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Crónicas de un jaujino andariego

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La crónica viene adrede de la visita de un respetable jaujino, autor de numerosos e importantes proyectos agrícolas y asiduo retornante de nuestra ciudad a donde escapa periódicamente del medio atosigante y gris que es la capital: Lima. Eduardo, que es su nombre, me cita para vernos en la plaza de la ciudad y una vez reencontrados, luego de saludos y abrazos de rigor –sopesando el aplastante sol que reposa sobre nuestros hombros-, enrumbamos hacia uno de los numerosos cafés que existen en los alrededores. Allí, en medio de la amplia conversa, me confía que partirá con su esposa hacia Europa, en una gira que lo detendrá de modo especial en Francia y me pide sugerencias sobre los lugares a visitar.

Requerido por sus preguntas y respetuoso de su natural ansiedad, le digo que cuando se visita la capital París, la ciudad del amor, casi siempre el itinerario incluye visitar la Torre Eiffel, el Museo de Louvre, el Museo D Orsay, la Catedral de Notre Dame, el cabaret Moulin Rouge  o navegar por el rio Sena -en la hora del crepúsculo- para admirar la fosforescencia de las luces que se notan en la famosa torre mas el esplendor de la ciudad a la hora penumbrosa de la tarde, el Arco del Triunfo antesala de los famosos Campos Elíseos, etc. Le digo que, es conveniente, que él rompa esa casi monótona –aunque hermosa, irrepetible y bellísima- rutina y que centre su interés en ver y conocer algo nuevo, fuera de lo que es convencional para el común de los turistas. La oportunidad, advierto con singular añoranza, me sirve para retrotraerle al presente una inolvidable experiencia que, mi esposa y yo, vivimos en setiembre del 2021 con ocasión de nuestra estancia en esa renombrada capital parisina. Se trató de una excursión llena de intrepidez y aventura que realizamos hacia el norte de Francia y que paso a relatar.

Era un viernes de setiembre que, muy temprano, salimos de París, rumbo al norte, a bordo de un coche que conducía Yohann –un amable francés a quien hospedé por dos veces cuando estuvo en Perú- y la compañía de mi hiio Darío Junior como cicerone. Luego de superar un complicado tráfago que estresa la ciudad y que es común en casi todas las urbes, empezó una vía expresa apacible que hizo olvidar las molestias iniciales; la oportunidad sirvió para meditar, muy quedo, que esos extensos campos que se mostraban en el recorrido –otrora- habían sido escenarios de gloriosas jornadas épicas que, hasta ahora, no abandonan a Europa (recordemos que hoy mismo, más al este, en pleno siglo XXI hay una dolorosa guerra expansiva entre Rusia y Ucrania). Y mientras el vehículo que nos transportaba devoraba kilómetros y kilómetros de asfalto, no me percaté que, a un poco más de dos horas de viaje, ya estábamos ingresando a un lugar que –como todas los del viejo continente- ha hecho esfuerzos por mantener el perfil de ciudad con construcciones antiguas cuidadosa y policromamente mantenidas para sostener su vistosidad ante los visitantes: era Reims, de la que guardo cariñoso aprecio por las experiencias que me deparó.

