordenó: “Busquen una piedra, lisa y rectangular, que guarde su memoria”. Encontraron una piedra como la descrita en una cantera cercana, la pulieron apenas, y la entregaron al rey. Éste escribió un epitafio que siempre habría de recordar.

(continúa)

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