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La ciudad sanatorio


Los tísicos y la tuberculosis en la historia de Jauja

Hospital Domingo Olavegoya
Carlos H. Hurtado Ames

Hasta mediados del siglo XX, Jauja tuvo una característica que la diferenció de las demás ciudades aledañas en la sierra central del Perú. Debido a las bondades de su clima, fue un lugar de sanación de la tuberculosis, uno de los grandes males de ese tiempo, llegando incluso a establecerse un Sanatorio en la ciudad misma desde 1921.

Efectivamente, Jauja tuvo fama de ser un lugar de sanación, lo que puede rastrearse desde la colonia. Por ejemplo, hacia 1639 el padre Bernabé Cobo señala que: “[…] su temple es tan sano y regalado, que muchos van a esta ciudad a cobrar salud y convalecer en aquel valle”. Ya en la segunda mitad del siglo XIX, Manuel Pardo, en un texto que escribió como resultado de una estadía en la ciudad a consecuencia, precisamente, de la mentada enfermedad, menciona que: “Jauja es el antídoto de la tisis, es el único temperamento de la superficie del globo que posee tan valiosa virtud”. El futuro presidente y fundador de Civilismo en el Perú, reclamaba, además, la construcción de una ciudad sanitaria, lo que recién se daría en la segunda década del siguiente siglo. Estos testimonios que, ciertamente, podrían multiplicarse entre finales del siglo XIX y principios del XX, dan cuenta de la importancia que tuvo Jauja en la curación de esta enfermedad.

Ahora, desde finales del siglo XIX se generaliza la idea en la comunidad médica limeña de la necesidad de los sanatorios para el tratamiento de los tuberculosos, lo que era parte de la idea muy aceptada de la cura de reposo en las sierras, basada en el descanso y la buena alimentación. En el caso peruano, el lugar en el que se pensó desde un inicio fue Jauja, posiblemente en atención a los antecedentes de su clima, ya señalados. Sin embargo, la construcción del Sanatorio, a pesar de la real disposición que había para tal fin, tuvo que esperar hasta la segunda década del siglo XX, y tener como motor de gestación una donación testamentaria, en este caso la del ciudadano Domingo Olavegoya. El Sanatorio comenzaría a funcionar en Jauja en 1921, cuando se inauguraron los pabellones y se trasladaron pacientes y médicos que llegaron de la capital de la República. Una vez que se estableció el Sanatorio en la ciudad, comenzaría lo que algunos autores denominan como su periodo de auge, el mismo que comprendería desde su inauguración, en 1921, hasta el descubrimiento de las vacunas que tratarían con éxito la mortal enfermedad (la estreptomicina) a mediados del siglo XX. Durante este periodo llegarían a Jauja gente de muchas latitudes, cuya cantidad está aún por determinarse, con el propósito principal de sanarse. Si bien, como ya hemos señalado anteriormente, la presencia de tísicos en la zona data desde tiempos coloniales, las evidencias nos inducen a pensar que es en la etapa del auge del Sanatorio que su número se dinamiza. De esta manera, en una nota de El Porvenir del 22 de enero de 1920, el alcalde pidió que Jauja sea beneficiada con el proyecto de saneamiento de ciudades al gobierno de ese entonces, debido a que “[…] muchos habitantes de Lima, de otras provincias y del extranjero van a la ciudad para restablecer su salud por el clima apropiado para curar la tuberculosis”.

Diego Armus, un historiador de la salud en América Latina, observa que la tuberculosis engranaba una serie de elementos, que van desde aspectos culturales hasta políticos más insospechados; es decir, sirvió para hablar de muchas cosas. Para el caso que aquí interesa, y siguiendo las ideas de este mismo autor, se puede decir que la tuberculosis como tema médico penetró la sociedad y la cultura, y fue un recurso discursivo presente en la literatura, el periodismo, el ensayo político y sociológico. Precisamente, es en la literatura donde se da uno de los reflejos más claros de la presencia de los enfermos de tisis en Jauja. De esta manera, dos autores que padecieron la enfermedad dejaron testimonio de su paso por Jauja y por el Sanatorio; uno de ellos es Carlos Parra del Riego con Sanatorio (1938), y el otro Pedro del Pino Fajardo con Sanatorio al Desnudo (1941).

La situación presentada es definitoria y concluyente para lo que aquí se trabaja, ya que por tal motivo llegarían a la ciudad personas de diversas latitudes que, en muchos sentidos, se hicieron parte de la geografía social y dejaron una huella en su desarrollo histórico y cultural. Nuestro punto de vista es que muchos de los aspectos que tienen que ver con determinados procesos históricos, sociales y culturales en Jauja, están en estrecha relación con la presencia de los tísicos. Como lo han mostrado los relatos que ha dejado varios autores jaujinos sobre ello, -siendo los más notables los de Pedro Monge-, éstos convivían con los habitantes de la ciudad en muchos aspectos.

Es inobjetable que a la ciudad llegaron muchas personas de otras latitudes con el fin de curarse de la tuberculosis. A Jauja llegaban no sólo gentes de Lima sino también de Europa. Según Edgardo Rivera Martínez, un viajero francés cuenta que hacia 1875 encontró en esta ciudad una pequeña sociedad cultivada, conformada tanto por la clase media del lugar como por los extranjeros asentados allí. A manera de ejemplo, este mismo autor, señala que los curas encargados de la parroquia de Jauja eran franceses, quienes a la vez le enseñaron su idioma a él en sus años párvulos, lo que nos habla de la particular atmósfera que se vivía en la ciudad. La fuerte presencia de extranjeros en el pasado, incluso, se puede rastrear en la actualidad, mediante la existencia de diversos apellidos de las más distintas latitudes. En el caso de los japoneses, por citar un ejemplo, entre los años de 1909 a 1942, había algo de sesenta familias, de los que actualmente quedan un promedio de seis. En el cementerio de Jauja se encuentran los restos de 370 japoneses, siendo la tumba más antigua de 1915. Esta situación da idea de que se trataba de una ciudad bastante cosmopolita. Al menos Manuel Baquerizo, un ensayista de la cultura del valle del Mantaro, encuentra que hacia la segunda década del siglo XX, Jauja era una de las ciudades más cosmopolitas del Perú, incluso más que Lima en ese momento.

Lo mostrado hasta aquí permite afirmar que Jauja tenía una personalidad cultural que se definía por la influencia de varias vertientes, patentizada en la presencia de personas de diversas latitudes llegadas a Jauja por motivos que se han destacado en el presente artículo. El hecho debe destacarse, debido a que estamos inmersos en una realidad urbana y, sobre todo, andina. Esta personalidad se reflejará en varios aspectos, en particular en la producción intelectual de sus escritores, lo que sería parte de un análisis independiente del aquí realizado.