Aparcado el vehículo, caminamos más o menos tres cuadras y doblando una calle, majestuosa y solemne, se mostró a mis ojos una gran arquitectura religiosa, enorme como conjunto alambicado de portones y torres que abrían cada vez más asombrados a mis ojos trotamundos. Es que, luego me entero, la Catedral de Reims es más grande que la de Notre Dame de París  era el templo donde juraban gobernar Francia todos los soberanos que ella tuvo, incluidos los Luises, que fueron los últimos representantes de la era monárquica hasta que la Revolución Francesa sepultó el absolutismo de las cortes europeas. Apurados por nuestra curiosidad, hicimos un esfuerzo por ingresar al templo. Advierto que –antes de ingresar por la puerta principal- una losa de mármol blanco en el piso recibe nuestros pasos, al detenerme leo inscripciones que relatan brevemente la historia del templo. Su estilo es gótico francés, más grande que los templos españoles y, sobre la puerta principal, destaca un rosetón enorme que le otorga a la arquitectura una descomunal solemnidad, no por gusto su antigüedad data de casi ocho siglos. El interior, que es deslumbrante, tiene vidriería multicolor con personajes místicos que se destacan y la majestad de su altar se combina con los varias lámparas de arañas de vidrio gigantes que cuelgan de la parte alta; el enmaderado de su púlpito y sus confesionarios, se nota, están finamente labrados y mientras los visitantes y feligreses oran y se encomiendan, yo voy leyendo la placa de mármol que en una de las paredes dan cuenta de todos los reyes de Francia que allí fueron ungidos ante la autoridad de los Papas de turno. Todo es silencio en el ambiente, algunos se comunican con leves murmuraciones y, luego de orar pidiendo a Dios nos apoye en este viaje y cuide de todos nosotros, indico con disimulo que hay que salir. Ya afuera, detengo mi mirada en algunos detalles del edificio. Noto que en el entorno, conformado por cuatro capillas que rodean la nave y en la parte superior, están las esculturas pequeñas de las famosas gárgolas, aquellos seres monstruosos encargados de espantar los demonios y las fuerzas del mal que, además, ofrecían una función purificadora. Los lugareños dicen que hay 1303 estatuas pequeñas,  siendo tan igual o mayor de las que existen en las catedrales Notre Dame de Paris y de Lyon. El espectáculo es escalofriante por lo grotesco de las famosas gárgolas. Apenas y casi tembloroso, alcanzo a fotografiarlas. Ya es mediodía y vamos urgiendo por un lugar donde almorzar y elegimos uno que se ubica frente a la catedral. Al ingresar, advertimos que un bullicioso grupo de jóvenes y mayores, casi uniformados, están concentrados en torno de una mesa celebrando la despedida de soltero de un joven con el que, previamente, han recorrido la ciudad en un bullicioso desfile, a manera de comparsa, anunciando a la comunidad el casorio. El mesero –muy comedido- nos dice que el barullo es común en Reims y ocurre siempre que va a haber una boda y termina así, en una celebración escanciada con abundante champaña.

La ocasión ha puesto sobre la mesa la discusión del champagne y, ¡oh, casualidad! estamos justamente en la región del champagne, de los famosos vinos espumantes gasificados a los que la UNESCO ha declarado patrimonio inmaterial de la humanidad. Entonces, concluimos, que no podríamos perder la ocasión de visitar una fábrica de champagne, sería imperdonable no hacerlo. El cicerone, muy atento,  nos remite a Pommery, una casona campestre enorme a manera de palacio, en las afueras de la ciudad, a la que ingresamos sin mayor problema. Una serie de flechas y avisos nos señalan la ruta, cuando de pronto ingresamos a un enorme salón, lleno de muebles y toneles gigantes donde –probablemente- se almacena el vino espumante, nos damos cuenta que es el lugar adonde debemos retornar luego de seguir las indicaciones gráficas que nos dicen que avancemos por una ruta cada vez más estrecha. Llegados a una puerta añosa de madera, empezamos a bajar unos doscientos escalones, más o menos a manera de rampa, y, de pronto, hemos llegado a ¡las catacumbas!, un túnel de desconocidas medidas de la altura de unos seis metros. El ambiente ha cambiado, de uno más o menos cálido como era en los exteriores, estamos en un ambiente de clara refrigeración. Lo cavernoso del lugar nos despierta algunos temores, aun así seguimos avanzando pese a que cada vez la luz se va tornando penumbrosa. Pese a la dificultad y el natural temor del lugar, nos damos cuenta que una serie de tubos extendidos a lo largo de las  paredes indican que el lugar tiene que ver con algo industrial y, llegado a unos cien metros al interior, vemos una especie de rotonda iluminada. Allí, un natural relajamiento del espíritu nos permite advertir algunos detalles: que en las paredes circundantes del túnel están colocados, en anaqueles verticales, infinidad de botellas de champagne –después nos explicarían que son millones- “madurando” su contenido a una temperatura especial (ello explica el frio del lugar); que desde ese lugar, salen como brazos, otros túneles en distintas  direcciones, todos conteniendo en sus muros las botellas mencionadas y, finalmente, que esa rotonda es un lugar de pascana para el visitante al que se le muestran –astuta y oportunamente- algunas obras de arte: pinturas en la parte superior, esculturas y cuadros en alto relieve. ¡Toda una belleza!. Absortos por el espectáculo –como no podría ser de otro modo- seguimos avanzando por el túnel principal y a otros  cien metros promedio, encontramos otra rotonda de similares características que la anterior y seguimos avanzando y, nuevamente, otra rotonda nos regala similares impresiones. Lo frígido y claroscuro del lugar y el silencio reinante que nos acompaña, nos infunde un raro estado emocional lindante con el miedo por lo que optamos por retornar. Seguimos las flechas de retorno y, nuevamente, llegamos a las escalinatas que bajamos al inicio; subimos y luego de abrir la puerta nos damos con ese cómodo lugar donde se ubicaban los muebles, tomamos asiento y una amable anfitriona nos ofrece degustar el riquísimo champagne Pommery, luego de lo cual nos indica que, si quisiéramos, podríamos adquirir el producto en su salón de ventas. Satisfechos por la experiencia compramos dos botellas y nos retiramos. Ha concluido, con suma complacencia, nuestra breve estadía en la histórica ciudad de Reims. No podría terminar el relato de esta parte del viaje sin antes decir que hemos estado en una ciudad  muy hermosa, donde existen abundantes monumentos y estatuas en lugares públicos, de amplias avenidas arborizadas por donde discurre un servicio de transporte eficiente, en sus calles y plazas no puede soslayarse la presencia de decenas de musulmanes migrantes a quienes reconocemos por sus clásicas vestimentas de turbantes. La amabilidad de sus gentes hacen que, en cualquier momento, los visitantes se animen en retornar para gozar de la hospitalidad de sus habitantes.