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Aportes para la historia del Hospital Domingo Olavegoya de Jauja

Leonor Álvarez-Calderón Olavegoya

Era necesario que a más de un siglo de ocurrida su muerte en Jauja (1906), la comunidad nacional en general y jaujina en particular, exprese a esta distinguida señorita las gracias por haberle posibilitado al país –paradógicamente con su muerte- la construcción y funcionamiento de un sanatorio para enfermos de tuberculosis en Jauja, que en todo el siglo pasado sirvió para el tratamiento de miles de pacientes que sufrían esta temible enfermedad.

Como refiere nuestro nuevo y fraterno amigo, Miguel Osterling Álvarez-Calderón, a la sazón pariente de Domingo Olavegoya Yriarte y sobrino-nieto de Leonor, la historia es larga y hasta casi novelesca. Antes de describirla es necesario hacer algunas aclaraciones al post publicado, en este mismo blog, que titulé Domingo Olavegoya Yriarte. Allí, casi al final transcribo parte de un texto que se publica en el libro “Imágenes históricas de la medicina peruana” de José Neyra Ramírez, publicado por el Fondo Editorial de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, y en el que, equivocadamente, se dice que la menor que falleció en la Plaza de Jauja era la hija de Domingo Olavegoya Yriarte (fallecido en 1916):

“…Domingo de feria, domingo de faldas chillonas y gritos citadinos con aires de campo… estamos en la plaza de Jauja de los años 20.

Gruesos eucaliptos y sauces llorones dan su nota de frescura al sofocante calor del mediodía en la plaza principal de Jauja. Los vecinos notables lucen trajes domingueros y se dejan estar entre el pórtico de la Catedral y la Glorieta. Conversan, pasean, se cuentan la última.

De pronto la calma se quiebra con un grito… Una niña, pálida como el vestido blanco que lleva puesto, cae sobre la vereda. Tose, tiñe su pañuelo y tiñe la vereda gris… la gente la mira sorprendida y un hombre acude desesperado. Unos minutos después expira la niña y su padre llora desconsolado.

Ese hombre, llamado Domingo Olavegoya, acaudalado comerciante limeño había traído a su hija con la esperanza de que sanara. Ahora la tenía entre los brazos, como una paloma blanca herida a medio vuelo… sin vida.

Domingo Olavegoya bendijo esta tierra. A esta Jauja que le trajo cuando menos un rayito de esperanza para su niña y en agradecimiento construyó el sanatorio que lleva su nombre…”

Pues bien, la verdad es que esta menor era Leonor Álvarez-Calderón Olavegoya, sobrina del gran benefactor e hija de su hermana Clarisa Olavegoya Yriarte, pues es sabido que Domingo Olavegoya no tuvo hijos en su matrimonio con Maria Lacroix Aliaga. Segunda aclaración: el texto aludido ubica el relato en el año 1920 y la verdad es que Leonor Álvarez-Calderón Olavegoya, llamada también cariñosamente en su familia como Nelly, murió el año 1906.

Padres de Domingo Olavegoya

Lápida de Demetrio Olavegoya y Manuela Yriarte de Olavegoya, padres de Domingo Olavegoya Yriarte, ubicada en el Cementerio Presbítero Maestro de Lima.

Ahora bien, para aclarar la historia de Leonor Álvarez-Calderón Olavegoya, nos remontamos a sus abuelos: Demetrio Olavegoya Otero y Manuela Yriarte de Olavegoya, quienes tuvieron, entre otros hijos como Domingo Olavegoya Yriarte, a Clarisa Olavegoya Yriarte quien se casó a la edad de 16 años con Abelardo Álvarez-Calderón Flores-Chinarro. Los dos emigraron a Inglaterra dos meses después de su matrimonio (1869). En Londres, nacieron todos sus hijos, los Álvarez-Calderón Olavegoya. Entre ellos, Leonor quien nació en 1886.

Partida de nacimiento de Leonor ACO
Leonor Álvarez-Calderón Olavegoya nació en Godstone, Condado de Surrey – Inglaterra, en 1886.

En sus años de residencia en Inglaterra, un cuadro de la familia Álvarez-Calderón Olavegoya fue publicado en “The Illustrated London News” el 30 de enero de 1897. Dicha obra artística, en el que aparece Leonor, fue publicada debido a que Abelardo Álvarez-Calderón era director de una academia de arte privada en Londres que él había fundado. En la misma, se aprecia una paz espiritual y comodidad hogareña, típica de la época Victoriana a fines del siglo XIX.

Retrato de la Familia ACO en Londres
Nombre del Óleo: “An Interesting Story”
Artista: AA Calderon = Abelardo Álvarez-Calderón Flores Chinarro
Año: 1896
Lugar: Londres
Personajes: Clarisa Olavegoya Yriarte de Álvarez-Calderón leyendo “un cuento interesante”, nombre del óleo, rodeada de sus tres únicas hijas, Maria (de rodillas, mirando las ilustraciones del libro), Leonor (de pie 10 años, atentamente siguiendo el relato de su madre) y Consuelo (6 años en el piso, distraída).

Muy tempranamente, en 1902, Leonor de 16 años contrajo la tuberculosis, entonces su tío Domingo Olavegoya Yriarte, que de paso la quería muchísimo, recomendó a su hermana trasladarse a Jauja para que su sobrina querida sane. Para entonces, Domingo Olavegoya conocía las bondades del clima seco de Jauja y su importante rol en la curación de la tuberculosis, por lo que no dudó en tomar esta medida.

Lista de pasajeros del Vapor Oropesa

Lista de Pasajeros del Vapor “OROPESA” en octubre de 1902, que partió de Liverpool rumbo al Callao.

Desde Londres, el año 1902, toda la familia Álvarez-Calderón Olavegoya se trasladó a Jauja con tan solo sus maletas. A bordo del Vapor “OROPESA”, en el mes de octubre de ese mismo año, partió de Liverpool rumbo al puerto del Callao. Inmediatamente, enrumbaron a Jauja.