Continuando el viaje, hemos vuelto a la gran autopista que nos conduce al norte. La hora de la tarde y el vértigo de la velocidad hacen estragos en nuestro ánimo, sentimos la pesadez del viaje y ya es la hora del crepúsculo. Cuando la noche va entrando con su velo de oscuridad, divisamos un lugar de abundantes luces rutilantes que perfilan la silueta de un pueblo casi medioeval: es Rocroi (en francés le dicen Rocuá). El conductor enrumba allí e ingresamos a la única placita que existe, estacionando frente al único hotel y restaurante con el que cuenta. Queremos cenar y descansar, mientras pedimos la carta, Yohann se comunica telefónicamente con alguien. Lo supimos luego cuando, al poco tiempo, llegan tres personas al local para saludar a la delegación usando el idioma francés. Se trata de su familia que, alborozada, se sienta a la mesa y comparte nuestro menú. Luego -comunicándose siempre en francés- nos piden que los acompañemos y enrumbamos hacia su vivienda. Llegados a la casa, con una amabilidad extrema, nos dicen que vamos a descansar allí, señalándonos una habitación donde debemos dormir. Sorprendido por la generosidad de la familia, decidimos, en gratitud, sacrificar los champagnes Pommery que hemos adquirido y le pedimos brindar. El momento es ameno y la confianza se hace distendida. Mi esposa y yo acusamos una seria limitación, nuestro lenguaje y dominio del francés son nulos y no sabemos cómo expresar nuestra gratitud, nuestro lenguaje gestual es insuficiente.

La jornada del primer día ha sido extenuante, apenas nos levantamos, tenemos curiosidad de ver dónde hemos descansado puesto que por lo oscuro de la noche anterior no advertimos nada del lugar y, saliendo muy temprano, vemos que la casa que nos alojó es amplia, tiene un cerco de plantas tupidas y entrelazadas que rodean a un espacio donde una pequeña pista nos indica que se pueden estacionar vehículos. Divisando el entorno, notamos que casi todas las casas tienen similares características. Yohann, que ha advertido nuestra curiosidad, nos alcanza e indica que, por favor, lo acompañemos. Lo hacemos gustosos y enrumbamos por una acogedora callecita hacia una casa donde nos esperan dos ancianos: son sus abuelos Monique y Jhonny. Dos personas que, pese a su edad, desbordan una jovialidad admirable. Nos invitan a pasar y para sorpresa nuestra nos han preparado el desayuno. Comprendiendo nuestro rubor por tanta hospitalidad, la abuela –mediante su nieto a quien le habla en francés- nos pide permiso para cantar. Como no podía ser de otro modo, hacemos una venia de aceptación y escucho que con suma unción y solemnidad la dama entona el himno de Francia La Marsellesa, mientras lo hace veo caer una lágrima de las mejillas de Monique. Su nieto me explica, a continuación, que todas las mañanas desde que su único hijo varón murió en la Guerra de Indochina (Vietnam) ella, en homenaje, canta  a las 8 de la mañana la marsellesa. El momento es desgarrador, de una profunda comprensión y respeto. Terminada la entonación, pido permiso a los presentes y abrazo a Monique. Sencillamente me ha conmovido.

Luego del desayuno se hace una sobremesa, el abuelo Jhonny –de 94 años que parecen 60- pregunta por Jauja. Al parecer ya se ha informado de nuestra procedencia, lo invitamos a visitarnos y él acepta y –siempre en francés- comenta que sus cuatro pensiones le alcanzan para pagarse su pasaje a Perú. Yo, intrigado por ese raro sistema de pensiones de Francia, pregunto “¿cuatro pensiones?” y el anciano explica que sus pensiones provienen: uno por su participación en la segunda guerra mundial, otro por haber peleado por Francia en la guerra de Argelia, la tercera por hacer estado en la guerra de Indochina y la cuarta por haberse jubilado como obrero metalúrgico. Entonces, recuerdo que Rocroi está en una zona que, antaño, fue de múltiples guerras, no por gusto allí se realizó la guerra de los 30 años contra España, la guerra de los Cien Año contra Inglaterra; en la segunda guerra mundial la batalla de las Ardenas y, más al noreste, el desembarco de Normandía, llamado el Dia D, que dio origen a la caída del III Reich en la segunda guerra mundial. Lo corto del tiempo, pensé, no me permitirá visitar esos escenarios pero, abrigo la esperanza, algún día podré hacerlo para recorrer esos campos donde no miles sino millones de combatientes murieron. Aun así, me indican que en esa porción del norte francés todavía subsisten barricadas y trincheras defensivas utilizados por los bravos soldados franceses, por lo que pido hacer un recorrido inmediato y conocer la ingeniería utilizada.

La mañana ha sido de visitas, he ido a ver los campos de batalla de Rocroi, luego a un pequeño museo que existe en el lugar y, por la tarde, Tino, que es el padre de Yohann, me invita a visitar Charleville. A bordo de su vehículo Opel iniciamos el recorrido y a casi media hora llegamos a dicho lugar. Ya tenía información que uno de los más renombrados ”poetas malditos” de Francia era natural de allí; me estoy refiriendo a Arthur Rimbaud, al que Camus denominó “el más grande de todos los poetas”. Llegado a dicha ciudad, me encamino hacia el cementerio pero, lamentablemente, está cerrado. Desde la verja externa noto un mausoleo en la zona principal donde se lee la loza que indica el lugar donde reposan sus restos al lado de los de su madre, me apuro a tomar algunas fotografías y nos retiramos hacia la plaza principal donde se realiza una fiesta popular. En el trayecto, ubico en la pared lateral de una casa de dos pisos, un enorme mural en homenaje a Rimbaud; seguimos caminando y, al ingresar a la plaza, un bullicio descomunal está aplaudiendo una comparsa  con personajes humorísticos, bailantes, bandas de música, etc., a un costado, se ubican mesa y sillas donde nos posesionamos y celebramos la alegría de la fiesta local. Ha concluido el segundo día y, satisfechos, optamos por regresar a Rocroi.

Pero, nuevas sorpresas nos aguardarían para el tercer día: muy temprano, Tino y su familia, tenían decidido hacer una breve visita a Bélgica, nos invitan a acompañarlos y gustosos accedimos. Yo no suelto mi cámara fotográfica para registrar todos los detalles del viaje y mientras voy haciéndolo no advierto que más o menos a una hora de viaje, hemos cruzado la frontera y ya estamos en un valle estrecho que me recuerda la quebrada del valle del Mantaro en Jauja. Bélgica se muestra hermosa, llena de pequeños poblados que se alinean al pie del rio Mosa. Sus acantilados son pronunciados y en un área casi despejada ubicamos a la ciudad de Dinant. Hacemos una parada, lo  suficiente para visitar algunos castillos, cementerios y disfrutar de los numerosos lugares de expendio de bebidas y comidas. El diálogo se torna necesario para explicarnos que en esos parajes, durante las guerras mundiales existieron numerosas fábricas de armamentos ocupando obreros belgas y franceses (donde trabajó el abuelo Jhonny).  Mientras discurren las explicaciones, me he quedado pensando en esa rara vocación autodestructiva europea por vivir siempre en guerra, lo que me lleva a reconocer que todas las ciudades que he conocido tienen sistema de alarma, sirenas, etc. que activados llevan a los habitantes a buscar refugios (como por ejemplo las catacumbas de Reims que, según dicen, tienen decenas de kilómetros, igual o más que París).

Estamos en domingo y hay que apurar el retorno. Nosotros estamos de visita, pero Yohann y mi hijo deben empezar a laborar el lunes, por lo que sin más atenuantes hay que regresar a París. La jornada  ha sido intensa y muy grata, un verdadero regalo de nuestros anfitriones, Yohann, mi hijo Darío Jr., Jhonny, Monique, Tino, Nataly y Teo, a quienes les reservamos nuestra gratitud emocionada y fraterna.

Mi perorata ha sido extensa y Eduardo me ha escuchado con atención. Sé que, con su audacia y arrojo, tomará nota de algunas de mis experiencias y, cuando se encuentre en Europa, junto a su esposa Luz, podrá tomar las decisiones que le deparen muchos gratos momentos. ¡Bendiciones caro amigo!

Jauja, 31 de mayo del 2024

DARIO A. NÚÑEZ SOVERO