Familia Álvarez-Calderón Olavegoya
Clarisa Olavegoya Yriarte (hermana de Domingo) junto a todos sus hijos en Jauja – 1902 (a su arribo de Londres). Parados contra la ventana, de izquierda a derecha: los hermanos Ricardo, Francisco, Carlos y Abelardo Álvarez-Calderón Olavegoya. En el centro, Consuelo Álvarez-Calderón Olavegoya, Clarisa Olavegoya Yriarte de Álvarez-Calderón y Augusto Álvarez-Calderón Olavegoya. De rodillas (más cerca a la cámara): las hermanas Maria y Leonor Álvarez-Calderón Olavegoya (a la derecha).

Lamentablemente, Leonor no pudo recuperarse; casi a los cuatro años de su llegada, falleció y sus restos fueron depositados en el Cementerio General de Jauja. Corría el año 1906 y la familia, abrumada por la temprana desaparición de la apreciada Leonor, opta por establecerse en Lima.

Familia Álvarez-Calderón Olavegoya en Jauja
Familia Álvarez-Calderón Olavegoya en su casa de Jauja (1908). En la foto aparecen de pie, Carlos y Augusto Álvarez-Calderón Olavegoya. Sentada en el centro, Teodosia Granados Valle de Álvarez-Calderón, esposa de Carlos ACO, junto a los nietos de Clarisa Olavegoya Yriarte de Álvarez-Calderón: María Mercedes Álvarez-Calderón Granados, Demetrio Álvarez-Calderón Granados (en honor a su abuelo Demetrio Olavegoya Otero) y Clarisa Álvarez-Calderón Granados (en honor a su abuela Clarisa Olavegoya)

Para entonces, en la capital de la república las entidades médicas como el Ministerio de Salud y los más respetables médicos del medio, seguían enfrascados en el debate del tratamiento de la tuberculosis. Había una corriente muy fuerte que trataba de negar las bondades del clima, especialmente de Jauja, en la curación de este mal endémico, todavía no se conocía la antibioterapia, otra corriente confiaba en este tipo de tratamiento climatológico. Por otro lado, había otra discusión sobre un centro de tratamiento y recuperación de este mal, negándose la necesidad de establecer sanatorios y sugiriéndose el establecimiento de dispensarios. Lo que si era criterio común era de que había que aislar a los pacientes, por ello se sugerían lugares como Magdalena, Tamboraque o Jauja; para entonces, el erario nacional estaba en falencia y no habían recursos para construir este dispensario o sanatorio. Sólo la Sociedad de Beneficencia Pública de Lima disponía de un fondo de 36,000 soles lo cual era insuficiente, pues el ingeniero encargado de formular el presupuesto estimaba que el centro de atención debía costar 250,000 soles de esa época. La cruda verdad era que mientras los entendidos discutían por años y no habían recursos para construir un sanatorio o dispensario los enfermos aumentaban y morían como Leonor Álvarez-Calderón Olavegoya.

Maria Lacroix de Olavegoya

Maria Lacroix de Olavegoya, esposa de Domingo Olavegoya Yriarte, donó camas, mobiliario e instrumentos médicos cuando se inauguró el Sanatorio Olavegoya.

En el año 1916, muere Domingo Olavegoya Yriarte y su albacea, al cumpir su voluntad testamentaria, hizo entrega de 100,000 soles para la construcción del sanatorio como una contribución al tratamiento de la tuberculosis y como un homenaje a su sobrina Leonor a quién quería sobremanera, deseando que en el futuro los enfermos de TBC no sufran los momentos que la familia Olavegoya vivió con su ser querido, sugiriendo que se construya en Jauja. Cosa que así se hizo y la obra empezó a construirse el año 1918. Terminándose el año 1920, con 2 Pabellones: Santa Elisa y Santo Domingo. El nombre del Sanatorio Olavegoya se debe a la propuesta del Dr. Pérez Araníbar, quién era muy allegado a la familia.

Acta de defunción de Leonor en la Parroquia de Jauja
Trascripción del acta de defunción de Leonor Álvarez-Calderón Olavegoya que obra en la Iglesia Santa Fe de Hatun Xauxa: “Leonor Álvarez Calderón Jauja. En esta Santa Iglesia Parroquial de Santa Fe de Atun Jauja, de la Diócesis de Huánuco, veinte y siete de julio de mil novecientos seis, yo José del Carmen Maraví, Párroco de esta doctrina, mandé dar sepultura eclesiástica, con cruz alta en el cementerio general de esta ciudad al cadáver de la adulta Leonor Álvarez-Calderón, soltera de diez y ocho años de edad, hija legítima de Abelardo Álvarez-Calderón y de Clarisa Olavegoya, natural de Londres y vecinos de esta ciudad; murió de tisis, recibió el sacramento de la penitencia. Dio parte D. Aurelio Solís, vecino de esta ciudad. Y para que así conste lo firma José del C. Maraví”.

Como quiera que los recursos eran escasos, los pacientes deberían abonar ciertos montos para su tratamiento, habiéndose habilitado menores pabellones para pacientes de precarios ingresos. El terreno en el que se constuyó el edificio era de propiedad de las Hermanas de la Caridad, habiéndose finalmente confiado a esta congregación la atención de los pacientes. Como quiera que la donación de Domingo Olavegoya fue determinante para la construcción pero insuficiente con todos los gastos, su viuda María Lacroix, entregaría instrumentos, camas y equipos médicos para la adecuada atención de los enfermos, con lo que la donación de este filántropo limeño fue completa.

Inhumación de Leonor ACO
Inhumación de Leonor Álvarez-Calderón Olavegoya en el Presbítero Maestro (Lima, 1913).

Es de resaltar, finalmente, dos cosas de don Domingo Olavegoya Yriarte. Él era un próspero comerciante que poseía grandes extensiones de tierras en las zonas de Alpamina y San Pedro de Caujo, siendo uno de los accionistas mayoritarios de la Sociedad Ganadera del Centro, origen de la actual firma Laive. Era, además, empresario minero de numerosos centros de extracción mineral en Pucará, Morococha y Huancavelica. Quería mucho a su familia de la que nunca se separó. A su muerte, su viuda y su hermana Clarisa Olavegoya Yriarte de Álvarez-Calderón jamás se separaron.

Lápida Álvarez-Calderón

Placa recordatoria de la Familia Álvarez-Calderón enterrados en el Presbítero Maestro de Lima. El nombre de Leonor figura abajo.

Esta es la historia que necesitabamos resaltar para que los jaujinos sepamos a quién debemos agradecer la existencia del Hospital Domingo Olavegoya y la gravitación que en su construcción tuvo Leonor cuyos restos fueron trasladados a Lima el año 1913 al Cementerio Presbítero Maestro, y de donde fuera sustraído su féretro, el que una vez rescatado por las autoridades, dio lugar a un nuevo entierro el año pasado, con lo que se cerrarían tres sepelios: Jauja (1906) y Lima (1913 y 2008).

Mausoleo Alvarez-Calderon

Mausoleo de la familia Álvarez-Calderón en el Cementerio Presbítero Maestro, lugar donde se encuentra enterrada Leonor

La breve existencia de Leonor Álvarez-Calderón Olavegoya y el dolor de su desaparición, sumado al profundo cariño y desprendimiento que tenía Domingo Olavegoya Yriarte por su familia, son los ejes centrales para que Jauja cuente con uno de los más importantes centros hospitalarios del país. Esta es la historia que faltaba contar.

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Cementerio Presbítero Matías Maestro
Un viejo museo llamado Presbítero Maestro

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Breve historia de los aeropuertos de Jauja

Mausoleo de Francisco Carle

Mausoleo de Francisco Carlé (Taita Pancho) en el Cementerio de Jauja

Nicolás Martínez Oviedo

Los aeropuertos, originalmente llamados campos de aviación, fueron dos, sucesivamente, el primero denominado “Leticia” y el actual llamado Aeropuerto Regional del Centro “Francisco Carlé”.

En el año 1908, el Perú fue agredido por el ejército colombiano, produciéndose choques armados en la zona del río Putumayo. Se empeora esta situación en 1911 con encuentros bélicos en el lugar denominado La Pedrera a orillas del río Caquetá.

TRATADO CON COLOMBIA

El 24 de marzo de 1922 se firma el Tratado de Límites con Colombia, llamado “Salomón-Lozano” (entre Don Flavio Lozano, Ministro Plenipotenciario de Colombia y Don Alberto Salomón Osorio, Ministro de Relaciones Exteriores del Perú). Este tratado significó una numerosa desmembración territorial hecha por el gobierno del Sr. B. Leguía, ya que se cedía a ese país los territorios comprendidos entre los ríos de Caquetá y Putumayo, y el llamado “Trapecio Amazónico” (entre estos ríos) incluyendo a la población de Leticia (nombre del primer campo de aviación de Jauja) logrando Colombia el acceso al gran río Amazonas.

En esta situación incierta de paz se realizan las elecciones de 1931 en la que sale elegido Luis Miguel Sánchez Cerro quien decidió gallardamente defender nuestra soberanía. En 1932 se agudiza el conflicto produciéndose el incidente “Leticia”, colocando al Perú al borde de una guerra fratricida para nosotros, por encontrarse Colombia en mejoras bélicas. El Perú aún sufría los estragos económicos que nos dejó la guerra con Chile, además de las luchas internas entre gobiernos militares por ambición al poder gubernamental.

La mayor parte de los pueblos del Perú se levantaron en armas, comienzan los preparativos en pie de guerra con soldados activos, respaldados por la reserva llamados movilizables con acciones de maniobras militares en cada provincia y sus distritos.

En Jauja se realiza simulacros de batallas entre los movilizables de Pancán, Huertas, Paca y otros del Valle de Yanamarca, como son Marco, Acolla y sus anexos, como consecuencia se produjo la muerte de un movilizable de Jauja en las faldas del cerro, cerca de Chocón. Al atardecer, regresaron con su cadáver al Cuartel General emplazado en el colegio San José en medio de la consternación social y familiar. Este hecho incrementó el fervor patriótico de los jaujinos y sus pueblos, surgiendo la idea de tener un campo de aterrizaje, por ser un lugar estratégico en esta parte de la patria, al que se le llamaría “Leticia” en mérito a su lealtad con el Perú. Donaron terrenos para tal fin: Toribia Becerra, María Lizárraga, Ricardina Silva, la familia Bardales y la Comunidad del Tambo, en el lugar donde hoy está el cuartel Fuerte Cáceres y el Estadio Monumental de Jauja, siendo Alcalde el Dr. Max Cordero.

Los 6 primeros aviones biplanos (con dos pares de alas) comprados por el Presidente Leguía y luego por Sánchez Cerro, fueron traídos desamblados por ferrocarriles, ensamblaron 4 en Jauja y 2 en Huancayo (en lo que hoy se conoce como el campo de Yauris). Una vez armados, hicieron vuelo con dirección a las fronteras del norte; los de Jauja sin novedad, pero los de Huancayo tuvieron problemas, uno casi se va al río sin poder elevarse por las desventajas del lugar y los vientos entrecruzados procedentes de Angasmayo, Huaytapallana, quebrada de Viques y el propio río Mantaro.

Con el prestigio ganado con el campo de aviación “Leticia”, llegan dos aviones de guerra comandados por el prestigioso aviador Cap. FAP Martínez de Pinillos. Recuerdo bastante, dice Abilio Verástegui, que era un monoplano de color verde claro en cuyo fuselaje exhibía escudos, banderas de países y pueblos del Perú que había visitado en su categoría de avión de guerra, y el otro piloteado por el Cap. Leonardo Alvariño (tarmeño), también en un monoplano de color plano más grande en su calidad de bombardero; ambos llegaron para dirigirse a la frontera a cumplir su misión encomendada, fue en la época que Jauja celebraba las festividades de la Virgen de la Mercedes –sigue relatando Abilio Verástegui-, cuando fueron perseguidos por la aviación colombiana que era más numerosa. El aviador Leonardo Alvariño cayó con su avión en la espesura de la selva, varios años después fue encontrado su esqueleto e identificado por el anillo que llevaba en la mano izquierda el que fue entregado a su familia que vivía administrando un molino de granos en el Barrio La Salud (Jauja). El Capitán Martínez de Pinillos que había logrado escapar, a su regreso por San Ramón, llega a Jauja, atribuyendo un milagro a la Virgen de las Mercedes de salvarle la vida, le hace un obsequio consistente en un avioncito de plata, que por orden de Taita Pancho se debía exhibir en la mano derecha de la Virgen del Rosario, como patrona de Jauja, en el día de la procesión del primer domingo de octubre de cada año, pues ya no saldría la Virgen de las Mercedes el 23 o 24 de septiembre (datos proporcionados por la señora Amelia Mandujano).

Con el transcurso del tiempo, el campo “Leticia” dio lugar a controversias por su tamaño que resultaba pequeño, por su cercana situación a la población impidiendo el trazado de calles y avenidas, causas suficientes para pensar en un nuevo campo de aterrizaje.

Un Senador de Huancayo por Junín, justificó con los argumentos mencionados el seccionamiento del campo de aterrizaje, con la intención de propiciar la creación de un Aeropuerto en Huancayo, pero esto motivó en los jaujinos a buscar inmediatamente otro campo más amplio y así fue.

Antes que se suscitara la división del campo “Leticia”, logró aterrizar el Comandante de Aviación, Armando Revoredo, en su trayectoria de vuelo interoceánico a Buenos Aires, ganándose así un prestigio más de las condiciones favorables de Jauja. A su recuerdo, se formó un equipo de vóley denominado CAR (Club Armando Revoredo), encabezado por los hermanos Monge.

El campo de aterrizaje “Leticia”, ya dividido, quedó por un tiempo abandonado y en el gobierno de Luis Bustamante y Rivero, se proyectó la construcción de un estadio en la parte sur del campo, aunque esto no se cumplió por absorbencia del presupuesto para Huancayo.; posteriormente, se logró un presupuesto para la construcción del Estadio Monumental, gestión realizada por el Dr. Pablo Bravo Cárdenas.

En la época de la Junta Militar del General Pérez Godoy (1962), un hijo jaujino, el General Máximo Verástegui, quien ocupó la cartera de Fomento, gestionó la construcción de un Hospital de la Fuerza Aérea del Perú, en la parte norte del campo “Leticia”, en el que se hicieron los primeros pabellones pero se suspendió su culminación a causa de los nuevos medicamentos para el tratamiento de la TBC. No obstante, el General Verástegui vio por conveniente darle una nueva utilidad a estas construcciones y valiéndose de su influencia y de su capacidad reconocida, que fueron suficientes para ganarse la confianza de los gobiernos siguientes, logró con las autoridades militares establecer el actual cuartel “Teodoro Peñaloza”.


SEGUNDO CAMPO DE ATERRIZAJE

Aeropuerto de Jauja
Imagen captada por el satélite de Google Maps. En la parte sur de Jauja, se aprecia al extremo derecho el Aeropuerto Francisco Carlé de Jauja; y al izquierdo, el Fuerte Cáceres (norte) y el Estadio Monumental de Jauja (sur), en el campo de lo que antes fue la Pista de Aterrizaje Leticia.

Los hijos jaujinos sin desmayar el anhelo deseado ante las controversias que se presentaban, tenían latente el reto de tener una pista de aterrizaje antes que Huancayo.

Se comenta esta inquietud, entre amigos y personas de crédito, que entre los propiciadores estuvieron dos aviadores, el comandante Carlos Valderrama y un subalterno (que por motivos de salud estuvieron internados en el Hospital de la Fuerza Aérea, que iniciaba su funcionamiento con el director, Capitán FAP Dr. Pedro Cardih), estableciendo amistad con el hijo del Dr. José García Frías, Director del Sanatorio Olavegoya, siendo que estos señores tenían una avioneta para sus prácticas acrobáticas de vuelo, por lo que ellos fueron los que trazaron los primeros planos en las chacras donde sería el futuro campo para realizar sus pruebas aéreas.

El Dr. García Frías informado por su hijo, de esa factibilidad por razones técnicas de los pilotos, se comunica con el alcalde de entonces, Sr. Virgilio Reyes, y con el párroco, Taita Pancho (Francisco Carlé Casset), para que integren el Comité, quienes con honda preocupación comparten la inquietud y confiados en el apoyo de los jaujinos, citan con fechas separadas a cada barrio, a cada institución y también a los dueños de los terrenos, entre ellos, a las familias: Palacios, Madrid, Bullón, Mateo, Núñez, Atanacio, Bardales y Ramírez, sumándose el entusiasmo de los señores Aurelio Aguilar, Reinaldo Piana y otros, quienes pusieron sus camiones a disposición; a la vez, programaron los trabajos por barrios, escuelas, colegios y comunidades (el Dr. Max Cordero trajo a la comunidad de Quero de quien era abogado por litigios de tierras). Se comenzaron los trabajos de campo sin escatimar esfuerzos, portando picos, lampas y costales, entre hombres, jóvenes y niños con sus viandas y refrescos, animando las tareas de varios días que salíamos por turnos (recuerdo un día de sol que participé cargando piedras, junto con mis compañeros de estudio de mi Escuela 501, tenía 5 años).

Así fue tomando forma el nuevo campo de aterrizaje. El señor Alcalde Virgilio Reyes Vera, viendo lo avanzado del campo, realiza viajes a Lima, logrando traer a una comisión en 2 aviones a fin de probar el campo de aterrizaje, las vistas fotográficas de ese hecho se conserva en la parroquia y en las manos de muchos jaujinos como Amadeo Abregou y hasta en manos de huancaínos como el señor Luis Callmet, en ellas se observa en pleno campo a las autoridades, el Padre Pancho, el Dr. García, Alfredo Morales, Santos Galarza, Rosa Colareta, Julio Landa, Máximo Pecho, Ricardo Silva y tantas personalidades que los acompañaron.

Se procede a la inauguración el 27 de septiembre de 1948, siendo padrino el señor Alcalde Virgilio Reyes Vera, acompañado por la madrina, la poetiza jaujina Julia Martínez de Cordero. Ese día llegaron los aviones comandados por el Capitán FAP A. Griva.

Jauja vivió un día memorable, sellando en su historia una página gloriosa de trabajo comunitario, ejemplo para nuevas generaciones.

SUGERENCIA:

Ya que el campo de aterrizaje lleva el nombre de Aeropuerto “Francisco Carlé” en honor al insigne sacerdote que apoyó su construcción; es justo que los ambientes que se van a construir perennicen a los hombres que propiciaron la formación del Comité, como son el Dr. José García Frías, el Comandante FAP Carlos Valderrama y el alcalde de ese entonces, Sr. Virgilio Reyes Vera, debiéndose plasmar una placa recordatoria en gratitud a tan dignos señores.

En 1995, se le reconoció -mediante publicación en el diario El Peruano- como Aeropuerto Francisco Carlé de Jauja.

Con el mayor respeto, pido disculpas al lector por la ingratitud que pueda tener, al omitir nombres de personas que han colaborado en distintas épocas, con sus aportes y sacrificio empeñado en bien de nuestro aeropuerto; al mismo tiempo, mi sincera felicitación a todos los que han sumado esfuerzos para el logro definitivo de que Jauja ya tenga uno de los aeropuertos más amplios del Perú.

En la actualidad:
– El aeropuerto Francisco Carlé de Jauja recibe vuelos diarios comerciales por parte de la empresa Lc Busre.

Sobre el autor de este artículo:

Nico Martínez

Nicolás Martínez Oviedo nació en Jauja el 21 de junio de 1942, profesor de Biología y Química, al jubilarse (1996) se dedicó a trabajar por su tierra. Como Regidor de la Municipalidad Provincial de Jauja, conoció todos los distritos (34) y sus anexos (160). Tiene una colección fotográfica de más de 3000 fotos, que le sirvieron para promocionar los atractivos turísticos de Jauja mediante exposiciones y con PROMPERÚ en los calendarios de festividades mensuales durante cuatro años (2000-2003). Es autor también de la Guía Turística de la Provincia de Jauja (ediciones de 1999 y 2001). Es gestor de la creación política del Centro Poblado Menor San Juan de Uchubamba (30 de noviembre de 1996) y de la Ley del Guía del Turismo (aprobado en el Congreso de la República mediante Ley N° 28529 de fecha 24 de mayo de 2005). Es autor del Proyecto “Puesta en valor del Circuito Turístico Arqueológico del Valle de Yanamarca y Zona Altina”, con código SNIP N° 294-09, aprobado en el Presupuesto Participativo Regional en Chanchamayo (agosto de 2006) y del libro “Tiempo de Ujsha Latido de Piedra”, publicado el presente año. Así mismo, es iniciador y ejecutor de la fiesta del Inti Raimi en Puyhuán-Molinos durante 9 años (2001-2009).

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Domingo Olavegoya Yriarte

Un amante de Jauja

Domingo Olavegoya
Domingo Olavegoya (Foto de Perú Cultural)

Este post nace debido a la conversación que sostuve con un amigo en Jauja, en el que cuestionábamos los nombres de las avenidas, jirones y entidades que existen actualmente en la Primera Capital del Perú. Como era obvio, llegamos a comentar sobre el Hospital Domingo Olavegoya. Y las preguntas salieron a relucir: ¿Quién fue ese señor? ¿Qué labor realizó para que uno de los hospitales más importantes del país lleve su nombre? Vagamente conocíamos que fue un acaudalado limeño que financió la construcción del hospital que lleva su nombre.

Pues bien, después de investigar, resulta que Domingo Olavegoya Yriarte no fue solo un acaudalado limeño sino fue todo un personaje durante el siglo pasado. Nació en Lima en 1844, vivió en Jauja, fue Senador en 1890 por Junín, en 1895 contribuyó a la caída política del general Justiniano Borgoño, fue director de la Beneficencia de Lima y prefecto de Lima. Cuando falleció en esta última ciudad (1916), la Beneficencia de Lima anunció que su institución había recibido S/. 100,000 soles de los albaceas de don Domingo Olavegoya, cumpliendo el legado testamentario de dicho señor para construir un sanatorio de tuberculosis en Jauja. La comisión que formó la Beneficencia de Lima para dictaminar sobre la ubicación del sanatorio, para cuyo fin era el legado del Sr. Olavegoya, fue integrado por los Doctores Ramón Ribeyro, Ernesto Odriozola y Ricardo Salcedo, quienes señalaron a Jauja como la ciudad ideal, y además era aquella que indicaba el Sr. Olavegoya en su testamento. En 1922, se abrió las puertas del Sanatorio Olavegoya, siendo su primer director el Dr. Alfonso De las Casas y su asistente el Interno don Augusto Gamarra.

Cabe precisar que al momento de su muerte (1916), los mejores médicos del país ya llevaban cerca de 20 años -desde 1895 aproximadamente- discutiendo en qué lugar se iba a construir un sanatorio de tuberculosis en el país. Es así que los médicos Bravo, Ernesto Odriozola, Barazzoni, Elías De Orellana, Anchorena, Pesce y Nicolás Hermoza opinaban que se construyera el Sanatorio en Jauja y otros médicos como Enrique Basadre y Abel Olaechea sostenían que se carecía de datos precisos respecto a la eficacia de Jauja y, en todo caso, eran de la opinión que se construya el sanatorio cerca de Lima. Por tal motivo, no se sabía si debía construirse el Sanatorio en Jauja o en Tamboraque. El Estado había comprado un terreno en Tamboraque (cerca a Casapalca) pero se había elegido a Jauja como lugar ideal; finalmente, para el año 1916, no se había hecho nada.

Mientras los “especialistas” discutían eternamente el tema de la construcción del sanatorio, miles de personas morían en todo el país por la temida tuberculosis. Especialmente, los que carecían de recursos económicos, por cuanto todas las personas que gozaban de cierta solvencia económica, optaban por cambiar de residencia para trasladarse a Jauja y curarse de este temible mal. Definitivamente, el aporte económico que dejó Olavegoya fue determinante para elegir a Jauja como el lugar ideal del Sanatorio, como así fue.

Hospital Domingo Olavegoya
El famosísimo Hospital “Domingo Olavegoya” de Jauja

De esta manera, es cómo Domingo Olavegoya Yriarte llegó a residir en Jauja. Al respecto, en el libro “Imágenes históricas de la medicina peruana” de José Neyra Ramírez, publicado por el Fondo Editorial de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, se relata lo siguiente:

“…Domingo de feria, domingo de faldas chillonas y gritos citadinos con aires de campo… estamos en la plaza de Jauja de los años 20.

Gruesos eucaliptos y sauces llorones dan su nota de frescura al sofocante calor del mediodía en la plaza principal de Jauja. Los vecinos notables lucen trajes domingueros y se dejan estar entre el pórtico de la Catedral y la Glorieta. Conversan, pasean, se cuentan la última.

De pronto la calma se quiebra con un grito… Una niña, pálida como el vestido blanco que lleva puesto, cae sobre la vereda. Tose, tiñe su pañuelo y tiñe la vereda gris… la gente la mira sorprendida y un hombre acude desesperado. Unos minutos después expira la niña y su padre llora desconsolado.

Ese hombre, llamado Domingo Olavegoya, acaudalado comerciante limeño había traído a su hija con la esperanza de que sanara. Ahora la tenía entre los brazos, como una paloma blanca herida a medio vuelo… sin vida.

Domingo Olavegoya bendijo esta tierra. A esta Jauja que le trajo cuando menos un rayito de esperanza para su niña y en agradecimiento construyó el sanatorio que lleva su nombre…”

Es cierto, Domingo Olavegoya se mudó a Jauja junto con toda su familia con la única esperanza que la menor se mejore de este mal. Lamentablemente, llegó un poco tarde a Jauja. Uno de sus descendientes, Jorge Osterling, cuenta la historia de la Familia Olavegoya de la siguiente manera:

“…My great-grandmother chose Jauja, located in the Andean highlands, because of its dry climate, ideal for tuberculosis patients. Her very wealthy family, the Olavegoyas, owned land and one of the country’s largest cattle companies of that time, the Sociedad Ganadera del Centro, a holding company of various haciendas.

My great-grandparents returned to Lima after their daughter Nelly died of tuberculosis in the early 1900s. They settled initially in Chorrillos and later in Miraflores with all their London home furnishings that had been in storage during their Jauja years. In memory of Nelly, my great grandmother’s family, the Olavegoyas, built in Jauja, the Sanatorio Olavegoya dedicated to the cure and treatment of patients with tuberculosis. The hospital is still operating after almost a century of its creation…”

Traducción:
“…Mi bisabuela escogió Jauja, localizado en los Andes, debido a su clima seco, ideal para pacientes de tuberculosis. Su familia era muy rica, los Olavegoyas, poseían una de las empresas de ganado más grandes del país de aquel tiempo, la Sociedad Ganadera del Centro, un holding de varias haciendas.

Mis bisabuelos volvieron a Lima después de la muerte de su hija Nelly por tuberculosis a principios de los años 1900. Ellos se establecieron al principio en Chorrillos y más tarde en Miraflores, con todo su mobiliario de la casa de Londres que había estado en el almacén durante sus años en Jauja. En memoria de Nelly, la familia de mi bisabuela, los Olavegoyas, construyeron en Jauja, el Sanatorio Olavegoya dedicado a la cura y tratamiento de pacientes con tuberculosis. El hospital todavía funciona después de casi un siglo de su creación…”

Parque Olavegoya
En la actualidad, se ha construido el Parque Geriátrico en la Urbanización Olavegoya de Jauja

Muy loable el gesto realizado por Domingo Olavegoya. Gracias a él se construyó el sanatorio que lleva su nombre y que hoy es un Hospital que supervisa y controla las redes de salud de las provincias de Jauja y La Oroya. Miles de personas se curaron de la Tuberculosis en este sanatorio al inicio del siglo pasado y aún sigue atendiendo a miles de personas. Lamentablemente, su pariente falleció en Jauja. No obstante, estoy seguro que esto sirvió para que filántropamente donara los recursos necesarios para la construcción de este Hospital en memoria de la menor.

No cabe la menor duda que Domingo Olavegoya nunca pensó que debido a este noble acto, su nombre se inmortalizaría debido a que no sólo el hospital lleva su nombre, sino también la Urbanización que está al frente del mencionado nosocomio, es así que la palabra “Olavegoya” se ha “jaujinizado” y, por ello, ahora es común escuchar: “¿Jugamos un partido en el Olavegoya?”, “nos vemos en el Olavegoya” o “hay un circo en el Olavegoya”. Para finalizar y como diría mi querido padre: “Loor a Domingo Olavegoya”.

Post relacionado:
– Gracias Leonor Álvarez-Calderón Olavegoya

Véase también:
– El Hospital Domingo Olavegoya de Jauja en la actualidad
– La Historia de la Tuberculosis

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JAUJA A SOTTO VOCE

Por Darío A. Núñez Sovero

Hospital Domingo Olavegoya de Jauja
Entrada al Hospital Domingo Olavegoya, se observan frondosos árboles que dieron sombra y sosiego cuando la desesperanza y la enfermedad asolaban. Foto Recopilada en el Concurso de Fotografías Antiguas “Jauja Recuerdos en Blanco y Negro”, participante: Pedro Galarza Mercado
www.xauxatiempoycamino.org

El tema de Jauja será siempre ocasión convocante de la febrilidad para todos quiénes hemos tenido la oportunidad de nacer en esta bendita tierra. Ninguna distancia ni tiempo han permitido que quienes vivimos lejos de ella la hayamos exiliado de nuestra memoria, por eso hoy que deslizo esta glosa muchas vivencias vienen a nuestros recuerdos. Desde nuestra infancia hasta la exactitud de este tiempo, período aciago de nuestra vida, Jauja es el leit motiv de nuestra modestas reminiscencias.

Pila de Piedra en la Plaza de Armas de Jauja
Pila de Piedra en la Plaza de Armas de Jauja matizados con los aromas y colores de la vegetación andina. Foto Recopilada en el Concurso de Fotografías Antiguas “Jauja Recuerdos en Blanco y Negro”, participante: Pedro Galarza Harth
www.xauxatiempoycamino.org

Nuestros abuelos, con la generosidad de sus cansinas experiencias, nos relataban, cuando niños y entre muchos comentarios terrígenos, sobre la ahora perdida verdosidad del paisaje jaujino. Supimos así, escuchando incontables y amenos relatos, que nuestra plaza principal era una de las más bellas del centro del país, que ella estaba ataviada con imponentes árboles de eucalipto. Además tenía una glorieta de ensueño donde se enseñoreaban bandas de música para aumentar el frecuente contento ciudadano y que apenas hemos podido conocer por furtivas fotografías que inquietos jaujinos publican periódicamente en revistas y exposiciones locales. De esta poética y empedrada plaza, al medio de la cual, como atento vigía se ubicaba el puesto de periódicos del fenecido Pánfilo Cáceres (como es citado en el libro “Pais de Jauja”), guardo un recuerdo que no quisiera esconder: por el año 1968 se realizó en el Cine Colonial un homenaje a la poetisa Julia Victoria Martinez Vda. De Cordero, ocasión que ella vio como propicia para recitar este cuarteto: Una plaza/ un parque/ pasa el flaco Canales en su roja bicicleta,/ ¡Pánfilo!/ Jauja.

También nos relataban de la especial experiencia que significaba ir al cementerio, para visitar a nuestros difuntos o sepultarlos en aciago cortejo, luego de pasar las históricas y hoy desaparecidas canchas de tennis y atravesar ese pasadizo incomparable de quinientos metros, mas o menos, en medio de incontables árboles en cuyas frondosas copas miles (si, miles) de pajarillos gorgojeaban sus melodiosos trinos que, cual edulcorada sinfonía, encandilaba nuestros oídos; esta sola vivencia demostraba la paz interior que animaba nuestros espíritus cuando llenos de recogimiento visitábamos a nuestros ancestros. Verde era, también, el antiguo caminito que ahora se llama avenida Francisco Carlé, en cuyas márgenes, vigorosos eucaliptos, como celosos centinelas despedían a presurosos viajeros que ansiaban llegar a sus destinos. Verde eran los espaciosos jardines de nuestro Hospital Olavegoya custodiados por corpulentos cipreses que algún desnaturalizado Director mandó talar y que centenas de enfermos de TBC, hoy recuperados, deben evocar con nostalgia cuando restañaban sus carencias en los espaciosos pasadizos donde, en retahíla, se afilaban camas blancas con sus enfermos huéspedes. Y más recientemente, todos recordamos el verdor exuberante de nuestra Avenida Ricardo Palma apostado por decenas de árboles de fresno que imprimían un colorido especial al visitante y que, ¡oh! mercantilismo desgraciado, fuera barrenado por inescrupulosos comerciantes porque, dizque, impedían la visión de sus carteles o eran escondrijo de maleantes que en las noches se agazapaban para asaltar peatones (argumento pueril que no justifica la tala). En fín, verdes eran las campiñas que se agolpaban por nuestro parque chino (hoy local del ISP “Pedro Monge”), verdes eran los parajes del cerco Juan chicha (atravesado por la hoy Vía de Evitamiento) en cuya antesala, cual topos, se agazapaban los “chahualeros” en espera de ansiosos amantes que iban a saciar su ayuno libidinoso bajo las sombras alfombradas de champa de añosos eucaliptos y verdes eran los parajes que rodeaban la canchita del Maracaná (lugares donde hoy se ubican el Módulo de Justicia y la llamada urbanización Miguelito Martínez). Era explicable, pues, que con tánta naturaleza verde de por medio nuestra ciudad amaneciera diariamente en medio de cendales sonoros que iban forjando el espíritu xauxa como un espíritu exquisito y refinado, no por gusto la posteridad motejó a nuestra ciudad como la tierra de artistas y poetas. Yo no sé si la mal llamada modernidad permitió que toda esa belleza encantadora que daba a Jauja el señorío de sus arboledas fuera barrida inmisericordemente, o fue el espíritu de lucro de sus propietarios que permitió que por unas cuantas migajas generaciones posteriores de jaujinos no gocen del esplendor de esos paisajes. El asunto es que hoy Jauja luce devastada, como una ciudad rodeada de páramos que quienes hoy la evocamos quisiéramos retome su prestancia paisajistica anterior.

Plaza de Jauja
Corazón de plaza jaujina que resalta por su belleza arquitectónica y verdor natural, Foto Recopilada en el Concurso de Fotografías Antiguas “Jauja Recuerdos en Blanco y Negro”, participante: Pedro Galarza Harth
www.xauxatiempoycamino.org

Esta remembranza obligatoria nos asiste a raíz de haber encontrado, en Internet, una convocatoria para sumarnos al entusiasmo de jóvenes jaujinos que pretenden, con iniciativa singular, mostrar al mundo las imágenes de una Jauja en blanco y negro que es difícil de olvidar. Ojalá que los jaujinos que la lean colaboren con esta promoción que le hará mucho bien a nuestra ciudad enviando algunas fotografías antiguas de la Jauja que ya se fue.

He querido reservar para un acápite especial algo que me ha costado, primero, pedir permiso para decirlo. Luego, relatar con íntimo regocijo algunas jocosidades con relación a los locos de Jauja. Si, de aquellos personajes que dejaron una impronta en nuestras vidas por una serie de circunstancia que paso a comentar. Todavía están frescos en nuestro recuerdo las imágenes del afiebrado trajín del “loco” Pedro Balvín que, embutido en su mameluco caki y siempre descalzo, desplazaba su corpórea humanidad por las calles jaujinas; su sola presencia motivaba que jóvenes y señoritas buscaran refugio que los salve de algún sorpresivo arrebato de este personaje singular. Las imágenes de nuestro “ninucha” también vienen a esta hora del recuerdo; él con su casco bacinica en la cabeza, como un Romeo flamante no escatimaba madrigal para cautivar vanamente (dada su maloliente presencia) a cuanta dama jaujina se le cruzaba, haciendo honor a los ojos verdes que poseía y que le incorporaban un “encanto” especial Es difícil archivar los recuerdos de otro “loco cerebral” como lo fue el “loco” Alcántara, aquel displicente profesor de Educación Física del centenario colegio josefino, quién diariamente no cesaba en sus puyas verbales para que su colega, el “negro” Susaníbar, las escuche cuando daba sus clases en el lado del frente del patio colegial. También evoco a nuestros loquitos más recientes y en este apéndice no puedo callar la bonhomía y a la vez díscola presencia de personas cuya locura era atribuida por los coetáneos pero que en realidad tenían ocurrencias originales que les costaron el apelativo de “loco” cuando en verdad no lo eran. Me tocó compartir correrías con el “loco” Canales, quién enamoraba damitas jaujinas con atrevidos piropos y, probablemente para enfriar su febril cabeza, solía irse de caza en vehículos que lo dejaban en la cumbre de Ticlio para desde ahí retornar a pie por las cordilleras que dan a Pachacayo. Cómo esconder, además, lo atípico de la conducta del “loco” Florentini cuya generosidad ha posibilitado la remodelación de la plazuela Samaritana y la remodelación del piso de nuestra iglesia, en su calidad de Tesorero. Cómo callar la originalidad del “loco” Magno Rojas, gracias a cuyo entusiasmo hoy tenemos a nuestra disposición la plaza “Juan Bolívar Crespo” de Yauyos. O las ocurrencias del “loco” Misari que alegraba las noches de carnaval jaujino con su orquesta “Los locos del ritmo”. Cómo silenciar el desprendimiento del “loco” Marcelo Robles y su demencial tarea de tener expedita la capilla de su “Huarancayo de mis penas” cada vez que se aproximaban los carnavales . Ellos son, entre otros, “descerebrados” que nunca olvido, y que han hecho de nuestro terruño, un lugar de grata plática.

No puedo afirmar, por una infeliz coincidencia, que debamos a ellos el triste privilegio de tener en la región centroperuana el único pabellón psiquiátrico, Lo real es que la presencia de estos personajes le daban a nuestra ciudad un aire de especial encandilamiento que hoy lastimosamente ha desaparecido. ¡Loor a los “locos” de Jauja!, felizmente casi todos son nuestros amigos y comprenderán lo especial de esta nota con el atenuante de que casi todos, excepto el primero, no tenían daño cerebral de allí que sus locuras siempre inofensivas fueron motivo de jocosos momentos que arropan nuestro invierno. Estas evocaciones, naturalmente, están dirigidas a aquellos jaujinos que ya cuentan con varias décadas de edad en su haber, queda en el tintero otras dirigidas a personas más jóvenes. Un abrazo a todos.

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